Día de Muertos (29)

Día de Muertos (29)

25 de diciembre.

El timbre sonó. De un vistazo Dexter vio la hora: las mil trescientas. Sonrió. Dejó el vaso de soda con limón en la mesa y fue a abrir. De la cocina llegaba un aroma delicioso…

—Eso huele que alimenta —dijo Chandler, aspirando el aroma. Roast beef, decidió. Dejó el paquete en la mesa, pero no el ramo de rosas.
—¿Dónde está tu novia? —preguntó Dexter, con una sonrisa.
Ante el silencio del muchacho, Dexter le dio una palmada en el hombro.
—Lo harás bien. No te preocupes. Si supieras cómo conocí a mi esposa…
—¿Quién llegó? —preguntó Esperanza desde la cocina.
—Me hago cargo —dijo Adriana. Tomó un jarrón de la sala, lo revisó y, satisfecha, acomodó las rosas de Chandler.
—Un buen detalle —dijo. El joven se sonrojó — ¿Puedo ofrecerte algo de beber?

Esperanza y Justin terminaban los últimos detalles del pastel cuando sonó el timbre una vez más. «El secreto está en el movimiento de la muñeca,» le decía Justin, «y es importante mantener siempre el mismo ritmo.»
—Pasa, querida —dijo Dexter. Anna venía informal, pero aún así elegante. Tiene el porte de una modelo, se dijo Dexter.
—Gracias, señor Hand.
—Dexter. Fuera de la oficina soy Dexter —tomó la caja de regalo y la colocó con los demás, en la pequeña mesa de la entrada.
—Espero no llegar tarde.
—Es un buen día para llegar tarde, no te preocupes —miró el reloj una vez más. Las mil cuatrocientas—. Permíteme presentarte a Adriana. Ya conoces a Chandler, un buen muchacho de la oficina.
Anna se sonrojó.
Adriana y Dexter se miraron a los ojos con complicidad.
—Les ha pegado el rayo siciliano.

 

Erwin llegó unos instantes después, acompañado de una mujer de aspecto distinguido.
—Erwin, muchacho —dijo Dexter—, de haber sabido que vendrías así de elegante me hubiera puesto algo más formal.
Erwin sonrió. Iba en pantalones deportivos de color indefinido y sudadera gris con capucha.
—Permíteme presentarte a Diana.
—Señorita —dijo Dexter, inclinándose para besar la mano de la dama, quien también vestía ropa deportiva. A Dexter le pareció extrañamente conocida.
—Diana es una buena amiga mía.
—Amigos solamente, ¿eh? No puedo culparla por no querer salir contigo.
—Nunca debes salir con alguien de tu círculo profesional —dijo Diana—, por si las cosas no marchan bien.
—Sabia decisión. Aunque debo decir que mi esposa y yo fundamos nuestra empresa juntos.
—¿De verdad? ¿Y cómo ha ido su matrimonio?
—Dexter es viudo.
—Oh. Lo siento.
—No te preocupes. No tenías forma de saberlo. Pasa, por favor, siéntete como en tu casa.

La casa estaba feliz. Había ruido y alegría por todos lados. Esperanza y Justin habían preparado una comida tradicional inglesa. Roast beef, papas, zanahorias, nabos y coles de bruselas rostizados, pudín de Yorkshire…
—Brindemos —dijo Erwin, poniéndose de pie y levantando el vaso de limonada. Todos siguieron su ejemplo—. Mi abuelo, que era un hombre sabio, me dijo una vez «Hijo, tengo ganas de comprar una casa, pero no tengo los medios. Tengo los medios para comprar una cabra, pero no tengo ganas.» ¡Así que bebamos para que nuestras ganas sean siempre compatibles con nuestros medios!
—¡Salud!
Comenzaron a comer. Saboreando todo como si nunca hubiera comido algo más delicioso, Diana felicitó a los cocineros.
—No sé quién les ha enseñado a cocinar. Debió ser un ángel.
Esperanza se sonrojó.
—Pecando de falsa modestia —dijo Justin—, diré que el secreto de una buena comida es un buen apetito. Y de mi receta secreta, claro está.
Todos rieron. Charlaron brindaron y rieron hasta que la última col de Bruselas y la última gota de salsa gravy desapareció.
—Confío en que aún haya espacio para el pastel —dijo Justin, mientras colocaba una preciosa tartaleta de fresa al centro de la mesa. Suspiró—. Me va a dar pena comérmela. Es tan maravillosa como nuestra gentil anfitriona e igual de dulce.
Esperanza se sonrojó y bajó la mirada. Dexter la tomó de la mano.
—Vamos. Pide un deseo —Adriana colocó una vela y la encendió.
Esperanza cerró los ojos un instante y se concentró. Sopló y apagó la flama.
La casa sonreía.

Diana se acercó a la joven. Examinó la cara con interés clínico.
—Eso son marcas de cigarrillo, ¿cierto?
—Diana —dijo Erwin—. Por favor.
—No lo tomen a mal. Es sólo que ya conozco a alguien más con esa clase de quemaduras. Las tuyas son exactamente la Osa Mayor.
—No le des ideas.
—No, no, me malinterpretan. Mira —se retiró el cabello de la espalda— Yo  tengo a Orión.
—Heh. Ya sé de dónde te conozco —dijo Dexter.

4 de julio. Hace nueve años.

Cuando llegó a su departamento, las luces estaban apagadas. Suspiró. Otra vez se robaron las lámparas, se dijo. Al menos conocía el camino. Subió los dos pisos. Las escaleras se le hacían más pesadas que de costumbre; la práctica de rugby lo había dejado exhausto. Escuchó entonces el gemido apagado. La casa del vecino. ¿Cómo se llamaba? Pompeo. Pompeyo. Algo así. El gemido llegó otra vez más. Alguien lloraba. Se concentró en escuchar. El tono era calmado, pero no podía distinguir lo que decía. Estaba todo oscuro. Abrió su departamento sin hacer ruido y fue a la ventana de atrás. Los departamentos fueron construidos en espejo; su habitación colindaba con la habitación del otro departamento. Los sollozos eran más pronunciados. La conversación, más inteligible. Un monólogo. Pompilio. Numa Pompilio. Podía escuchar lo que decía con claridad. Estaba castigando a su hija. Conocía a la chica. Un par de años menor que él, bonita, pero casi no salía; Numa Pompilio se lo tenía estrictamente prohibido. Era un hombre profundamente conservador y religioso; rayano en lo fanático desde que su esposa lo abandonó. Dexter recordaba esa pelea. Decidió espiar con un espejo. No era fácil, pero pudo observar a la chica maniatada y amordazada. En la oscuridad, una brasa roja variaba de intensidad. La brasa roja se perdía cuando Numa Pompilio la apagaba en la piel de la joven, que gemía de dolor.
Dexter tomó una decisión.

Haciendo acopio de toda su fuerza, golpeó la puerta, que gimió en respuesta mientras se despegaba de los goznes. Numa Pompilio tomó la botella de la que había estado bebiendo y se dirigió a la entrada, con intención de matar al intruso. La luz se encendió, cegándolo momentáneamente. No vio venir el golpe; Dexter lo tacleó por la cintura, derribándolo. La botella voló por los aires, derramando su contenido. Numa Pompilio se golpeó la cabeza al caer al suelo, y Dexter se puso de pie y corrió hacia la chica. La tomó en brazos y se la llevó a su departamento. Numa Pompilio intentó ponerse de pie. Dexter lo pateó en el estómago una vez más, y otra vez en la cara. Quedó tendido en el suelo.

La policía llegó eventualmente. La chica, temblorosa y asustada, se fue en la ambulancia. Dexter no podía olvidar las marcas en su espalda. Saiph. Rigel. Alnitak. Alnilam. Mintaka. Bellatrix. Meissa. Betelgeuse. La constelación de Orión. Las puertas de la ambulancia se cerraron. La chica lo miró mientras se alejaba.
—Godspeed, Diana —dijo Dexter.
—Necesito que me acompañe para tomar su declaración, joven —dijo el policía. Roberto Santos, leyó Dexter en la placa.
—¿Puede esperar un instante? Quisiera asegurarme de una cosa.
El oficial asintió. Dexter caminó hasta la patrulla. Numa Pompilio estaba ahí. sonriendo con los dientes negros y el aliento alcohólico. Dexter descargó un recto a la quijada. Un chorro de sangre brotó de los labios del hombre, y escupió un par de piezas.
—Listo, oficial —dijo, sobándose la mano—. Ya estoy listo para declarar.

Día de Muertos (28)

Día de Muertos (28)

25 de diciembre.

El vestido rojo acentuaba su figura cuando entró. El maquillaje, ligero, destacaba sus ojos. Adriana le había cortado el pelo en una cascada que caía hacia la izquierda, contrastando con la constelación a la derecha. Dexter se quedó boquiabierto. Justin dejó de batir la masa del pastel.
—Ya pueden respirar —dijo Esperanza.

Justin hizo un desayuno ligero. Ligero, para sus estándares.
—Quiero desayunar así todos los días —había comentado Esperanza.
—Tendrás que llevarte a correr todos los días a este imbécil —dijo Justin, señalando con el vaso de jugo a Dexter.
Esperanza los miró.
—¿Puedo preguntar por qué se tratan de esa manera?
Dexter rió.
—¿Qué es tan divertido? —preguntó Adriana.
—Es muy simple. Una vez, en Cheshire, los dos nos enamoramos de la misma niña.
—Y cuando decimos niña, lo decimos literal —confirmó Justin—. Teníamos diez años.
—Siendo los dos un par de cerdos miniatura, no se nos ocurrió otra cosa que pelearnos con insultos.
—Tu mamá es tan gorda que imprimieron una foto panorámica de ella y todavía no terminan de imprimirla.
—Tu mamá es tan gorda que cuando termina de ponerse su vestido primaveral ya estamos en otoño.
—Tu mamá es tan gorda que cuando va a la playa Greenpeace la quiere devolver al mar.
—Tu mamá es tan gorda que actuó como la piedra rodante de Indiana Jones.
—Tu mamá es tan gorda que su sombra pesa veinte kilos.
—Tu mamá es tan gorda que se pone el lápiz de labios con rodillo de pintura.
—Tu mamá es tan gorda que una vez brincó al aire y se atoró.
—Por supuesto —dijo Dexter entre risas— la niña jamás nos hizo caso, pero en cambio nos convertimos en los machos alfa de la manada.
—Y cada vez que veíamos a una chica guapa, comenzábamos a insultarnos. Es nuestro equivalente a la danza del apareamiento del pavo real.
—Siempre hemos sido muy buenos amigos, así que si uno de nosotros ligaba y ella soportaba nuestro ritual, sabíamos que era la indicada.
—Y funcionó.
Justin besó a Adriana.
—Se necesita una mujer de carácter para soportar nuestras mañas. Huye ahora que puedes, querida —dijo, sonriendo.
Como respuesta, Esperanza se acercó a Dexter.
—She’s the one.
—Indeed —Dexter le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Ella sonrió.
Esperanza y Justin estaban atareados en la cocina. Adriana y Dexter salieron, para dejarlos trabajar. Fueron a la sala. El cuadro estaba aún ahí, tapado.
—Cuéntame de ella. De tu esposa.
Dexter inclinó la cabeza.
—Fue el amor de mi vida.
—Lo sé. Por eso quiero que me cuentes de ella.
Dexter la miró a los ojos.

 

10 de agosto. Hace ocho años.

—Necesito un trago —dijo la recién casada. El vestido blanco, vaporoso, parecía flotar mientras bailaba con su flamante marido, elegante con su traje negro hecho a la medida.
Eran una bonita pareja. Él, alto, grande y fuerte como un toro e igual de inteligente, según el padrino, bailaba el tango que la orquesta tocaba; sabía que era la única ocasión en que podría mandar a su esposa. Ella, delgada, alta pero no tanto como su esposo; la cara redonda flanqueada por una espesa mata de cabello negro, los pómulos altos, los ojos color aceituna, la piel salpicada de pecas. La novia se movía con la gracia natural de prima ballerina. Un mesero pasó. Sin perder el paso, ella tomó dos flautas de champán y le dio una a su marido.

Dexter los miraba desde detrás de una columna, Junto a él, Remedios, abrazada para no perder el equilibrio.
—He bebido de más —dijo la joven.
—Hemos.
Ella cerró los ojos.
—¿Crees que nuestra boda sea igual de salvaje?
—Eso depende. ¿Me enseñarás a bailar?
Ella le puso el índice en los labios.
—Como si en realidad pudieras caminar sin tropezarte, escritor.
—Oye…
—Vamos a otro lado.
—Somos los padrinos. No nos podemos ir.
—No nos vamos a ir. Sólo tenemos que ir a otro lado.
Lo besó. Sabía a champán.
—Vamos. A menos que quieras que todos nos vean.
Bajó su mano. Ella sabía cómo convencerlo…

—Hey, tórtolos —dijo Consuelo, tocando la puerta de la camioneta—, les recuerdo que para haber luna de miel primero tiene que haber boda.
Una mano escribió en el vapor del vidrio «fuera».
Ella sonrió. Todavía no sabía qué se habían visto, pero estaba contenta de que estuvieran juntos. Regresó a la boda. La orquesta había pasado del tango al swing, y los recién casados bailaban con brío.
Consuelo se sentó en la primera mesa que vio. Había una botella de Grand Marnier. Se sirvió una copa y la vació de un trago.
—Perdone, señorita, pero creo que está usted en mi lugar.
Ella lo miró. No estaba mal el muchacho. No era muy viejo. No pasaba de los treinta. Se veía fuerte. La barba bien cuidada. Iba vestido exactamente lo opuesto de lo que se esperaba en una boda: traje blanco, camisa negra, y corbata de patitos. Con el valor que te da el alcohol en la sangre, lo devoró con la mirada. Se sirvió otro Grand Marnier.
—Ups —dijo. No hizo ningún movimiento para levantarse.
Él, entonces, se sentó en la silla de al lado.
—Joaquín.
—No. Consuelo. Deberías dejar de beber; estás poniéndote borroso.
Él sonrió.
—Consuelo.
—Sí. Es curioso. Tú me conoces y yo no sé tu nombre.
—Oh, perdón. Soy Joaquín.
—Hola, Joaquín.
—Hola, Consuelo.
—Toma un trago conmigo —sirvió otra ración de Grand Marnier. Le acercó el vaso.
—A tu salud.
—Cheerio!

 

—¿Qué tan segura estás de que va a funcionar?
—Le dije a Joaquín que trajera Grand Marnier. Conozco a tu hermana, escritor.
Los cristales de la camioneta seguían empañados.
—¿Y crees que harán buena pareja, o qué?
—Pffft, no. Probablemente acaben escenificando la Guerra de las Rosas.
—¿Y entonces?
Ella recogió su pelo. Él le subió el cierre del vestido.
—No todos los amores son para siempre ni todos los amores son ardientes.
—Ya no estoy seguro. ¿El nuestro lo es? No. El de Justin y Adriana sí. El nuestro es un amor especial.
—¿Qué tan especial?
—Tan especial como para que te ame —dijo ella, besándolo.

Adriana le guiñó un ojo cuando regresaron a la fiesta. Remedios guiñó de vuelta. Se sentaron en la primera mesa vacía que vieron. Ya casi no quedaban invitados y ahora la música provenía de grabaciones, pero los novios seguían bailando.
—Anoche soñé con tu amiguita.
—¿Cuál de todas?
—Esa por la que estabas loco pero no te hizo caso.
—Ah, ya. Nunca me volvió a hablar después de aquella vez en que nos encontramos en el cine.
—Lo siento. Debí decirle que no me interesabas.
—Ustedes las mujeres son animales muy raros. Nosotros los hombres somos animales sencillos.
—Sí, seguro, escritor.
—Es verdad. Ustedes nos han estado domando durante años. Si alguien tiene la culpa de lo que somos son ustedes.
—Sí, claro. Igual, soñé con tu amiguita.
—Muy bien —dijo, sirviéndose un trago de lo primero que vio. Coñac—. ¿Qué soñaste?
—Soñé que tu amiguita se iba en un viaje en tren y me dejaba a su hija. Me pedía que la cuidara porque ella te cuidaría a ti.
—Qué raro.
—¿Tu amiguita tenía hijos?
—No sé. Nunca me dijo.
—¿Te hubieras casado con ella si hubiera tenido hijos?
—No veo por qué no. Papá se casó con mamá cuando ya había nacido Consuelo.
—Sí, pero ellos ya llevaban diez años viviendo juntos.
—Creo que sí…
—Anda, ¿te hubieras casado con ella si hubiera tenido hijos?
—Sí.
—¿Y te casarías conmigo sabiendo que tengo hijos?
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si me lo propones tú o si te lo propongo yo.
Ella lo miró por encima de los anteojos.
—No te entiendo.
—Antes de que se me olvide —dijo Consuelo, asida del brazo de Joaquín—, esto es tuyo, Dex. Nos vemos mañana. O pasado mañana si todo sale bien —sonreía.
Dexter hizo la seña de éxito a Joaquín. Era buen amigo.
—Gracias, querida —dijo Dexter, tomando la cajita.
—¿Qué es eso?
—La curiosidad mató al gato.
—Quiero saber —dijo ella, recostándose en el pecho del joven.
—Está bien.
Abrió la cajita y le mostró el contenido.
—No es mucho, pero lo hice yo mismo. Es una pieza de meteorito.
Lo deslizó en el dedo de la joven.
—¿Te casarías conmigo?
A manera de respuesta, ella lo besó.

 

25 de diciembre.

—La extraño terriblemente.
—¿Qué harías si pudieras cambiar el pasado?
—No lo sé. Quizá nada. Sólo soy una persona, y me da miedo pensar en las ramificaciones de un solo cambio. Si en su boda Joaquín no hubiera llevado Grand Marnier, o si no me hubieran prestado la camioneta del trabajo, o si me hubiera desecho del meteorito que perforó la bodega, o si no hubiera llegado tarde ese día… Si alguien le hubiera dado una mano a Gris, o si Reme no hubiera ido al cine ese día… Si hubiera insistido un día más con Gris, o si Erwin no hubiera necesitado practicar un testamento… Si su profesor no hubiera decidido que era tan buen testamento que aceptó notariarlo sin cobrar… O si no hubiera llegado aquel día con mi primera novela… Son tantas y tantas historias que hubieran sido diferentes. No creo que quisiera cambiar el pasado —tenía los ojos húmedos.
Ella lo miró en silencio. Tomó su mano y le dio una palmada afectuosa.
—Eres un buen hombre.
—Quiero pensar que es así.
—Temo por esa chica. No porque se enamoró de un hombre mayor. Ni siquiera porque se enamoró de ti en particular. Siento que algo va a salir mal en el futuro.
—Lo sé. Mi mundo estaría mejor si supiera lo que va a pasar. Tengo miedo, Adi. Tengo miedo de lo que va a pasar. No por mi.
—Por ella.
—Y por sus hermanas. Todavía no las conozco y ya las extraño…
Trató de contener el temblor de su mano izquierda.
—Tengo miedo. Temo por ellas. ¿Cómo puedo temer por alguien que no conozco? ¿Cómo puedo amar a alguien que no está conmigo?
Adriana lo abrazó. Se quedaron así largo rato.
—Todo saldrá bien. Te lo prometo.

Día de Muertos (27)

Día de Muertos (27)

25 de diciembre. 

El sol salió, como de costumbre, por el este. Los primeros rayos rebotaron, como de costumbre, por las paredes al oeste. La luz difusa, en cambio, los encontró bajos las frazadas, ella acaparando los cobertores, él abrazándola por la espalda. Él despertó primero. Su conciencia, quizá, no estaba del todo en paz. Pero aspiró el aroma que emanaba del cabello de la joven. Sintió paz. Se sintió en paz consigo mismo. No habían pasado más allá de un manoseo —aún tenía escrúpulos, racionalizó— pero ya sabía que su vida estaba incompleta sin Esperanza.

Ella despertó instantes después. Sintió las manos de Dexter rodear su cintura, y su respiración acompasada. Sintió algo que no había sentido nunca antes. Se sintió amada. ¿Qué importaba la diferencia de edades? A ella, ciertamente, no le importaba. Se giró.
—Hola —dijo.
—Hola —le respondió.
Ella se acomodó junto a él. Ahora ella lo abrazaba.
—Me gustó despertar así.
Él jugó con su cabello un poco.
—Hace años que no lo hacía.
—¿La extrañas?
—Terriblemente. Pero ahora te tengo a ti.
—Y yo te tengo a ti. Y me gusta.
—Temo que sea un sueño.
—Hay una manera de saberlo —dijo. Lo besó—. No, no es un sueño. Te huele la boca.
Él rió.
—Creo que te amo, bella.

 

Salió del baño y se vistió. Ropa deportiva. Era día festivo, después de todo. El árbol estaba iluminado y los cuatro regalos estaban en su lugar. Aunque… Dexter los contó. Cinco. Había uno más. Mientras se preguntaba por qué, llegó Esperanza, aún secándose el pelo. La miró. Se veía joven. Muy joven. Sentimientos encontrados, mariposas en el estómago, Humbert Humbert de seguro aprobaría lo que estaba viendo… Pero mientras Humbert hubiera deseado que el tiempo no pasara, que Lolita permaneciera siempre joven, Dexter no podía esperar a ver lo que el tiempo haría con Esperanza. Apenas dos meses atrás era una chiquilla flaca, sucia y lastimada. Ahora florecía. Se convertiría en algo grande, estaba seguro de ello, y quería estar ahí para verla conquistar el mundo. Quería tenerla a su lado. No era egoísmo; era algo más fuerte, algo más profundo.
—Feliz navidad —le dijo.
La joven Se acercó a él, se paró de puntas y le dio un fugaz beso.
—Feliz navidad.
Dos meses antes, para ella eso hubiera sido impensable. Pero no hoy. Pensó en sus hermanas. Sintió una oleada de tristeza. Dexter la atrajo hacia sí.
—Creo que sé en lo que estás pensando. Por eso guardaremos estas dos cajas. Pero ésta es para ti.
Ella lo miró a los ojos. Volvió a ser una niña por un instante.
—¿De verdad?
—Claro. Nunca dejamos atrás a la familia. Sólo nos hace falta un poco de tiempo. En marzo. Antes de la primavera. Ahora abre tu regalo.

Con inmenso cuidado Esperanza desenvolvió el regalo. El papel hubiera podido usarse de nuevo. Era una enorme caja. Y dentro, una caja más pequeña, también envuelta para regalo. Ella lo miró; él se encogió en hombros. Ella desenvolvió la caja, y dentro, una caja más. Él casi no podía contener la risa. Ella volvió, con sumo cuidado, a desenvolver el regalo. Y adentro, un oso de felpa. Ella lo sacó.
—¿Feroz? ¡Feroz! —comenzó a llorar de alegría— ¡Eres tú, Feroz!
Abrazó al oso, un osito color chocolate vestido con un abrigo de lana amarillo y un sombrero de Panamá. Bailó con él unos instantes y abrazó intensamente a Dexter.
—¿Cómo lo supiste?
—Pensé que te gustaría. Consuelo tenía uno parecido. Eran inseparables. Nunca lo soltaba.
—Yo tenía uno cuando era pequeña. Igual. Me lo dio mamá. Hasta que… hasta esa vez que… —su mirada entristeció.
—Hasta esa noche —dijo él, besando su cabeza.
—No lo volví a ver. Y entonces todo pasó tan deprisa…
—Pero no más.
—Pero no más —se abrazó con más fuerza de Dexter, las lágrimas fluyendo. Se quedaron así largo rato.

 

—Pero qué tonta soy —dijo, por fin, rompiendo el abrazo a regañadientes—. Navidad es para estar alegres. Te tengo un regalo.
Sin soltar al oso, tomó la misteriosa quinta caja y se la dio a Dexter.
—No sabía qué regalarte, así que pensé en darte algo que no te he visto usar. Me tomó mucho tiempo encontrar esto.
Era una cajita pequeña. Se quedó mirando un rato, como si no supiera qué hacer.
—Oh. Cierto —dijo Esperanza.
Aunque Dexter ardía en deseos de romper la envoltura (no pudiendo hacer otra cosa con la mano aún enyesada) quería darle la satisfacción a la joven, quien tomó el regalo y, sin soltar al oso, lo desenvolvió con sumo cuidado. Dexter tomó la caja y la abrió.
Era un reloj. Un hermoso reloj Stührling Aviator, con correa y cuerpo de titanio color cobre, doble carátula, calendario, semanario y cristal inastillable; un modelo limitado que tenía las 24 horas en la carátula. Era una belleza de reloj, y no debía haber sido fácil de conseguir.
—¿Te gusta?
—No sé qué decir… Es… ¿Cuánto… cómo pagaste por ésto?
Se ajustó el  reloj con sumo cuidado. Se sentía como una parte de su cuerpo. Miró a la joven.
—No usabas reloj. Pensé que necesitarías uno.
—No uso reloj desde que murió Remedios. No soportaba ver pasar el tiempo. Pero ahora…
Abrazó a la joven. Ella se acurrucó en él.
—Ahora estoy seguro de que te amo.
Ella fue, en ese instante, la mujer más feliz del mundo.

 

Los interrumpió el sonido del timbre, anunciando insistentemente la presencia de visitas. Por un momento Dexter pensó en dejar que siguieran timbrando, pero Esperanza tenía otras ideas. Aún con el oso en brazos, se dirigió a la puerta. Había algo agradable al verla caminar, se dijo Dexter. Por un momento deseó ser más joven. Pero, qué diablos, se dijo. Aún no soy un viejo; sólo tengo treinta y dos años. La voz que retumbó por el portón devolvió a la realidad a Dexter.
—¿Dónde estás, inmundo animal? ¿Crees que dejaré que mancilles la pureza de esta bella dama con tus sucias garras?
—¡Que me lo diga un tipo que cree que el epítome de la cocina inglesa es el cordero hervido en salsa de menta tiene su gracia! ¡Ven acá y pelea como hombre, bestia del demonio!
Los dos hombres se fundieron en un abrazo.
—Es la segunda vez en cinco años que cierro mi negocio. Más te vale que hagas que valga la pena.
—No se me ocurre mejor razón que celebrar un cumpleaños.
—Y tienes razón. Mira, déjame presentarte a mi esposa. Adriana.
—¿Te casaste con esta bestia peluda? No sabes cuánto lo lamento.
—Por favor —dijo Adriana, sonriendo—, sabes perfectamente que no lo lamentas. La verdad este hombre fue nuestro testigo de bodas —le dijo a Esperanza—. Vamos, querida, dejemos que este par se pongan al día. Tú y yo tenemos que mucho de qué hablar. Y tenemos que hacer algo con tu cabello. Para tu fortuna, soy la persona adecuada para ayudarte. Creo que el regalo que te traje te sentará como un guante…
Dejaron las cajas bajo el árbol. Dexter y Justin ya estaban recordando viejos tiempos, mientras se dirigían a la cocina.

 

Mientras la cafetera hacía su trabajo, Justin examinaba el contenido del refrigerador.
—Muchacho, eres un suertudo. Donde me entere que le haces algo malo a esa chica yo mismo te arrancaré las pelotas con las uñas.
—No eres el único que ha hecho esa amenaza. Y créeme, nada le pasará a Esperanza mientras yo esté vivo.
—Es todavía joven. No le crees falsas expectativas.
—Sé que es joven. Pero no hay forma de resistirse a su encanto. No puedo esperar a que cumpla la mayoría de edad.
—Todavía no, ¿eh? A pesar de todo eres una buena persona.
—Sí, bueno, siempre he creído que soy fundamentalmente decente.
—Ese es mi muchacho. Muy bien. Tomando en cuenta las sobras y los ingredientes que tienes, ¿cuántos invitados más esperas? Ayer tuviste tres, ¿no es verdad?
—Sí, pero… nos faltan dos.
Se sirvió una taza de café. Tras el primer sorbo, comenzó a contarle la historia que conocía. Justin escuchaba atentamente, mientras mezclaba harina, azúcar, leche y huevos. Aún no eran las nueve de la mañana…

Día de Muertos (26)

24 de diciembre.

—Aún no está terminado. ¿Le gusta? —preguntó Esperanza.
—Son sentimientos encontrados. Mi pueblo natal es la noble y leal villa de Guernica y Luno. Naturalmente, ese cuadro me afectó profundamente. Creo que por eso me volví abogado. Tienes una gran visión artística.
—Gracias. Me gustaría ver el cuadro original.
—Algún día.
Ella lo tomó del brazo. Quedaron un instante en silencio, contemplando el mural inconcluso. Él la miró y asintió. Dócil, Erwin se dejó guiar hasta el comedor.

 

El comedor tenía años sin ser usado, pero nadie lo hubiera dicho. El pavo, con un color perfectamente dorado, descansaba al extremo de la mesa, sobre una cama de pequeñas patas fritas, colecitas de Bruselas y zanahorias. Acompañaban al ave un enorme cuenco de sopa de puerros, una charola llena de huevos escoceses y pequeñas salchichas envueltas en hojaldre y tocino, adornada con pequeñas ramitas de perejil, y un platón lleno de ramitas de apio con queso crema y pequeños panecillos que Dexter reconoció como pudín de Yorkshire. Había tazones de salsa de arándano, gravy y crema ácida. Pequeños montones de aceitunas, queso en cubos, galletas de soda y pan tostado. Dos pequeños cuencos con nueces y pasas, otro par mayor con gajos de naranja y manzanas cortadas en octavos, y dos enormes con ensalada Waldorf y puré de papa.
—En nombre de todo lo profano —dijo Erwin—, no entiendo cómo pudiste hacer esto tú sola, hermosa.
Dexter estaba boquiabierto. Nunca había visto, en el tiempo que llevaba viviendo ahí, una mesa tan bien abastecida.
—Voy a servir la sopa. ¿Quieres hacer el favor de trinchar el pavo? —preguntó Esperanza.
Dexter sonrió lentamente.
—Como ordenéis, milady.

 

Concentrada en saborear su comida, Anna extendió su mano para tomar un panecillo. Chandler hizo lo mismo al mismo tiempo. Sus manos se tocaron. Fue como si un rayo los atravesara.
—Ah, ser joven de nuevo… y no es que estemos precisamente viejos, Dex —dijo Erwin, mordiendo una papa.
Dexter lo miró. Él asintió.
—Has estado solo mucho tiempo. Y no le haces mal a nadie…
Dexter miró a Esperanza. Sonrió. Qué diablos, pensó, no le hacemos mal a nadie… Tomó la mano de la joven y sonrió. Ella se sonrojó.
—Condenación e infierno —dijo Erwin en voz baja, sonriendo—. Ahora resulta que soy el único que no tendrá una cita para mañana.
Tomando la botella de vino sin alcohol, que esperaba pacientemente en su cubetera, la destapó y sirvió cinco copas.
—Brindemos —dijo, levantando su copa—. Brindemos porque la vida no siempre va de acuerdo a nuestros planes. Por ejemplo, yo debería estar aquí acompañado por la mujer perfecta, pero ella decidió estar con el hombre perfecto; por eso estoy solo. Aún así, que ninguno de ustedes tenga que pasar una fiesta solo nunca más. Que siempre estén en el lugar indicado en el mometo justo, y que aunque sus planes fallen la fortuna les sonría. ¡Brindemos por un año más de vida de nuestra graciosa anfitriona! За именинницу! С днем рождения! —¡A la cumpleañera! ¡Feliz cumpleaños!
—¡Salud!
Era pasada media noche cuando Erwin, Anna y Chandler se despidieron. Hacía frío.
—Los veré en unas horas —dijo Erwin—. Este cumpleaños merece celebrarse.
—Ustedes también deben regresar —le dijo Esperanza a los dos jóvenes—. Hornearé un pastel.
—No nos lo perderíamos por nada del mundo —dijo Anna. Chandler sonrió. Ella lo tomó de la mano.
—Aquí estaremos.

 

—Vamos, es navidad —dijo Dexter—. Es hora de abrir los regalos.
—No. Los regalos se abren en la mañana de navidad.
—Técnicamente ya es de madrugada.
—No. Es mi primera navidad con regalos y quiero abrirlos cuando se supone que se abren los regalos.
Dexter sonrió y abrazó a la joven.
—Oh, mi dulce niña del invierno…
—No soy una niña —dijo ella, en un tono que Dexter no escuchaba desde, por lo menos, diez años.
La miró a los ojos. Se perdió en esos ojos profundos, algo tristes, pero con una chispa que no había notado antes.
—No soy una niña —repitió Esperanza.
Tenía dieciséis años ya. Hace mucho que no era una niña, se dijo. Le devolvió la mirada a Dexter. Era mayor que ella. Le doblaba la edad. Debería verlo como un anciano, pero no podía. Era sólo mayor que ella. Lo tomó de las solapas y lo atrajo hacia sí. Lo besó. Cerró los ojos. Un beso largo, profundo. Sintió su sorpresa, y sintió cómo la sorpresa daba lugar a algo más, a un sentimiento que todavía no podría describir. La atrapó con sus brazos. Correspondió el beso. Sus labios se abrieron y sus lenguas jugaron tímidamente primero, después con toda intensidad. Tardaron un rato en separarse.
—Te lo dije. No soy una niña.
—Sí, ya no lo eres —dijo Dexter, tomándola en brazos.
Se preguntó si Humbert Humbert estaría de acuerdo. Quizá no; al protagonista de la novela de Navokov no le interesaban las mujeres, sino las nínfulas. Y tenía razón: ella ya no era una niña. Aún no era toda una mujer, pero ya no era una niña. Y sólo faltaban dos años para que los estatutos estuvieran completamente a su favor… Miró la casa. La casa le sonreía. Sintió que Remedios estaba ahí; que Consuelo estaba ahí. Miró a los ojos a Esperanza. Griselda estaba ahí, al fondo de las ventanas de su alma, y le sonreía.

Al diablo las consecuencias, se dijo.

Día de muertos (25)

Día de muertos (25)

24 de diciembre.

Esperanza terminaba de acomodar algunas cajas debajo del árbol de navidad cuando un grito desesperado la asustó, casi provocando que tirara dos regalos.
—¡LO TENGO! ¡LO TENGO! —gritó Chandler, lanzando la silla y dando saltos. La taza de café había volado por los aires.
Chandler buscó alrededor suyo algo, desesperadamente. Tomó un cuaderno y un lápiz y garabateó algo. Siempre le resultaba más fácil garabatear algo para recordarlo, en lugar de transcribirlo directamente a código. Abrió la calculadora, revisó la hora, y tecleó una larga secuencia de números. Unos instantes después, se abrió el estado de cuenta más reciente.
—Gotcha.
En la cuenta había casi ochocientos millones, y todos los días se estaban transfiriendo a otras cuentas casi un millón. Veinte días habían hecho una mella de poco menos de 18 millones en la cuenta, pero ahora podría rastrear los movimientos.
Anna miraba por encima de su hombro.
—Con esto los tenemos. ¿Puedes congelar la cuenta?
—No. Pero puedo cambiar la contraseña de acceso, con lo cual efectivamente impediré la transferencia de dinero. Si logro tener acceso a la cuenta de este cabrón para eliminar los códigos de seguridad que piden… Momento. ¿A nombre de quién está su teléfono? Si todavía lo pagamos nosotros puedo cancelar el número y reasignarlo a otro, con lo cual puedo solicitar el cambio de contraseña y tomar control de la cuenta por llamada de seguridad…
—Espero que sí —dijo Anna, revisando sus notas—. Al diablo las consecuencias, que se enteren que los tenemos agarrados por los huevos…
—Podría besarte, Bell —dijo Lear, sonriendo.
Comenzó a teclear furiosamente mientras Anna hacía unas cuantas llamadas…

 

 
—No importa —decía Fillmore—. Estoy a punto de abordar. Podremos vivir sin preocupaciones con lo que tengo y aún tendremos más.
Su interlocutor quedó en silencio. Fillmore miró su terminal. Volvió a llevárselo al oído. Quizá por el bullicio del aeropuerto no escuchaba bien…
—¿Sigues ahí?
Silencio. Volvió a ver su terminal. De pronto la pantalla se puso negra completamente.
—Oh, mierda —alcanzó a decir. Los cuatro oficiales vestidos de paisano estaban ya junto a él.
—No se preocupe —dijo Juan—. Sus amigos y usted podrán pasar la navidad juntos. De hecho, les serviremos pavo para la cena. Y su amiga (es su amiga, ¿verdad?) pasará año nuevo con usted, aunque quizá no en esa cabaña que le compró. Es una lástima, Whistler es precioso en esta época del año…

 

Erwin y Russell llegaron. Revisaron el trabajo de Chandler y Anna, y los felicitaron por la rapidez con la que actuaron, aunque estuviera en un área más bien gris. Los jueces lo aceptarían, seguramente. Esperanza estaba encantada de tener a tanta gente. Insistió en que se quedaran a cenar para celebrar la victoria. De la cocina emanaba un olor delicioso… Erwin, soltero, aceptó. Russell, casado y con hijos pequeños, declinó la oferta, aunque al enterarse de que al día siguiente sería el cumpleaños de Esperanza, aceptó regresar para celebrar.  Esperanza no tenía ninguna duda de que Chandler se quedaría a la cena, tomando en cuenta que todavía tecleaba furiosamente. Al menos su taza no se había roto, aunque la alfombra debería ser lavada. Anna, que también escribía, trazaba, y acomodaba pruebas, se quedaría a cenar. Con base en la primera evidencia sólida tenía ya todo un caso de abuso de confianza y fraude contra Fillmore. No habría poder humano, se dijo, que los liberara. Ningún poder humano.

 

La noche cayó. Dexter dormitaba en su sillón, tras revisar todas las granulometrías que producían las nuevas trituradoras de vidrio. La mejor granulometría al menor costo de producción era deseable, pero para él era preferible una buena granulometría a un costo mínimo. Los muchachos de investigación y desarrollo habían hecho un gran trabajo. Anna dormitaba sobre la mesa del estudio, mentalmente exhausta. Chandler seguía tecleando, trazando el destino de todas y cada una de las cuentas en las que se había depositado el dinero que Fillmore había estando desfalcando. Pero a pesar del café —o, más bien, a causa del mismo— ya estaba cometiendo pequeños errores de tecleo. Se daba cuenta de que el número de errores iba en aumento, y quizá pronto no podría detectarlos; además, ya estaba un tanto hambriento. La bandeja de sandwiches de pastrami que Esperanza había colocado ya estaba vacía, y cuando se puso de pie, se dio cuenta de que no estaba ni en su casa ni en su oficina.
Confundido, se quedó ahí, de pie, hasta recordar dónde estaba. Verdad es que fue el delicioso aroma que llegaba desde la cocina. Esperanza llegó en ese momento.
—¿Hambriento? —preguntó.
—Un poco. Te noto diferente…
—Un incidente con la salsa de arándanos. Ven, despierta a tu novia y vamos a cenar.
—Pero no es mi novia.
—No lo será si nunca se lo pides…

Dexter despertó con un beso en la mejilla.
—Arriba, corazón. Es hora de cenar.
Dexter trató tres veces de ver quién lo había despertado. Miró primero a Remedios, luego a Consuelo, luego a Griselda. Sacudió la cabeza y enfocó. Era Esperanza, vestida para matar, con ese conjunto color chocolate en patrón escocés que había atraído su mirada hacía cincuenta días. Cincuenta días, se dijo, y de aquella chiquilla maltratada y esmirriada ya no quedaba mucho.
—Bueno, eso merece que me cambie de ropa.
—Te dejé tu traje en tu cama. Apresúrate, sirvo la comida en quince minutos.

Anna retocaba su maquillaje. Estaba nerviosa. No sólo porque iba a cenar con el dueño de la compañía para la que trabajaba ahora, sino porque cenaría junto con Chandler. Le gustaba Chandler, pero siempre había puesto por delante su trabajo antes que su vida amorosa. No tenía tiempo para el amor, así que, ¿por qué sentía mariposas en el estómago?
—Porque no te tienes que casar con él mañana mismo—dijo Esperanza, poniéndose un poco de perfume—. Sólo necesitas una cita de vez en cuando. No pierdes nada. Y es  guapo…
Anna la miró. Esa chica no era normal.
—Me pone nerviosa sólo con verlo.
—Es guapo, ¿verdad? Hacen buen equipo. Y se ven muy bien juntos —salió de la habitación, sonriendo.
Anna se sonrojó.

Dexter le dio un par de palmadas a Chandler en los hombros.
—Erguido, muchacho. No quiero ver a gente triste en mi casa.
—No es eso, señor…
—Chico, déjame decirte una cosa. Cuando yo tenía tu edad, y era joven y bello y sin barba, un día me acerqué a una chica con la que pensé que no tenía ninguna oportunidad de ligar. Tampoco lo intenté. Me limité a invitarla a ver una película conmigo porque me sobraba una entrada. Sin embargo, terminé casado con ella y no me arrepiento para nada de esa decisión.
—Pero si… O sea… ¿Y si me dice que no…?
—Pues te dijo que no y ya. Tarde o temprano encontrarás a alguien. O alguien te encontrará. Ahora erguido, muchacho, erguido, que se note que eres homo sapiens sapiens y no australopithecus, y vamos a cenar.

Erwin admiraba el jardín. No exactamente el jardín, sino lo que Esperanza había hecho en el jardín. Podía ver que en la pared del fondo había trazado un cierto número de líneas que le recordaban a algo. Evidentemente estaba inconcluso, pero aún así podía distinguir algo de lo que la joven intentaba hacer. Se trataba de una habitación, sin duda. Un sótano, probablemente. Una lámpara iluminaba la escena. ¿Un toro? Quizá un caballo. Una mujer llora sobre un niño…
Entonces lo supo.
—Guernica…

Día de Muertos (24)

24 de diciembre.

Víspera de Navidad. Esperanza no pudo dormir de la emoción. Sí, su nuevo papel como asistente ejecutiva le impedía hacer chiquilladas, pero a eso ya estaba acostumbrada. Pero Dexter le había prometido que podría hacer la cena y ahora tenía a dos invitados. ¡Quizá incluso regalos! Había trabajado en la empresa y todos sabían que estaba haciendo un buen trabajo; incluso el jefe de recursos humanos insistía en contratarla, pero Dexter había bloqueado la decisión. No aún, no mientras no tuviera edad legal para trabajar… no mientras pudieran mantener ese secreto. Aún así, el jefe de contabilidad le había dado una cuenta de nómina, asociada a la de Dexter, después de que convenciera a Dexter que necesitaba hacerlo para que pudiera pagar los gastos emergentes. En eso tenía razón, había aceptado Dexter, en especial porque sería más complicado para la auditoría trazar los movimientos combinados del propietario y su asistente. Pero Dexter hizo algo más. Le dio también una cuenta adicional mancomunada a su cuenta personal. Mientras no se resuelva el embrollo de las cuentas, dijo Dexter, nada de dinero de la compañía se toca. Los administradores habían aceptado, porque con el capital circulante y las ventas —y una nueva cuenta, abierta específicamente para la ocasión— podrían solventar todos los gastos mientras completaban la auditoría. Así que ahora Esperanza contaba con un poco de dinero, producto de su trabajo, y se sentía productiva. No era una inútil, como se lo habían repetido tantas y tantas veces a lo largo de los años. Realmente era alguien productivo. Se sentía feliz. Se sentía realizada.

El día apenas acababa de empezar. Era día festivo para la empresa. Dexter no quería que nadie trabajara ni la víspera, ni la navidad, ni la víspera de año nuevo, ni año nuevo. Esperanza, en cambio, necesitaba trabajar. No en la empresa, que bastante complicado era ya simular que sí sabía administrar recursos humanos; necesitaba trabajar en la casa. En su casa. Su casa. Aún no cumplía dos meses ahí y sabía cuál era su lugar; dónde pertenecía. La casa lo sabía, y le sonreía. Presa de la emoción, se cambió con ropa de calle cómoda —sin dejar de parecerle curioso que la ropa de Consuelo fuera toda de su talla, aunque cada día parecía quedarle un poco mejor— y fue al supermercado.

No le importaba lo que Dexter dijera, tendrían pavo. Pronto sería su cumpleaños, después de todo. Y quería pavo. Hace dos meses, hubiera obedecido con la cabeza baja y sin decir palabra, porque lo que quería no hubiera sido tomado en cuenta. O peor, le hubiera ganado una paliza. O peor. Se llevó inconscientemente la mano a la cara. Ya no dolían, pero las cicatrices le recordaban la vez que había pedido, tímidamente, un pastel de cumpleaños. Pero había cambiado. Ella había cambiado tanto que no era la misma Esperanza. Tendría su pastel, tendría su pavo… Tendría un día feliz.

Justin la miró por la ventana de su merendero. Por poco no la reconoce. Con una enorme sonrisa, tiró el gorro de cocinero al piso y saltó por encima de la barra.
—Miss Hand! Miss Hand! —gritó.
Esperanza tardó un poco en darse cuenta que se refería a ella, pero no quedó ninguna duda cuando recibió el enorme abrazo de oso.
—Feliz navidad, Miss Hand.
—Señor Tyme —dijo ella, medio sofocada contra el pecho del hombretón.
—Ha cambiado usted mucho en este mes. Es usted la viva imagen de la elegancia. Envidio al cabrón de Dexter. ¿Está aquí ese inmundo animal?
—No, he venido sola. Vengo a hacer las compras de la cena de navidad.
—Fabuloso. Fabuloso. ¿Puedo inquirir qué platillos degustarán? Quizá pueda ayudarla para encontrar la receta adecuada.
—Planeo preparar un pavo y un pastel. Tengo la lista de ingredientes que me pide un libro de cocina que estaba en casa…
—¿Un pastel? ¿A qué debemos la ocasión del pastel?
—Mañana es mi cumpleaños…
—¡Bondad graciosa! ¿Eso es cierto? Eso merece una celebración por todo lo alto. ¿Tendrá invitados, verdad?
—Sólo dos.
Justin se mesó el bigote.
—Hoy no podré acompañarles, pero cuente conmigo para mañana. Claro que sí. ¡ADRIANA, TE ENCARGO LA COCINA! ¡VUELVO EN MEDIA HORA! Shall we?
Le ofreció el brazo a Esperanza, quien, con una sonrisa radiante, lo tomó.

Entraron al supermercado y de inmediato fueron reconocidos por los empleados. Justin, evidentemente, se comportaba como el dueño del lugar. Apuntaba y daba órdenes, y los empleados acataban todo lo que les decía. Esperanza en su vida había visto un pavo más grande, o tomates tan rojos, o ejotes tan verdes… Sin necesidad de ver absolutamente nada de su menú, Justin ordenó lo suficiente para dos comidas, una de cuatro personas para esa misma tarde, y una de seis para el día siguiente.
—Iré, si no tienes inconveniente, con mi esposa. Y los tres cocinaremos ese día. Hoy prepararás una cena tradicional, y mañana comeremos como en Inglaterra, y verás que a Dexter se le alegra el corazón y se le ahogan los ojos de la nostalgia.

Compró los ingredientes para preparar sopa de puerros, un enorme pavo con patatas, cerdito envuelto, coles de bruselas, salsa de pan y jalea de arándano, pastel de fruta con mazapán y un vino sin alcohol —conocedor de lo que Dexter era capaz de hacer con un poco de etanol en la sangre— para poder brindar.
—No es una celebración si no brindamos. Y esto funcionará sin que recorramos ese camino una vez más. Mañana te contaré la historia. Y yo llevaré los ingredientes, querida, no te preocupes por eso. Ahora, mientras empacan todo, vamos a mi cocina para enseñarte lo que debes hacer…

Una hora después, Dexter la miró entrar con una impresionante cantidad de bolsas. Su corazón dio un vuelco; su preocupación se había desvanecido y se relajó. Se dio cuenta de que necesitaba a la muchacha en su vida. Había pasado demasiado tiempo solo… Y entonces se movió para ayudar a la joven a llevar las bolsas a la cocina.
—Tendremos invitados —le recordó Esperanza, dándole un beso fugaz y una palmada en el pecho—. Báñate y recórtate la barba.
Agradablemente sorprendido —¿qué le había pasado a la chiquilla tímida y asustada que conoció hace dos meses?— Dexter sonrió e hizo una reverencia.
—Como gustéis, milady.

 

Anna y Chandler llegaron con pocos minutos de diferencia. Dexter los recibió, dado que Esperanza estaba muy ocupada cocinando. Por cortesía, los recién llegados fueron a saludarla. Anna no pudo reprimirse y preguntó:
—¿Cómo? ¿Además cocinas?
—Asistente personal, ¿recuerdas?
—Y, bueno, desde que enviudé soy un inútil para eso. Ya lo era antes… —dijo Dexter, sonriendo.
Instantes después, Chandler estaba revisando los buzones de correo de Dexter.
—No puedo creer que tenga tanto tiempo sin actualizarlos, señor.
—No tengo excusa.
—Es peor que eso… es que pudieron haber entrado a su buzón desde afuera y utilizar su firma… Evidencia forense. Necesito evidencia forense… debo trabajar desconectado de la red. Ahora, si revisamos por aquí…
—Los dejo trabajar. Si me necesitan estaré en el estudio, revisando algunos datos.

Anna iba ensamblando la historia conforme revisaba la correspondencia. El primer año no tenía nada de especial. La empresa marchaba por sí misma. El segundo, ahí empezaron a notarse cambios, cuando se hizo evidente que Dexter no regresaría a la empresa. Se contrató a un despacho externo, Fillmore y Asociados, para administrar la empresa. Fillmore comenzó a hacer cambios. A Dexter no le importaba —después de todo, estaba borracho la mayor parte del tiempo, tratando de olvidar— así que Fillmore comenzó a redactar los memorandos con una terminología legal cada vez más compleja, y adoptó la práctica de enviar un resumen en lenguaje simple… un resumen que estaba apegado al contenido, pero no realmente exacto. No parecía haber muchas discrepancias, —un aumento de 1% en los bonos de los empleados de alto nivel por aquí, una mayor iguala para Fillmore por allá— y de manera individual no se notaría la manipulación. Además, le serviría para probar si Dexter en realidad estaba prestando atención. Al final del segundo año se realizaron cuatro contrataciones por parte de Fillmore, pero que en realidad estaban en la nómina de Dexter. Y en el tercer año se realizó la apertura de cuatro cuentas de ahorros, supuestamente para administrar ahí un ahorro voluntario para los empleados…

…y no se notificó a los empleados de la existencia de una de ellas. Chandler revisaba furiosamente para tratar de localizar el código que el programa de contabilidad interno empleaba para depositar dinero en esa cuenta.
—Debe estar por aquí… Y es una cuenta segura pero con código predecible. Es código ofuscado, no tengo duda de ello.
—¿Estás seguro?
—Si encuentro el código, podemos entrar a la cuenta y descargar los estados de cuenta… si no, podremos encontrar otras maneras de hacerlo. La cuenta tiene la autorización del jefe, pero también de los otros. Si la cuenta la querían para acceso rápido, hay dos modos de entrar a ella. La primera es por un generador de códigos de un solo uso por software, y la otra es un generador de códigos por hardware. Los tres generadores que tenemos son de hardware, pero esta no lo sé. Si es por hardware, no podremos romperlo y esa cuenta estará vacía. Pero si es por software hay una pequeña esperanza. Soy buen criptógrafo…
—No te entiendo nada.
—Concéntrate en saber si a esa cuenta se le hicieron más movimientos. Un cambio de firmas, o cambio de seguridad, o si se requería la firma del jefe, o algo… te voy a encontrar, desgraciada, te voy a encontrar…
Tomó un sorbo de la taza de café. Si se le hizo raro tener una taza de café en la mesa, no dijo nada. Anna miró a su lado. Ella también tenía una taza de café. No había escuchado entrar a nadie…

En el estudio, y aún con la jarra de café recién hecho en la mano, estaba Esperanza. Comenzó a servirle el café a Dexter, con dos de crema y dos de azúcar. Double-double, lo llamaba Justin.
—¿Puedes ayudarme?
—Claro, ¿qué necesitas?
—Partirle el esternón al pavo.
Dexter inclinó la cabeza y sonrió, más por confusión que por otra cosa.
—¿Partirle qué a quién?

El pavo era un animal rotundo en todos los sentidos, pesando casi los diez kilogramos. Pero Esperanza era una joven que apenas pesaba 42 kilogramos —y eso que, pensaba Dexter, ha subido de peso desde que llegó— y no podía ejercer aún mucha fuerza física, aunque su objeto de violencia fuera un pobre pavo que pesara la cuarta parte que ella. El pavo estaba ya casi preparado. La joven había cortado carne aquí, carne allá, y tenía los aliños alineados en la mesa de preparación. El pavo estaba ahí, sobre la charola, esperando.
—¿Por qué quieres romperle el esternón?
—Para que tarde menos en cocinarse.
—Para que tarde menos… No entiendo…
—Estuve estudiando termodinámica anoche. El calor se transmite por convección, y tarda más en entrar si la superficie se parece a una esfera. Y el pavo es muy redondo. Se me ocurrió que si aplasto el pavo por el centro para aplanarlo entonces podré cocinarlo en menos tiempo, porque el calor se distribuirá mejor. Así que tendré más superficie exterior, y aunque no estará relleno, eso lo puedo compensar…
—Tiene sentido. Nunca se me hubiera ocurrido.
—Entonces, por favor, rómpele el esternón. Aplástalo por el centro.
Dexter pesaba 90 kilogramos. Ya no era precisamente el atleta que antes fue, pero aún se conservaba lo bastante fuerte como para que, apoyando su mano izquierda sobre el pavo, rompiera las costillas del animal.
—Vaya —dijo Dexter— tienes razón. Quedó plano.
—Gracias. Ahora vete a trabajar. En un momento les llevaré algo de almorzar.
—No tienes qué hacerlo.
—Es mi cocina, son mis reglas. Cuando cocines tú tú pondrás tus reglas.
Dexter miró a la joven a los ojos. Hablaba en serio. Le gustaba que hablara en serio.
—Como gustéis, milady —dijo, finalmente.
—Anda, vete ya —dijo Esperanza, dándole otro fugaz beso.
Dexter salió de ahí, sonriendo como un idiota.

Día de muertos (23)

23 de diciembre.

Russell no estaba conforme con el desempeño de sus abogados ni de sus contadores. No lo hubiera estado ni siquiera si les hubieran concedido un premio Nobel, a fuer de ser sinceros. Los pobres muchachos, algunos recién graduados, otros en los últimos semestres, estaban devastados y sólo esperaban la llegada de las navidades para poder descansar un poco. La oficina todavía tenía el calor propio del concreto que fraguaba. Los abogados acababan de empezar su día. No les pagaban horas extras; en cambio, les daban jugosos bonos. Muchos de ellos, de ganar el caso, podrían terminar de pagar su educación. Algunos incluso podrían comprar casa.

La señorita Bell estaba, ese día, especialmente irritable. Su cubículo era insuficiente, sentía, aunque era el más grande de todos. Un cubículo de dos por dos metros, con una pequeña ventana que dejaba pasar el aire fresco, pero también el ruido de la manufactura de la concretera, a pesar de estar lo más alejada posible. Sentía que su dolor de cabeza se convertiría en migraña en cualquier instante. Necesitaba salir de ahí si quería conservar su cordura. Se puso de pie, tomó sus archivos más importantes, y se fue a la oficina central de la concretera. Necesitaba hablar con alguien de cualquier cosa que no fuera del caso. Llevaba diez horas revisando estados financieros y tenía una idea de lo que estaba pasando, pero no cómo se había hecho. Necesitaba pensar fuera de la caja.

Antes de entrar a la oficina del director general, entró al baño. Se miró en el espejo y no le gustó lo que vio. Tomó su largo y lacio cabello negro y lo trenzó. Era su manera de relajarse. Una joven entró.
—Oh. Perdón.
—No hay problema. Está libre.
—Oh. Gracias.
Esperanza eligió el cubículo más alejado. Anna terminó de trenzarse el cabello y comenzó a desmaquillarse. Necesitaba relajarse. Necesitaba pensar. Tenía los ojos cerrados cuando Esperanza abrió la llave del agua contigua.
—¿Te sientes bien?
—Sólo un poco cansada.
—Eres una de las abogadas del doctor Nails, ¿cierto?
—Sí —comenzó a secarse la cara. Esperanza retocó un poco su maquillaje.
—¿Puedo preguntar qué haces aquí?
—Tengo que hablar con el director, el señor Hand.
—No creo que esté disponible. Últimamente se la pasa más tiempo en investigación y desarrollo que aquí.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Crees que si voy con su asistente y le explico la situación me pueda atender?
—Depende de la situación.
—Bueno, no sé si tú puedas ayudarme. Necesito revisar la correspondencia entre el señor Fillmore y el señor Hand.
—¿Para qué, si puedo saberlo?
—En algún punto se abrieron varias cuentas bancarias, y al menos una de ellas fue usada para desviar fondos. Tenemos bloqueadas todas las cuentas que encontramos, pero probablemente se nos haya ido alguna. Dado que toda decisión en la empresa tuvo que ser aprobada por el señor Hand, pues el administrador no tenía poderes absolutos, y no se constituyó en sociedad anónima sino hasta dos años después de fundada, sospecho que Fillmore creó una cuenta secreta, pero hizo que el señor Hand diera su visto bueno.
Esperanza miró a la joven. No parecía ser mucho mayor que ella… bueno, aunque seis años de diferencia parecían mucha diferencia. Debía ser una de las recién graduadas de las que habló maravillas Rusty Nails.
—Vamos a mi oficina. Te conseguiré lo que necesitas.
—Gracias. No te conozco, perdón, ¿eres…?
—Esperanza. Soy la asistente personal de Dexter Hand.
Anna intentó disimular como pudo la sorpresa.

 

La oficina era enorme, y la mesa de concreto estaba llena de libros, cuadernos y notas. Cuatro monitores completaban el panorama. Pero mientras que el sillón de Dexter permanecía vacío, Esperanza tenía su propio sillón, más pequeño, del otro lado. Invitó a Anna a sentarse mientras llamaba a Dexter. Miró la altura del sol por la ventana. Pronto oscurecería. Y todavía no habían discutido la cena de navidad. Ni su cumpleaños. Sacó un par de botellas de agua del pequeño frigobar y le dio una a la joven, quien se la llevó a la frente mientras cerraba los ojos.
—¿Puedes venir a la oficina? —fue lo único que dijo. Un instante después, cortó la comunicación.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Dime.
—¿Desde hace cuánto trabajas para el señor Hand? No estás en la nómina.
—Tengo poco con él. Todavía no cumplo dos meses con él.
—Ah, ya. Entonces estás a prueba.
—Podemos decir que sí —dijo Esperanza, tomando un libro y comenzando a tomar notas.
La fachada de asistente ejecutiva era más efectiva si te veían haciendo algo, se decía. Funcionaba. Además así podía estudiar para antes de regresar a la escuela. Si regresaba. Estaba pensando que podría hacer la preparatoria en línea… sería mucho más fácil si había tantas cosas qué hacer en la empresa. Aunque también quería ir a la escuela. Hacer amigos. Extrañaba a sus amigos de la secundaria…
—Dicen que el señor Hand era un recluso en su propia casa, ¿es cierto? No es necesario que me respondas si me entrometo en sus asuntos…
—No, es cierto. Cuando lo conocí llevaba casi cinco años sin salir de su casa. Aunque no era un recluso exactamente. Tenía una depresión muy fuerte.
—Supe que su esposa murió.
—Sí. También su hermana. El mismo día. Y su esposa estaba embarazada.
—Yo también me hubiera deprimido. ¿Crees que por eso se aprovecharon de él?
—No sé, tú dímelo, eres la abogada.
—Pero no lo conozco.
—Sé que es un hombre bueno. No conozco a muchos hombres buenos.
—¿Y su brazo?
—Hace un mes alguien, no me quiero acordar de él, quiso abusar de mí. Dexter lo paró en seco de un puñetazo.
Anna se inclinó hacia la joven, admirada.
—¿De verdad? Ay, no conozco a muchos que hubieran hecho eso por mí…
—Es porque aún eres joven —dijo la voz de Dexter, quitándose el mono lleno de tierra en el marco de la puerta—. Bueno, aquí me tienes. ¿Qué necesitas? Esperanza no me llama si no es particularmente urgente.

En pocas palabras Anna le informó la situación. Dexter escuchaba tranquilo la hipótesis que le planteaba la joven abogada.
—Así que, resumiendo, si encuentro que en alguna parte de la correspondencia se autorizó una cuenta, o un poder para abrir cuentas, y puedo rastrear esa cuenta, podremos armar un caso completo.
—Tú me dices que es una cuestión de redondeo. ¿Cómo lo sabes? Es decir, no dudo de tu palabra, tiene sentido, pero todos los estados de cuenta que recibo tienen centavos. Si se tratara de redondeo no deberían venir centavos, ¿o sí?
—Bueno, es que es un poco la mentalidad de ingeniero que tiene usted. Yo antes de estudiar para abogada quise estudiar economía, pero no me atrajo lo suficiente. Aún así aprendí a usar todas las fórmulas económicas y me han servido mucho para mi trabajo de fiscalista. Hay ocasiones, y estoy segura que aquí se emplea de manera constante, donde para obtener precios unitarios se trabaja con submúltiplos de centavos. No parece mucho, pero supongamos que para la obtención del precio del metro cúbico de vidrio los precios se calculan con seis decimales, que es lo más común. Si se reduce la precisión de seis a cuatro decimales, en cantidades mínimas no se nota ninguna diferencia. Sólo en el volumen. Con cuatro decimales y millones de toneladas de vidrio al año, esos dos decimales acumulados pueden ser cantidades importantes. Aunque sólo fueran, digamos, veinte mil, también podemos acumular esos decimales para los costos de la grava, y de la arena, y del cemento, y de todo lo demás. Pronto tendríamos acumulado un déficit de cien mil, o más…
—Te sigo. Tiene sentido. Nosotros no solemos trabajar con tanta precisión en ingeniería porque no tiene mucha aplicación práctica. No podemos garantizar que nuestras cosas sean homogéneas, así que preferimos errar poniendo más material.
—Lo se. Mi padre es ingeniero civil y siempre nos decía que no podía confiar en que sus trabajadores hicieran exactamente lo que se les pedía que hicieran, así que confiaba en que las tolerancias hicieran su trabajo.
—Exacto. Entonces, me dices que el problema es que pudieron estar rasurando los decimales.
—Sí. Hay un par de ingenieros revisando los programas de contabilidad, y los contadores están auditando todo a mano, pero creo que les facilitaré mucho las cosas si encuentro esa pieza.
Dexter meditó un instante y soltó un suspiro.
—Está bien. Todos los archivos están en mi casa. ¿Cuándo quieres empezar?
—Me gustaría empezar mañana mismo, pero sé que no es posible…
—Mañana es la víspera de navidad.
Anna bostezó.
—Perdón, estoy muy cansada. No voy a regresar a casa para navidad. Nunca lo hago. Ni siquiera para año nuevo. Prefiero trabajar.
—¿Por qué no?
—Es mucho viaje. Bueno, mi pueblo queda muy retirado. Seis horas de viaje por carretera desde la capital. Es estúpido que la gente quiera vivir en plena sierra. Además tengo que regresar pronto. Y estarán todos mis parientes. Prefiero no ir. No tengo nada en común con ellos.
—Bueno, en ese caso, si no tienes planes, ¿por qué no vienes a cenar con nosotros? —preguntó Esperanza.
—No quisiera molestar.
—No es molestia. Tú puedes revisar los archivos mientras yo cocino la cena.
—¿Cómo, también cocinas? —dijo Anna, señalando todo sobre el escritorio— ¿Cómo es que tienes tiempo para todo esto?
—Hey, asistente personal, ¿recuerdas?
Dexter, que se mesaba la barba, dijo al fin.
—Está bien. Me hace falta el descanso. No puedo trabajar tan bien como quisiera con la mano enyesada. Pensándolo bien —miró a los ojos a la abogada— trae a tu compañero, el informático moreno tan eficiente… Lear, me parece.
—¿Chandler? —dijo la joven, sonrojándose.
—Chandler Lear, sí. Me parece que el podrá acceder a mis sistemas. Son ya un tanto… primitivos. ¿Podrías hacerte cargo, querida?
—Claro. Para eso soy tu asistente personal —sonrieron. Esperanza ya realizaba la llamada.

Día de Muertos (22)

Día de Muertos (22)

3 de diciembre.

Erwin bajó del auto con un maletín de apariencia sólida.  No podían verse más distintos. Al contrario del día anterior, Dexter llegó con ropa de trabajo; Esperanza, en cambio, seguía tan elegante como el día anterior. Le había costado trabajo decidir qué ropa usar; se decidió por otro conjunto sobrio en pantalón negro, blusa gris y chaquetilla grafito, que había pertenecido a Consuelo. Erwin la miró; era, sin duda, como ver a Consuelo, pero con la cara de Griselda. Sintió una oleada de nostalgia; sin duda, Dexter sentía lo mismo. O más.

Antonio les abrió la puerta y los condujo a la oficina. Esperanza, conteniendo los nervios, se encargaría de revisar los currículos de los empleados, separándolos para que Dexter pudiera elegir a quienes ocuparían las vacantes. Dexter, en cambio, iría a investigación y desarrollo y visitaría toda la línea de producción.
—Estarás bien —le dijo Dexter, antes de salir—. Sólo no dejes que nadie se entere que aún no has empezado la preparatoria —le indicó a Erwin.
Le dio un beso en la mejilla y un abrazo, y la dejó con la pila de archivos. Esperanza no sabía dónde empezar…

 

Dexter se sentía en su elemento entre máquinas y mugre. Con el desparpajo propio de quien escribió la teoría y la puso en la práctica, llegó a hacer chuza con la gente de I+D, algunos de los cuales lo miraban como si fuera un dios bajado de los cielos. Pronto Dexter se puso a trabajar. Los técnicos lo miraron sorprendidos; los ingenieros, asombrados. Tomó un puño de arena de vidrio y la pasó entre los dedos.
—Esto es inaceptable —dijo—. Siento que en cualquier momento me voy a cortar. La arena no debe ser perfectamente redonda, pero tampoco debe estar tan lajada. Esto es inaceptable. Quiero una arena que se sienta como arena de río.
—Pero no usamos arena de río, señor.
—¿Qué? ¿Usan sólo arena de banco?
—Usamos arena de grava, señor.
—¿Y con qué muelen la grava?
—Con la máquina para moler vidrio, señor.
—No me extraña que no siga mis especificaciones. A ver, quiero que comiencen un plan para poner en funcionamiento dos máquinas nuevas. Una para moler la grava y otra para moler el vidrio, siempre separadas. Esta máquina la vamos a dar de baja porque lo digo yo. Y vamos a traer arena de banco. No quiero que mi granulometría se aparte de la norma ideal ni en un dos por ciento. Cuando lleguemos a eso, vamos a trabajar en la abrasión del concreto. Esa impresión modular tiene que realizarse de manera tal que el ensamble sea mínimo. Trabajaremos en un prototipo perfectamente funcional. Vamos a mudar toda la planta a otro sitio, más alejado de la ciudad. Y como vamos a comer nuestra propia comida de perro, vamos a diseñar una ciudad fuera de la ciudad para nosotros.
—Pero, señor, ¿y esta planta?
—Será nuestro centro de distribución, por supuesto, pero no fabricaremos ya concreto aquí. Ah, y tampoco crean que este plan lo ejecutaremos de un día para otro. Lo haremos en diez años.
—Muy bien, señor, pero, ¿y quién va a supervisar la obra?
—Yo. Ya va siendo tiempo que asuma mis responsabilidades.

 

Esperanza leía los archivos, y separaba los que ella veía más prometedores. Erwin revisaba todos los asuntos legales. Todo parecía estar en regla; pero sólo lo parecía. Lo suyo no era el derecho fiscal, pero algo lo hacía sospechar. Hizo una llamada.
—Con Russell Nails, por favor. Erwin Jiménez.

10 de diciembre.

—¿Estás completamente seguro, Rusty? —preguntó Dexter. Su mono de trabajo estaba aún cubierto por una fina capa de polvo de vidrio, y aún no se lo había quitado del todo. Tampoco le importaba ensuciar todo en su oficina; era su oficina, después de todo. La aspiradora se encargaría de limpiar.
—Sin duda, Dex. Fue bueno que congelaras las cuentas el mismo día que asumiste otra vez el control.
—Que di el autogolpe de estado.
—Como quieras decirle.
—Pero, ¿tanto dinero?
—Tanto.
—Haciendo una extrapolación rápida, en tres años estos cabrones hubieran matado a la gallina de los huevos de oro.
—Dos. Y todavía no encuentro dónde están los pasivos faltantes. Tengo a todo mi despacho trabajando en este caso.
—¿Erwin?
—Sabes mi opinión.
—Sí, pero quiero oírla.
—Si Rusty puede encontrar pruebas suficientes de aquí a marzo, yo me encargaré de lo demás.
—¿Y del otro caso?
—Pan comido. Curioso, déjame ver… Sí, también sería en marzo.
—Muy bien. Quiero contratar sus servicios en exclusiva de aquí a marzo.
—Sabes tan bien como yo que eso no es posible. Pero te pondré como cliente preferente si estás dispuesto a pagar un bono extra para que contrate becarios nuevos.
—¿Esclavitud moderna? —sonrió Erwin.
—Prefiero el término «ofrecer experiencia».
Dexter se sentó en el viejo y confortable sillón. Puso los codos sobre el escritorio de concreto pulido y las manos frente a la boca. La luz se reflejaba en los anteojos de seguridad, las mangas del mono de trabajo tocando el piso.
—¿Qué más sabemos de esos traidores?
—Yo lo sé —interrumpió Esperanza, entrando con una tableta en la mano, agitada.
Todos se giraron a verla.
—Fue por casualidad. Estaba revisando la ortografía de un nombre y me encontré ésto —le pasó la tableta a Dexter. Miró a la joven a los ojos: estaba pálida.

 

Dexter miraba fijamente la Historia Universal. Necesitaba un trago. Aquello era algo que no podía procesar sin un trago. Que su empresa hubiera contratado a aquellos hombres… La crónica decía que sólo quien había disparado el gatillo había sido procesado con todo el peso de la ley. Los tres cómplices sobrevivientes habían recibido penas menores porque se habían entregado. El cuarto había muerto por el disparo del francotirador y se había llevado con él a Remedios. Que los otros tres se hubieran entregado cuando supieron que al asesino lo habían acribillado por resistirse a la autoridad —y por idiota, pues se requiere ser especialmente denso para enfrentarse con una glock con 5 tiros útiles  a un camión con veinte policías con armadura y rifles de alto calibre— no minimizaba el hecho de que habían sido parte del grupo. Siempre había creído que había que darle una segunda oportunidad a las personas…

…Pero aquello era más de lo que podía soportar.

El silencio era tan denso que podía cortarse con motosierra, pensó Erwin. Estaba preocupado. Y si él estaba preocupado, Dexter estaría hecho pedazos. Miró a Rusty. Habían sido compañeros desde la escuela secundaria, y se habían vuelto abogados juntos. Se conocían bien. Russell sabía muy bien lo que estaba pensando Erwin.
—Alguien tuvo que estar detrás de eso. Ellos no pudieron haberlo planeado solos. Y la única persona que se me ocurre…
—Fillmore.
—Sí. Fillmore fue contratado y trajo a sus colaboradores más cercanos. Una manera de limpiar sus currículos.
—Pero no tiene sentido —dijo Esperanza—. Ellos entraron mucho después que Fillmore.
—Pero para entonces Fillmore ya sabía que Dexter no iba a regresar. Aprovechó la coincidencia.
—Es demasiada coincidencia.
Dexter se puso de pie. Caminó hasta la historia universal.
—Sólo si crees en coincidencias. Yo creo en un plan que se puede modificar.
Abrió la historia universal. Ahí estaba la botella de coñac, vacía; los vasos, sucios. Pero había algo más.
—Quiero a ese cabrón pudriéndose en la cárcel. Apuesto el huevo derecho a que el cabrón guardó aquí los datos de sus cuentas secretas. A nadie se le hubiera ocurrido buscar en mi oficina, y menos si siempre estaba vacía.
Le pasó la caja a Russell. Adentro, generadores de contraseñas y un diario de contabilidad.
—No tendrás a mi firma en exclusiva, pero a mí sí. Necesitaré un par de oficinas para que mis abogados trabajen aquí.
—Te construiremos tres junto a las canchas. Esperanza, encárgate de que todos sepan lo que se viene. Que Antonio y Carlos vayan a verme a I+D. voy con los muchachos. Necesito un trago, carajo, necesito un trago y no pienso dejarme dominar…
—Me hago cargo —dijo Esperanza.
Se sentía abrumada por la tarea. Por la responsabilidad. En un instante pasó de ser una niña asustada en un lugar extraño a ser una mujer de negocios. Aún no cumplía los 16 años y ese no era su mundo…
Miró a Erwin.
—Lo harás bien.
—No es eso… Es que a esos hombres los he visto antes.
—¿Dónde?
—En la casa de mi… de mi…
—Ya. No te reconocieron.
—No. Me veo muy diferente con maquillaje.
Erwin adoptó la postura del Pensador de Rodin.
—Necesito hacer unas llamadas. Sospecho que para estas horas ya se reunieron todos. Podemos tener un problema… y temo por tus hermanas.

Día de Muertos (21)

Día de Muertos (21)

2 de Diciembre.

—La película es muy buena —comentó Esperanza mientras desayunaban— pero me está gustando más el libro.
—Y es curioso, porque al autor no le gustaba. Menos después de que le mutilaran el último capítulo.
—Bueno, a mí también me hubiera enojado. Dicen que es necesario haber vivido algo para poder escribir sobre ello. ¿Es cierto?
—No. Mira mis libros: yo no como mariscos pero mis personajes se regodean comiendo camarones y langosta. Mis libros están bien documentados (y quizá por eso no se vendieron tan bien) pero nunca he hecho ni la mitad de las cosas que he escrito. Excepto en uno.
—Ese que no publicaste.
—Sí.
—Deberías volver a escribir.
—No creas que no lo he intentado. Es sólo que no quiero volver a escribir novelas. Quiero hacer algo más duradero.
—¿Como por ejemplo?
—Libros de texto. Generaciones y generaciones educadas gracias a mi esfuerzo. Bueno, puedo soñar —dijo, mirando a la joven.
—Está bien. Me gusta la idea.
Observando la cocina, Dexter pareció descubrir algo diferente.
—¿Qué le estás haciendo a mi casa?
—Decorando para navidad. ¿Te molesta?
—No, todo lo contrario. Eran Remedios y Consuelo las que decoraban. A mí nunca me ha gustado decorar.
—Entonces… ¿Puedo utilizar las cosas que están en la segunda habitación?
—¿Hay cosas en la segunda habitación?
—Tomaré eso como un sí.
—No me lo tomes a mal, pero en lo que a mí respecta el ama de casa eres tú.
—Okey.
—Todavía no tengo idea de por qué llegaste a mi vida pero lo agradezco.
—Y yo a ti.
Se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Ahora desayuna. Se va a enfriar.

Al contrario de otras ocasiones, esta vez Dexter revisó los archivos completos que le enviaron de su negocio. Las cifras estaban en negro, como siempre, pero había un par de archivos que le interesaron. Del área de investigación y desarrollo había llegado un par de memorandos y una solicitud para hablar con el jefe —o sea, Dexter— pero el administrador había denegado la solicitud. Se preguntó de qué se trataba. Llamó a su compañía y pidió que lo comunicaran con I+D. Nadie lo reconoció —¿cómo podrían, si no había ido en 5 años? — y se tardaron en comunicarlo. Pero su esfuerzo valió la pena.
—Investigación y Desarrollo.
—Muy buen día, joven. Tengo aquí unos memos en donde solicitan que el director de la compañía apruebe unos proyectos. ¿Sería tan amable de informarme de qué van esos proyectos?
—Pero fueron denegados.
—Y yo tengo línea directa con el patrón. ¿De qué van esos proyectos?
—Bueno, en principio estamos trabajando en un sistema de impresión tridimensional de módulos constructivos, pero necesitamos modificar parte de la infraestructura existente para hacer las pruebas…
—Muy bien, me gusta la idea hasta ahora, ¿Qué más?
—El problema es que las impresoras constructivas no trabajan todavía con armadura de acero, y queremos probar que es posible que la misma impresora, en conjunto con un robot soldador, fabrique toda una habitación de manera modular. Dado que nuestro concreto…
—Precisamente, permítame la interrupción. He notado que hay una cierta variación en la calidad del concreto, que no entiendo por qué está dando una menor resistencia a la esperada. Aún así es mejor que el concreto normal pero poco a poco está descendiendo. ¿Por qué?
—A eso iba. Nuestro concreto está ahora en la escala gruesa de los agregados finos, lo que lo vuelve muy abrasivo. Le hemos explicado eso a la administración pero no nos hacen caso. Y como el concreto ya es muy abrasivo necesitamos máquinas mejoradas, y la impresión en tres dimensiones requiere…
—Otra vez permítame. ¿Por qué es más abrasivo el concreto? Se supone que la granulometría de inertes finos debe estar lo más posible en el centro de la escala, y complementar los áridos finos.
—Es cuestión de costo, señor. Se ha descuidado la calidad para mantener bajo el costo.
—¿Quién dio esa orden, lo sabe?
—El administrador nos dijo que el dueño quiere maximizar los beneficios…
—Interesante. Aquí tengo que los beneficios se han mantenido constantes a pesar de vender más. ¿Han recibido ustedes bonos de productividad?
—No, señor.
—En ese caso, joven, recibirá usted la visita del propietario de la empresa esta misma tarde. Necesitamos discutir esto en persona.
—Muy bien, señor. ¿Con quién tuve el gusto?
—Hand. Dexter Hand. Lo veré esta tarde.
Cortó la comunicación. Del otro lado de la línea su interlocutor se había quedado pasmado.

 

Entraron a las oficinas con una coreografía cuidadosamente planeada para parecer espontánea. Vestido con un traje color gris, con guantes, gabardina de cuero, bufanda y anteojos oscuros, Dexter entró empujando la puerta derecha. Con una falda de lápiz y chaqueta color grafito, una blusa entallada color negro y un abrigo de cuero gris, Esperanza entró por la puerta derecha quitándose los anteojos negros. Miró directamente a la recepcionista.
—El doctor Dexter Hand ha llegado. Tenga la bondad de avisar de nuestra presencia.
Como esperaban, la recepcionista y el personal de seguridad se pusieron a trabajar de inmediato, mientras Dexter y Esperanza se dirigían al ascensor.
—¡No pueden entrar así!
—Claro que podemos —dijo Esperanza, sacando del maletín la identificación de su jefe—, porque es SU empresa.
El guardia de seguridad examinó el documento, tragó saliva, y dijo, humilde:
—Lo siento, señor. No lo reconocí.
—No hay problema —dijo Dexter—, pero que no vuelva a suceder. Ahora llévanos con el señor Fillmore.
El guardia asintió, insertó una tarjeta en el ascensor, y presionó el botón.

 

David Fillmore estaba ocupado hablando, con los pies encima del escritorio, cuando Esperanza abrió la puerta. Entró y de inmediato colocó el maletín sobre el escritorio, mientras Dexter se sentaba. El guardia de seguridad se quedó en la puerta, por instrucciones de Esperanza. La delgada joven, cuando endurecía el rostro, era temible.
—Te llamaré después —dijo Fillmore, cortando la comunicación.
—Le contarás una triste historia, seguro —dijo Dexter, sacando una cigarrera del abrigo.
—No se puede fumar aquí.
—Puedo hacer lo que se me pegue mi chingada gana —dijo Dexter, quien, por cierto, no fumaba— porque es mi empresa. Ahora quiero que me expliques por qué el producto que estás vendiendo bajo mi nombre no cumple con las especificaciones mínimas. No me salgas conque sí lo hace porque sé que no es verdad.
—Estoy haciendo lo que hago mejor. Administro tu negocio. Tú deberías hacer lo que haces mejor: encerrarte en tu casa y dejarme hacer mi trabajo.
—Muy bien —encendió el cigarrillo—. en ese caso estás despedido. Y no se necesitarán ya los servicios de tu firma legal —se volvió al guardia de seguridad—. Estimado Antonio, hágame el favor de cerrar las puertas de toda la empresa, suspender actividades y convocar a una reunión general en el auditorio para dentro de exactamente una hora. Fillmore, te vas a quedar aquí hasta que anuncie lo que está pasando. Si encuentro que has estado malversando mis fondos, yo personalmente te voy a arrear un derechazo en la quijada que te dejará sorbiendo alimentos con popote por seis meses.

La empresa no era muy grande, pero ya estaba prácticamente en el tope de la definición de mediana empresa, siendo una industria con 230 empleados. El auditorio, que era en realidad el comedor industrial, estaba abarrotado. Dexter subió a una mesa y se hizo el silencio.
—Buenas tardes, jóvenes. Sé que no me conocen de vista, pero sin duda han escuchado hablar de mí —su voz sonaba firme y clara—. Soy el dueño del changarro, Dexter Hand. Estoy aquí porque he decidido volver a involucrarme en las operaciones diarias de mi empresa, merced a que he notado una cierta baja en la calidad de nuestros productos. Por ello he tomado la drástica y dramática decisión de remover al administrador general, David Fillmore, y su equipo inmediato de trabajo. Esta empresa volverá a la filosofía original bajo la cual la fundé hace siete años, y espero que todos mis empleados estén tan comprometidos como lo estoy yo con mi proyecto. Quienes no crean poder cumplir el decálogo de trabajo que me impuse cuando comenzamos, es libre de irse. Si no, los espero mañana a primera hora para comenzar a mejorar esta empresa y llevarla a la cima. Su primera misión, si deciden aceptarla, es informarme sobre las cosas que deberían mejorarse y presentarme un plan para hacerlo. Ninguna queja sin solución. ¿Estamos?
Sin esperar respuesta, bajó de la mesa. Los gerentes se le acercaron. Unos cuantos se dirigieron a la puerta. Esperanza los interceptó.
—Quiero sus renuncias por escrito a más tardar en veinte minutos.
—¿Quién te crees que eres, niña? —dijo un hombre gordo y medio calvo.
—La nueva directora de personal —dijo Esperanza, fijando sus penetrantes ojos negros en los del hombre.
—Tendrás mi renuncia el día que me muera —dijo el gordo, tomando a Esperanza por la solapa de la chaqueta.
—Eso podemos arreglarlo —dijo Antonio, el guardia, tomando la mano del gordo y apretando.
El gordo abrió la mano y soltó a la joven.
—Te vas a arrepentir.
—Ya me estoy arrepintiendo. Pero hay demasiada gente.
—Diecinueve minutos —informó Esperanza. El gordo se sacudió la mano y se alejó por el pasillo, echando chispas.
Antonio mandó instrucciones por radio. Esperanza escuchaba satisfecha. Ahora entendía que se sentía estar en una posición de poder. Era, al mismo tiempo, aterrador y emocionante.

De los gerentes y administrativos sólo cinco se fueron. El resto se quedó en la oficina de Dexter, que había estado vacía por años, pero seguía ahí. La Historia Universal seguía ahí: una pequeña botella y ocho vasos ocultos en la enciclopedia para las ocasiones especiales. Se preguntó si todavía estaría bueno el coñac que había dejado en su interior, pero no quiso abrirla para comprobarlo, no mientras Esperanza estuviera ahí. Se sentó en el sillón. Aún a pesar de los años, continuaba siendo un sillón bastante cómodo. Sería bueno descansar ahí después de un largo día de investigación y desarrollo, se dijo Dexter. El escritorio continuaba igual que el día que lo dejó. Debería felicitar a los empleados del aseo. Colocó las manos en el escritorio, y miró a su derecha e izquierda. Toda la cúpula estaba ahí.
—Muy bien. Muchos de ustedes me conocen. Yo los contraté.
Varias cabezas asintieron.
—Quiero felicitarlos por el trabajo que han estado haciendo. Sólo podemos mejorar. Ahora, libres de la influencia de Fillmore, quien según veo estaba haciéndose millonario a costa de la calidad, y sin mi permiso, vamos a desarrollar esta empresa hasta convertirla en la mejor del mundo. PEEEEEERO —dijo, haciendo especial énfasis— quiero también decirles que yo no estaré dedicado a estas actividades administrativas. Tampoco mi asistente ejecutiva personal, Esperanza —señaló a la joven a su lado— estará aquí permanentemente. No vamos a meternos en cómo trabaja la empresa. Yo estaré más bien en investigación y desarrollo. Espero que ustedes me mantengan informado de todo lo que sucede y me consulten cuando haya cambios radicales, mas no estorbaré en sus decisiones. Todo lo que sea necesario hacerme llegar deberá pasar por las manos de nuestro nuevo administrador general, y si él o ella pueden resolverlo sin consultarme, mejor para mí. Espero, entonces, que me informen qué es lo que está pasando, y tomaré una decisión sobre quién será el nuevo director general hoy mismo. Y mañana —dijo mirando a los jóvenes de I+D— comenzaremos a trabajar en el proyecto de la impresora que tienen ustedes en mente, después de comenzar a corregir la granulometría de los inertes que usaremos.

 

Cuando cerraron la puerta de la oficina y quedaron solos, Dexter dejó escapar un suspiro de alivio. Abrazó a la joven junto a él; pudo notar que estaba también temblando de emoción.
—Hacemos buena pareja, niña —le dijo.
Ella intensificó el abrazo. Dexter pudo oler el delicado perfume de la chica. Chanel número 5. Pudo sentir su cuerpo cálido y firme; se preguntó cómo una chica de quince años —casi dieciséis— podía actuar como toda una adulta madura y sabia. Se sentía feliz.
—Sí. Buena pareja —dijo Esperanza. Lo miró a los ojos. Sus labios estaban tan cercanos…

Día de muertos (20)

Día de muertos (20)

1 de diciembre.

Cuando despertó, Esperanza todavía estaba ahí, abrazada de él. Tardó un rato en asimilar que él se encontraba debajo de las frazadas y ella encima, y que la luz que se filtraba por la ventana era la luz del amanecer. El cuerpo le dolía, y su brazo derecho estaba desagradablemente entumido. Intentó no moverse, para no despertar a la joven, pero ella lo sintió y se puso de pie con rapidez. Antes de que pudiera reaccionar, le dio un vaso de agua y unas cápsulas y lo obligó a consumir su medicación. No podía decir nada. La garganta le dolía. No era la sensación familiar de la resaca: era un dolor agudo y constante. Claro, se dijo, como que ayer me abrí el cuello con una botella de vodka. Nunca más.

Esperanza lo ayudó a levantarse y lo guió hasta el cuarto de baño. Había olvidado que tenía una tina. Ella le quitó la ropa y lo guió hasta una pequeña silla bajo la ducha. El agua cálida comenzó a correr, y ella comenzó a lavarlo. Cerró los ojos. Se sentía tan bien…

Se abandonó a la sensación. El jabón se llevaba con él los malos recuerdos; el aroma lo hacía recordar sólo aquellas cosas buenas… Dos manos lavaban su espalda. El calor del agua y el calor de las manos lo hicieron recordar aquella vez bajo la lluvia de verano. Sólo podía escuchar la caída del agua. Sintió cómo dos delicadas manos empezaron a afeitarlo, con cuidado para no abrir de nueva cuenta la herida del cuello. Sintió cómo el agua cesaba de correr y las manos lo secaban con amor y cariño. No se había sentido así desde aquel día…

5 de septiembre. Hace 7 años.

Llovía. El auto se había detenido en el camino. A lo lejos, las luces de un pequeño pueblo. Cuatro kilómetros, juzgó Dexter, tomando en cuenta que acababan de pasar un anuncio que decía que el pueblo estaba a cinco kilómetros, antes de que el auto se quedara sin energía. No debían quedarse en el camino, y aquella lluvia duraría toda la noche, estaba seguro. Remedios había tomado la iniciativa y con sus cosas en una bolsa caminaba rumbo al pueblo. Dexter, resignado, la seguía. En un momento dado Remedios cayó a un charco y se lastimó el tobillo; Dexter tuvo que llevarla hasta el poblado. Tuvieron suerte: el único hotel del pueblo contaba con un temazcal. La dueña del hotel casi los mete a la fuerza. Los obligó a quitarse la ropa y la llevó a lavar, mientras ellos se limpiaban y calentaban en el agua caliente. Dexter limpió concienzudamente a su novia, y Remedios hizo lo propio con su novio. Eran perfectos el uno para el otro. Sus labios se unieron, sus manos exploraban sus cuerpos. Ya no les importaba nada; en el mundo sólo existían Dexter y Remedios…

—Te amo —dijo Dexter, mientras yacían en el suelo del temazcal, exhaustos.
—Te amo —dijo Remedios, acariciándole el cabello.
—¿Te casarías conmigo?
—Nada me haría más feliz.
Sus bocas volvieron a unirse en un beso largo y profundo.

1 de diciembre. 

Sintió que una mano se deslizaba por su bajo vientre. Tomó entonces conciencia de dónde estaba y con quién estaba. Detuvo la mano.
—No…
—Sí.
—No sabes lo que haces.
—Lo sé muy bien. Y quiero hacerlo.
—No. Eres muy joven para entenderlo.
—En veinte días cumpliré 16 años. No soy tan joven como para ignorarlo.
—No sabes lo que quieres.
—Lo sé muy bien. Déjame hacerlo. No es la primera vez.
—No. No…
Pero estaba débil y adolorido y dejó que ella hiciera con él lo que quisiera. El cuerpo le dolía…

 

Cuando recobró la conciencia, estaba de nueva cuenta en su cama, bajo las sábanas. Los analgésicos habían ya perdido su efecto. Esperanza estaba sirviendo un vaso de agua.
—Despertaste…
—Sí.
—Ten.
Los analgésicos. Necesitaba los analgésicos. Y algo para dormir. Tomó las pastillas y bebió toda el agua. Había algo más. La cena. No parecía gran cosa, pero se le antojó lo más apetecible del mundo. Pastel de carne, puré de papa y ejotes. Se sentó en la cama para comer, pero Esperanza lo obligó a recostarse.
—No soy un inválido.
—No me importa. Te vas a recostar.
Fue Esmeralda quien le dio de comer, pequeños bocados. De pronto se dio cuenta de que estaba escuchando la Novena. La Gloriosa Novena. No pudo evitar reírse.
—Es tan apropiado…
—¿De qué hablas?
—Soy Alex.
—No entiendo.
—Querida, ¿te apetecería ver una película conmigo? La Naranja Mecánica. Estamos justo en las últimas escenas. No sería justo contarte el final.

 

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