Día de Muertos (35)

3 de marzo.

Rocco Mountaineer, Doctor en Derecho, estaba detrás de su enorme escritorio de madera pulida, con el codo izquierdo apoyado en el descansabrazos y la mano en la barbilla. Frente a él, David Fillmore y Jonathan Baggins. Los dos hombres lo miraban fijamente. Sin hacer nada.
Un cien por ciento de nada es mucha nada. Mountaineer había llegado a esa conclusión dos semanas antes. Los había sacado de prisión por un tecnicismo legal, pero el caso estaba perdido. El único movimiento válido era no hacer nada y esperar que la fiscalía no hiciera nada.
—Te lo dije antes. Te lo digo ahora. No vamos a hacer nada. Nada de nada.
—No te pago por no hacer nada.
—Te recuerdo que el no hacer nada significó que estás libre.
—Traigo un brazalete de rastreo. No soy exactamente libre.
—Supongo que prefieres estar adentro, con Aquiles.
—Dioses, no.
—Entonces no te quejes.
Continuaron en silencio. Un desesperante silencio.
—Me voy de aquí —dijo Baggins, poniéndose de pie.
—No. Te vas a quedar —dijo Mountaineer.
—Es obvio que no va a venir.
—Y se vería muy bonito en tu trazado que te fueras mientras tu coacusado se queda con su abogado.
—Todo lo que digo es que César no va a venir.
—Me importa un carajo si César viene o no viene. Te vas a quedar aquí y ya.
La puerta se abrió. Un agitado hombre medio calvo y gordo entró y tomó asiento sin decir nada.
—Me siguen —dijo Dressing, al fin.
—Seguro que sí. ¿Qué esperabas? No puedo repetir milagros como el de hace cinco años.
Dressing bufó.
—No se suponía que eso pasara.
—Pero pasó —Mountaineer levantó la voz.
—¡Haz algo!
—NO VAMOS A HACER NADA —tronó Mountaineer—. Ustedes, trío de imbéciles, eligieron a quien no debían de socio para un negocio arriesgado e ilegal, y sabían que podían ser atrapados. Los atraparon, y están libres porque la fiscalía no hizo nada. Nada. Pero ahora su caso se complica, y todos ustedes tienen antecedentes. Si creen que mover las aguas los va a ayudar, están que brillan de pendejos con la fuerza de un millón de supernovas. No. Vamos. A. Hacer. Nada. Sólo necesitan quedarse quietos y ser buenos ciudadanos durante dos semanas más. Dos. Putas. Semanas. Entonces les quitarán los brazaletes y podrán escurrirse como los cerdos grasosos que son. Mientras tanto, NO. HARÁN. NADA. Non faranno nulla. Hai capito?
Los tres hombres se quedaron en su lugar, con odio y desesperación en la mirada.
—Sí —dijo, finalmente, Fillmore.
Mountaneer se puso de pie y fue a la pequeña cantina que tenía en el librero. Sirvió cuatro whiskys con soda y los puso en el escritorio. Tomó uno y bebió un largo trago. Los otros tres hombres hicieron lo mismo.
—Ahora quiero que entiendan por qué no vamos a hacer nada.

 

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí.
—No. ¿De verdad sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí. Sólo te pido que no hagas nada.
—Tengo en esa misma celda a dos bestias. A una la condenaron a quince años. Lleva siete, y no se ha corregido. No lo hará. La otra acaba de entrar, y es más sádico aún. No sabes lo que me pides.
—Créeme —insistió Juan—, lo sé muy bien.
—Si este cabrón sale lo primero que hará es buscar a su hija, y esta vez no va a detenerse por algo tan sencillo como un puño. Ese cabrón está loco.
—¿Alguna vez has visto lo que hacemos allá, en mi sección?
Juan se paró junto a la ventana de la oficina. Se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, pero abrió un poco la persiana. Que se viera el interior.
—Nosotros somos los que seguimos a esta escoria. Somos los que nos aseguramos de que hagan el menor daño posible. Pero a veces no podemos evitar que lo hagan. A veces, para evitar que sigan haciendo daño, debemos dejarlos libres y entonces cazarlos.
—Ley fuga, ¿eh? No sabes lo que me estás pidiendo.
—No tienes qué hacer nada fuera de lo normal. Eso es la belleza de este caso. Sólo tienes que archivar todo. Con un código ligeramente equivocado. A cualquiera se le va un dígito. Y en mi sección encontraremos el error, agregaremos el dígito, y lo corregiremos, un poco tarde, pero lo corregiremos, y entonces esa bestia irá a donde pertenece y no va a regresar.
—¿Y por qué estás tan seguro, eh?
—Porque hace cinco años, cuatro meses y dos días que estoy persiguiéndolo. Porque ya tengo el plan perfecto para atraparlo. Porque sé qué movimientos va a hacer. Porque lo tenemos todo trazado hasta el último centímetro del circuito de acuerdo al plano general que tenemos en mi sección, y porque lo único que necesitamos para ganar es que los hombres buenos no hagan nada para detener a los malos. Así de simple.
—No. La decisión está tomada. No.
—Está bien. En tu conciencia pesará, no en la mía.
Tocaron en la puerta de cristal. Juan abrió.
—Capitán, lo buscan de la fiscalía.
—Te dejo trabajar. De cualquier modo —consultó su reloj— ya es muy tarde.
Salió bajo la mirada de Ruy, quien tecleaba su contraseña para bloquear su terminal.  No se dio cuenta, pero en ese momento el sistema solicitaba su código para actualizar el software…
…sin guardar los archivos en los que estaba trabajando. Un error que hubiera cometido cualquiera.

 

 

Día de muertos (34)

2 de febrero.

—A ver si entendí bien —dijo el juez de instrucción, exasperado—, ¿usted, abogado, me dice que no tiene preparado el caso porque la fiscalía no le ha notificado la acusación?
—Así es, señor juez.
—Y usted, señor fiscal, ¿me dice que no ha preparado el caso porque no ha sido ratificado por la parte actora?
—En pocas palabras, sí, señor juez.
—Puedo comprender que el abogado de la defensa no haya preparado el caso. De hecho, le concederé tiempo adicional para prepararse adecuadamente. Pero de la fiscalía no lo comprendo.
—Tecnologías de la Información me informó que, por un error en el sistema, varios casos no fueron notificados a mi oficina, señor juez. Es un error que tratamos de corregir en cuanto supimos, pero este caso en particular se empantanó muy pronto —dijo Juan Destino—. Ya despaché a un grupo de investigadores para destrabar el caso.
El juez de instrucción se quitó los anteojos de la nariz y los limpió. Sentía que un dolor de cabeza llegaría pronto.
—¿Cuánto tiempo necesita para preparar el caso?
—Tres meses, señor juez.
—¿Qué tiene que decir, abogado?
—Señor juez, es evidente que la fiscalía está actuando con dolo en este caso. Cualquier persona le dirá que sólo entorpecen la investigación porque no encuentran indicios contra mis defendidos.
—Señor juez, el problema es que los acusados están involucrados en otro caso que considerábamos aparte, y hay serias irregularidades en un proceso de patria potestad.
—Explíquese.
—Si me permite, señor juez —dijo Rocco—, supongo que el caso se refiere a que dos de las hijas de mi cliente fueron sustraídas de la casa hogar en que se encontraban para ir a vivir con su hermana, quien está viviendo con el demandante del caso que nos atañe. Quien autorizó esa transferencia fue la hija del compañero de celda de mi defendido.
—¿En qué quedamos, abogado? ¿Conocía el caso o no?
—Acabo de atar cabos, señor juez. Ese es un caso que estoy llevando pro bono.
—Muy bien. Le otorgo a la fiscalía un plazo de cuatro semanas para desenmarañar este caso. Si no logran armar un caso mínimamente coherente para entonces, los defendidos quedarán en libertad sin posibilidad de apelación. En cuanto a su caso, abogado, si en dos semanas me puede probar que los casos son completamente independientes, dejaré a sus defendidos en libertad provisional con las reservas de ley. Y ni una palabra más. Fuera.
Cuando los dos hombres salieron, el juez hizo una seña a su secretario. Sacó del cajón del escritorio un frasco con analgésicos. Tomó dos y se quedó con un tercero entre los dedos.
—¿Qué sigue?
—No me lo va a creer, señor juez. Los siguientes cuatro casos son con los mismos caballeros que acaban de salir.
El juez se talló el puente de la nariz con los dedos y se tomó la tercera pastilla.
—A este paso no vamos a avanzar nada.

17 de febrero.

—¿Completamente seguros, señorita Nutt?
Dexter miraba los prototipos. Con trece metros cuadrados de espacio habitable, no era mucho más grande que una celda, pero definitivamente era mucho mas agradable. Las dimensiones eran suficientes como para que cuatro niños o dos adultos habitaran ahí. Un pequeño cuarto de baño con ducha de plato era lo único que tenían en común los diseños. Un área de trabajo, y dos pares de literas para los niños; Dos escritorios, cama en la parte superior, un pequeño armario, espacio de cocina, muebles multiusos para los adultos.
—No podemos estar más seguros. Es lo bastante agradable como para que yo quiera vivir ahí.
—¿Y el costo?
—La unidad se paga a los doce meses de construida, suponiendo  que el propietario sólo gane el salario mínimo y reserve sólo la quinta parte para pagar la unidad.
—¿Modularidad?
—Si lo colocamos con armadura de acero podemos hacer un edificio de departamentos usando la misma grúa de construcción.
—Muy bien, me gusta el proyecto. ¿Pueden hacer un par de prototipos a escala real, para probarlos?
—Justo íbamos a pedirle su autorización, señor —Hazel miró a Dexter. «Diga que sí. Diga que sí. Diga que sí» repetía en silencio.
Dexter escuchó algunos pasos detrás de él. Los reconoció como los de Esperanza. Se giró para verla. La joven señaló su terminal y movió la cabeza casi imperceptiblemente.
—Lo pensaré. Les daré la respuesta mañana. Quiero antes un reporte completo.
—Muy bien, señor —dijo Hazel, dócil.
Le costaba asimilar el fracaso, pero aún tenía esperanzas. Sabía tan bien como todos que la auditoría aún no terminaba y los fondos eran limitados, pero creía que ese proyecto revitalizaría la empresa. Vió cómo Esperanza y Dexter se alejaban. Ella parecía preocupada; se preguntó por qué.
—Ya escucharon al jefe. A trabajar.

 

—¿Estás segura?
Estaban en la oficina. El ventanal de concreto translúcido dejaba pasar apenas una mínima cantidad de luz. Era un día nublado de febrero y Dexter lo sabía.
—Sí. Erwin me lo confirmó.
—¿Y Russell?
—Viene para acá. Anna me mantiene informada.
—Llámale a Francisco.
—Ya lo sabe.
Se dejó caer en el sillón. Se llevó la mano aún en escayola a la boca. Estaba preocupado.
—¿Qué sugieres que hagamos?
—Nada —dijo una voz femenina—. Un cien por ciento de nada mientras no tengas todos los datos.
—Ixchel.
—Dexter. Es tiempo de retirar tu escayola. Y respecto a tu caso, no te preocupes. El secreto siempre es no hacer nada. Las cosas se resolverán por su propio medio.
Esperanza la miró a los ojos.
—Créeme, bonita. Una puntada a tiempo ahorra un remiendo, pero nunca dejes para ayer lo que puedes hacer mañana.
—Es un error capital el teorizar antes de poseer datos. Insensiblemente, uno comienza a deformar los hechos para hacerlos encajar en las teorías en lugar de encajar las teorías en los hechos. Tienes razón. Sherlock Holmes tenía razón y era un personaje de ficción.
—Así es. Ahora, si me permites, quieta esa mano. Esto te va a doler más a ti que a mí.
—No habíamos agendado una cita hoy.
—Es cierto. No agendaste nada. ¿Pensaste que la escayola iba a ser permanente, o qué?
—Estoy tan acostumbrado a ella que la olvidé.
—Tiene sentido, creo. En otros asuntos, has hecho un buen trabajo, querida. Este hombre se ve sano en todos los sentidos. Y tú has crecido. Necesito revisar a tus hermanas, por cierto. ¿Ya se acostumbraron a su nueva vida?
—Les ha tomado un poco de trabajo —dijo Esperanza—. Pero sí.
—¿Y sus cicatrices?
Esperanza se llevó la mano a la cara, inconscientemente.
—Sanaron bien.
—Quizá podamos removerlas. Si quieren. O disfrazarlas. Mira.
Se levantó un poco la blusa. Un tatuaje colorido de una mujer y un conejo disimulaba una cicatriz en forma de media luna.
—Es Ixchel, la diosa maya del amor, de la gestación, de los trabajos textiles, de la luna y la medicina. Básicamente soy yo.
—No creo que haga falta.
—Quizá. Pero siempre es bueno tener opciones. Un plan B. Quieto, te digo.
—Para ser la diosa de la medicina haces que duela mucho.
—Una de mis manifestaciones es la de una vieja que riega los cántaros de la cólera por el mundo. Ahora quédate quieto si no quieres que me enoje.
Empleó la presión justa en las pinzas para separar el plástico con lentitud. Cortó así todas y cada una de las tiras que daban forma a la escayola.
—Ahora cierra los dedos de la mano lo más que puedas.
Se escuchó un chasquido.
—Ow.
—Es normal. Un tendón demasiado rígido. Necesitas hacer un plan de ejercicios para restaurar la movilidad en esa mano. Al menos has estado haciendo ejercicio. Si no fuera porque está tu chica aquí te sabroseaba con la mirada.
Esperanza frunció el ceño.
—Tranquila, gatita. Es todo tuyo. Pero deberás estar atenta. Todo este mes, por lo menos.
Le tocó el hombro a Dexter.
—No vayas a cometer el error de entrenar box en este momento. Aún así, temo a quien se atreva a ponerse delante de este puño. Cuídalo, gatita. Que siga este plan de ejercicios. Este es para tí. Y este para tus hermanas. Ah, y haz una cita para que las pueda ver la próxima semana. Supongo que están muy mejoradas. Ojalá pronto podamos hacer lo mismo por los demás chicos.
Le dio un beso en la mejilla a Dexter.
—Juan te manda saludar. El beso es mío. Nos vemos.
Se alejó ante la mirada fulminante de Esperanza. Dexter la miró de reojo.
—¿Celos? Vaya. Lo que hay que ver.

Día de Muertos (33)

6 de enero.

Las despertó el olor del desayuno. Las dos niñas se levantaron, aún sin tener muy en claro dónde estaban. Dexter las observó recorrer con timidez el pasillo de la casona, mientras se lavaba los dientes. Dioses, necesitaba un trago. Diez y once años, le dijeron. La más joven parecía tener siete: la mayor, nueve. Malnutrición rayana en la desnutrición. Miró la cara de Milagros, la menor: Caph, Schedar, Cih, Ruchbab y Segin, en marcas de cigarrillo. Casiopea. Dioses, cómo necesitaba un trago ahora. Caridad tenía a Deneb, Rukh, Sadr, Gienah y Albireo. Cisne. Se necesitaba ser una clase especial de desalmado para hacerle eso a unas niñas inocentes. Recordó a Numa Pompilio. La pasta de dientes tenía un sabor acre. Necesitaba escupir.

Esperanza tenía preparado el desayuno. Dexter la miró. Estaba vestida con la ropa de ejercicio que le había regalado. El cabello caía en dos cascadas frente a su cara, la figura juvenil acentuada por la ropa. Aún sin maquillaje estaba hermosa, y los ojos… esos ojos… Ella le sonrió mientras servía los huevos y el pan tostado para las niñas.
Sin saber muy bien por qué, pensó «será una buena madre».

Las niñas quedaron en silencio y bajaron las manos cuando Dexter entró. Reconocía el gesto. Él les hizo una caricia en la cabeza.
—No se detengan por mí. Nosotros ya desayunamos.
Estaba cansado. Hurgó en el refrigerador y sacó una botella de agua de soda. Necesitaba un trago… No podía permitírselo, pero necesitaba un trago.
Le dolían los músculos. Hacía mucho que no los utilizaba. Pero cuando Esperanza le dijo, a las seis de la mañana, que irían a correr, esos ojos lo convencieron. Le dolían los músculos. Tenía años sin correr. No entendía cómo es que había logrado terminar los cinco kilómetros sin desfallecer, mientras Esperanza parecía tan fresca. Oh, bueno, no hay nada de malo en salir a correr temprano acompañado, y necesitaba el ejercicio.

Esperanza estaba agotada, y hacía su mejor esfuerzo para que Dexter no lo notara. Después de todo, era mucho más pequeña que él. No alcanzaba todavía el metro y medio de estatura, comparado con su metro ochenta y cinco. Su zancada era mayor. Le costó mucho trabajo seguir su paso. ¿Cómo es que se veía tan fresco? Al menos la dieta estaba dando resultado. Tanto para él como para ella. Podía ver las diferencias. Quizá ella lograra alcanzar el metro sesenta antes de dejar de crecer. Y él se veía tan guapo corriendo…

Él se dejó caer en el sillón de la sala en lo que las niñas se cambiaban de ropa para ir a la escuela.
—Estoy devastado. Me duelen músculos que no recordaba tener.
Esperanza rió a carcajadas.
—¿Qué es tan gracioso?
—Nada, cosas mías —dijo ella, sentándose en su pierna. Él la abrazó.
—¿Llegaron los reyes?
—¿Quiénes?
—¡REGALOS! —dijeron las niñas a coro en ese instante. Salieron de la habitación y se quedaron quietas al ver a Dexter.
—No muerdo, de verdad. Abran sus regalos. Hay uno también para ti, querida.
—¿Para mí?
—Has sido una niña buena, ¿no es verdad? —sonrió.
Abrieron los regalos, todas al unísono. La envoltura hubiera podido ser usada nuevamente. Milagros y Caridad miraron su terminal nueva, pequeña y resistente, lista para comenzar a trabajar. Esperanza miró la suya, de mayor tamaño, una terminal ejecutiva de alto desempeño.
—No tenías qué hacerlo.
—Tienes que parecer una mujer ocupada, ¿no es cierto? Hoy inicias tus estudios y no queremos que la gente se entere que mi asistente ejecutiva, tan eficiente ella, hace todo su trabajo en mi oficina porque no puede trabajar remotamente.
—Te amo.
—Lo sé. Aún puedes arrepentirte.
—Nunca —lo besó.

Las niñas entraron a la escuela y Esperanza las despidió desde la ventanilla del auto. La última vez que lo había hecho, tenía hambre y miedo, y había ido con ellas a pie. Estaba preocupada. Miró en los alrededores buscando a alguien que no estaba ahí, y no quedó tranquila mientras no vio a las niñas entrar a su salón de clases. Dexter también estaba preocupado, pero no lo externó. Después de todo, detrás de ellos estaba Francisco y dos de sus muchachos. Nada les pasaría a las niñas. Al menos, no ese día. No si podía evitarlo.
—Jóvenes —dijo Dexter, al entrar a Investigación y Desarrollo—, vamos a trabajar en un proyecto interesante.
Manipuló algunas imágenes en la pantalla. La resolución no era la óptima, y el ángulo no era el apropiado, pero se veía razonablemente bien lo que quería mostrar.
—Vamos a suponer, sin conceder, que nos encontramos esto. En lo personal, si tuviera el dinero y el derecho, derribaba esta cosa y la construía de nuevo. Pero no tengo ni una cosa ni la otra, al menos por el momento. Lo que vamos a hacer ahora es imaginar una manera de tomar nuestros prototipos y convertir esta construcción en una instalación decente. Recordemos, esto es puramente teórico. Quiero que se imaginen que van a comenzar desde cero, que van a imprimir los cubículos necesarios, y que van a mantener unas dimensiones mínimas decentes. Quiero un grupo trabajando en técnicas de demolición rápida, dos grupos de diseño, y tres grupos de impresión y ensamble. Los grupos de impresión deben reportarme qué mezcla de concreto consideran adecuada; yo trabajaré en el grupo de diseño de mezclas. Si bien estamos trabajando con un objetivo puramente teórico, lo que aquí salga lo utilizaremos en obras posteriores. Ah, y dado que nuestro presupuesto es limitado —dio un sorbo a su café— en tanto no descongelemos las cuentas y no termine la auditoría, nos concentraremos en obtener los costos más bajos para nuestro trabajo, ¿entendido? Quiero una lista de quién estará en cada grupo en mi escritorio —miró su reloj— a las mil cien en punto. Si no estoy en mi oficina mi asistente sabrá cómo encontrarme.
—Enterado, señor —dijo Hazel, la jefa de ingeniería—. Ya escucharon. A trabajar.

 

La celda medía cuatro metros por dos setenta.  Menos de once miserables metros cuadrados. Fillmore y Baggins compartían la celda. Frente a ellos, Numa Pompilio compartía la celda con el imbécil de Aquiles. Fillmore se había arrepentido de tener a Aquiles en nómina desde el primer momento, pero dependía de él. Necesitaba a alguien que fuera lo bastante codicioso y lo bastante idiota como para poder manipularlo y que se llevara la culpa de todo.
—Recuérdame cómo llegamos a esto —dijo Fillmore, mirando por la puerta a Aquiles. Gordo, calvo, sucio… eso se podía soportar. Lo que no se podía soportar era su afición a las niñas. Y a lastimar a las niñas. Y menos a sus propias hijas.
—Por culpa de Corona.
—Pinche Corona.
—¿Quién iba a pensar que ese imbécil iba a perder la cabeza?
—Yo lo dije.
—Y aún así no te hicimos ningún pinche caso. Somos unos pendejos, cabrón, unos pendejos.
—Al menos ya lo admiten.
—Se supone que no nos iban a encontrar. Nos dijiste que no nos iban a encontrar.
—Y no nos hubieran encontrado de no ser por culpa de Aquiles y sus puterías.
Baggins se sentó en la cama. Miró a través de la puerta. Aquiles estaba dormido en su litera. Numa Pompilio leía una revista. De seguro estaba haciéndose una chaqueta, pensó.
—Ese par de cabrones son dos caras de la misma moneda. Rocco dice que a los dos los entambaron por lo mismo.
—Rocco debería habernos sacado ya de aquí.
—Dicen que alguien de arriba nos tiene encerrados.
—Me conformaría con que me cambiaran de celda. Estar junto a Aquiles me da asco.
—Todavía lo necesitamos.
—Puto plan de mierda. Sé que no encontrarán lo que buscan. No soy tan imbécil. Saldremos de aquí y usaremos a ese cabrón para sacar el dinero que necesitamos. Y después lo haremos desaparecer de nuestra vida, si sabes a lo que me refiero.
—Conozco a la gente apropiada.

 

—Doctor —dijo la secretaria por el intercomunicador—, lo busca una persona.
—Di instrucciones expresas de que no quería ver a nadie hoy.
—Lo sé, doctor, pero… creo que le interesará lo que trae.
Rocco Mountaineer, doctor en derecho, decía la placa en la entrada. Sus casos eran pocos, pero muy especializados, y sus honorarios, considerables. Se había arrepentido de ese caso muy pronto. Él, que había defendido lo indefendible. Y valía cada centavo que cobraba.
—No lo quiero ver.
—Se trata de Baeza, abogado —dijo una voz—. Voy a regalarle el caso. Y ni siquiera tiene que hacer nada.

Día de Muertos (32)

1 de enero.

Estaba sumamente cómodo. Abrió los ojos poco a poco, deseando que ese sueño no terminara nunca. Parpadeó para aclararse la vista. Estaba cómodo, tendido en su lado izquierdo. Las manos en el pecho. Las cuatro.

¿Las cuatro?

Abrió los ojos cuanto pudo. No era su habitación. No la recordaba. Sintió una respiración rítmica en su espalda, y algo —alguien— detrás suyo. Miró las manos que estaba sujetando con las suyas. Eran manos femeninas. Estaban dentro de su camisa, estaban tibias, y le parecían conocidas…

No quiso voltear. Podría despertarla, y ya sabía lo peligrosa que era una mujer a quien despiertas sin que te lo pida. Además, le gustaba la sensación. Se relajó. Volvió a cerrar los ojos. Si era un sueño, no quería despertar tan pronto.

 

Estaba sumamente cómoda. Soñaba que estaba abrazando a un oso de felpa gigante. Podía sentir su pelo en la nariz. Olía a oso, claro, pero también a algo más. ¿Almizcle? No. Perfume. ¿Colonia? ¿Qué usan los osos como desodorante? Se acomodó más cerca del oso. Entonces el oso tomó sus manos y las entrelazó con las suyas. ¿Los osos de felpa tienen manos? También deberían tener más pelo, ¿no? Movió las manos por debajo de la camisa. Sí, ahí estaba el pelo. Subió más, a la cabeza del oso. Raspaba. ¿Desde cuándo los osos de felpa raspaban? Abrió los ojos. No era un oso de felpa.
—¡Uy! —dejó escapar un grito.
No era un oso. Para nada. Era Chandler.

Comiendo cereal de un platón cuadrado, Esperanza los miraba desde la puerta.
—No es el inicio más prometedor de una relación. Barbara Cartland jamás hubiera iniciado una novela así.
Anna estaba tan sonrojada como un tomate y se cubría bajo las sábanas. Chandler se había retirado a un rincón de la habitación, tratando de desaparecer, ligeramente avergonzado.
—No pasó nada, pimpollos —dijo la joven—. En primer lugar son adultos y pueden acostarse o dejar de acostarse con quien se les dé la gana. En segundo estaban tan cansados anoche que ni siquiera alcanzaron a quitarse la ropa. Y en tercer lugar, vayan a lavarse un poco. ¿Qué quieren desayunar?

 

Dexter entró a la cocina y saludó a la joven con un beso rápido.
—Bienvenidos a un nuevo año, muchachos —dijo Dexter, saludando de mano a Chandler y con un beso en la mejilla a Anna—. Por lo que veo durmieron muy bien. Porque durmieron, ¿verdad?
Esperanza rió.
—Debiste verlos. Parecían un par de pollitos asustados.
—Uy, y durmieron juntos en la casa de su jefe tras una fiesta de año nuevo. Creo que alguien tendrá mucho qué explicar…
—No seré yo.
Anna se ocultaba la cara con las manos. Chandler sólo agitaba la cabeza.
—Hey, su secreto está a salvo con nosotros.
—Y ahora, ¿cómo quieren sus huevos?

 

Erwin llegó a las mil horas, según vio Dexter en su reloj. Le encantaba ese reloj. Traía aún un traje de gala, aunque la corbata estaba desanudada.
—¡Feliz año nuevo! Les traje un regalito. Vodka tonic sin alcohol para tí —le dio a Dexter una botella de agua tónica—, la mejor limonada para tí —le dio una botella a Esperanza—, y para ustedes, agua mineral vegana, artesanal, libre de gluten y proveniente de un rancho sin cercas —les dio dos botellas a Chandler y a Anna. Tomó una quinta y la destapó.
—Brindemos por el éxito conseguido.
—¿De qué hablas? —preguntó Dexter.
—El año pasado, o anoche, como quieras verlo, fui a una pequeña fiesta. Qué fiesta, qué barbaridad. No sabía que se podían hacer esas cosas sobre caballos. Pero divago. La cosa es que Diana conoce a un amigo que conoce a un amigo, y ese amigo me conoce, y yo te conozco a ti, y deberías dejar de beber, estás poniéndote borroso.
—Alerta —dijo Dexter, chasqueando los dedos.
—No importa. Traigo chofer. La cosa es que ese amigo del amigo que es mi amigo ya es tu amigo, por asociación, así que con eso agilizamos los procedimientos más tardados.
—Erwin…
—De esta manera, mañana se enviarán las órdenes correspondientes y el tres de enero podrás traer a Milagros y a Caridad. Técnicamente el nombramiento será oficial hasta el 17 de marzo, y ese sí que no lo puedo modificar…
—Erwin, para tu carro. ¿Cuál nombramiento?
—Que no te enteras, alma de cántaro. Logré que te asignaran la custodia de las hermanas de tu novia, atarantado.

 

3 de enero.

Acompañados de Anna y Chandler, Dexter y Esperanza llegaron a la casa hogar. No era tan horrible como esperaba, pero definitivamente no era un lugar adecuado. Las paredes mostraban evidentes marcas de deterioro por humedad. y había más espacio en algunas celdas de cárcel que en las habitaciones de los niños. La directora los recibió en su oficina, un deprimente cubículo de dos por dos metros. Una botella de jerez estaba sobre el escritorio, abierta. Apenas eran las nueve de la mañana. Esperanza sintió que odiaba esa botella. La directora tenía evidentes ojeras. Un altero de papeles apilados, un montón de correos sin contestar, la computadora atrasada casi oculta por fichas bibliográficas.
—Perdone el tiradero. Maldita burocracia —se sirvió una copita de jerez. No le ofreció a nadie.
Revisó entre los archivos y apartó dos fichas. Las fotografías de Milagros y Caridad. estaban en la portadilla.
—Necesito ver su identificación.
Dexter la sacó de la billetera y la puso en el escritorio. La botella se veía tan deliciosa…
—Dexter Hand —observó la directora. Miró la identificación y la puso en el lector óptico. No se validó.
—Genial. No tengo conexión a la red.
—Permítame —dijo Chandler. Movió algunas cosas, sacó una pequeña terminal y la conectó al sistema. La red regresó de inmediato. La validación fue casi instantánea.
—No sé cómo lo logró, pero gracias.
—Para servirle. Quédesela, no la necesito.
—Qué bueno que se llevan a esas niñas. Este no es un lugar adecuado. Necesito las identificaciones de los testigos.
Chandler y Anna las sacaron casi de inmediato. La directora las escaneó también.
—Debe traerlas el 17 de marzo. Ese mismo día se las volverá a llevar. Maldita burocracia.
—Supongo que las cosas no marchan bien por aquí.
—Demasiados niños, muy poco espacio. Este no es lugar para presos, mucho menos para los niños. Maldita burocracia. ¿Sabe que tengo tres años solicitando presupuesto para reparar las paredes? Tengo cerraduras descompuestas. La red va y viene. APenas tengo presupuesto para darles de comer algo que no sea engrudo.
—¿Cuántos niños tiene? —preguntó Esperanza.
—Casi cien. Tengo espacio para cincuenta.
Esperanza miró a Dexter, quien se acercó a la botella de jerez. Se contuvo y la retiró con el dorso de la mano.
—Suponga que quiero hacer una donación. ¿Cuánto requiere para mejorar las condiciones aquí?
—No puedo aceptar donaciones. Por ley. Maldita burocracia.
—Suponga que una cuadrilla de albañiles e ingenieros quiere comenzar a hacer trabajos, se equivocan de dirección y no aceptan un no por respuesta…
—Mire, no sé qué se propone, pero no puedo aceptarlo. Por ley. Maldita burocracia. Sólo llévese a esas niñas. Ya bastante han sufrido aquí y allá.
—Si nos atenemos al espíritu de la ley podremos hacer algo —comentó Anna.
—Sólo haga que cierren esto y que se lleven a mis niños a un buen lugar. Haga eso y yo podré vivir mi jubilación en paz. Maldita burocracia.
Se puso de pie.
—Vengan. vamos por las niñas. Disculpen el olor. La cañería está rota y no tengo dinero para repararla. Maldita burocracia, mil veces maldita…

 

Juan revisaba una vez más el plano. Debía entrar a producción el primero de enero, pero lo detuvo para hacer unos ajustes. Ixchel lo encontró con los codos en la mesa y la cara en las manos. Comenzó a masajearle el cuello.
—¿Qué pasa ahora, Superman?
—¿Superman?
—Estás tan tenso que podrías ser el hombre de acero.
—Yo tenía todo planeado para resolver las cosas de una manera sencilla y resulta que no puedo.
—¿Por qué?
—Por iniciativa de alguien más. Por la física cuántica. Por algo. No sé. La cosa es que mis modificaciones no funcionaron como quería. Sí, obtengo el resultado general esperado, pero no es exactamente lo que quiero.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—Nada.  Eso es lo que más me molesta. Que no puedo hacer nada. No debo.
—¿Entonces por qué te quejas?
—Hace cinco años alguien no tenía que hacer nada, y lo hizo. Así empezamos con este problema. Son las pequeñas cosas, lo que no podemos controlar, el pequeño movimiento browniano de la humanidad, lo que arruina todos los planos tan cuidadosamente planeados. Ahora tengo que vigilar que nadie haga nada. ¿Cómo te imaginas el infierno? Para mí, el infierno es una inmensa planicie con nada más que arena, en la que no hay nada qué hacer. ¿Sabes lo difícil que es no hacer nada en una playa? Imagínatelo a escala mundial. Alguien, por puro aburrimiento, hará algo. Eso es lo que me temo.

Día de Muertos (31)

31 de diciembre.

Eran las cuatro de la tarde. Estaba en su oficina, con los pies encima del escritorio y el sillón reclinado. La luz entraba por el ventanal de concreto translúcido. La planta estaba en silencio. Se habían suspendido las labores desde navidad y no volvería a operar sino hasta después de año nuevo; así lo había dispuesto Dexter, y así lo habían acatado los empleados, contentos de pasar tiempo con su familia.

Sin embargo, la planta no estaba vacía. Los abogados y contadores seguían ahí. Es cierto que, en teoría, no eran empleados de la planta sino de las firmas que revisaban la transición, pero a Dexter le molestaba profundamente que tuvieran que trabajar en esas fechas. Ni siquiera mitigaba su malestar el hecho de que habían descubierto tantas cuentas bancarias y tantos bienes desfalcados que la única manera de que los culpables quedaran en libertad era que un meteorito de buen tamaño cayera sobre la ciudad.

Esperanza estaba estudiando un enorme libro de mecánica de sólidos. Tenía quince años ese libro; ya era viejo de la época en que Dexter y Remedios habían comenzado a elaborar ladrillos mecanizados con su fórmula de concreto vítreo. Para todos en la planta Esperanza era la asistente ejecutiva —algunos sospechaban que era más que eso— y desempeñaba ese puesto sin falta; pero aspiraba a algo más. Necesitaba dejar una huella en el mundo. Pero aún no decidía qué tipo de huella.

Dexter, en cambio, trataba de decidir algo más inmediato. En su mano derecha tenía un cubo de concreto traslúcido. En la izquierda, un cubo de concreto vítreo, lustroso pero opaco. El concreto traslúcido no terminaba de satisfacerlo. No era tan resistente como quería. Ni siquiera el que estaba detrás, en el ventanal, era satisfactorio. Era una serie de fibras de vidrio en el concreto. No había grava ahí. No era concreto sin grava, se decía. Le parecía preferible el concreto vítreo. Finos cristales de sílice, calcio y sodio mezclados en forma de arena. Elegante solución a los desechos que era caro separar mecánicamente, un diseño sostenible y ecológico, resistente para aplicaciones arquitectónicas y estructurales bajo ciertas condiciones.

Miró el reloj. Todavía no eran las cuatro y media. Las mil seiscientas treinta horas. Esperanza seguía calculando la torsión en un asta bandera sometida a una fuerza de 30 kilonewtons en su extremo libre. Le costaba mucho trabajo resolver el sistema de ecuaciones. Dexter lo sabía. A los únicos ingenieros que no les costaba trabajo era a los ingenieros que jamás salían de gabinete. Y ellos jamás se habían ensuciado las manos en obra, y no podían comprender a carta cabal lo que se sentía trabajar en algo de lo que dependería la vida de tanta gente.

—No entiendo —dijo Esperanza, al fin.
—Está bien. Necesitas practicar un poco más los capítulos previos.
—¿Cómo puedes calcular esto así? Es horrible.
—La ingeniería civil es un arte. Y el arte mancha —hizo girar el cubo en su mano izquierda.
—Todo lo que ustedes calculan es cuadrado. ¿Por qué?
—Es la forma más sencilla de calcular algo.
—Le falta vida a lo que hacen los ingenieros civiles. Le falta arte.
—Para objetos artísticos tenemos a los arquitectos.
—¿Qué harías si estudio arquitectura?
—Regañarte cuando pongas un muro de carga lejos de un elemento estructural.
Dejó el cubo de concreto vítreo y tomó el de concreto translúcido. Le faltaba grava. Se veía más bonito, no tenía duda, pero le faltaba grava. No era concreto sin grava. Era mortero.
—Quizá es que la arquitectura ya no es lo que era —dijo Dexter—. Hace siglos que los arquitectos no realizan los cálculos en sus obras. Y los ingenieros nos especializamos demasiado.
—Los arquitectos también se especializan.
—No tanto como los ingenieros. Yo soy caminero. Remedios era geotécnica. No entiendo por qué terminamos metidos en construcción.
—Tiene sentido si tu concreto se usa en la construcción de carreteras.
—Quizá.
Le disgustaban las resinas en el concreto. Si quisiera usar resinas epóxicas para construir una pared, usaría directamente las resinas. Dejó la muestra de concreto traslúcido en el escritorio. Se miró la mano derecha. Yeso, pensó. Pero hace mucho que no se usa yeso en medicina. Su mano estaba inmovilizada  por una escayola de bioplásico. Comparada con el concreto —con el mismo yeso— la escayola no era muy resistente, pero no tenía por qué serlo. Su función era inmovilizar los huesos. Su fuerza venía de su forma. Era una armadura tridimensional. una armadura como las que habían aprendido a calcular incontables generaciones de ingenieros, pero en una pequeña escala. Miró su mano. Miró a la joven.
—Debe existir una forma de entrenar a un arquitecto para que emplee elementos estructuralmente fuertes en formas estéticamente agradables.
Esperanza levantó la mirada. Dexter miraba su escayola, el brazo levantado hacia la luz. Las formas en la escayola semejaban triángulos. Geometría.
—Puedo descomponer cualquier figura en triángulos —dijo Esperanza—. Y puedo formar celosías con ellos.
—¿Qué tan fuerte será?
—Podríamos intentar calcularlo.

 

Dieron las cinco. Dexter apagó y encendió cinco veces seguidas la luz de las oficinas. Los abogados y contadores supieron que debían terminar sus actividades del día. Nadie le replicaba al jefe. No en víspera de año nuevo. Los últimos en salir fueron Anna y Chandler. Se los veía agotados.
—No tienes buena cara —le dijo Esperanza al joven ingeniero.
Y no la tenía. Profundas ojeras surcaban su rostro. Un ligero temblor en las manos indicaba exceso de cafeína.
—Tú tampoco —le dijo a la abogada. Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Chandler.
—Estoy cansada.
—Muy bien. Vendrán con nosotros a casa.
Ella se talló los ojos, queriendo despertar.
—No, de verdad. No quiero molestar.
—Me molesta más saber que están ustedes trabajando de más —dijo ella, cruzada de brazos. Parecía mayor de lo que era—. Vendrán con nosotros a casa. Celebraremos año nuevo y nos iremos a descansar temprano.
—Aún faltan siete horas para el año nuevo.
—Claro que no. Ya casi es media noche en Greenwich.
La planta quedó vacía, excepto por el personal de seguridad.
—Francisco, ven un momento —le dijo Dexter al jefe de seguridad.
—Dígame, señor.
—Envía a uno de tus muchachos a que compre una botella de champán. Celebren por mí. Sólo no celebren demasiado.
—Lo haremos, señor. Lo veré el próximo año.

 

Cuando llegaron a la casa, Chandler y Anna se miraron, ligeramente asombrados.
—¿Por qué estamos aquí?
—Por órdenes de tu jefe —dijo Dexter—. Cenaremos algo ligero, celebraremos el fin de año, brindaremos por el día con una buena taza de té, y nos iremos a descansar. Se lo han ganado.
—Preferiría continuar trabajando.
—Eso hubiera tenido sentido si no hubieras venido dormido en el auto —replicó Esperanza.

Hubiera preferido una celebración mayor, pero sabía que no tenía mucho sentido. Todos estaban cansados. Incluso ella. Pero había sido admitida para iniciar el curso escolar en enero, y debía asegurarse de estar al día en todas sus materias. Iba adelantada, pero no estaba segura de su progreso. Estaba nerviosa y cansada. Le había costado mucho decidirse por la educación a distancia, pero era la única manera de continuar como asistente ejecutiva. Sonrió para sí. Asistente ejecutiva. Si tan sólo supieran…

Anna estaba cayendo de sueño en la mesa del antecomedor. Chandler tenía la mirada en blanco, y sus dedos hacían movimientos que a Esperanza le recordaban un rápido tecleo. Con ayuda de Dexter preparó una cena ligera —sólo unos emparedados de roast beef y tomate— y una taza de té Earl Grey para cada uno. Cenaron en silencio, brindaron por un año nuevo lleno de éxitos, y Esperanza guió a Chandler y a Anna a una de las habitaciones de invitados. Anna se recostó e la cama y se quedó dormida casi de inmediato. Chandler alcanzó a quitarse el saco y los zapatos. Dexter se encogió en hombros. Esperanza suspiró. Le quitó los zapatos a la joven y cubrió a la pareja con una frazada.
—Al menos así no podrán arrepentirse de nada —observó Dexter.
Esperanza sonrió. Se miró en el espejo. Dos meses habían pasado desde que llegara a esa casa, hambrienta y cansada. No podía reconocerse, y sin embargo, era la misma. Dexter la tomó por la cintura.
—Me siento orgulloso de ti, ¿sabes?
—¿Por qué?
—Sabes tomar buenas decisiones. Y acabas de hacer muy feliz a un hombre, aunque todavía no lo sepa.
—¿Sí? ¿A quién? —Lo acercó hacia ella. Le gustaba sentir su cabello entre sus dedos.
—A Chandler. Ese pobre muchacho no se entera de nada. Me recuerda a mí cuando tenía su edad. Yo también era un completo imbécil con las mujeres. Lo sigo siendo.
Ella sonrió, se giró y lo besó.
—Tienes razón.
Apagó la luz.
La casa sonreía.

Día de Muertos (30)

25 de diciembre.

—Fuiste tú.
—Sí.
—Nunca pude agradecerte.
—Es bueno saber que todo terminó bien.
—No para él.
Quedaron en silencio. Diana rompió el silencio.
—Pero no estamos aquí celebrando cosas tristes. Estamos aquí celebrando cosas alegres, ¿no es verdad?
—Si, eso es —dijo Justin—. Yo diría que es hora de los regalos. de cumpleaños.
—Muy bien —dijo Adriana, poniéndose de pie—. Vamos a ver abrir regalos.

Esperanza, al igual que en la mañana, abrió con sumo cuidado los regalos. Adriana casi la obliga a abrir el suyo primero, así de segura estaba de que le gustaría. Era una preciosa gargantilla en oro, con una perla engastada al frente. La gargantilla destacaba el grácil cuello de la joven.
Anna le obsequió un bolso pequeño.
—Espero que te guste. Nunca te he visto con un bolso.
«Es porque no tenía ninguno» pensó Esperanza. Era un hermoso bolso.
—Es precioso. Lo usaré cuantas veces pueda.
—Yo… no sé qué se regala en estas ocasiones—dijo Chandler—. Pero pensé que, ya que te gusta la música clásica, quizá te gustaría escuchar esto. Es de mis favoritos.
Era una compilación de música a través de los tiempos. Desde Johann Sebastian Bach hasta John Williams.
—Me encanta. Gracias —dijo Esperanza, dándole un beso en la mejilla al joven. Sonrió. Anna lo tomó de la mano mientras Esperanza desenvolvía el siguiente obsequio.
—Sabia virtud de conocer el tiempo —cantó Erwin. Era un brazalete, pequeño y elegante, en oro blanco, con un intrincado grabado. Y había algo más…
—Es un reloj… —dijo Esperanza, sorprendida.
—No fue fácil de conseguir. Sólo se fabricaron unos pocos millones de unidades y ahora eres la afortunada poseedora de uno de ellos —Erwin sonreía, restándole importancia a su regalo.
—Temo que ahora mi regalo quedará opacado —dijo Justin.
Esperanza abrió la cajita. Un par de aretes en forma de gota, de perlas naturales. Esperanza se los colocó enseguida. Se sentían bien; se veían aún mejor. Abrazó con fuerza al hombretón.
—Son bellísimos.
—Me hubiera gustado ser el de la idea, pero en casa es Adriana quien tiene buen gusto.
El timbre sonó. Dexter miró la hora. Las mil ochocientas. ¿Quién sería?
—Rusty —aventuró Erwin—. Dijo que vendría.
—Es cierto. Voy a abrir —dijo Dexter.

Russell entró, acompañado de su esposa y sus dos hijos pequeños.
—Perdona la tardanza. Tuvimos un pequeño inconveniente con uno de los regalos de navidad.
—¿Qué pudo ser tan inconveniente?
—El regalo de navidad decidió comerse el árbol.
Dexter rió.
—¿Un perrito?
—Un cachorro de viejo pastor inglés. ¡Ah, querida! Permíteme presentarte a Esperanza. Realmente le hace honor a su nombre.
—Ciao, bella —dijo Sofía, besando a Esperanza en ambas mejillas—. Creo que hice bien en elegir esto para ti.
Le tendió una caja delgada. Esperanza la abrió; en el interior, una pluma fuente del mismo color y un prendedor en forma de rosa de oro blanco.
—Dios mío, es hermoso.
—Me esmeré mucho para hacerlos con tanta premura.
Colocó el prendedor en el vestido de la joven.
—Sí, no me equivoqué. Oh, pero, espera… Santino, dame la caja.
El niño le dio la caja que estaba resguardando. Sofía sacó una tiara a medio fabricar. La colocó sobre la cabeza de la joven.
—Sí. Perfecto. Si colocamos aquí y acá… un poco más delgado en los extremos y con la punta en otro ángulo… Sí. Se verá preciosa el día de tu boda.
Esperanza se sonrojó.
—Qué puedo decir —dijo Russell—, la experta ha hablado.

 

Era noche cerrada cuando se fueron todos los invitados. Dexter abrazaba a Esperanza por la cintura, resguardándola del frío.
—Aún falta un regalo —le dijo Dexter, mientras veían alejarse las luces de los autos.
—¿De verdad?
—Sí. Vamos, te lo mostraré.
Entraron a la sala. El cuadro seguía cubierto. Dexter se acercó a él.
—Me resistí a deshacerme de este cuadro. Me daba malos recuerdos. Hasta que vi que lo estabas replicando en el jardín.
Quitó la sábana. Era un Guernika.
—Lo pintó Remedios. Era su cuadro favorito. Lo terminó la noche anterior a su muerte. Tardé mucho en darme cuenta que lo importante de este cuadro no era su simbolismo. No soportaba verlo porque me recordaba lo que había perdido.
—Dexter, yo…
—Ahora puedo ver que este cuadro es sólo un cuadro. Que a veces un toro es un toro y un caballo es un caballo. Picasso lo sabía. Remedios lo sabía. Por eso quiero regalarte algo.
Sacó del bolsillo una cajita. La abrió. Era una argolla de oro. Lo deslizó en el dedo anular de la joven.
—Tienes dos años para cambiar de opinión.
Ella lo miró a los ojos.
—No pienso cambiar de opinión.
Lo besó. Lo besó como si no hubiera un mañana.

Día de Muertos (29)

25 de diciembre.

El timbre sonó. De un vistazo Dexter vio la hora: las mil trescientas. Sonrió. Dejó el vaso de soda con limón en la mesa y fue a abrir. De la cocina llegaba un aroma delicioso…

—Eso huele que alimenta —dijo Chandler, aspirando el aroma. Roast beef, decidió. Dejó el paquete en la mesa, pero no el ramo de rosas.
—¿Dónde está tu novia? —preguntó Dexter, con una sonrisa.
Ante el silencio del muchacho, Dexter le dio una palmada en el hombro.
—Lo harás bien. No te preocupes. Si supieras cómo conocí a mi esposa…
—¿Quién llegó? —preguntó Esperanza desde la cocina.
—Me hago cargo —dijo Adriana. Tomó un jarrón de la sala, lo revisó y, satisfecha, acomodó las rosas de Chandler.
—Un buen detalle —dijo. El joven se sonrojó — ¿Puedo ofrecerte algo de beber?

Esperanza y Justin terminaban los últimos detalles del pastel cuando sonó el timbre una vez más. «El secreto está en el movimiento de la muñeca,» le decía Justin, «y es importante mantener siempre el mismo ritmo.»
—Pasa, querida —dijo Dexter. Anna venía informal, pero aún así elegante. Tiene el porte de una modelo, se dijo Dexter.
—Gracias, señor Hand.
—Dexter. Fuera de la oficina soy Dexter —tomó la caja de regalo y la colocó con los demás, en la pequeña mesa de la entrada.
—Espero no llegar tarde.
—Es un buen día para llegar tarde, no te preocupes —miró el reloj una vez más. Las mil cuatrocientas—. Permíteme presentarte a Adriana. Ya conoces a Chandler, un buen muchacho de la oficina.
Anna se sonrojó.
Adriana y Dexter se miraron a los ojos con complicidad.
—Les ha pegado el rayo siciliano.

 

Erwin llegó unos instantes después, acompañado de una mujer de aspecto distinguido.
—Erwin, muchacho —dijo Dexter—, de haber sabido que vendrías así de elegante me hubiera puesto algo más formal.
Erwin sonrió. Iba en pantalones deportivos de color indefinido y sudadera gris con capucha.
—Permíteme presentarte a Diana.
—Señorita —dijo Dexter, inclinándose para besar la mano de la dama, quien también vestía ropa deportiva. A Dexter le pareció extrañamente conocida.
—Diana es una buena amiga mía.
—Amigos solamente, ¿eh? No puedo culparla por no querer salir contigo.
—Nunca debes salir con alguien de tu círculo profesional —dijo Diana—, por si las cosas no marchan bien.
—Sabia decisión. Aunque debo decir que mi esposa y yo fundamos nuestra empresa juntos.
—¿De verdad? ¿Y cómo ha ido su matrimonio?
—Dexter es viudo.
—Oh. Lo siento.
—No te preocupes. No tenías forma de saberlo. Pasa, por favor, siéntete como en tu casa.

La casa estaba feliz. Había ruido y alegría por todos lados. Esperanza y Justin habían preparado una comida tradicional inglesa. Roast beef, papas, zanahorias, nabos y coles de bruselas rostizados, pudín de Yorkshire…
—Brindemos —dijo Erwin, poniéndose de pie y levantando el vaso de limonada. Todos siguieron su ejemplo—. Mi abuelo, que era un hombre sabio, me dijo una vez «Hijo, tengo ganas de comprar una casa, pero no tengo los medios. Tengo los medios para comprar una cabra, pero no tengo ganas.» ¡Así que bebamos para que nuestras ganas sean siempre compatibles con nuestros medios!
—¡Salud!
Comenzaron a comer. Saboreando todo como si nunca hubiera comido algo más delicioso, Diana felicitó a los cocineros.
—No sé quién les ha enseñado a cocinar. Debió ser un ángel.
Esperanza se sonrojó.
—Pecando de falsa modestia —dijo Justin—, diré que el secreto de una buena comida es un buen apetito. Y de mi receta secreta, claro está.
Todos rieron. Charlaron brindaron y rieron hasta que la última col de Bruselas y la última gota de salsa gravy desapareció.
—Confío en que aún haya espacio para el pastel —dijo Justin, mientras colocaba una preciosa tartaleta de fresa al centro de la mesa. Suspiró—. Me va a dar pena comérmela. Es tan maravillosa como nuestra gentil anfitriona e igual de dulce.
Esperanza se sonrojó y bajó la mirada. Dexter la tomó de la mano.
—Vamos. Pide un deseo —Adriana colocó una vela y la encendió.
Esperanza cerró los ojos un instante y se concentró. Sopló y apagó la flama.
La casa sonreía.

Diana se acercó a la joven. Examinó la cara con interés clínico.
—Eso son marcas de cigarrillo, ¿cierto?
—Diana —dijo Erwin—. Por favor.
—No lo tomen a mal. Es sólo que ya conozco a alguien más con esa clase de quemaduras. Las tuyas son exactamente la Osa Mayor.
—No le des ideas.
—No, no, me malinterpretan. Mira —se retiró el cabello de la espalda— Yo  tengo a Orión.
—Heh. Ya sé de dónde te conozco —dijo Dexter.

4 de julio. Hace nueve años.

Cuando llegó a su departamento, las luces estaban apagadas. Suspiró. Otra vez se robaron las lámparas, se dijo. Al menos conocía el camino. Subió los dos pisos. Las escaleras se le hacían más pesadas que de costumbre; la práctica de rugby lo había dejado exhausto. Escuchó entonces el gemido apagado. La casa del vecino. ¿Cómo se llamaba? Pompeo. Pompeyo. Algo así. El gemido llegó otra vez más. Alguien lloraba. Se concentró en escuchar. El tono era calmado, pero no podía distinguir lo que decía. Estaba todo oscuro. Abrió su departamento sin hacer ruido y fue a la ventana de atrás. Los departamentos fueron construidos en espejo; su habitación colindaba con la habitación del otro departamento. Los sollozos eran más pronunciados. La conversación, más inteligible. Un monólogo. Pompilio. Numa Pompilio. Podía escuchar lo que decía con claridad. Estaba castigando a su hija. Conocía a la chica. Un par de años menor que él, bonita, pero casi no salía; Numa Pompilio se lo tenía estrictamente prohibido. Era un hombre profundamente conservador y religioso; rayano en lo fanático desde que su esposa lo abandonó. Dexter recordaba esa pelea. Decidió espiar con un espejo. No era fácil, pero pudo observar a la chica maniatada y amordazada. En la oscuridad, una brasa roja variaba de intensidad. La brasa roja se perdía cuando Numa Pompilio la apagaba en la piel de la joven, que gemía de dolor.
Dexter tomó una decisión.

Haciendo acopio de toda su fuerza, golpeó la puerta, que gimió en respuesta mientras se despegaba de los goznes. Numa Pompilio tomó la botella de la que había estado bebiendo y se dirigió a la entrada, con intención de matar al intruso. La luz se encendió, cegándolo momentáneamente. No vio venir el golpe; Dexter lo tacleó por la cintura, derribándolo. La botella voló por los aires, derramando su contenido. Numa Pompilio se golpeó la cabeza al caer al suelo, y Dexter se puso de pie y corrió hacia la chica. La tomó en brazos y se la llevó a su departamento. Numa Pompilio intentó ponerse de pie. Dexter lo pateó en el estómago una vez más, y otra vez en la cara. Quedó tendido en el suelo.

La policía llegó eventualmente. La chica, temblorosa y asustada, se fue en la ambulancia. Dexter no podía olvidar las marcas en su espalda. Saiph. Rigel. Alnitak. Alnilam. Mintaka. Bellatrix. Meissa. Betelgeuse. La constelación de Orión. Las puertas de la ambulancia se cerraron. La chica lo miró mientras se alejaba.
—Godspeed, Diana —dijo Dexter.
—Necesito que me acompañe para tomar su declaración, joven —dijo el policía. Roberto Santos, leyó Dexter en la placa.
—¿Puede esperar un instante? Quisiera asegurarme de una cosa.
El oficial asintió. Dexter caminó hasta la patrulla. Numa Pompilio estaba ahí. sonriendo con los dientes negros y el aliento alcohólico. Dexter descargó un recto a la quijada. Un chorro de sangre brotó de los labios del hombre, y escupió un par de piezas.
—Listo, oficial —dijo, sobándose la mano—. Ya estoy listo para declarar.

Día de Muertos (28)

25 de diciembre.

El vestido rojo acentuaba su figura cuando entró. El maquillaje, ligero, destacaba sus ojos. Adriana le había cortado el pelo en una cascada que caía hacia la izquierda, contrastando con la constelación a la derecha. Dexter se quedó boquiabierto. Justin dejó de batir la masa del pastel.
—Ya pueden respirar —dijo Esperanza.

Justin hizo un desayuno ligero. Ligero, para sus estándares.
—Quiero desayunar así todos los días —había comentado Esperanza.
—Tendrás que llevarte a correr todos los días a este imbécil —dijo Justin, señalando con el vaso de jugo a Dexter.
Esperanza los miró.
—¿Puedo preguntar por qué se tratan de esa manera?
Dexter rió.
—¿Qué es tan divertido? —preguntó Adriana.
—Es muy simple. Una vez, en Cheshire, los dos nos enamoramos de la misma niña.
—Y cuando decimos niña, lo decimos literal —confirmó Justin—. Teníamos diez años.
—Siendo los dos un par de cerdos miniatura, no se nos ocurrió otra cosa que pelearnos con insultos.
—Tu mamá es tan gorda que imprimieron una foto panorámica de ella y todavía no terminan de imprimirla.
—Tu mamá es tan gorda que cuando termina de ponerse su vestido primaveral ya estamos en otoño.
—Tu mamá es tan gorda que cuando va a la playa Greenpeace la quiere devolver al mar.
—Tu mamá es tan gorda que actuó como la piedra rodante de Indiana Jones.
—Tu mamá es tan gorda que su sombra pesa veinte kilos.
—Tu mamá es tan gorda que se pone el lápiz de labios con rodillo de pintura.
—Tu mamá es tan gorda que una vez brincó al aire y se atoró.
—Por supuesto —dijo Dexter entre risas— la niña jamás nos hizo caso, pero en cambio nos convertimos en los machos alfa de la manada.
—Y cada vez que veíamos a una chica guapa, comenzábamos a insultarnos. Es nuestro equivalente a la danza del apareamiento del pavo real.
—Siempre hemos sido muy buenos amigos, así que si uno de nosotros ligaba y ella soportaba nuestro ritual, sabíamos que era la indicada.
—Y funcionó.
Justin besó a Adriana.
—Se necesita una mujer de carácter para soportar nuestras mañas. Huye ahora que puedes, querida —dijo, sonriendo.
Como respuesta, Esperanza se acercó a Dexter.
—She’s the one.
—Indeed —Dexter le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Ella sonrió.
Esperanza y Justin estaban atareados en la cocina. Adriana y Dexter salieron, para dejarlos trabajar. Fueron a la sala. El cuadro estaba aún ahí, tapado.
—Cuéntame de ella. De tu esposa.
Dexter inclinó la cabeza.
—Fue el amor de mi vida.
—Lo sé. Por eso quiero que me cuentes de ella.
Dexter la miró a los ojos.

 

10 de agosto. Hace ocho años.

—Necesito un trago —dijo la recién casada. El vestido blanco, vaporoso, parecía flotar mientras bailaba con su flamante marido, elegante con su traje negro hecho a la medida.
Eran una bonita pareja. Él, alto, grande y fuerte como un toro e igual de inteligente, según el padrino, bailaba el tango que la orquesta tocaba; sabía que era la única ocasión en que podría mandar a su esposa. Ella, delgada, alta pero no tanto como su esposo; la cara redonda flanqueada por una espesa mata de cabello negro, los pómulos altos, los ojos color aceituna, la piel salpicada de pecas. La novia se movía con la gracia natural de prima ballerina. Un mesero pasó. Sin perder el paso, ella tomó dos flautas de champán y le dio una a su marido.

Dexter los miraba desde detrás de una columna, Junto a él, Remedios, abrazada para no perder el equilibrio.
—He bebido de más —dijo la joven.
—Hemos.
Ella cerró los ojos.
—¿Crees que nuestra boda sea igual de salvaje?
—Eso depende. ¿Me enseñarás a bailar?
Ella le puso el índice en los labios.
—Como si en realidad pudieras caminar sin tropezarte, escritor.
—Oye…
—Vamos a otro lado.
—Somos los padrinos. No nos podemos ir.
—No nos vamos a ir. Sólo tenemos que ir a otro lado.
Lo besó. Sabía a champán.
—Vamos. A menos que quieras que todos nos vean.
Bajó su mano. Ella sabía cómo convencerlo…

—Hey, tórtolos —dijo Consuelo, tocando la puerta de la camioneta—, les recuerdo que para haber luna de miel primero tiene que haber boda.
Una mano escribió en el vapor del vidrio «fuera».
Ella sonrió. Todavía no sabía qué se habían visto, pero estaba contenta de que estuvieran juntos. Regresó a la boda. La orquesta había pasado del tango al swing, y los recién casados bailaban con brío.
Consuelo se sentó en la primera mesa que vio. Había una botella de Grand Marnier. Se sirvió una copa y la vació de un trago.
—Perdone, señorita, pero creo que está usted en mi lugar.
Ella lo miró. No estaba mal el muchacho. No era muy viejo. No pasaba de los treinta. Se veía fuerte. La barba bien cuidada. Iba vestido exactamente lo opuesto de lo que se esperaba en una boda: traje blanco, camisa negra, y corbata de patitos. Con el valor que te da el alcohol en la sangre, lo devoró con la mirada. Se sirvió otro Grand Marnier.
—Ups —dijo. No hizo ningún movimiento para levantarse.
Él, entonces, se sentó en la silla de al lado.
—Joaquín.
—No. Consuelo. Deberías dejar de beber; estás poniéndote borroso.
Él sonrió.
—Consuelo.
—Sí. Es curioso. Tú me conoces y yo no sé tu nombre.
—Oh, perdón. Soy Joaquín.
—Hola, Joaquín.
—Hola, Consuelo.
—Toma un trago conmigo —sirvió otra ración de Grand Marnier. Le acercó el vaso.
—A tu salud.
—Cheerio!

 

—¿Qué tan segura estás de que va a funcionar?
—Le dije a Joaquín que trajera Grand Marnier. Conozco a tu hermana, escritor.
Los cristales de la camioneta seguían empañados.
—¿Y crees que harán buena pareja, o qué?
—Pffft, no. Probablemente acaben escenificando la Guerra de las Rosas.
—¿Y entonces?
Ella recogió su pelo. Él le subió el cierre del vestido.
—No todos los amores son para siempre ni todos los amores son ardientes.
—Ya no estoy seguro. ¿El nuestro lo es? No. El de Justin y Adriana sí. El nuestro es un amor especial.
—¿Qué tan especial?
—Tan especial como para que te ame —dijo ella, besándolo.

Adriana le guiñó un ojo cuando regresaron a la fiesta. Remedios guiñó de vuelta. Se sentaron en la primera mesa vacía que vieron. Ya casi no quedaban invitados y ahora la música provenía de grabaciones, pero los novios seguían bailando.
—Anoche soñé con tu amiguita.
—¿Cuál de todas?
—Esa por la que estabas loco pero no te hizo caso.
—Ah, ya. Nunca me volvió a hablar después de aquella vez en que nos encontramos en el cine.
—Lo siento. Debí decirle que no me interesabas.
—Ustedes las mujeres son animales muy raros. Nosotros los hombres somos animales sencillos.
—Sí, seguro, escritor.
—Es verdad. Ustedes nos han estado domando durante años. Si alguien tiene la culpa de lo que somos son ustedes.
—Sí, claro. Igual, soñé con tu amiguita.
—Muy bien —dijo, sirviéndose un trago de lo primero que vio. Coñac—. ¿Qué soñaste?
—Soñé que tu amiguita se iba en un viaje en tren y me dejaba a su hija. Me pedía que la cuidara porque ella te cuidaría a ti.
—Qué raro.
—¿Tu amiguita tenía hijos?
—No sé. Nunca me dijo.
—¿Te hubieras casado con ella si hubiera tenido hijos?
—No veo por qué no. Papá se casó con mamá cuando ya había nacido Consuelo.
—Sí, pero ellos ya llevaban diez años viviendo juntos.
—Creo que sí…
—Anda, ¿te hubieras casado con ella si hubiera tenido hijos?
—Sí.
—¿Y te casarías conmigo sabiendo que tengo hijos?
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si me lo propones tú o si te lo propongo yo.
Ella lo miró por encima de los anteojos.
—No te entiendo.
—Antes de que se me olvide —dijo Consuelo, asida del brazo de Joaquín—, esto es tuyo, Dex. Nos vemos mañana. O pasado mañana si todo sale bien —sonreía.
Dexter hizo la seña de éxito a Joaquín. Era buen amigo.
—Gracias, querida —dijo Dexter, tomando la cajita.
—¿Qué es eso?
—La curiosidad mató al gato.
—Quiero saber —dijo ella, recostándose en el pecho del joven.
—Está bien.
Abrió la cajita y le mostró el contenido.
—No es mucho, pero lo hice yo mismo. Es una pieza de meteorito.
Lo deslizó en el dedo de la joven.
—¿Te casarías conmigo?
A manera de respuesta, ella lo besó.

 

25 de diciembre.

—La extraño terriblemente.
—¿Qué harías si pudieras cambiar el pasado?
—No lo sé. Quizá nada. Sólo soy una persona, y me da miedo pensar en las ramificaciones de un solo cambio. Si en su boda Joaquín no hubiera llevado Grand Marnier, o si no me hubieran prestado la camioneta del trabajo, o si me hubiera desecho del meteorito que perforó la bodega, o si no hubiera llegado tarde ese día… Si alguien le hubiera dado una mano a Gris, o si Reme no hubiera ido al cine ese día… Si hubiera insistido un día más con Gris, o si Erwin no hubiera necesitado practicar un testamento… Si su profesor no hubiera decidido que era tan buen testamento que aceptó notariarlo sin cobrar… O si no hubiera llegado aquel día con mi primera novela… Son tantas y tantas historias que hubieran sido diferentes. No creo que quisiera cambiar el pasado —tenía los ojos húmedos.
Ella lo miró en silencio. Tomó su mano y le dio una palmada afectuosa.
—Eres un buen hombre.
—Quiero pensar que es así.
—Temo por esa chica. No porque se enamoró de un hombre mayor. Ni siquiera porque se enamoró de ti en particular. Siento que algo va a salir mal en el futuro.
—Lo sé. Mi mundo estaría mejor si supiera lo que va a pasar. Tengo miedo, Adi. Tengo miedo de lo que va a pasar. No por mi.
—Por ella.
—Y por sus hermanas. Todavía no las conozco y ya las extraño…
Trató de contener el temblor de su mano izquierda.
—Tengo miedo. Temo por ellas. ¿Cómo puedo temer por alguien que no conozco? ¿Cómo puedo amar a alguien que no está conmigo?
Adriana lo abrazó. Se quedaron así largo rato.
—Todo saldrá bien. Te lo prometo.

Día de Muertos (27)

25 de diciembre. 

El sol salió, como de costumbre, por el este. Los primeros rayos rebotaron, como de costumbre, por las paredes al oeste. La luz difusa, en cambio, los encontró bajos las frazadas, ella acaparando los cobertores, él abrazándola por la espalda. Él despertó primero. Su conciencia, quizá, no estaba del todo en paz. Pero aspiró el aroma que emanaba del cabello de la joven. Sintió paz. Se sintió en paz consigo mismo. No habían pasado más allá de un manoseo —aún tenía escrúpulos, racionalizó— pero ya sabía que su vida estaba incompleta sin Esperanza.

Ella despertó instantes después. Sintió las manos de Dexter rodear su cintura, y su respiración acompasada. Sintió algo que no había sentido nunca antes. Se sintió amada. ¿Qué importaba la diferencia de edades? A ella, ciertamente, no le importaba. Se giró.
—Hola —dijo.
—Hola —le respondió.
Ella se acomodó junto a él. Ahora ella lo abrazaba.
—Me gustó despertar así.
Él jugó con su cabello un poco.
—Hace años que no lo hacía.
—¿La extrañas?
—Terriblemente. Pero ahora te tengo a ti.
—Y yo te tengo a ti. Y me gusta.
—Temo que sea un sueño.
—Hay una manera de saberlo —dijo. Lo besó—. No, no es un sueño. Te huele la boca.
Él rió.
—Creo que te amo, bella.

 

Salió del baño y se vistió. Ropa deportiva. Era día festivo, después de todo. El árbol estaba iluminado y los cuatro regalos estaban en su lugar. Aunque… Dexter los contó. Cinco. Había uno más. Mientras se preguntaba por qué, llegó Esperanza, aún secándose el pelo. La miró. Se veía joven. Muy joven. Sentimientos encontrados, mariposas en el estómago, Humbert Humbert de seguro aprobaría lo que estaba viendo… Pero mientras Humbert hubiera deseado que el tiempo no pasara, que Lolita permaneciera siempre joven, Dexter no podía esperar a ver lo que el tiempo haría con Esperanza. Apenas dos meses atrás era una chiquilla flaca, sucia y lastimada. Ahora florecía. Se convertiría en algo grande, estaba seguro de ello, y quería estar ahí para verla conquistar el mundo. Quería tenerla a su lado. No era egoísmo; era algo más fuerte, algo más profundo.
—Feliz navidad —le dijo.
La joven Se acercó a él, se paró de puntas y le dio un fugaz beso.
—Feliz navidad.
Dos meses antes, para ella eso hubiera sido impensable. Pero no hoy. Pensó en sus hermanas. Sintió una oleada de tristeza. Dexter la atrajo hacia sí.
—Creo que sé en lo que estás pensando. Por eso guardaremos estas dos cajas. Pero ésta es para ti.
Ella lo miró a los ojos. Volvió a ser una niña por un instante.
—¿De verdad?
—Claro. Nunca dejamos atrás a la familia. Sólo nos hace falta un poco de tiempo. En marzo. Antes de la primavera. Ahora abre tu regalo.

Con inmenso cuidado Esperanza desenvolvió el regalo. El papel hubiera podido usarse de nuevo. Era una enorme caja. Y dentro, una caja más pequeña, también envuelta para regalo. Ella lo miró; él se encogió en hombros. Ella desenvolvió la caja, y dentro, una caja más. Él casi no podía contener la risa. Ella volvió, con sumo cuidado, a desenvolver el regalo. Y adentro, un oso de felpa. Ella lo sacó.
—¿Feroz? ¡Feroz! —comenzó a llorar de alegría— ¡Eres tú, Feroz!
Abrazó al oso, un osito color chocolate vestido con un abrigo de lana amarillo y un sombrero de Panamá. Bailó con él unos instantes y abrazó intensamente a Dexter.
—¿Cómo lo supiste?
—Pensé que te gustaría. Consuelo tenía uno parecido. Eran inseparables. Nunca lo soltaba.
—Yo tenía uno cuando era pequeña. Igual. Me lo dio mamá. Hasta que… hasta esa vez que… —su mirada entristeció.
—Hasta esa noche —dijo él, besando su cabeza.
—No lo volví a ver. Y entonces todo pasó tan deprisa…
—Pero no más.
—Pero no más —se abrazó con más fuerza de Dexter, las lágrimas fluyendo. Se quedaron así largo rato.

 

—Pero qué tonta soy —dijo, por fin, rompiendo el abrazo a regañadientes—. Navidad es para estar alegres. Te tengo un regalo.
Sin soltar al oso, tomó la misteriosa quinta caja y se la dio a Dexter.
—No sabía qué regalarte, así que pensé en darte algo que no te he visto usar. Me tomó mucho tiempo encontrar esto.
Era una cajita pequeña. Se quedó mirando un rato, como si no supiera qué hacer.
—Oh. Cierto —dijo Esperanza.
Aunque Dexter ardía en deseos de romper la envoltura (no pudiendo hacer otra cosa con la mano aún enyesada) quería darle la satisfacción a la joven, quien tomó el regalo y, sin soltar al oso, lo desenvolvió con sumo cuidado. Dexter tomó la caja y la abrió.
Era un reloj. Un hermoso reloj Stührling Aviator, con correa y cuerpo de titanio color cobre, doble carátula, calendario, semanario y cristal inastillable; un modelo limitado que tenía las 24 horas en la carátula. Era una belleza de reloj, y no debía haber sido fácil de conseguir.
—¿Te gusta?
—No sé qué decir… Es… ¿Cuánto… cómo pagaste por ésto?
Se ajustó el  reloj con sumo cuidado. Se sentía como una parte de su cuerpo. Miró a la joven.
—No usabas reloj. Pensé que necesitarías uno.
—No uso reloj desde que murió Remedios. No soportaba ver pasar el tiempo. Pero ahora…
Abrazó a la joven. Ella se acurrucó en él.
—Ahora estoy seguro de que te amo.
Ella fue, en ese instante, la mujer más feliz del mundo.

 

Los interrumpió el sonido del timbre, anunciando insistentemente la presencia de visitas. Por un momento Dexter pensó en dejar que siguieran timbrando, pero Esperanza tenía otras ideas. Aún con el oso en brazos, se dirigió a la puerta. Había algo agradable al verla caminar, se dijo Dexter. Por un momento deseó ser más joven. Pero, qué diablos, se dijo. Aún no soy un viejo; sólo tengo treinta y dos años. La voz que retumbó por el portón devolvió a la realidad a Dexter.
—¿Dónde estás, inmundo animal? ¿Crees que dejaré que mancilles la pureza de esta bella dama con tus sucias garras?
—¡Que me lo diga un tipo que cree que el epítome de la cocina inglesa es el cordero hervido en salsa de menta tiene su gracia! ¡Ven acá y pelea como hombre, bestia del demonio!
Los dos hombres se fundieron en un abrazo.
—Es la segunda vez en cinco años que cierro mi negocio. Más te vale que hagas que valga la pena.
—No se me ocurre mejor razón que celebrar un cumpleaños.
—Y tienes razón. Mira, déjame presentarte a mi esposa. Adriana.
—¿Te casaste con esta bestia peluda? No sabes cuánto lo lamento.
—Por favor —dijo Adriana, sonriendo—, sabes perfectamente que no lo lamentas. La verdad este hombre fue nuestro testigo de bodas —le dijo a Esperanza—. Vamos, querida, dejemos que este par se pongan al día. Tú y yo tenemos que mucho de qué hablar. Y tenemos que hacer algo con tu cabello. Para tu fortuna, soy la persona adecuada para ayudarte. Creo que el regalo que te traje te sentará como un guante…
Dejaron las cajas bajo el árbol. Dexter y Justin ya estaban recordando viejos tiempos, mientras se dirigían a la cocina.

 

Mientras la cafetera hacía su trabajo, Justin examinaba el contenido del refrigerador.
—Muchacho, eres un suertudo. Donde me entere que le haces algo malo a esa chica yo mismo te arrancaré las pelotas con las uñas.
—No eres el único que ha hecho esa amenaza. Y créeme, nada le pasará a Esperanza mientras yo esté vivo.
—Es todavía joven. No le crees falsas expectativas.
—Sé que es joven. Pero no hay forma de resistirse a su encanto. No puedo esperar a que cumpla la mayoría de edad.
—Todavía no, ¿eh? A pesar de todo eres una buena persona.
—Sí, bueno, siempre he creído que soy fundamentalmente decente.
—Ese es mi muchacho. Muy bien. Tomando en cuenta las sobras y los ingredientes que tienes, ¿cuántos invitados más esperas? Ayer tuviste tres, ¿no es verdad?
—Sí, pero… nos faltan dos.
Se sirvió una taza de café. Tras el primer sorbo, comenzó a contarle la historia que conocía. Justin escuchaba atentamente, mientras mezclaba harina, azúcar, leche y huevos. Aún no eran las nueve de la mañana…

Día de Muertos (26)

24 de diciembre.

—Aún no está terminado. ¿Le gusta? —preguntó Esperanza.
—Son sentimientos encontrados. Mi pueblo natal es la noble y leal villa de Guernica y Luno. Naturalmente, ese cuadro me afectó profundamente. Creo que por eso me volví abogado. Tienes una gran visión artística.
—Gracias. Me gustaría ver el cuadro original.
—Algún día.
Ella lo tomó del brazo. Quedaron un instante en silencio, contemplando el mural inconcluso. Él la miró y asintió. Dócil, Erwin se dejó guiar hasta el comedor.

 

El comedor tenía años sin ser usado, pero nadie lo hubiera dicho. El pavo, con un color perfectamente dorado, descansaba al extremo de la mesa, sobre una cama de pequeñas patas fritas, colecitas de Bruselas y zanahorias. Acompañaban al ave un enorme cuenco de sopa de puerros, una charola llena de huevos escoceses y pequeñas salchichas envueltas en hojaldre y tocino, adornada con pequeñas ramitas de perejil, y un platón lleno de ramitas de apio con queso crema y pequeños panecillos que Dexter reconoció como pudín de Yorkshire. Había tazones de salsa de arándano, gravy y crema ácida. Pequeños montones de aceitunas, queso en cubos, galletas de soda y pan tostado. Dos pequeños cuencos con nueces y pasas, otro par mayor con gajos de naranja y manzanas cortadas en octavos, y dos enormes con ensalada Waldorf y puré de papa.
—En nombre de todo lo profano —dijo Erwin—, no entiendo cómo pudiste hacer esto tú sola, hermosa.
Dexter estaba boquiabierto. Nunca había visto, en el tiempo que llevaba viviendo ahí, una mesa tan bien abastecida.
—Voy a servir la sopa. ¿Quieres hacer el favor de trinchar el pavo? —preguntó Esperanza.
Dexter sonrió lentamente.
—Como ordenéis, milady.

 

Concentrada en saborear su comida, Anna extendió su mano para tomar un panecillo. Chandler hizo lo mismo al mismo tiempo. Sus manos se tocaron. Fue como si un rayo los atravesara.
—Ah, ser joven de nuevo… y no es que estemos precisamente viejos, Dex —dijo Erwin, mordiendo una papa.
Dexter lo miró. Él asintió.
—Has estado solo mucho tiempo. Y no le haces mal a nadie…
Dexter miró a Esperanza. Sonrió. Qué diablos, pensó, no le hacemos mal a nadie… Tomó la mano de la joven y sonrió. Ella se sonrojó.
—Condenación e infierno —dijo Erwin en voz baja, sonriendo—. Ahora resulta que soy el único que no tendrá una cita para mañana.
Tomando la botella de vino sin alcohol, que esperaba pacientemente en su cubetera, la destapó y sirvió cinco copas.
—Brindemos —dijo, levantando su copa—. Brindemos porque la vida no siempre va de acuerdo a nuestros planes. Por ejemplo, yo debería estar aquí acompañado por la mujer perfecta, pero ella decidió estar con el hombre perfecto; por eso estoy solo. Aún así, que ninguno de ustedes tenga que pasar una fiesta solo nunca más. Que siempre estén en el lugar indicado en el mometo justo, y que aunque sus planes fallen la fortuna les sonría. ¡Brindemos por un año más de vida de nuestra graciosa anfitriona! За именинницу! С днем рождения! —¡A la cumpleañera! ¡Feliz cumpleaños!
—¡Salud!
Era pasada media noche cuando Erwin, Anna y Chandler se despidieron. Hacía frío.
—Los veré en unas horas —dijo Erwin—. Este cumpleaños merece celebrarse.
—Ustedes también deben regresar —le dijo Esperanza a los dos jóvenes—. Hornearé un pastel.
—No nos lo perderíamos por nada del mundo —dijo Anna. Chandler sonrió. Ella lo tomó de la mano.
—Aquí estaremos.

 

—Vamos, es navidad —dijo Dexter—. Es hora de abrir los regalos.
—No. Los regalos se abren en la mañana de navidad.
—Técnicamente ya es de madrugada.
—No. Es mi primera navidad con regalos y quiero abrirlos cuando se supone que se abren los regalos.
Dexter sonrió y abrazó a la joven.
—Oh, mi dulce niña del invierno…
—No soy una niña —dijo ella, en un tono que Dexter no escuchaba desde, por lo menos, diez años.
La miró a los ojos. Se perdió en esos ojos profundos, algo tristes, pero con una chispa que no había notado antes.
—No soy una niña —repitió Esperanza.
Tenía dieciséis años ya. Hace mucho que no era una niña, se dijo. Le devolvió la mirada a Dexter. Era mayor que ella. Le doblaba la edad. Debería verlo como un anciano, pero no podía. Era sólo mayor que ella. Lo tomó de las solapas y lo atrajo hacia sí. Lo besó. Cerró los ojos. Un beso largo, profundo. Sintió su sorpresa, y sintió cómo la sorpresa daba lugar a algo más, a un sentimiento que todavía no podría describir. La atrapó con sus brazos. Correspondió el beso. Sus labios se abrieron y sus lenguas jugaron tímidamente primero, después con toda intensidad. Tardaron un rato en separarse.
—Te lo dije. No soy una niña.
—Sí, ya no lo eres —dijo Dexter, tomándola en brazos.
Se preguntó si Humbert Humbert estaría de acuerdo. Quizá no; al protagonista de la novela de Navokov no le interesaban las mujeres, sino las nínfulas. Y tenía razón: ella ya no era una niña. Aún no era toda una mujer, pero ya no era una niña. Y sólo faltaban dos años para que los estatutos estuvieran completamente a su favor… Miró la casa. La casa le sonreía. Sintió que Remedios estaba ahí; que Consuelo estaba ahí. Miró a los ojos a Esperanza. Griselda estaba ahí, al fondo de las ventanas de su alma, y le sonreía.

Al diablo las consecuencias, se dijo.