Día de muertos (25)

24 de diciembre.

Esperanza terminaba de acomodar algunas cajas debajo del árbol de navidad cuando un grito desesperado la asustó, casi provocando que tirara dos regalos.
—¡LO TENGO! ¡LO TENGO! —gritó Chandler, lanzando la silla y dando saltos. La taza de café había volado por los aires.
Chandler buscó alrededor suyo algo, desesperadamente. Tomó un cuaderno y un lápiz y garabateó algo. Siempre le resultaba más fácil garabatear algo para recordarlo, en lugar de transcribirlo directamente a código. Abrió la calculadora, revisó la hora, y tecleó una larga secuencia de números. Unos instantes después, se abrió el estado de cuenta más reciente.
—Gotcha.
En la cuenta había casi ochocientos millones, y todos los días se estaban transfiriendo a otras cuentas casi un millón. Veinte días habían hecho una mella de poco menos de 18 millones en la cuenta, pero ahora podría rastrear los movimientos.
Anna miraba por encima de su hombro.
—Con esto los tenemos. ¿Puedes congelar la cuenta?
—No. Pero puedo cambiar la contraseña de acceso, con lo cual efectivamente impediré la transferencia de dinero. Si logro tener acceso a la cuenta de este cabrón para eliminar los códigos de seguridad que piden… Momento. ¿A nombre de quién está su teléfono? Si todavía lo pagamos nosotros puedo cancelar el número y reasignarlo a otro, con lo cual puedo solicitar el cambio de contraseña y tomar control de la cuenta por llamada de seguridad…
—Espero que sí —dijo Anna, revisando sus notas—. Al diablo las consecuencias, que se enteren que los tenemos agarrados por los huevos…
—Podría besarte, Bell —dijo Lear, sonriendo.
Comenzó a teclear furiosamente mientras Anna hacía unas cuantas llamadas…

 

 
—No importa —decía Fillmore—. Estoy a punto de abordar. Podremos vivir sin preocupaciones con lo que tengo y aún tendremos más.
Su interlocutor quedó en silencio. Fillmore miró su terminal. Volvió a llevárselo al oído. Quizá por el bullicio del aeropuerto no escuchaba bien…
—¿Sigues ahí?
Silencio. Volvió a ver su terminal. De pronto la pantalla se puso negra completamente.
—Oh, mierda —alcanzó a decir. Los cuatro oficiales vestidos de paisano estaban ya junto a él.
—No se preocupe —dijo Juan—. Sus amigos y usted podrán pasar la navidad juntos. De hecho, les serviremos pavo para la cena. Y su amiga (es su amiga, ¿verdad?) pasará año nuevo con usted, aunque quizá no en esa cabaña que le compró. Es una lástima, Whistler es precioso en esta época del año…

 

Erwin y Russell llegaron. Revisaron el trabajo de Chandler y Anna, y los felicitaron por la rapidez con la que actuaron, aunque estuviera en un área más bien gris. Los jueces lo aceptarían, seguramente. Esperanza estaba encantada de tener a tanta gente. Insistió en que se quedaran a cenar para celebrar la victoria. De la cocina emanaba un olor delicioso… Erwin, soltero, aceptó. Russell, casado y con hijos pequeños, declinó la oferta, aunque al enterarse de que al día siguiente sería el cumpleaños de Esperanza, aceptó regresar para celebrar.  Esperanza no tenía ninguna duda de que Chandler se quedaría a la cena, tomando en cuenta que todavía tecleaba furiosamente. Al menos su taza no se había roto, aunque la alfombra debería ser lavada. Anna, que también escribía, trazaba, y acomodaba pruebas, se quedaría a cenar. Con base en la primera evidencia sólida tenía ya todo un caso de abuso de confianza y fraude contra Fillmore. No habría poder humano, se dijo, que los liberara. Ningún poder humano.

 

La noche cayó. Dexter dormitaba en su sillón, tras revisar todas las granulometrías que producían las nuevas trituradoras de vidrio. La mejor granulometría al menor costo de producción era deseable, pero para él era preferible una buena granulometría a un costo mínimo. Los muchachos de investigación y desarrollo habían hecho un gran trabajo. Anna dormitaba sobre la mesa del estudio, mentalmente exhausta. Chandler seguía tecleando, trazando el destino de todas y cada una de las cuentas en las que se había depositado el dinero que Fillmore había estando desfalcando. Pero a pesar del café —o, más bien, a causa del mismo— ya estaba cometiendo pequeños errores de tecleo. Se daba cuenta de que el número de errores iba en aumento, y quizá pronto no podría detectarlos; además, ya estaba un tanto hambriento. La bandeja de sandwiches de pastrami que Esperanza había colocado ya estaba vacía, y cuando se puso de pie, se dio cuenta de que no estaba ni en su casa ni en su oficina.
Confundido, se quedó ahí, de pie, hasta recordar dónde estaba. Verdad es que fue el delicioso aroma que llegaba desde la cocina. Esperanza llegó en ese momento.
—¿Hambriento? —preguntó.
—Un poco. Te noto diferente…
—Un incidente con la salsa de arándanos. Ven, despierta a tu novia y vamos a cenar.
—Pero no es mi novia.
—No lo será si nunca se lo pides…

Dexter despertó con un beso en la mejilla.
—Arriba, corazón. Es hora de cenar.
Dexter trató tres veces de ver quién lo había despertado. Miró primero a Remedios, luego a Consuelo, luego a Griselda. Sacudió la cabeza y enfocó. Era Esperanza, vestida para matar, con ese conjunto color chocolate en patrón escocés que había atraído su mirada hacía cincuenta días. Cincuenta días, se dijo, y de aquella chiquilla maltratada y esmirriada ya no quedaba mucho.
—Bueno, eso merece que me cambie de ropa.
—Te dejé tu traje en tu cama. Apresúrate, sirvo la comida en quince minutos.

Anna retocaba su maquillaje. Estaba nerviosa. No sólo porque iba a cenar con el dueño de la compañía para la que trabajaba ahora, sino porque cenaría junto con Chandler. Le gustaba Chandler, pero siempre había puesto por delante su trabajo antes que su vida amorosa. No tenía tiempo para el amor, así que, ¿por qué sentía mariposas en el estómago?
—Porque no te tienes que casar con él mañana mismo—dijo Esperanza, poniéndose un poco de perfume—. Sólo necesitas una cita de vez en cuando. No pierdes nada. Y es  guapo…
Anna la miró. Esa chica no era normal.
—Me pone nerviosa sólo con verlo.
—Es guapo, ¿verdad? Hacen buen equipo. Y se ven muy bien juntos —salió de la habitación, sonriendo.
Anna se sonrojó.

Dexter le dio un par de palmadas a Chandler en los hombros.
—Erguido, muchacho. No quiero ver a gente triste en mi casa.
—No es eso, señor…
—Chico, déjame decirte una cosa. Cuando yo tenía tu edad, y era joven y bello y sin barba, un día me acerqué a una chica con la que pensé que no tenía ninguna oportunidad de ligar. Tampoco lo intenté. Me limité a invitarla a ver una película conmigo porque me sobraba una entrada. Sin embargo, terminé casado con ella y no me arrepiento para nada de esa decisión.
—Pero si… O sea… ¿Y si me dice que no…?
—Pues te dijo que no y ya. Tarde o temprano encontrarás a alguien. O alguien te encontrará. Ahora erguido, muchacho, erguido, que se note que eres homo sapiens sapiens y no australopithecus, y vamos a cenar.

Erwin admiraba el jardín. No exactamente el jardín, sino lo que Esperanza había hecho en el jardín. Podía ver que en la pared del fondo había trazado un cierto número de líneas que le recordaban a algo. Evidentemente estaba inconcluso, pero aún así podía distinguir algo de lo que la joven intentaba hacer. Se trataba de una habitación, sin duda. Un sótano, probablemente. Una lámpara iluminaba la escena. ¿Un toro? Quizá un caballo. Una mujer llora sobre un niño…
Entonces lo supo.
—Guernica…

Día de Muertos (24)

24 de diciembre.

Víspera de Navidad. Esperanza no pudo dormir de la emoción. Sí, su nuevo papel como asistente ejecutiva le impedía hacer chiquilladas, pero a eso ya estaba acostumbrada. Pero Dexter le había prometido que podría hacer la cena y ahora tenía a dos invitados. ¡Quizá incluso regalos! Había trabajado en la empresa y todos sabían que estaba haciendo un buen trabajo; incluso el jefe de recursos humanos insistía en contratarla, pero Dexter había bloqueado la decisión. No aún, no mientras no tuviera edad legal para trabajar… no mientras pudieran mantener ese secreto. Aún así, el jefe de contabilidad le había dado una cuenta de nómina, asociada a la de Dexter, después de que convenciera a Dexter que necesitaba hacerlo para que pudiera pagar los gastos emergentes. En eso tenía razón, había aceptado Dexter, en especial porque sería más complicado para la auditoría trazar los movimientos combinados del propietario y su asistente. Pero Dexter hizo algo más. Le dio también una cuenta adicional mancomunada a su cuenta personal. Mientras no se resuelva el embrollo de las cuentas, dijo Dexter, nada de dinero de la compañía se toca. Los administradores habían aceptado, porque con el capital circulante y las ventas —y una nueva cuenta, abierta específicamente para la ocasión— podrían solventar todos los gastos mientras completaban la auditoría. Así que ahora Esperanza contaba con un poco de dinero, producto de su trabajo, y se sentía productiva. No era una inútil, como se lo habían repetido tantas y tantas veces a lo largo de los años. Realmente era alguien productivo. Se sentía feliz. Se sentía realizada.

El día apenas acababa de empezar. Era día festivo para la empresa. Dexter no quería que nadie trabajara ni la víspera, ni la navidad, ni la víspera de año nuevo, ni año nuevo. Esperanza, en cambio, necesitaba trabajar. No en la empresa, que bastante complicado era ya simular que sí sabía administrar recursos humanos; necesitaba trabajar en la casa. En su casa. Su casa. Aún no cumplía dos meses ahí y sabía cuál era su lugar; dónde pertenecía. La casa lo sabía, y le sonreía. Presa de la emoción, se cambió con ropa de calle cómoda —sin dejar de parecerle curioso que la ropa de Consuelo fuera toda de su talla, aunque cada día parecía quedarle un poco mejor— y fue al supermercado.

No le importaba lo que Dexter dijera, tendrían pavo. Pronto sería su cumpleaños, después de todo. Y quería pavo. Hace dos meses, hubiera obedecido con la cabeza baja y sin decir palabra, porque lo que quería no hubiera sido tomado en cuenta. O peor, le hubiera ganado una paliza. O peor. Se llevó inconscientemente la mano a la cara. Ya no dolían, pero las cicatrices le recordaban la vez que había pedido, tímidamente, un pastel de cumpleaños. Pero había cambiado. Ella había cambiado tanto que no era la misma Esperanza. Tendría su pastel, tendría su pavo… Tendría un día feliz.

Justin la miró por la ventana de su merendero. Por poco no la reconoce. Con una enorme sonrisa, tiró el gorro de cocinero al piso y saltó por encima de la barra.
—Miss Hand! Miss Hand! —gritó.
Esperanza tardó un poco en darse cuenta que se refería a ella, pero no quedó ninguna duda cuando recibió el enorme abrazo de oso.
—Feliz navidad, Miss Hand.
—Señor Tyme —dijo ella, medio sofocada contra el pecho del hombretón.
—Ha cambiado usted mucho en este mes. Es usted la viva imagen de la elegancia. Envidio al cabrón de Dexter. ¿Está aquí ese inmundo animal?
—No, he venido sola. Vengo a hacer las compras de la cena de navidad.
—Fabuloso. Fabuloso. ¿Puedo inquirir qué platillos degustarán? Quizá pueda ayudarla para encontrar la receta adecuada.
—Planeo preparar un pavo y un pastel. Tengo la lista de ingredientes que me pide un libro de cocina que estaba en casa…
—¿Un pastel? ¿A qué debemos la ocasión del pastel?
—Mañana es mi cumpleaños…
—¡Bondad graciosa! ¿Eso es cierto? Eso merece una celebración por todo lo alto. ¿Tendrá invitados, verdad?
—Sólo dos.
Justin se mesó el bigote.
—Hoy no podré acompañarles, pero cuente conmigo para mañana. Claro que sí. ¡ADRIANA, TE ENCARGO LA COCINA! ¡VUELVO EN MEDIA HORA! Shall we?
Le ofreció el brazo a Esperanza, quien, con una sonrisa radiante, lo tomó.

Entraron al supermercado y de inmediato fueron reconocidos por los empleados. Justin, evidentemente, se comportaba como el dueño del lugar. Apuntaba y daba órdenes, y los empleados acataban todo lo que les decía. Esperanza en su vida había visto un pavo más grande, o tomates tan rojos, o ejotes tan verdes… Sin necesidad de ver absolutamente nada de su menú, Justin ordenó lo suficiente para dos comidas, una de cuatro personas para esa misma tarde, y una de seis para el día siguiente.
—Iré, si no tienes inconveniente, con mi esposa. Y los tres cocinaremos ese día. Hoy prepararás una cena tradicional, y mañana comeremos como en Inglaterra, y verás que a Dexter se le alegra el corazón y se le ahogan los ojos de la nostalgia.

Compró los ingredientes para preparar sopa de puerros, un enorme pavo con patatas, cerdito envuelto, coles de bruselas, salsa de pan y jalea de arándano, pastel de fruta con mazapán y un vino sin alcohol —conocedor de lo que Dexter era capaz de hacer con un poco de etanol en la sangre— para poder brindar.
—No es una celebración si no brindamos. Y esto funcionará sin que recorramos ese camino una vez más. Mañana te contaré la historia. Y yo llevaré los ingredientes, querida, no te preocupes por eso. Ahora, mientras empacan todo, vamos a mi cocina para enseñarte lo que debes hacer…

Una hora después, Dexter la miró entrar con una impresionante cantidad de bolsas. Su corazón dio un vuelco; su preocupación se había desvanecido y se relajó. Se dio cuenta de que necesitaba a la muchacha en su vida. Había pasado demasiado tiempo solo… Y entonces se movió para ayudar a la joven a llevar las bolsas a la cocina.
—Tendremos invitados —le recordó Esperanza, dándole un beso fugaz y una palmada en el pecho—. Báñate y recórtate la barba.
Agradablemente sorprendido —¿qué le había pasado a la chiquilla tímida y asustada que conoció hace dos meses?— Dexter sonrió e hizo una reverencia.
—Como gustéis, milady.

 

Anna y Chandler llegaron con pocos minutos de diferencia. Dexter los recibió, dado que Esperanza estaba muy ocupada cocinando. Por cortesía, los recién llegados fueron a saludarla. Anna no pudo reprimirse y preguntó:
—¿Cómo? ¿Además cocinas?
—Asistente personal, ¿recuerdas?
—Y, bueno, desde que enviudé soy un inútil para eso. Ya lo era antes… —dijo Dexter, sonriendo.
Instantes después, Chandler estaba revisando los buzones de correo de Dexter.
—No puedo creer que tenga tanto tiempo sin actualizarlos, señor.
—No tengo excusa.
—Es peor que eso… es que pudieron haber entrado a su buzón desde afuera y utilizar su firma… Evidencia forense. Necesito evidencia forense… debo trabajar desconectado de la red. Ahora, si revisamos por aquí…
—Los dejo trabajar. Si me necesitan estaré en el estudio, revisando algunos datos.

Anna iba ensamblando la historia conforme revisaba la correspondencia. El primer año no tenía nada de especial. La empresa marchaba por sí misma. El segundo, ahí empezaron a notarse cambios, cuando se hizo evidente que Dexter no regresaría a la empresa. Se contrató a un despacho externo, Fillmore y Asociados, para administrar la empresa. Fillmore comenzó a hacer cambios. A Dexter no le importaba —después de todo, estaba borracho la mayor parte del tiempo, tratando de olvidar— así que Fillmore comenzó a redactar los memorandos con una terminología legal cada vez más compleja, y adoptó la práctica de enviar un resumen en lenguaje simple… un resumen que estaba apegado al contenido, pero no realmente exacto. No parecía haber muchas discrepancias, —un aumento de 1% en los bonos de los empleados de alto nivel por aquí, una mayor iguala para Fillmore por allá— y de manera individual no se notaría la manipulación. Además, le serviría para probar si Dexter en realidad estaba prestando atención. Al final del segundo año se realizaron cuatro contrataciones por parte de Fillmore, pero que en realidad estaban en la nómina de Dexter. Y en el tercer año se realizó la apertura de cuatro cuentas de ahorros, supuestamente para administrar ahí un ahorro voluntario para los empleados…

…y no se notificó a los empleados de la existencia de una de ellas. Chandler revisaba furiosamente para tratar de localizar el código que el programa de contabilidad interno empleaba para depositar dinero en esa cuenta.
—Debe estar por aquí… Y es una cuenta segura pero con código predecible. Es código ofuscado, no tengo duda de ello.
—¿Estás seguro?
—Si encuentro el código, podemos entrar a la cuenta y descargar los estados de cuenta… si no, podremos encontrar otras maneras de hacerlo. La cuenta tiene la autorización del jefe, pero también de los otros. Si la cuenta la querían para acceso rápido, hay dos modos de entrar a ella. La primera es por un generador de códigos de un solo uso por software, y la otra es un generador de códigos por hardware. Los tres generadores que tenemos son de hardware, pero esta no lo sé. Si es por hardware, no podremos romperlo y esa cuenta estará vacía. Pero si es por software hay una pequeña esperanza. Soy buen criptógrafo…
—No te entiendo nada.
—Concéntrate en saber si a esa cuenta se le hicieron más movimientos. Un cambio de firmas, o cambio de seguridad, o si se requería la firma del jefe, o algo… te voy a encontrar, desgraciada, te voy a encontrar…
Tomó un sorbo de la taza de café. Si se le hizo raro tener una taza de café en la mesa, no dijo nada. Anna miró a su lado. Ella también tenía una taza de café. No había escuchado entrar a nadie…

En el estudio, y aún con la jarra de café recién hecho en la mano, estaba Esperanza. Comenzó a servirle el café a Dexter, con dos de crema y dos de azúcar. Double-double, lo llamaba Justin.
—¿Puedes ayudarme?
—Claro, ¿qué necesitas?
—Partirle el esternón al pavo.
Dexter inclinó la cabeza y sonrió, más por confusión que por otra cosa.
—¿Partirle qué a quién?

El pavo era un animal rotundo en todos los sentidos, pesando casi los diez kilogramos. Pero Esperanza era una joven que apenas pesaba 42 kilogramos —y eso que, pensaba Dexter, ha subido de peso desde que llegó— y no podía ejercer aún mucha fuerza física, aunque su objeto de violencia fuera un pobre pavo que pesara la cuarta parte que ella. El pavo estaba ya casi preparado. La joven había cortado carne aquí, carne allá, y tenía los aliños alineados en la mesa de preparación. El pavo estaba ahí, sobre la charola, esperando.
—¿Por qué quieres romperle el esternón?
—Para que tarde menos en cocinarse.
—Para que tarde menos… No entiendo…
—Estuve estudiando termodinámica anoche. El calor se transmite por convección, y tarda más en entrar si la superficie se parece a una esfera. Y el pavo es muy redondo. Se me ocurrió que si aplasto el pavo por el centro para aplanarlo entonces podré cocinarlo en menos tiempo, porque el calor se distribuirá mejor. Así que tendré más superficie exterior, y aunque no estará relleno, eso lo puedo compensar…
—Tiene sentido. Nunca se me hubiera ocurrido.
—Entonces, por favor, rómpele el esternón. Aplástalo por el centro.
Dexter pesaba 90 kilogramos. Ya no era precisamente el atleta que antes fue, pero aún se conservaba lo bastante fuerte como para que, apoyando su mano izquierda sobre el pavo, rompiera las costillas del animal.
—Vaya —dijo Dexter— tienes razón. Quedó plano.
—Gracias. Ahora vete a trabajar. En un momento les llevaré algo de almorzar.
—No tienes qué hacerlo.
—Es mi cocina, son mis reglas. Cuando cocines tú tú pondrás tus reglas.
Dexter miró a la joven a los ojos. Hablaba en serio. Le gustaba que hablara en serio.
—Como gustéis, milady —dijo, finalmente.
—Anda, vete ya —dijo Esperanza, dándole otro fugaz beso.
Dexter salió de ahí, sonriendo como un idiota.

Día de muertos (23)

23 de diciembre.

Russell no estaba conforme con el desempeño de sus abogados ni de sus contadores. No lo hubiera estado ni siquiera si les hubieran concedido un premio Nobel, a fuer de ser sinceros. Los pobres muchachos, algunos recién graduados, otros en los últimos semestres, estaban devastados y sólo esperaban la llegada de las navidades para poder descansar un poco. La oficina todavía tenía el calor propio del concreto que fraguaba. Los abogados acababan de empezar su día. No les pagaban horas extras; en cambio, les daban jugosos bonos. Muchos de ellos, de ganar el caso, podrían terminar de pagar su educación. Algunos incluso podrían comprar casa.

La señorita Bell estaba, ese día, especialmente irritable. Su cubículo era insuficiente, sentía, aunque era el más grande de todos. Un cubículo de dos por dos metros, con una pequeña ventana que dejaba pasar el aire fresco, pero también el ruido de la manufactura de la concretera, a pesar de estar lo más alejada posible. Sentía que su dolor de cabeza se convertiría en migraña en cualquier instante. Necesitaba salir de ahí si quería conservar su cordura. Se puso de pie, tomó sus archivos más importantes, y se fue a la oficina central de la concretera. Necesitaba hablar con alguien de cualquier cosa que no fuera del caso. Llevaba diez horas revisando estados financieros y tenía una idea de lo que estaba pasando, pero no cómo se había hecho. Necesitaba pensar fuera de la caja.

Antes de entrar a la oficina del director general, entró al baño. Se miró en el espejo y no le gustó lo que vio. Tomó su largo y lacio cabello negro y lo trenzó. Era su manera de relajarse. Una joven entró.
—Oh. Perdón.
—No hay problema. Está libre.
—Oh. Gracias.
Esperanza eligió el cubículo más alejado. Anna terminó de trenzarse el cabello y comenzó a desmaquillarse. Necesitaba relajarse. Necesitaba pensar. Tenía los ojos cerrados cuando Esperanza abrió la llave del agua contigua.
—¿Te sientes bien?
—Sólo un poco cansada.
—Eres una de las abogadas del doctor Nails, ¿cierto?
—Sí —comenzó a secarse la cara. Esperanza retocó un poco su maquillaje.
—¿Puedo preguntar qué haces aquí?
—Tengo que hablar con el director, el señor Hand.
—No creo que esté disponible. Últimamente se la pasa más tiempo en investigación y desarrollo que aquí.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Crees que si voy con su asistente y le explico la situación me pueda atender?
—Depende de la situación.
—Bueno, no sé si tú puedas ayudarme. Necesito revisar la correspondencia entre el señor Fillmore y el señor Hand.
—¿Para qué, si puedo saberlo?
—En algún punto se abrieron varias cuentas bancarias, y al menos una de ellas fue usada para desviar fondos. Tenemos bloqueadas todas las cuentas que encontramos, pero probablemente se nos haya ido alguna. Dado que toda decisión en la empresa tuvo que ser aprobada por el señor Hand, pues el administrador no tenía poderes absolutos, y no se constituyó en sociedad anónima sino hasta dos años después de fundada, sospecho que Fillmore creó una cuenta secreta, pero hizo que el señor Hand diera su visto bueno.
Esperanza miró a la joven. No parecía ser mucho mayor que ella… bueno, aunque seis años de diferencia parecían mucha diferencia. Debía ser una de las recién graduadas de las que habló maravillas Rusty Nails.
—Vamos a mi oficina. Te conseguiré lo que necesitas.
—Gracias. No te conozco, perdón, ¿eres…?
—Esperanza. Soy la asistente personal de Dexter Hand.
Anna intentó disimular como pudo la sorpresa.

 

La oficina era enorme, y la mesa de concreto estaba llena de libros, cuadernos y notas. Cuatro monitores completaban el panorama. Pero mientras que el sillón de Dexter permanecía vacío, Esperanza tenía su propio sillón, más pequeño, del otro lado. Invitó a Anna a sentarse mientras llamaba a Dexter. Miró la altura del sol por la ventana. Pronto oscurecería. Y todavía no habían discutido la cena de navidad. Ni su cumpleaños. Sacó un par de botellas de agua del pequeño frigobar y le dio una a la joven, quien se la llevó a la frente mientras cerraba los ojos.
—¿Puedes venir a la oficina? —fue lo único que dijo. Un instante después, cortó la comunicación.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Dime.
—¿Desde hace cuánto trabajas para el señor Hand? No estás en la nómina.
—Tengo poco con él. Todavía no cumplo dos meses con él.
—Ah, ya. Entonces estás a prueba.
—Podemos decir que sí —dijo Esperanza, tomando un libro y comenzando a tomar notas.
La fachada de asistente ejecutiva era más efectiva si te veían haciendo algo, se decía. Funcionaba. Además así podía estudiar para antes de regresar a la escuela. Si regresaba. Estaba pensando que podría hacer la preparatoria en línea… sería mucho más fácil si había tantas cosas qué hacer en la empresa. Aunque también quería ir a la escuela. Hacer amigos. Extrañaba a sus amigos de la secundaria…
—Dicen que el señor Hand era un recluso en su propia casa, ¿es cierto? No es necesario que me respondas si me entrometo en sus asuntos…
—No, es cierto. Cuando lo conocí llevaba casi cinco años sin salir de su casa. Aunque no era un recluso exactamente. Tenía una depresión muy fuerte.
—Supe que su esposa murió.
—Sí. También su hermana. El mismo día. Y su esposa estaba embarazada.
—Yo también me hubiera deprimido. ¿Crees que por eso se aprovecharon de él?
—No sé, tú dímelo, eres la abogada.
—Pero no lo conozco.
—Sé que es un hombre bueno. No conozco a muchos hombres buenos.
—¿Y su brazo?
—Hace un mes alguien, no me quiero acordar de él, quiso abusar de mí. Dexter lo paró en seco de un puñetazo.
Anna se inclinó hacia la joven, admirada.
—¿De verdad? Ay, no conozco a muchos que hubieran hecho eso por mí…
—Es porque aún eres joven —dijo la voz de Dexter, quitándose el mono lleno de tierra en el marco de la puerta—. Bueno, aquí me tienes. ¿Qué necesitas? Esperanza no me llama si no es particularmente urgente.

En pocas palabras Anna le informó la situación. Dexter escuchaba tranquilo la hipótesis que le planteaba la joven abogada.
—Así que, resumiendo, si encuentro que en alguna parte de la correspondencia se autorizó una cuenta, o un poder para abrir cuentas, y puedo rastrear esa cuenta, podremos armar un caso completo.
—Tú me dices que es una cuestión de redondeo. ¿Cómo lo sabes? Es decir, no dudo de tu palabra, tiene sentido, pero todos los estados de cuenta que recibo tienen centavos. Si se tratara de redondeo no deberían venir centavos, ¿o sí?
—Bueno, es que es un poco la mentalidad de ingeniero que tiene usted. Yo antes de estudiar para abogada quise estudiar economía, pero no me atrajo lo suficiente. Aún así aprendí a usar todas las fórmulas económicas y me han servido mucho para mi trabajo de fiscalista. Hay ocasiones, y estoy segura que aquí se emplea de manera constante, donde para obtener precios unitarios se trabaja con submúltiplos de centavos. No parece mucho, pero supongamos que para la obtención del precio del metro cúbico de vidrio los precios se calculan con seis decimales, que es lo más común. Si se reduce la precisión de seis a cuatro decimales, en cantidades mínimas no se nota ninguna diferencia. Sólo en el volumen. Con cuatro decimales y millones de toneladas de vidrio al año, esos dos decimales acumulados pueden ser cantidades importantes. Aunque sólo fueran, digamos, veinte mil, también podemos acumular esos decimales para los costos de la grava, y de la arena, y del cemento, y de todo lo demás. Pronto tendríamos acumulado un déficit de cien mil, o más…
—Te sigo. Tiene sentido. Nosotros no solemos trabajar con tanta precisión en ingeniería porque no tiene mucha aplicación práctica. No podemos garantizar que nuestras cosas sean homogéneas, así que preferimos errar poniendo más material.
—Lo se. Mi padre es ingeniero civil y siempre nos decía que no podía confiar en que sus trabajadores hicieran exactamente lo que se les pedía que hicieran, así que confiaba en que las tolerancias hicieran su trabajo.
—Exacto. Entonces, me dices que el problema es que pudieron estar rasurando los decimales.
—Sí. Hay un par de ingenieros revisando los programas de contabilidad, y los contadores están auditando todo a mano, pero creo que les facilitaré mucho las cosas si encuentro esa pieza.
Dexter meditó un instante y soltó un suspiro.
—Está bien. Todos los archivos están en mi casa. ¿Cuándo quieres empezar?
—Me gustaría empezar mañana mismo, pero sé que no es posible…
—Mañana es la víspera de navidad.
Anna bostezó.
—Perdón, estoy muy cansada. No voy a regresar a casa para navidad. Nunca lo hago. Ni siquiera para año nuevo. Prefiero trabajar.
—¿Por qué no?
—Es mucho viaje. Bueno, mi pueblo queda muy retirado. Seis horas de viaje por carretera desde la capital. Es estúpido que la gente quiera vivir en plena sierra. Además tengo que regresar pronto. Y estarán todos mis parientes. Prefiero no ir. No tengo nada en común con ellos.
—Bueno, en ese caso, si no tienes planes, ¿por qué no vienes a cenar con nosotros? —preguntó Esperanza.
—No quisiera molestar.
—No es molestia. Tú puedes revisar los archivos mientras yo cocino la cena.
—¿Cómo, también cocinas? —dijo Anna, señalando todo sobre el escritorio— ¿Cómo es que tienes tiempo para todo esto?
—Hey, asistente personal, ¿recuerdas?
Dexter, que se mesaba la barba, dijo al fin.
—Está bien. Me hace falta el descanso. No puedo trabajar tan bien como quisiera con la mano enyesada. Pensándolo bien —miró a los ojos a la abogada— trae a tu compañero, el informático moreno tan eficiente… Lear, me parece.
—¿Chandler? —dijo la joven, sonrojándose.
—Chandler Lear, sí. Me parece que el podrá acceder a mis sistemas. Son ya un tanto… primitivos. ¿Podrías hacerte cargo, querida?
—Claro. Para eso soy tu asistente personal —sonrieron. Esperanza ya realizaba la llamada.

Día de Muertos (22)

3 de diciembre.

Erwin bajó del auto con un maletín de apariencia sólida.  No podían verse más distintos. Al contrario del día anterior, Dexter llegó con ropa de trabajo; Esperanza, en cambio, seguía tan elegante como el día anterior. Le había costado trabajo decidir qué ropa usar; se decidió por otro conjunto sobrio en pantalón negro, blusa gris y chaquetilla grafito, que había pertenecido a Consuelo. Erwin la miró; era, sin duda, como ver a Consuelo, pero con la cara de Griselda. Sintió una oleada de nostalgia; sin duda, Dexter sentía lo mismo. O más.

Antonio les abrió la puerta y los condujo a la oficina. Esperanza, conteniendo los nervios, se encargaría de revisar los currículos de los empleados, separándolos para que Dexter pudiera elegir a quienes ocuparían las vacantes. Dexter, en cambio, iría a investigación y desarrollo y visitaría toda la línea de producción.
—Estarás bien —le dijo Dexter, antes de salir—. Sólo no dejes que nadie se entere que aún no has empezado la preparatoria —le indicó a Erwin.
Le dio un beso en la mejilla y un abrazo, y la dejó con la pila de archivos. Esperanza no sabía dónde empezar…

 

Dexter se sentía en su elemento entre máquinas y mugre. Con el desparpajo propio de quien escribió la teoría y la puso en la práctica, llegó a hacer chuza con la gente de I+D, algunos de los cuales lo miraban como si fuera un dios bajado de los cielos. Pronto Dexter se puso a trabajar. Los técnicos lo miraron sorprendidos; los ingenieros, asombrados. Tomó un puño de arena de vidrio y la pasó entre los dedos.
—Esto es inaceptable —dijo—. Siento que en cualquier momento me voy a cortar. La arena no debe ser perfectamente redonda, pero tampoco debe estar tan lajada. Esto es inaceptable. Quiero una arena que se sienta como arena de río.
—Pero no usamos arena de río, señor.
—¿Qué? ¿Usan sólo arena de banco?
—Usamos arena de grava, señor.
—¿Y con qué muelen la grava?
—Con la máquina para moler vidrio, señor.
—No me extraña que no siga mis especificaciones. A ver, quiero que comiencen un plan para poner en funcionamiento dos máquinas nuevas. Una para moler la grava y otra para moler el vidrio, siempre separadas. Esta máquina la vamos a dar de baja porque lo digo yo. Y vamos a traer arena de banco. No quiero que mi granulometría se aparte de la norma ideal ni en un dos por ciento. Cuando lleguemos a eso, vamos a trabajar en la abrasión del concreto. Esa impresión modular tiene que realizarse de manera tal que el ensamble sea mínimo. Trabajaremos en un prototipo perfectamente funcional. Vamos a mudar toda la planta a otro sitio, más alejado de la ciudad. Y como vamos a comer nuestra propia comida de perro, vamos a diseñar una ciudad fuera de la ciudad para nosotros.
—Pero, señor, ¿y esta planta?
—Será nuestro centro de distribución, por supuesto, pero no fabricaremos ya concreto aquí. Ah, y tampoco crean que este plan lo ejecutaremos de un día para otro. Lo haremos en diez años.
—Muy bien, señor, pero, ¿y quién va a supervisar la obra?
—Yo. Ya va siendo tiempo que asuma mis responsabilidades.

 

Esperanza leía los archivos, y separaba los que ella veía más prometedores. Erwin revisaba todos los asuntos legales. Todo parecía estar en regla; pero sólo lo parecía. Lo suyo no era el derecho fiscal, pero algo lo hacía sospechar. Hizo una llamada.
—Con Russell Nails, por favor. Erwin Jiménez.

10 de diciembre.

—¿Estás completamente seguro, Rusty? —preguntó Dexter. Su mono de trabajo estaba aún cubierto por una fina capa de polvo de vidrio, y aún no se lo había quitado del todo. Tampoco le importaba ensuciar todo en su oficina; era su oficina, después de todo. La aspiradora se encargaría de limpiar.
—Sin duda, Dex. Fue bueno que congelaras las cuentas el mismo día que asumiste otra vez el control.
—Que di el autogolpe de estado.
—Como quieras decirle.
—Pero, ¿tanto dinero?
—Tanto.
—Haciendo una extrapolación rápida, en tres años estos cabrones hubieran matado a la gallina de los huevos de oro.
—Dos. Y todavía no encuentro dónde están los pasivos faltantes. Tengo a todo mi despacho trabajando en este caso.
—¿Erwin?
—Sabes mi opinión.
—Sí, pero quiero oírla.
—Si Rusty puede encontrar pruebas suficientes de aquí a marzo, yo me encargaré de lo demás.
—¿Y del otro caso?
—Pan comido. Curioso, déjame ver… Sí, también sería en marzo.
—Muy bien. Quiero contratar sus servicios en exclusiva de aquí a marzo.
—Sabes tan bien como yo que eso no es posible. Pero te pondré como cliente preferente si estás dispuesto a pagar un bono extra para que contrate becarios nuevos.
—¿Esclavitud moderna? —sonrió Erwin.
—Prefiero el término «ofrecer experiencia».
Dexter se sentó en el viejo y confortable sillón. Puso los codos sobre el escritorio de concreto pulido y las manos frente a la boca. La luz se reflejaba en los anteojos de seguridad, las mangas del mono de trabajo tocando el piso.
—¿Qué más sabemos de esos traidores?
—Yo lo sé —interrumpió Esperanza, entrando con una tableta en la mano, agitada.
Todos se giraron a verla.
—Fue por casualidad. Estaba revisando la ortografía de un nombre y me encontré ésto —le pasó la tableta a Dexter. Miró a la joven a los ojos: estaba pálida.

 

Dexter miraba fijamente la Historia Universal. Necesitaba un trago. Aquello era algo que no podía procesar sin un trago. Que su empresa hubiera contratado a aquellos hombres… La crónica decía que sólo quien había disparado el gatillo había sido procesado con todo el peso de la ley. Los tres cómplices sobrevivientes habían recibido penas menores porque se habían entregado. El cuarto había muerto por el disparo del francotirador y se había llevado con él a Remedios. Que los otros tres se hubieran entregado cuando supieron que al asesino lo habían acribillado por resistirse a la autoridad —y por idiota, pues se requiere ser especialmente denso para enfrentarse con una glock con 5 tiros útiles  a un camión con veinte policías con armadura y rifles de alto calibre— no minimizaba el hecho de que habían sido parte del grupo. Siempre había creído que había que darle una segunda oportunidad a las personas…

…Pero aquello era más de lo que podía soportar.

El silencio era tan denso que podía cortarse con motosierra, pensó Erwin. Estaba preocupado. Y si él estaba preocupado, Dexter estaría hecho pedazos. Miró a Rusty. Habían sido compañeros desde la escuela secundaria, y se habían vuelto abogados juntos. Se conocían bien. Russell sabía muy bien lo que estaba pensando Erwin.
—Alguien tuvo que estar detrás de eso. Ellos no pudieron haberlo planeado solos. Y la única persona que se me ocurre…
—Fillmore.
—Sí. Fillmore fue contratado y trajo a sus colaboradores más cercanos. Una manera de limpiar sus currículos.
—Pero no tiene sentido —dijo Esperanza—. Ellos entraron mucho después que Fillmore.
—Pero para entonces Fillmore ya sabía que Dexter no iba a regresar. Aprovechó la coincidencia.
—Es demasiada coincidencia.
Dexter se puso de pie. Caminó hasta la historia universal.
—Sólo si crees en coincidencias. Yo creo en un plan que se puede modificar.
Abrió la historia universal. Ahí estaba la botella de coñac, vacía; los vasos, sucios. Pero había algo más.
—Quiero a ese cabrón pudriéndose en la cárcel. Apuesto el huevo derecho a que el cabrón guardó aquí los datos de sus cuentas secretas. A nadie se le hubiera ocurrido buscar en mi oficina, y menos si siempre estaba vacía.
Le pasó la caja a Russell. Adentro, generadores de contraseñas y un diario de contabilidad.
—No tendrás a mi firma en exclusiva, pero a mí sí. Necesitaré un par de oficinas para que mis abogados trabajen aquí.
—Te construiremos tres junto a las canchas. Esperanza, encárgate de que todos sepan lo que se viene. Que Antonio y Carlos vayan a verme a I+D. voy con los muchachos. Necesito un trago, carajo, necesito un trago y no pienso dejarme dominar…
—Me hago cargo —dijo Esperanza.
Se sentía abrumada por la tarea. Por la responsabilidad. En un instante pasó de ser una niña asustada en un lugar extraño a ser una mujer de negocios. Aún no cumplía los 16 años y ese no era su mundo…
Miró a Erwin.
—Lo harás bien.
—No es eso… Es que a esos hombres los he visto antes.
—¿Dónde?
—En la casa de mi… de mi…
—Ya. No te reconocieron.
—No. Me veo muy diferente con maquillaje.
Erwin adoptó la postura del Pensador de Rodin.
—Necesito hacer unas llamadas. Sospecho que para estas horas ya se reunieron todos. Podemos tener un problema… y temo por tus hermanas.

Día de Muertos (21)

2 de Diciembre.

—La película es muy buena —comentó Esperanza mientras desayunaban— pero me está gustando más el libro.
—Y es curioso, porque al autor no le gustaba. Menos después de que le mutilaran el último capítulo.
—Bueno, a mí también me hubiera enojado. Dicen que es necesario haber vivido algo para poder escribir sobre ello. ¿Es cierto?
—No. Mira mis libros: yo no como mariscos pero mis personajes se regodean comiendo camarones y langosta. Mis libros están bien documentados (y quizá por eso no se vendieron tan bien) pero nunca he hecho ni la mitad de las cosas que he escrito. Excepto en uno.
—Ese que no publicaste.
—Sí.
—Deberías volver a escribir.
—No creas que no lo he intentado. Es sólo que no quiero volver a escribir novelas. Quiero hacer algo más duradero.
—¿Como por ejemplo?
—Libros de texto. Generaciones y generaciones educadas gracias a mi esfuerzo. Bueno, puedo soñar —dijo, mirando a la joven.
—Está bien. Me gusta la idea.
Observando la cocina, Dexter pareció descubrir algo diferente.
—¿Qué le estás haciendo a mi casa?
—Decorando para navidad. ¿Te molesta?
—No, todo lo contrario. Eran Remedios y Consuelo las que decoraban. A mí nunca me ha gustado decorar.
—Entonces… ¿Puedo utilizar las cosas que están en la segunda habitación?
—¿Hay cosas en la segunda habitación?
—Tomaré eso como un sí.
—No me lo tomes a mal, pero en lo que a mí respecta el ama de casa eres tú.
—Okey.
—Todavía no tengo idea de por qué llegaste a mi vida pero lo agradezco.
—Y yo a ti.
Se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Ahora desayuna. Se va a enfriar.

Al contrario de otras ocasiones, esta vez Dexter revisó los archivos completos que le enviaron de su negocio. Las cifras estaban en negro, como siempre, pero había un par de archivos que le interesaron. Del área de investigación y desarrollo había llegado un par de memorandos y una solicitud para hablar con el jefe —o sea, Dexter— pero el administrador había denegado la solicitud. Se preguntó de qué se trataba. Llamó a su compañía y pidió que lo comunicaran con I+D. Nadie lo reconoció —¿cómo podrían, si no había ido en 5 años? — y se tardaron en comunicarlo. Pero su esfuerzo valió la pena.
—Investigación y Desarrollo.
—Muy buen día, joven. Tengo aquí unos memos en donde solicitan que el director de la compañía apruebe unos proyectos. ¿Sería tan amable de informarme de qué van esos proyectos?
—Pero fueron denegados.
—Y yo tengo línea directa con el patrón. ¿De qué van esos proyectos?
—Bueno, en principio estamos trabajando en un sistema de impresión tridimensional de módulos constructivos, pero necesitamos modificar parte de la infraestructura existente para hacer las pruebas…
—Muy bien, me gusta la idea hasta ahora, ¿Qué más?
—El problema es que las impresoras constructivas no trabajan todavía con armadura de acero, y queremos probar que es posible que la misma impresora, en conjunto con un robot soldador, fabrique toda una habitación de manera modular. Dado que nuestro concreto…
—Precisamente, permítame la interrupción. He notado que hay una cierta variación en la calidad del concreto, que no entiendo por qué está dando una menor resistencia a la esperada. Aún así es mejor que el concreto normal pero poco a poco está descendiendo. ¿Por qué?
—A eso iba. Nuestro concreto está ahora en la escala gruesa de los agregados finos, lo que lo vuelve muy abrasivo. Le hemos explicado eso a la administración pero no nos hacen caso. Y como el concreto ya es muy abrasivo necesitamos máquinas mejoradas, y la impresión en tres dimensiones requiere…
—Otra vez permítame. ¿Por qué es más abrasivo el concreto? Se supone que la granulometría de inertes finos debe estar lo más posible en el centro de la escala, y complementar los áridos finos.
—Es cuestión de costo, señor. Se ha descuidado la calidad para mantener bajo el costo.
—¿Quién dio esa orden, lo sabe?
—El administrador nos dijo que el dueño quiere maximizar los beneficios…
—Interesante. Aquí tengo que los beneficios se han mantenido constantes a pesar de vender más. ¿Han recibido ustedes bonos de productividad?
—No, señor.
—En ese caso, joven, recibirá usted la visita del propietario de la empresa esta misma tarde. Necesitamos discutir esto en persona.
—Muy bien, señor. ¿Con quién tuve el gusto?
—Hand. Dexter Hand. Lo veré esta tarde.
Cortó la comunicación. Del otro lado de la línea su interlocutor se había quedado pasmado.

 

Entraron a las oficinas con una coreografía cuidadosamente planeada para parecer espontánea. Vestido con un traje color gris, con guantes, gabardina de cuero, bufanda y anteojos oscuros, Dexter entró empujando la puerta derecha. Con una falda de lápiz y chaqueta color grafito, una blusa entallada color negro y un abrigo de cuero gris, Esperanza entró por la puerta derecha quitándose los anteojos negros. Miró directamente a la recepcionista.
—El doctor Dexter Hand ha llegado. Tenga la bondad de avisar de nuestra presencia.
Como esperaban, la recepcionista y el personal de seguridad se pusieron a trabajar de inmediato, mientras Dexter y Esperanza se dirigían al ascensor.
—¡No pueden entrar así!
—Claro que podemos —dijo Esperanza, sacando del maletín la identificación de su jefe—, porque es SU empresa.
El guardia de seguridad examinó el documento, tragó saliva, y dijo, humilde:
—Lo siento, señor. No lo reconocí.
—No hay problema —dijo Dexter—, pero que no vuelva a suceder. Ahora llévanos con el señor Fillmore.
El guardia asintió, insertó una tarjeta en el ascensor, y presionó el botón.

 

David Fillmore estaba ocupado hablando, con los pies encima del escritorio, cuando Esperanza abrió la puerta. Entró y de inmediato colocó el maletín sobre el escritorio, mientras Dexter se sentaba. El guardia de seguridad se quedó en la puerta, por instrucciones de Esperanza. La delgada joven, cuando endurecía el rostro, era temible.
—Te llamaré después —dijo Fillmore, cortando la comunicación.
—Le contarás una triste historia, seguro —dijo Dexter, sacando una cigarrera del abrigo.
—No se puede fumar aquí.
—Puedo hacer lo que se me pegue mi chingada gana —dijo Dexter, quien, por cierto, no fumaba— porque es mi empresa. Ahora quiero que me expliques por qué el producto que estás vendiendo bajo mi nombre no cumple con las especificaciones mínimas. No me salgas conque sí lo hace porque sé que no es verdad.
—Estoy haciendo lo que hago mejor. Administro tu negocio. Tú deberías hacer lo que haces mejor: encerrarte en tu casa y dejarme hacer mi trabajo.
—Muy bien —encendió el cigarrillo—. en ese caso estás despedido. Y no se necesitarán ya los servicios de tu firma legal —se volvió al guardia de seguridad—. Estimado Antonio, hágame el favor de cerrar las puertas de toda la empresa, suspender actividades y convocar a una reunión general en el auditorio para dentro de exactamente una hora. Fillmore, te vas a quedar aquí hasta que anuncie lo que está pasando. Si encuentro que has estado malversando mis fondos, yo personalmente te voy a arrear un derechazo en la quijada que te dejará sorbiendo alimentos con popote por seis meses.

La empresa no era muy grande, pero ya estaba prácticamente en el tope de la definición de mediana empresa, siendo una industria con 230 empleados. El auditorio, que era en realidad el comedor industrial, estaba abarrotado. Dexter subió a una mesa y se hizo el silencio.
—Buenas tardes, jóvenes. Sé que no me conocen de vista, pero sin duda han escuchado hablar de mí —su voz sonaba firme y clara—. Soy el dueño del changarro, Dexter Hand. Estoy aquí porque he decidido volver a involucrarme en las operaciones diarias de mi empresa, merced a que he notado una cierta baja en la calidad de nuestros productos. Por ello he tomado la drástica y dramática decisión de remover al administrador general, David Fillmore, y su equipo inmediato de trabajo. Esta empresa volverá a la filosofía original bajo la cual la fundé hace siete años, y espero que todos mis empleados estén tan comprometidos como lo estoy yo con mi proyecto. Quienes no crean poder cumplir el decálogo de trabajo que me impuse cuando comenzamos, es libre de irse. Si no, los espero mañana a primera hora para comenzar a mejorar esta empresa y llevarla a la cima. Su primera misión, si deciden aceptarla, es informarme sobre las cosas que deberían mejorarse y presentarme un plan para hacerlo. Ninguna queja sin solución. ¿Estamos?
Sin esperar respuesta, bajó de la mesa. Los gerentes se le acercaron. Unos cuantos se dirigieron a la puerta. Esperanza los interceptó.
—Quiero sus renuncias por escrito a más tardar en veinte minutos.
—¿Quién te crees que eres, niña? —dijo un hombre gordo y medio calvo.
—La nueva directora de personal —dijo Esperanza, fijando sus penetrantes ojos negros en los del hombre.
—Tendrás mi renuncia el día que me muera —dijo el gordo, tomando a Esperanza por la solapa de la chaqueta.
—Eso podemos arreglarlo —dijo Antonio, el guardia, tomando la mano del gordo y apretando.
El gordo abrió la mano y soltó a la joven.
—Te vas a arrepentir.
—Ya me estoy arrepintiendo. Pero hay demasiada gente.
—Diecinueve minutos —informó Esperanza. El gordo se sacudió la mano y se alejó por el pasillo, echando chispas.
Antonio mandó instrucciones por radio. Esperanza escuchaba satisfecha. Ahora entendía que se sentía estar en una posición de poder. Era, al mismo tiempo, aterrador y emocionante.

De los gerentes y administrativos sólo cinco se fueron. El resto se quedó en la oficina de Dexter, que había estado vacía por años, pero seguía ahí. La Historia Universal seguía ahí: una pequeña botella y ocho vasos ocultos en la enciclopedia para las ocasiones especiales. Se preguntó si todavía estaría bueno el coñac que había dejado en su interior, pero no quiso abrirla para comprobarlo, no mientras Esperanza estuviera ahí. Se sentó en el sillón. Aún a pesar de los años, continuaba siendo un sillón bastante cómodo. Sería bueno descansar ahí después de un largo día de investigación y desarrollo, se dijo Dexter. El escritorio continuaba igual que el día que lo dejó. Debería felicitar a los empleados del aseo. Colocó las manos en el escritorio, y miró a su derecha e izquierda. Toda la cúpula estaba ahí.
—Muy bien. Muchos de ustedes me conocen. Yo los contraté.
Varias cabezas asintieron.
—Quiero felicitarlos por el trabajo que han estado haciendo. Sólo podemos mejorar. Ahora, libres de la influencia de Fillmore, quien según veo estaba haciéndose millonario a costa de la calidad, y sin mi permiso, vamos a desarrollar esta empresa hasta convertirla en la mejor del mundo. PEEEEEERO —dijo, haciendo especial énfasis— quiero también decirles que yo no estaré dedicado a estas actividades administrativas. Tampoco mi asistente ejecutiva personal, Esperanza —señaló a la joven a su lado— estará aquí permanentemente. No vamos a meternos en cómo trabaja la empresa. Yo estaré más bien en investigación y desarrollo. Espero que ustedes me mantengan informado de todo lo que sucede y me consulten cuando haya cambios radicales, mas no estorbaré en sus decisiones. Todo lo que sea necesario hacerme llegar deberá pasar por las manos de nuestro nuevo administrador general, y si él o ella pueden resolverlo sin consultarme, mejor para mí. Espero, entonces, que me informen qué es lo que está pasando, y tomaré una decisión sobre quién será el nuevo director general hoy mismo. Y mañana —dijo mirando a los jóvenes de I+D— comenzaremos a trabajar en el proyecto de la impresora que tienen ustedes en mente, después de comenzar a corregir la granulometría de los inertes que usaremos.

 

Cuando cerraron la puerta de la oficina y quedaron solos, Dexter dejó escapar un suspiro de alivio. Abrazó a la joven junto a él; pudo notar que estaba también temblando de emoción.
—Hacemos buena pareja, niña —le dijo.
Ella intensificó el abrazo. Dexter pudo oler el delicado perfume de la chica. Chanel número 5. Pudo sentir su cuerpo cálido y firme; se preguntó cómo una chica de quince años —casi dieciséis— podía actuar como toda una adulta madura y sabia. Se sentía feliz.
—Sí. Buena pareja —dijo Esperanza. Lo miró a los ojos. Sus labios estaban tan cercanos…

Día de muertos (20)

1 de diciembre.

Cuando despertó, Esperanza todavía estaba ahí, abrazada de él. Tardó un rato en asimilar que él se encontraba debajo de las frazadas y ella encima, y que la luz que se filtraba por la ventana era la luz del amanecer. El cuerpo le dolía, y su brazo derecho estaba desagradablemente entumido. Intentó no moverse, para no despertar a la joven, pero ella lo sintió y se puso de pie con rapidez. Antes de que pudiera reaccionar, le dio un vaso de agua y unas cápsulas y lo obligó a consumir su medicación. No podía decir nada. La garganta le dolía. No era la sensación familiar de la resaca: era un dolor agudo y constante. Claro, se dijo, como que ayer me abrí el cuello con una botella de vodka. Nunca más.

Esperanza lo ayudó a levantarse y lo guió hasta el cuarto de baño. Había olvidado que tenía una tina. Ella le quitó la ropa y lo guió hasta una pequeña silla bajo la ducha. El agua cálida comenzó a correr, y ella comenzó a lavarlo. Cerró los ojos. Se sentía tan bien…

Se abandonó a la sensación. El jabón se llevaba con él los malos recuerdos; el aroma lo hacía recordar sólo aquellas cosas buenas… Dos manos lavaban su espalda. El calor del agua y el calor de las manos lo hicieron recordar aquella vez bajo la lluvia de verano. Sólo podía escuchar la caída del agua. Sintió cómo dos delicadas manos empezaron a afeitarlo, con cuidado para no abrir de nueva cuenta la herida del cuello. Sintió cómo el agua cesaba de correr y las manos lo secaban con amor y cariño. No se había sentido así desde aquel día…

5 de septiembre. Hace 7 años.

Llovía. El auto se había detenido en el camino. A lo lejos, las luces de un pequeño pueblo. Cuatro kilómetros, juzgó Dexter, tomando en cuenta que acababan de pasar un anuncio que decía que el pueblo estaba a cinco kilómetros, antes de que el auto se quedara sin energía. No debían quedarse en el camino, y aquella lluvia duraría toda la noche, estaba seguro. Remedios había tomado la iniciativa y con sus cosas en una bolsa caminaba rumbo al pueblo. Dexter, resignado, la seguía. En un momento dado Remedios cayó a un charco y se lastimó el tobillo; Dexter tuvo que llevarla hasta el poblado. Tuvieron suerte: el único hotel del pueblo contaba con un temazcal. La dueña del hotel casi los mete a la fuerza. Los obligó a quitarse la ropa y la llevó a lavar, mientras ellos se limpiaban y calentaban en el agua caliente. Dexter limpió concienzudamente a su novia, y Remedios hizo lo propio con su novio. Eran perfectos el uno para el otro. Sus labios se unieron, sus manos exploraban sus cuerpos. Ya no les importaba nada; en el mundo sólo existían Dexter y Remedios…

—Te amo —dijo Dexter, mientras yacían en el suelo del temazcal, exhaustos.
—Te amo —dijo Remedios, acariciándole el cabello.
—¿Te casarías conmigo?
—Nada me haría más feliz.
Sus bocas volvieron a unirse en un beso largo y profundo.

1 de diciembre. 

Sintió que una mano se deslizaba por su bajo vientre. Tomó entonces conciencia de dónde estaba y con quién estaba. Detuvo la mano.
—No…
—Sí.
—No sabes lo que haces.
—Lo sé muy bien. Y quiero hacerlo.
—No. Eres muy joven para entenderlo.
—En veinte días cumpliré 16 años. No soy tan joven como para ignorarlo.
—No sabes lo que quieres.
—Lo sé muy bien. Déjame hacerlo. No es la primera vez.
—No. No…
Pero estaba débil y adolorido y dejó que ella hiciera con él lo que quisiera. El cuerpo le dolía…

 

Cuando recobró la conciencia, estaba de nueva cuenta en su cama, bajo las sábanas. Los analgésicos habían ya perdido su efecto. Esperanza estaba sirviendo un vaso de agua.
—Despertaste…
—Sí.
—Ten.
Los analgésicos. Necesitaba los analgésicos. Y algo para dormir. Tomó las pastillas y bebió toda el agua. Había algo más. La cena. No parecía gran cosa, pero se le antojó lo más apetecible del mundo. Pastel de carne, puré de papa y ejotes. Se sentó en la cama para comer, pero Esperanza lo obligó a recostarse.
—No soy un inválido.
—No me importa. Te vas a recostar.
Fue Esmeralda quien le dio de comer, pequeños bocados. De pronto se dio cuenta de que estaba escuchando la Novena. La Gloriosa Novena. No pudo evitar reírse.
—Es tan apropiado…
—¿De qué hablas?
—Soy Alex.
—No entiendo.
—Querida, ¿te apetecería ver una película conmigo? La Naranja Mecánica. Estamos justo en las últimas escenas. No sería justo contarte el final.

 

Día de muertos (19)

30 de noviembre. 

Miró el calendario. Miró el reloj. Media noche. No le gustaba esa fecha desde hacía cinco años. El brazo le seguía doliendo, y el hecho de que no se pudiera quedar quieto se lo recordaba constantemente. Se sentía recluido en su casa. Irónico, recordó, tomando en cuenta que se había pasado cinco años sin salir.

Necesitaba beber. Esa sed no se apagaba tan fácil. Necesitaba un trago, para olvidar que era el cumpleaños de su esposa. Esperanza había tirado todo el alcohol de su cava, pero no conocía aún toda la casa, estaba seguro. Bajó las escaleras con cuidado; aquellas escaleras nunca le habían inspirado confianza para apoyarse del lado izquierdo, a pesar de que sabía que eran sólidas y fuertes; quizá los años de bajar apoyado con su hombro derecho le daban esa impresión. La llave seguía ahí, en la cornisa de la columna, colgada en su clavo. El estudio estaba aún iluminado. Esperanza se había quedado dormida sobre un libro. El Baldor. No queriendo despertarla, le puso una frazada y apagó la luz. Tomó la llave de la columna y se dirigió a la habitación central de la casa. Esa donde Remedios y Dexter vivían felices, hace cinco años y un mes.

La cerradura se abrió sin hacer ruido. La penumbra se rehusaba a irse. Estaba completamente sucio. Por un momento le pareció que su esposa estaba con él. ¡La extrañaba tanto! La figura esbelta, la piel cobriza, el cabello negro, ojos color marrón… Le pareció poder oler su aroma, mirar cada uno de sus cabellos, contar cada una de sus pecas. Se acercó al tocador y pasó una mano, acariciando la madera. Miró el lecho nupcial, aún sin hacer tras tanto tiempo. Miró el armario. La caja aún estaba ahí. La botella aún debía estar ahí. Iba a ser una sorpresa, pero cuando se enteraron que Remedios estaba embarazada, Dexter tuvo que cambiar de planes. Se inclinó. Sí. Aún estaba ahí. En caracteres cirílicos, la palabra Nieve. El vodka lo saludó como un viejo amigo. Tomó la botella. Necesitaba olvidar, y aquella sed no se iba…

Cerró con cuidado la puerta. Subió las escaleras y se fue a aquella habitación que era su amiga y su tortura desde hacía cinco años y un mes. Destapar una botella con una sola mano era difícil, pero Dexter sabía cómo hacerlo. El aroma del vodka inundó sus fosas nasales.
Za sbychu mecht —Que los sueños se cumplan…
Y bebió. Bebió un largo trago y se tiró en el suelo a llorar. Recordó cuando le propuso matrimonio. Recordó cuando bailaron por primera vez. Recordó aquella vez bajo la lluvia, cuando se amaron por primera vez siendo ellos mismos y no las máscaras que siempre llevaban…

Bebió. Y bebió. Bebió para olvidar, pero no olvidaba. Los recuerdos llegaban más fuertes. Bebió media botella. Lloró al recordar lo que perdió. Bebió hasta llegar al fondo amargo. Remedios estaba ahí, en el marco de la puerta. Podía ver su cara de preocupación. Se puso de pie, tambaleante. Ella no podía estar ahí. No era Remedios. No era Remedios. Tomó la botella y la azotó contra el piso.
—¡Por qué me haces esto! —gritó, con una voz clara en la oscuridad de la noche— ¡Por qué no puedo olvidarte! ¿Por qué…?
Cayó de rodillas sobre los cristales. Tomó el cuello de la botella y lo puso contra su garganta.
—Por qué…
Aún alcanzó a ver que Remedios se acercaba a él antes de que todo se pusiera negro y rojo.

Despertó.

Estaba en una habitación blanca, sentado en el piso. Era un piso cómodo. Miró a su derecha. Una cascada de cabello blanco. Miró a su izquierda. Una cascada de cabello rojizo. Miró al frente. Una cascada de cabello negro. Se dio cuenta de quiénes eran.
—Están muertas. Las tres.
—Sí. Lo estamos —dijo Griselda.
—Yo también.
—No. Aún no es tu hora —dijo Remedios.
—No hay nada para mí en este mundo.
—Eso es cierto —dijo Consuelo—. Porque este no es tu mundo.
—Las extraño. Terriblemente.
—Nosotras no. ¿Cómo podremos extrañarte si ya hemos muerto?
—Pero están aquí…
—No, no lo estamos. Tú crees que estamos aquí.
—No quiero volver.
—No te has ido aún.
—Debes cuidarla.
—Hazlo por nosotras.
—Ella te ayudará.
Todo se puso negro…

Abrió los ojos. Al techo, pensó, le hace falta una mano de pintura. Le dolían los ojos. Le dolían las manos. Le dolía la cabeza. Le dolían las rodillas, las piernas, la espalda, el pecho. Alguien estaba junto a él. Trató de enfocar la vista. Estaba tendido en su cama, lo sabía, y junto a él había alguien. Una mujer. Una joven. Respiraba lenta y pausadamente. Algo caliente salía de su cuello La miró. Se parecía a Gris. Era Esperanza. Intentó ponerse de pie. La cabeza le daba vueltas. Una sustancia pegajosa manchaba su camisa.
—No te levantes, por favor.
—Esperanza… te fallé.
—Sé que es un día duro para ti.
—Te fallé. Te fallé. Te fallé.
—No me has fallado. Sigues aquí, con vida. Sigues conmigo.
—Las extraño tanto…
Dexter se abrazó de la joven, y sollozó.
—Necesito ayuda —dijo, antes de desmayarse una vez más.

 

Ixchel acomodaba el vendaje en el cuello y trató de olvidar el mal olor.  Dexter estaba bajo una pila de frazadas en su cama. La habitación ya la única que Esperanza no había limpiado aún.
—Vamos a hacer cambios en tu casa. Primero que nada, vamos a sacarte de esta habitación. Segundo, nada de dormir solo. No puedo confiar en que no cometas alguna locura sin que estemos en posibilidad de ayudarte. Tercero, medicación. Te voy a recetar naltrexona, acamprosato y disulfiram. Se acabó el alcohol para ti. Y cuarto, le sacaste un susto enorme a eta muchacha. Medio centímetro más profundo, o a la derecha, y hubieras llegado a la yugular, animal.
—Necesito ayuda…
—Y la vas a tener, quieras o no. No vas a arruinar todo lo que hemos avanzado por culpa de una botella.
—¿Dónde está Esperanza?
—En tu nueva habitación. Dioses, esto apesta…
—Lo siento. Pensé que podía.
—Vas a poder, créeme. Te quedará una cicatriz horrible pero no requieres hospitalización. Te voy a poner antibióticos hasta las cejas. Te podría poner un gato muerto en el cuello y no te pasaría nada. Pero le sacaste un susto de muerte a esa muchacha. ¿Se puede saber qué estabas pensando?
—Ayer vi a mi esposa, a mi hermana, y a la madre de Esperanza.
—Alucinaciones.
—Lo sé. Se veían como ellas, pero no eran ellas. Aunque me dijeron que cuidara a Esperanza.
—Harías bien en hacerle caso a tus alucinaciones. Esa chica te necesita tanto como tú la necesitas a ella.
—Estoy en el punto más bajo de mi vida.
—Ese ya fue. Ahora estás saliendo del agujero.
—No lo parece.
—A veces hay que ir más bajo para alcanzar impulso.
—No entiendo.
—Lo sé. No te preocupes, lo harás bien. Es sólo que nunca he podido entender qué le ven las jovencitas a hombres que se supone deberían ser maduros, como tú.
—No entiendo.
—Ya lo entenderás. Todavía faltan dos años.

 

Cuando los paramédicos se fueron, se dio cuenta que estaba en su habitación. Su verdadera habitación. Esperanza había limpiado concienzudamente todos los rincones. Era de noche, pero Dexter no podía dormir. No quería dormir. Esperanza se sentó en un silón, pendiente del reloj, de su paciente, y de los medicamentos. Dexter trató de evitar su mirada. Se sentía profundamente avergonzado de todo lo que la había hecho pasar…

Miró el libro que la joven estaba leyendo. Ya no era el Baldor. Estaba leyendo su tesis. Necesitaba dejar de pensar para tener tranquilidad, pero no podía. Su tesis. Pensó en su negocio. Necesitaba regresar a su negocio. Miró a la joven a los ojos. Ella le devolvió la mirada.
—Lo siento —dijo, derramando una lágrima.  Cerró los ojos y se obligó a dormir.

Día de muertos (18)

25 de noviembre.

La rutina se estaba asumiendo poco a poco. Las mañanas, después del desayuno, Dexter asumía el rol de profesor, y Esperanza, de alumna. La joven era muy inteligente, pero desconocía mucha información que debía haber aprendido en la escuela. Lo compensaba con su gran capacidad de absorber el conocimiento. Dexter dejaba que la joven se equivocara, para que reconociera los patrones que la llevarían a comprender su mundo de una manera más clara. Más física, diría él.

Estudiaban toda la mañana, y en la tarde, Esperanza continuaba ella sola con sus estudios. Pero no descuidaba tampoco sus otras actividades. Se estaba convirtiendo en la señora de la casa, para sorpresa de Dexter. La casa estaba feliz de tenerla ahí. El jardín se había convertido ya de una selva infranqueable en un pequeño prado bien cuidado. Las habitaciones estaban limpias, la cocina bien abastecida, y Dexter estaba bien alimentado, hasta el punto de avergonzarse de que la muchacha lo cuidara tanto.  Pero ella también estaba mejorando. La figura de la chica, espigada, ahora iba embarneciendo y un par de veces Dexter se la quedó mirando mientras ella trabajaba.

Esa noche estaba revisando el trabajo de la chica cuando escuchó una melodía familiar. Da da da dum. Da da da dum. La reconoció. La Quinta. Recordó la primera vez que la escuchó, y con quién…

10 de diciembre. 11 años antes.

—Hola —le dijo a la joven, morena y bajita, que estaba en el pequeño consultorio.
—Hola —respondió ella, poniéndose de pie—. Pasa, por favor. ¿En qué te puedo ayudar?
—Me envió el coach. He tenido problemas en mi espalda. Creo que tengo un tirón, o algo.
—Quítate la camiseta y recuéstate en la camilla. Déjame revisarte.
—¿Eres estudiante?
—Sí.
—Yo también.
—Eres del equipo de rugby, ¿no?
—Sí. Te he visto en los entrenamientos, creo que de paramédico.
—Sí. ¿Esto duele?
—Aw. Un poco.
—Tienes desviada la columna. Necesitas relajar los músculos. Voy a darte un masaje.
—Lo sé. Pero hoy fue el último día de entrenamiento del semestre. Aw.
—Yo pensé que Supermán no existía. Aquí tengo a un hombre de acero.
—Gracias. Aw. Oye, se siente bien…
—Es parte de mi magia, nene.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Aw.
—Dime.
—Tengo un par de boletos para ir a la orquesta sinfónica, esta noche y no conozco a nadie aquí que quiera ir conmigo. Y bueno, aunque no te conozco, ¿te gustaría ir? No pienses mal, es sólo que no quiero que se desperdicie un boleto. Aw.
—¿Por qué compraste dos, si no ibas a llevar a nadie?
—Me los regalaron hoy en Cultura. Nunca he ido a un concierto de esos. Ni siquiera sé qué se usa.
—Yo tampoco. ¿Te gusta la música clásica?
—En realidad nunca la he escuchado.
—Yo tampoco.
—¿Entonces, te gustaría ir?
—Yo, la verdad es que… Bueno, no lo sé.
—Sí, bueno, sé que no nos conocemos. Pero te puedo dar el boleto, si quieres.
—No, no es eso. O sea, sí, pero…
—Aw.
—Dame un momento para pensarlo, ¿quieres?
—Aw. Lo que gustes.
—¿Cómo te llamas, a todo ésto?
—Tienes razón, mis modales. Si mi abuelo me viera me daría un bastonazo. Soy Dex.
—Yo soy Gris.
—Hola, Gris.
—Hola, Dex. ¿Sabes qué? Te acompañaré al concierto.
—¿De verdad? Bien.
—Pero sólo esta vez.
—Sin compromisos. Aw, eso dolió.
—Perdón…

 

Se vieron a la entrada del teatro media hora antes del inicio. Él iba vestido con lo que pretendía pasar por una especie de traje elegante; un saco blanco con rayas azules, un pantalón oscuro, camisa negra y una corbata blanca. Ella, con un traje de noche negro, con escote palabra de honor y falda un poco por debajo de la rodilla. Dexter se quedó pasmado al verla.
—Ya puedes respirar —le dijo Gris, sonriendo.
—Hay un dios —dijo Dexter en voz baja, cerrando la boca y ofreciéndole el brazo—. Buenas noches, querida. ¿Pasamos?
Se dirigieron a sus asientos un poco nerviosos. Ella, porque nunca había estado en ese teatro, y pensaba que las demás damas la miraban con desprecio; le verdad es que envidiaban su figura. Él, porque nunca había estado acompañado de una mujer tan guapa como ella; podía ver que algunos caballeros lo miraban, y le sonreían de forma aprobatoria. La diferencia de estaturas era evidente: él se sacaba treinta centímetros a la joven, incluso con tacones, pero se veían hechos el uno para el otro.

Los miembros de la orquesta tomaron sus lugares respectivos, y comenzaron a afinar. Dexter trataba desesperadamente de fijarse en el programa para disimular que no podía dejar de ver a la joven; Gris hacía lo mismo para evitar ver la figura atlética del muchacho, en especial porque ya lo había visto con menos ropa y no podía dejar de imaginarse su cuerpo bajo ese traje. Las luces bajaron de intensidad y el director de la sinfónica entró.
—Ese cabrón se siente hecho a mano —escuchó Dexter decir a su vecino de asiento. Contuvo la risa.
De pronto el director levantó la batuta y el teatro quedó en silencio absoluto. La sección de cuerdas miraba expectante al director.

Da da da dum.

Da da da dum,

La Quinta Sinfonía de Ludwig Van Beethoven. Tres corcheas y una blanca con calderón. Media hora en la cual  Dexter se sintió atraído a un mundo nuevo. La música clásica no le había interesado nunca, pero la Quinta era diferente…

Gris, en cambio, no comprendía o que estaba escuchando. Sí, se escuchaba muy bonito, pero no le atraía. Le aburría. Miró a su compañero, embelesado en la música; miró a todos los vecinos que la rodeaban, todos ellos, sin duda, podían escuchar algo que ella no alcanzaba a comprender. Pensó que tal vez eran de clases sociales diferentes; que él era un privilegiado y ella, sencillamente, no era de su misma clase.

Dexter no entendía ni jota. No distinguía un oboe de un chelo, y no le importaba. Pensó que quizá estaba haciendo el ridículo ahí, y miró a la joven a su lado, quien le sonrió. Quizá ella entendiera lo que estaba escuchando. Sin saber muy bien por qué, extendió su mano hasta tocar la de su compañera. Era una mano suave y cálida. La tomó y permaneció así hasta el final, emocionado.

Gris sintió que su compañero tomaba su mano. Se puso nerviosa por un instante, pero se dio cuenta de que el muchacho sólo buscaba compartir lo que sentía. Era una sensación agradable, y devolvió el gesto. Quizá no entendiera lo que estaba escuchando, pero sí podía compartir la emoción del joven. Se sonrojó. No era justo…

El concierto terminó. Como todo un caballero, Dexter se ofreció a llevarla a su casa. No hizo ningún movimiento atrevido. No intentó robarle un beso. No pretendió pasar a su casa. No pretendió que aquello fuera una cita. En  su fuero interno, Gris se sentía decepcionada. Le hubiera gustado entender más lo que el joven quería; pero eran mundos opuestos… Dexter, en cambio, estaba contento. Quizá la próxima vez que se encontrara con la joven podría invitarla a salir. Una cita en serio. De verdad. Gris cerró la puerta de su casa y recibió a la pequeña niña que, abrazada de su abuela, se alegraba de verla. Dexter se alejó por las calles de la ciudad, extrañamente feliz.

20 de noviembre.

El allegro terminaba. Dexter lo escuchaba desde el marco de la puerta. Le tenía especial cariño a esa sinfonía, sólo superado por su amor a la Novena.
—Gris nunca entendió la música clásica. No la culpo. Yo tampoco la entiendo. Me gusta más el rock. Pero la Quinta expandió mis horizontes musicales. Luego vino el jazz.
—¿Puedo preguntar algo?
—Dime.
—¿Te gustaba mamá?
—Sí. No me lo tomes a mal; nunca me imaginé un amanecer junto a ella, pero me gustaba. Gris era una chica triste y misteriosa; disimulaba muy bien quién era en realidad. Me hubiera gustado conocerla mejor. Ni siquiera me habló de ti.
—Casi no la recuerdo.
—Quizá sea mejor así.  La única pieza de música clásica que le gustó a Gris fue el cuarto movimiento de la Novena. La gloriosa Novena.

7 de enero. 11 años antes.

Dexter había insistido tanto en que volvieran a un concierto que Gris terminó cediendo. Esta vez, Dexter llevaba un atuendo más apropiado, mientras que Gris llevaba un vestido largo blanco. Entraron tomados del brazo, partiendo plaza. Gris se dio cuenta de que atraía la envidia de muchas< Dexter, por su parte, se sabía el hombre más afortunado de la sala.

El allegro ma non troppo, un poco maestoso, comenzó a sonar. Dexter seguía sin tener idea de lo que significaba cada pieza, y seguía sin importarle. Sentía los instrumentos como una caricia, un anticipo del paraíso. Gris seguía sin entender qué escuchaba Dexter, pero lo disimulaba mejor, tratando de seguir  los movimientos del director de orquestra. El scherzo le parecía agradable, pero para ella era música de elevador. No fue sino hasta que llegó al cuarto movimiento, la coral, que algo comenzó a comprender. Era alemán. No hablaba alemán, pero entendía el sentimiento. Dexter volvió a tomarla de la mano. Le gustaba la sensación. Se acercó a él. Él le pasó el brazo por el hombro, y la atrajo hacia sí. Ella podía oler su aroma. Estaba seguro que él podía oler su perfume.
El barítono cantó.

O Freunde, nicht diese Töne!
Sondern laßt uns angenehmere anstimmen,
und freudenvollere.
Freude! Freude!

Dexter se giró. Ella lo miró a los ojos. Sus labios estaban tan cerca…

20 de noviembre.

—La gloriosa Novena. Fue la primera y última vez que besé a Gris. Nunca más quiso volver a salir conmigo, por más que insistí. Sé que le gustó la Coral, porque a partir de entonces lo escuchaba cuando estaba sola. A veces me pregunto si las cosas hubieran sido diferentes si ella me hubiera hecho caso. O si yo hubiera insistido más.
Una lágrima rodó por la mejilla izquierda.
Esperanza se acercó.
—No merecía un final como ése.
Dioses, pensó, necesito un trago. Esperanza, quizá presintiendo algo, lo abrazó. Él devolvió el abrazo. Ella lo sintió luchar contra el llanto. La Quinta terminó. Era ya de noche.

Día de Muertos (17)

14 de noviembre.

Despertó con dolor de cabeza, con dolor en la mano, y con dolor de espalda. Se sorprendió un poco de verse en el estudio, y más de ver que tenía un libro de texto en la mano. Sacudió la cabeza y observó mejor el libro. También había sacado su tesis, sus notas de varias clases y una tableta. ¿Por qué tenía textos de preparatoria abiertos? Se levantó y se fue a la cocina. Necesitaba café. Necesitaba un trago, pero lo reemplazaría con un café cargado.

―¡Claro! —recordó de pronto, al ver a Esperanza preparando la cafetera —¡Necesitamos completar tu educación!
Ella lo miró, tratando de comprender lo que escuchaba.
—Quiero decir que no has ido a la escuela. Ni siquiera entraste a preparatoria. Un año no te afectará mucho, pero dudo que tus escuelas hayan sido apropiadas, ¿o me equivoco? De cualquier forma es muy tarde para iniciar el semestre y no podremos tramitar tu ingreso mientras no resolvamos los asuntos de la patria potestad, pero no afectará demasiado si estudias conmigo. Necesitamos encontrarte una vocación, porque no me gustaría que terminaras en el último círculo del infierno.
Como respuesta, la joven le dio una taza de café y un panecillo.
—Necesitamos material educativo. Una computadora para ti, quizá una pantalla en 3D, un cosamático… conexión a la red más rápida. Podemos comprar una televisión, porque no todo es estudio. Algo de material de laboratorio; física, química, biología… Papel. Practicaremos tu caligrafía. Esto implica una visita al centro comercial. Sí, hoy me gusta como para ir al centro comercial.
La casa sonrió. El día estaba nublado. Dexter extendió una mano y alborotó la pelambre de la joven. Ella sonrió.
—Porque, si quieres seguir viviendo en mi casa, tendrás qué estudiar. No me importa mucho qué estudies, pero deberás estudiar. Es triste vivir la vida que he llevado. Y sin peros. Iremos con Justin a almorzar, y luego de compras. Hoy mismo vamos a repasar lo que has aprendido para ver qué podemos corregir.
Bebió un sorbo de café y tomó la mano de la joven entre las suyas.
—Tu madre fue una de las mujeres más listas que he conocido. Y sé que tú también. Anda, ponte algo abrigador, y vámonos.
La joven, feliz, le dio un beso en la mejilla y se fue a su habitación. Dexter, sonriente, terminó su taza de café. No recordaba haber pedido panecillos…

Viento. Amenazaba lluvia. Al menos el centro comercial estaba cerca de casa, y estaba cubierto. Dexter pensaba en adquirir un auto, aunque, habituado a no salir de casa, en realidad no lo necesitaba mucho. A bordo del auto de alquiler recordó su tesis. Era la base de su negocio, aunque no lo quisiera admitir. Suponiendo que todavía fuera negocio. Llevaba cinco años limitándose a firmar sólo lo más esencial. En realidad el negocio lo llevaba a cabo otra persona. Era bueno. Lo suyo no era estar al pendiente de cómo trabajaban las cosas; lo suyo, lo que realmente le gustaba, era escribir. E investigar. Esa tesis, se dijo, podría ser un libro de texto realmente bueno. No tiene el mismo mercado que las novelas, pero cualquier idiota podía escribir novelas. Recordó a su amigo Guillermo Ruiz, el que perpetraba novelas en tres semanas y podía sacar doce libros al año por lo menos. Pero un libro de texto requería paciencia, dedicación, y un profundo conocimiento del tema. ¿Qué problema había en escribir una novela de vaqueros, si sólo era describir cómo se baleaban y se peleaban por un rancho perdido en medio del desierto de Texas? No. Debía cambiar su orientación. Le gustaba escribir, y escribiría, pero sobre las cosas que realmente le importaban. Sonrió. Estaba contento. Esperanza lo miraba con curiosidad disimulada.
—Es un buen día, querida. Ya sé qué hacer con mi vida.
Le pasó un brazo por el hombro y la atrajo en un abrazo. Los dos sonreían.

 

El calvo gordo se movía con mal disimulada prisa. Buscaba a alguien desde hacía quince días. A una muchacha. No le importaba en sí la muchacha: le importaba lo que representaba la muchacha para él. La camisa mostraba agujeros, al igual que el pantalón. Mal afeitado; olía a una mezcla de sudor y cerveza. Era evidente que no estaba en su elemento. Hubiera preferido estar en casa bebiendo, pero la maldita muchacha se había escapado y eso no podía permitirlo. Para eso era su padre, ¿no? Para que lo obedecieran. Recorría el centro comercial buscando a la muchacha. Sabía que era una posibilidad lejana, peor debía hacerlo. Sus otros hijos hacían lo mismo: había que encontrar a esa hija descarriada, antes de que perdiera la oportunidad de cobrar la herencia de sus abuelos. Además, no se le había hecho aún con la muchacha, y se veía que sería un platillo muy apetitoso. Disfrutaría con ella y después se quedaría con todas sus cosas, y la echaría a la calle cuando no le sirviera ya, como una perra callejera cualquiera.

Entonces la vio. Sonrió, dejando ver una fila de dientes amarillos y negros. Escupió una maldición y fue hacia ella. ¿Quién sería ese tipo que caminaba junto a ella? Maldita perra, se había encontrado un padrote muy pronto. Pero él era su padre, y en un mes podría cobrar la primera parte de la herencia y pasar a una vida de mayores lujos. Esa casa sería muy buena. Podría sacarle un muy buen precio. Se acercó a la muchacha y la tomó del brazo. Ella gritó. Bien, se dijo, me tiene miedo todavía, como toda buena hija. Y se parece tanto a su madre. Incluso tiene su misma edad. Hoy es el día en que te haré mujer, dijo. El hombre a su lado, en lugar de dejar de meterse en lo que no le importaba, se interpuso entre ellos. ¿Cómo se atrevía? Escupió en su zapato. Así aprenderás, le dijo en voz alta. La muchacha lloraba. Excelente, para que aprenda su lugar. Nos iremos a casa en este instante.

Sintió algo en el estómago. Tardó en reaccionar, porque no podía respirar. Se dio cuenta que era un puño, profundamente enterrado en sus carnes. Sintió una explosión en el vientre. Se fue hacia atrás, tratando de recuperar el terreno alto, pero en su lugar sintió un golpe en la cara. Todo se puso blanco y frío.

Cuando despertó, estaba rodeado de guardias de seguridad y la cabeza le daba vueltas. Un hombre vestido de paisano se acercó. Le dio un par de palmadas en la mejilla. La quijada le dolía. No podía moverla.
—Rota. Bueno, te convendrá no poder comer nada, gordito —dijo Juan—. Vamos, rendirás tu declaración en el hospital. Para lo que te vea a servir, con las grabaciones que tenemos…

 

Las marcas de los dedos en el brazo de Esperanza eran profundas, pero sanarían pronto; más que las heridas psicológicas. Ixchel estaba con ella, tratando de calmar a la joven. A Dexter, en cambio, le estaban inmovilizando la mano. Se había roto un par de huesos.
—Una derecha impresionante, para no haberla ejercitado en mucho tiempo —dijo Juan, revisando la radiografía—. Por ahora no tendrás que temer de ese miserable. Le rompiste la quijada y una costilla. Lamentablemente no podré retenerlo en el tambo mucho tiempo, aunque dudo que se quiera acercar a tí por unos meses. Al menos no mientras tenga que seguir alimentándose con un popote.
El médico ajustaba cuidadosamente los huesos, mientras Dexter pugnaba por no gemir de dolor.
—Eso por su parte, ¿y por la mía?
—Tú estás fuera de sospecha y duda. Las grabaciones de seguridad contaron una historia impresionante. Defensa propia, ayudaste a una chica aterrada e indefensa, etcétera. Nadie te condenaría jamás tras ver el historial de aquella fichita.
—¿Sabes quién es?
—Claro. ¿No te los había dicho antes? Es el padre de tu chica. Si es que podemos llamar padre a esa bazofia. Una auténtica fichita. Violó a la madre hace quince años y ocho meses, si mis cálculos son correctos. Es un pederasta, bebedor compulsivo, drogadicto, falsificador de documentos, y aunque no puedo probarlo, sospecho que quería que tu chica cumpliera los 16 para poder ejecutar una operación de compraventa ilegal y quedarse con el dinero de la herencia de Esperanza.
—No se mueva.
—Lo siento, doc. Duele.
—Como sea, por ahora tenemos suficiente como para meterlo en chirona cuatro meses. Pero no puedo hacer más porque las demás niñas de su casa están reacias a denunciarlo. O más bien, no comprenden de lo que se trata. Este cabrón les ha hecho mucho daño.
—¿Cuántos son?
—Dos. Otras dos niñas. Una de once y una de diez. Lamento no poder hacer más por ellas ahora, pero no puedo mover mis influencias para asignártelas. Necesito más que lo que tengo. Por ahora están en un lugar seguro. Espero.
—Cuatro meses, dices.
—Sí.
—¿Qué pasa si yo muevo mis influencias para que me las asignen?
—Por eso no te preocupes, yo me encargo de que te las asignen, pero no antes de cuatro meses.
—¿Por qué?
—Porque, bueno, digamos que hay tiempos para todo. Lo que sí haré es conseguirte permisos de visita. Más que a ti, a tu chica. Técnicamente son sus hermanas, y tú eres el tutor, así que es obvio quiénes podrán visitarlas…
—¿Por qué cuatro meses?
—No es fácil trabajar en esta ciudad. Hay mucha gente y poco tiempo. Y, bueno, queremos eliminar de nuestra sociedad a ese bastardo, ¿no? Pero no podemos hacerlo como en el Viejo Oeste, eliminando gente a balazos.  No, ahora somos más sofisticados y necesitamos hacer mejor las cosas. Una mejor planeaciòn, si comprendes lo que te quiero decir.
—No; no comprendo.
—Hace cinco años planeé una operación antisecuestro que terminó afectándote gravemente. No me he perdonado eso todavía. Ahora he comprendido que a veces no puedes hacer hoy lo que debes hacer mañana. Un poco de calma es lo que se requiere. Estoy a punto de resolver favorablemente un problema, y como verás, aunque me he tardado… Aunque me he tardado, estoy compensándote por lo que has perdido.
—Si no fuera porque me están enyesando la mano…
—Lo sé, por eso te lo estoy contando ahora. Me temo que incluso tu izquierda es demasiado fuerte para mí. Será mejor que me marche. Te veré en —consultó su reloj— cuatro meses y tres días.

 

Día de Muertos (16)

8 de noviembre.

Dexter se levantó, como era habitual en él, tarde. Todavía no estaba completamente recuperado de su enfermedad, y la mano le seguía doliendo terriblemente. Bajó a la cocina. Notó algo que era diferente. Había café recién hecho, pero sólo porque la cafetera estaba programada. No recordaba tener una cafetera programable. «Claro,» se dijo, «ayer la compramos. Esta y una de espresso.» Pero algo no estaba bien ahí.

La casa se lo dijo. «¿Qué es distinto? ¿Qué pasó anoche?» La lluvia. Se habían empapado la noche anterior. Para él había sido refrescante; la fiebre había cedido pero su temperatura aún era alta. Pero Esperanza siempre tenía frío. Esperanza no estaba ahí.

Fue a su habitación. La pequeña habitación amarilla estaba cerrada, pero no tenía seguro. Tocó. No hubo respuesta. Tocó más fuerte. Escuchó movimiento adentro. La puerta se abrió, Esperanza se veía completamente devastada. Se desvaneció sin decir palabra. Dexter la sostuvo: estaba ardiendo en fiebre. La llevó a la cama y la acostó. Trataba desesperadamente de recordar qué hacer. Un antipirético, antes que nada. Uno seguro. Paracetamol. Y un paño frío. Siempre funcionaban los paños fríos, se dijo, sin estar convencido por completo.

La obligó a beber un poco de agua y a tragar el paracetamol, pero el paño frío parecía hervir en cuanto lo aplicaba. Hielo, decidió. Hielo en lo que llega un médico. Necesitaba uno… pero no conocía a ninguno, ¿o sí? ¿Quién lo había atendido a él cuando cayó enfermo? Esperanza lo había cuidado, pero no siquiera había comenzado la escuela preparatoria, así que no podía ser ella. Los papeles, recordó de pronto, tenían teléfonos de contacto. Casi corriendo fue al estudio. Estaban en la mesa de la entrada. Los abrió y buscó el teléfono de emergencias. Fue el primer número que vio: Ixchel Chak Chel. Contacto médico. No lo pensó más y llamó.

 

Media hora más tarde, Ixchel cambiaba el vendaje de su mano, mientras le daba una larga lista de instrucciones a Dexter.
—No es grave, pero no puedes descuidarte. Es influenza. Necesito que estés muy atento si la fiebre aumenta de 39 grados: llámame inmediatamente. También si tiene problemas para respirar. Está aún muy malnutrida, pero veo que ha aumentado un poco de peso. Eso le beneficiará. Puede presentar un cuadro similar a alucinaciones, producto de la fiebre. Baja la fiebre con paracetamol y comrpesas heladas. Confío en que no presente retención urinaria; al contrario, probablemente tenga diarrea o vómitos. Si es la cepa de costumbre, no habrá moco, pero esa tos la dejará exhausta. Será una semana dura para ti, pero creo que la soportarás. Quid pro quo, como diría Juan.
—Entonces va a recuperarse.
—No será difícil. He visto peores casos. Pero te advierto que será insoportable para ti. Ustedes los hombres son unos quejicas cuando se enferman, y las mujeres son más resistentes, pero ella ha sufrido demasiado y probablemente ahora se descontrolará. Es bueno que esté en un ambiente seguro.
Dio una última revisión al vendaje, y sonrió, satisfecha.
—Lo siento un poco grueso.
—Así te será de utilidad en unos días, confía en mí.
—¿Cómo puedo agradecerte?
—Sólo no vayas a romper su corazón —le dio un par de palmadas afectuosas en la mejilla—. Sé lo que duele perder a un ser querido, y ella los ha perdido a todos. Recuerdo a su madre, de verdad. Ese fue el primer caso en que Juan y yo trabajamos juntos, cuando me asignaron al servicio médico forense. Era una chica muy bonita, pero tenía la mirada triste. La conocí antes de que… bueno, ya sabes. Estuvimos a punto de reclutarla, pero la burocracia acá es muy lenta. Toma eternidades —suspiró—. Dejó un bonito cadáver, es verdad. El tren la golpeó pero no le pasó por encima. Quizá por lo pequeña que era —verificó la temperatura de la joven—. Me pregunto quién será el padre. Supongo que no importa ya. Al menos no eres tú.
—¿Por qué?
—Divago. Quiero decir que es mejor que no seas el padre. Todos quienes han sido padres para ella la han hecho sufrir —acarició la constelación en la mejilla de la joven—, en especial ese infeliz que le hizo estas marcas. Cigarrillos. O aquel desgraciado que no toleraba equivocaciones y tenía siempre a la mano un cable eléctrico. Todavía tiene las marcas en la espalda. Pero el peor ha sido, sin duda, el último. El cerdo del que huyó. Esta cicatriz —trazó con el dedo la línea cada vez más tenue— fue producto de una borrachera. Hasta donde tengo entendido, ese cerdo quiso abusar de ella. No lo hemos encontrado, y en la casa de acogida nadie quiere denunciarlo. No tenemos pruebas directas que lo incriminen. Ojalá que alguien le diera una paliza…
Dexter permaneció en silencio, pero tomó la mano de la joven. Ella la apretó e intentó abrir los ojos.
—Descansa —le dijo. Ella tuvo un ataque de tos.
—Ese cerdo ha querido cobrar la herencia de Esperanza. Ha estado a punto de lograrlo tres veces, pero no ha podido. Cuando ella cumpla 16 años podrá recibir un anticipo, si es que su albacea lo permite. Y aquel cerdo es muy bueno falsificando documentos… He hablado de más y debo irme. Llámame si algo sale mal. Te veré en una semana en la oficina.
—Gracias por todo.
—Un placer. No te molestes en acompañarme, conozco la salida. Cuídala y cuídate.
—Lo haré.

 

13 de noviembre.

Estaba devastado. Completamente agotado. Al menos había dejado de pensar en el alcohol. Se había pasado a la cerveza de raíz y a la limonada embotellada. Necesitaba aún el sabor astringente, pero no podía darse el lujo, no ahora, de perder el control. No mientras Esperanza estuviera enferma.

Y vaya que había sido problemática. Todo lo tranquila y retraída que era se le había olvidado, y se la pasaba quejando cuando deliraba (en lo que los antipiréticos hacían su efecto) y se negaba a comer algunas cosas que no le gustaban, a veces con violencia —y pronto Dexter aprendió cuáles eran. Pero la fiebre había desaparecido y poco a poco las cosas regresaban a la normalidad. Ese día ya no había fiebre ni tos. Aún le dolía todo el cuerpo —a Dexter aún le dolía la mano— pero ya era todo lo normal que podía ser.

Para celebrar, porque, por primera vez en cinco años, Dexter estaba harto de estar en su casa —aunque la casa le sonriera—, decidió que al día siguiente irían a desayunar a The Greasy Spoon. Quizá Justin podría enseñarle a cocinar; durante su convalecencia, Esperanza no quería comer nada más que un desayuno inglés; aunque Dexter se las arregló para que comiera cosas diferentes.

Apenas habían pasado catorce días desde que la muchacha había llegado a su vida y la revolución que había representado para él era drástica. Se sorprendió al darse cuenta que el dolor por la pérdida de su esposa y de su hermana había disminuido a niveles más tolerables. Y también había meditado mucho en lo que había representado él para con Gris. Griselda. Jamás le gustó su nombre, y mucho menos que su cabello se lo recordara. Mientras desayunaban, Esperanza aún con lentitud y quejándose del dolor en el pecho, Dexter recordaba a Gris. Era una muchachita menuda, no más de metro y medio de altura. Su piel era morena, su figura, de modelo. El cabello, largo y perpetuamente lacio, era de un tono plateado que ella odiaba, así que lo pintaba de colores; sin embargo, siempre era Gris. Recordó la primera vez que la había invitado a salir. La chica se negó porque tenía un compromiso previo, y siempre que la invitaba, debía asistir a algún lado. Una única vez ella aceptó salir con él, a ver The Tank Whom Wouldn’t Die, y allá se encontraron con Remedios. Ella se les unió, y Gris nunca más aceptó salir con él. Por más que él insistía.

Y luego, después del último torneo, él la había saludado desde el centro de la cancha, pero quienes le devolvieron el saludo fueron Consuelo y Remedios, en la primera fila. Su fisioterapeuta trató por última vez las heridas del juego, y nunca más la volvió a ver. Se preguntó quién le habría ocultado el desenlace. Se preguntó también por qué la chica jamás le dijo que tenía una hija. Como si fuera algo malo. Diez años habían pasado y había preguntas que ya no podían responderse.

Se quedó pensativo, con la taza de café en la mano izquierda. Extendió la mano derecha, aún vendada, y tomó la de la joven.
—Gracias —le dijo.
Ella sonrió.
Para Dexter, fue como si el sol sonriera.