Día de Muertos (39)

Día de Muertos (39)

Día de Muertos (39)

17 de abril.

Se vistió lenta y meticulosamente. Su mejor traje. La corbata negra y azul a rayas era el único elemento que lo distinguiría en la uniformidad de la sala de juicios orales. Eso y su posición. Miró a Esperanza. Ella también estaba vistiéndose lenta y meticulosamente. No le dijo nada.

Se había puesto el traje color chocolate. Ahora sí le sentaba como un guante. Una cascada de pelo a la derecha, al frente. Otra a la izquierda, atrás. La Osa Mayor destacaba. Estaba hermosa. La protegería hasta el final. Se lo había prometido a Griselda, a Remedios, y a Consuelo. Se lo había prometido a Milagros y a Caridad. Se lo había prometido a Esperanza. Y se lo había prometido a sí mismo. Y nunca había dejado de cumplir una promesa.

Caridad y Milagros se vistieron lo mejor que pudieron. Esperanza les retocó un poco el peinado. Parece su madre, se dijo Dexter. Todos estaban inusualmente en silencio. La casa también. Como si los hubiera abandonado.

Pero no. Él lo sabía. No debía hacer nada. La casa no los distraería. Salieron. Francisco ya los esperaba en la puerta. La camioneta estaba lista. Sus mejores elementos. Miró a Esperanza antes de salir. Ella luchaba por no temblar. Necesitaba un apoyo, pero no sabía cómo darle apoyo.

O sí sabía. La casa se lo dijo. Hacer mucho sin hacer nada. Extendió la mano.

 

Esperanza lo miró. Lo necesitaba tanto, pero todos los hombres le habían hecho daño. No. No todos. No podía ser injusta. No podía generalizar. Sólo los hombres malos le habían hecho daño.

Él no lo era. En el fondo, lo sabía. Sólo era un hombre lastimado. Quería creer en él. Quería tanto creer en él. Había quien corría de una posible pelea. Ella era una de esas personas. Pensaba que no podía ganar nunca. Había aprendido a callar y obedecer. Pero lo conoció y supo que podía haber algo más que dolor y desgracia. Él lo sabía. Sabía que era una pelea que podía perder y a pesar de todo estaba ahí. No tenía por qué hacerlo. O sí: por amor. Supo que era injusto lo que le pedía que hiciera desde el mismo momento en que pronunció las palabras, pero a él no le había importado. Había mantenido sus promesas. Él, realmente, era un hombre inocente.

Sabía que podía herirlo por puro despecho. Había hecho tanto por ella y no se lo había agradecido nunca lo suficiente. Recordó aquella noche en que llegó a su casa. No la conocía. No tenía ningún modo de conocerla. Pudo haberla sacado de ahí, pero no lo hizo. Pudo desentenderse de ella, pero no lo hizo. Le dio lo que nadie le había dado antes. Respeto. Cariño. Y lo hizo porque quiso. Pudo tomar millones de decisiones, pero eligió una. Amor. Estaba segura que eso era amor.

Él extendió la mano. Ella sabía perfectamente lo que debía hacer. Estaba claro. La casa lo sabía. Ella lo sabía. Lo tomó de la mano y sonrió.

 

 

Fillmore tomó la taza de café bajo la cafetera. Introdujo la cápsula con espresso y encendió la máquina. La última gota cayó cuando alguien tocó a la puerta.
—Buen día, David —dijo Juan, tirando la taza en el suelo—. Ups. Ven conmigo. Te compensaré por ese café que te tiré.

 

Baggins tenía hambre. Subió al auto y se encaminó al mismo lugar a donde iba siempre a desayunar. Necesitaba su bagel con queso crema y salmón como otros necesitan alcohol o café. Habitualmente después llegaría a su oficina, llenaría algunos informes, y vería por la ventana cómo molían vidrio y lo mezclaban para hacer el concreto. No ahora. No desde que Hand había regresado. Alguien tocó la ventanilla. Le hizo una seña hacia su llanta delantera. Baggins detuvo la marcha y bajó. La llanta se veía rara. Como si tuviera un tumor, ¿no era cierto? Entonces la llanta explotó. ¿Cómo podía explotar una llanta? Se dio cuenta de que, si hubiera estado circulando, hubiera podido matarse: adelante estaba el puente y si hubiera perdido el control…
—¿Problemas, Jonathan? —dijo la voz de Juan, descendiendo del auto.
—Un neumático reventado.
—Bueno, lo menos que puedo hacer es darte un aventón. Iba a buscarte a donde vas a desayunar todos los días. Sube. Le harás compañía a David.
—¿Estoy detenido?
—Dioses, no. Es una feliz coincidencia que vayamos todos al mismo lugar hoy, ¿no? Tengo entendido que el espresso es muy bueno, y los bagels también.

 

César Dressing era un hombre medio calvo y gordo. Pero podía levantar doscientos kilogramos sin problemas. Le gustaba disimular su fuerza, porque hacía que la gente lo tomara menos en serio, y eso podía significar que bajaban su guardia. Ajustó la pesa. Cien kilogramos de peso para iniciar. Se tendió en el banquillo. Nunca había necesitado a alguien que lo ayudara; no iba a empezar ahora. Cuando llegara a los doscientos quizá. Siempre se corría el riesgo de que al levantar no se pudiera sostener bien el peso. ¿Pero cien kilos? Pfft, ni siquiera necesitaba desayunar para eso.
—Siempre lo olvido. ¿Son libras o kilogramos lo que levantas? —preguntó Juan.
Dejó la pesa en su lugar y se puso de pie.
—Kilogramos. Levantar libras es para mariquitas.
—Así que por eso vas a levantar doscientos kilogramos hoy.
—Doscientos treinta.
—Esa barra no resiste los doscientos kilos. Ni tú —intentó levantar un peso del suelo. Apenas logró moverlo unos centímetros.
—Quita —dijo Dressing.
Colocó la pesa en la barra. El seguro se venció y cayó justo donde debería estar su cuello.
Juan miró a Dressing con ojos desapasionados.
—Te lo dije. Es conveniente que vayamos hoy a los tribunales. Podrías poner una demanda en contra del fabricante. O del gimnasio. O ellos podrían ponerte una por sobrepasar el límite permitido. Aún así es conveniente que vengas con nosotros. David y Jonathan te tienen un batido de proteína, sólo date un baño antes. Hay que estar presentable.

 

—Gaspar, Melchor y Baltazar son los Reyes Magos de la ilusión —cantaba Erwin por lo bajo—; ellos vienen del lejano Oriente a la adoración del Niño Dios.
—¿De qué hablas?
—Son los jueces que revisarán nuestro caso. Gaspar Álvarez, Melchor Bravo y Baltazar Cárdenas.  Fueron compañeros míos en la facultad.
—Temo que vayas a salir con alguna cosa.
—Hey, no pienso hacer nada. Absolutamente nada.
—Eso me tiene más preocupado aún —dijo Russell.
—Mira, estaremos bien. Me preocupa más tu caso que el mío.
—No tengo pruebas de nada.
—¿No? Qué raro. Juraría que te había llegado una copia de esto.
Le tendió el folio. Rusty lo leyó.
—No me ha llegado.
—Quizá deberías estar más al pendiente. Al menos tus muchachos vienen para acá.

 

—Quiero despedir a mi abogado —dijo Aquiles frente al juez de instrucción—. No está defendiéndome como debería.
—En esta etapa del juicio debo recomendarle directamente que no lo haga.
—Quiero defenderme a mí mismo.
—Eso es imposible directamente.
—Conozco mis derechos. Quiero defenderme yo mismo.
—Señor juez, comprendo que el señor Baeza crea que no he hecho lo suficiente. Sin embargo, si observa usted el expediente podrá constatar mi trabajo…
—Que no ha sido suficiente, abogado —dijo Aquiles, mirando directamente a Mountaineer—. No sólo fui injustamente encarcelado, siendo yo un hombre inocente, sino que además el abogado hizo todo lo posible por mantenerme encerrado al no presentar la documentación que me exoneraría, y bloquear directamente mi demanda contra Hand por haberme roto la quijada. Todavía no puedo consumir alimentos sólidos sin dolor.
—Señor Baeza, comprendo lo que dice. Pero necesita ser usted abogado para poder desempeñar cualquier actividad en este tribunal. Lo que sí puedo ofrecerle es que el doctor Mountaineer lo asesore.
—¿Podré presentar yo mismo mi alegato a la corte?
Mountaineer miró al juez y asintió casi imperceptiblemente.
—No veo por qué no habría de hacerlo. Está en su derecho.

 

—Primero será el juicio de patria potestad —explicaba Anna—. El otro caso, por el momento, es secundario.
—¿Qué pasa si ganamos?
—Lo mismo que hasta ahora. Toman sus cosas y se van a casa.
—¿Y si perdemos?
—Eso es más complicado…
—Dímelo.
—La patria potestad recae en el padre. Las pruebas de ADN demuestran que es tu padre. Técnicamente las niñas deberían regresar con él…
—Sabes a lo que me refiero.
—Si el abogado utiliza el alegato de seducción, podemos enfrentarnos a un caso de pederastia. Alegaremos estupro.
—Todo esto fue un error.
—No. Tenemos grandes posibilidades de ganar. Sólo debemos convencer a dos de tres jueces.
—Tengo miedo.
—No pasará nada. Te doy mi palabra.
—Quiero creerte.
Asumió, inconscientemente, su postura defensiva. Tenía tanto miedo…

 

—¿Todo listo? —preguntó Ixchel.
—Sólo faltamos nosotros —dijo Juan.
Le echó una última mirada al plano general. Todo parecía correcto. Armando Zazel los esperaba en la puerta. Seguía como siempre: la sudadera gris y capucha negra, muy delgado y de cara macilenta, la placa dorada colgando sobre el pecho, las manos en los bolsillos.
—Hace mucho que no trabajábamos juntos.
—Departamentos diferentes.
—Siempre lo hemos estado. No nos había impedido trabajar juntos.
—Sí, bueno, ya sabes… corregir errores requiere mucha burocracia o ajustes muy sutiles.
—Lo sé.

Día de Muertos (38)

Día de Muertos (38)

5 de abril. Hace diecisiete años.

Aquiles estaba afuera. Abrió la puerta. Sabía por lo que había pasado; el muchacho sólo necesitaba una mano amiga, se dijo Griselda.
Aquiles entró, la mirada vacía, desprovista de emoción.
—¿Estás bien?
—Soy un hombre inocente —dijo.
—Si quieres hablar de lo que pasó…
—No. No. No necesito hablar. Te necesito a ti. Eres la única que me puede comprender.
—Aquiles…
—Vamos a celebrar. Porque soy un hombre inocente.
La tomó de la mano y la sacó de la casa. La subió casi a la fuerza al viejo auto.
Los padres de Griselda no estaban, y tardarían en darse cuenta de su ausencia…

15 de marzo.

El único sonido de fondo era de las trituradoras de vidrio. Chandler tecleaba furiosamente mientras Anna miraba asombrada la cantidad de datos que iba obteniendo.
—¿Un hombre inocente? —preguntó Russell.
—Un hombre inocente. Chandler cree que Fillmore está echandole la culpa a alguien más. Es decir, no es un hombre inocente por sí mismo, sólo es inocente de este caso en particular.
—No tiene sentido. Nada de eso tiene sentido.
—Creo que empieza a tenerlo. Parece que es un caso que se remonta a cinco años atrás. Todos los involucrados en ese caso fueron declarados no culpables, excepto el autor material. Todos coincidieron en que el verdadero autor material fue muerto esa noche, pero hubo ciertos indicios, que no se siguieron, de que en realidad seguían las instrucciones de otra persona.
—¿En qué te basas para decir eso?
—En que quien se suponía planeó todo no sabía manejar, a pesar de lo cual huyó en un auto. ¿Eso tiene sentido?
—Un momento. ¿Qué caso?
—Creo que ya puede usted adivinarlo.

 

6 de abril. Hace diecisiete años.

La aterrada chica fue encontrada al día siguiente en las afueras de la ciudad. Temblaba. Se negó a prestar declaración. Sólo quería que la dejaran en paz.
—Dejen a Aquiles en paz. Él es inocente. Es un hombre inocente…
Juan miró al detective Zazel. No creía en coincidencias. Zazel asintió, bajándose la capucha de la sudadera.
—Un hombre inocente. ¿Cómo podremos atrapar a un hombre inocente?
La ambulancia se llevó a la aterrada joven. Quince años,  a punto de cumplir dieciséis. No era justo.
—Algo debemos hacer. Podemos corregir el error.
Zazel tomó a Juan por el hombro.
—Mi trabajo no es ese. Pero el tuyo sí. Ven conmigo.

La habitación parecía enorme, aunque era la más pequeña de todas. Era sólo que la computadora ahí en realidad no estaba ahí. Sólo la terminal. El sistema no era fácil de ver. Ni siquiera de comprender.
—Armando —dijo una voz.
—Zurvan. Él es quien te conté.
—¿Lo sabe?
—Lo dedujo.
Akarana miró al joven.
—¿Qué tanto sabes?
—He tenido tiempo para aprender.
—¿Cómo te llamas?
—Destino. Juan Destino.
—¿Sabes lo que pasará?
—No. Pero sé que puedo modificarlo. Me han faltado los medios para saber si mi intervención es buena o no. Años y años.
—¿Desde cuándo?
—Desde que vi a un hombre de cincuenta años ser baleado en un Gräf & Stift Double Phaeton en Sarajevo, en 1914, y saber que, si alguien hubiera llevado unas tijeras, se hubieran evitado al menos 16 millones de muertes. Quizá 39.
—Te lo dije. Es nuestro muchacho.
—Toma asiento. A partir de ahora estás bajo mi mando.
—Saluda a Kulkán de mi parte.
—Debiste traer a dos.
—Ella vendrá después. Por otro medio.
Akarana asintió. Cerró la puerta.
—Lo primero que debes saber es que buscamos el bien mayor, aunque para ello a veces tengan que sufrir inocentes.
16 de marzo.

Anna dormía, con la cabeza apoyada en las piernas de Chandler, quien seguía tecleando furiosamente. Estaba a punto de descubrirlo, estaba completamente seguro. Revisó una vez más los datos. Revisó el programa. Compiló. Corrió la simulación. Era, sin duda, su mejor trabajo. La noche había caído. Miró la hora. 56 horas. Los datos comenzaron a aparecer en la pantalla. Estaba listo. Necesitaba descansar. Mañana temprano ya tendría los datos. Le apartó el pelo de la cara a la joven. Se veía hermosa. Si tenía razón le propondría matrimonio. Eran un buen equipo. Se reclinó en el asiento y cerró los ojos un instante…

 

Esperanza no podía dormir. Dexter tampoco. Ella miraba la puerta. Él la miraba a ella. Hay personas, se dijo Dexter, que nunca podrán creer en nada. Que sólo la oscuridad les dice la verdad; una verdad que no quieren oír porque ya han escuchado esa verdad antes, pero la confundieron con una mentira. Él conocía bien a la noche. La había abrazado como a una amante cruel durante cinco años; cuando en lugar de ir a dormir se había quedado oteando el horizonte sin más compañía que una botella de vodka. Necesitaba un trago. Necesitaba desesperadamente un trago, a pesar de que odiaba el alcohol. Es más fácil odiar que esperar. Es tan difícil no hacer nada. La espera. La maldita espera. Es más fácil dormir solo que sufrir porque quien está contigo te puede lastimar en un millón de formas. Lo sabía bien. Vaya si lo sabía bien. Lo había sabido bien desde hacía diez años, cuando llegó huyendo de un pasado que no quería buscando un futuro que no necesitaba.

No dijo nada. Necesitaba desesperadamente abrazarla y decirle que todo estaría bien. Pero no podía. No lo estaba. Nada estaría bien si no tenía la certeza de que había terminado todo. Miró una vez más a la joven. Aún en la penumbra era hermosa, como una espiga de trigo ante la luna. Escuchaba la respiración rítmica de la joven. Se preguntó si tenía el derecho de hacer lo que le estaba haciendo. Si no hubiera sido más fácil alejarla de todo y de todos. Sabía que no. Sabía que tenía que enfrentar todos sus temores. Los de él y los de ella. Extrañaba a Remedios. Ella hubiera sabido qué hacer. Extrañaba a Consuelo. Ella también hubiera sabido qué hacer.

El reloj inició la cuenta en ceros. Había pasado ya la media noche.

 

17 de marzo.

Hay gente que huye de una pelea. Él no era de esos. Había calculado todo tan bien. Tan preciso. Tan meticuloso. ¿No era acaso un hombre inteligente? Había cultivado una imagen de un perfecto idiota, pero sabía muy bien cómo obtener lo que deseaba. Se había tragado la falta de respeto de todos. No más. Ese día sabrían quién era él.

Aquiles se vistió con calma y meticulosidad. Su mejor ropa. Se cuidó mucho de que el regalito que tenía para su hija no se notara demasiado. Haría sonar el detector de metales, claro. No el regalo; era demasiado inteligente para eso. Pero sí el reloj y la hebilla. Lo revisarían rápidamente, y lo dejarían pasar. Siempre lo hacían. Conocía hasta el último rincón de aquel lugar. Ya lo había hecho antes. Y no lo habían agarrado nunca. Era demasiado inteligente para eso.

Fillmore debía estar tomando ya su taza de café habitual. Era tan predecible. Seguramente usaría la misma taza de cada día. Sería una lástima que esta vez usara el café del lote contaminado. Un hombre solo hace rituales; por eso él había mantenido cerca a sus hijas, para que el caos le impidiera caer en una rutina tan predecible. Le enseñaría a sus hijas como les había enseñado a sus madres. ¿No había sido siempre un hombre inocente? Justo ahora Baggins debía estar entrando a su auto. Siempre iba al mismo lado a la misma hora a desayunar. Hoy tendría un pequeño problema con una rueda. Quizá lo extrañaran por un par de semanas antes de olvidar que había existido. Dressing. En el gimnasio, seguramente. César siempre se había cuidado. Sería una lástima que ahora su máquina habitual tuviera un pequeño accidente. Simple mecánica de materiales. Fatiga de elementos. Sintió un poco de lastima por la gente que vería afectada su rutina porque el gimnasio se vería obligado a cerrar.

Pronto recuperaría a su hija. También se transferirían unos cuantos millones a esa cuenta que había abierto a su nombre con el seguro de vida de su madre. Pensó en lo cercano que estuvo de perderlo, cuando esa maldita vieja se enamoró del muchacho ese. Pero él era un hombre inteligente. Le hizo una visita esa noche. En el tren. Lo calculó todo tan meticulosamente que su belleza no se vio afectada. Y había salido libre porque era un hombre inocente. No la había empujado. Se había limitado a mirarla. No fue su culpa que ella se tropezara, ¿verdad? Era inocente. Sonrió. Era sólo un hombre inocente. Y podría ahora adquirir lo que era suyo. No era un martir. No lo sería nunca. Pero tendría respeto. Aunque tuviera que hacerle un hijo a esa muchacha. Se humedeció los labios. Le había enseñado respeto a la madre. Lo haría también con la hija.

 

Y nadie sospecharía de él.

Era un hombre inocente.

Todos lo decían.

Un hombre inocente.

Día de Muertos (37)

Día de Muertos (37)

10 de marzo.

Francisco no hacía nada. No era necesariamente cierto, de alguna forma. Vigilaba. Esperanza se lo había pedido, y Dexter no se había negado. Le hubiera gustado tener un arma de fuego, pero no estaba autorizado. Era demasiado embrollo. No estaba enteramente indefenso. Tenía un buen taser, una buena linterna, y su confiable pistola de aire comprimido. Era completamente legal. No mataba. No si no quería hacerlo. Una pequeña cápsula de ricino era todo lo que se necesitaba; pero Francisco era demasiado inteligente como para caer tan bajo. Sólo debía resistir lo suficiente como para que las verdaderas autoridades hicieran su trabajo. Él era únicamente un guardia industrial.

La escuela estaba tranquila. Nada pasaría mientras las dos niñas estuvieran dentro. Él sólo debía vigilar durante la entrada y recoger a las niñas a la salida. La entrada era fácil. Era el caos de la salida lo que lo preocupaba. Él también tenía una hija. No quería que le pasara nada. Su hija era mucho más joven. Aún no iba a la escuela. Cuando su amigo en la policía le dijo que aquel cerdo probablemente saliera libre, se preocupó. No dudaría en matarlo si le hiciera algo a su hija. Se preguntó si haría lo mismo si atacara a las dos niñas que esperaba.

Estaba atento. No se había tomado la molestia de quitarse el uniforme. Mejor. Que se enteraran que aquella zona estaba protegida. Sería mejor si no hacía nada, le había dicho Juan. Sólo tenía que estar atento. Vigilante. Si el calvo gordo llegaba, debía reportarlo y vigilarlo. No detenerlo. Ningún movimiento, excepto si las ataca, le había dicho Juan. Incluso si se las lleva sólo debes vigilarlo y seguirlo. Reporta cada movimiento. No hará nada si te ve. Eso es suficiente.

Las niñas llegaron. Eran unas niñas raras. Se parecían a Esperanza. Se veían de menor edad de la que realmente tenían. Les abrió la puerta, vigilante. Entrecerró los ojos. Le parecía haber visto a alguien conocido. Cerró la puerta y se llevó la mano, inconscientemente, al bolsillo en el que tenía el taser. El corredor de la sudadera gris y negra pasó sin hacer ruido. Era policía, se veía a lo lejos. Sólo un policía podía llevar ese ritmo y llevar puesta la capucha negra en un día soleado como ése. El tipo al que creyó ver ya no estaba. Bien. Podría regresar con las niñas sin incidentes.  Se preguntó si debía reportar lo que vio. Quizá no. Hay muchos calvos gordos. Subió al auto.

 

14 de marzo.

Esperanza estaba cada día más nerviosa. Dexter lo sabía. Toda la noche estuvo inquieta. Podía sentirlo. Él también se ponía nervioso. Por ella. Las niñas continuaban todo lo normales que podían ser. El miedo se les estaba quitando. Pronto entrarían a la adolescencia…

Esperanza parecía una espiga de trigo recortada contra el sol de la ventana.
—¿En qué piensas?
—En él.
—No tienes nada qué temer.
—Eso quiero creer. No puedo.
—Sé que quieres protegerlas. Yo también. Y a ti. No voy a permitir que nada les pase mientras yo esté vivo —intentó abrazarla. Ella se retiró, adoptando inconscientemente su postura defensiva. Tenía meses sin adoptar la postura defensiva.
—Te creo —pero no lo creía.
El fin de semana se acercaba. Quizá si se fueran de la ciudad… sería fácil. Sólo tomar sus cosas y marcharse. Ya lo había hecho antes.
—Sé lo que piensas. Sé que no quieres escuchar lo que te tengo que decir. No lo hagas. El lunes todo terminará.
Ella lo miró. La mirada húmeda. No podía creerle… Quería, pero no podía creerle… Los hombres le habían dicho tantas mentiras antes… Quería creer que él era diferente. Pero sabía que estaba sólo a un trago de convertirse en lo que más odiaba…
—Vamos a salir de esto. Es hora de irnos. Tus hermanas ya están listas.
Ella tomó su bolso. Caminó en silencio, en postura defensiva todo el camino. Tenía miedo.

 

—No lo encuentran —dijo Erwin, el whisky con soda en la mano. Dioses, necesitaba un trago.
—Se suponía que no lo iban a perder de vista.
—Pero lo hicieron. Salió porque su expediente quedó mal integrado y se violó el debido proceso. A veces odio mi profesión.
—¿Y qué hacemos?
—Nada —dio un trago largo—. Absolutamente nada. No si no queremos que la investigación se vuelque en tu contra.
—¿Por qué?
—Porque, no sé si lo has notado, pero tu novia, con la que estás viviendo en concubinato, sigue siendo menor de edad. Lo tuyo pudiera entrar como estupro, pero también pueden procesarte por pederastia si el juez es lo bastante conservador. Estás con ella por un tecnicismo legal que, en este momento, ya no se sostiene. Por ley debe estar con su padre. El padre es un cerdo, pero es el padre, y es inocente en tanto que no podamos probar lo contrario. Y nadie ha podido probar lo contrario en 17 años que ha estado entrando y saliendo del sistema.
El vaso estaba cerca. La botella también. Un trago. Sólo un trago, y todo estaría bien en su mundo…
Pensó en Esperanza. No podía hacerle eso. Era un hombre inocente.
—Entonces no podemos hacer nada.
—Absolutamente nada —vació el vaso de un trago.
Erwin tomó la botella y se sirvió otra ración. Se dio cuenta de la desesperación de Dexter. Colocó la botella en la cantina y le puso una botella de agua tónica enfrente.
—Lo siento. No es justo. Ni para tí ni para ella. Ella no tiene la culpa de haberse enamorado de un hombre mayor. Ustedes dos son inocentes.
Dexter bebió. Bebió un largo trago. Faltaba el fuego, pero el sabor astringente estaba ahí. Era un hombre inocente…
—Gracias.

 

Esperanza estaba alejada de la puerta, de pie, en postura defensiva, vigilando a sus hermanas. Dexter podía ver que estaba tratando de protegerse. Que estaba pensando en ese alguien que la había lastimado tanto. Estaba atenta a cada sonido detrás de la puerta, como si temiera que en cualquier momento Baeza entraría por la puerta y se las llevaría con alas de murciélago. Tenía miedo incluso de ser tocada. Sabía que no escucharía a nadie, porque así nadie podría mentirle. Nadie podría engañarla nunca si no escuchaba a nadie. Lo sabía porque él había vivido lo mismo hace muchos años. Había huído de sus problemas una vez. Nunca más.

No podía concentrarse tampoco. Ni siquiera porque Francisco y sus hombres montaban guardia. Se preguntó si debía decirles que los necesitaba en casa. Pero estaba seguro que no pasaría nada en casa. No era terreno conocido. Si atacaba, sería en un terreno donde él tuviera la ventaja. Él se protegería, claro estaba. Así como Esperanza protegía a Caridad y a Milagros, así como él protegía a Esperanza. Sólo esperaba que alguien lo protegiera a él.  Se preguntó si todo estaba ya definido. Quiso ser en ese momento un hombre religioso y tener la tranquilidad de quien sabe.

Se veía tan vulnerable…

Pero no podía hacer nada. Era mejor no hacer nada. Limitarse a protegerla. Ayudarla a protegerse. Sería un fin de semana largo. ¿Cómo podía dejar de pensar en ese alguien?

No podía. Si él no podía, ella menos.

 

Chandler estaba muy ocupado trazando circuitos. No sabía muy bien por qué, pero el diagramar lo que sabía le ayudaba a encontrar patrones. Y si él podía encontrar patrones, otros podrían. Así había encontrado las cuentas de Fillmore, pero le faltaba algo. No había movimientos en esas cuentas desde hacía años; no tenía ningún sentido.  Y alguno debía tenerlo. La auditoría estaba por terminar y no habían encontrado nada que permitiera ligar a Fillmore con el desfalco. No había pruebas. El desfalco estaba ahí, pero no había pruebas. Algo debía haber. O alguien.

Era ya tarde. Miró la hora. Era tarde, pero no podía terminar en ese instante; era demasiado temprano para terminar. Se puso de pie y fue al enfriador de agua. Necesitaba un trago. Anna salió de su oficina, con el rostro desencajado. Tanto tiempo desperdiciado…

No. No había sido un desperdicio de tiempo. Sabía que sólo debía encontrar aquella pieza que le hacía falta. El plano general estaba armado; lo que faltaba podría deducirse. Le faltaba algo. Miró a Anna. Ella lo miró. Lo supo. Tiempo. Necesitaba tiempo. No había tomado en cuenta el tiempo. Cuarta dimensión. ¡Era tan obvio! Tiempo. Sonrió. Se acercó a la joven abogada y sin decir ni una palabra, la besó con pasión.
—Lo tengo. No son medidas desesperadas. Es tiempo. Sólo es tiempo. Sólo necesito ver todo a través de los ojos de un viejo.
—¿De qué hablas? No encontramos nada.
—No hay nada qué encontrar. ¿No lo ves? Estamos buscando a un hombre inocente. Por eso no aparece nada. Porque buscamos a un culpable, no a un hombre inocente. Es sólo cuestión de tiempo…
Anna lo miró boquiabierta.

Un hombre inocente. Jamás se le hubiera ocurrido.

 

Día de Muertos (36)

Día de Muertos (36)

2 de abril. Hace diecisiete años.

Aquiles estaba detrás de la puerta. Alejado de la puerta.  Atento a cualquier ruido. Podía ver la ventana. Sólo un piso de altura. No se rompería nada si salía por ahí. Podría ser libre. Pero el viejo estaba allá abajo. Y estaba enojado. Las cicatrices aún le dolían. El viejo fumaba puros. ¿Qué haría cuando se enterara que había tomado uno? Cuando se diera cuenta que se lo fumó. El viejo sólo apreciaba sus puros. Cubanos, decía. Sabían igual que los cigarros; sólo más grandes. Podía escuchar los pasos del viejo. Había abierto la puerta con rudeza, y lo primero que había hecho era arrojar las llaves. Venía enojado. Siempre estaba enojado. Más cuando venía bebido, que últimamente era todos los días

Escuchó los pasos subir. Gritó algo. Seguramente a la vieja. Siempre estaban peleándose. Podía escucharlo, detrás de la puerta, en el pasillo. Las cicatrices le dolían. La botella. Aún tenía la botella. Escuchó un golpe. La puerta retumbó; las bisagras se quejaron, pero resistió. Tomó la botella. Su respiración se volvió rápida y superficial. La piel se le erizó. Las cicatrices le dolían. La ventana. No quería ver la ventana; debía concentrarse en la puerta. La puerta. La maldita puerta.

Tenía 16 años. ¿Por qué no obedecía? Baeza, medio calvo, con prominente barriga, tirantes para un desgastado pantalón, camisa llena de grasa, golpeó una vez más la puerta. Una última oportunidad le daría al muchacho de abrirla. ¿Por qué la juventud de ahora tenía que ser tan testaruda? El viejo sólo pedía respeto, y no podía obtenerlo ni de su propia familia. La cena no estaba lista, la casa no estaba ordenada, su vieja ni siquiera había puesto a calentar el agua. No podía permitir semejante falta de respeto. Pateó la puerta. Era fuerte como una mula, e igual de testarudo. Golpeó, golpeó, golpeó. El muchacho aprendería a respetar. Su mujer le gritaba. La hizo volar de un golpe. No vio dónde cayó. Golpeó con todas sus fuerzas.

La puerta cayó. Aquiles observaba en cámara lenta. La silueta del soldador apareció recortada contra la luz del pasillo. El puro rojo soltaba una estela de humo. Le pareció ver que el humo le decía que lo hiciera. Le dijo dónde golpear. Se lanzó hacia adelante, como un tigre. Golpeó en la barriga prominente. Lo hizo retroceder. La botella. Alcanzó la botella. Trazó un semicírculo que golpeó justo en la sien. Nunca había escuchado un sonido similar. Ni siquiera cuando lo tomó del brazo y apretó con tanta fuerza que rompió los huesos como si fueran espaguetis secos. La botella se rompió. Los cristales rompieron el hueso y se introdujeron en la masa gris y roja que había delante. El licor barato corrió por el suelo.

Baeza trastabilló. La conciencia ya lo había abandonado. No pudo interpretar que el barandal estaba cercano; el cerebro sólo trataba de mantener de pie el cuerpo, tratando de procesar el daño. Un paso atrás, la rodilla falló, la espalda se arqueó, la gravedad hizo su trabajo. Todavía alcanzó a ver cómo el muchacho estaba en el marco de la puerta, pero ya no supo procesar lo que veía; el suelo giró y por un par de segundos voló libre. El cuello se dobló en un ángulo poco natural cuando impactó con la mesa de la sala. Su mujer estaba ahí, mirándolo con los ojos abiertos y la conciencia desvaneciéndose. Juntos incluso en la muerte, alcanzó a pensar, mientras todo se ponía negro. Incluso muertos vamos a estar juntos. Qué mala suerte.

El muchacho se quedó ahí, riendo. La risa poco a poco se transformó en llanto, y después, en nada. Había dejado de sentir. Se quedó ahí cuando el detective Zazel entró a la casa. Aquiles lo miró con ojos vacíos. El detective se acuclilló junto al muchacho, la placa colgando del cuello. El servicio médico forense llegó poco después. No necesitó decir ni una palabra. Se limitó a señalar a los cuerpos. Un joven oficial llegó. Intentó tocar al muchacho, ayudarlo a ponerse de pie. La mano de Zazel se lo impidió. Lo llevó a un lado, donde  el muchacho no podía escucharlos, pero sí verlos.
—Hay gente, novato, que vive  con temor a ser tocada. Algunos lo superan. Otros no. Este muchacho acaba de vivir una experiencia tan traumática que no lo superará. Eventualmente tendré que venir por él. Está en el plano general. Pero no hoy. Hoy me tengo que llevar a estos.
—¿Qué hago, entonces? —preguntó Juan.
—Lo averiguarás a su debido tiempo, cuando él te lo pida.
El detective bajó las escaleras. Hacía frío. Se puso la capucha de su sudadera negra y se dirigió a la ambulancia.
—Hoy es un hombre inocente. Mañana no lo será —le dijo a Juan. Subió a la ambulancia y cerró la puerta. La ambulancia se perdió en la noche.

Miedo y odio. Aquiles sentía un profundo miedo y un profundo odio. Pero el odio ya no tenía un objetivo. Los miró. A todos los policías que estaban en la casa. Le habían fallado. ¿Qué falta de respeto era esa? Por fin comprendía a su padre. Sólo podía confiar en él mismo. En nadie más. Le habían fallado. Él les enseñaría lo que era ser un hombre. Se puso de pie y bajó las escaleras, seguido de cerca por Juan. Las cicatrices eran evidentes, aún debajo de la camiseta. Se subió a la patrulla. Aprenderían. Aprenderían cómo se hacían las cosas. Nadie más le fallaría porque no escucharía nunca más a nadie. No podrían mentirle nunca más. Así aprenderían. Su padre tenía razón.

3 de marzo.

Aquiles miraba sin ver. Sabía lo que debía hacer. Esa falta de respeto de su hija… Numa Pompilio sabía qué hacer. Su padre lo sabía. Recordó aquel lejano año en que se lo enseñó. El viejo había tenido razón; sólo que no había podido comunicar la idea. Pero él no era el viejo. Aún era joven, aún era inteligente. Y entonces saldría de ahí, y recogería el dinero, y la pistola que estaba oculta donde sólo él sabía. ¿No era acaso él un hombre inteligente? Sólo él sabía. Sabía ser paciente. Pero la paciencia tiene un límite. Numa Pompilio decía algo. Numa Pompilio era un imbécil. Fillmore, Baggins, Dressing… panda de imbéciles. Grant era el único con cerebro del grupo. Con un cerebro capaz de rivalizar con el suyo. No como el imbécil de Warren. Sólo tenía que manejar en línea recta, pero no, el imbécil no sabía manejar y se desvió. Por eso le dieron un tiro. Pero no a él. A él no lo agarraron, porque era muy listo. Supo defenderse. Ya sabría la chica a lo que se refería. Ya debía tener la edad que tenía él cuando lo aprendió. Ella también aprendería. Igual que se lo había enseñado a su madre. Había sido delicioso enseñarle a su madre lo que era la sabiduría. Y tampoco lo agarraron por eso. Esa era la mejor prueba de que era un hombre inteligente. Siempre lo dejaban libre, porque la gente sabía que tenía la razón. Sólo le debían el respeto que merecía. Ya les enseñaría. Miró al imbécil de Numa Pompilio hacer algo en el baño. Idiota. Moonshine. Que se intoxicara. Él no necesitaba el alcohol para funcionar. Aunque lo hacía más rápido en sus reacciones. Le mejoraba el control. Lo ponía a punto, como un motor bien engrasado, como una rueda bien balanceada. Él sabía de eso. De eso vivía. Él les enseñaría, sí. Aprenderían a la mala si era preciso, pero aprenderían.

Día de Muertos (35)

Día de Muertos (35)

3 de marzo.

Rocco Mountaineer, Doctor en Derecho, estaba detrás de su enorme escritorio de madera pulida, con el codo izquierdo apoyado en el descansabrazos y la mano en la barbilla. Frente a él, David Fillmore y Jonathan Baggins. Los dos hombres lo miraban fijamente. Sin hacer nada.
Un cien por ciento de nada es mucha nada. Mountaineer había llegado a esa conclusión dos semanas antes. Los había sacado de prisión por un tecnicismo legal, pero el caso estaba perdido. El único movimiento válido era no hacer nada y esperar que la fiscalía no hiciera nada.
—Te lo dije antes. Te lo digo ahora. No vamos a hacer nada. Nada de nada.
—No te pago por no hacer nada.
—Te recuerdo que el no hacer nada significó que estás libre.
—Traigo un brazalete de rastreo. No soy exactamente libre.
—Supongo que prefieres estar adentro, con Aquiles.
—Dioses, no.
—Entonces no te quejes.
Continuaron en silencio. Un desesperante silencio.
—Me voy de aquí —dijo Baggins, poniéndose de pie.
—No. Te vas a quedar —dijo Mountaineer.
—Es obvio que no va a venir.
—Y se vería muy bonito en tu trazado que te fueras mientras tu coacusado se queda con su abogado.
—Todo lo que digo es que César no va a venir.
—Me importa un carajo si César viene o no viene. Te vas a quedar aquí y ya.
La puerta se abrió. Un agitado hombre medio calvo y gordo entró y tomó asiento sin decir nada.
—Me siguen —dijo Dressing, al fin.
—Seguro que sí. ¿Qué esperabas? No puedo repetir milagros como el de hace cinco años.
Dressing bufó.
—No se suponía que eso pasara.
—Pero pasó —Mountaineer levantó la voz.
—¡Haz algo!
—NO VAMOS A HACER NADA —tronó Mountaineer—. Ustedes, trío de imbéciles, eligieron a quien no debían de socio para un negocio arriesgado e ilegal, y sabían que podían ser atrapados. Los atraparon, y están libres porque la fiscalía no hizo nada. Nada. Pero ahora su caso se complica, y todos ustedes tienen antecedentes. Si creen que mover las aguas los va a ayudar, están que brillan de pendejos con la fuerza de un millón de supernovas. No. Vamos. A. Hacer. Nada. Sólo necesitan quedarse quietos y ser buenos ciudadanos durante dos semanas más. Dos. Putas. Semanas. Entonces les quitarán los brazaletes y podrán escurrirse como los cerdos grasosos que son. Mientras tanto, NO. HARÁN. NADA. Non faranno nulla. Hai capito?
Los tres hombres se quedaron en su lugar, con odio y desesperación en la mirada.
—Sí —dijo, finalmente, Fillmore.
Mountaneer se puso de pie y fue a la pequeña cantina que tenía en el librero. Sirvió cuatro whiskys con soda y los puso en el escritorio. Tomó uno y bebió un largo trago. Los otros tres hombres hicieron lo mismo.
—Ahora quiero que entiendan por qué no vamos a hacer nada.

 

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí.
—No. ¿De verdad sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí. Sólo te pido que no hagas nada.
—Tengo en esa misma celda a dos bestias. A una la condenaron a quince años. Lleva siete, y no se ha corregido. No lo hará. La otra acaba de entrar, y es más sádico aún. No sabes lo que me pides.
—Créeme —insistió Juan—, lo sé muy bien.
—Si este cabrón sale lo primero que hará es buscar a su hija, y esta vez no va a detenerse por algo tan sencillo como un puño. Ese cabrón está loco.
—¿Alguna vez has visto lo que hacemos allá, en mi sección?
Juan se paró junto a la ventana de la oficina. Se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, pero abrió un poco la persiana. Que se viera el interior.
—Nosotros somos los que seguimos a esta escoria. Somos los que nos aseguramos de que hagan el menor daño posible. Pero a veces no podemos evitar que lo hagan. A veces, para evitar que sigan haciendo daño, debemos dejarlos libres y entonces cazarlos.
—Ley fuga, ¿eh? No sabes lo que me estás pidiendo.
—No tienes qué hacer nada fuera de lo normal. Eso es la belleza de este caso. Sólo tienes que archivar todo. Con un código ligeramente equivocado. A cualquiera se le va un dígito. Y en mi sección encontraremos el error, agregaremos el dígito, y lo corregiremos, un poco tarde, pero lo corregiremos, y entonces esa bestia irá a donde pertenece y no va a regresar.
—¿Y por qué estás tan seguro, eh?
—Porque hace cinco años, cuatro meses y dos días que estoy persiguiéndolo. Porque ya tengo el plan perfecto para atraparlo. Porque sé qué movimientos va a hacer. Porque lo tenemos todo trazado hasta el último centímetro del circuito de acuerdo al plano general que tenemos en mi sección, y porque lo único que necesitamos para ganar es que los hombres buenos no hagan nada para detener a los malos. Así de simple.
—No. La decisión está tomada. No.
—Está bien. En tu conciencia pesará, no en la mía.
Tocaron en la puerta de cristal. Juan abrió.
—Capitán, lo buscan de la fiscalía.
—Te dejo trabajar. De cualquier modo —consultó su reloj— ya es muy tarde.
Salió bajo la mirada de Ruy, quien tecleaba su contraseña para bloquear su terminal.  No se dio cuenta, pero en ese momento el sistema solicitaba su código para actualizar el software…
…sin guardar los archivos en los que estaba trabajando. Un error que hubiera cometido cualquiera.

 

 

Día de muertos (34)

2 de febrero.

—A ver si entendí bien —dijo el juez de instrucción, exasperado—, ¿usted, abogado, me dice que no tiene preparado el caso porque la fiscalía no le ha notificado la acusación?
—Así es, señor juez.
—Y usted, señor fiscal, ¿me dice que no ha preparado el caso porque no ha sido ratificado por la parte actora?
—En pocas palabras, sí, señor juez.
—Puedo comprender que el abogado de la defensa no haya preparado el caso. De hecho, le concederé tiempo adicional para prepararse adecuadamente. Pero de la fiscalía no lo comprendo.
—Tecnologías de la Información me informó que, por un error en el sistema, varios casos no fueron notificados a mi oficina, señor juez. Es un error que tratamos de corregir en cuanto supimos, pero este caso en particular se empantanó muy pronto —dijo Juan Destino—. Ya despaché a un grupo de investigadores para destrabar el caso.
El juez de instrucción se quitó los anteojos de la nariz y los limpió. Sentía que un dolor de cabeza llegaría pronto.
—¿Cuánto tiempo necesita para preparar el caso?
—Tres meses, señor juez.
—¿Qué tiene que decir, abogado?
—Señor juez, es evidente que la fiscalía está actuando con dolo en este caso. Cualquier persona le dirá que sólo entorpecen la investigación porque no encuentran indicios contra mis defendidos.
—Señor juez, el problema es que los acusados están involucrados en otro caso que considerábamos aparte, y hay serias irregularidades en un proceso de patria potestad.
—Explíquese.
—Si me permite, señor juez —dijo Rocco—, supongo que el caso se refiere a que dos de las hijas de mi cliente fueron sustraídas de la casa hogar en que se encontraban para ir a vivir con su hermana, quien está viviendo con el demandante del caso que nos atañe. Quien autorizó esa transferencia fue la hija del compañero de celda de mi defendido.
—¿En qué quedamos, abogado? ¿Conocía el caso o no?
—Acabo de atar cabos, señor juez. Ese es un caso que estoy llevando pro bono.
—Muy bien. Le otorgo a la fiscalía un plazo de cuatro semanas para desenmarañar este caso. Si no logran armar un caso mínimamente coherente para entonces, los defendidos quedarán en libertad sin posibilidad de apelación. En cuanto a su caso, abogado, si en dos semanas me puede probar que los casos son completamente independientes, dejaré a sus defendidos en libertad provisional con las reservas de ley. Y ni una palabra más. Fuera.
Cuando los dos hombres salieron, el juez hizo una seña a su secretario. Sacó del cajón del escritorio un frasco con analgésicos. Tomó dos y se quedó con un tercero entre los dedos.
—¿Qué sigue?
—No me lo va a creer, señor juez. Los siguientes cuatro casos son con los mismos caballeros que acaban de salir.
El juez se talló el puente de la nariz con los dedos y se tomó la tercera pastilla.
—A este paso no vamos a avanzar nada.

17 de febrero.

—¿Completamente seguros, señorita Nutt?
Dexter miraba los prototipos. Con trece metros cuadrados de espacio habitable, no era mucho más grande que una celda, pero definitivamente era mucho mas agradable. Las dimensiones eran suficientes como para que cuatro niños o dos adultos habitaran ahí. Un pequeño cuarto de baño con ducha de plato era lo único que tenían en común los diseños. Un área de trabajo, y dos pares de literas para los niños; Dos escritorios, cama en la parte superior, un pequeño armario, espacio de cocina, muebles multiusos para los adultos.
—No podemos estar más seguros. Es lo bastante agradable como para que yo quiera vivir ahí.
—¿Y el costo?
—La unidad se paga a los doce meses de construida, suponiendo  que el propietario sólo gane el salario mínimo y reserve sólo la quinta parte para pagar la unidad.
—¿Modularidad?
—Si lo colocamos con armadura de acero podemos hacer un edificio de departamentos usando la misma grúa de construcción.
—Muy bien, me gusta el proyecto. ¿Pueden hacer un par de prototipos a escala real, para probarlos?
—Justo íbamos a pedirle su autorización, señor —Hazel miró a Dexter. «Diga que sí. Diga que sí. Diga que sí» repetía en silencio.
Dexter escuchó algunos pasos detrás de él. Los reconoció como los de Esperanza. Se giró para verla. La joven señaló su terminal y movió la cabeza casi imperceptiblemente.
—Lo pensaré. Les daré la respuesta mañana. Quiero antes un reporte completo.
—Muy bien, señor —dijo Hazel, dócil.
Le costaba asimilar el fracaso, pero aún tenía esperanzas. Sabía tan bien como todos que la auditoría aún no terminaba y los fondos eran limitados, pero creía que ese proyecto revitalizaría la empresa. Vió cómo Esperanza y Dexter se alejaban. Ella parecía preocupada; se preguntó por qué.
—Ya escucharon al jefe. A trabajar.

 

—¿Estás segura?
Estaban en la oficina. El ventanal de concreto translúcido dejaba pasar apenas una mínima cantidad de luz. Era un día nublado de febrero y Dexter lo sabía.
—Sí. Erwin me lo confirmó.
—¿Y Russell?
—Viene para acá. Anna me mantiene informada.
—Llámale a Francisco.
—Ya lo sabe.
Se dejó caer en el sillón. Se llevó la mano aún en escayola a la boca. Estaba preocupado.
—¿Qué sugieres que hagamos?
—Nada —dijo una voz femenina—. Un cien por ciento de nada mientras no tengas todos los datos.
—Ixchel.
—Dexter. Es tiempo de retirar tu escayola. Y respecto a tu caso, no te preocupes. El secreto siempre es no hacer nada. Las cosas se resolverán por su propio medio.
Esperanza la miró a los ojos.
—Créeme, bonita. Una puntada a tiempo ahorra un remiendo, pero nunca dejes para ayer lo que puedes hacer mañana.
—Es un error capital el teorizar antes de poseer datos. Insensiblemente, uno comienza a deformar los hechos para hacerlos encajar en las teorías en lugar de encajar las teorías en los hechos. Tienes razón. Sherlock Holmes tenía razón y era un personaje de ficción.
—Así es. Ahora, si me permites, quieta esa mano. Esto te va a doler más a ti que a mí.
—No habíamos agendado una cita hoy.
—Es cierto. No agendaste nada. ¿Pensaste que la escayola iba a ser permanente, o qué?
—Estoy tan acostumbrado a ella que la olvidé.
—Tiene sentido, creo. En otros asuntos, has hecho un buen trabajo, querida. Este hombre se ve sano en todos los sentidos. Y tú has crecido. Necesito revisar a tus hermanas, por cierto. ¿Ya se acostumbraron a su nueva vida?
—Les ha tomado un poco de trabajo —dijo Esperanza—. Pero sí.
—¿Y sus cicatrices?
Esperanza se llevó la mano a la cara, inconscientemente.
—Sanaron bien.
—Quizá podamos removerlas. Si quieren. O disfrazarlas. Mira.
Se levantó un poco la blusa. Un tatuaje colorido de una mujer y un conejo disimulaba una cicatriz en forma de media luna.
—Es Ixchel, la diosa maya del amor, de la gestación, de los trabajos textiles, de la luna y la medicina. Básicamente soy yo.
—No creo que haga falta.
—Quizá. Pero siempre es bueno tener opciones. Un plan B. Quieto, te digo.
—Para ser la diosa de la medicina haces que duela mucho.
—Una de mis manifestaciones es la de una vieja que riega los cántaros de la cólera por el mundo. Ahora quédate quieto si no quieres que me enoje.
Empleó la presión justa en las pinzas para separar el plástico con lentitud. Cortó así todas y cada una de las tiras que daban forma a la escayola.
—Ahora cierra los dedos de la mano lo más que puedas.
Se escuchó un chasquido.
—Ow.
—Es normal. Un tendón demasiado rígido. Necesitas hacer un plan de ejercicios para restaurar la movilidad en esa mano. Al menos has estado haciendo ejercicio. Si no fuera porque está tu chica aquí te sabroseaba con la mirada.
Esperanza frunció el ceño.
—Tranquila, gatita. Es todo tuyo. Pero deberás estar atenta. Todo este mes, por lo menos.
Le tocó el hombro a Dexter.
—No vayas a cometer el error de entrenar box en este momento. Aún así, temo a quien se atreva a ponerse delante de este puño. Cuídalo, gatita. Que siga este plan de ejercicios. Este es para tí. Y este para tus hermanas. Ah, y haz una cita para que las pueda ver la próxima semana. Supongo que están muy mejoradas. Ojalá pronto podamos hacer lo mismo por los demás chicos.
Le dio un beso en la mejilla a Dexter.
—Juan te manda saludar. El beso es mío. Nos vemos.
Se alejó ante la mirada fulminante de Esperanza. Dexter la miró de reojo.
—¿Celos? Vaya. Lo que hay que ver.

Día de Muertos (33)

Día de Muertos (33)

6 de enero.

Las despertó el olor del desayuno. Las dos niñas se levantaron, aún sin tener muy en claro dónde estaban. Dexter las observó recorrer con timidez el pasillo de la casona, mientras se lavaba los dientes. Dioses, necesitaba un trago. Diez y once años, le dijeron. La más joven parecía tener siete: la mayor, nueve. Malnutrición rayana en la desnutrición. Miró la cara de Milagros, la menor: Caph, Schedar, Cih, Ruchbab y Segin, en marcas de cigarrillo. Casiopea. Dioses, cómo necesitaba un trago ahora. Caridad tenía a Deneb, Rukh, Sadr, Gienah y Albireo. Cisne. Se necesitaba ser una clase especial de desalmado para hacerle eso a unas niñas inocentes. Recordó a Numa Pompilio. La pasta de dientes tenía un sabor acre. Necesitaba escupir.

Esperanza tenía preparado el desayuno. Dexter la miró. Estaba vestida con la ropa de ejercicio que le había regalado. El cabello caía en dos cascadas frente a su cara, la figura juvenil acentuada por la ropa. Aún sin maquillaje estaba hermosa, y los ojos… esos ojos… Ella le sonrió mientras servía los huevos y el pan tostado para las niñas.
Sin saber muy bien por qué, pensó «será una buena madre».

Las niñas quedaron en silencio y bajaron las manos cuando Dexter entró. Reconocía el gesto. Él les hizo una caricia en la cabeza.
—No se detengan por mí. Nosotros ya desayunamos.
Estaba cansado. Hurgó en el refrigerador y sacó una botella de agua de soda. Necesitaba un trago… No podía permitírselo, pero necesitaba un trago.
Le dolían los músculos. Hacía mucho que no los utilizaba. Pero cuando Esperanza le dijo, a las seis de la mañana, que irían a correr, esos ojos lo convencieron. Le dolían los músculos. Tenía años sin correr. No entendía cómo es que había logrado terminar los cinco kilómetros sin desfallecer, mientras Esperanza parecía tan fresca. Oh, bueno, no hay nada de malo en salir a correr temprano acompañado, y necesitaba el ejercicio.

Esperanza estaba agotada, y hacía su mejor esfuerzo para que Dexter no lo notara. Después de todo, era mucho más pequeña que él. No alcanzaba todavía el metro y medio de estatura, comparado con su metro ochenta y cinco. Su zancada era mayor. Le costó mucho trabajo seguir su paso. ¿Cómo es que se veía tan fresco? Al menos la dieta estaba dando resultado. Tanto para él como para ella. Podía ver las diferencias. Quizá ella lograra alcanzar el metro sesenta antes de dejar de crecer. Y él se veía tan guapo corriendo…

Él se dejó caer en el sillón de la sala en lo que las niñas se cambiaban de ropa para ir a la escuela.
—Estoy devastado. Me duelen músculos que no recordaba tener.
Esperanza rió a carcajadas.
—¿Qué es tan gracioso?
—Nada, cosas mías —dijo ella, sentándose en su pierna. Él la abrazó.
—¿Llegaron los reyes?
—¿Quiénes?
—¡REGALOS! —dijeron las niñas a coro en ese instante. Salieron de la habitación y se quedaron quietas al ver a Dexter.
—No muerdo, de verdad. Abran sus regalos. Hay uno también para ti, querida.
—¿Para mí?
—Has sido una niña buena, ¿no es verdad? —sonrió.
Abrieron los regalos, todas al unísono. La envoltura hubiera podido ser usada nuevamente. Milagros y Caridad miraron su terminal nueva, pequeña y resistente, lista para comenzar a trabajar. Esperanza miró la suya, de mayor tamaño, una terminal ejecutiva de alto desempeño.
—No tenías qué hacerlo.
—Tienes que parecer una mujer ocupada, ¿no es cierto? Hoy inicias tus estudios y no queremos que la gente se entere que mi asistente ejecutiva, tan eficiente ella, hace todo su trabajo en mi oficina porque no puede trabajar remotamente.
—Te amo.
—Lo sé. Aún puedes arrepentirte.
—Nunca —lo besó.

Las niñas entraron a la escuela y Esperanza las despidió desde la ventanilla del auto. La última vez que lo había hecho, tenía hambre y miedo, y había ido con ellas a pie. Estaba preocupada. Miró en los alrededores buscando a alguien que no estaba ahí, y no quedó tranquila mientras no vio a las niñas entrar a su salón de clases. Dexter también estaba preocupado, pero no lo externó. Después de todo, detrás de ellos estaba Francisco y dos de sus muchachos. Nada les pasaría a las niñas. Al menos, no ese día. No si podía evitarlo.
—Jóvenes —dijo Dexter, al entrar a Investigación y Desarrollo—, vamos a trabajar en un proyecto interesante.
Manipuló algunas imágenes en la pantalla. La resolución no era la óptima, y el ángulo no era el apropiado, pero se veía razonablemente bien lo que quería mostrar.
—Vamos a suponer, sin conceder, que nos encontramos esto. En lo personal, si tuviera el dinero y el derecho, derribaba esta cosa y la construía de nuevo. Pero no tengo ni una cosa ni la otra, al menos por el momento. Lo que vamos a hacer ahora es imaginar una manera de tomar nuestros prototipos y convertir esta construcción en una instalación decente. Recordemos, esto es puramente teórico. Quiero que se imaginen que van a comenzar desde cero, que van a imprimir los cubículos necesarios, y que van a mantener unas dimensiones mínimas decentes. Quiero un grupo trabajando en técnicas de demolición rápida, dos grupos de diseño, y tres grupos de impresión y ensamble. Los grupos de impresión deben reportarme qué mezcla de concreto consideran adecuada; yo trabajaré en el grupo de diseño de mezclas. Si bien estamos trabajando con un objetivo puramente teórico, lo que aquí salga lo utilizaremos en obras posteriores. Ah, y dado que nuestro presupuesto es limitado —dio un sorbo a su café— en tanto no descongelemos las cuentas y no termine la auditoría, nos concentraremos en obtener los costos más bajos para nuestro trabajo, ¿entendido? Quiero una lista de quién estará en cada grupo en mi escritorio —miró su reloj— a las mil cien en punto. Si no estoy en mi oficina mi asistente sabrá cómo encontrarme.
—Enterado, señor —dijo Hazel, la jefa de ingeniería—. Ya escucharon. A trabajar.

 

La celda medía cuatro metros por dos setenta.  Menos de once miserables metros cuadrados. Fillmore y Baggins compartían la celda. Frente a ellos, Numa Pompilio compartía la celda con el imbécil de Aquiles. Fillmore se había arrepentido de tener a Aquiles en nómina desde el primer momento, pero dependía de él. Necesitaba a alguien que fuera lo bastante codicioso y lo bastante idiota como para poder manipularlo y que se llevara la culpa de todo.
—Recuérdame cómo llegamos a esto —dijo Fillmore, mirando por la puerta a Aquiles. Gordo, calvo, sucio… eso se podía soportar. Lo que no se podía soportar era su afición a las niñas. Y a lastimar a las niñas. Y menos a sus propias hijas.
—Por culpa de Corona.
—Pinche Corona.
—¿Quién iba a pensar que ese imbécil iba a perder la cabeza?
—Yo lo dije.
—Y aún así no te hicimos ningún pinche caso. Somos unos pendejos, cabrón, unos pendejos.
—Al menos ya lo admiten.
—Se supone que no nos iban a encontrar. Nos dijiste que no nos iban a encontrar.
—Y no nos hubieran encontrado de no ser por culpa de Aquiles y sus puterías.
Baggins se sentó en la cama. Miró a través de la puerta. Aquiles estaba dormido en su litera. Numa Pompilio leía una revista. De seguro estaba haciéndose una chaqueta, pensó.
—Ese par de cabrones son dos caras de la misma moneda. Rocco dice que a los dos los entambaron por lo mismo.
—Rocco debería habernos sacado ya de aquí.
—Dicen que alguien de arriba nos tiene encerrados.
—Me conformaría con que me cambiaran de celda. Estar junto a Aquiles me da asco.
—Todavía lo necesitamos.
—Puto plan de mierda. Sé que no encontrarán lo que buscan. No soy tan imbécil. Saldremos de aquí y usaremos a ese cabrón para sacar el dinero que necesitamos. Y después lo haremos desaparecer de nuestra vida, si sabes a lo que me refiero.
—Conozco a la gente apropiada.

 

—Doctor —dijo la secretaria por el intercomunicador—, lo busca una persona.
—Di instrucciones expresas de que no quería ver a nadie hoy.
—Lo sé, doctor, pero… creo que le interesará lo que trae.
Rocco Mountaineer, doctor en derecho, decía la placa en la entrada. Sus casos eran pocos, pero muy especializados, y sus honorarios, considerables. Se había arrepentido de ese caso muy pronto. Él, que había defendido lo indefendible. Y valía cada centavo que cobraba.
—No lo quiero ver.
—Se trata de Baeza, abogado —dijo una voz—. Voy a regalarle el caso. Y ni siquiera tiene que hacer nada.

Día de Muertos (32)

Día de Muertos (32)

1 de enero.

Estaba sumamente cómodo. Abrió los ojos poco a poco, deseando que ese sueño no terminara nunca. Parpadeó para aclararse la vista. Estaba cómodo, tendido en su lado izquierdo. Las manos en el pecho. Las cuatro.

¿Las cuatro?

Abrió los ojos cuanto pudo. No era su habitación. No la recordaba. Sintió una respiración rítmica en su espalda, y algo —alguien— detrás suyo. Miró las manos que estaba sujetando con las suyas. Eran manos femeninas. Estaban dentro de su camisa, estaban tibias, y le parecían conocidas…

No quiso voltear. Podría despertarla, y ya sabía lo peligrosa que era una mujer a quien despiertas sin que te lo pida. Además, le gustaba la sensación. Se relajó. Volvió a cerrar los ojos. Si era un sueño, no quería despertar tan pronto.

 

Estaba sumamente cómoda. Soñaba que estaba abrazando a un oso de felpa gigante. Podía sentir su pelo en la nariz. Olía a oso, claro, pero también a algo más. ¿Almizcle? No. Perfume. ¿Colonia? ¿Qué usan los osos como desodorante? Se acomodó más cerca del oso. Entonces el oso tomó sus manos y las entrelazó con las suyas. ¿Los osos de felpa tienen manos? También deberían tener más pelo, ¿no? Movió las manos por debajo de la camisa. Sí, ahí estaba el pelo. Subió más, a la cabeza del oso. Raspaba. ¿Desde cuándo los osos de felpa raspaban? Abrió los ojos. No era un oso de felpa.
—¡Uy! —dejó escapar un grito.
No era un oso. Para nada. Era Chandler.

Comiendo cereal de un platón cuadrado, Esperanza los miraba desde la puerta.
—No es el inicio más prometedor de una relación. Barbara Cartland jamás hubiera iniciado una novela así.
Anna estaba tan sonrojada como un tomate y se cubría bajo las sábanas. Chandler se había retirado a un rincón de la habitación, tratando de desaparecer, ligeramente avergonzado.
—No pasó nada, pimpollos —dijo la joven—. En primer lugar son adultos y pueden acostarse o dejar de acostarse con quien se les dé la gana. En segundo estaban tan cansados anoche que ni siquiera alcanzaron a quitarse la ropa. Y en tercer lugar, vayan a lavarse un poco. ¿Qué quieren desayunar?

 

Dexter entró a la cocina y saludó a la joven con un beso rápido.
—Bienvenidos a un nuevo año, muchachos —dijo Dexter, saludando de mano a Chandler y con un beso en la mejilla a Anna—. Por lo que veo durmieron muy bien. Porque durmieron, ¿verdad?
Esperanza rió.
—Debiste verlos. Parecían un par de pollitos asustados.
—Uy, y durmieron juntos en la casa de su jefe tras una fiesta de año nuevo. Creo que alguien tendrá mucho qué explicar…
—No seré yo.
Anna se ocultaba la cara con las manos. Chandler sólo agitaba la cabeza.
—Hey, su secreto está a salvo con nosotros.
—Y ahora, ¿cómo quieren sus huevos?

 

Erwin llegó a las mil horas, según vio Dexter en su reloj. Le encantaba ese reloj. Traía aún un traje de gala, aunque la corbata estaba desanudada.
—¡Feliz año nuevo! Les traje un regalito. Vodka tonic sin alcohol para tí —le dio a Dexter una botella de agua tónica—, la mejor limonada para tí —le dio una botella a Esperanza—, y para ustedes, agua mineral vegana, artesanal, libre de gluten y proveniente de un rancho sin cercas —les dio dos botellas a Chandler y a Anna. Tomó una quinta y la destapó.
—Brindemos por el éxito conseguido.
—¿De qué hablas? —preguntó Dexter.
—El año pasado, o anoche, como quieras verlo, fui a una pequeña fiesta. Qué fiesta, qué barbaridad. No sabía que se podían hacer esas cosas sobre caballos. Pero divago. La cosa es que Diana conoce a un amigo que conoce a un amigo, y ese amigo me conoce, y yo te conozco a ti, y deberías dejar de beber, estás poniéndote borroso.
—Alerta —dijo Dexter, chasqueando los dedos.
—No importa. Traigo chofer. La cosa es que ese amigo del amigo que es mi amigo ya es tu amigo, por asociación, así que con eso agilizamos los procedimientos más tardados.
—Erwin…
—De esta manera, mañana se enviarán las órdenes correspondientes y el tres de enero podrás traer a Milagros y a Caridad. Técnicamente el nombramiento será oficial hasta el 17 de marzo, y ese sí que no lo puedo modificar…
—Erwin, para tu carro. ¿Cuál nombramiento?
—Que no te enteras, alma de cántaro. Logré que te asignaran la custodia de las hermanas de tu novia, atarantado.

 

3 de enero.

Acompañados de Anna y Chandler, Dexter y Esperanza llegaron a la casa hogar. No era tan horrible como esperaba, pero definitivamente no era un lugar adecuado. Las paredes mostraban evidentes marcas de deterioro por humedad. y había más espacio en algunas celdas de cárcel que en las habitaciones de los niños. La directora los recibió en su oficina, un deprimente cubículo de dos por dos metros. Una botella de jerez estaba sobre el escritorio, abierta. Apenas eran las nueve de la mañana. Esperanza sintió que odiaba esa botella. La directora tenía evidentes ojeras. Un altero de papeles apilados, un montón de correos sin contestar, la computadora atrasada casi oculta por fichas bibliográficas.
—Perdone el tiradero. Maldita burocracia —se sirvió una copita de jerez. No le ofreció a nadie.
Revisó entre los archivos y apartó dos fichas. Las fotografías de Milagros y Caridad. estaban en la portadilla.
—Necesito ver su identificación.
Dexter la sacó de la billetera y la puso en el escritorio. La botella se veía tan deliciosa…
—Dexter Hand —observó la directora. Miró la identificación y la puso en el lector óptico. No se validó.
—Genial. No tengo conexión a la red.
—Permítame —dijo Chandler. Movió algunas cosas, sacó una pequeña terminal y la conectó al sistema. La red regresó de inmediato. La validación fue casi instantánea.
—No sé cómo lo logró, pero gracias.
—Para servirle. Quédesela, no la necesito.
—Qué bueno que se llevan a esas niñas. Este no es un lugar adecuado. Necesito las identificaciones de los testigos.
Chandler y Anna las sacaron casi de inmediato. La directora las escaneó también.
—Debe traerlas el 17 de marzo. Ese mismo día se las volverá a llevar. Maldita burocracia.
—Supongo que las cosas no marchan bien por aquí.
—Demasiados niños, muy poco espacio. Este no es lugar para presos, mucho menos para los niños. Maldita burocracia. ¿Sabe que tengo tres años solicitando presupuesto para reparar las paredes? Tengo cerraduras descompuestas. La red va y viene. APenas tengo presupuesto para darles de comer algo que no sea engrudo.
—¿Cuántos niños tiene? —preguntó Esperanza.
—Casi cien. Tengo espacio para cincuenta.
Esperanza miró a Dexter, quien se acercó a la botella de jerez. Se contuvo y la retiró con el dorso de la mano.
—Suponga que quiero hacer una donación. ¿Cuánto requiere para mejorar las condiciones aquí?
—No puedo aceptar donaciones. Por ley. Maldita burocracia.
—Suponga que una cuadrilla de albañiles e ingenieros quiere comenzar a hacer trabajos, se equivocan de dirección y no aceptan un no por respuesta…
—Mire, no sé qué se propone, pero no puedo aceptarlo. Por ley. Maldita burocracia. Sólo llévese a esas niñas. Ya bastante han sufrido aquí y allá.
—Si nos atenemos al espíritu de la ley podremos hacer algo —comentó Anna.
—Sólo haga que cierren esto y que se lleven a mis niños a un buen lugar. Haga eso y yo podré vivir mi jubilación en paz. Maldita burocracia.
Se puso de pie.
—Vengan. vamos por las niñas. Disculpen el olor. La cañería está rota y no tengo dinero para repararla. Maldita burocracia, mil veces maldita…

 

Juan revisaba una vez más el plano. Debía entrar a producción el primero de enero, pero lo detuvo para hacer unos ajustes. Ixchel lo encontró con los codos en la mesa y la cara en las manos. Comenzó a masajearle el cuello.
—¿Qué pasa ahora, Superman?
—¿Superman?
—Estás tan tenso que podrías ser el hombre de acero.
—Yo tenía todo planeado para resolver las cosas de una manera sencilla y resulta que no puedo.
—¿Por qué?
—Por iniciativa de alguien más. Por la física cuántica. Por algo. No sé. La cosa es que mis modificaciones no funcionaron como quería. Sí, obtengo el resultado general esperado, pero no es exactamente lo que quiero.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—Nada.  Eso es lo que más me molesta. Que no puedo hacer nada. No debo.
—¿Entonces por qué te quejas?
—Hace cinco años alguien no tenía que hacer nada, y lo hizo. Así empezamos con este problema. Son las pequeñas cosas, lo que no podemos controlar, el pequeño movimiento browniano de la humanidad, lo que arruina todos los planos tan cuidadosamente planeados. Ahora tengo que vigilar que nadie haga nada. ¿Cómo te imaginas el infierno? Para mí, el infierno es una inmensa planicie con nada más que arena, en la que no hay nada qué hacer. ¿Sabes lo difícil que es no hacer nada en una playa? Imagínatelo a escala mundial. Alguien, por puro aburrimiento, hará algo. Eso es lo que me temo.

Día de Muertos (31)

Día de Muertos (31)

31 de diciembre.

Eran las cuatro de la tarde. Estaba en su oficina, con los pies encima del escritorio y el sillón reclinado. La luz entraba por el ventanal de concreto translúcido. La planta estaba en silencio. Se habían suspendido las labores desde navidad y no volvería a operar sino hasta después de año nuevo; así lo había dispuesto Dexter, y así lo habían acatado los empleados, contentos de pasar tiempo con su familia.

Sin embargo, la planta no estaba vacía. Los abogados y contadores seguían ahí. Es cierto que, en teoría, no eran empleados de la planta sino de las firmas que revisaban la transición, pero a Dexter le molestaba profundamente que tuvieran que trabajar en esas fechas. Ni siquiera mitigaba su malestar el hecho de que habían descubierto tantas cuentas bancarias y tantos bienes desfalcados que la única manera de que los culpables quedaran en libertad era que un meteorito de buen tamaño cayera sobre la ciudad.

Esperanza estaba estudiando un enorme libro de mecánica de sólidos. Tenía quince años ese libro; ya era viejo de la época en que Dexter y Remedios habían comenzado a elaborar ladrillos mecanizados con su fórmula de concreto vítreo. Para todos en la planta Esperanza era la asistente ejecutiva —algunos sospechaban que era más que eso— y desempeñaba ese puesto sin falta; pero aspiraba a algo más. Necesitaba dejar una huella en el mundo. Pero aún no decidía qué tipo de huella.

Dexter, en cambio, trataba de decidir algo más inmediato. En su mano derecha tenía un cubo de concreto traslúcido. En la izquierda, un cubo de concreto vítreo, lustroso pero opaco. El concreto traslúcido no terminaba de satisfacerlo. No era tan resistente como quería. Ni siquiera el que estaba detrás, en el ventanal, era satisfactorio. Era una serie de fibras de vidrio en el concreto. No había grava ahí. No era concreto sin grava, se decía. Le parecía preferible el concreto vítreo. Finos cristales de sílice, calcio y sodio mezclados en forma de arena. Elegante solución a los desechos que era caro separar mecánicamente, un diseño sostenible y ecológico, resistente para aplicaciones arquitectónicas y estructurales bajo ciertas condiciones.

Miró el reloj. Todavía no eran las cuatro y media. Las mil seiscientas treinta horas. Esperanza seguía calculando la torsión en un asta bandera sometida a una fuerza de 30 kilonewtons en su extremo libre. Le costaba mucho trabajo resolver el sistema de ecuaciones. Dexter lo sabía. A los únicos ingenieros que no les costaba trabajo era a los ingenieros que jamás salían de gabinete. Y ellos jamás se habían ensuciado las manos en obra, y no podían comprender a carta cabal lo que se sentía trabajar en algo de lo que dependería la vida de tanta gente.

—No entiendo —dijo Esperanza, al fin.
—Está bien. Necesitas practicar un poco más los capítulos previos.
—¿Cómo puedes calcular esto así? Es horrible.
—La ingeniería civil es un arte. Y el arte mancha —hizo girar el cubo en su mano izquierda.
—Todo lo que ustedes calculan es cuadrado. ¿Por qué?
—Es la forma más sencilla de calcular algo.
—Le falta vida a lo que hacen los ingenieros civiles. Le falta arte.
—Para objetos artísticos tenemos a los arquitectos.
—¿Qué harías si estudio arquitectura?
—Regañarte cuando pongas un muro de carga lejos de un elemento estructural.
Dejó el cubo de concreto vítreo y tomó el de concreto translúcido. Le faltaba grava. Se veía más bonito, no tenía duda, pero le faltaba grava. No era concreto sin grava. Era mortero.
—Quizá es que la arquitectura ya no es lo que era —dijo Dexter—. Hace siglos que los arquitectos no realizan los cálculos en sus obras. Y los ingenieros nos especializamos demasiado.
—Los arquitectos también se especializan.
—No tanto como los ingenieros. Yo soy caminero. Remedios era geotécnica. No entiendo por qué terminamos metidos en construcción.
—Tiene sentido si tu concreto se usa en la construcción de carreteras.
—Quizá.
Le disgustaban las resinas en el concreto. Si quisiera usar resinas epóxicas para construir una pared, usaría directamente las resinas. Dejó la muestra de concreto traslúcido en el escritorio. Se miró la mano derecha. Yeso, pensó. Pero hace mucho que no se usa yeso en medicina. Su mano estaba inmovilizada  por una escayola de bioplásico. Comparada con el concreto —con el mismo yeso— la escayola no era muy resistente, pero no tenía por qué serlo. Su función era inmovilizar los huesos. Su fuerza venía de su forma. Era una armadura tridimensional. una armadura como las que habían aprendido a calcular incontables generaciones de ingenieros, pero en una pequeña escala. Miró su mano. Miró a la joven.
—Debe existir una forma de entrenar a un arquitecto para que emplee elementos estructuralmente fuertes en formas estéticamente agradables.
Esperanza levantó la mirada. Dexter miraba su escayola, el brazo levantado hacia la luz. Las formas en la escayola semejaban triángulos. Geometría.
—Puedo descomponer cualquier figura en triángulos —dijo Esperanza—. Y puedo formar celosías con ellos.
—¿Qué tan fuerte será?
—Podríamos intentar calcularlo.

 

Dieron las cinco. Dexter apagó y encendió cinco veces seguidas la luz de las oficinas. Los abogados y contadores supieron que debían terminar sus actividades del día. Nadie le replicaba al jefe. No en víspera de año nuevo. Los últimos en salir fueron Anna y Chandler. Se los veía agotados.
—No tienes buena cara —le dijo Esperanza al joven ingeniero.
Y no la tenía. Profundas ojeras surcaban su rostro. Un ligero temblor en las manos indicaba exceso de cafeína.
—Tú tampoco —le dijo a la abogada. Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Chandler.
—Estoy cansada.
—Muy bien. Vendrán con nosotros a casa.
Ella se talló los ojos, queriendo despertar.
—No, de verdad. No quiero molestar.
—Me molesta más saber que están ustedes trabajando de más —dijo ella, cruzada de brazos. Parecía mayor de lo que era—. Vendrán con nosotros a casa. Celebraremos año nuevo y nos iremos a descansar temprano.
—Aún faltan siete horas para el año nuevo.
—Claro que no. Ya casi es media noche en Greenwich.
La planta quedó vacía, excepto por el personal de seguridad.
—Francisco, ven un momento —le dijo Dexter al jefe de seguridad.
—Dígame, señor.
—Envía a uno de tus muchachos a que compre una botella de champán. Celebren por mí. Sólo no celebren demasiado.
—Lo haremos, señor. Lo veré el próximo año.

 

Cuando llegaron a la casa, Chandler y Anna se miraron, ligeramente asombrados.
—¿Por qué estamos aquí?
—Por órdenes de tu jefe —dijo Dexter—. Cenaremos algo ligero, celebraremos el fin de año, brindaremos por el día con una buena taza de té, y nos iremos a descansar. Se lo han ganado.
—Preferiría continuar trabajando.
—Eso hubiera tenido sentido si no hubieras venido dormido en el auto —replicó Esperanza.

Hubiera preferido una celebración mayor, pero sabía que no tenía mucho sentido. Todos estaban cansados. Incluso ella. Pero había sido admitida para iniciar el curso escolar en enero, y debía asegurarse de estar al día en todas sus materias. Iba adelantada, pero no estaba segura de su progreso. Estaba nerviosa y cansada. Le había costado mucho decidirse por la educación a distancia, pero era la única manera de continuar como asistente ejecutiva. Sonrió para sí. Asistente ejecutiva. Si tan sólo supieran…

Anna estaba cayendo de sueño en la mesa del antecomedor. Chandler tenía la mirada en blanco, y sus dedos hacían movimientos que a Esperanza le recordaban un rápido tecleo. Con ayuda de Dexter preparó una cena ligera —sólo unos emparedados de roast beef y tomate— y una taza de té Earl Grey para cada uno. Cenaron en silencio, brindaron por un año nuevo lleno de éxitos, y Esperanza guió a Chandler y a Anna a una de las habitaciones de invitados. Anna se recostó e la cama y se quedó dormida casi de inmediato. Chandler alcanzó a quitarse el saco y los zapatos. Dexter se encogió en hombros. Esperanza suspiró. Le quitó los zapatos a la joven y cubrió a la pareja con una frazada.
—Al menos así no podrán arrepentirse de nada —observó Dexter.
Esperanza sonrió. Se miró en el espejo. Dos meses habían pasado desde que llegara a esa casa, hambrienta y cansada. No podía reconocerse, y sin embargo, era la misma. Dexter la tomó por la cintura.
—Me siento orgulloso de ti, ¿sabes?
—¿Por qué?
—Sabes tomar buenas decisiones. Y acabas de hacer muy feliz a un hombre, aunque todavía no lo sepa.
—¿Sí? ¿A quién? —Lo acercó hacia ella. Le gustaba sentir su cabello entre sus dedos.
—A Chandler. Ese pobre muchacho no se entera de nada. Me recuerda a mí cuando tenía su edad. Yo también era un completo imbécil con las mujeres. Lo sigo siendo.
Ella sonrió, se giró y lo besó.
—Tienes razón.
Apagó la luz.
La casa sonreía.

Día de Muertos (30)

Día de Muertos (30)

25 de diciembre.

—Fuiste tú.
—Sí.
—Nunca pude agradecerte.
—Es bueno saber que todo terminó bien.
—No para él.
Quedaron en silencio. Diana rompió el silencio.
—Pero no estamos aquí celebrando cosas tristes. Estamos aquí celebrando cosas alegres, ¿no es verdad?
—Si, eso es —dijo Justin—. Yo diría que es hora de los regalos. de cumpleaños.
—Muy bien —dijo Adriana, poniéndose de pie—. Vamos a ver abrir regalos.

Esperanza, al igual que en la mañana, abrió con sumo cuidado los regalos. Adriana casi la obliga a abrir el suyo primero, así de segura estaba de que le gustaría. Era una preciosa gargantilla en oro, con una perla engastada al frente. La gargantilla destacaba el grácil cuello de la joven.
Anna le obsequió un bolso pequeño.
—Espero que te guste. Nunca te he visto con un bolso.
«Es porque no tenía ninguno» pensó Esperanza. Era un hermoso bolso.
—Es precioso. Lo usaré cuantas veces pueda.
—Yo… no sé qué se regala en estas ocasiones—dijo Chandler—. Pero pensé que, ya que te gusta la música clásica, quizá te gustaría escuchar esto. Es de mis favoritos.
Era una compilación de música a través de los tiempos. Desde Johann Sebastian Bach hasta John Williams.
—Me encanta. Gracias —dijo Esperanza, dándole un beso en la mejilla al joven. Sonrió. Anna lo tomó de la mano mientras Esperanza desenvolvía el siguiente obsequio.
—Sabia virtud de conocer el tiempo —cantó Erwin. Era un brazalete, pequeño y elegante, en oro blanco, con un intrincado grabado. Y había algo más…
—Es un reloj… —dijo Esperanza, sorprendida.
—No fue fácil de conseguir. Sólo se fabricaron unos pocos millones de unidades y ahora eres la afortunada poseedora de uno de ellos —Erwin sonreía, restándole importancia a su regalo.
—Temo que ahora mi regalo quedará opacado —dijo Justin.
Esperanza abrió la cajita. Un par de aretes en forma de gota, de perlas naturales. Esperanza se los colocó enseguida. Se sentían bien; se veían aún mejor. Abrazó con fuerza al hombretón.
—Son bellísimos.
—Me hubiera gustado ser el de la idea, pero en casa es Adriana quien tiene buen gusto.
El timbre sonó. Dexter miró la hora. Las mil ochocientas. ¿Quién sería?
—Rusty —aventuró Erwin—. Dijo que vendría.
—Es cierto. Voy a abrir —dijo Dexter.

Russell entró, acompañado de su esposa y sus dos hijos pequeños.
—Perdona la tardanza. Tuvimos un pequeño inconveniente con uno de los regalos de navidad.
—¿Qué pudo ser tan inconveniente?
—El regalo de navidad decidió comerse el árbol.
Dexter rió.
—¿Un perrito?
—Un cachorro de viejo pastor inglés. ¡Ah, querida! Permíteme presentarte a Esperanza. Realmente le hace honor a su nombre.
—Ciao, bella —dijo Sofía, besando a Esperanza en ambas mejillas—. Creo que hice bien en elegir esto para ti.
Le tendió una caja delgada. Esperanza la abrió; en el interior, una pluma fuente del mismo color y un prendedor en forma de rosa de oro blanco.
—Dios mío, es hermoso.
—Me esmeré mucho para hacerlos con tanta premura.
Colocó el prendedor en el vestido de la joven.
—Sí, no me equivoqué. Oh, pero, espera… Santino, dame la caja.
El niño le dio la caja que estaba resguardando. Sofía sacó una tiara a medio fabricar. La colocó sobre la cabeza de la joven.
—Sí. Perfecto. Si colocamos aquí y acá… un poco más delgado en los extremos y con la punta en otro ángulo… Sí. Se verá preciosa el día de tu boda.
Esperanza se sonrojó.
—Qué puedo decir —dijo Russell—, la experta ha hablado.

 

Era noche cerrada cuando se fueron todos los invitados. Dexter abrazaba a Esperanza por la cintura, resguardándola del frío.
—Aún falta un regalo —le dijo Dexter, mientras veían alejarse las luces de los autos.
—¿De verdad?
—Sí. Vamos, te lo mostraré.
Entraron a la sala. El cuadro seguía cubierto. Dexter se acercó a él.
—Me resistí a deshacerme de este cuadro. Me daba malos recuerdos. Hasta que vi que lo estabas replicando en el jardín.
Quitó la sábana. Era un Guernika.
—Lo pintó Remedios. Era su cuadro favorito. Lo terminó la noche anterior a su muerte. Tardé mucho en darme cuenta que lo importante de este cuadro no era su simbolismo. No soportaba verlo porque me recordaba lo que había perdido.
—Dexter, yo…
—Ahora puedo ver que este cuadro es sólo un cuadro. Que a veces un toro es un toro y un caballo es un caballo. Picasso lo sabía. Remedios lo sabía. Por eso quiero regalarte algo.
Sacó del bolsillo una cajita. La abrió. Era una argolla de oro. Lo deslizó en el dedo anular de la joven.
—Tienes dos años para cambiar de opinión.
Ella lo miró a los ojos.
—No pienso cambiar de opinión.
Lo besó. Lo besó como si no hubiera un mañana.

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