Archive en diciembre 2016

Mensaje

Tía, perdóname.

Vas a recibir este mensaje cuando ya no puedas hacer nada. Me he asegurado de ello. Aunque, por como te conozco, sé que de cualquier manera no harías nada, pero he preferido hacerlo así y tener certeza de algo por primera vez en muchos años. Aunque de cualquier manera creo que mereces saber por qué, porque has sido para mí la madre que perdí, aún con todas tus fallas.

Me hubiera gustado haber podido saber cuándo inició todo. Podría decirse que fue cuando nací, pero no, no fue eso. Tampoco fue cuando mamá y papá murieron en aquel accidente. No fue, tampoco, cuando decidiste llevarme contigo al convento primero, y al internado después. Sé que, a tu manera, hiciste lo que consideraste era lo mejor para mí, y te lo agradezco. No sabes cómo te lo agradezco. Pero era claro desde el principio que esa no era la vida que yo quería tener. Tampoco pudo ser el momento en que tuvimos contacto con los centurianos. Seguramente fue cuando los conocí.

Lo sé, tía, y perdóneme. Fui una tonta, pero ¿qué otra cosa hubiera podido hacer? Yo debía estar ahí en esa fecha, en ese día, porque todo estaba predestinado. Sé que usted no lo hubiera aprobado. Pero lo hice, y mi destino se definió haciendo algo que ninguna de las hermanas del convento aprobarían; mucho menos las hermanas del internado. ¡Perdóneme, tía!

Fue cuando salí del internado. Por primera vez era yo una chica libre. ¡Era tan grande el mundo! Ahora era yo una señorita hecha y derecha, tía, tras salir de la escuela preparatoria. Pronto podría iniciar mi licenciatura, o quizá —supongo que eso era lo que usted quería— tomar los hábitos. Pero no pude. Tenía yo un problema, ¿sabe? Tenía yo sed de conocimientos, y en el internado mi sed siempre quedó sin apagarse. ¡Perdóneme, tía, pero es la verdad! Recuerdo cómo las hermanas evitaban mis preguntas cuando supimos de la llegada de los centurianos. ¡Ay, cómo sufrí, tratando de entender a esa nueva raza! ¿Los recuerda usted, tía? ¿Los ha visto? Yo decidí que tenía qué conocerlos. Decidí que eran los únicos que podrían apagar mi sed de saber. ¡Oh, de haberlo sabido antes quizá esto no hubiera pasado, tía! Una nueva raza, que nos había contactado en el espacio exterior y había resultado ser lo bastante similar a nosotros como para poder vivir aquí, y nosotros con ellos. Sus pieles, ligeramente rojas; sus ojos, con pupilas de gato; sus oídos, agudos y terminados en punta; sus manos, suaves y con cuatro dedos…

Y sus cuerpos. Oh, sus cuerpos. ¡Perdóneme, tía, pero no puedo olvidar la primera vez que vi sus cuerpos! Fue el seis de agosto del año pasado, en el Enclave Trece. El enclave que queda más cerca del internado, tía. Ahí conocí a Fahim y a Farah. Ahí fue cuando me ofrecieron un empleo en el enclave, y la oportunidad de estudiar en la universidad. Y yo, tía, no pude resistirme. Seguro usted sí, pero sus convicciones y su moral siempre fueron más fuertes que las mías. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Fui con Marie al Enclave. Marie, quien usted siempre dijo que era una mala influencia para mí. Ay, tía, qué razón tenía… pero por los motivos equivocados.

Marie me invitó al Enclave y fuimos ahí. No me advirtió qué debía llevar, y yo no conocía nada del Enclave, tía, porque al internado apenas y nos llegaban noticias del exterior. Así que cuando llegamos, y vimos la inmensa playa, y ella me dijo que debíamos ponernos el traje de baño,  yo no iba preparada, tía. Estoy segura que Marie lo sabía, porque me prestó uno, un bikini blanco, tía. ¡Ay, tía, nunca pensé pasar tanta pena como entonces! Usted y las monjas me habían enseñado que mostrar el cuerpo era inmoral, tía, y por un momento pensé en que tenían razón, pero entonces vi a Fahim y a Farah, y sentí como si un rayo me hubiera alcanzado, tía. Me miraron, con sus ojos de gato, y sonrieron. Y Marie los miró, y los saludó, y ellos se acercaron.

¡Y me saludaron, tía! Yo estaba cohibida. Eran los hombres más bellos que hubiera visto yo jamás, y no es que tuviera yo mucha experiencia, pero no sabía qué pasaría conmigo en ese momento. Fahim y Farah se nos acercaron, y nos dieron un beso en la mejilla, y yo sentí cómo la piel se me erizaba. Y aspiré su aroma, tía, y me embriagué. ¡Qué iba yo a saber de feromonas, tía, si nunca nos dijeron nada en el internado! Pero ellos no se aprovecharon de ello, tía, no, para nada.

Se presentaron, primero Fahim, el más alto de la pareja. No había una gota de grasa en ese cuerpo, tía, ni una sola. Fuerte, musculoso, casi dos metros… ¡Medio metro más que yo, tía, con los ojos azules más hermosos que haya visto nadie y el pelo rojo como el carbón encendido! Y luego Farah, tía, una mujer bella, veinte centímetros menor que su compañero, pero aún así 30 centímetros más alta que yo. Ojos amarillos, pelo azul, y un cuerpo de modelo, tía, favorecido por un traje de noche que resaltaba sus curvas. ¡Y me felicitó por cómo me veía yo, tía! Dijo que era yo la humana más bella que hubiera conocido. Yo, que con mi metro y medio y mis cuarenta y cinco kilos  apenas me hubiera podido defender de ellos, si me hubieran querido atacar, ¡yo era la mujer más bella que ella hubiera conocido! Me sonrojé, tía, y estoy segura que sonreí, y Marie me miró con ojos de envidia, tía. ¡Y apenas llevaba puesto un traje de baño!

Y nos invitaron a comer. Marie pronto se fue, buscando otras cosas que nosotros no podíamos darle. Pero Fahim y Farah sí podían darme lo que yo quería. Me contaron cómo era su país, en su planeta. Me contaron que estaban aquí en un intercambio cultural, que eran solteros —¡solteros, tía!— y me comenzaron a contar sobre su vida mientras bebíamos. Una bebida deliciosa, tía, que seguro usted no hubiera aprobado nunca porque contiene alcohol. Y me embriagué, tía, con ellos. Pero no lo suficiente como para no poder saber lo que hacía. Y me ofrecieron entrar a estudiar en la universidad, porque era yo la clase de chica que buscaban, tía. ¡Oh, si hubiera sabido a lo que se referían en ese entonces!

Fue una noche inolvidable, tía. En menos de diez horas había aprendido yo más que todo lo que había aprendido en el internado. ¡E ignoraba tanto, tía! Tras esa noche no hubiera podido entrar a un convento nunca más. ¡Adoraba la física! ¡Sabía dónde estaba mi futuro! ¡En las estrellas! ¡Las estrellas, tía! Ay, de haberlo sabido… quizá nada hubiera sido lo mismo, tía, de haber sabido lo que pasaría.

Pero me consiguieron una beca de intercambio en la universidad para estudiar astrofísica, y se comprometieron a ayudarme a nivelarme antes de entrar. Me consiguieron también un empleo, tía, y me invitaron a vivir en su casa. ¡Sé la cara que está haciendo, tía, la puedo ver! No pude resistirme. Me había enamorado de Fahim a primera vista, tía, ¡y al diablo las consecuencias! ¡Qué iba a saber yo, tía, si las clases de biología fueron tan elementales, y las de sexualidad, inexistentes! Y poco a poco caímos en una rutina que apagaba mi sed de conocimientos y aumentaba mi fuego interior. Me contaron de sus familias, tía, de como Farah tenía 20 hermanos, y Fahim 18, y de lo grandes que son las familias centurianas, a pesar de la escasa población de su planeta. Hasta esa noche. Cuando me dí cuenta que era yo una mujer enamorada, tía. Esa noche estuvimos ahí, juntos todos, y con la excusa de que entendiera yo la música de los grandes artistas centurianos…

Aún quedan en mí rastros de la moral que me inculcó, tía. Pero debo decirle que fue Fahim quien me acercó una copa de brandy centuriano y me besó en los labios, con dulzura. Y entonces pude sentir cómo Farah me quitaba la ropa, tía. Yo estaba confundida. No sabía… no sabía qué decir No sabía qué hacer. No estaba preparada. Casi grito, quería salir corriendo, pero no podía… porque ahí estaba el hombre que amaba en secreto… amándome… y también estaba la mujer que veía como mi rival, amándome… Pero las manos de Fahim y de Farah eran tan hábiles, que olvidé mis prejuicios y me concentré en los sentimientos.

Yo no sabía, tía, nada de la biología centuriana. Siempre pensé que Fahim era un hombre, y Farah una mujer. Y a su manera lo eran, pero no como pensé. Cuando vi sus penes… ¡Sí, tía, perdón por escandalizarla de esta manera! Porque Fahim tenía un pene, y Farah también. Porque nosotros tenemos dos sexos y múltiples géneros, tía. Pero ellos tiene tres sexos. Yo pensaba que ambos eran solteros, pero la soltería en Próxima Centauri es distinta a la nuestra, tía. Porque Fahim era un hombre centuriano, sí, igual que un hombre humano. Pero Farah no era una mujer centuriana. O sí. ¡No puedo explicarlo, tía, no en palabras que usted entienda! Farah es una hembra, como usted y como yo, pero en lugar de tener una vagina tiene un pene, como un hombre; y en lugar de producir esperma produce óvulos, como una mujer. Es una amazona, tía, porque es así el término con el que se refieren a las mujeres como ella. Y falta un tercer sexo, tía, un tercer sexo, que es genéticamente neutro, que nace sin gónadas, pero que es importantísimo. Porque es ese tercer sexo, genéticamente neutro, pero auténticamente mujer, quien lleva la carga de gestar a sus crías, tía. Una mujer más mujer, por así decirlo, que una hembra. Y yo lo era! ¡Para ellos, yo lo era, tía! Yo era la mujer que les daría hijos, que tendría una enorme familia con ellos, la razón de su existir! ¡Ellos, que habían viajado 1.3 parsecs, habían encontrado a su hembra!

Estoy embarazada, tía.

Y mi hijo no es mío, tía, pero soy su madre. Soy una hembra casada, tía. Me casé con mi hombre y con mi mujer.  Con mi esposo y con mi esposa. Habremos emprendido el vuelo a casa. A mi auténtica casa. A esa casa que no conozco pero que sé que me hará feliz. Me graduaré durante el vuelo, tía. Seré la primera astrofísica humana en graduarse en el espacio. Tengo la anuencia de las autoridades terrestres y de las autoridades centurianas. Seré la madre de una nueva generación, tía, y seré la embajadora que traerá paz y armonía entre nuestras sociedades. Porque en Próxima Centauri lo más escaso que hay son hembras, hembras como yo, tía, que puedan permitir que una amazona y un hombre puedan tener descendencia, porque ese tercer sexo es el más escaso. Y porque es muy difícil que tres personas se amen, tía, en eso podemos estar de acuerdo. ¡Y mire, que mi esposa y mi marido hayan tenido que viajar tanto para encontrarme!

Y cuando envíe esta carta, tía, yo estaré abordando la nave en el Enclave 13 que me llevará a casa. Y cuando la reciba, yo ya estaré lejos y seré feliz.

Adiós, querida tía.

Día de Muertos (y 43)

Día de Muertos (y 43)

19 de marzo.

—Se realizaron las transferencias tal y como estaba planeado. Lamentablemente, como las cuentas de los receptores fueron congeladas a raíz de los sucesos de hace dos días, los depósitos no fueron realizados —dijo Chandler.
—No nos tomará ya mucho trabajo limpiar los libros. Los programas de contabilidad ya no redondean, el flujo de efectivo es constante, y la auditoría fue exitosa. Sólo nos falta encontrar a los herederos y podremos terminar el caso con éxito —dijo Anna.
—De esta manera, podemos considerar cerrado el caso —dijo Russell.
—Es correcto, señor.
—Muy bien. Creo que se lo han ganado. Los nombraré socios de la firma. En su caso, señor Lear, será la primera vez en la firma que un ingeniero es nuestro socio, pero dudo que enfrentemos un problema.
—Es muy generoso, señor —dijo Anna—, pero el capital…
—El dinero es lo de menos, señorita Bell. Con las bonificaciones que emitiré en su caso tendrán más que suficiente para cubrir la aportación de capital que se requieren.

4 de abril.

Dexter y Francisco fueron dados de alta el mismo día. Habían sobrevivido exitosamente al ricino y se habían recuperado por completo. Ixchel firmó el alta y las dos familias salieron del hospital con una sonrisa en los labios.
—Me tardé un poco, pero te cumplí lo prometido —dijo Juan, estrechando la mano izquierda de Dexter. La derecha volvía a estar en escayola.
—Ojalá te hubieras tardado un poco menos.
—Eso también te lo puedo compensar. Verás, un amigo mío está buscando alguien que pueda dar clases el próximo semestre. Es la escuela de arquitectura. Estructuras, me parece. Prefieren un ingeniero civil, ya sabes, alguien experto. Creo que serías apropiado para el trabajo. Creo que tu asistente personal y tú podrían coordinar sus agendas para que no interfiera mucho con su trabajo en la planta —sonrió, mirando a Esperanza.
—Creo que algo podremos organizar —dijo ella, abrazando a Dexter.
—Cuida a este hombre, por favor. Le gusta meterse en problemas.
—Lo haré —le dio un beso en la mejilla a manera de despedida.
—En cuanto a usted, caballero —dijo, saludando a Francisco—, tengo entendido que le ofrecieron un empleo con nosotros.
—Aún no sé si lo aceptaré.
—No tiene prisa alguna. No se han abierto las vacantes. No mientras Zazel no empiece a pensar en la jubilación. Cuide y disfrute de su familia, ahora que tiene oportunidad. Nos volveremos a ver antes de diez años, se lo aseguro.
—Siendo así, cuente conmigo —se estrecharon la mano.
—En ese caso, mi trabajo aquí está cumplido. Mis muchachos los llevarán a casa.
Los vio alejarse. Ixchel le pasó una mano por la cintura.
—¿Algún problema con ellos?
—Ninguno. Oh, bueno, tendrán un problema para decidir cómo se llamará su primera hija, pero sobrevivirán. Y ahora, ¿irías conmigo a cenar y a tomar una copa?
—Pensé que nunca me lo pedirías.
Juan sacó un reloj de bolsillo. La leontina destellaba al sol.
—Estaba esperando el momento exacto.


1 de noviembre. Dentro de seis años.

Hazel representaba a Hand y Asociados en la ceremonia de apertura. Normalmente el señor Hand estaría ahí; pero ese día tenía un acto infinitamente más importante que esa licitación, aunque esa licitación fuera para la construcción del nuevo museo que hospedaría el frágil Guernica. Un trabajo impresionante, ya que el Guernica no podía ser movido y cualquier vibración fuerte podría acabar con él. Pero la señorita Nutt había sido parte del equipo que había diseñado el procedimiento constructivo por el cual se remodelaría el museo Reina Sofía sin afectar el valioso cuadro. Nadie más podía hacerlo más que su empresa. Escuchó cómo leían el acta. Una mera formalidad. Levantó la cabeza con orgullo cuando escuchó el nombre de los ganadores de la licitación.

 

 

Amparo todavía no cumplía los dos años de edad, y tenía cierta afinidad por golpearse en todas las esquinas. Dexter era igual a su edad. Pero ahora Amparo estaba muy quieta, mirando el mar de gente delante de ella. Caridad la llevaba en brazos. Papá estaba adelante. Mamá también. Milagros tomaba fotografías y más fotografías de ese momento, mientras las cámaras grababan todo el evento. Luego editaría los mejores momentos. Estaban felices: no todos los días asistían a una graduación.

Esperanza estaba en la primera fila. Todos los honores de esa generación de arquitectos recaían en ella: el mejor promedio de la carrera de arquitectura, el mejor proyecto de graduación, el mejor examen profesional, incluso el tiempo de graduación más corto. Miró al frente. Dexter estaba en la mesa de honor. Fue elegido, unánimemente, como el padrino de la generación. Esperanza había hecho lo imposible por no tomar clases con él; sólo para evitar un posible conflicto de intereses. Ya saben, la vieja historia, profesor joven, alumna bonita, una sonrisa aquí, un guiño por allá… Ni pensar lo que pasaría cuando se enteraran de que estaban casados. Pero no había mejor profesor de diseño estructural en toda la universidad; en eso todos sus compañeros habían estado de acuerdo.

La banda cesó de tocar y el maestro de ceremonias comenzó el discurso inaugural.

 

 

Quintín Kulkán recibió en su despacho a Juan Destino.
—Seré rápido —dijo Kulkán, sirviendo un par de copas de xtabentún—. He revisado su trabajo, y me ha gustado bastante lo que ha hecho. Se ha ganado un ascenso y he querido ser yo quien se lo anuncie —bebió.
Juan hizo lo mismo. El licor le dejó un familiar calor en la garganta. Kulkán rellenó las copas.
—Me convenció su desempeño de hace seis años. Ese que corrigió el error de hace once.
—No hubiera podido hacerlo si usted no hubiera intervenido, señor.
—¿Intervenido? ¿Cómo intervine?
—El Guernika, señor. Si no hubiera usted elegido ese Guernika coloreado para colgar en esa sala, me hubiera costado mucho más trabajo.
Kulkán se sentó en el escritorio.
—Muy bien, joven.
—Todo es parte del plano. Era cuestión de llevar a la práctica el diseño y activar los circuitos apropiados en el momento justo.
—Excelente. No me equivoqué cuando lo escogí. Zurvan me dice que es usted el candidato natural para sucederlo.
—Es un gran honor.
—Empezará a trabajar el próximo lunes directamente con él.
—Claro que sí. Oh, perdón, el lunes no puedo.
—¿Qué? ¿Por qué?
Destino sacó un sobre lacrado del bolsillo interior del abrigo.
—Es el día de nuestra boda, señor. De Ixchel y mía. Confío que pueda asistir con tan corta notificación.
—Creo que podré hacerme tiempo para asistir —Kulkán sonrió. Brindaron con las copas de xtabentún—. Así lo ha dispuesto el Destino.

Día de muertos (42)

Día de muertos (42)

17 de marzo.

—¿Cuánto vivirá? —preguntó Zazel, subiendo en la ambulancia. Encendió un cigarrillo.
—Lo suficiente —dijo Ixchel. La puerta se cerró y se pusieron en marcha.
—Ricino —dijo, entregándole la bolsita con la bala. En el pico encontrarían lo mismo. También en el cuchillo. La herida tenía un feo aspecto.
—Casi toda la cera está ahí.
—Le dolerá un rato. Pero no morirá.
—Ninguno morirá. No hoy.
—Me apetecía trabajar con éste.
—Tendrás tu oportunidad mañana. Lo dijo Juan.
—Son cosas del Destino, ¿verdad?
—Sí.
—No sé qué le ves.
—Es impredecible. Eso me gusta. Me gustó también lo que hiciste allá adentro.
—Haremos un poco de papeleo, pero funciona. Era necesario el revuelo.
—¿Por qué no detectaron las armas?
—¿Quién dice que no las detectaron? Fue un simple error que alguien hubiera estado volteando para el otro lado, o que le hubieran hecho una pregunta a destiempo al guardia. Nada grave…
—Tres murieron.
—Me lo debían. Se escaparon hace cinco años, cuatro meses y dieciséis días, y en cambio, tuve que llevarme a seis que no debían estar ahí. Siete, si contamos a la pequeña. Me falta uno para cerrar el expediente.
—Sólo un día más.
—Soy un hombre paciente. Siempre lo he sido. Por eso soy tan bueno en lo que hago.
Se caló la capucha y se reclinó en el asiento, el humo cubriéndole la cara. Ixchel lo miró. En la oscuridad, para cualquier persona cuerda aquella imagen debía ser aterradora.

 

Dolía. Ardía. Francisco pasaría algunos días más en la cama del hospital. El personal estaba atento; el envenenamiento por ricino no era común, pero tampoco desconocido. Electrolitos intravenosos, medicamentos para controlar la presión arterial, anticonvulsivos… Y Mariana junto a él. Se lo debía. Se lo habíá prometido. No moriría. No hoy. Miró al hombre de la capucha con el cigarrillo en la boca, sin encender. Hizo una caravana de despedida, casi imperceptiblemente. Zazel le dejó un paquete antes de retirarse.
—Ábrelo, amor —dijo Francisco. Mariana lo abrió.
Ella sacó un chaquetón de piel con una capucha. Lo extendió. Le quedaría bien, decidió.
—Te protegerá del frío y de la lluvia cuando regrese el invierno. Me gusta.
—Sí. Creo que lo usaré.
Una parka. Apropiado. Sobreviviría. Se lo había dicho Armando Zazel en persona. Y tenía un trabajo para él en su departamento. Era un elemento valioso, paciente, que conservaba la calma y pensaba rápido. Sería muy bueno en su sección. No tenía que aceptar de inmediato. Geráis tendría mucho tiempo para pensarlo y podría ver crecer a sus hijos. Mariana lo tomó de la mano. La herida ardía, pero se pondría bien.

 

Dexter abrió los ojos y miró un techo desconocido. El hombro le dolía horrores. Ningún hueso roto en el hombro, suponía. Conocía el dolor de un hueso roto. La mano estaba rota otra vez, lo sabía. Pero el hombro dolía horrores. Siempre el brazo derecho. Es curioso, se dijo. Había una gran cantidad de líquidos entrando por sus brazos. Parpadeó. Quiso girar un poco la cabeza. El cuerpo entero le dolía. Miró el cielo. Debía ser de noche. Las constelaciones estaban ahí: Casiopeia, Cisne, la Osa Mayor. No. No eran constelaciones. Eran Milagros, Caridad y Esperanza. Quiso hablar. El hombro le dolía y tenía una inmensa sed.

Esperanza despertó. Se acercó presurosa. Él pareció reconocerla.
—Me diste un susto de muerte.
—Nunca más. Te lo prometo.
— Hablé con los médicos. Te pondrás bien.
—¿Y el juicio?
—Ni siquiera comenzó.
—Duele.
—Lo sé. Pero pronto iremos a casa.
Miró su hombro.
—Se supone que yo soy quien debe cuidarlas a ustedes.
—Lo hiciste. Mejor que nadie —comenzó a llorar en silencio.
—¿Y tu padre?
—No lo sé y no me importa. Me importas tú.
Esperanza miró la habitación. Miró a sus hermanas. Miró al hombre que amaba. Tomó una decisión. No se separaría de él bajo ninguna circunstancia. Lo había visto tan claro como su estuviera dibujado en un plano.

Dexter cerró los ojos un instante. Él también había tomado una decisión. Le dolería, pero ya estaba acostumbrado. Abrió los ojos y se apoyó en el brazo derecho. Con el brazo izquierdo atrajo a la joven hacia sí. La besó apasionadamente.
—Deberías correr lejos de mí. Eres muy joven. No eres una mujer sino una bebé. Deberías estar con tu madre.
—Claro que sí, anciano —dijo ella, riendo—. Sólo me llevas 16 años y de cualquier manera quiero un noviazgo de dos años, ¿te enteras?
—Te amo —dijo, cerrando los ojos.
Ella subió a la cama y se acurrucó en su lado izquierdo.
Era un hombre bueno y un hombre inocente. ¿Qué más podía pedir?

 

Despertó. No tenía ni idea de dónde estaba. No era la primera vez que eso pasaba. Había algo mal. Un hombre inteligente como él sabía reconocer cuando algo estaba mal. Levantó el brazo derecho. Faltaba algo…
—Tuvieron que retirar tu mano. De todos modos no la ibas a utilizar más —dijo Zazel.
La capucha de la sudadera ocultaba la cara macilenta, las cortinas echadas ponían todo en penumbra. Había un cigarrillo encendido, y el humo se acumulaba frente a él.
Sintió miedo. Miedo como aquella noche de abril…
—Podemos hacer las cosas fáciles o difíciles. A partir de mañana eres mío, cabrón.
Miró el muñón.
—Te ayudaría. Te hace falta una buena mano. Pero no. Mañana te trasladan al hospital de la cárcel. Un buen amigo tienes ahí, ¿no? Numa Pompilio Baeza, me parece que se llama. Creo recordar que es tu tío. Un tipazo, como tu padre. Y ya sabes, la manzana suele no caer muy lejos del árbol. Me pregunto qué dirá cuando sepa lo que hiciste en el juicio. Te cargaste a tres, ¿sabes? Sólo queda un nombre en mi lista de aquel primero de noviembre de hace 5 años, cuatro meses y… veamos, en diez minutos más, diecisiete días, ya.
Sonrió, la sonrisa mostrando unos dientes blancos y rectos, los ojos hundidos, la nariz chata, la piel macilenta. Se fijó en el nombre de la placa que colgaba de su cuello. A. Zazel.
—Mira nada más la hora que es. Casi es medianoche. Debo marcharme. No hagas locuras; está muy alta la ventana y nadie te vería caer. Te veré en media hora.

 

Cerró la puerta al salir. El guardia apostado estaba en la silla, dormitando. Dio vuelta al seguro. Era inteligente tener el seguro por fuera en esas habitaciones; imposibilitaban que el sospechoso saliera en secreto.

Bajó por la escalera. Tenía tiempo. Miró la escalera de emergencia, y se sentó en los primeros escalones, cerca de la zona marcada como punto de encuentro. Se apoyó en el barandal y encendió un cigarrillo. Fumó tranquilo, sin que nadie lo molestara. Miró su reloj. Aún quedaban unos minutos. Ya lo había dicho el ingeniero que revisó ese hospital: descolgarse por la ventana de la habitación más alejada para alcanzar la salida de emergencia era peligroso; se necesitaban dos buenas manos para asirse y no resbalar. Había que hacer cambios para ajustar ese falla. Un accidente, nada más. Se retiró la manga izquierda, dio la última calada al cigarro y lo apagó en la vieja cicatriz junto al xoloitzcuintle, ese que siempre acompañaba a los muertos en el viaje al Mictlán.

Si gritó, no lo escuchó. Sintió la vibración en el suelo. Se puso de pie y caminó hacia el punto de encuentro. La mirada vacía de Aquiles era casi como la suya.
—Hora de la muerte, veinte minutos pasada la medianoche, 18 de marzo. Al forense no le va a gustar el cagadero que dejaste, muchacho.

Día de Muertos (41)

Día de Muertos (41)

17 de marzo.

Zazel terminó de fumarse el cigarrillo. Se levantó la manga izquierda de la sudadera y se tocó el viejo tatuaje en forma de xoloitzcuintle. La cicatriz seguía doliendo tras tantos años. Era un buen recordatorio de su trabajo. Miró el reloj, apagó la colilla en la vieja cicatriz y se caló la capucha. Era hora de trabajar y todos los sabían. Se dirigió a la sala de juicios orales. Nadie lo interrumpió en su camino. Era como si no estuviera ahí.

Con la experiencia de los años, Zazel entró sin hacer ruido por la puerta de los jueces. Pudo observar a la izquierda a Dexter, Erwin, Esperanza, Caridad y Milagros. Estaba también el guardia de seguridad, Francisco. Un buen elemento. Quizá lo reclutara en un futuro. A la derecha, Rocco, David, Jonathan y César. Evidentemente, nerviosos. No era fácil estar con aquel hombre. Aquiles estaba apenas tomando asiento. Lo miró. Calvo, gordo, traje barato, una corbata vulgar, la mirada de quien sabe que el mundo lo desea muerto. El área de reporteros estaba vacía. Nadie más atestiguaba el juicio. Mejor. Le gustaba cuando su trabajo era mucho más sencillo. Melchor, Gaspar y Basaltar en el estrado de jueces. Ruy e Ixchel en el estrado de testigo. Juan estaba junto a la puerta, de pie, junto al policía. Zazel lo miró a los ojos, con la mirada vacía característica de su trabajo.

Juan asintió.

Para otra persona hubiera sucedido muy rápido. Incluso con las cámaras grabando aquello requeriría una profunda concentración para observar lo que pasaría. Zazel observó desapasionadamente. Un trabajo sencillo. Había visto miles de esos a lo largo de los años. Todavía estaba en facultades. Kulkán lo sabía, Nubis lo sabía, Akarana lo sabía, Lúgh lo sabía. Lo sabía Ixchel y el Destino también. Era su trabajo y nadie era mejor que él en eso. Su único orgullo, y no era nada para sentirse orgulloso.

Exhaló. El aire se tornaba frío cada segundo que pasaba. Avanzó. El Guernika de colores contrastaba con la gris atmósfera general. Sólo había una salida, y el Destino la bloqueaba. Ahora sólo había que esperar. Era bueno haciendo eso.

 

Rocco se puso de pie. Se veía imponente, como una montaña. Sólo debía decir que la otra parte no había presentado los documentos relevantes del caso y ganaría. No había modo de perder, a menos que Aquiles cometiera un error. Ya bastante enojado estaba, y enojado aquel hombre era incapaz de pensar. Terminaría rápido y se iría de ahí. No volvería a tomar un caso para esos hombres. Nada valía tanto. Había llegado a su límite. Se sentía asqueado. Miró a los jueces, ajustó el micrófono, e intentó agradecer el uso de la palabra. Sus labios se separaron…

Aquiles se puso de pie. ¿Qué clase de broma de mal gusto era aquella? Golpeó con las manos el escritorio. Lanzó un golpe a la izquierda. Era culpa de su abogado. Cayó como una avalancha, rompiendo las patas de la silla en el proceso. Golpeó a la derecha. El agente del ministerio público no supo por qué todo se puso rojo de repente y se encontró en el piso de mármol. Aquello era inadmisible. Lo habían planeado todo. Le habían tendido una trampa. Se giró. Ahí estaban esos desgraciados. David. Jonathan. Cesar. Debió haber acabado con ellos cuando tuvo oportunidad. Debió darles C4 en lugar de plastilina. Sacó su arma. Recién impresa. Balas de plástico endurecido con carga de ricino. Mortal a corta distancia. Ningún detector de metales podría detectarla. No lo hizo hoy, no lo haría nunca. Disparó una, dos, tres, cuatro veces. David recibió la bala en medio de la frente. Jonathan, en la boca. César, en el cuello. La cuarta bala pegó a centímetros de la oreja de Rocco. Quedaban cuatro. Era un hombre inteligente, ¿no era verdad? El diseño era para cuatro balas. Él lo había modificado para ocho. Subió el arma y dio un paso. Sabía dónde estaría Dexter. Se había pasado la noche practicando todos los movimientos necesarios; era un hombre previsor. La mueca que hacía las veces de sonrisa dejó ver unos dientes amarillos y torcidos. Disparó. Pum, Dexter. Pum, Esperanza. Pum. Caridad. Pum. Milagros. Pudo ver cómo la bala viajaba en el aire, y pudo ver cómo Dexter se lanzaba hacia adelante. La bala se desvió. No importaba. Las otras tres pegarían y todavía tenía un as bajo la manga.

 

Francisco se puso en acción en cuanto vio que Baeza se levantaba. No le importaba la vieja herida de la pierna, la del ejército. Sus reflejos eran igual de rápidos que antes. Se lanzó sobre las chicas y las cubrió con su cuerpo. Se lo había pedido su jefe, pero no necesitaba decirlo. Les dolería. Sintió tres ráfagas pasar por encima suyo. Las escuchó. La bala que te preocupa nunca es la que escuchas; esa ya está demasiado lejos para hacerte daño. Deseó haber traído su arma…

 

Dexter sintió el impacto en el hombro derecho. No se giró para mirar. No iba a permitir que aquel hijo de mil putas hiciera más daño. Tiró la mesa al frente y saltó por encima. No tenía más ojos que para Aquiles. No tenía más preocupación que Esperanza. Sintió que alguien lo tomaba de la pierna y lo hacía trastabillar…

 

…Sin duda, él hubiera hecho lo mismo de estar del otro lado. Francisco supo lo que Baeza iba a hacer. Un as bajo la manga, claro. El pico, cuidadosamente balanceado para ser lanzado, del tamaño y del peso ideal. Quizá cubierto con algún veneno. Él lo hubiera hecho. Entrenó para eso en Operaciones Especiales. Sólo tenía una oportunidad. Él también lo hubiera hecho. Pasó la mano por debajo del barandal. Sólo necesitaba hacerlo perder el equilibrio. Que bajara su centro de gravedad. Después podría hacer lo que quisiera. Intentó tomar la pierna del pantalón, pero encontró el tobillo. Empujó con todas sus fuerzas…

 

¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo era posible que fallaran tantos elementos de seguridad? Los jueces estaban demasiado atónitos como para reaccionar. Baltazar vio pasar el pico y encajarse en el respaldo del asiento. Melchor vio caer a los tres hombres detrás del agraviado. Gaspar alcanzó a observar cómo el hombre del traje barato se lanzaba contra las tres jóvenes. Ninguno alcanzó a observar más que un borrón negro entre el caos.

 

Soy un hombre inocente, se repetía Aquiles. Un hombre inocente. Merezco respeto. Sacó el cuchillo. Aquello terminaría mano a mano. Se llevaría a las mujeres con él, porque eso terminaría aquí y ahora. Empuñó el cuchillo como había aprendido con Numa Pompilio. Era lo único bueno que había aprendido de ese asqueroso bastardo. Mataría primero a ese inmundo animal que se estaba cogiendo a su hija. Sólo él tenía derecho a hacerlo. Era suya. Gritó. Sintió que algo le quemaba la mano, sintió que algo lo golpeaba en el vientre, sintió que el piso cambiaba de posición, sintió que el pecho le ardía, sintió el dolor en la cabeza, sintió confusión; aquello no sentía sentido. No era eso lo que había planeado. No estaban respetando sus planes. No lo estaban respetando. Un chorro rojo cubrió sus ojos, intentó parpadear para aclararse la vista. Escuchó un chasquido y un rayo de dolor recorrió su cuerpo. Vio un puño rojo desenfocado, pero ya no sintió nada. Giró la cabeza y alcanzó a mirar el Guernica de colores. Ah, se dijo. Ahora lo entiendo. La vida no es en blanco y negro. El Guernica se volvió monocromático. Luego todo se puso negro.

 

Alfredo Mata reaccionó al escuchar el primer disparo, pero no pudo hacer su trabajo sino hasta un par de segundos después, cuando quitó el seguro de la funda, sacó el revólver y dirigió la punta del cañón hacia el frente. No tuvo tiempo de apuntar; pero sabía a dónde debía apuntar. Confió no en sus sentidos sino en su entrenamiento. Como si una mano guiara su bala. Apretó el gatillo. Pudo ver el trazo de fósforo blanco incandescente dirigirse a donde sabía que debía dirigirlo. La bala golpeó la muñeca del atacante. El chorro de sangre, huesos y tendones lo confirmó. El cuchillo cayó. Con el arma al frente, se dirigió al frente de la sala. Si se preguntó por qué aquello no era un caos, no lo externó. Sólo hacía su trabajo. Para eso había entrenado. El hombre estaba en el suelo. Perdía sangre; el otro estaba sobre él, tomándose el hombro derecho. El hombre de la capucha negra se acercó.

 

Miró, satisfecho, el trabajo. En otras circunstancias estaría muy alegre de llevárselos a todos en ese mismo instante. Miró a Juan, aún en la puerta. Movió la cabeza en sentido negativo. Juan asintió. Puso la bota en el brazo derecho del gordo. Había que detener el flujo de sangre. No se lo llevaría hoy. Pero se lo llevaría.
—Eres mío, hijo de mil putas —dijo Zazel por lo bajo. El gordo no podía escucharlo, pero le gustaba oír su voz. Era lo único que hacía tolerable su trabajo.

 

Ixchel tenía prioridades. Baggins primero, Dressing después, Fillmore en tercer lugar. No hubo oportunidad. Baggins se ahogaba en su propia sangre; Dressing trató de contener el chorro con la mano, hasta que perdió las fuerzas; Fillmore miraba el techo con los ojos muy abiertos. Nada qué hacer. Miró a Baeza. Mientras Zazel hiciera presión, tendría tiempo. Francisco trataba de ponerse de pie. Lo obligó a recostarse en el piso y rompió el traje. Una bala había rozado la piel pero no se había alojado. Sospechaba de la bala. Limpió la herida lo mejor que pudo con el kit que siempre llevaba consigo. Necesitaba que el pinche gordo cabrón continuara vivo para interrogarlo. Las chicas estaban sanas. Se preguntó si lo habrían visto todo. Los paramédicos aún estaban a cinco minutos de llegar; los policías llegarían en cualquier momento si el Destino no los detenía. Lo miró. Estaba en la puerta. No se movió. Bien. Se concentró en Dexter. Se cubrió la mano con alcohol y arrancó la tela en el hombro. Hurgó metódicamente en la herida con los largos y afilados dedos, y sacó una pequeña bolita, aún cubierta de cera. Zazel le alargó una bolsita. La revisaría después, pero ya sabía lo que tenía. Era sólo cuestión de saber cuánto había entrado en el sistema. Colocó una compresa. Vio que esperanza se acercaba. Sí, serviría. Tomó la mano de la joven y la colocó sobre la compresa. Sólo mantén presión, le dijo, en lo que terminamos. El pinche gordo cabrón sangraba, pero viviría lo suficiente. No necesitaría esa mano. No con lo que le quedaba de vida. Aguja e hilo. Calculó la longitud. Cortó. Lo había aprendido de Nona, Laquesis, y Aisa. No necesitaba mucho. Completó el trabajo, y puso una compresa en la cabeza, para detener el sangrado. Asintió.

Zazel quitó la bota.

Juan abrió la puerta.

En segundos aquello fue un pandemonio.

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