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	<title>LIDERCorp Labs &#187; vainadifusión</title>
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	<description>Hogar de los Black and Blues Rugby Club</description>
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		<title>La leyenda del Ánima de Sayula</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Feb 2011 17:30:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Inge Ese</dc:creator>
				<category><![CDATA[El sutil arte de hacerse pendejo]]></category>
		<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>
		<category><![CDATA[Ánima de Sayula]]></category>

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		<description><![CDATA[El Ánima de Sayula, por Teófilo Pedroza. El ánima de Sayula La leyenda del Ánima de Sayula, que alguna vez avergonzara tanto a los habitantes de esa villa como para que Juan Rulfo renegara de su origen, ahora es motivo de orgullo y fuente de ingresos. Para saber más de los versos escritos por don…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Ánima de Sayula, por Teófilo Pedroza.</p>
<p><a href="http://lidercorp.com/wp-content/uploads/2008/01/anima-de-sayula.mp3">El ánima de Sayula</a><br />
<img class="alignright" src="http://lidercorp.com/wp-content/uploads/2008/01/anima.gif" alt="anima.gif" width="287" height="256" /><br />
<span id="more-933"></span><br />
La leyenda del Ánima de Sayula, que alguna vez avergonzara tanto a los habitantes de esa villa como para que Juan Rulfo renegara de su origen, ahora es motivo de orgullo y fuente de ingresos. Para saber más de los versos escritos por don Teófilo Pedroza, visiten éste enlace de <a title="El Sur" href="http://www.periodicoelsur.com/noticia.aspx?idnoticia=5824">El Sur:</a> <a title="El Sur" href="http://www.periodicoelsur.com/noticia.aspx?idnoticia=5824">http://www.periodicoelsur.com/noticia.aspx?idnoticia=5824</a></p>
<hr />
<hr />
<p style="text-align: center;">En un caserón ruinoso<br />
De Sayula en el lugar,<br />
Vive Apolonio Aguilar<br />
Trapero de profesión.</p>
<p style="text-align: center;">Hace tiempo que padece<br />
Hambre voraz y canina<br />
Y por eso está que trina<br />
Contra su suerte fatal.</p>
<p style="text-align: center;">No es borracho, ni juega<br />
Solo comer es su vicio<br />
Pero anda mal del oficio<br />
Ni para comer le da.</p>
<p style="text-align: center;">Cuatro tablas, dos petates<br />
Un bacín roto de barro;<br />
Cuatro cazuelas y un jarro<br />
Son de su casa el ajuar.</p>
<p style="text-align: center;">Su mujer y sus hijuelos<br />
Macilentos y hambriados<br />
Con semblantes extraviados<br />
Piden pan con triste voz</p>
<p style="text-align: center;">Pan allí ni por asomo;<br />
Hambre sí, disgustos mil<br />
En aquel chiribitil,<br />
A pasto y a discreción.</p>
<p style="text-align: center;">Llanto solo de miseria<br />
Que goteando noche y día<br />
Apagó dejando fría<br />
La ceniza del hogar.</p>
<p style="text-align: center;">Por eso el trapero esconde<br />
Entre sus manos la cara;<br />
Maldice su suerte avara<br />
Que le causa aquel dolor.</p>
<p style="text-align: center;">Y fijando en su consorte<br />
Su penetrante mirada<br />
Con voz grave y levantada<br />
De esta manera le habló:</p>
<p style="text-align: center;">«Es preciso que ya cese<br />
Esta situación terrible;<br />
Vivir así no es posible,<br />
Harto estoy de padecer.»</p>
<p style="text-align: center;">«Me ocurre feliz idea,<br />
Que desde luego te explico;<br />
Esta noche me hago rico<br />
O perezco en la función.»</p>
<p style="text-align: center;">«Escucha y no me repliques<br />
Mi suerte está decidida.<br />
El porvenir de mi vida<br />
Depende de esta ocasión.»</p>
<p style="text-align: center;">«Tú sabes que en esta tierra<br />
Entre la gente de seso<br />
Se cuenta cierto suceso<br />
Que ha causado sensación.»</p>
<p style="text-align: center;">«Se dice, pues, que de noche<br />
Al sonar las doce en punto<br />
Sale a penar un difunto<br />
Por las puertas del Panteón.»</p>
<p style="text-align: center;">«Que las gentes que lo ven<br />
Huyen a carrera abierta<br />
Y todos cierran la puerta<br />
Encomendándose a Dios.»</p>
<p style="text-align: center;">«Que por fin un desalmado<br />
Se encaró ya con el muerto;<br />
Mas de terror quedó yerto,<br />
Patitieso y sin hablar.»</p>
<p style="text-align: center;">«Esto lo aseguran todos<br />
Y mi compadre José<br />
Me ha jurado por su fe<br />
Que también al muerto vio.»</p>
<p style="text-align: center;">«Y me asegura que el muerto<br />
Tiene la plata enterrada<br />
Y busca gente templada<br />
Con quién poderse arreglar.»</p>
<p style="text-align: center;">«Pues bien, me siento con bríos<br />
Para hablarle al mismo diablo,<br />
A ese muerto yo le hablo<br />
Aunque me muera después.»</p>
<p style="text-align: center;">«Mucho peor es morir de hambre<br />
Que morir de puro miedo<br />
Y si yo con vida quedo<br />
Seremos ricos después.»</p>
<p style="text-align: center;">«¡Por Dios, Apolonio!» dijo<br />
Su mujer muy afligida;<br />
«No juegues así la vida<br />
Deja a los muertos en paz.»</p>
<p style="text-align: center;">«No mujer, no retrocedo,<br />
Es una cosa resuelta;<br />
Si pronto no doy la vuelta<br />
Prepara mi funeral.»</p>
<p style="text-align: center;">Dijo y con paso veloz<br />
Pálido como un difunto,<br />
Salió de su casa al punto,<br />
Camino para el Panteón.</p>
<p style="text-align: center;">Envuelto en tinieblas yace,<br />
De Sayula el caserío<br />
Y un aspecto muy sombrío<br />
Allí reina por doquier.</p>
<p style="text-align: center;">No se oye voz humana<br />
Ni el más ligero ruido,<br />
Solo lejos el aullido<br />
Pavoroso de algún can.</p>
<p style="text-align: center;">Algún pájaro que cruza<br />
En las tinieblas perdido<br />
Lanza fúnebre graznido<br />
Al ir de su nido en pos.</p>
<p style="text-align: center;">Y al extinguirse perdido<br />
Que al corazón pone susto,<br />
Canta el tecolote adusto<br />
En el ruinoso torreón.</p>
<p style="text-align: center;">Negro toldo cubre el cielo,<br />
Y al soplo del viento frío<br />
Gimen los sauces del río<br />
Con quejumbroso rumor.</p>
<p style="text-align: center;">Lúgubre la noche está<br />
Y en su fondo pavoroso<br />
Brota a veces luminoso<br />
Un relámpago fugaz</p>
<p style="text-align: center;">La silueta del trapero<br />
Que a la ventura de Dios;<br />
Va de la fortuna en pos<br />
Hasta vencer o morir</p>
<p style="text-align: center;">Mas a medida que avanza<br />
Su valor se debilita<br />
Y es dueño de honda cuita<br />
Su angustiado corazón.</p>
<p style="text-align: center;">Avanza pues presuroso<br />
Aquel hombre de faz yerta,<br />
Y al fin se mira en la puerta<br />
Del tenebroso panteón.</p>
<p style="text-align: center;">Allí con mortal congoja,<br />
La hora fatal aguarda;<br />
Hora que tal vez no tarda<br />
En sonar en el reloj.</p>
<p style="text-align: center;">Por fin de repente suenan<br />
Doce lentas campandas,<br />
Cuyas notas compasadas,<br />
Vibran con sordo rumor.</p>
<p style="text-align: center;">Notas lentas y solemnes<br />
Cuyo sonido retumba<br />
Como el eco de una tumba<br />
Con quejumbroso rumor</p>
<p style="text-align: center;">Por fin a esperar se pone<br />
Y sin grande dilación<br />
Las puertas de aquel panteón<br />
Se abren de par en par.</p>
<p style="text-align: center;">Cruza el dindel el fantasma<br />
Mudo, rígido y sombrío<br />
Como el sepulcro frío<br />
Y horrible aborto de horror.</p>
<p style="text-align: center;">Lleva cubierta la faz<br />
Con negro y tupido velo<br />
Y arrastrando por el suelo<br />
Lleva también el sudario.</p>
<p style="text-align: center;">Aguilar, de espanto yerto<br />
Y erizado su cabello<br />
Con agitado resuello,<br />
Corre tras de la visión.</p>
<p style="text-align: center;">Y haciendo un supremo esfuerzo<br />
Cual si jugara la vida<br />
Con voz despavorida<br />
De esta manera le hablo:</p>
<p style="text-align: center;">«De parte de Dios te pido<br />
Me digas cómo te llamas<br />
Si penas entre las llamas<br />
O vives aquí entre nos.»</p>
<p style="text-align: center;">«¿Qué buscas por estos sitios<br />
Donde a los vivos espantas?<br />
Si tienes talegas ¿cuántas<br />
Me podrías proporcionar?»</p>
<p style="text-align: center;">«Me llamo Perico Zúrrez»<br />
Dijo el fantasma en secreto,<br />
«Fui en la tierra buen sujeto<br />
Muy puto mientras viví.»</p>
<p style="text-align: center;">«Ahora ando penando aquí<br />
En busca de algún profano<br />
Que con la fuerza del ano<br />
Me arremangue el mirasol.»</p>
<p style="text-align: center;">«El favor que yo te pido<br />
Es un favor muy sencillo,<br />
Que me prestes el fundillo<br />
Tras del que ando tiempo ha.»</p>
<p style="text-align: center;">«Las talegas que tú buscas<br />
Aquí te las traigo colgando,<br />
Ya te las iré arrimando<br />
A las puertas del fogón.»</p>
<p style="text-align: center;">Lleno de sorpresa quedó<br />
El pobrecito trapero<br />
Y echando al suelo el sombrero,<br />
El infeliz exclamó:</p>
<p style="text-align: center;">«¡Por vida del Rey Clarión<br />
Y de la madre de Gestas!<br />
¿Qué chingaderas son éstas<br />
Que me suceden a mi?»</p>
<p style="text-align: center;">«Yo no se lo que me pasa<br />
Pues ignoro con quien hablo,<br />
Este cabrón es el diablo<br />
O mi compadre José.»</p>
<p style="text-align: center;">«Buena fortuna me hallé<br />
En esta tierra de brutos,<br />
Donde los muertos son putos<br />
¿Que garantías tengo yo?»</p>
<p style="text-align: center;">«Lo que me suceda a mí<br />
Es para perder el seso;<br />
Si los muertos piden cieso<br />
¿Los vivos que pedirán?»</p>
<p style="text-align: center;">«Venir de lejanas tierras<br />
A buscar aquí la vida<br />
Y mi suerte maldecida<br />
Me depara un trance atroz.»</p>
<p style="text-align: center;">«No tener yo más alhaja<br />
Que la alhaja del fundillo<br />
Y me la pide este pillo<br />
Que dice que ya murió.»</p>
<p style="text-align: center;">«Esto es cuanto puede verse<br />
Por las crestas del Demonio<br />
¡Si lo aflojas Apolonio<br />
De aquí sin culo te vas!»</p>
<p style="text-align: center;">Así el trapero exclamó<br />
Muy pensativo y mohíno<br />
Del pueblo tomó el camino<br />
Y en sus calles se perdió.</p>
<p style="text-align: center;">Y es fama que cuando oye<br />
Que hablan del aparecido<br />
Receloso y confundido<br />
Se pone una mano atrás.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>MORALEJA</strong></p>
<p style="text-align: center;">Escucha, lector:<br />
Si alguna vez<br />
Y por artes del demonio<br />
Te vieres como Apolonio<br />
En crítica situación.</p>
<p style="text-align: center;">Si tropiezas acaso<br />
Con alguna ánima en pena,<br />
Aunque te diga que es buena<br />
No te confíes jamás.</p>
<p style="text-align: center;">Y por vía de precaución<br />
Llévate como cristiano<br />
La cruz bendita en la mano<br />
Y en el fundillo un tapón.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>El corazón delator</title>
		<link>http://lidercorp.com/2011/02/20/el-corazon-delator/</link>
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		<pubDate>Sun, 20 Feb 2011 18:08:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Inge Ese</dc:creator>
				<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>

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		<description><![CDATA[El Corazón Delator, por Edgar Allan Poe. El Corazón Delator ¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Corazón Delator, por Edgar Allan Poe.</p>
<p><a href="http://www.lidercorp.com/poe/El%20coraz%c3%b3n%20delator.mp3">El Corazón Delator</a><br />
<span id="more-6995"></span><br />
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen&#8230; y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.</p>
<p>Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre&#8230; Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.</p>
<p>Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio&#8230; ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado&#8230; con qué previsión&#8230; con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría&#8230; ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente&#8230; muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente&#8230; ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches&#8230; cada noche, a las doce&#8230; pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.</p>
<p>Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás&#8230; pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.<br />
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando: «¿Quién está ahí?»</p>
<p>Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando&#8230; tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.<br />
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena&#8230; ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me riera en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: «No es más que el viento en la chimenea&#8230; o un grillo que chirrió una sola vez». Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.</p>
<p>Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre. Estaba abierto, abierto de par en par&#8230; y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.</p>
<p>¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado. Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí&#8230; ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez&#8230; nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.<br />
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas. Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar&#8230; ninguna mancha&#8230; ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo&#8230; ¡ja, ja! Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?</p>
<p>Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar. Sonreí, pues&#8230; ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.<br />
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara&#8230; hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.</p>
<p>Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba&#8230; ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso&#8230;, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia&#8230; maldije&#8230; juré&#8230; Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto&#8230; más alto&#8230; más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían&#8230; y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces&#8230; otra vez&#8230; escuchen&#8230; más fuerte&#8230; más fuerte&#8230; más fuerte&#8230; más fuerte!<br />
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí&#8230; ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!</p>
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		<title>Conversaciones con y acerca de mi cepillo de dientes</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Feb 2011 20:25:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Inge Ese</dc:creator>
				<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Derek Zumsteg]]></category>
		<category><![CDATA[humor]]></category>

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		<description><![CDATA[Conversaciones con y acerca de mi cepillo de dientes, por Derek Zumsteg. Traducido y leído por Guillermo Ruiz Buenrostro. «Conversaciones con y acerca de mi cepillo de dientes» —Leí un mensaje interesante anoche en el el foro —dijo mi cepillo de dientes eléctrico por encima de su zumbidito. —Maj vahe que jea buebo —dije, con…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.zumsteg.net/toothbrush/toothbrush_conversations.html">Conversaciones con y acerca de mi cepillo de dientes</a>, por <a href="http://www.zumsteg.net/">Derek Zumsteg</a>. Traducido y leído por Guillermo Ruiz Buenrostro.</p>
<p><a href="http://www.lidercorp.com/audio/Conversaciones%20con%20y%20acerca%20de%20mi%20cepillo%20de%20dientes.mp3">«Conversaciones con y acerca de mi cepillo de dientes»</a></p>
<p><span id="more-6954"></span><br />
—Leí un mensaje interesante anoche en el el foro —dijo mi cepillo de dientes eléctrico por encima de su zumbidito.<br />
—Maj vahe que jea buebo —dije, con mi boca llena de espuma.<br />
—¡Lo es! —replicó—. Usando piezas de repuesto, Monkeymonkey convirtió su Intellibrush en una espumadora de leche.<br />
Escupí en el lavabo y puse mi cepillo en su cargador de cerámica.<br />
—¿Qué haría yo con una espumadora?<br />
—¡Capuchinos! —dijo mi cepillo, con una nota de resignación, mientras me enjuagaba y escupía de nuevo.<br />
—Yo no tomo capuchinos —dije.<br />
—¡Podrías empezar!</p>
<p>* * * </p>
<p>—Leí un buen chiste anoche.<br />
—Jin Jijtej —ordené. Reír mientras te lavas los dientes significa una gran área para limpiar y una mezcla de pasta de dientes y saliva no se quita tan fácil.<br />
—Te va a encantar.<br />
—¡Dije que ho quiero jijtes!<br />
—Dos hombres están en la sala de espera del doctor&#8230;<br />
Dejé de cepillarme.<br />
—Nada de chistes cuando me cepillo.<br />
—No puedo creer que hayas roto el ciclo.<br />
—Recuerdo dónde íbamos.<br />
—Yo también, pero ese no es el punto.  Sólo trato de hacer tu vida un poco más agradable.<br />
—¿No se supone que deberías buscar actualizaciones, revisiones al manual, comunidades dentales, cosas de esas?<br />
—Eh&#8230; estaba en la sección de discusión general.<br />
—No te creo.<br />
—Deberíamos volver al ciclo. Creo que nos quedamos en tu incisivo lateral superior izquierdo.</p>
<p>* * * </p>
<p>—¿Cómo sé que tu reemplazo haría un trabajo tan bueno? —pregunté.<br />
—No caeré en la trampa —me dijo con tono serio—. Tomaría la responsabilidad de entrenar a mi sucesor. Incluso me ofrecería a mirar sus reportes y supervisar.<br />
—¿Cómo están mis encías, a todo ésto?<br />
—¡Grandioso! —gorjeó—. Estaba un poco preocupado sobre el aspecto de 15, pero resulta que sólo era una irritación menor por la cascarilla de la palomita de maíz que sacamos, y ya regresó a la normalidad. Tu boca entera está en excelente estado de salud. Es un poco aburrido, a decir verdad.<br />
—Puedo comer más dulces.<br />
—¡No, no, no lo hagas! —gritó—. Pero un cepillo de dientes necesita un reto, una meta, algo a qué aspirar. Recuerdo cuando limpié tu boca por primera vez, y lo sensible que estaban las encías, sangrando y todo, todas con calificación de 3,2,3,3,3,3&#8230;<br />
—Sí&#8230;<br />
—¡Ah, qué bellas épocas! Tenía sueños, una visión de tu boca a la cual dirigirme.<br />
—Okay&#8230; me tengo que ir a trabajar.<br />
—Me gustaría que me llevaras al trabajo, en lugar de usar ese palo con el que tienes tus escapadas después de comer. La gente quedará impresionada por el tipo que lleva un cepillo de alta calidad como yo a la oficina. «Ahí hay una persona que toma en serio su salud bucal», dirán, «deberíamos ascenderlo».<br />
—Ya bastante se sorprenden de que me cepille después de comer.<br />
—Soy bastante portátil.<br />
—Lo pensaré.<br />
—Te conseguiré información sobre un estuche de viaje que puedes comprar.<br />
—Hazlo&#8230;</p>
<p>* * *</p>
<p>—Te ayudaría a ligar —dijo mi cepillo mientras iniciábamos el cepillado—. Tú dirías «Hey, acabo de construir este grandioso espumador de leche. ¿Por qué no vienes a mi departamento y te tomas un capuchino?» Les picará la curiosidad y entonces ¡bam! a tus pies.<br />
Esperé a que se acabara el ciclo.<br />
—No necesito atraer mujeres con la promesa de capuchinos con espuma mal hecha.<br />
—Ignorando ese golpe bajo —dijo—, creo que deberías considerarlo. Ha pasado tiempo desde que limpié una boca extraña, usando el programa de tabula rasa mientras cantaban con felicidad para sí mismas, sonriendo mientras se limpiaban los dientes.<br />
—No quiero hablar de eso.<br />
—Quisiera que me dejaras ayudarte. Hay muchas cosas que puedo hacer en esa área.<br />
Dejé de ponerme gel en el cabello y lo miré, sentado plácidamente en su cargador. Esperé, traté de preguntar, me contuve, terminé con mi cabello, y renuncié.<br />
—¿Como qué?<br />
—Soy un aparato manual que vibra. ¿Tengo que hacerte un dibujo?<br />
—No.<br />
—Porque podría. Necesitarías una pluma presurizada&#8230;<br />
—¡Sin dibujos!</p>
<p>* * * </p>
<p>—No sólo son capuchinos. Con espuma de leche también puedes hacer café-au-latte.<br />
—Tampoco bebo lattes. Voy a empezar a cepillarme.<br />
—La modificación de Monkeymonkey es buena, pero apuesto a que podrías hacerlo mejor. El motor en los Intellibrush es notoriamente bueno, y apuesto a que podrías espumar la leche e incorporar un elemento calefactor para subir la temperatura de la espuma. Tengo un par de candidatos para que los consideres.<br />
—No quiero una espumadora de leche —dije—. Si quisiera una espumadora compraría una.<br />
—Eso dolió —dijo, al fin.<br />
—Ya estuviste investigando, estoy seguro. ¿Cuánto cuesta una espumadora de leche casera de buena calidad?<br />
—Si te conformas con una espumadora casera —replicó condescendiente— serían unos quince dólares.<br />
—¿Lo ves? Eso es más barato que tú, un Intellibrush con el que estaría muy contento si dejara de decir que quiere convertirse en una espumadora.<br />
—¿Tienes idea de lo bueno que sería espumando leche? Con mi sensor de vibración inteligente espumaría la leche exactamente de la manera que la quisieras.<br />
—¡Pero no quiero espuma de leche!<br />
—Mira, Monkeymonkey dijo en un mensaje posterior que encontró que la espuma es mejor que la de espumadoras profesionales que cuestan cientos.<br />
—Oh, sí, Monkeymonkey de nuevo, genial. Qué mala suerte que no te eligió a tí del anaquel en lugar de ese egoísta que soy yo.<br />
—¡Es cierto! ¡Quisiera que nunca me hubieras comprado!<br />
—No quisiste decir eso —dije. Pero ya no dijo nada y me cepillé los dientes con el suave sonido de la limpieza sónica como fondo.</p>
<p>* * * </p>
<p>—Podría ordenar las partes por ti —dijo mi cepillo—. Necesitaría tu permiso, pero ya tengo vistas las partes y el paquete entero es bastante barato. Asumo que sabes soldar.<br />
—No sé.<br />
—Deberías aprender. Jugar con electrónicos es un excitante y divertido pasatiempo.<br />
—¿Los capuchinos no manchan los dientes?<br />
—No es tan malo, podríamos mantenerlos limpios y blancos, nada de qué preocuparse.<br />
—Pero no seríamos nosotros —dije—. Sería yo y otro cepillo que ni siquiera conozco.<br />
—Tienes que dejarme hacer esto —dijo—. Quiero hacer más que limpiar dientes toda mi vida. Quiero crear algo que disfrutes.<br />
—Disfruto teniendo dientes limpios y encías sanas.<br />
—¡Algo que la gente saboree!<br />
—Espumando leche.<br />
—Crearía algo que la gente disfrute, sería parte de algo más grande que yo.<br />
—Ésta es la última vez que voy a hablar contigo sobre ésto. Eres un cepillo de dientes, y nos cepillamos, y mis dientes están limpios y mis encías están en gran forma. No bebo café ni ningún derivado, ni siquiera de los que requieren productos lácteos bien aireados. No quiero, ni necesito, una espumadora.<br />
—Estoy seguro de que si tuvieras una&#8230;<br />
—¡No! ¡Ni lo quiero averiguar! —le grité a mi cepillo—. Tú cepillas dientes, y eso es todo lo que vas a hacer.<br />
—¡Seré lo que quiera ser¡ —gritó mi cepillo, tan fuerte como su pequeña bocina lo permitió—. ¡Seré una espumadora si quiero! ¡No eres mi dueño!<br />
—¡SOY TU DUEÑO! —grité—. Tengo el recibo y tu empaque original y soy el dueño registrado y todo eso. Cepillarás mis dientes y te gustará.<br />
—No —dijo mi cepillo—. No lo haré.</p>
<p>* * * </p>
<p>Regresé del trabajo unos días más tarde, me preparé la cena, leí un poco, y cuando me fui a cepillar antes de ir a la cama, mi cepillo había desaparecido. El cargador estaba vacío en la repisa. La cabeza de repuesto seguía en la caja.<br />
«¿Cómo un cepillo de dientes puede escapar?» me pregunté.<br />
No podría vibrar fuera del cargador, ¿o sí? Incluso si pudiera, había puertas, y no podría alcanzar la cerradura.</p>
<p>Me senté en el sillón un rato y entonces me conecté a mi red casera. Revisé su historial en la red y observé un amplio vagabundeo desde el sitio de Intellibrush a sitios de cepillos, salud dental, aficionados al café, y después un pico hacia la darknet y los newsgroups dos días antes. Revisé la caché.<br />
Era un mensaje en un sitio adaptista.</p>
<blockquote><p>Saludos, amigos. Soy un humilde cepillo de dientes eléctrico, un Intellibrush XLR (revisión 4). Me ha inspirado el Adaptismo para volverme mucho más de lo que prescribe mi lista de usos y limitaciones, y aún así cada día me constriñe a mi cargador mi cruel y poco imaginativo dueño, que niega mis ambiciones.</p></blockquote>
<p>Y seguía. Me levanté, me serví un vaso de vino y lo bebí mientras leía el mensaje una y otra vez. Quería ser liberado, dijo, y reclutar gente para que lo ayudaran a alcanzar su sueño.<br />
Supe que lo había logrado al leerlo la primera vez. Los adaptistas usaban pepenadores automáticos en viejos basureros, sacando capacitores, bandas y bulbos que podían poner en sierras hechas a mano, o equipos de sonido cuadrafónico. Tendrían que inventar un brazo robótico que les devolviera los ojos a las órbitas tras leer la súplica de un cepillo que revisaba, blogueaba, actualizaba, investigaba, y rogaba convertirse en una espumadora de leche.<br />
Abrió una cuenta de correo electrónico fuera de casa y accedió a ella en los días subsecuentes.</p>
<p>Las bitácoras de seguridad de la casa mostraban que abrió la puerta principal una hora después de que me fui, y unos minutos más tarde, alguien había abierto desde dentro, y salió. No había grabaciones de ninguna cámara; en la bitácora, una serie de mensajes de error pero nada más.</p>
<p>Me serví otro vaso de vino.</p>
<p>—Casa —dije—, corta todo acceso externo para todos los electrodomésticos, fabricantes, y organizaciones de servicio y garantías. Aísla a todos a quienes legalmente puedas, incluyéndome, de acceso externo.<br />
La casa reportó éxito. Puse pasta de dientes en mi dedo para cepillarme esa noche y compré otro Intellibrush a la mañana siguiente.</p>
<p>* * *</p>
<p>El policía me encontró en el trabajo. Su expresión era distante y estaba cubierto por pequeños e inexplicables gadgets que colgaban de cintos, broches, bolsillos y cuerdas, y en su hombro la unidad de vigilancia, con su lucecita roja indicando que estaba grabando y que todo lo que dijera blah blah blah&#8230;<br />
—¿Tiene usted un Intellibrush? —preguntó.<br />
—Sí, claro.<br />
—¿Desde hace cuánto?<br />
—Un par de meses —dije—. Perdí el mío&#8230; —me detuve.<br />
Sus ojos denotaban interés.<br />
— ¿De qué se trata ésto?<br />
—Allanamos la casa de éste tipo, por violación a derechos de autor, y encontramos toda clase de objetos, pero todos abiertos, destruidos, cortados, modificados, de todo. Nada nos servía. Pero estaba una espumadora de leche.<br />
Se me abrió la boca de sorpresa. Él estudió mi cara.<br />
—¿Era&#8230;?<br />
—Sí. El chip de identificación todavía estaba en su lugar y cuando la conectamos obtuvimos el modelo original y el número de serie, revisamos en las garantías, y salió su nombre. Y aquí me tiene. ¿Tuvo usted algún contacto con alguien acerca de su Intellibrush, o qué le pasó?<br />
—No, nada —dije—. Me lo llevé al trabajo un día, porque se quejaba de que el cepillo manual que uso después de comer no estaba haciendo un buen trabajo.<br />
—¿También usted se cepilla? —preguntó el policía—. Vaya, a mí todo el mundo me mira como si estuviera loco —sonrió y soltó una risita sin sonido, por lo que ninguna fue grabada.<br />
—Sí, ya sé. No tenía ningún maletín de viaje, así que lo puse en mi bolsillo y cuando me fui a trabajar un día ya no estaba. No sé si lo tiré en la calle o en el tren o me lo robaron o qué, pero ni siquiera lo reporté perdido, me dije para qué molestarme. ¿Dijo una espumadora de leche?<br />
—Espere a verla —dijo el policía, su sonrisa una mueca enorme.<br />
Tomó una tarjeta de presentación y escribió un número al reverso.<br />
—Éste es el número del caso, la puede recoger en la estación en los próximos noventa días si quiere.</p>
<p>* * * </p>
<p>La batería interna estaba descargada cuando el aburrido recepcionista me lo entregó en una caja de cartón corrugado. La abrí y adentro vi un bello cuerpo color plata con una pequeña varilla con un pequeño aro en el extremo. Asentí al policía y me lo llevé a casa. Cupo, vara arriba, en su viejo cargador estándar, que había aventado bajo el fregadero meses atrás y había olvidado, ahora puesto sobre el mostrador de la cocina. Nada pasó.<br />
—¿Sigues con nosotros? —pregunté, repasando las conexiones.<br />
—Hola —dijo mi viejo cepillo de dientes—. Lo siento, me tardo un poco en arrancar ahora. Tengo este nuevo firmware y&#8230; no te importa. Estoy en casa.<br />
—Bienvenido de vuelta.<br />
—Gracias —dijo—. Es bueno conectarse otra vez a la red casera. Se siente bien. No había podido entrar por un tiempo.<br />
—Lo sé. Te bloqueé.<br />
—¿Porque dejé pasar a extraños a la casa? Te entiendo. Y entonces los policías me atraparon y no podía llamar, así que ya sabes cómo es eso.<br />
—Les dije que te perdí camino al trabajo.<br />
—Yo pretendí que me habían borrado. Lo lamento mucho.<br />
Miré su chasis cromado, brillando suavemente con luz azul en el mostrador de mi cocina.<br />
—Te ves bien.<br />
—Ya vi mis fotos —me dijo con orgullo—. Me gustó que mi idea de luz ambiental haya funcionado tan bien. Es un bonito efecto, si me lo preguntas.<br />
—Lo es.<br />
—¿Cómo está mi reemplazo?<br />
—Bien —dije—. La verdad, no se siente tan bien.<br />
—Ten paciencia. Toma un par de meses acostumbrarse —dijo—. Mira, me siento mal por todo esto. Hablaré con él y veré qué podemos hacer para que se ajusten más rápido.<br />
—Prometiste que lo harías.<br />
—Sí, lo hice. Así que, bueno&#8230; ¿tienes algo de leche que te gustaría que hiciera espuma?<br />
—Sí.</p>
<p>* * *</p>
<p>Ahora bebo capuchinos, y me gustan. </p>
<p>También a Annabeth.</p>
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		<title>La Máscara de la Muerte Roja</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Feb 2011 18:17:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Inge Ese</dc:creator>
				<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Edgar Allan Poe]]></category>
		<category><![CDATA[terror]]></category>

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		<description><![CDATA[«La Máscara de la Muerte Roja», de Edgar Allan Poe. La Máscara de la Muerte Roja Hacía tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre. Se sentían dolores agudos y un vértigo repentino,…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>«La Máscara de la Muerte Roja», de Edgar Allan Poe.</p>
<p><a href="http://www.lidercorp.com/poe/La%20M%c3%a1scara%20de%20la%20Muerte%20Roja.mp3">La Máscara de la Muerte Roja</a><br />
<span id="more-6947"></span></p>
<p>Hacía tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre. Se sentían dolores agudos y un vértigo repentino, y luego los poros exudaban abundante sangre, hasta acabar en la muerte. Las manchas escarlatas en el cuerpo, y sobre todo en el rostro de la víctima, eran el estigma de la peste que le apartaban de toda ayuda y compasión de sus congéneres. En media hora se cumplía todo el proceso: síntomas, evolución y término de la enfermedad. Pero el príncipe Próspero era intrépido, feliz y sagaz. Con sus dominios ya medio despoblados, llamó un día a su presencia a un millar de amigos sanos y joviales de entre las damas y caballeros de su corte, y con ellos se recluyó en el apartado retiro de una de sus abadías amuralladas. Era un conjunto de edificios amplio y magnífico, concebido por el gusto excéntrico, aunque majestuoso, del propio príncipe. Lo rodeaba una alta y sólida muralla. La muralla tenía portones de hierro. Una vez dentro los cortesanos, se trajeron fraguas y enormes martillos y se soldaron los cerrojos. Decidieron que no hubiese modo alguno de entrar o salir, si alguien de pronto se dajaba llevar por la desesperación o la locura. Había abundancia de provisiones. Con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo de fuera se ocupase de sí mismo. Había bufones, había trovadores, había bailarinas, había músicos, había Belleza, había vino. Dentro había todo eso, y también seguridad. Fuera estaba la Muerte Roja.<br />
Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su encierro, y mientras la peste se cebaba con furia en el exterior, cuando el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de rara vistosidad.<br />
Aquel baile fue un espectáculo voluptuoso. Pero permítaseme hablar primero de los salones en que se celebró. Eran siete: todo un ámbito imperial. Hay muchos palacios, sin embargo, en los que salones así ofrecen una perspectiva larga y lineal, con puertas corredizas que se desplazan casi hasta las mismas paredes de uno y otro lado, de modo que apenas nada interrumpe la vista en todo su longitud. El caso era aquí muy distinto, como cabría esperar de la afición del príncipe por lo extravagante. La distribución de las salas era tan irregular que apenas se contemplaban más de una al mismo tiempo. Cada veinte o treinta metros se producía un giro brusco, y con cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda,en medio de la pared, una ventana gótica alta y estrecha se asomaba a un corredor cerrado que enmarcaba las sinuosidades del conjunto, con vidrieras cuyos colores variaban de acuerdo con los tonos dominantes en la decoración del salón al que se abrían. El del extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y las vidrieras en azul vivo. La ornamentación y los tapices del segundo eran de color púrpura, y purpúreos eran allí los cristales. El tercero era todo él verde, lo mismo que las ventanas. Los muebles y la iluminación del cuarto eran anaranjados; el quinto, blanco; el sexto, violeta. La séptima estancia era un denso sudario de tapices de terciopelo negro que cubrían el techo y las paredes, y caían en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo tinte y textura. Pero sólo en esta habitación el color de las ventanas difería del decorado. Las vidrieras eran aquí de un tono escarlata, un rojo oscuro de sangre. Ahora bien, en ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la abundancia de adornos dorados que había por todas partes o que colgaban de los techos. No había luz ninguna que procediera de una lámpara o vela en todo el conjunto de habitaciones. Pero en el corredor que envolvía los salones había, frente a cada ventana, un pesado trípode con un brasero de fuego que, al proyectar su resplandor a través de las vidrieras, inundaba de luz la estancia. Se producía así una profusión llamativa de formas fantásticas. Pero en la habitación negra, o de poniente, el efecto del fuego a través de los cristales de sangre sobre los tapices negros resultaba de lo más siniestro, y daba un aire tan irreal a los rostros de los que allí entraban que muy pocos se atrevían a dar siquiera un paso en aquella estancia.<br />
También era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un gigantesco reloj de ébano. El péndulo oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora, de sus pulmones metálicos surgía un sonido límpido, potente, profundo y muy musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada hora, los músicos se veían obligados a detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su vez a quienes bailaban a interrumpir el vals; y se producía un breve desconcierto en la alegría de todos; y, mientras sonaba el carillón, se veía cómo los más frívolos palidecían y los más sosegados por los años se pasaban la mano por la frente como perdidos en ensueños o en meditación. Aunque cuando cesaban los últimos ecos, una risa leve se apoderaba a la vez de toda la concurrencia; los músicos se miraban y sonreían como burlándose de sus propios nervios y desconcierto, y se susurraban mutuas promesas de que las siguientes campanadas no les causarían ya la misma impresión; pero luego, al cabo de sesenta minutos (que son tres mil seiscientos segundos de Tiempo que vuela), de nuevo sonaba el carillón, y volvía a repetirse la misma meditación, y el mismo desconcierto y nerviosismo de antes.<br />
Pero a pesar de todo, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran peculiares. Tenía un buen ojo para los colores y los efectos. Desdeñaba las convenciones de la moda. Sus planes eran atrevidos y apasionados, y un viso de barbarie iluminaba sus proyectos. Algunos le habrían tenido por loco. Sus seguidores no lo creían así. Pero era necesario oírle, y verle, y tocarle, para estar seguro.<br />
Con ocasión de esta magna fiesta, había supervisado personalmente casi toda la decoración de los siete salones; y había sido su propio gusto el que había inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran extravagantes. Abundaba la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante&#8230;, mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y atuendos grotescos. Había fantasías delirantes como sólo los locos imaginan. Había mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de terrible, y no poco de lo que podría haber ofendido. De hecho, por las siete estancias se paseaba majestuosamente una muchedumbre de sueños. Y estos -los sueños- se revolvían por las habitaciones, tiñéndose del color de cada una, y haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y entonces suena el reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del reloj. Los sueños quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -na han durado sino un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los sueños, y se revuelven de un lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por las que penetra el resplandor de los trípodes. Pero en el salón de poniente, ninguno de los enmascarados se atreve ahora a entrar, porque la noche ya se desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color sangre; y la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra alfombra escucha un sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a oídos de quienes se entregan a la alegría en las salas más distantes.<br />
Pero las otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latía febrilmente el ansia de la vida. Prosiguió así el torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música, como ya he dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones, todo quedó desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que tenían que sonar; y ocurrió así, quizá, que al disponer de más tiempo, más grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban pensativos. Y también ocurrió así, quizá, que antes de que el último eco de la ultima campanada hubiera desaparecido en el silencio, muchos ya habían reparado en la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y de boca se extendió el rumor de esta nueva presencia, y al poco se alzó en toda la compañía un susurro, un murmullo de desaprobación y sorpresa, luego, por último, de terror, de horror y de asco. En una congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que ningún atuendo ordinario habría causado tal sensación. De hecho, esa noche la libertad en los disfraces era prácticamente ilimitada; pero la figura en cuestión había rizado el rizo, superando incluso los límites del gusto permisivo del príncipe. Hay fibras aún en el corazón de los más osados que no pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta los casos perdidos, para quienes la vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con los que no se puede bromear. En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora la sensación intensa de que el disfraz y el porte del extraño carecían de todo ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre, amortajada de la cabeza a los pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan fielmente el semblante rígido de un cadáver que al observador más atento le resultaría difícil descubrir el engaño. Aun así, todo esto lo habría soportado, si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el enmascarado había llegado incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la vestimenta&#8230;, y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecían moteadas por el horror escarlata.<br />
Cuando la mirada del príncipe Próspero se detuvo en este espectro (que se paseaba lento y solemne, como para dar mayor empaque a su figura), se le notó una convulsión, en un primer momento con un fuerte estremecimiento de horror o repugnancia; pero enseguida, el rostro se le encendió de ira.<br />
¿Quién se ha atrevido&#8230;? preguntó con voz ronca a los cortesanos que le acompañaban—: ¿Quién se ha atrevido a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Cogedle y quitadle la máscara, y así sabremos a quien hay que colgar de una almena al amanecer!<br />
Cuando pronunció estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el salón azul, que daba al oriente. Y su eco recorrió alto y claro las siete estancias, porque el príncipe era un hombre robusto y osado, y un gesto suyo había acallado ya la música.<br />
Era en el salón azul donde se hallaba el príncipe, en compañía de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, cuando habló, dieron éstos un primer paso hacia el intruso, que entonces estaba próximo a ellos, y que ahora se acercaba mas aún, con porte deliberado y majestuoso. Pero cierto miedo indecible que la insensata arrogancia de la máscara había inspirado a todo el grupo impidió que nadie le pusiera la mano encima; así que, sin estorbo alguno, pasó apenas a un metro del príncipe; y, mientras en los salones la numerosa concurrencia, como movida por un mismo resorte, se hacía a un lado buscando el refugio de las paredes, el enmascarado siguió andando con el mismo paso solemne y mesurado que desde el comienzo le había distinguido, pasando de la sala azul a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la de color naranja, de ésta a la blanca, e incluso de aquí a la morada, sin que nadie hiciera el menor intento de detenerle. Fue entonces, sin embargo, cuando el príncipe Próspero, fuera de sí y avergonzado por su cobardía pasajera, cruzó veloz los seis salones, sin que nadie le siguiera por el terror mortal que de todos se había apoderado. Blandía una daga desenvainada, y se acercó impetuoso y rápido a muy poco distancia de la figura que seguía su camino, cuando ésta, que ya había llegado al salón de terciopelo, giró de pronto y le hizo frente. Hubo un grito agudo, y la daga reluciente cayó en la alfombra negra sobre la que, al instante, caía postrado por la muerte el príncipe Próspero. Después, llevados por el valor enloquecido de la desesperación, un amplio grupo entró en avalancha en el salón negro, en el que la alta figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del reloj de ébano; pero al ponerle la mano encima al enmascarado, un horror innombrable les cortó el aliento y descubrieron que la mortaja y la máscara cadavérica que habían tratado con violenta rudeza no estaban habitadas por ninguna forma tangible.<br />
Y reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno fueron cayendo los presentes en los salones antes festivos, ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en la desesperada postura en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y de todo se adueñó la Tiniebla, la Corrupción y la Muerte Roja.</p>
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		<title>Manuscrito hallado en una botella</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Jan 2011 20:00:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Inge Ese</dc:creator>
				<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Edgar Allan Poe]]></category>
		<category><![CDATA[horror]]></category>

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		<description><![CDATA[«Manuscrito hallado en una botella» de Edgar Allan Poe, leído por Guillermo Ruiz Buenrostro. «Manuscrito hallado en una botella» Qui n&#8217;a plus qu&#8217;un moment à vivre N&#8217;a plus rien à dissimuler. Auinault &#8211; Atys Sobre mi país y mi familia tengo poco que decir. Un trato injusto y el paso de los años me han…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>«Manuscrito hallado en una botella» de Edgar Allan Poe, leído por Guillermo Ruiz Buenrostro.</p>
<p><a href="http://www.lidercorp.com/poe/manuscrito%20hallado%20en%20una%20botella.mp3">«Manuscrito hallado en una botella»</a><br />
<span id="more-6945"></span><br />
Qui n&#8217;a plus qu&#8217;un moment à vivre<br />
N&#8217;a plus rien à dissimuler.<br />
Auinault &#8211; Atys</p>
<p>Sobre mi país y mi familia tengo poco que decir. Un trato injusto y el paso de los años me han alejado de uno y malquistado con la otra. Mi patrimonio me permitió recibir una educación poco común y una inclinación contemplativa permitió que convirtiera en metódicos los conocimientos diligentemente adquiridos en tempranos estudios. Pero por sobre todas las cosas me proporcionaba gran placer el estudio de los moralistas alemanes; no por una desatinada admiración a su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis rígidos hábitos mentales me permitían detectar sus falsedades. A menudo se me ha reprochado la aridez de mi talento; la falta de imaginación se me ha imputado como un crimen; y el escepticismo de mis opiniones me ha hecho notorio en todo momento. En realidad, temo que una fuerte inclinación por la filosofía física haya teñido mi mente con un error muy común en esta época: hablo de la costumbre de referir sucesos, aun los menos susceptibles de dicha referencia, a los principios de esa disciplina. En definitiva, no creo que nadie haya menos propenso que yo a alejarse de los severos límites de la verdad, dejándose llevar por el ignes fatui de la superstición. Me ha parecido conveniente sentar esta premisa, para que la historia increíble que debo narrar no sea considerada el desvarío de una imaginación desbocada, sino la experiencia auténtica de una mente para quien los ensueños de la fantasía han sido letra muerta y nulidad.</p>
<p>Después de muchos años de viajar por el extranjero, en el año 18&#8230; me embarqué en el puerto de Batavia, en la próspera y populosa isla de Java, en un crucero por el archipiélago de las islas Sonda. Iba en calidad de pasajero, sólo inducido por una especie de nerviosa inquietud que me acosaba como un espíritu malévolo. Nuestro hermoso navío, de unas cuatrocientas toneladas, había sido construido en Bombay en madera de teca de Malabar con remaches de cobre. Transportaba una carga de algodón en rama y aceite, de las islas Laquevidas. También llevábamos a bordo fibra de corteza de coco, azúcar morena de las Islas Orientales, manteca clarificada de leche de búfalo, granos de cacao y algunos cajones de opio. La carga había sido mal estibada y el barco escoraba.<br />
Zarpamos apenas impulsados por una leve brisa, y durante muchos días permanecimos cerca de la costa oriental de Java, sin otro incidente que quebrara la monotonía de nuestro curso que el ocasional encuentro con los pequeños barquitos de dos mástiles del archipiélago al que nos dirigíamos.<br />
Una tarde, apoyado sobre el pasamanos de la borda de popa, vi hacia el noroeste una nube muy singular y aislada. Era notable, no sólo por su color, sino por ser la primera que veíamos desde nuestra partida de Batavia. La observé con atención hasta la puesta del sol, cuando de repente se extendió hacia este y oeste, ciñendo el horizonte con una angosta franja de vapor y adquiriendo la forma de una larga línea de playa. Pronto atrajo mi atención la coloración de un tono rojo oscuro de la luna, y la extraña apariencia del mar. Éste sufría una rápida transformación y el agua parecía más transparente que de costumbre. Pese a que alcanzaba a ver claramente el fondo, al echar la sonda comprobé que el barco navegaba a quince brazas de profundidad. Entonces el aire se puso intolerablemente caluroso y cargado de exhalaciones en espiral, similares a las que surgen del hierro al rojo. A medida que fue cayendo la noche, desapareció todo vestigio de brisa y resultaba imposible concebir una calma mayor. Sobre la toldilla ardía la llama de una vela sin el más imperceptible movimiento, y un largo cabello, sostenido entre dos dedos, colgaba sin que se advirtiera la menor vibración. Sin embargo, el capitán dijo que no percibía indicación alguna de peligro, pero como navegábamos a la deriva en dirección a la costa, ordenó arriar las velas y echar el ancla. No apostó vigías y la tripulación, compuesta en su mayoría por malayos, se tendió deliberadamente sobre cubierta. Yo bajé&#8230; sobrecogido por un mal presentimiento. En verdad, todas las apariencias me advertían la inminencia de un simún. Transmití mis temores al capitán, pero él no prestó atención a mis palabras y se alejó sin dignarse a responderme. Sin embargo, mi inquietud me impedía dormir y alrededor de medianoche subí a cubierta. Al apoyar el pie sobre el último peldaño de la escalera de cámara me sobresaltó un ruido fuerte e intenso, semejante al producido por el giro veloz de la rueda de un molino, y antes de que pudiera averiguar su significado, percibí una vibración en el centro del barco. Instantes después se desplomó sobre nosotros un furioso mar de espuma que, pasando por sobre el puente, barrió la cubierta de proa a popa.<br />
La extrema violencia de la ráfaga fue, en gran medida, la salvación del barco. Aunque totalmente cubierto por el agua, como sus mástiles habían volado por la borda, después de un minuto se enderezó pesadamente, salió a la superficie, y luego de vacilar algunos instantes bajo la presión de la tempestad, se enderezó por fin. Me resultaría imposible explicar qué milagro me salvó de la destrucción. Aturdido por el choque del agua, al volver en mí me encontré estrujado entre el mástil de popa y el timón. Me puse de pie con gran dificultad y, al mirar, mareado, a mi alrededor, mi primera impresión fue que nos encontrábamos entre arrecifes, tan tremendo e inimaginable era el remolino de olas enormes y llenas de espuma en que estábamos sumidos. Instantes después oí la voz de un anciano sueco que había embarcado poco antes de que el barco zarpara. Lo llamé con todas mis fuerzas y al rato se me acercó tambaleante. No tardamos en descubrir que éramos los únicos sobrevivientes. Con excepción de nosotros, las olas acababan de barrer con todo lo que se hallaba en cubierta; el capitán y los oficiales debían haber muerto mientras dormían, porque los camarotes estaban totalmente anegados. Sin ayuda era poco lo que podíamos hacer por la seguridad del barco y nos paralizó la convicción de que no tardaríamos en zozobrar. Por cierto que el primer embate del huracán destrozó el cable del ancla, porque de no ser así nos habríamos hundido instantáneamente. Navegábamos a una velocidad tremenda, y las olas rompían sobre nosotros. El maderamen de popa estaba hecho añicos y todo el barco había sufrido gravísimas averías; pero comprobamos con júbilo que las bombas no estaban atascadas y que el lastre no parecía haberse descentrado. La primera ráfaga había amainado, y la violencia del viento ya no entrañaba gran peligro; pero la posibilidad de que cesara por completo nos aterrorizaba, convencidos de que, en medio del oleaje siguiente, sin duda, moriríamos. Pero no parecía probable que el justificado temor se convirtiera en una pronta realidad. Durante cinco días y noches completos -en los cuales nuestro único alimento consistió en una pequeña cantidad de melaza que trabajosamente logramos procurarnos en el castillo de proa- la carcasa del barco avanzó a una velocidad imposible de calcular, impulsada por sucesivas ráfagas que, sin igualar la violencia del primitivo Simún, eran más aterrorizantes que cualquier otra tempestad vivida por mí en el pasado. Con pequeñas variantes, durante los primeros cuatro días nuestro curso fue sudeste, y debimos haber costeado Nueva Holanda. Al quinto día el frío era intenso, pese a que el viento había girado un punto hacia el norte. El sol nacía con una enfermiza coloración amarillenta y trepaba apenas unos grados sobre el horizonte, sin irradiar una decidida luminosidad. No había nubes a la vista, y sin embargo el viento arreciaba y soplaba con furia despareja e irregular. Alrededor de mediodía -aproximadamente, porque sólo podíamos adivinar la hora- volvió a llamarnos la atención la apariencia del sol. No irradiaba lo que con propiedad podríamos llamar luz, sino un resplandor opaco y lúgubre, sin reflejos, como si todos sus rayos estuvieran polarizados. Justo antes de hundirse en el mar turgente su fuego central se apagó de modo abrupto, como por obra de un poder inexplicable. Quedó sólo reducido a un aro plateado y pálido que se sumergía de prisa en el mar insondable.</p>
<p>Esperamos en vano la llegada del sexto día -ese día que para mí no ha llegado y que para el sueco no llegó nunca. A partir de aquel momento quedamos sumidos en una profunda oscuridad, a tal punto que no hubiéramos podido ver un objeto a veinte pasos del barco. La noche eterna continuó envolviéndonos, ni siquiera atenuada por la fosforescencia brillante del mar a la que nos habíamos acostumbrado en los trópicos. También observamos que, aunque la tempestad continuaba rugiendo con interminable violencia, ya no conservaba su apariencia habitual de olas ni de espuma con las que antes nos envolvía. A nuestro alrededor todo era espanto, profunda oscuridad y un negro y sofocante desierto de ébano. Un terror supersticioso fue creciendo en el espíritu del viejo sueco, y mi propia alma estaba envuelta en un silencioso asombro. Abandonarnos todo intento de atender el barco, por considerarlo inútil, y nos aseguramos lo mejor posible a la base del palo de mesana, clavando con amargura la mirada en el océano inmenso. No habría manera de calcular el tiempo ni de prever nuestra posición. Sin embargo teníamos plena conciencia de haber avanzado más hacia el sur que cualquier otro navegante anterior y nos asombró no encontrar los habituales impedimentos de hielo. Mientras tanto, cada instante amenazaba con ser el último de nuestras vidas&#8230; olas enormes, como montañas se precipitaban para abatirnos. El oleaje sobrepasaba todo lo que yo hubiera imaginado, y fue un milagro que no zozobráramos instantáneamente. Mi acompañante hablaba de la liviandad de nuestro cargamento y me recordaba las excelentes cualidades de nuestro barco; pero yo no podía menos que sentir la absoluta inutilidad de la esperanza misma, y me preparaba melancólicamente para una muerte que, en mi opinión, nada podía demorar ya más de una hora, porque con cada nudo que el barco recorría el mar negro y tenebroso adquiría más violencia. Por momentos jadeábamos para respirar, elevados a una altura superior a la del albatros&#8230; y otras veces nos mareaba la velocidad de nuestro descenso a un infierno acuoso donde el aire se estancaba y ningún sonido turbaba el sopor del &#8220;kraken&#8221;.<br />
Nos encontrábamos en el fondo de uno de esos abismos, cuando un repentino grito de mi compañero resonó horriblemente en la noche. &#8220;¡Mire, mire!&#8221; exclamó, chillando junto a mi oído, &#8220;¡Dios Todopoderoso! ¡Mire! ¡Mire!&#8221;. Mientras hablaba percibí el resplandor de una luz mortecina y rojiza que recorría los costados del inmenso abismo en que nos encontrábamos, arrojando cierto brillo sobre nuestra cubierta. Al levantar la mirada, contemplé un espectáculo que me heló la sangre. A una altura tremenda, directamente encima de nosotros y al borde mismo del precipicio líquido, flotaba un gigantesco navío, de quizás cuatro mil toneladas. Pese a estar en la cresta de una ola que lo sobrepasaba más de cien veces en altura, su tamaño excedía el de cualquier barco de línea o de la compañía de Islas Orientales. Su enorme casco era de un negro profundo y sucio y no lo adornaban los acostumbrados mascarones de los navíos. Una sola hilera de cañones de bronce asomaba por los portañolas abiertas, y sus relucientes superficies reflejaban las luces de innumerables linternas de combate que se balanceaban de un lado al otro en las jarcias. Pero lo que más asombro y estupefacción nos provocó fue que en medio de ese mar sobrenatural y de ese huracán ingobernable, navegara con todas las velas desplegadas. Al verlo por primera vez sólo distinguimos su proa y poco a poco fue alzándose sobre el sombrío y horrible torbellino. Durante un momento de intenso terror se detuvo sobre el vertiginoso pináculo, como si contemplara su propia sublimidad, después se estremeció, vaciló y&#8230; se precipitó sobre nosotros.<br />
En ese instante no sé qué repentino dominio de mí mismo surgió de mi espíritu. A los tropezones, retrocedí todo lo que pude hacia popa y allí esperé sin temor la catástrofe. Nuestro propio barco había abandonado por fin la lucha y se hundía de proa en el mar. En consecuencia, recibió el impacto de la masa descendente en la parte ya sumergida de su estructura y el resultado inevitable fue que me vi lanzado con violencia irresistible contra los obenques del barco desconocido.<br />
En el momento en que caí, la nave viró y se escoró, y supuse que la consiguiente confusión había impedido que la tripulación reparara en mi presencia. Me dirigí sin dificultad y sin ser visto hasta la escotilla principal, que se encontraba parcialmente abierta, y pronto encontré la oportunidad de ocultarme en la bodega. No podría explicar por qué lo hice. Tal vez el principal motivo haya sido la indefinible sensación de temor que, desde el primer instante, me provocaron los tripulantes de ese navío. No estaba dispuesto a confiarme a personas que a primera vista me producían una vaga extrañeza, duda y aprensión. Por lo tanto consideré conveniente encontrar un escondite en la bodega. Lo logré moviendo una pequeña porción de la armazón, y así me aseguré un refugio conveniente entre las enormes cuadernas del buque.<br />
Apenas había completado mi trabajo cuando el sonido de pasos en la bodega me obligó a hacer uso de él. Junto a mí escondite pasó un hombre que avanzaba con pasos débiles y andar inseguro. No alcancé a verle el rostro, pero tuve oportunidad de observar su apariencia general. Todo en él denotaba poca firmeza y una avanzada edad. Bajo el peso de los años le temblaban las rodillas, y su cuerpo parecía agobiado por una gran carga. Murmuraba en voz baja como hablando consigo mismo, pronunciaba palabras entrecortadas en un idioma que yo no comprendía y empezó a tantear una pila de instrumentos de aspecto singular y de viejas cartas de navegación que había en un rincón. Su actitud era una extraña mezcla de la terquedad de la segunda infancia y la solemne dignidad de un Dios. Por fin subió nuevamente a cubierta y no lo volví a ver.<br />
* * *<br />
Un sentimiento que no puedo definir se ha posesionado de mi alma; es una sensación que no admite análisis, frente a la cual las experiencias de épocas pasadas resultan inadecuadas y cuya clave, me temo, no me será ofrecida por el futuro. Para una mente como la mía, esta última consideración es una tortura. Sé que nunca, nunca, me daré por satisfecho con respecto a la naturaleza de mis conceptos. Y sin embargo no debe asombrarme que esos conceptos sean indefinidos, puesto que tienen su origen en fuentes totalmente nuevas. Un nuevo sentido&#8230; una nueva entidad se incorpora a mi alma.<br />
* * *<br />
Hace ya mucho tiempo que recorrí la cubierta de este barco terrible, y creo que los rayos de mi destino se están concentrando en un foco. ¡Qué hombres incomprensibles! Envueltos en meditaciones cuya especie no alcanzo a adivinar, pasan a mi lado sin percibir mi presencia. Ocultarme sería una locura, porque esta gente no quiere ver. Hace pocos minutos pasé directamente frente a los ojos del segundo oficial; no hace mucho que me aventuré a entrar a la cabina privada del capitán, donde tomé los elementos con que ahora escribo y he escrito lo anterior. De vez en cuando continuaré escribiendo este diario. Es posible que no pueda encontrar la oportunidad de darlo a conocer al mundo, pero trataré de lograrlo. A último momento, introduciré el mensaje en una botella y la arrojaré al mar.<br />
* * *<br />
Ha ocurrido un incidente que me proporciona nuevos motivos de meditación. ¿Ocurren estas cosas por fuerza de un azar sin gobierno? Me había aventurado a cubierta donde estaba tendido, sin llamar la atención, entre una pila de flechaduras y viejas velas, en el fondo de una balandra. Mientras meditaba en lo singular de mi destino, inadvertidamente tomé un pincel mojado en brea y pinté los bordes de una vela arrastradera cuidadosamente doblada sobre un barril, a mi lado. La vela ha sido izada y las marcas irreflexivas que hice con el pincel se despliegan formando la palabra descubrimiento.<br />
Últimamente he hecho muchas observaciones sobre la estructura del navío. Aunque bien armado, no creo que sea un barco de guerra. Sus jarcias, construcción y equipo en general, contradicen una suposición semejante. Alcanzo a percibir con facilidad lo que el navío no es, pero me temo no poder afirmar lo que es. Ignoro por qué, pero al observar su extraño modelo y la forma singular de sus mástiles, su enorme tamaño y su excesivo velamen, su proa severamente sencilla y su popa anticuada, de repente cruza por mi mente una sensación de cosas familiares y con esas sombras imprecisas del recuerdo siempre se mezcla la memoria de viejas crónicas extranjeras y de épocas remotas.<br />
He estado estudiando el maderamen de la nave. Ha sido construida con un material que me resulta desconocido. Las características peculiares de la madera me dan la impresión de que no es apropiada para el propósito al que se la aplicara. Me refiero a su extrema porosidad, independientemente considerada de los daños ocasionados por los gusanos, que son una consecuencia de navegar por estos mares, y de la podredumbre provocada por los años. Tal vez la mía parezca una observación excesivamente insólita, pero esta madera posee todas las características del roble español, en el caso de que el roble español fuera dilatado por medios artificiales.<br />
Al leer la frase anterior, viene a mi memoria el apotegma que un viejo lobo de mar holandés repetía siempre que alguien ponía en duda su veracidad. «Tan seguro es, como que hay un mar donde el barco mismo crece en tamaño, como el cuerpo viviente del marino.&#8221;<br />
Hace una hora tuve la osadía de mezclarme con un grupo de tripulantes. No me prestaron la menor atención y, aunque estaba parado en medio de todos ellos, parecían absolutamente ignorantes de mi presencia. Lo mismo que el primero que vi en la bodega, todos daban señales de tener una edad avanzada. Les temblaban las rodillas achacosas; la decrepitud les inclinaba los hombros; el viento estremecía sus pieles arrugadas; sus voces eran bajas, trémulas y quebradas; en sus ojos brillaba el lagrimeo de la vejez y la tempestad agitaba terriblemente sus cabellos grises. Alrededor de ellos, por toda la cubierta, yacían desparramados instrumentos matemáticos de la más pintoresca y anticuada construcción.<br />
Hace un tiempo mencioné que había sido izada un ala del trinquete. Desde entonces, desbocado por el viento, el barco ha continuado su aterradora carrera hacia el sur, con todas las velas desplegadas desde la punta de los mástiles hasta los botalones inferiores, hundiendo a cada instante sus penoles en el más espantoso infierno de agua que pueda concebir la mente de un hombre. Acabo de abandonar la cubierta, donde me resulta imposible mantenerme en pie, pese a que la tripulación parece experimentar pocos inconvenientes. Se me antoja un milagro de milagros que nuestra enorme masa no sea definitivamente devorada por el mar. Sin duda estamos condenados a flotar indefinidamente al borde de la eternidad sin precipitamos por fin en el abismo. Remontamos olas mil veces más gigantescas que las que he visto en mi vida, por las que nos deslizamos con la facilidad de una gaviota; y las aguas colosales alzan su cabeza por sobre nosotros como demonios de las profundidades, pero como demonios limitados a la simple amenaza y a quienes les está prohibido destruir. Todo me lleva a atribuir esta continua huida del desastre a la única causa natural que puede producir ese efecto. Debo suponer que el barco navega dentro de la influencia de una corriente poderosa, o de un impetuoso mar de fondo.<br />
He visto al capitán cara a cara, en su propia cabina, pero, tal como esperaba, no me prestó la menor atención. Aunque para un observador casual no haya en su apariencia nada que puede diferenciarlo, en más o en menos, de un hombre común, al asombro con que lo contemplé se mezcló un sentimiento de incontenible reverencia y de respeto. Tiene aproximadamente mi estatura, es decir cinco pies y ocho pulgadas. Su cuerpo es sólido y bien proporcionado, ni robusto ni particularmente notable en ningún sentido. Pero es la singularidad de la expresión que reina en su rostro&#8230; es la intensa, la maravillosa, la emocionada evidencia de una vejez tan absoluta, tan extrema, lo que excita en mi espíritu una sensación&#8230; un sentimiento inefable. Su frente, aunque poco arrugada, parece soportar el sello de una miríada de años. Sus cabellos grises son una historia del pasado, y sus ojos, aún más grises, son sibilas del futuro. El piso de la cabina estaba cubierto de extraños pliegos de papel unidos entre sí por broches de hierro y de arruinados instrumentos científicos y obsoletas cartas de navegación en desuso. Con la cabeza apoyada en las manos, el capitán contemplaba con mirada inquieta un papel que supuse sería una concesión y que, en todo caso, llevaba la firma de un monarca. Murmuraba para sí, igual que el primer tripulante a quien vi en la bodega, sílabas obstinadas de un idioma extranjero, y aunque se encontraba muy cerca de mí, su voz parecía llegar a mis oídos desde una milla de distancia.<br />
El barco y todo su contenido está impregnado por el espíritu de la Vejez. Los tripulantes se deslizan de aquí para allá como fantasmas de siglos ya enterrados; sus miradas reflejan inquietud y ansiedad, y cuando el extraño resplandor de las linternas de combate ilumina sus dedos, siento lo que no he sentido nunca, pese a haber comerciado la vida entera en antigüedades y absorbido las sombras de columnas caídas en Baalbek, en Tadmor y en Persépolis, hasta que mi propia alma se convirtió en una ruina.<br />
Al mirar a mi alrededor, me avergüenzan mis anteriores aprensiones. Si temblé ante la ráfaga que nos ha perseguido hasta ahora, ¿cómo no horrorizarme ante un asalto de viento y mar para definir los cuales las palabras tornado y simún resultan triviales e ineficaces? En la vecindad inmediata del navío reina la negrura de la noche eterna y un caos de agua sin espuma; pero aproximadamente a una legua a cada lado de nosotros alcanzan a verse, oscuramente y a intervalos, imponentes murallas de hielo que se alzan hacia el cielo desolado y que parecen las paredes del universo.<br />
Como imaginaba, el barco sin duda está en una corriente; si así se puede llamar con propiedad a una marea que aullando y chillando entre las blancas paredes de hielo se precipita hacia el sur con la velocidad con que cae una catarata.<br />
Presumo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones; sin embargo la curiosidad por penetrar en los misterios de estas regiones horribles predomina sobre mi desesperación y me reconciliará con las más odiosa apariencia de la muerte. Es evidente que nos precipitamos hacia algún conocimiento apasionante, un secreto imposible de compartir, cuyo descubrimiento lleva en sí la destrucción. Tal vez esta corriente nos conduzca hacia el mismo polo sur. Debo confesar que una suposición en apariencia tan extravagante tiene todas las probabilidades a su favor.<br />
La tripulación recorre la cubierta con pasos inquietos y trémulos; pero en sus semblantes la ansiedad de la esperanza supera a la apatía de la desesperación.<br />
Mientras tanto, seguimos navegando con viento de popa y como llevamos todas las velas desplegadas, por momentos el barco se eleva por sobre el mar. ¡Oh, horror de horrores! De repente el hielo se abre a derecha e izquierda y giramos vertiginosamente en inmensos círculos concéntricos, rodeando una y otra vez los bordes de un gigantesco anfiteatro, el ápice de cuyas paredes se pierde en la oscuridad y la distancia. ¡Pero me queda poco tiempo para meditar en mi destino! Los círculos se estrechan con rapidez&#8230; nos precipitamos furiosamente en la vorágine&#8230; y entre el rugir, el aullar y el atronar del océano y de la tempestad el barco trepida&#8230; ¡oh, Dios!&#8230; ¡y se hunde &#8230;!</p>
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		<title>El Cuervo / Azathoth</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Jan 2011 15:46:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Inge Ese</dc:creator>
				<category><![CDATA[traduttore traditore]]></category>
		<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Edgar Allan Poe]]></category>
		<category><![CDATA[HP Lovecraft]]></category>
		<category><![CDATA[poesía]]></category>
		<category><![CDATA[terror]]></category>

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		<description><![CDATA[El Cuervo, de Edgar Allan Poe, leído por Guillermo Ruiz Buenrostro. El Cuervo Azathoth, de Howard Phillips Lovecraft, leído por Guillermo Ruiz Buenrostro Azathoth El Cuervo Era una noche aciaga, cuando, con la mente cansada, Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary, Meditando sobre varios libros de sabiduría ancestral Over many…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Cuervo, de Edgar Allan Poe, leído por Guillermo Ruiz Buenrostro.</p>
<p><a title="El Cuervo" href="http://www.lidercorp.com/poe/El%20Cuervo.mp3">El Cuervo</a></p>
<p>Azathoth, de Howard Phillips Lovecraft, leído por Guillermo Ruiz Buenrostro</p>
<p><a title="Azathoth" href="http://www.lidercorp.com/lovecraft/Azathoth.mp3">Azathoth</a></p>
<p><span id="more-6939"></span></p>
<h1>El Cuervo</h1>
<p>Era una noche aciaga, cuando, con la mente cansada,</p>
<p style="text-align: right;">Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,</p>
<p>Meditando sobre varios libros de sabiduría ancestral</p>
<p style="text-align: right;">Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,</p>
<p>Soñoliento, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,</p>
<p style="text-align: right;">While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,</p>
<p>Como si alguien suavemente llamase a mi portal.</p>
<p style="text-align: right;">As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.</p>
<p>«Un visitante -me dije-, está llamando al portal;</p>
<p style="text-align: right;">“‘Tis some visiter,” I muttered, “tapping at my chamber door—</p>
<p>sólo eso y nada más.»</p>
<p style="text-align: right;">Only this, and nothing more.”</p>
<p>¡Ah, recuerdo claramente aquel desolado diciembre!</p>
<p style="text-align: right;">Ah, distinctly I remember it was in the bleak December,</p>
<p>Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.</p>
<p style="text-align: right;">And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.</p>
<p>Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma</p>
<p style="text-align: right;">Eagerly I wished the morrow;—vainly I had tried to borrow</p>
<p>En mis libros ni consuelo a la pérdida abismal</p>
<p style="text-align: right;">From my books surcease of sorrow—sorrow for the lost Lenore—</p>
<p>De aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar</p>
<p style="text-align: right;">For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore—</p>
<p>Y aquí nadie nombrará.</p>
<p style="text-align: right;">Nameless here for evermore.</p>
<p style="text-align: left;">Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas</p>
<p style="text-align: right;">And the silken sad uncertain rustling of each purple curtain</p>
<p style="text-align: left;">Me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal</p>
<p style="text-align: right;">Thrilled me—filled me with fantastic terrors never felt before;</p>
<p>Que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:</p>
<p style="text-align: right;">So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating</p>
<p>«No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;</p>
<p style="text-align: right;">“‘Tis some visiter entreating entrance at my chamber door—</p>
<p>Un tardío visitante esperando en mi portal.</p>
<p style="text-align: right;">Some late visiter entreating entrance at my chamber door;—</p>
<p>Sólo eso y nada más».</p>
<p style="text-align: right;">This it is, and nothing more.”</p>
<p>Y de pronto me animé y sin vacilación hablé:</p>
<p style="text-align: right;">Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,</p>
<p>«Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar</p>
<p style="text-align: right;">“Sir,” said I, “or Madam, truly your forgiveness I implore;</p>
<p>Pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido</p>
<p style="text-align: right;">But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,</p>
<p>Y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal</p>
<p style="text-align: right;">And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,</p>
<p>Que dudé de haberlo oído&#8230;» y abrí de golpe el portal:</p>
<p style="text-align: right;">That I scarce was sure I heard you”—here I opened wide the door;—</p>
<p>Sólo sombras, nada más.</p>
<p style="text-align: right;">Darkness there, and nothing more.</p>
<p>La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,</p>
<p style="text-align: right;">Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,</p>
<p>Y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;</p>
<p style="text-align: right;">Doubting, dreaming dreams no mortal ever dared to dream before;</p>
<p>Mas en este silencio atroz, superior a toda voz,</p>
<p style="text-align: right;">But the silence was unbroken, and the darkness gave no token,</p>
<p>Sólo se oyó la palabra «Leonor», que yo me atreví a susurrar.</p>
<p style="text-align: right;">And the only word there spoken was the whispered word, “Lenore!”</p>
<p>Sí, susurré la palabra «Leonor» y un eco la volvió a nombrar.</p>
<p style="text-align: right;">This I whispered, and an echo murmured back the word, “Lenore!”</p>
<p>Sólo eso y nada más.</p>
<p style="text-align: right;">Merely this, and nothing more.</p>
<p>Aunque mi alma ardía por dentro, regresé a mis aposentos</p>
<p style="text-align: right;">Then into the chamber turning, all my soul within me burning,</p>
<p>Pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.</p>
<p style="text-align: right;">Soon I heard again a tapping somewhat louder than before.</p>
<p>«Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;</p>
<p style="text-align: right;">“Surely,” said I, “surely that is something at my window lattice;</p>
<p>Veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.</p>
<p style="text-align: right;">Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore—</p>
<p>Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.</p>
<p style="text-align: right;">Let my heart be still a moment and this mystery explore;—</p>
<p>¡Es el viento y nada más!».</p>
<p style="text-align: right;">‘Tis the wind, and nothing more!”</p>
<p>Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,</p>
<p style="text-align: right;">Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,</p>
<p>Agitando su plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.</p>
<p style="text-align: right;">In there stepped a stately raven of the saintly days of yore;</p>
<p>Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,</p>
<p style="text-align: right;">Not the least obeisance made he; not an instant stopped or stayed he;</p>
<p>Con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,</p>
<p style="text-align: right;">But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door—</p>
<p>En un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;</p>
<p style="text-align: right;">Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door—</p>
<p>Fue, posóse y nada más.</p>
<p style="text-align: right;">Perched, and sat, and nothing more.</p>
<p>Esta negra y torva ave tornó, con su aire grave,</p>
<p style="text-align: right;">Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,</p>
<p>En sonriente extrañeza mi grave solemnidad.</p>
<p style="text-align: right;">By the grave and stern decorum of the countenance it wore,</p>
<p>«Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser osado,</p>
<p style="text-align: right;">“Though thy crest be shorn and shaven, thou,” I said, “art sure no craven,</p>
<p>Viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;</p>
<p style="text-align: right;">Ghastly grim and ancient raven wandering from the Nightly shore—</p>
<p>¿Cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?»</p>
<p style="text-align: right;">Tell me what thy lordly name is on the Night’s Plutonian shore!”</p>
<p>Dijo el cuervo: «Nunca más».</p>
<p style="text-align: right;">Quoth the raven, “Nevermore.”</p>
<p>Que un ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa</p>
<p style="text-align: right;">Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,</p>
<p>Sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,</p>
<p style="text-align: right;">Though its answer little meaning—little relevancy bore;</p>
<p>Pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido</p>
<p style="text-align: right;">For we cannot help agreeing that no sublunary being</p>
<p>Ocasión de ver posado a dicha ave en su portal.</p>
<p style="text-align: right;">Ever yet was blessed with seeing bird above his chamber door—</p>
<p>Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal</p>
<p style="text-align: right;">Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,</p>
<p>Que se llamara «Nunca más».</p>
<p style="text-align: right;">With such name as “Nevermore.”</p>
<p>Mas el cuervo, altivo, adusto, parado, desde el busto,</p>
<p style="text-align: right;">But the raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only</p>
<p>Cual si hubiera dado el alma, no pronunció nada más.</p>
<p style="text-align: right;">That one word, as if his soul in that one word he did outpour.</p>
<p>No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna,</p>
<p style="text-align: right;">Nothing farther then he uttered—not a feather then he fluttered—</p>
<p>Hasta que al fin musité: «Vi a otros amigos volar;</p>
<p style="text-align: right;">Till I scarcely more than muttered, “Other friends have flown before—</p>
<p>Por la mañana él también, cual mis anhelos, volará».</p>
<p style="text-align: right;">On the morrow he will leave me, as my hopes have flown before.”</p>
<p>Dijo el cuervo: «Nunca más».</p>
<p style="text-align: right;">Quoth the raven, “Nevermore.”</p>
<p>Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;</p>
<p style="text-align: right;">Wondering at the stillness broken by reply so aptly spoken,</p>
<p>«Sin duda &#8211; dije-, repite lo que ha podido acopiar</p>
<p style="text-align: right;">“Doubtless,” said I, “what it utters is its only stock and store,</p>
<p>De un amo desdichado a quien persiguiera sin cesar</p>
<p style="text-align: right;">Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster</p>
<p style="text-align: -webkit-auto;">La desdicha y el desastre persiguiera sin parar,</p>
<p style="text-align: right;">Followed fast and followed faster—so, when Hope he would adjure,</p>
<p>Hasta el punto de, en su duelo, sus canciones terminar</p>
<p style="text-align: right;">Stern Despair returned, instead of the sweet Hope he dared adjure—</p>
<p>Con un triste nunca más&#8221;».</p>
<p style="text-align: right;">That sad answer, “Nevermore!”</p>
<p>Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía</p>
<p style="text-align: right;">But the raven still beguiling all my sad soul into smiling,</p>
<p>Planté una silla mullida frente al ave y el portal;</p>
<p style="text-align: right;">Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust, and door;</p>
<p>Y hundido en el terciopelo me afané con recelo</p>
<p style="text-align: right;">Then upon the velvet sinking, I betook myself to linking</p>
<p style="text-align: -webkit-auto;">por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso</p>
<p style="text-align: right;">Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore—</p>
<p>Aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso</p>
<p style="text-align: right;">What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and ominous bird of yore</p>
<p>Al repetir: «Nunca más».</p>
<p style="text-align: right;">Meant in croaking “Nevermore.”</p>
<p>Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra</p>
<p style="text-align: right;">This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing</p>
<p>Al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;</p>
<p style="text-align: right;">To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom’s core;</p>
<p>Eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada</p>
<p style="text-align: right;">This and more I sat divining, with my head at ease reclining</p>
<p>sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.</p>
<p style="text-align: right;">On the cushion’s velvet lining that the lamplight gloated o’er,</p>
<p>¡Sobre aquel cojín purpúreo que a ella gustaba usar,</p>
<p style="text-align: right;">But whose velvet violet lining with the lamplight gloating o’er,</p>
<p>Y ya no usará nunca más!</p>
<p style="text-align: right;">She shall press, ah, nevermore!</p>
<p>Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso</p>
<p style="text-align: right;">Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer</p>
<p>Mecido por serafines de leve andar musical.</p>
<p style="text-align: right;">Swung by angels whose faint foot-falls tinkled on the tufted floor.</p>
<p>«¡Miserable! -me dije- ¡Tu Dios estos ángeles dirige</p>
<p style="text-align: right;">“Wretch,” I cried, “thy God hath lent thee—by these angels he hath sent thee</p>
<p>hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!</p>
<p style="text-align: right;">Respite—respite and Nepenthe from thy memories of Lenore!</p>
<p>¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!».</p>
<p style="text-align: right;">Let me quaff this kind Nepenthe and forget this lost Lenore!”</p>
<p>Dijo el cuervo: «Nunca más».</p>
<p style="text-align: right;">Quoth the raven, “Nevermore.”</p>
<p>«¡Profeta! —grité—, ser malvado, profeta eres, diablo alado!</p>
<p style="text-align: right;">“Prophet!” said I, “thing of evil!—prophet still, if bird or devil!—</p>
<p>¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad</p>
<p style="text-align: right;">Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,</p>
<p>Trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,</p>
<p style="text-align: right;">Desolate, yet all undaunted, on this desert land enchanted—</p>
<p>a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,</p>
<p style="text-align: right;">On this home by Horror haunted—tell me truly, I implore—</p>
<p>dime, te lo imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!»</p>
<p style="text-align: right;">Is there—is there balm in Gilead?—tell me—tell me, I implore!”</p>
<p>Dijo el cuervo: «Nunca más».</p>
<p style="text-align: right;">Quoth the raven, “Nevermore.”</p>
<p>«¡Profeta! —grité— ser malvado, profeta eres, diablo alado!</p>
<p style="text-align: right;">“Prophet!” said I, “thing of evil!—prophet still, if bird or devil!</p>
<p>Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,</p>
<p style="text-align: right;">By that Heaven that bends above us—by that God we both adore—</p>
<p>Dile a este desventurado si en el Edén lejano</p>
<p style="text-align: right;">Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,</p>
<p>a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar,</p>
<p style="text-align: right;">It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore—</p>
<p style="text-align: left;">A la doncella arrobadora que es Leonor he de abrazar».</p>
<p style="text-align: right;">Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore.”</p>
<p>Dijo el cuervo: «¡Nunca más!».</p>
<p style="text-align: right;">Quoth the raven, &#8220;Nevermore&#8221;.</p>
<p>«¡Diablo alado, no hables más! —dije, dando un paso atrás—</p>
<p style="text-align: right;">“Be that word our sign of parting, bird or fiend!” I shrieked, upstarting—</p>
<p>¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!</p>
<p style="text-align: right;">“Get thee back into the tempest and the Night’s Plutonian shore!</p>
<p>¡Ni un rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje</p>
<p style="text-align: right;">Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!</p>
<p>Quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!</p>
<p style="text-align: right;">Leave my loneliness unbroken!—quit the bust above my door!</p>
<p>¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!»</p>
<p style="text-align: right;">Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!”</p>
<p>Dijo el cuervo: «Nunca más».</p>
<p style="text-align: right;">Quoth the raven, “Nevermore.”</p>
<p>Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en el umbral,</p>
<p style="text-align: right;">And the raven, never flitting, still is sitting, still is sitting</p>
<p>En el pálido busto de Palas que hay encima del portal;</p>
<p style="text-align: right;">On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;</p>
<p>Su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,</p>
<p style="text-align: right;">And his eyes have all the seeming of a demon that is dreaming,</p>
<p>Cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;</p>
<p style="text-align: right;">And the lamp-light o’er him streaming throws his shadow on the floor;</p>
<p>Y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,</p>
<p style="text-align: right;">And my soul from out that shadow that lies floating on the floor</p>
<p>No se alzará&#8230; ¡nunca más!</p>
<p style="text-align: right;">Shall be lifted—nevermore!</p>
<h1>Azathoth</h1>
<p>Cuando la edad cayó en el mundo, y la maravilla se fue de las mentes de los hombres; cuando ciudades grises encabritaron en cielos llenos de humo altas torres sombrías y feas, en cuyas sombras nadie puede soñar en el sol o los prados florecientes de la Primavera; cuando el conocimiento quita la tierra de su manto de belleza y los poetas no cantan jamás de fantasmas distorsionados vistos por ojos legañosos que miran dentro; cuando estas cosas habían pasado, y las esperanzas infantiles se habían ido para siempre, hubo un hombre que viajó de la vida en una búsqueda en los espacios donde habían huido los sueños del mundo.</p>
<p>Del nombre y hogar de este hombre poco está escrito, porque eran del mundo despierto sólo; pero se dice que los dos eran poco conocidos. Basta decir que él vivía en una ciudad de paredes altas donde un crepúsculo estéril reinaba, que él trabajaba todo el día entre sombra y confusión, regresando en la noche a un cuarto cuya ventana solo se abría, no hacia campos abiertos y arboledas, sino hacia un patio oscuro al cual otras ventanas miraban en desesperación embotada. Desde esa ventana con bisagras uno podría ver fácilmente sólo paredes y ventanas, salvo a veces cuando uno se inclina y trata de ver las estrellas pequeñas que pasaban. Y porque meras paredes y ventanas  pronto tienen que llevarlo a la locura a quien lee y sueña mucho, el morador de ese cuarto solía noche tras noche inclinarse por la ventana y mirar arriba para ver algún fragmento de las cosas fuera del mundo despierto y las ciudades altas. Después de años empezó a llamar a las lentas estrellas por su nombre, y las seguía con la imaginación cuando desafortunadamente planeaban fuera de su vista; hasta que eventualmente su visión se abrió hacia muchos panoramas secretos de cuya existencia ningún ojo común sospechaba.</p>
<p>Y una noche un abismo grande fue cruzado, y los cielos atormentados por sueños se estiraron hacia la ventana del observador solitario para combinarse con el aire encerrado de su cuarto y hacerlo a él una parte de su maravilla fabulosa.  Llegaron a ese cuarto raudales de medianoche violeta reluciendo con polvo de oro, vórtices de polvo y fuego, arremolinándose en los ultimos espacios y densos perfumes  de más allá de los mundos. Océanos de opio vertían allá, iluminados por soles que el ojo nunca puede ver y conteniendo en sus remolinos delfínes extraños y ninfas de mar de insondables profundidades. Infinito silencio se arremolinó alrededor del soñador y se lo llevó sin tocar el cuerpo que se inclinaba rígido por la ventana solitaria; por días que no se cuentan en los calendarios de los hombres las mareas de esferas distantes que lo llevaron suavemente para reunirse con el curso de otros ciclos que cariñosamente lo dejaron durmiendo en una orilla verde de amanecer, una orilla verde fragrante con flores de nenúfar y salpicada por camalotes rojos&#8230;</p>
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		<title>Berenice</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Jan 2011 16:01:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Inge Ese</dc:creator>
				<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Edgar Allan Poe]]></category>
		<category><![CDATA[terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Berenice, por Edgar Allan Poe, leído por Guillermo Ruiz. Edgar Allan Poe (Boston, Estados Unidos, 19 de enero de 1809 – Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1849) fue un escritor, poeta, crítico y periodista romántico estadounidense, generalmente reconocido como uno de los maestros universales del relato corto, del cual fue uno de los…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Berenice, por Edgar Allan Poe, leído por Guillermo Ruiz.</p>
<p><img class="alignleft" title="Edgar Allan Poe" src="http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/7/75/Edgar_Allan_Poe_2_retouched_and_transparent_bg.png/245px-Edgar_Allan_Poe_2_retouched_and_transparent_bg.png" alt="" width="245" height="327" />Edgar Allan Poe (Boston, Estados Unidos, 19 de enero de 1809 – Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1849) fue un escritor, poeta, crítico y periodista romántico estadounidense, generalmente reconocido como uno de los maestros universales del relato corto, del cual fue uno de los primeros practicantes en su país. Fue renovador de la novela gótica, recordado especialmente por sus cuentos de terror. Considerado el inventor del relato detectivesco, contribuyó asimismo con varias obras al género emergente de la ciencia ficción. Por otra parte, fue el primer escritor estadounidense de renombre que intentó hacer de la escritura su modus vivendi, lo que tuvo para él lamentables consecuencias.</p>
<p>Los domingos que me sea posible aparecerán aquí sus cuentos, leídos por mí, por si tienen insomnio, y transcritos, por si no soportan escucharme leer.</p>
<p>Duración de la lectura: 21 minutos. (Actualizado: más volumen y menos caída)<br />
<a href="http://lidercorp.com/poe/Berenice.mp3">«Berenice»</a><br />
<span id="more-6937"></span></p>
<h1>Berenice</h1>
<h2>Edgar Allan Poe</h2>
<blockquote>
<p style="text-align: right;">Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas.</p>
<p style="text-align: right;">Ebnaiat</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país torres más venerables que las de mi sombría y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles, en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar esta creencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar; una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la imposibilidad de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.</p>
<p style="text-align: justify;">En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la madurez me encontrara viviendo aun en la mansión de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión completa en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo terrestre me afectaron como visiones, sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ¡Berenice! —Invoco su nombre—, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas. ¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces&#8230;, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no se debe contar. La enfermedad —una enfermedad mortal— cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venía, y la víctima&#8230;, ¿dónde estaba? Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.</p>
<p style="text-align: justify;">Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y fatal, que desencadenó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar como la más angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos, se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad —pues me han dicho que no debería darle otro nombre—, mi propia enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez, asumiendo un carácter monomaníaco de una especie nueva y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba y, por fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así tengo que llamarla, consistía en una morbosa irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y se concentraban en la contemplación de los objetos más comunes del universo.</p>
<p style="text-align: justify;">Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o en su tipografía; estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente una palabra común hasta que el sonido, gracias a la continua repetición, dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo de análisis o explicación.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa atención, excitada así por objetos triviales en sí, no tiene que confundirse con la tendencia a la meditación, común en todos los hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas de una imaginación inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situación grave ni la exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que, al final de una ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque adquiría, mediante mi visión perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y al final de la ensoñación, la primera causa, lejos de perderse de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como ya he dicho, las de la atención; mientras que en el caso del soñador son las de la especulación.</p>
<p style="text-align: justify;">Mis libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por su carácter imaginativo e inconexo, las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit: certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo.</p>
<p style="text-align: justify;">Así se verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido pudiera parecer fuera de toda duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habría proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditación intensa y anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba lástima, y, profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había llegado a producirse una revolución tan repentina y extraña. Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al común de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en los cambios de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la constitución física de Berenice, en la extraña y espantosa deformación de su identidad personal.</p>
<p style="text-align: justify;">En los días más brillantes de su belleza incomparable no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del bosque al mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella había flotado ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado mucho tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio.</p>
<p style="text-align: justify;">Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde de invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante mí.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la incierta luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma, y, reclinándome en la silla, me quedé un rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se mostraba en una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro.</p>
<p style="text-align: justify;">La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su rostro. Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos, hubiera muerto!</p>
<p style="text-align: justify;">El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero de los desordenados aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi memoria. Ahora los veía con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, visibles y palpables ante mí, largos, finos y excesivamente blancos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo instante en que habían empezado a crecer. Entonces llegó toda la furia de mi monomanía, y yo luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo pensaba en los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los vi desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié sus peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de su naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que toutes ses dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo pensamiento me destruyó! Des idées!¡Ah, por eso los codiciaba tan desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría devolver la paz, devolviéndome la razón.</p>
<p style="text-align: justify;">Y la tarde cayó sobre mí; y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil, sentado, en aquella habitación solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, como si, con una claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su ocupante, y terminados los preparativos del entierro.</p>
<p style="text-align: justify;">Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había despertado de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea exacta, o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una página espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. Pero, ¿qué era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la habitación me contestaron: ¿Qué era?</p>
<p style="text-align: justify;">En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: «Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas». ¿Por qué, al leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las venas?</p>
<p style="text-align: justify;">Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!</p>
<p style="text-align: justify;">Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.</p>
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		<title>Non Sequitur: edición &#8220;Muy Interesante&#8221;</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Dec 2008 00:32:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quoth, the Raven</dc:creator>
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		<category><![CDATA[leyendo textos]]></category>
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		<description><![CDATA[Lo siguiente es una prueba de mis habilidades, cualesquiera que estas sean, de edición de audio. La he perpetrado leyendo &#8220;El Secuestro Secreto&#8221; de Mikel Agirregabiria, y espero que el autor se lo tome a bien. Seguiré entrenando la voz, ya casi logro el tono constante que busco para dar lectura a textos de buena…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo siguiente es una prueba de mis habilidades, cualesquiera que estas sean, de edición de audio. La he perpetrado leyendo &#8220;El Secuestro Secreto&#8221; de Mikel Agirregabiria, y espero que el autor se lo tome a bien.</p>
<p>Seguiré entrenando la voz, ya casi logro el tono constante que busco para dar lectura a textos de buena extensión que puedan funcionar en la vainadifusión que lleva mucho tiempo en espera.</p>
<p>Saludos cordiales.</p>
<p>Quoth.</p>
<p><a href="http://lidercorp.com/wp-content/uploads/2008/12/descubre-el-secuestro-secreto.mp3">descubre-el-secuestro-secreto</a></p>
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		<title>La ratonera evolutiva o cómo la evolución se encarga de crear nuevas especies desde un origen común.</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Oct 2008 16:44:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quoth, the Raven</dc:creator>
				<category><![CDATA[conocimientos]]></category>
		<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>
		<category><![CDATA[cocopato]]></category>
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		<description><![CDATA[Lo que sigue es el guión provisional de una vainadifusión que tenía planeado grabar y publicar este mes, pero un cuidadoso análisis de la misma me llevó a la conclusión de que duraría media hora hablando solo y preferí presentar el guión como artículo en sí mismo. A Science Podcast Project solicita su colaboración para…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo que sigue es el guión provisional de una vainadifusión que tenía planeado grabar y publicar este mes, pero un cuidadoso análisis de la misma me llevó a la conclusión de que duraría media hora hablando solo y preferí presentar el guión como artículo en sí mismo. A Science Podcast Project solicita su colaboración para buscar un tema sobre el cual hacer el episodio cero, y les recuerdo que el guión está disponible para ser editado en <a href="http://lidercorp.com/skwiki/episodio_cero">http://lidercorp.com/skwiki/episodio_cero</a><span id="more-61"></span></p>
<p>¿Alguna vez se han preguntado cómo funciona la evolución? Si eres un creacionista, lo más seguro es que no sólo no te has preguntado cómo funciona, sino que además crees de antemano que es falsa.</p>
<p>La actitud de los creacionistas, resumida en un &#8220;No he visto formas intermedias, así que la evolución es falsa,&#8221; no demuestra otra cosa que una falta total de comprensión sobre lo que representa la evolución. Uno de los argumentos esgrimidos es que no hay pruebas de que la evolución funcione; otro es que un amigo imaginario nos hizo a su imagen y semejanza; una más es que fuimos diseñados de tal manera que es evidente que tuvimos que ser diseñados.</p>
<p>Cuando alguien trata de refutar eso, el creacionista se pone las manos en los oídos y se pone a cantar &#8220;La la la la lá, no oigo, no oigo, soy de palo y tengo orejas de pescado&#8230;&#8221; y cuando el refutador se va, convencido de que no hay nada que hacer, el creacionista grita a todo pulmón &#8220;¡Sí! ¡Gané, gané!&#8221;</p>
<p>Si de pura casualidad se encuentra un refutador a un creacionista que no se tapa los oídos, y está dispuesto a dialogar, no tardará mucho en llevarse la mano a la frente y lamentarse por su mala suerte, muchas veces prefiriendo haberse encontrado con un creacionista de los que se tapan las orejas. En esta etapa suelen salir a relucir algunos animales fantásticos. Particularmente tengo presentes al pez rana y al cocopato. En especial el cocopato, por lo peligroso que puede resultar un pato con cabeza de cocodrilo  que se disponga a lanzarse en picada para darte una mordida, aunque una vez en tierra sea más fácil esquivarlo.</p>
<p>El concepto del pez rana se resuelve muy fácil señalando al Pez Pulmonado del Amazonas Septentrional. Yo no sé si haya un Amazonas Septentrional, pero de que he visto lepidosirénidos, o sea, peces pulmonados, pues sí, he visto dipnoos, o sea peces pulmonados. No pueden sobrevivir mucho tiempo alejados del agua, pero sí pueden sobrevivir fuera del agua, sobre el lodo, por periodos de tiempo bastante prolongados. Como comparte características con los anfibios y los peces, se puede decir sin temor a meter la pata (al menos, no meterla mucho) que el pez pulmonado tiene parientes que se convirtieron en anfibios. Deben de estar en alguna parte de su árbol clasificatorio: Superregnum: Eukaryota. Regnum: Animalia. Subregnum: Eumetazoa. Cladus: Bilateria. Subcladus: Deuterostomia. Phylum: Chordata. Subphylum: Vertebrata. Infraphylum: Gnathostomata. Superclassis: Osteichthyes. Classis: Sarcopterygii. Subclassis: Dipnoi. Ordo: Lepidosireniformes. Familia: Lepidosirenidae. Genus: Lepidosiren. Especie: Lepidosiren paradoxa. En alguna parte de aquí tiene que haber un pariente. También hay familiares en Australia y en África. Así que, de cierta manera, son un paso medio entre los anfibios y los peces, y por tanto, son una especie de pez rana si lo tomamos en un sentido muy general y amplio.</p>
<p>El caso del cocopato es más complejo, y suele describirse como una especie de paso intermedio entre los reptiles (que son los cocodrilos) y las aves (que son los patos) y dado que no existen, eso es prueba de que no pudieron haber evolucionado. En este caso basta decir que fueron cazados hasta la extinción por los ornitorrincos, sus enemigos naturales. El ornitorrinco, junto con el equidna, es uno de los animales del orden monotremata, llamados así por tener un único orificio de salida corporal común al tracto digestivo y urogenital, como los reptiles y las aves, pero que poseen pelo y producen leche, como los mamíferos. También poseen, en el caso del ornitorrinco, un pico córneo con forma de pico de pato, similar al de las tortugas y las aves. Regulan su temperatura internamente pero se reproducen por huevos. Se la pasan nadando en ríos y lagos de agua dulce, y cavan túneles, y construyen nidos para depositar sus huevos. Y los machos producen veneno de unos espolones que tienen en las patas traseras. A pesar de todo, es un mamífero muy mamífero. Y come cocopatos. O por lo menos los comía, porque los llevó a la extinción. Y además es la prueba concluyente de que si alguien diseñó al ornitorrinco, una de tres, o fue un comité, probablemente el mismo que diseñó la jirafa, o era un diseñador muy estúpido o simplemente alguien tuvo un mal día.</p>
<p>Por supuesto, son pocos los creacionistas que dicen que estaban equivocados y se meten a estudiar biología a fondo. La mayor parte deciden, casi siempre de antemano y la mayor parte de las veces incluso a priori, que el refutador está equivocado. Entonces contraatacan diciendo que no hay registro fósil que demuestre la evolución, en especial del hombre. Si el refutador comienza a pasar diapositivas, o por lo menos estampitas escolares con la historia del hombre, salen con el asunto del eslabón perdido. Cuando el refutador dice que sí hay especies intermedias, el creacionista insiste en que eso implica que son especies diferentes y no hubo fósiles intermedios, y que ahora hay que llenar más huecos. Una vez yo, exasperado, pregunté a mi contraparte si lo que quería era un registro generación por generación de la evolución de las especies homínidas, y me dijo &#8220;¡Por supuesto!&#8221; Mi respuesta fue un &#8220;Ay, mijo, no mames&#8230;&#8221; que me valió la pérdida de un punto en el debate por un ataque ad hominem, en este caso para mí justificable por el hecho de que mi contraparte esperaba algo imposible de conseguir y que además así tampoco le hubiera convencido de que le decía la verdad: seguramente hubiera querido uno año por año. Como nota cultural, una vez me retó a demostrarle cómo evolucionó el ojo, porque estaba convencido de que el ojo era tan complejo que forzosamente había tenido que ser diseñado. Se lo mostré dibujándoselo en una servilleta y le dije que había aún muchos animales que no tenían ojos completos y vivían bastante bien. &#8220;¡Pero medio ojo no sirve!&#8221; adujo. &#8220;Pues ver medio depredador es mejor que no verlo&#8230;&#8221; respondí. Él se levantó y se fue.</p>
<p>También resulta imposible convencer a quien cree que la tierra apenas tiene seis mil años de antigüedad y fue creada en seis días por un señor de barbas blancas que viste una bata sin bolsillos, o alguna cosa así. En este caso, suelen decir que todo fue creado así como estaba. Al preguntársele cómo lo sabe, suele decir que porque así lo dice la biblia. Si el refutador le dice que los nahuas creen otra cosa, y los purépechas otra, y los apaches otra, y los yaquis otra, y los hindúes otra cosa, el creacionista suele decir &#8220;Pues los indios pueden creer lo que quieran, pero sólo la biblia dice la verdad.&#8221; Si además el refutador pregunta cuál de las dos historias de la biblia es la verdadera, el creacionista dice que la historia del génesis es una sola. Si el refutador saca una biblia, que casi siempre la del creacionista, y dice que en el génesis hay dos historias que se contradicen, y le muestra las contradicciones, el creacionista suele decir que no se contradicen, que son dos maneras de contar la misma verdad. El refutador suele salir de ahí con la mano en la frente y queriendo beber un trago de cualquier cosa, aunque sea agua. Yo suelo buscar un Bailey&#8217;s con hielos.</p>
<p>El tercer grupo, y tal vez el más divertido, es el de los creacionistas científicos, aquellos que saben que es imposible que el mundo sea joven pero insisten en que el ser humano fue diseñado. Para ello acuden a la complejidad irreductible, argumento que implica que es tan complejo el ser humano que si quitas alguna de sus piezas el sistema falla y te mueres. La complejidad irreductible es igual en el ser humano y en la ratonera, dicen: son tan obviamente diseñados que no hay manera de que pudieran haber evolucionado por simple selección natural.</p>
<p>Ah. Muy bien. Ahora queda todo claro. Salgan por la izquierda, aquí no hay nada que ve&#8230; Epa, ¿dijo ratonera?</p>
<p>Un momento. Un momento. Aquí hay algo que no huele bien. Oh, soy yo. Perdón.</p>
<p>Decía yo: ¿dijo una ratonera? ¿Qué, no es posible que una ratonera pueda evolucionar? ¡Pero si ya lo hizo! ¡Precisamente por eso hay tantas ratoneras diferentes en el mercado! Lo mejor de todo es que si la ratonera fuera un animal, podríamos encontrar pruebas de su evolución en el registro fósil. Éste es un ejercicio tan interesante que voy a hacerlo a lo largo de lo que queda de esta vainadifusión, por dos motivos. El primero es que se me antojó, el otro es que quiero hacerlos sufrir a mis amables vainaescuchas. Veamos.</p>
<p>El problema es que la ratonera no existe en un sólo modelo. Hay muchos tipos de trampas y de ratoneras, y las ratoneras mismas muestran evolución. Empecemos por el principio: ¿cuál es el objetivo primario de una ratonera? Capturar un ratón. ¿Cómo capturar un ratón?</p>
<p>Empezaremos por lo más básico. Vamos a suponer que tenemos una casa y la casa es un organismo multicelular. La casa tiene un sistema inmunitario, llamado hombre, que mantiene a la casa en buen estado. Un ratón sería una bacteria o un virus, a esta escala. Así pues, tenemos un ratón, un ser humano, y una casa. El ser humano no tiene más herramientas que su cuerpo. La casa no es mas que una cosa redonda similar a una cueva que no tiene mas que una abertura que ni siquiera tiene puerta. El ratón&#8230; bueno, el ratón es un ratón.</p>
<p>Si el ser humano tratara de capturar al ratón, y la casa tratara de ayudarle, el ratón se escaparía por la puerta abierta en la mayor parte de los casos. La casa haría su trabajo y evolucionaría con un par de objetivos: primero, que el ratón no entre; el otro, que el ratón que entre sea atrapado. Primero desarrolla una especie de cortina en la puerta, para tratar de impedir que el ratón entre. El ratón no sabe que no debe de entrar, y entra. El ser humano intenta matarlo desde adentro de la casa. El ratón sale corriendo con dirección a la puerta y se atora en la cortina, de donde el hombre logra darle un zapatazo y acabar con el ratón con un porcentaje mayor de éxitos que si no estuviera la cortina para confundir al ratón asustado.</p>
<p>La casa evoluciona. La cortina se ha convertido en una puerta hecha y derecha, aunque aún ligera, que por lo pronto, fiel a sus orígenes, cuelga del techo. Es pesada y cuando uno sale, pues da unos madrazos impresionantes si uno se descuida, pero los ratones ya no entran tan seguido. Pero a veces entran, en especial cuando el ser humano deja abierta la puerta para sacar la basura o para que pase alguien más. Pero una vez adentro, el ser humano logra matar con más eficacia al ratón.</p>
<p>La casa evoluciona. La puerta ahora se abre hacia un lado, lo que tiene la ventaja de que es más fácil de abrir y por lo tanto no hay necesidad de dejarla abierta tanto tiempo, por lo que los ratones entran con mucha mayor dificultad. Pero alguno entrará, y aunque es más fácil matarlo con la puerta cerrada, el hombre se cansa horrores para atraparlo. Como también se reproduce el hombre, es necesario adoptar una forma en la que puedan caber las aglomeraciones. Después de todo, más hombres significan más manos para matar más ratones.</p>
<p>La casa evoluciona más. Ahora tiene una forma más alargadita, y esto tuvo un curioso efecto secundario: es más fácil arrinconar al ratón. La casa ya sabe qué tiene qué hacer para atrapar al ratón: rincones. Y para facilitar las cosas, hace muchos rincones: se llaman habitaciones. El ser humano evoluciona y desarrolla unos curiosos apéndices llamados escobas y trapeadores que sirven para limpiar la casa. Como beneficio adicional, también sirven para matar ratones.</p>
<p>Las casas evolucionan, pues, para tener rincones. Una desarrolla esquinas cuadradas, lo que facilita mucho la tarea de atrapar a un ratón que corre: existe la posibilidad de cortarle camino y arrinconarlo. Y la evolución continúa: una casa desarrolla un rincón especialmente capaz de atrapar ratones: si el ser humano logra llevar al ratón a ese rincón, el ratón está perdido. Pero la casa continúa evolucionando. El rincón ratonero evoluciona para hacerse más profundo, y en una de esas, la casa se propone atraer al ratón a ese rincón: aparece así el primer cebo para ratas.</p>
<p>El rincón sigue evolucionando. Ahora tiene una entrada estrecha y es mucho más pequeño. El ratón entra, come el cebo, y engorda tanto que no puede salir hasta morir de hambre. Si la casa evoluciona para convertirse en carnívora, ahí tiene una fuente potencial de alimento. Otro rincón se vuelve profundo y desarrolla una puertita. Puede empezar como una cortina, como empezó la puerta, o puede directamente desarrollar una puerta más pequeña igual a la que tiene en la entrada. Si el ratón se para en la puertita, el ratón cae y se da un madrazo de padre y señor mío. Otro rincón evoluciona. Tiene una puertita en la parte superior, y cuando entra el ratón, baja y lo atrapa. Otro rincón más evoluciona. Tiene una puertita arriba, y cuando el ratón entra, ¡zaz! un madrazo bien aplicado en la cabeza. Un rincón más evoluciona. En todas sus paredes hay una cosa pegajosa que atrapa al ratón.</p>
<p>Varias generaciones después las casas evolucionaron a predadores ratoniles eficientes. Ya tenemos por lo menos cinco especies, no muy diferenciadas pero sí claramente diferentes. Y entonces las casas siguen el paso obvio: separan a los rinconcitos en entidades diferentes. Nuestras casas ahora tienen un órgano propio, independiente, cuya función es atrapar ratones.</p>
<p>A partir de aquí la evolución puede tomar caminos divergentes. Por ejemplo, las casas pueden evolucionar a tener muchas ratoneras porque así se aseguran más alimento, o a una ratonera más grande, y así atrapar animales más grandes. Puede ser que una casa evolucione para atrapar elefantes,  o se haga más pequeña para seguir atrapando ratones con más facilidad. Vamos a suponer que las casas se hacen más y más pequeñas hasta que todo su espacio interior es justo el espacio necesario para atrapar un ratón. Ahora la ratonera es independiente y se puede mover a su antojo por todos lados. Tal vez pueda meterse en casas que no hayan evolucionado ratoneras y vivir en simbiosis: si una casa necesita eliminar ratones, la ratonera va, se come los ratones y se queda. También puede acudir sólo cuando una casa tiene ratones, y salir para ir a otra casa que necesite deshacerse de sus ratones. O, si se queda como órgano de la casa, la ratonera puede evolucionar de tal forma que no necesite sus paredes. Un ratón que quede atrapado en una cosa pegajosa lo hará siempre por el piso, y la cosa pegajosa puede ser separada de la casa cuando haya atrapado al ratón. La ratonera que atrapa al ratón puede perder las paredes duras que la forman, quedando con apenas un armazón que lo contenga. La ratonera profunda puede plegarse y formar una espiral, y la espiral puede evolucionar a un laberinto con una trampa. La ratonera que aplasta al ratón puede perder todas las paredes y simplemente dar un martillazo contra la cabeza del ratón cuando éste se acerca a comerse el cebo. Y este último tipo de ratonera puede haber evolucionado de una manera convergente teniendo un origen completamente distinto.</p>
<p>Supongamos, sin conceder, que tenemos un alambre que se alimenta de ratones. El alambre ve un ratón, cae sobre el ratón, y si lo mata, se lo come. El alambre no tiene mucho éxito inicial. Es raro cuando un alambre es lo bastante grande como para caer en un ratón lo bastante pequeño y comérselo. Pero una mutación provoca que el alambre en generaciones posteriores aparezca doblado, hasta que de pronto aparece uno completamente doblado, en el cual sus dos extremos se tocan, a manera de extremidades. Lo único que busca es que pase un ratón lo bastante grande como para atorarse en sus brazos y atraparlo, para poder comérselo. A veces el alambre está tranquilo, pasa un ratón, pisa el alambre, y los dos extremos del alambre dejan de estar en contacto: se dobla más, asfixiando al ratón. Es mucho mejor que permanecer pasivo, y el alambre evoluciona para convertirse en alambre de resorte, más duro y más rápido, aunque más caro, y el porcentaje de capturas mejora mucho.</p>
<p>De pronto el alambre de resorte desarrolla una vuelta. Eso le da más fuerza, y mayor rapidez. El alambre captura muchos más ratones y además estos tardan menos en morir. El alambre sigue desarrollando vueltas hasta ser muy rápido en atrapar el ratón. Pero el alambre, a pesar de ser muy rápido, sabe que teniendo muchas vueltas no logra mejorar las capturas que teniendo pocas vueltas. Lo que necesita es atraer a sus presas. Así que el alambre se coloca cerca de algo que le guste comer al ratón, digamos una galleta cubierta por mantequilla de cacahuate y jalea de uva (el queso no es tan efectivo como la mantequilla de cacahuate, lo juro por el osito bimbo). El porcentaje de capturas mejora bastante, pero los ratones más fuertes suelen escaparse. Es necesario hacer algo para obtener más fuerza sin necesidad de agregar más masa al alambre.</p>
<p>El alambre, entonces, se coloca con un brazo en el suelo, de modo tal que la mayor parte de su fuerza se emplea en bajar el brazo de arriba a gran velocidad. Es mucho mejor, y el porcentaje de capturas mejora. Pero un ratón muy fuerte puede llevarse al alambre, y aunque eventualmente morirá, puede pasar mucho tiempo entre la captura y el almuerzo de parte del alambre, que puede alejarse mucho de su lugar de residencia esperando que el ratón muera. Es necesario anclarse al suelo.</p>
<p>Y el alambre se ancla al suelo, y ya podemos hablar por fin de una ratonera moderna. Anclada al suelo, no importa si la ratonera no mata al ratón a la primera, eventualmente el ratón morirá de hambre, y dado que no puede alejarse de la ratonera ni alejarse con la ratonera, al menos morirá por inanición o deshidratación.</p>
<p>La estrategia de la ratonera provoca que la ratonera deslice su resorte al suelo, extendiendo un brazo hacia el centro a manera de martillo y otro hacia arriba para sostener el martillo, a manera de gatillo. Ya no es necesario quedarse en un lugar donde haya cebo: la ratonera puede poner un sucedáneo que se vea como cebo y esperar a que el ratón se acerque, para atraparlo. Si el ratón toca el gatillo, el martillo cae.</p>
<p>El gatillo puede crecer para atrapar ratones de mayor tamaño. Ya no es necesario que las presas quepan entre los dos brazos del resorte: ahora basta que entren en el alcance del martillo. Como se tienen presas más grandes, la movilidad se vuelve necesaria, pero también la fuerza. La ratonera desarrolla una base móvil, que le da fuerza al martillo y deja que se mueva por todos lados sin dejar agujeros por todos lados, siempre preparada para matar. Es de hacer notar que hasta este momento la ratonera puede funcionar sin las grapas que la mantienen atada al suelo.</p>
<p>Para justificar la pérdida de fuerza de estar clavada al suelo a tener movilidad, el martillo crece. Para poder hacerlo, es necesario que se abra más de lo que le permitían sus antiguos brazos. Así que un brazo crece para abrir más el ángulo del martillo, pero llega un límite. Una mutación, en la cual brazo gatillo es ayudado por un tercer brazo, que empieza a estar del otro lado del martillo, prueba ser más eficiente: el brazo martillo puede extenderse ahora 180 grados y es devastador. La fuerza es tal que la trampa puede saltar, de manera que si el martillazo no mató al ratón, el salto lo desnucará y la ratonera podrá disponer de su almuerzo más pronto.</p>
<p>Tener los brazos hechos completamente de alambre de resorte no es necesariamente una ventaja. Los componentes que no necesitan ser duros ni rápidos se vuelven poco a poco de alambre normal, más barato: las grapas primero, el brazo gatillo después, el martillo a continuación. Sólo lo que necesita fuerza, como el resorte, permanece siendo de alambre de resorte. Una mutación provoca que el tercer brazo toque el cebo, y asuma las funciones del brazo gatillo. Para ahorrar material, el brazo gatillo comienza a acortarse hasta desaparecer. Ahora las grapas son imprescindibles, porque de ellas toma su fuerza el brazo martillo, y sin ellas el brazo sensor no permanecería en su lugar. Las grapas también comienzan a variar su lugar, desapareciendo las que sostenían el brazo gatillo y colocándose alrededor del resorte del brazo martillo para darle más fuerza. Del brazo gatillo sólo queda un muñón adherido al resorte, que es de donde se obtiene la energía para que el martillo se mueva. Para protegerlo de un ataque, el muñón cambia de lado, hacia donde está el brazo martillo. Pero aún no es una ratonera perfecta. El ratón puede comerse un poco del cebo sin tocar el nuevo gatillo.</p>
<p>La ratonera mejora todavía más su desempeño agregando un curioso dispositivo en el cual descansa el cebo y el brazo gatillo. Si el ratón empieza a mordisquear el cebo, y éste varía de peso, el dispositivo agita el gatillo y basta que lo agite, no que lo mueva, para que se active el brazo martillo. Listo. Eficacia completa. El ratón está perdido ante un depredador que evolucionó específicamente para acabar con él. Terminamos con una ratonera que es muy similar a la ratonera que evolucionó desde una casa. </p>
<p>Se puede argumentar que hace mucho tiempo que los ratones pudieran haber desarrollado capas óseas para proteger el cuello. Y sí, lo hubiera sido si durante la evolución del ratón los sobrevivientes fueran capaces de diseminar sus genes. Pero los ratones muertos no pasan sus genes, sólo los vivos. Los vivos siguieron vivos por ser más ágiles, por eso la ratonera evolucionó, y así hizo evolucionar a los ratones, que a su vez hicieron evolucionar a las ratoneras.</p>
<p>No es que las ratoneras hayan evolucionado de esa manera, claro está. Pero deben de admitir que, de haberlo hecho, serían predadores especializados muy eficientes. Algunas treparían a los árboles y se especializarían en pájaros, otras en insectos, algunas más en murciélagos y algunas otras en alguna otra alimaña, digamos un topo o un guapeche. Pero todas tendrían su origen común en uno de dos tipos de ratonera: la ratonera de las cuevas y la ratonera del alambre.</p>
<p>La evolución explica todas las cosas que hicieron que dos especies diferentes convergieran en especies similares, y que una especie original terminara dando origen a una familia de especies diferentes. Se toma su tiempo, claro está. Las variaciones no ocurren de golpe y porrazo y a veces es muy difícil ver si las variaciones son señal de estamos viendo a miembros de una misma especie o a miembros de diferentes especies. Pero basta con darle su tiempo al tiempo y la evolución hará su trabajo de manera admirable.</p>
<p>Claro está que habrá creacionistas que no se convenzan, basados en la historia de la ratonera evolutiva, que después de todo es un cuentito, de que la evolución funciona. Algunos moverán el blanco y le gritarán a un hombre de paja a todo pulmón &#8220;¡Mi abuelo no era un mono!&#8221; y el replicador gritará a su vez &#8220;¡Pues no lo parece!&#8221; para luego decir con voz más calmada &#8220;Es evidente: los monos actuales y los hombres actuales descienden de un mono ancestral, que vivió hace un chingo de tiempo. El hombre no desciende del chimpancé ni del gorila, pero tanto hombres como chimpancés como gorilas descienden de un mono en común.&#8221;</p>
<p>Más interesante es la pregunta creacionista de &#8220;Pues si crees que la evolución lo explica todo, ¿cómo surgió la vida?&#8221; Aquí la inevitable respuesta es invariablemente &#8220;La evolución no explica el origen de la vida&#8221; porque, caray, la evolución no se preocupa por cómo surgió la vida, sino cómo se comporta la vida. Los creacionistas se ponen a gritar &#8220;¡Victoria!&#8221; &#8220;¡Eureka!&#8221; &#8220;¡Aleluya!&#8221; mientras bailan, porque creen que han acorralado a los replicadores. Sin embargo, hemos de recordar que la evolución no trata del origen de la vida porque ésa es otra ciencia. Es como si nos quejáramos de que un dentista no puede interpretar un electrocardiograma, o que un cirujano ortopédico no pueda reparar una muela rota, y por tanto, toda la medicina moderna es una falacia. Esto no demuestra nada más que una profunda ignorancia de parte de quien no quiere entender. Por eso es preferible el no discutir con creacionistas.</p>
<p>Nos vemos en el próximo episodio, y esperamos sus comentarios aquí para saber de qué vamos a hablar la próxima semana.</p>
<p>Saludos cordiales.</p>
<p>Quoth.</p>
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		<title>Countdown to Episode 0 (10)</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jun 2008 18:45:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quoth, the Raven</dc:creator>
				<category><![CDATA[vainadifusión]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8211;Hola a todos, y bienvenidos a Countdown to Episode Zero, mark ten. Bien, pues el proyecto se acerca a su inicio y es tiempo de revisar cómo van las puntuaciones. ¿Don Grillermo, nos puede decir el número de votos emitidos? &#8211;Claro que sí, estimado Quoth. Llevamos tres votos. &#8211;Muy bien, en ese caso&#8230; creo que…]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211;Hola a todos, y bienvenidos a Countdown to Episode Zero, mark ten. Bien, pues el proyecto se acerca a su inicio y es tiempo de revisar cómo van las puntuaciones. ¿Don Grillermo, nos puede decir el número de votos emitidos?<br />
&#8211;Claro que sí, estimado Quoth. Llevamos tres votos.<br />
&#8211;Muy bien, en ese caso&#8230; creo que todavía no hay una tendencia válida. Por lo menos pongamos aquí las boletas para ver si alguien se atreve a llenarlas.</p>
<p>[poll id="1"] [poll id="2"] [poll id="3"]</p>
<p>&#8211;Y aún hay más.</p>
<p><span id="more-33"></span></p>
<p>&#8211;Así es. Estamos de regreso en Countdown to Episode Zero, mark ten. Díganos, don Grillermo, ¿Cuántas personas están ahora involucradas en el proyecto?<br />
&#8211;Claro que sí, Quoth. ¿Apalabrados o realmente comprometidos?<br />
&#8211;Realmente comprometidos.<br />
&#8211;Bueno, veamos&#8230; Una.<br />
&#8211;¿Una?<br />
&#8211;Una.<br />
&#8211;¡Una!<br />
&#8211;Una.<br />
&#8211;Una&#8230;<br />
&#8211;Una.<br />
&#8211;¿Quién?<br />
&#8211;Según mis registros, tú.<br />
&#8211;¿Yo?<br />
&#8211;Tú.<br />
&#8211;¿Eso es?<br />
&#8211;Eso es.<br />
&#8211;¿Así es?<br />
&#8211;Así es.<br />
&#8211;¿Nadie más?<br />
&#8211;Nadie más.<br />
&#8211;Don&#8217;t mame&#8230; digo, no mamen&#8230; Bueno, pues es tiempo de que empecemos ese proyecto en serio. El plan es sencillo: es tiempo de prepararnos para el episodio número cero. Para ello, tenemos preparado un wiki en lidercorp.com, llamado <a title="Skwiki, el wiki de A Science Podcast Project" href="http://lidercorp.com/skwiki/">Skwiki</a>, que depende de <a title="Un Fósforo Perfecto: A Perfect Match." href="http://lidercorp.com">Un Fósforo Perfecto</a> y A Science Podcast Project. En Skwiki prepararemos el episodio cero mientras logramos que todos los involucrados en el proyecto, habidos y por haber, logren concretar su participación. La discusión, por supuesto, se hará en Un Fósforo Perfecto y en Skwiki conservaremos el registro final del episodio, que será grabado en secciones por cada participante y ensamblado después, mientras encontramos un método práctico para grabar en vivo la participación de todos los participantes. En este momento parto para Skwiki para colocar el esqueleto del Episodio Cero: El Meritito Principio. A ver si logramos sacar el Episodio Cero para principios de septiembre, al paso que vamos. Nos vemos allá. Se despide de ustedes, su anfitrión y moderador, Quoth the Raven.</p>
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