Ella (6)

Capítulo 6.

Era un día frío de enero. El año nuevo había pasado sin incidentes, las lluvias de fin de año habían dejado un lodazal, y era tiempo de volver a clases. El primer lunes, mientras todos los alumnos se ponían al día con las noticias, una niña nueva llegó al salón de clases de Ada. La reconoció nada más verla: era la niña de la casa de enfrente. La maestra la presentó como Ekaterina Olmedo. Se acababa de recuperar de un accidente, y les pedía que tuvieran paciencia con ella. Al igual que Ada, Ekaterina no podía hablar. A diferencia de Ada, en su caso se veía por qué: había una cicatriz recorriendo su garganta, de lado a lado. La niña disimulaba el corte con una mascada de seda, pero la vista de Ada era demasiado fina como para que ese detalle quedara oculto. Había un gran número de cortes, y en algunos lugares la piel parecía tener dos colores diferentes. Sus ojos tenían colores ligeramente diferentes: uno era azul acero, el otro, azul cobalto. En general, si uno no sabía dónde buscar, Ekaterina parecía normal.

La nueva se sentó delante de Ada. La observó con detenimiento todo el día. No era una chica normal, y para que Ada lo dijera es que la chiquilla era completamente lo opuesto a la normalidad. A la hora del almuerzo, la nueva se sentó sola. Ada la miró y notó que nadie se le acercaba. Decidió que debía conocerla más, si es que en realidad era la misma chica. Se levantó, tomó su almuerzo, y fue a sentarse con ella. Jamie se le quedó mirando antes de decidir que debía seguirla. Se sentaron a la mesa sin pedir permiso.
—Hola— dijo Ada en lenguaje de señas antes de decidirse a sacar el vocalizador. Ekaterina no dijo nada.
—¿No estás comiendo nada? —preguntó Jaime.
Ekaterina movió la cabeza en sentido negativo.
—Deberías comer algo. Es importante comer, porque así tienes energía para todas las actividades diarias —comentó Jamie, antes de que Ada lo silenciara de un codazo.
—Él es Jaime —dijo a través del vocalizador—, yo me llamo Ada.
Le ofreció el vocalizador. Ekaterina señaló la etiqueta con su nombre.
—Te llamas Ekaterina, pero es un nombre muy largo —dijo Jaime—. ¿Cómo te dicen en casa? Espera, no me lo digas, porque Ekaterina es la versión rusa de Catalina, y el diminutivo es Katyusha, y el familiar es Katya, pero tú no te ves como una Katya, porque tienes ojos de gato, así que Kitty te sentaría bien, y es una variante aceptada de Ekaterina como se pue*buf* —Ada le tapó la boca con la mano y le dedicó una mirada asesina.
Jaime se puso rojo.
—Perdón…
La mano de Ekaterina se movió sobre la mesa. Como si le costara trabajo reconocer las letras, escribió “Katy”.
—¿No tienes un vocalizador?
Katy negó con la cabeza.
—¿Sabes lenguaje de señas?
Volvió a negarlo.
—¿Puedes hablar?
Se señaló la garganta y negó con el dedo.
—No puedes hacer eso todos los días —dijo Jaime—. Tienes que comunicarte con alguien. Cuando yo conocí a Ada tampoco se comunicaba pero es porque ella no puede hablar aunque si consideras que puede hablar en silbo gomero entonces sí se comunica, pero usa más el lenguaje de señas y el vocalizador… —y otra vez Ada lo tuvo que callar con un codazo.
—¿Te pasó algo? —preguntó Ada.
Katy se tocó la cabeza, la garganta, el corazón, los dos brazos y el vientre.
—¿Fue un accidente muy grave?
La mano de Katy escribió dos signos de interrogación en la mesa, lenta y metódicamente, como si le costara trabajo mover el cuerpo. Probablemente así fuera.
—Te puedo enseñar lenguaje de señas básico, si quieres.
La chiquilla se veía confundida.
—Te puedo pasar también mi programa vocalizador a tu teléfono. ¿Tienes teléfono?
Katy negó con la cabeza.
—¿Vas a poder hablar?
Katy asintió. Ada se la quedó mirando. Jaime abrió la boca pero ella levantó un dedo. Jaime entendió la indirecta y se quedó callado. Finalmente Ada escribió una última frase.
—¿Eres mi vecina?
Katy miró a Ada a los ojos. No respondió.
La campana sonó y debían regresar a clase. Ada y Jaime se pusieron de pie, pero Katy tardó un instante más. Caballeroso, Jaime las acompañó a su salón y después se fue corriendo al suyo. Katy era lenta para todo, se dijo Ada. Se preguntó también por qué.
El resto del día Katy lo pasó en silencio. Ni siquiera tomó notas. Cuando terminaron las clases, en lugar de quedarse al taller de deportes, se fue a la puerta. Un auto llegó, ella subió con calma y parsimonia, y el auto se fue. Ada se aprendió las placas.

Esa noche, mientras hacía la tarea, observó la casa vecina. El auto estaba ahí. La placa era la misma. Katy estaba acostada en su cama, con los ojos cerrados. De vez en cuando alguien entraba a su cuarto, hacía algo, y salía. Una vez la sorprendió con los ojos abiertos. La saludó. Katy no respondió durante un rato. Entonces levantó una mano a la altura de su cabeza y repitió el gesto. Alguien entró a la habitación, cargando una bandeja. Si Ada hubiera estado atenta, en lugar de estar dibujando una célula vegetal, habría observado que ese alguien era un hombre, y que parecía que estaba conectando un cable hasta alguna parte del cuerpo de Katy. También habría observado cómo salía un líquido negro, y cómo colocaba una bolsa con un líquido rojizo en algo ubicado en la cabecera de la cama.

A la mañana siguiente Ada llevó un vocalizador adicional. Era más viejo, y la batería ya no duraba tanto, pero su voz era diferente y era más fácil de usar; era el que llevaba en el jardín de niños. Pensó que así sería más fácil hablar con Katy. Durante las clases normales no tuvo tiempo para hablar con ella, así que debió esperar a la hora del almuerzo. Dejó a Jaime comiendo y hablando hasta por los codos con sus compañeros, y se fue a la mesa de Katy. Le dio el vocalizador viejo y comenzó a teclear algo en el suyo. Le dijo que le prestaba el vocalizador hasta que consiguiera uno nuevo para ella y que le iba a enseñar a hablar por señas, lo quisiera o no. Katy se la quedó mirando, sin moverse. Finalmente, asintió. Ada sonrió.

Empezaron con las señas básicas. Aunque lenta, Katy aprendía perfectamente. Copiaba poco a poco las señas de Ada, que se acompañaba por el vocalizador, y al cabo de media hora ya tenía un vocabulario básico, perfecto y sin errores. Era como verse en un espejo, se dijo Ada. Y a pesar de todo, Katy seguía silenciosa. No se movía, no hacía nada si no se le dirigía la palabra directamente, y aún entonces, contestaba justo con lo esencial. Tampoco usaba el vocalizador. «Es rara,» se repitió Ada, «y más que yo.» El timbre sonó, y fueron a clases. Ada repetiría el mismo proceso todos los días durante dos semanas, hasta que las dos niñas pudieron conversar de manera más o menos fluida en lenguaje de señas.

Por supuesto, el mutismo de Katy atrajo miradas. A pesar de que se veía perfectamente la causa, a pesar de la mascada del cuello, algunas niñas comenzaron a referirse a Katy como la «niña modelo». Era buena estudiante, con una caligrafía perfecta, siempre impecable al hacer algo, y nunca cometía errores. Ada, en cambio, era más bien desordenada y caótica, impulsiva y un poco mandona. A Ada le perdonaban que fuera muda sólo porque era normal el resto del tiempo; a Katy no le perdonaban la perfección.
—Es como si fuera un robot —dijo una niña, mientras Katy abría su mochila con movimientos pausados y metódicos, colocando su contenido cuidadosamente en el pupitre.

Fue un jueves. Un socavón se abrió afuera de la escuela y el paso de vehículos se vio bloqueado un par de horas, mientras lo reparaban a marchas forzadas para que los estudiantes pudieran salir con seguridad. Katy se vio forzada a regresar al interior de la escuela; Ada, que se había cambiado ya para entrenar con el equipo de rugby, tuvo la idea de llevar a Katy con el entrenador del equipo de béisbol, que estaba haciendo pruebas para la nueva temporada. Todos los entrenadores conocían a Ada; la chiquilla tenía el talento natural de reconocer qué deporte le servía mejor a un chico. El entrenador tomó la pelota y le explicó a Katy lo que quería que hiciera con ella; la chica lanzó cuatro strikes seguidos al mejor bateo del coach. Al momento de batear, en cambio, parecía que su lentitud natural le daba problemas para batear. Si dejaba el bat fijo, podía picar la bola, pero no lanzarla. Cachar la pelota se le dio mejor, y aunque intentar correr de una base a otra fue un fracaso, lo hizo lo bastante bien como para que el entrenador le diera una carta de aceptación y una de liberación de responsabilidades, para que su padre la firmara si ella quería pertenecer al equipo. Ella se limitó a asentir, pero no se veía particularmente entusiasmada.

Eventualmente el padre de Katy llegó por ella; se le veía preocupado. El entrenador se presentó y habló con él. Le dijo que Katy era un diamante en bruto para el béisbol; además, le serviría de terapia física y le haría mucho bien a la chiquilla tener actividades fuera de la escuela; si lo que le preocupaba era su bienestar físico, pocos deportes eran tan seguros como el béisbol.
—Una preocupación menos para usted, doctor —dijo el entrenador— y una terapia física excelente. Si a usted le preocupa que si hija no esté aún en condición de jugar, no se preocupe: lanza como los grandes peloteros. Haré una pitcher excepcional de ella, créame. Material de grandes ligas, se lo digo yo. Para esto nació.
—Mire, mi hija no está lista, falta mucho por hacer con ella… —el doctor Olmedo se veía alterado.
—Deje que ella decida si le gusta. Siempre puede venir a entrenar y, si no le gusta, dejarlo. ¿Qué le parece? Deje que entrene dos semanas. Y déjeme todos sus datos, para contactarlo en caso de una emergencia. Pero véalo usted por este lado: tres horas de entrenamiento son cuatro horas más para usted en los que no se tiene que preocupar por el bienestar de su hija porque estará en excelentes manos, y usted ganará tiempo. En lugar de regresar a trabajar y perder un par de horas, podrá usted disfrutar ese tiempo con su hija en la tarde.
Olmedo no había dado su brazo a torcer. Con amabilidad, para que el entrenador Valencia se callara, prometió que lo pensaría. Tomó a su hija del brazo y se la llevó.

Ella (5)

Capítulo 5.

Llovía.

Cuando habían enterrado a su madre, el sol brillaba esplendoroso en un cielo azul sin límite. Dos días después, llovía. Ada terminó empapada en el entrenamiento; Lucía había ido a recogerla y le había traído su abrigo favorito. En cierta manera, pensaba Ada, Lucía era mejor mamá de lo que Sandra había sido, pero Lucía no aspiraba a reemplazar a su madre. Se comportaba más bien como una hermana mayor o una tía. Ada no recordaba haber visitado nunca a ninguna tía, pero ahora que vivía con su papá todos los familiares llegaban por montones. A ella le gustaba la atención; aunque no dejaba de sentir que lo hacían por lástima.

Jaime y Ada se habían hecho amigos. Ya se conocían, de las veces en que ambos acompañaban a sus padres en el hospital, pero ahora, siendo vecinos, tenían más excusas para estar juntos. A Jaime no le importaba que Ada no pudiera hablar; al contrario, eso le daba más oportunidad a él de hablar y hablar sobre lo que más le gustaba: el rugby.
—A mi papá no le gusta el rugby —comenzaba a decir el muchacho—porque se le hace un deporte muy violento. A él le gusta el pádel. Pero a mí no. Yo me siento mejor cuando estoy corriendo con los muchachos y pasamos el balón y cooperamos y somos un equipo y nos golpeamos y caemos al suelo y nos embarramos. Mi mamá se enoja cuando llego todo mugroso, pero a mí me encanta. Y a tu papá le encantaba también, por eso fue el mejor jugador que su equipo tuvo. ¿Ƭe contó alguna vez cómo empezó a jugar rugby?
Ada negó con la cabeza. Le gustaba escuchar al muchachito.
—A mí me gustaría saberlo. Debió ser emocionante cuando empezó el rugby en la ciudad y eran pocos, y tu papá fue de los primeros y también de los mejores. y por eso es tan buen coach… —y seguía y seguía, hasta que Ada le daba unas palmaditas o le ponía un dedo en los labios y lo hacía callar un momento, para que se concentrara en la tarea de matemáticas. Jaime podría ser un año mayor que Ada, pero Ada, sin duda, era más madura y un tanto más responsable.

Pero ese día llovía. Lucía la metió a bañar, para que no se resfriara, y al salir le secó y cepilló el cabello mientras ella tomaba una taza de chocolate caliente. Al terminar, Ada revisó una vez más la tarea del día. Hizo una mueca. No le gustaba mucho hacer tarea, pero como su padre le había dicho alguna vez, la práctica hace al maestro y era necesario tener una profesión, por si lo demás fallaba.
—Además… al menos por aquí el rugby no deja mucho dinero, mi niña.
Se resignó a hacer la tarea. Se colocó en su escritorio. Estaba frente al ventanal y le gustaba tener una vista de la calle, aunque fuera un poco monótono. Al menos se podía ver el cielo, aunque lloviera, y las gotas hacían formas en la hoja de cristal. Al terminar, se quedó mirando la calle. Notó la ventana de enfrente. Nunca se había dado cuenta, pero podía ver en el interior desde cierto ángulo. Un poco, pero lo suficiente como para saber que en esa habitación estaba la otra niña.

Se podía ver a leguas que la niña no estaba bien. Pero se veía un poco diferente a cuando la había visto aquella vez. Habían pasado ya cinco meses desde que su madre perdiera la cabeza y la hubiera asustado tanto que intentó escapar de ella. La recordaba con cariño, pero prefería olvidar esos últimos días… pero no podía. A veces tenía pesadillas y gritaba en sus sueños, en ese silencio ensordecedor de la noche… pero su padre sabía cuándo tenía esos sueños, y entraba a su habitación, y la despertaba y la abrazaba y todo estaba bien… por el momento. La niña de enfrente seguramente también tenía pesadillas, pero no parecía ser capaz de moverse. Alguien entró a la habitación, revisó algunas cosas, y se marchó. La niña no se movió. Un rayo cayó cerca, lo bastante como para hacer retumbar la casa e iluminar brevemente el interior de la habitación de enfrente. La niña no se había movido para nada…

Los exámenes finales empezaban esa semana. Ella pasaría al quinto grado el siguiente año; y la cambiarían de escuela a una más cercana a casa. También la cambiarían de club; Jaime y ella podrían ir juntos a la escuela y a entrenar, al menos por un año. Su padre se veía descontento. Estaba en la mesa del comedor, sentado frente a la computadora, mordiendo un lápiz. Ada sabía que su padre sólo mordía el lápiz para no tallar sus dientes cuando estaba nervioso. Se sentó en el sillón de enfrente, y lo miró. Él levantó la vista del monitor y la llamó con una seña. Le dijo que fuera a la tienda y le trajera, del cajón hasta abajo del escritorio, un libro llamado «Grandes Éxitos del Humor Alemán.»

Obediente, Ada fue hasta la tienda, conectada a la casa por una puerta. Alguna vez esa tienda había sido una cochera, pero su padre la había convertido para tener algo qué hacer entre temporadas. Llegó hasta el escritorio y abrió el cajón. Era un tomo grande. Lo sacó con cuidado, y se lo llevó. Lo puso con cuidado en la mesa. Polo le acarició la cabeza, y abrió el libro. Sacó la pequeña botella de licor fuerte, se sirvió un vasito, y lo bebió de un trago.

Se quedó mirando la hoja de cálculo. Apuntó con un dedo a una celda. Su padre se acercó a la pantalla, y miró donde debía mirar. Asintió, corrigió la celda incorrecta, y se relajó visiblemente. Ada observó que la fila de números en rojo ahora estaba en negro. Su padre volvió a sonreír y le volvió a acariciar la cabeza.
—Gracias, cariño. Estaba volviéndome loco.
Ada sonrió.
—Llévate el libro. No quiero que tu mamá o Lucía lo vean —le guiñó el ojo.
Ada obedeció, todavía con la sonrisa en los labios. Su padre nunca se refería a Lucía como «tu mamá», y Lucía nunca había intentado reemplazarla. Ada extrañaba a su madre, pero Lucía había estado ahí con ella en momentos en los que Sandra hubiera perdido la cabeza.

Fue a la cocina a buscar algo de comer. Intentó tomar algo de lo que Lucía estaba preparando, pero ella la amonestó ligeramente con la cuchara de madera.
—Deja. Ya casi está listo.
—Pero tengo hambre… —dijo con señas.
—También te puedes esperar quince minutos, amor. La espera va a valer la pena.
Ada suspiró, y salió de la cocina. Subió a su cuarto. Estaba otra vez lloviendo. Se sentó en el escritorio y encendió su computadora para ver una película o algo. Miró por la ventana y se dio cuenta de que la niña había cambiado. Algo había diferente en ella, pero no sabía qué…

Los exámenes terminaron. Ada se merecía unas vacaciones, y para ella vacacionar significaba pasar más tiempo con su padre. Que Lucía también estuviera con ella era una ventaja adicional; se había vuelto su voz. Ambas habían desarrollado una camaradería especial; Ada aceptaba la autoridad de Lucía, y ella nunca le imponía nada y respetaba su espacio y tiempos, pero sabía cómo hacer que Ada hiciera lo que le pedía que hicieran. No le había pedido un trato diferente, y ella no se lo había dado. Lucía era la jefa de la casa y se había ganado el corazón de la chiquilla. Así que cuando la selección tuvo varios juegos fuera del país, las dos mujeres acompañaban al coach por todos lados; y cuando estaban en el estadio, Ada permanecía en las tribunas con su madrastra, mientras su padre se resignaba, una vez más, a que en los partidos el papel del coach era el de llevarse las manos a la cabeza cuando su equipo cometía alguna idiotez. Ada quizá no pudiera hablar, pero su manera de gesticular hacía que los jugadores de su equipo le prestaban atención; la selección no perdió ningún partido mientras ella estuvo acompañándolos en la gira. Se volvió el amuleto de la suerte de los muchachos.

El verano pasó, y pronto tuvo que regresar a la escuela. Lo único que la motivaba a regresar era volver a entrenar y conocer nuevos compañeros. El primer día, cuando la presentaron, hizo lo que Lucía le dijo que hiciera: cuando la presentaron, se limitó a inclinar el cuerpo, como los japoneses. En lugar de ser la niña muda, se volvió la niña extranjera; eso facilitó las cosas. Jaime y ella se veían en los descansos; pronto se les unieron otros miembros del equipo de rugby. Ada les enseñaba algunas señas básicas y hablaba con ellos por medio de su vocalizador o de mensajes; hasta que un día escuchó silbar a un chico nuevo.

Si algo tenía la escuela, era la profusión de estudiantes de intercambio. El chico era canario. No estaba en el equipo de rugby, sino en el de futbol gaélico, pero eso poco importaba, porque sus silbidos se escuchaban hasta el otro lado de la cancha. Ada fue a buscarlo a la hora del almuerzo. El chico estaba separado del resto, silbando. Ada se le acercó, y lo primero que hizo fue hacer un par de señas: «Hola» y «No puedo hablar». El chico no entendió ninguna, pero se quedó mirándola. Ada sacó su vocalizador.
—Hola.
—Hola.
—Perdona que te moleste. No puedo hablar. Es una apuesta.
El chico pareció comprender, aunque la verdad no comprendía nada.
—Te escuché silbar —dijo Ada, mientras se sentaba—. ¿Es silbo gomero?
—Sí —dijo el chico, abriendo los ojos como platos. ¿Puedes hablarlo?
—No. Ni siquiera sé silbar. Pero si me puedes enseñar… A lo mejor gano mi apuesta y puedo hablar con alguien.
—¿Cómo te llamas?
—Soy Ada. Ada Montes.
—Manuel Ortíz. Bueno, pues si quieres aprender, te puedo enseñar…

Y aprendió bastante rápido. Por primera vez en toda su corta vida, Ada tenía una voz propia, aunque únicamente fuera con cuatro vocales y cuatro consonantes. Y eso le dio una ventaja sobre sus compañeras en el entrenamiento: podía silbarles instrucciones, aunque tuviera que explicarles antes qué era lo que significaba cada silbido, y dado que su silbido se podía escuchar en la cancha con la misma fuerza que el silbato del árbitro o del entrenador, podía ordenar a sus compañeras con mayor facilidad. Manuel y Ada podían silbarse frases de apoyo e instrucciones mientras jugaban con sus respectivos equipos.

Llegó diciembre, y con el mes, las vacaciones de fin de año. Manuel regresaría a casa, y Ada perdería a un amigo. En el último día de clases, Ada tomó a Manuel de la mano, lo miró a los ojos, y le dio un fugaz beso en los labios. Le sonrió, y se fue. Con la misma cara de satisfacción que tienen los más grandes amantes del mundo, Manuel se despidió de sus amigos, que todavía se habían quedado embobados ante la imagen de una de las niñas más guapas de la escuela dándole un beso a uno de los muchachos más comunes. Manuel le dio una última mirada a la escuela y estaba a punto de marcharse cuando escuchó una serie de silbidos que le decían «Feliz viaje. Cuídate. Regresa. Te amo.»

El chico tardaría varios meses en aceptar que su éxito con Ada no se repetiría en ninguna otra escuela, pero recordaría siempre con cariño esos seis meses.

Ella (4)

Capítulo 4.

Sandra había tenido suficiente. Había estado lidiando con las miradas de su hija desde hacía un par de años, desde aquella maldita copa del mundo. Su rendimiento en el hospital disminuyó, y su carácter se volvió aún más agrio. La despidieron del hospital después de que un paciente con una contusión cerebral la hiciera exasperar. Se refugió en su casa y se volcó en el odio que le tenía a su ex-esposo. Todo era culpa suya, Sandra estaba segura. Y Ada había intentado contactarlo. No conforme con lo que le había hecho hace tantos años, ahora también quería quitarle a su hija.

Ada había hecho de tripas corazón y le había escrito un día a su padre. Le contó toda su vida; su escuela, su casa, que su mamá había roto la televisión; que le iba muy bien en la escuela y que era la más lista de la clase, y que a nadie le importaba que no pudiera hablar. Quería ser como los demás niños de la escuela, que tenían dos papás, o dos mamás, o un papá y una mamá. No quería ser la única que sólo tenía una mamá. Le pidió perdón por lo que haba hecho su mamá y le dijo que quería conocerlo. Le dijo que su mamá no tenía por qué enterarse; que era muy buena moviéndose en silencio, y que sabía salir de casa para ir a entrenar.

La niña había decidido que quería aprender a jugar rugby, como su padre, pero se lo había ocultado: ella estaba matriculada en las clases de voleibol, pero desde el primer día se había ido a entrenar con los chicos. El coach había entendido la situación perfectamente. Incluso había aprendido lenguaje de signos para entender a Ada cuando, durante la práctica, no podía estar cerca de su teléfono para hacerse entender. Pero el coach no la trataba diferente a como trataba a cualquier otro alumno; la trataba igual que a los jugadores extranjeros y que a los jugadores locales, sin darle trato especial por ser niña o por ser muda. El entrenador de voleibol lo había entendido también, así que permitía que la niña se integrara al grupo cuando los padres iban a recogerlos… pero nada más. Era sólo para calmar a su madre. Y cuando ella se enteró de que estaba jugando rugby, y llegó a hacer una escena, los dos entrenadores le plantaron cara y salieron a defenderla. Sandra no había dado su brazo a torcer… pero tampoco Ada. Cuando jugó su primer partido, y Sandra se enteró no sólo de que la había desobedecido, sino que incluso había sido pieza importante en el juego, la castigó encerrándola en su habitación todo el mes. La niña se las había arreglado para escaparse a entrenar, y cuando Sandra la descubrió, irrumpió en el entrenamiento, lo cual le granjeó un tacle por parte del entrenador, un joven con musculatura de toro que le recordó todavía más a su ex-marido.

Polo estaba llorando y riendo a carcajadas; Lucía lo abrazó, y le dijo que sabía lo que tenía qué hacer. Esa misma noche se plantó en la casa de su ex-esposa y le envió un mensaje a su hija: estaba afuera. La niña se asomó por la ventana; el aire fresco de noviembre le movió el cabello. Ella sonrió, y le hizo una seña. Se encaramó por el marco de la ventana y se deslizó por los tubos de la pared con una agilidad que Polo no recordaba nunca haber tenido… pero él nunca había sido una niña pequeña y decidida. Ada llegó pronto al suelo y corrió al pequeño i10 de su padre. Sabía que debía ser cuidadosa, pero era su padre, después de todo, ¿no? Además, haría enojar a su madre si lo dejaba acercarse a su casa, y ninguno de los dos quería eso. Se metió al pequeño i10 y le dio un gran abrazo a su padre. Polo se limitó a llorar y a decirle lo mucho que la había extrañado en esos años. El auto arrancó.

—¿A dónde quieres ir?
—¿A donde yo quiera? —escribió Ada en su vocalizador.
—A donde quieras, princesa.
—Quiero ver cómo entrena tu equipo.
—¿No se enojará tu madre?
—Estoy castigada por haber ido a entrenar.
Polo rió.
—¡Esa es mi niña!
Fue una buena elección; Ada parecía disfrutar del entrenamiento y la atención. Y Polo tenía la excusa perfecta para enseñarles una cosa o dos a los muchachos…
Tres horas después Ada entraba en secreto a su casa. «El crimen perfecto,» pensó Polo, al ver la seguridad con la cual la niña trepaba la venta,a miraba el interior, entraba sin hacer ruido y se despedía moviendo la mano.
Repitieron la misma rutina a lo largo de cuatro meses. Ada se convirtió en una especie de mascota de los equipos que entrenaba su padre. Una noche Sandra sintonizó por error un canal deportivo, y la imagen de su ex-esposo apareció, sonriente y satisfecho, por un instante. Cambió de canal de inmediato; justo antes de que la cámara enfocara a la niña que estaba junto al entrenador, gesticulando y llamando la atención de los jugadores; en silencio, sí, pero no necesitaba hablar para hacerse entender…

Una tarde de viernes Sandra entró a la habitación de su hija, que estaba inusualmente en silencio. Ada no estaba. Sandra se puso furiosa; más cuando descubrió el baloncito de rugby con el nombre de su padre y de su hija. Sabía dónde estaba la niña. Hecha una furia, subió a su auto y aceleró hasta que el motor se quejó, poniendo rumbo a la escuela de rugby en la cual su hija se había inscrito una vez sin su permiso. Entró en el campo de juego sin importarle la seguridad de los demás; saltó del auto y se dirigió con paso decidido, mirada de hielo y a voz en cuello hacia su hija, que acababa de realizar una anotación. Aquello fue la gota que rebalsó el vaso para el entrenador, que se lanzó hacia Sandra y la tacleó expertamente. La batalla que siguió acabó cuando Sandra, el entrenador y varios padres de familia que habían intentado separarlos acabaron en los separos.

Ada estaba aburrida; el entrenador y su madre estaban ante el mediador, discutiendo a voz en cuello. El guardia de seguridad, un hombre mayor, se le acercó y le preguntó su nombre. Ada sacó su teléfono y escribió «Ada.»
—Puedes hablar conmigo, no hay problema.
«No puedo hablar,» escribió Ada, «nunca he podido.»
—¿Por qué?
«Me hace falta algo en la garganta. Nunca creció.»
Abrió la boca y se señaló adentro. El guardia asintió.
—Está bien, pero mi vista no es la de antes. Me da trabajo leer.
—¿Así está mejor? —preguntó Ada a través de la función de voz de su teléfono.
—Mucho mejor. Cuéntame, ¿por qué trajeron a tu mamá?
—Mi mamá está bien loca.
—Todos decimos eso cuando somos chicos. Las mamás no están locas, sólo nos quieren mucho.
—Mamá no quiere que juegue rugby.
—¿Por qué?
—Porque no quiere que me lastime como mi papá.
—¿Quién es tu papá?
—Polo Montes.
—¿Tu papá es el entrenador de la selección nacional?
—Sí. ¿Lo conoce?
—Que si lo conozco… jugamos juntos cuando éramos jóvenes. ¿Y quieres saber algo? El mediador también.
Ada sonrió y empezó a reír en silencio. Su madre estaba gesticulando airadamente contra el entrenador y el mediador… y todo apuntaba a que iba a perder.
Sandra tomó a Ada de la mano con tanta fuerza que a la niña se le salió una lágrima. Prácticamente la arrastró fuera del edificio, gritando incoherencias. El mediador, el guardia y el entrenador insistían en que todo estaba bien, aunque no lo estuviera; Ada les dedicó una última mirada y les sonrió al salir del edificio con dirección al estacionamiento. Sandra salió del lugar prácticamente quemando llanta.
—Ojalá no mate a nadie —dijo en entrenador, con la mirada preocupada.
El mediador ya llamaba a las autoridades de vialidad cuando se escuchó un sonido que les heló la sangre.

Sandra estaba fuera de sus cabales, paranoica. Empezó a gritarle al tráfico; Ada comenzó a temblar y a llorar en silencio. En un alto, Ada se quitó el cinturón de seguridad y saltó por la ventana; rodó como le había enseñado el coach, y se levantó para correr. Sandra perdió la razón, gritó el nombre de su hija con toda la fuerza de sus pulmones, y aceleró el auto. No le importó el tráfico adelante. Aceleró, desesperada. No le importó empujar al auto delante suyo, y no el importó adelantar al camión que avanzaba por el carril lateral…

Lo siguiente que Ada supo fue que un auto pasó por un lado suyo, sintió un golpe, y una lluvia de cristal la cubrió. Alcanzó a ver a su madre, cubierta en sangre, entre las bolsas de aire de lo que alguna vez fue su auto. Buscó su asiento: no estaba. Se sintió mareada. Se sentó, con la cabeza entre las rodillas, y comenzó a llorar en silencio, temblando. No supo cuándo llegaron los paramédicos y los rescatistas. No supo cuándo alguien le puso la manta en los hombros. Se limitó a quedarse ahí, quieta. No respondía a nada. Sólo el brazalete que siempre llevaba les daba la información que requerían. Trasladaron a Sandra y a Ada al hospital. Ada no parecía tener ninguna herida grave, sólo excoriaciones superficiales.

Lucía le sirvió un poco de ensalada de papa con pasta al pomodoro. Estaban comiendo y planeando lo que debíán hacer el lunes próximo cuando sonó el timbre. Al abrir, afuera estaba Ada, vestida con su ropa rasgada por el accidente, y un taxi esperando a que alguien le pagara. Sandra no estaba por ningún lado. Leopoldo se limitó a pagar y justo cuando el taxi se alejaba por la calle, llegó una ambulancia a la casa del vecino de enfrente. El vecino salió, habló en voz baja con el conductor de la ambulancia, y se metió a su casa. El conductor abrió las puertas y bajaron dos paramédicos con una niña. La niña estaba envuelta en vendas, y llevaba conectados bastantes aparatos. El vecino cerró la puerta cuando pasaron los paramédicos, tras dedicarle una mirada larga a Polo, quizá desaprobatoria, quizá informándole con sutileza que cada quien debía cuidar sus propios asuntos. Una voz un tanto mecánica llamó la atención de Polo.
—Yo la conozco —dijo el vocalizador de Ada—. Estuvimos juntas en el hospital.
La niña le pasó el teléfono. Era mucho más rápido leer lo que había escrito por el camino. Leyó la historia, y el coach suspiró. Súbitamente, el viento frío se soltó. El invierno se estaba anunciando. Tomó la pequeña mochila con las cosas de su hija y le pasó el brazo por encima. Lucía se acuclilló hasta quedar a su altura.
—Hola, pequeña. Soy Lucía.
Ada dijo «Hola» en lenguaje de señas.
—¿Quieres cenar algo?
El estómago de Ada hizo un ruido.
—Tomaré eso como un sí.
La tomó de la mano y la guió hasta la mesa del comedor. El coach se limitó a cerrar la puerta y a hacer una llamada.
—Doc —dijo—. ¿Sabes algo de Sandra?
—Justo te iba a llamar. Sandra tuvo un accidente.
—Lo sé. Ada está conmigo. ¿Cómo está Sandra?
—¿La niña está contigo? Alabados sean los dioses, pensaba que no la habían traído. No te voy a mentir, Pero necesito que te sientes.
Su ex-esposa estaba demasiado grave, y no era solamente por el accidente; tenía un tumor en el cerebro que había estado creciendo sin que lo hubieran diagnosticado. Si sobrevivía la noche, le quedaba menos de un año de vida. Era ya inoperable. La ironía de que Sandra, médico, no hubiera podido ver los síntomas, no hizo más que entristecer a Polo. Lucía se sentó junto a él y lo abrazó. Aquello explicaba tantas cosas…
—La niña se fue sin que le hiciéramos un análisis completo —dijo el médico.
—¿Y la otra familia?
—Sabes que no puedo decir nada.
—Sólo lo que ya se filtró a los medios.
—La otra niña está muy mal. El padre prefirió llevársela. Sería mejor que no sobreviviera.
—¿Tan mal está?
—Créeme… no quieres saberlo.
El coach cortó la comunicación.
Recordó entonces que tenía una tarjeta de presentación su vecino. Abrió la cajonera y revisó el montón de tarjetas hasta encontrarla.
«Dr. Farid Olmedo Goldman. Director general. Instituto Biomédico, Medfield University.»

Ella (3)

Capítulo 3.

Se sumió en la rutina con rapidez. Despertar. Desayunar. Conducir al campo de entrenamiento. Gritar instrucciones durante horas. Comer. Gritar más instrucciones durante más horas. Cenar. Ir por una copa. Regresar a una casa vacía. Dormir. Los resultados se veían en el gran nivel mostrado por la selección nacional, pero él insistía en que podían hacerlo igual sin un coach. Villalobos insistían en que lo que necesitaban era la disciplina que él les enseñaba. Se había convertido en un ejemplo para ellos.
«Bonito ejemplo soy,» se decía después, «un viejo lisiado, divorciado, que extraña con desesperación a su familia y a su juego.»
—Estoy acabado… —dijo, lo bastante cerca como para que la mesera lo escuchara. Ella lo miró. No había nadie más en el bar. Decidió sentarse; después de todo, casi era la hora de cerrar.
—Necesitas una mujer en tu vida, coach —le dijo la chica.
La chica, pensó Polo. Todavía no cumplo los cuarenta y todo mundo se me hace joven. La miró. Lucía había servido mesas desde los 18 años, no por no querer estudiar, sino por tener ese feo vicio de querer sobrevivir. Había terminado una carrera que no había arrancado nunca, y se había quedado estancada como la mesera del bar junto a la sede de la Asociación. El sonido del bar reproducía una canción de Looking Glass. Miró la copa… era una bonita coincidencia.
—Tuve una mujer, pero lo eché a perder. Y la otra mujer de mi vida no recuerda ni siquiera haberme conocido.
—Deberías salir.
—No soy gente que salga.
—¿Y cómo planeas conocer mujeres, entonces?
—Luci, sé que lo haces de buena gana, pero no quiero otra mujer en mi vida mientras no tenga nada qué ofrecerle.
—Ése es tu problema, Polo. Desde que empezaste a venir. Eres demasiado responsable como para ahogar tus penas en alcohol, pero no se te ocurre nada más qué hacer.
—¿Y qué si soy responsable?
—Ese no es tu problema. Ser responsable está bien. Es que eres un cabeza dura que no sabe qué otra cosa hacer. Necesitas a alguien en tu vida.
—¿Y qué va a querer una mujer de mí, ¿eh?
—Ay, hombre tenías qué ser… Quieres ofrecer, pero se te olvida que también tienes que recibir. ¡Necesitas una mujer en tu vida! ¡Alguien que te haga sentir útil y te de una razón para volver a casa!
Polo bufó.
—Durante años me cansé de perseguir mujeres. La única que me hizo caso me botó y se llevó a mi hija. Por una vez me gustaría que fuera una mujer la que tomara la iniciativa…
Y antes de que pudiera decir nada más, Lucía lo tomó del cuello de la camisa. El beso fue intenso.

Unas semanas después, una fresca tarde de otoño, miró por última vez el pequeño departamento donde había vivido el último año. Había dejado casi todo en poder de su ex-esposa, excepto unas pocas cosas que le recordaban a ella y todos sus recuerdos de rugby. Había dejado también un osito de peluche, con un baloncito de rugby oculto como un mensaje para su hija. Suspiró. Quizá había elegido una casa demasiado grande, se dijo, pero no soportaba la idea de seguir viviendo en ese departamento. Necesitaba esa casa, aunque fuera sólo porque podía decorar el jardín trasero como una cancha de rugby en miniatura. Y necesitaba esa casa porque era demasiado grande como para vivir solo en ella. Necesitaba compañía.

Pensó en Sandra y en Ada. Necesitaba un trago…
No. Necesitaba a Lucía. Tomó su moneda de la suerte. La lanzó al aire y miró el resultado. Suspiró y sonrió, mientras los empleados de la mudanza se llevaban todo. No había marcha atrás. Era un gran reto, pero a él siempre le habían gustado los retos… A la mañana siguiente Polo y Lucía se casaron, en una ceremonia íntima, acompañados únicamente de sus mejores amigos. Sandra había destruido la invitación sin abrirla.

Tomó posesión de la casa de jure; pero fue Lucía quien tomó posesión de la casa de facto. Mientras ella se encargaba de desempacar, lo envió al frente de la casa con una cerveza. No lo quería estorbando en la cocina, le dijo, medio en broma, medio en serio. Un niño pasó. Lo saludó con la mano; el niño devolvió el saludo y por un instante pareció que iba a decirle algo, pero entonces llegó un camión de mudanzas a la casa de enfrente. Se apoyó contra la pared, levantándose la rodilla con el bastón, y se quedó mirando el movimiento. Dioses, cómo extrañaba poder levantar ciento cincuenta kilos sin temor a que se le reventara una articulación… El niño seguía ahí, también embobado por el camión. Le hizo una seña para que se acercara; apenas entrar, le dijo que fuera a la cocina por un par de bebidas heladas, una para él, una para el niño, y que le dijera a su esposa que saliera un instante.

Si a Lucía se le hizo raro ver al niño en su cocina, no dijo nada. Pero le dio al niño un refresco y le envió otra cerveza a su marido. Se quitó el delantal y salió. No eran nuevos vecinos; era uno solo, dijo.
—Quizá sea médico —aventuró Polo.
—No. Mucho aparato para ser médico. Quizá ingeniero. Investigador. Biomédico, puede ser.
—Eso es un respirador automático —dijo el niño.
Ambos lo miraron.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lucía.
—Mi papá tiene uno en la clínica. Lo mandó arreglar ayer.
—¿Cómo dijiste que te llamas? —preguntó Polo.
—Jaime, coach.
—Jaime, ve a pedirle una tarjeta de presentación al dueño de la casa.
—Sí, coach.
—¿Conoces al niño?
—No. Pero sospecho que el niño me conoce, y sospecho que conozco al padre. Esta ciudad es un ranchote.
El niño regresó un instante después, con la tarjeta de presentación. Se fue con rapidez, y regresó unos minutos después, con un hombre a rastras.
—De todas las cuadras de todas las colonias de toda la ciudad tuviste que llegar a vivir a la mía —dijo el hombre.
El coach extendió los brazos.
—Víctor, magnífico bastardo. Qué gusto verte otra vez, carajo…
Los dos hombres se fundieron en un abrazo.
—Déjame presentarte a mi esposa, Luci…
—No sabía que te habías casado.
—Eso pasa por estar alejado de la sociedad, muchacho…
—Jaime, ve por tu madre. Dile que Lord Polo se mudó aquí. Ella sabrá de quién se trata.
La tarjeta de presentación se quedó guardada en el bolsillo del pantalón durante mucho tiempo.

Lucía le dio una estabilidad a Polo que no había tenido desde que salió de su casa para entrar a la universidad, y eso había sido veintitantos años atrás. Lo apoyó en las buenas y en las malas, y lo alentó en los momentos que más lo necesitaba. Entendía perfectamente su papel, y también sabía cómo hacer que su marido hiciera las cosas que necesitaba que hiciera. No eran una pareja. Eran un equipo. Estaban completamente compenetrados; ni siquiera necesitaban hablarse. Por primera vez Polo se sentía completo dentro y fuera de la cancha. Y Lucía se sentía orgullosa de su papel. Ella era el poder detrás del trono. Y todo mundo lo sabía: por más que el coach intentara negarlo, era ella quien lo impulsaba a cumplir con su deber, a dar el paso adicional… y también lo alertaba cuando se alejaba de la meta que se había establecido.

Cinco años después, la selección nacional quedó en tercer lugar en el mundial y el país entero lo celebraba como si hubiera sido el primer lugar. Cuando salió la imagen del entrenador alzando la copa mientras besaba a su esposa, los dos radiantes, Sandra lanzó el control remoto contra la pantalla y salió hecha una furia de la habitación; Ada recogió el control remoto, y se preguntó por qué su madre habría hecho eso. Tenía siete años, casi ocho, y con trabajo podía escribir con letra legible, pero era una niña muy lista. Fue a su habitación. Su osito se había vuelto a caer de la repisa… odiaba que el tren pasara e hiciera vibrar la casa. Lo tomó con cuidado, y por primera vez en mucho tiempo se dio cuenta de que el osito tenía una abertura disimulada. Con curiosidad se sentó en su cama y examinó al osito. Un cierre. Escuchó atentamente. Su madre sollozaba. Suspiró. Abrió el cierre y revisó el interior del osito. Había algo adentro, entre el relleno. Lo sacó. Era ovalado, con cuatro gajos… Se le hacía familiar, pero no sabía por qué. Cerró de nuevo al osito y lo colocó en la repisa. Había algo escrito en el baloncito. Rugby. Su madre se enojaba cada vez que escuchaba esa palabra. Giró el baloncito. Tres palabras. Se dio cuenta que era su nombre. Se preguntó por qué. Volvió a girar el baloncito. Otra vez rugby. Miró el último panel. Solo una de las palabras era igual a sus apellidos. Su madre nunca hablaba de él, pero ella era muy lista: supo enseguida de quién se trataba. Entonces fue a su computadora y buscó el nombre de su padre.

Ella (2)

El partido había terminado; el campeonato se había ganado. El coach levantó la copa, se tomó la fotografía, y le hizo una seña a tres agentes de tránsito. Escoltado por dos motocicletas y montado en una patrulla, con la sirena abierta, Polo Montes salió del estadio con rumbo a la clínica donde Sandra estaba dando a luz. Bajó por la rampa de urgencias y fue escoltado hacia la maternidad por un pequeño grupo de enfermeras y médicos, que lo ayudaron a quitarse el traje y colocarse la bata médica, los guantes, la cofia y el tapabocas. Entró al quirófano justo en el momento en que su hija nacía. La sostuvo, frágil, entre sus manos, y ella lo tomó del pulgar. Cortó el cordón umbilical como le dijo el médico. La depositó en los brazos de su madre, y las besó a las dos, feliz. El médico se lo llevó aparte un instante.
—Necesitamos hacerle pruebas a la niña.
—¿Por qué?
—¿Notó que no hacía ruido?
—Eh… ahora que lo mencionas…
—Llora en silencio. Creo que hay un problema.

—¿Ada Victoria? —dijo Sandra, mientras amamantaba a la niña, un precioso bodoque rosado.
—Sí, ¿Por qué no? Son bonitos nombres…
—Quieres llamarla Victoria porque nació el día del campeonato. ¿Crees que no me doy cuenta?
Polo frunció el cejo ligeramente. ¿A qué venía eso?
—Está bien. Ada nada más. Déjame que se llame como mi abuela. Tú elige el otro nombre. Sandra, si quieres. O Mónica, como tu mamá.
—Crees que voy a ceder, ¿verdad?
Volvió a fruncir el cejo. Generalmente ella no era así.
—No, de verdad…
—Perdón —interrumpió el médico—, pero tengo ya los resultados de las pruebas. Su niña nació con un defecto en la garganta. No tiene cuerdas vocales.
Sandra comenzó a llorar.
—¿Pero está sana?
Aquella pregunta desconcertó un poco al médico.
—Pues… sí.
—O sea que el único problema es que no va a poder hablar.
Seguía desconcertado. Otros padres estarían devastados por la noticia. Podía ver a Sandra hecha un mar de lágrimas, comprendiendo toda la extensión de la noticia en su triple papel de esposa, madre y mujer. Pero él, no. No era el esposo, no era el padre, ni siquiera era el hombre: era el entrenador. Y era desconcertante. El médico se quedó mudo.
—Doc —dijo Polo, seguro de sí mismo—, una simple pregunta. Sí o no. ¿Está, o no está, sana mi hija?
—Sí. Está sana.
—Con eso basta.
Sandra lo miró, con los ojos enrojecidos.
—¿Eso es todo lo que significa para ti?
—No. Significa más que eso. Significa un reto para el futuro. Pero por lo que veo, Ada no se va a rendir tan fácil. Y si ella no se rinde, ¿Por qué vamos a rendirnos nosotros?
La mirada de ella era indescifrable.

Un rato después se encontraban en la puerta del hospital. Si Polo se veía sorprendido de ver camisetas con rayas azul y a amarillo y camisetas en rojo y negro a rayas, no lo dejó ver. Miró a la multitud. Calculó que se trataba de cinco mil personas. Las mismas que cabían en el estadio de rugby. El dispositivo de seguridad parecía innecesario: no estaban ahí para celebrar el campeonato. Polo empujó la silla de ruedas hasta el borde de la puerta, ayudó a Sandra a levantarse, y tomó a la niña en brazos.

Ada tampoco reflejaba ninguna emoción. Se limitó a mirar con los ojitos aún azules a toda la gente, como si supiera que su lugar era estar en medio de tanta gente. Entonces Polo la levantó en alto y la mostró a la multitud. Una aclamación unánime llegó de la manada. Había presentado a su reino a la heredera del Rey León.
«Cómo me gustaría que algún día ellos también fueran tuyos.» pensó Polo.
Por eso, la renuncia con carácter de irrevocable a la selección estatal fue visto como un paso, en cierta medida, lógico. Se trataba de un padre de familia que quería estar más tiempo con su familia. Pero el trabajo que le costó convencer a los directivos fue lo más duro que tuvo que hacer en su vida.

—No puedes renunciar ahora —dijo Carlos Villalobos, de pie frente a su escritorio, los brazos apoyados en el documento frente a él.
—Puedo, quiero y debo.
—Contigo tenemos garantizado el bicampeonato.
—No soy yo quien va a jugar. Son estos muchachos.
—Necesitan tu guía.
—No —dijo, haciendo un gesto con la mano—. No es cierto. Esos muchachos hubieran podido ganar sin un entrenador táctico. Lo que necesitan es mantener el ritmo con un entrenador físico. Tú serías mejor entrenador que yo: eres un motivador.
—Te quieren a ti.
—Y yo quiero estar con mi hija el mayor tiempo posible.
—La vas a tener toda la vida.
—Carlos, Carlos, Carlos… Qué poco nos conoces, compadre.
Villalobos frunció el entrecejo.
—Sandra y yo vamos a terminar divorciados antes de que llegue la próxima final. Si me quedo en la selección, eso acelerará las cosas. Y amo profundamente a mi hija. Sandra no me va a dejar verla cuando nos separemos.
—¿Pero cómo que te vas a divorciar?
—Créeme. Sandra ha estado conmigo en las buenas y en las malas. Era justo ya que yo le correspondiera; por eso me casé con ella. Fue un albur el que me jugué con esa copa. Si no le hubiera prometido matrimonio, estoy seguro que hubiéramos roto después del tercer tiempo. Sandra no quiere volver a verme cerca de un balón nunca más. Hasta ahora me he refrenado, pero tengo ya dos años sin jugar y me hormiguean los pies por volver a estar en una cancha dándome de porrazos. Llevo el bastón siempre para recordarme que ya no soy un jovencito; la próxima vez que pise mal quizá pueda olvidarme de caminar. Y mi brazo derecho tampoco es el de antes: ayer intenté levantar un costal de tierra para el jardín y por poco se me salta el codo. Muchas fracturas, luxaciones, dislocaciones… Y a mí me gusta el trabajo físico. Yo entreno con el ejemplo. Si vuelvo, aunque sea una temporada más, lo voy a perder todo, Carlos, todo. Lo único que no quiero perder es a Ada. A Sandra ya la perdí. La perdí en aquella final en la que regresé a jugar con los ligamentos de la rodilla desgarrados y con un hueso roto. La final de hace dos años fue la gota que derramó el vaso para ella. Estoy seguro que lo vio no como lo que yo quería que se viera: lo vio como admitir la derrota y quedarse con el segundo lugar. Ella se siente como el segundo lugar, Carlos, se siente como un trofeo, y está muy, muy lejos de ser un trofeo. Ya perdí a mi esposa antes de casarme con ella, Carlos, no quiero perder a mi hija también.

Carlos Villalobos se dejó caer en el sillón. Abrió el tercer cajón de la derecha, y sacó un viejo y desgastado tomo con las Leyes del Juego de Rugby estampado en letras amables en la portada. Lo abrió hasta el capítulo que decía «Anexo» y extrajo, de un hueco aterciopelado, una botellita de oporto y dos pequeñas copas. Abrió la botella y sirvió las dos porciones sin derramar una gota. Le pasó una copa a Polo; la otra se la quedó él.
—Acepto tu renuncia. Pero quiero que me hagas un favor. Si alguna vez decides regresar al rugby, házmelo saber directamente. No importa en qué cargo esté o deje de estar en la Asociación.
Levantó la copa y se puso de pie.
Polo se puso de pie también. Se acercó al presidente y chocó su copa contra la suya.
—Tienes mi palabra.
Ambos vaciaron la copa de un trago. Polo dejó la copa encima de su renuncia, tomó su bastón, y salió por la puerta. El silencio que reinaba en la Asociación era sofocante. Miró por última vez la cancha de entrenamiento de la selección, y vio a los muchachos entrenar. Bajó la cabeza y se alejó.

Era un hombre derrotado.

Pero no acabado. Aquel primer año fue el más duro. Ada se despertaba como cualquier bebé, pero su llanto no emitía ningún sonido. Polo estaba siempre alerta, noche tras noche. Sandra, por cualquier razón que fuera, empezó a resentirlo. Quizá sentía un resentimiento porque era su propia hija la que le estaba arrebatando a su marido; fuera lo que fuera, Sandra se portaba cada vez más distante con él. A ella el trabajo hospitalario le permitía tener un escape, pero a él no. La única razón de vivir de Polo era Ada. Nada más.

Un fin de semana fueron al parque. Ada ya caminaba, pasitos débiles pero decididos. Polo tenía especial cuidado en elegir lugares que sabía no tenían nada que ver con su vida pasada, pero ese día, por cualquier circunstancia, un joven estaba lanzando un balón de rugby con dos chiquillos, cuatro, cinco años, pensó Polo. El balón rebotó y cayó cerca de Ada, que se acercó al balón, lo tómó, y lo quiso lanzar hacia donde estaban los niños, perdiendo el equilibrio y cayendo sentada, haciendo gestos y con la sonrisa de oreja a oreja. Polo sabía que estaba riéndose a carcajadas en silencio. Se acercó a la niña, le dijo algo, la puso de pie, y tomó el baloncito. Como en los viejos tiempos, a una sola mano lanzó el balón en dirección al joven, con una precisión digna de alguien quince años menor. El joven se llevó una mano a la frente y dijo «¡Gracias, coach!». Sandra se acercó, tomó a Ada, y se fue, espetándole un «¿Por qué no te quedas a jugar con tus amiguitos, eh?»
Polo supo que too había terminado en ese instante.
—Muy bien. Como quieras. —dijo en voz baja. Se acercó al chico y a los niños.
—¿Para qué equipo juegas? —le preguntó.

Cuando volvió a casa esa noche, Sandra y Ada ya no estaban. Un mensaje en el teléfono. «Quiero el divorcio. Saca tus cosas.» Se sentó en el sillón de la sala, se sirvió una ración de whisky, y se lo bebió de un trago. Tomó el teléfono. Respondió el mensaje. «Como quieras.» Envió otro mensaje. «Soy hombre libre. EN lo que te pueda servir.» Hizo entonces una llamada.
—Memo, soy Polo. Necesito que me ayudes a sacar algunas cosas de casa. Sí. Hoy. Se acabó, hermano, se acabó…
Colgó y empezó a llorar. Llevaba 30 años sin llorar; era un buen día para romper esa racha.

Ella (1)

Capítulo 1.

 Faltaban cinco minutos e iban perdiendo por apenas un punto. Leopoldo Montes estaba en el suelo. Un instante antes, un borrón anaranjado lo había tacleado, y el hombretón de azul y negro había sentido que algo estaba mal con su rodilla derecha.  Las asistencias entraron, pero él levantó una mano, tratando de decirles que no era nada de cuidado. El árbitro había parado el encuentro momentáneamente, después de que el balón hubiera salido por banda. La médico del equipo había entrado; eso ya era mala señal, pero Polo no sentía nada. La médico gesticulaba y ordenaba algo; uno de los asistentes le inmovilizó el brazo, mientras ella empleaba todas sus fuerzas para volver a colocar el húmero, el radio y el cúbito en su posición normal. No se había dado cuenta que teníá una luxación en el codo. Un «pop» después y el brazo volvía a funcionar. Sentía rara la rodilla, pero no dijo nada. Flexionó el brazo y miró la banca. No había cambios ya.
—No debes jugar.
—Alguien tiene qué hacerlo.
—No vas a ser tú.
—Sí lo voy a ser.
Le dio un beso rápido en los labios y se puso de pie. La rodilla no respondía como debía, estaba seguro… pero sólo faltaban cinco minutos.

Se mantuvo con un bajo perfil el resto del partido. Su posición natural era pilar, y se notaba cuando no estaba en su mejor momento. Aún así, se las arregló para detener un par de veces a dos rivales y acercó a su equipo a la línea de try, cuando otro borrón anaranjado lo volvió a llevar al suelo. Penal, decretó el árbitro. La hache estaba a 25 metros, faltaban dos minutos de juego. Esta vez sintió que se había roto algo en la rodilla, definitivamente. Trató de ponerse de pie con rapidez. Que no lo note, se dijo, mirando a la médico, que lo miraba desde la banca.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel.
—Es mi rodilla.
—No jodas…
Andrés tomó el ovoide. Polo lo llamó.
—Lo voy a cobrar yo.
Andrés era el mejor pateador; Polo era el peor. Pero Andrés tenía 18 años y un futuro por delante; Polo tenía 35 y  su carrera en el rugby estaba ya por terminar. Esa final era, sin lugar a dudas, la última que iba a jugar en toda su carrera. La tenía que ganar. Andrés le pasó el balón. No se molestó en apoyarlo. Le asintió al árbitro, y pateó el balón de volea, con todas sus fuerzas, con la pierna izquierda. El ovoide trazó una parábola perfecta en el aire, entrando justo al centro de la parte superior de la hache. Dos puntos. Le habían dado la vuelta al marcador. Faltaba un minuto. Su equipo podía defender perfectamente en el minuto que quedaba. Se dejó caer al suelo de rodillas y lanzó un grito de dolor, abrazándose los codos. No iba a dejar que  sus compañeros supieran qué se había roto. No en el juego. Tenían qué ganar. La médico entró corriendo, con lágrimas en los ojos. El juego continuó a su alrededor.
—Mi rodilla…
—Lo sé, cariño, lo sé…
—Me lo advertiste.
—Tengo que llevarte a un hospital.
—No. No hasta después del tercer tiempo… Ayúdame a salir de aquí.
—Voy por la camilla.
—No. De pie. Muerto por dentro, pero de pie. Estoy acabado…
Y entonces el silbato del árbitro sonó.

Hielo en el codo, muy visible. Debajo del pantalón, hielo en la rodilla, menos visible. Marcador final, diecisiete puntos a dieciocho. Habían ganado por los pelos; se habían quedado con el campeonato por un pelo. En el tercer tiempo, los dos jugadores que lo habían tacleado con mayor ferocidad se le acercaron, para disculparse y felicitarlo.
—Gracias, jóvenes. Ahora, por favor, háganme un favor: una cerveza para mi señora, una para mí, un par para ustedes, y vamos a celebrar mi último partido.
—¿No va a volver a jugar?
—No. Es hora de admitir que ya estoy muy viejo para esto.
—¿Pero por qué?
Cabeceó en dirección a su codo… aunque en realidad, cabeceó en dirección a su novia, la médico.
—Gané un campeonato. Ya va siendo tiempo de que admita que recibí una flecha en la rodilla.
Miró a la médico con una sonrisita. Sandra le devolvió la mirada e intentó sonreír. Levantó la botella vacía con la mano izquierda y la dejó caer, con fuerza, sobre la superficie de melamina, tres veces. Todo el salón quedó en silencio.
—Compañeros y amigos, por primera vez en mucho tiempo voy a hablar en serio. Hace un par de semanas me decidí a abandonar mi puesto en el equipo. Va siendo tiempo de que me concentre en algo mucho más importante. Coach, alcánceme el  trofeo, por favor…
El entrenador tomó un balón pequeño, con Black & Blues grabado en letras amables. Lo depositó con cuidado en la mesita.
Polo tomó el balón metálico con la mano izquierda y la base con la mano derecha, y lo hizo girar en direcciones opuestas.
—Lo tenía planeado desde hace mucho tiempo… Confiaba en que todo saliera bien y ganáramos el campeonato, pero en los últimos minutos realmente me tuvieron preocupado, cabrones…
Todos rieron, algunos más nerviosamente que otros. Terminó de desatornillar el trofeo y depositó el balón metálico en la mesa. Justo en el tornillo, envuelto con cuidado en papel de seda, un anillo. Lo retiró con cuidado.
—Sandra: cuando te vi por primera vez supe que era amor a primera vista. Aunque tuve que emplear un poco de esfuerzo para que te dieras cuenta. Y, bueno, era ya tiempo de que aceptara la dura realidad.
Desenvolvió el anillo. Un anillo de oro blanco con un diamante enorme.
—Sandy, no puedo vivir sin ti. ¿Te atreverías a casarte conmigo?
La médico miró el anillo, el trofeo, a su novio y al equipo. Aquello explicaba tantas cosas…
—Sí —dijo ella, mientras él le deslizaba la joya en el dedo.
Nunca en la historia del rugby se había gritado tanto en un tercer tiempo.

Los compañeros de equipo hicieron guardia de honor mientras el novio salía por la puerta con la novia en brazos. Otro hombre quizá hubiera lanzado un quejido por tener que hincarse con los ligamentos de la rodilla derecha rotos, pero no él. Otro hombre quizá hubiera gritado de dolor mientras la lastimada rodilla intentaba moverse al bajar las escaleras, pero no el. No enfrente de los muchachos. No los volvería a ver en una cancha como jugadores. Debía servir como ejemplo para ellos y las siguientes generaciones.  Subieron a la camioneta con los letreros de «recién casados» en todos lados, y pusieron rumbo a la clínica. La novia supervisó la operación, mientras el especialista arreglaba los ligamentos de la rodilla del novio. Al terminar, transfirieron al novio a recuperación, y la novia, en su triple papel de esposa, médico y enfermera, se quedó con él. Era otro hito: ninguna luna de miel había ocurrido en la historia de ese hospital.

La recuperación fue lenta y pausada. Ya había admitido la derrota en el campo de juego; y aunque tenía un poco de dinero ahorrado, seguía queriendo dedicarse al rugby. El primer intento de arbitrar un partido de niños fue desastroso para su rodilla. Se resignó a que no podría arbitrar nunca en un juego profesional; tampoco podría pitar un partido amateur. Inició su propia escuela de rugby, pero estaba claro que lo suyo no era el coaching de jóvenes, por más bueno que fuera. Podía reconocer a jugadores con cualidades para el rugby; la solución obvia era dedicarse a visorías, pero Sandra se había negado en redondo. No iba a estar viajando por todo el país para buscar muchachos, no, al menos, con esa rodilla. No quería tampoco acompañarlo. Podía pasársela fuera todo el día fuera, si quería, pero sin salir de la ciudad. Polo se resignó a poner, como tantos otros jugadores al final de su carrera, una tienda de deportes, con tal de no estar todo el día en su casa. La tienda de deportes por las mañanas, un entrenamiento de un equipo sub-16 por las tardes, y de vez en cuando una junta en la Liga por la noche. Ver a su equipo jugar en temporada. Compartía el dolor de cada lesión en la rodilla de uno de los jugadores de su equipo. Pero no era lo mismo. Su vida necesitaba un revulsivo.

—Coach Montes—lo llamó una voz familiar, pero no pudo identificarla de inmediato.
Había mucha gente en el centro, pero nadie parecía reconocerlo. Se detuvo.
—Coach Montes —repitió la voz, más cercana.
—Silvia. Silvia Rivera.
—Coach, qué bueno que lo veo. Estaba buscándolo.
Sacó el teléfono: la batería estaba llena; la red, funcionaba; había comunicación.
—Pues me hubieras encontrado mucho más fácil con esta cosa. No ha sonado, y mira que me llama mucha gente.
—No es eso, coach. Le iba a llamar en la noche para darle la noticia, y entonces lo vi…
—Está bien, ¿qué noticia?
—El coach Coto se retira de la selección estatal. Queremos que usted lo sustituya.
—A mi mujer no le va a gustar esa noticia.

Llegó a su casa. Apenas abrir la puerta, Sandra se lanzó a los brazos de Polo, llorando pero feliz. Las pruebas de embarazo abiertas revelaban una verdad incuestionable.  Se besaron largo rato. Pero cuando él le comunicó su nuevo cargo, el ánimo en esa casa pareció enfriarse. Apenas llevaban seis meses de casados, pero aquella fue su primera pelea.
—Me prometiste que no habría más rugby.
—Prometí que no jugaría rugby nunca más. No puedo deshacerme de él. Me forjó. Soy lo que soy gracias al rugby.
—El rugby te volvió un cabeza dura que por poco queda lisiado.
—No exageres.  Yo también estuve en esa sala de operaciones.
—¿Entonces usas bastón por moda?
—Amor, es una oportunidad que no se le da a cualquiera…
—No, Leopoldo —sólo lo llamaba así cuando estaba realmente enojada—. El rugby casi te deja lisiado varias veces. Una tuviste un paro cardiorrespiratorio. Eras impulsivo antes y lo sigues siendo: si los entrenas como entrenabas tú vas a matar a alguien y tú mismo vas a volver a romperte los ligamentos. Y cuando nazca el niño querrás que juegue al rugby y me tendrás permanentemente con el corazón estrujado. Lo sé. No quiero que aceptes el puesto.
—Tienes que entender, amor…
—No, Leopoldo, no. El rugby va a matarte.
—Hagamos algo, amor. Nueve meses. O hasta que nazca la niña. Porque sé que va a ser niña. Déjame entrenar nueve meses al equipo, y encontraré quién me reemplace. Y no volveré a entrenar al equipo…
—No prometas lo que no vas a cumplir.
—Está bien. No prometo, pero te informo que no volveré a entrenar a la selección estatal nunca. Pero debo hacerlo.
Ella no estaba convencida, pero se llevó las manos a las sienes y cerró los ojos.
—Está bien. Pero nunca más.
Él intentó besarla. Ella se apartó.
—No me gusta que me mientan.
Él suspiró, y se limitó a abrazarla.

Ella (0)

Prólogo.

La verdad sea dicha, no recuerdo que fuéramos vecinos. Es decir, no le conozco amigos, y no he visto nunca a su familia… Un fin de semana llegó un camión de mudanza frente a mi casa y se bajó él, y ya. No puedo decir ni siquiera que fuera parte del paisaje, porque casi nunca salía. Lo más que recuerdo es que de vez en cuando llegaba el repartidor del supermercado; que en las noches sacaba la basura, y muy de vez en cuando podaba el pasto del jardín de enfrente, se sentaba en una esquina, se bebía una cerveza o un jaibol, se fumaba un cigarro, y se metía a la casa. Nada más. Yo lo veía como una especie de Howard Hughes moderno. Un Howard Hughes que llevaba el pelo recogido en una coleta de caballo, con una barba cuidadosamente descuidada. Es decir, todo puedes comprarlo sin salir de casa; él se limitó a llevar todo hasta las últimas consecuencias.

Yo raramente tenía tiempo de pensar en él, o en el resto de los vecinos, hasta que me rompí la rodilla jugando rugby y supe que mi carrera estaba acabada. Habré sido un profesional de segunda, pero fui un profesional, y aún conservaba algo de mi cerebro, así que decidí dedicarme a lo obvio: entrenar niños y vender artículos deportivos. Convertí mi cochera en mi tienda; como vivía yo solo y mi auto siempre ha sido lo bastante pequeño como para caber en el jardín, ahí dormitaba mi viejo i10. Fue entonces cuando llegaron las niñas. No puedo olvidarlo, porque llegaron al mismo tiempo.

Fue un viernes. Estaba yo ya en casa, cenando, preguntándome cómo haría todo lo que debía hacer el siguiente lunes. Entonces sonó el timbre. Al abrir, afuera estaba mi hija, y un taxi. Me sorprendí de que Ada estuviera ahí afuera; al asomarme al taxi, su madre no estaba por ningún lado. Me limité a pagar, y justo cuando el taxi se iba, llegó una ambulancia a la casa del vecino. El vecino salió, habló en voz baja con el conductor de la ambulancia, y se metió a su casa. El conductor abrió las puertas y bajaron dos paramédicos con una niña. La niña estaba envuelta en vendas, y llevaba conectados bastantes aparatos. El vecino cerró la puerta cuando pasaron los paramédicos, tras dedicarme una mirada larga, quizá desaprobatoria, no podría decirlo. Una voz un tanto mecánica llamó mi atención.

—Yo la conozco —dijo la voz—. Estuvimos juntas en el hospital.

Suspiré. Tomé la mochila de mi hija, y le dije que pasara. Estaba haciendo ya un poco de frío; casi llegaba el invierno.

Sí, a partir de ahí todo lo recuerdo perfectamente.