Ella (16)

Capítulo 16.

Rompecabezas llamó la atención del equipo.
—Escúchenme, señores, les tengo un par de noticias. La primera es que pase lo que pase ya calificamos, así que vamos a jugar sin presión. La segunda es que el coach les manda saludos y quiere que le abollemos la corona al campeón.
El vestidor estalló en un rugido.
—Así que repasemos la estrategia que vamos a usar.

Llevaban el tercer uniforme, enteramente en naranja brillante. Los quince jugadores principales entraron a la cancha, el resto se quedaron en la zona de banquillos. El árbitro llamó a los capitanes; Rompecabezas se veía patéticamente pequeño frente al capitán rival, de dos metros de alto y enfundado en un uniforme a rayas gris y negro en diagonal con pantaloncillos en negro. El árbitro venía enfundado en un uniforme harlequín. Rompecabezas escuchó que alguien hacía crujir los dedos. Alcanzó a ver de reojo que eran los pilares.
—Que lo intenten —masculló.
Ganó el volado y eligió lado de la cancha. La afición empezó a cantar. Se dirigió a su posición.

—A mí se me hace que el coach Montes ya se tomó mucho tiempo de recuperación, no sé usted qué piense, ingeniero.
—Pues esas cosas no son precisamente fáciles y recordemos que el coach ya no se cuece al primer hervor, no es un jovencito.
—La verdad, ingeniero, si el coach no se presenta en este partido comenzaré a pensar que es verdad que el entrenador es el capitán, ese muchachito Armando Máximo, el Rompecabezas, que aunque es bueno le falta la experiencia y el colmillo del coach Montes.
—Eso es verdad, y en la Federación han estado de misteriosos, ya ve cómo son…
—¿No creerá los rumores de que el coach está en el bote?
—No, más bien creo que está curándose en salud por si este partido falla. Si no aparece, y gana, podemos decir que el equipo sigue con la marcha que ha tenido por pura inercia. Si aparece, y gana, es señal indubitable de que el coach sigue al mando del equipo. Si no aparece, y pierde, es obvio que la locomotora se nos está descarrilando, aunque ya estamos calificados al mundial matemáticamente, y si aparece, y pierde, pues no quiero pensar que el coach habrá perdido su toque mágico.
—¿Cree usted que aparezca hoy el coach, ingeniero? Yo pienso igual que usted, bueno, a veces, y me parece, me parece, digo, que el coach no va a estar aquí porque está viendo jóvenes talentos.
—Ah caray. ¡Ah, caray! ¡Jóvenes talentos!
—Pues claro. Me informan que el coach está viendo la final entre las Furias y las Mineras, dos equipos de la liga municipal sub-15. Y quién cree que es la capitana de las Furias.
—No me lo diga. No me lo diga. La hija del coach.
—Así es. Y aquí la tenemos, vea nomás a la muchacha. Catorce años como catorce soles y ha ganado todo lo que se ha propuesto ganar. Pero claro, qué otra cosa se podía esperar de la hija de Leopoldo Montes. Y además tiene una sobrina que no se dedica al rugby sino al softbol y me dicen que es la pitcher más fina desde que Ivanka Tereshkova ganó el Clásico Mundial, y además es igualita a ella, mire usted.
—Ah, caray, eso tiene que ser fotoshop, Ingeniero,
—No, licenciado, nada de eso, aquí todo como es, al natural, y mire usted qué cosas, no me va a creer quiénes son parientes.
—No me diga que la gran Ivanka Tereshkova y el gran Leopoldo Montes están relacionados.
—Pues si no quiere que le diga que son hermanos, no se lo digo, licenciado, pero nada más por eso vamos a estar pendientes de los marcadores de esos dos encuentros.
—Puras sorpresas en este día. Y ahora veremos si nuestros muchachos pueden vencer a nuestros odiados rivales en el partido de hoy por el primer lugar en el clasificatorio mundialista, recordando que ya estamos del otro lado y nada más tenemos que ver qué posición nos va a tocar. ¡AAAAAAAAAAFICIONADOS QUE VIVEN EL JUEGO DEL HOMBRE! Arrrrrrrrancamos con las hostilidades…

Los visitantes pusieron en movimiento el balón, un tiro profundo que llegó hasta la línea de 10 metros. Tren lo recibió; era un jugador lento, pero era un jugador grande. Recibió el balón con facilidad y avanzó, quitándose rivales con facilidad. Se necesitó de cuatro jugadores antes de que Tren cayera y se decretara el primer tacle: había avanzado hasta la media cancha. Tren jugó el balón y Ojo Rojo lo tomó. Un pase a Satán, luego uno a Bestia, y de nuevo a Satán: éste se estampó contra la defensa gris y negra e hizo volar a un back como pájaro antes de ser llevado al suelo, treinta metros más allá. Satán jugó el balón, lo pasó a Rompecabezas, que lo pasó a Bestia, que corrió y cayó, con tres jugadores en las piernas, justo sobre la línea de try. El árbitro lo dio por bueno y Bestia se levantó.
—No intenten taclearme por arriba —les advirtió a sus rivales—. Por abajo. A las piernas. Hasta parece que son nuevos.
Quienes eran nuevos en la cancha eran Bestia, Satán y Tren. Generalmente estaban en las reservas, por ser demasiado lentos y demasiado violentos. Ojo Rojo convirtió y el marcador estaba seis puntos a cero. Apenas habían pasado dos minutos.

Las Mantarrayas se reorganizaron. Conociendo por fin el esquema de juego, la solución era sencilla: había que cansar a los gordos. Sería difícil, reconoció el coach, pero para la segunda mitad podrían recuperarse. Pero Rompecabezas lo había previsto. Decidió que los gordos jugaran largo y al fondo, forzando a que los rivales buscaran el hueco que los gordos dejaban, pero los gordos eran buenos cazadores. Ninguno de los equipos avanzaba mucho, pero al menos tampoco perdían el balón. En el quinto tacle pateaban al fondo, y volvían a repetir el esquema. Pasaron 20 minutos antes de que Ojo Rojo tomara el balón y avanzara; buscó apoyo, pero estaba demasiado lejos, así que pateó el balón; el gol cayó; un punto extra. Los gordos impedían de manera efectiva el avance del rival, pero ya estaban mostrando huellas de cansancio. Las Mantarrayas se dieron cuenta, y trataron desesperadamente de provocar fallas en la defensa pateando lejos, pero Rompecabezas había nulificado esos intentos haciendo que sus gordos patearan apenas recibir el balón. Un gol extra, ocho a cero, pero faltaba todo el segundo tiempo y cinco minutos del primero; una raya cruzó el campo aprovechando un hueco entre Tren y Satán; Bestia alcanzó a taclearlo justo cuando se acercaba a la línea de try, pero la línea de in-goal se deslizó bajo el balón y el árbitro decretó que se había conseguido el intento. El pateador de las mantarrayas logró la conversión. Ocho a seis. Tren estaba bufando. No había corrido tanto desde que era un niño, y aún entonces, no había corrido tanto como ese día. Aún así se las arregló para interceptar un balón y avanzar cinco metros antes de que le provocaran el tacle. Se puso de pie, recuperó el aire, y jugó el balón. Ojo Rojo avanzó, y Tren intentó avanzar, pero las piernas no le respondían. Ojo Rojo pasó el balón al Chistoso, que se lo pasó a Rompecabezas, que se lo pasó a Huesos. Huesos se las arregló para avanzar cincuenta metros antes de que lo taclearan. Se levantó, jugó el balón, y Tren lo recibió. Avanzó dos pasos antes de que llegaran a taclearlo entre cuatro, pero logró pasar el balón. En el hueco resultante Huesos se escabulló para anotar un try por debajo de los palos. Ojo Rojo pateó otra vez, una conversión exitosa. Catorce a seis. El árbitro decretó la finalización del encuentro.

—Tren y Bestia; a la banca. Satán, quédate un rato; cambiamos en diez minutos. Entran Lamprea y Anguila primero; Manzanares, por Satán cuando yo lo diga. Nos vamos a concentrar en cansar a las mantarrayas, y a ustedes los quiero ver como si en lugar de águilas anaranjadas fueran zanahorias con mantequilla, ¿entendido? No suelten el balón. Nos vamos a jugar hasta el último tacle mientras no cambiemos a Satán. Satán, Ojo Rojo, jueguen por la banda. Que te saquen de la cancha, Satán, aunque perdamos el balón, para dar tiempo de que la defensa se reorganice. Vamos a aprovechar todas las faltas. Si puedes, pateas, Ojo Rojo. Te van a tratar de machacar, atento, Pelón, por si tienes que entrar de reemplazo. Necesito un último try y después nos aventamos hacia atrás aunque nos anoten. No me importa perder. Estamos metiendo un poco de ruido a la señal, lo suficiente como para despistar al enemigo.
—Okey, si de esos se trata, cámbiame a los cinco minutos del partido —dijo Bestia.
—Pero no quiero que vayas a provocar una falta.
—Sólo si se me atraviesa alguien sin el balón.

Regresaron a la cancha. Tren se quedó en la banca, con bolsas de hielo en las piernas. El árbitro silbó el inicio de la segunda mitad.
—Vamos, mis buenas gentes, vamos… —masculló Rompecabezas mientras se acomodaba el protector bucal.
Midió la distancia. Miró el balón, la hache, y el balón. Tomó vuelo, y pateó el balón a corta distancia. Los mantarrayas tardaron en reaccionar; Anguila ya se había apoderado del balón y corría en dirección al área de try. Tres segundos eternos más tarde había avanzado treinta metros para el primer tacle. Anguila jugó el balón para Valladares, que lo jugó para Rompecabezas, que se escurrió entre dos mantarrayas y avanzó quince metros más para el segundo tacle. Jugó el balón, lo recibió Ojo Rojo, que lo pateó a la banda derecha y lo recibió un cansado Bestia, que estaba solo, y entró trotando al área de try. Dieciocho a seis. Se quedó en el suelo y pidió cambio. El árbitro autorizó el cambio, y entró Lamprea mientras Ojo Rojo cobraba la conversión y golpeaba el poste. Los mantarrayas recibieron el balón y corrieron, siendo tacleados hasta el metro treinta de su propio campo.
Bestia caminó hacia su banca, acompañado de las asistencias. Se quitó el protector bucal y se quejó cuando pasó frente al coach rival.
—A Lamprea lo detienen de las piernas bien fácil.
El coach lo siguió con la mirada pero no movió la cabeza. Dijo algo a su asistente. Éste asintió y se dirigió a un jugador.

Lamprea, en realidad, no tenía intenciones de taclear y mucho menos de ser tacleado. Recibía el balón y lo pateaba lo más lejos que podía. Provocó un par de cuarenta veintes y estuvo a punto de escurrirse por la línea de try pero siempre pasaba el balón antes de acercarse. Satán recibió el balón y le provocaron una falta a cinco metros del área. Rompecabezas se acercó, llamó a las asistencias y ordenó el cambio por Manzanares. El coach rival notó que la defensa impenetrable que tenía su rival estaba ahora devastada: era su oportunidad.
—Como lo practicamos, Manzanares—dijo Satán cuando salió.

La salida de Tren, Bestia y Satán no había provocado la caída de un muro defensivo: era la apertura de las puertas para la caballería. Lamprea, Manzanares y Anguila se volvieron imposibles de atrapar. Es verdad que tampoco los dejaban avanzar, porque no buscaban el contacto, pero tenían vuelta loca a la defensa, que iba tras las piernas de los jugadores y les dejaban libres los brazos para pasar el balón. Los tres patearon a gol, los tres anotaron, y el marcador se puso veintiuno a seis a veinte minutos del final. Rompecabezas recibió un tacle a destiempo y sintió que el tobillo se le había falseado. Un pilar rival salió pintado de amarillo; Rompecabezas decidió salir, con el último cambio que le quedaba por hacer. El Rubio entró, mientras las asistencias sacaban al capitán.
—¡Ojo Rojo! ¡A cargo!
Ojo Rojo asintió.
—Señores, veinte minutos nada más y se acaba esta chingadera. A defendernos como podamos. No quiero ninguna otra lesión.

Se reanudó el juego con un tiro libre. Lamprea recibió el balón, y avanzó por la banda de la izquierda. Se detuvo, y su rival se detuvo también, desconcertado. Le pateó el balón, el rival lo tomó instintivamente, y tres águilas anaranjadas lo taclearon. El árbitro estuvo a punto de pitar algo, pero se lo pensó mejor. Las mantarrayas corrieron por todo el campo, y anotaron un try al centro. Parecía que los locales iban escoltando a sus rivales; no intentaron taclearlos en ningún momento. El pateador convirtió. Veintiuno a doce. Eventualmente Manzanares recibió el balón. Con la pierna fresca, se las arregló para que el balón recorriera los cincuenta metros de la cancha y rebotara en el área de try; Lamprea y Anguila corrieron por cada banda, buscando hacer presión en el suelo con el balón. Fue Lamprea el que lo logró. Veinticinco a doce. Una conversión exitosa de Manzanares. Veintisiete a doce. Faltaban 10 minutos.

Rompecabezas hizo una seña. Ya no debían esforzarse en atacar, sólo en defender. Ojo Rojo asintió. Se replegaron y bajaron la guardia. El coach de las mantarrayas aprovechó la ventaja y realizó otro cambio, un jugador de velocidad. Ojo Rojo miró a Rompecabezas, Rompecabezas negó. El nuevo jugador recibió el balón y se fue directamente por el centro. Nadie lo persiguió. Bajó la velocidad al acercarse al área de try y se giró; quizá no había escuchado el silbato y se había detenido la jugada. En su lugar, el fullback se acercó caminando, se colocó delante de él, y le pidió el balón. El corredor se lo pasó. Valladares se fue caminando hacia el centro de la cancha, cruzó la línea de media, y siguió caminando, a paso tranquilo, mientras sus compañeros recuperaban el aliento. Incluso el árbitro se veía confundido. El coach les gritó algo. Cuando los mantarrayas reaccionaron, Valladares ya había apoyado el balón en el área de try rival y se había sentado en el suelo: las asistencias llegaron con agua. El árbitro tardó unos instantes en reaccionar: marcó el try. Treinta y uno a doce. Manzanares convirtió. Treinta y tres a doce. Faltaban cinco minutos.

El coach de las mantarrayas sólo agitaba la cabeza.

Reinició el juego. Las mantarrayas se concentraron en anotar. Las águilas de color zanahoria se limitaron a defender, pero no con grandes ganas. Despeje, try, conversión. Despeje, try, conversión. Treinta y uno a veinticuatro. El árbitro silbó el final del encuentro.

—Qué partido, ingeniero, qué partido.
—Yo no sé qué habrá tomado el muchacho Rompecabezas pero me quiero casar con él, oiga usted, qué manera de jugar, aleatoria, diría yo, y por eso mismo imposible de adivinar.
—El muchacho metió toda la carne al asador con jugadores nuevos, así que el entrenador Valverde, de los Mantarrayas, que llegó confiado en que mantendría al mismo equipo que había usado en los partidos anteriores, no pudo nulificar la falta de estrategia. Ese try caminando, el mejor del mundo, y mire que llevo muchos años viendo rugby y jugando rugby y narrando rugby, qué maravilla.
—Le digo que lo que toca el coach Montes se convierte en oro: su muchacho aquí, el gran Rompecabezas, logra una victoria no sólo contundente, sino hasta vergonzante, contra los campeones regionales y del mundo, y me informan que las Furias le ganaron a las Doncellas quince carreras a catorce, y que las Salvajes despedazaron a las Mineras por catorce puntos a cero en un partido que estuvo más emocionante que éste e igual de aleatorio. El coach Montes es el coach Midas para mí.
—Y con esto despedimos la transmisión. Muchas gracias, buenas tardes, pásela bien.

Ella (15)

Capítulo 15.

—No entiendo —dijo Polo, saliendo del baño con una simple toalla atada a la cintura—. Si bajé tres tallas el tiempo que estuve incapacitado, ¿por qué peso cinco kilos más que antes?
—Sospecho que por tus prótesis. Kate sigue pesando diez kilos más de lo que debería, y eso que está más delgada de lo que me gustaría que estuviera. Te dejé tu ropa en la cama.
Lucía estaba arreglando a Leyli para salir; casi era hora del juego.
—Se lo preguntaré a Farid mañana.

El cuarto juego de la selección fue fuera de la ciudad. El juego de Ada y el de Kate eran en dos escuelas diferentes, a la misma hora. No había modo de que pudiera ver jugar a todos; así que Polo tomó una decisión. Con los rumores de que Rompecabezas no era el entrenador principal, sino sólo cubriendo al coach, los comentaristas se habían dado por satisfechos y elogiaban una vez más al equipo, en especial al capitán, que sabía transmitir como nadie las instrucciones del seleccionador nacional. No necesitaba ir a ese juego, así que fue al de su hija, junto con su esposa y su bebé. Farid e Ivanka fueron con Kate.

Las Salvajes se enfrentaban contra las Mineras, por el título. Habían estado estudiando el esquema de juego de sus rivales, y Ada había llegado a la conclusión de que debían concentrarse para avanzar, y dispersarse para defender. Pero su entrenador había dicho que no; que la solución era mantener un esquema de juego permanentemente abierto.
—A lo largo de los años —le dijo su padre la noche anterior— llegué a la conclusión que el coach no entiende un cuerno lo que está pasando en la cancha. Son los jugadores los que lo saben. Haz lo que creas conveniente.
Ada no comprendía a cabalidad quién estaría en lo correcto, así que decidió hacerle caso primero a su coach.
La patada inicial la recibió Fichas, y casi de inmediato fue tacleada por una minera. Fichas jugó la bola, y la tomó Sally. Ella intentó correr por su banda, pero había una pared, así que pasó el balón justo antes de recibir el tacle. Bere intentó correr, pero la pared estaba demasiado cerrada. Ada se dio cuenta de que las mineras también habían estudiado su estilo de juego y nulificaban sus avances. Decidió patear para abrir el juego; apenas era el tercer tacle y nadie esperaba esa jugada. Escuchó a su coach gritar en la banda, pero no le hizo caso. Con el balón tan en el fondo, todas las mineras se vieron obligadas a regresar, y Ada, sintiendo que los pulmones se le reventaban, corrió tras el balón. Una minera intentó tomarlo, pero el balón rebotó en la dirección contraria, y Ada se lanzó tras él. Capturó el balón y se lanzó para apoyarlo en el área de gol, pero se le salió de las manos y salió por el fondo. El árbitro decretó bola muerta. Ada estaba frustrada, pero sabía lo que debían hacer.
—¡Las posiciones que entrenamos ayer! —silbó.
El coach de las mineras empezó a hacer señas. La capitana entendió y movió a sus jugadoras de posición, hablándoles a corta distancia.
«Saben qué hacemos.»
—¿Las de ayer? —silbó su fullback.
—¡Sí, las de ayer! —repitió. No habían entrenado en conjunto el día anterior.
Dos de las chicas entendieron lo que Ada quería hacer: si ellas no sabían dónde debían estar, sus rivales tampoco; por tanto, serían impredecibles. Había que intentarlo.
Las mineras pusieron el balón en juego y consiguieron avanzar a la mitad de la cancha, pero Ada y su fullback habían cambiado de posiciones. Elí actuaba ahora como la medio scrum, y la capitana estaba hasta el fondo; eso le dejaría tiempo para planear una estrategia. Su coach estaba que se lo cargaba el carajo.
—Interesante —dijo Polo, inclinándose hacia el frente—. Creo que a los dos coaches les va a dar una embolia o un infarto.
—¿Por qué?
—Ada acaba de volver el juego impredecible.
La estrategia dio resultado; no importaba qué hicieran, las mineras no podían adaptarse al estilo de juego de las salvajes. Las salvajes sólo necesitaban hacer un punto, uno, para ganar el campeonato. Sally pateó a gol desde la línea de treinta metros; ella era pilar, no pateadora, y lo más seguro era que fallara, pero se las arregló para que el balón pasara por la parte superior de la H. Las mineras sintieron que se les caía el corazón al suelo.
Volvieron a intercambiar posiciones: Ada empujó a una de sus pilares y señaló a la posición de fullback. La chica asintió. Con tanto cambio de posición, las salvajes comenzaron a equivocarse, y provocaron un scrum. Ada iba a colocarse detrás de su manada, pero lo pensó mejor. Se puso al centro, miró a sus compañeras, y sin decir nada, sin un gesto siquiera, se asió a sus pilares.
—Abajo. Adentro. ¡Juegue! —cantó el árbitro. Las chicas hicieron contacto, y Ada empujó con todas sus fuerzas. Elba y Laura empujaron también. No se suponía que ellas empujaran; el scrum de league casi nunca era disputado… pero lo disputaron y lo ganaron. Fichas recibió el balón, y corrió en un enorme hueco provocado por la sorpresa. Ninguna minera la pudo taclear y anotó un try bajo los palos. Falló la conversión, y el árbitro silbó el medio tiempo. Ada se tiró al suelo; estaba agotada por el esfuerzo. El coach entró a la cancha, airado, y comenzó a regañar a sus jugadoras.
—Ahora viene la parte interesante —dijo Polo—. Si el otro coach juega bien sus cartas, puede nulificar a Ada. Yo ya vi dos o tres maneras de hacerlo. Y una manera de ganar.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?
Miró a los lados, miró al frente. Se acercó a su esposa y le puso una mano al oído.
—No sé si haya alguien escuchando, pero yo haría goles.
—De eso se trata, genio —respondió Lucía.
—No, no se trata de hacer puntos.
Lucía no era aficionada al rugby, así que no entendió la estrategia hasta que no la vio en acción. Ada había llegado a la misma conclusión que su padre. Se acercó a su pateadora, pateó el suelo, señaló a todas sus compañeras, y señaló a gol.
—Pero el coach dijo que… —comenzó Karo.
Ada levantó un dedo. Pateó el suelo, señaló a todas sus compañeras, y señaló a gol. Hizo la seña de 10 con las manos.
—Pero…
Ada volvió a levantar el dedo. Volvió a señalar a la tribuna: no podía dar su discurso (no le habían llevado su diadema) pero Karo sabía a qué se refería. Karo levantó el dedo, demostrando que había entendido, y se dirigió a sus compañeras a explicar la estrategia. Ada fue a la banda, con el coach, y en lenguaje de señas pidió que cambiara a tres de sus jugadoras, las que estaban más cansadas. Aquello molestó al coach, que se negó.
—Haz tu trabajo, que yo haré el mío.
Ada movió la cabeza y regresó a su posición. El árbitro silbó y el juego se reanudó.

—¡MATAR! —silbó Ada.
Fichas, Sara y Eva corrieron como una sola en dirección a la portadora del balón. Fue Sara la que la tacleó. Fichas tacleó en la siguiente jugada, Eva en la tercera. Ada interceptó el balón antes de que se completara el cuarto tacle, y se ganó un tacle casi de inmediato. Le pasó el balón a Karo. Estaba en la marca de los cuarenta metros. Karo pateó a gol y acertó.
Ada volvió a mostrar los 10 dedos. Karo asintió.
El coach de las Mineras se dio cuenta de la estrategia cuando Fichas interceptó el balón y en lugar de correr con él, para ganar metros, lo pasó a Karo, que estaba más atrás de la media cancha. Karo corrió, y al llegar a los cuarenta metros, y con la presión del tacle encima, pateó una vez más a gol y volvió a acertar. Hizo unas señas a una jugadora, que asintió. La siguiente vez que Karo pateó a gol, la número 13 de Mineras se le fue encima. El árbitro marcó falta, sacó tarjeta amarilla, y marcó drop penal; Karo estaba en el suelo, llorando y cubriendo su codo izquierdo con la mano. Las asistencias la sacaron, directamente al área médica. Ada supo que habían descubierto su estrategia. Acompañó a su compañera a la banda, y le dijo al coach que necesitaba cambiar a Karo por Edith. El coach miró el brazo de Karo: estaba en carne viva. Esperó que no se lo hubiera roto y aceptó el cambio sin chistar. Luego recordó que Edith no era pateadora. Ada recordaba perfectamente que Edith no era pateadora.
Fue Ada quien cobró el drop penal. Por un instante que se le hizo eterno vio cómo el balón se acercaba al gol, pero había sido una patada excepcionalmente elevada. Las mineras empezaron a sonreír cuando vieron que el balón no iba a llegar al gol… y entonces vieron que Edith corría con toda su velocidad, saltaba, tomaba el balón, y corría a apoyarlo debajo de los palos. El árbitro silbó el try.
Ada se permitió sonreír, mostrando el protector bucal de dientes de vampiro y con mirada maliciosa. Eran suyas.
—¡Defensa siciliana! —silbó. Sólo debían sobrevivir 10 minutos, 10 minutos… Alguien la tacleó sin tener el balón. Todo se puso negro.

La parte alta de la séptima entrada. Si Kate ponchaba a la jugadora, todo se terminaba. Si no… no quería ni pensarlo. El estadio estaba excepcionalmente silencioso. Inconscientemente buscó a su prima. No estaba. Su tía sí, mirándola en silencio desde la otra orilla. Su padre también, mirándola, nervioso. Su catcher le hizo señas. Negó las primeras dos. La tercera la aceptó. Tres bolas, dos strikes, dos outs, casa llena… Iban ganando por cuatro carreras. Sólo necesitaba un out. Un out, y terminaría el juego.
Adoptó su posición tradicional de lanzamiento. Lanzó la pelota. Podía ver la paloma amarilla volando; su trenza recorría el aire describiendo una espiral; pudo ver cómo la bateadora de las Doncellas conectaba un fierrazo que se elevó por el jardín central… entraron cuatro carreras en la registradora y Kate se permitió el lujo de acuclillarse. Estaba cansada y le dolía el brazo.
—Le dije a la coach que no entrenaran anoche —dijo Ivanka.
—¿Cuándo has visto que un entrenador de escuela secundaria tenga sentido común?
—No puedes exigirle de más a tus jugadores. Es el camino a la derrota.
Kate decidió que permitiría que la siguiente bateadora conectara un hit. Si lo calculaba bien, si el tiro tenía la suficiente fuerza como para que fuera un out, podría irse a descansar. Le dolía mucho el brazo. Había sido el duelo de pitcheo más fuerte que recordara en su corta vida. Adoptó la posición, y lanzó el balón. La jugadora conectó, pero la primera base capturó y cayó el tercer out.

Regresó al dugout y se sentó. Le dolía la cabeza; le dolía la mano, le dolía la cicatriz del cuello, le dolía el vientre, le dolía el cuerpo entero. Cerró los ojos un instante, y su coach le dijo que iba a ser la tercera en el orden al bat. Kate asintió, resignada. Necesitaba su gargantilla; se sentía desnuda sin ella. La primera de sus compañeras conectó un hit; se ganó la primera base. La segunda bateadora fue a la caja de bateo, y a ella le correspondía entrar a la zona de bateo. Estuvo a punto de tomar el primer bat; realmente no le interesaba, pero era su deber y ella siempre había cumplido con su deber. Buscó a Ada, y no la encontró. Miró hacia su tía. Asintió. Tomó un bate de aluminio. No le gustaban los bates de aluminio, pero estaba frío, y se sentía mejor en su mano cansada que uno de madera. Su compañera fue ponchada. Era su turno de ir a la caja de bateo.
Un sonido comenzó a elevarse de la zona de la porra.
—Kate. Kate. Kate. KATE, KATE, KATE, ¡KATE! ¡KATE! ¡KATE!
Golpeó la almohadilla con el bat para tomar su distancia. Miró a su rival. Ella también estaba cansada. Kate aspiró profundamente y contuvo la respiración. Miró a su rival a los ojos, y se acomodó para batear. La pitcher lanzó la pelota.

—¡ADA! ¡ADA! ¡ADA! —comenzó a corear la gente en la cancha.
Ada gritó en silencio. Le dolía la cabeza. Golpeó el suelo con el puño y se sentó. Se llevó la mano a la frente y cerró los ojos. Le dolía la cabeza, pero nada que no hubiera soportado antes. Se puso de pie. Le habían sacado la tarjeta roja a la jugadora 10 del equipo rival. Tenía los ojos anegados de lágrimas. Se secó los ojos con el cuello del uniforme y miró a la banca. Karo estaba ahí, con el brazo vendado. El coach le hacía señas para que saliera.
—¡NO! —silbó Ada— ¡Catorce, siete, dos, cinco, ocho!
El partido debía acabar en un instante. Cinco minutos más. Tenía una jugadora más en la cancha, iba ganando, y se iba a quedar con esa copa. La cabeza le dolía. Se sobó el cuello y se volvió a colocar el protector bucal.
El balón se puso en movimiento. No se dio cuenta exactamente en qué momento le llegó el balón, pero llegó por la ruta que había pedido. Las mineras no se habían reacomodado, y corrió al punto en que debía haber estado la jugadora número 10 rival. Nadie intentó taclearla hasta que fue demasiado tarde. Faltando dos metros sintió que alguien la golpeaba por la espalda, pero ella ya iba volando, con el balón al frente. El pasto se acercaba en cámara lenta…

La pelota amarilla se acercaba en cámara lenta hacia Kate. Kate exhaló al tiempo que intentaba golpear la bola con todas sus fuerzas. El metal se estrelló contra la pelota y se alejó en dirección del jardín derecho. Sabía que debía correr, pero estaba tan cansada. Tenía que hacerlo. soltó el bat y se dirigió a primera base su compañera ya corría en dirección a tercera base. La pelota chocó con el suelo y rebotó en la pared del fondo. No fue una carrera. Kate pasó volando por primera base, con rumbo a la segunda. Su compañera ya iba en dirección a home. La jardinera envió el balón a tercera, y la tercera envió el balón a home…

—¡Try! —sentenció el árbitro.

—¡Safe! —sentenció el umpire.

Ada y Kate, cada una en su campo, cayeron de rodillas por el esfuerzo. Las sacaron en hombros de la cancha.

Ella (14)

Capítulo 14.

El final del segundo partido de la selección se traslapaba con el primer partido de la liga de softbol y el inicio del verano. Polo era un hombre con sus prioridades bien definidas, así que fue al softbol, claro que viendo el rugby por televisión. No le gustaba para nada estar en la silla de ruedas, pero Polo todavía no podía caminar largas distancias, el «estadio» no estaba precisamente muy bien acondicionado, y el brazo derecho apenas comenzaba a flexionarse, a pesar de la terapia física que recibía.
—No es la edad, es el kilometraje —se quejaba Polo.
El partido de rugby terminó sin incidentes, aunque la victoria no fue tan holgada como se esperaba, según los comentaristas. Polo se pudo concentrar en el softbol a partir del tercer inning. Ekaterina era la imagen de la elegancia y se veía un tanto fuera de lugar en el centro del diamante. Alternaba las posiciones de pitcher y jardín derecho, y en ambos se movía con la gracia de una bailarina de ballet. Traía pintado el cabello con los colores de su equipo, en una trenza larga. No estaba usando la gargantilla vocalizadora, por seguridad; se limitaba a una gargantilla de encaje que un chico le había traído de Brujas. Todos los chicos del equipo varonil suspiraban con ella, pero ella se limitaba a quedarse ahí, silenciosa y quieta, y a veces, sólo a veces, a sonreír cuando la situación lo merecía. Y entonces era como si el sol mismo les hubiera sonreído. Las chicas estaban celosas de Ekaterina.
Ada estaba muy ocupada animando a la porra, que estaba formada íntegramente por el equipo varonil de softbol y los dos equipos de rugby. Lo que no podía gritar ella hacía que lo gritaran los dos equipos. Enfundada en el uniforme de rugby y con dos pompones azul y oro en las manos, no había duda de que las Furias tenían el más grande apoyo de cualquier deporte organizado por la secundaria. Cero bolas, dos strikes, dos outs en la parte alta de la séptima entrada. Ekaterina estaba lanzando un juego perfecto y las Olas no habían podido anotar ni una sola vez, pero las Furias también mantenían el marcador en ceros. Su catcher le hizo una seña. Ekaterina asintió y tomó la pose de pitcheo. Estiró el brazo, trazó una curva perfecta, y la bola describió una parábola de libro de texto. La bateadora golpeó la pelota amarilla con todas sus fuerzas. Sin moverse de su lugar, Ekaterina estiró la mano izquierda y utilizó el guante gastado para atrapar la pelota.
—¡Out! —cantó la umpire.
—¡KATE! ¡KATE! ¡KATE! —empezaron a cantar los muchachos, animados por Ada. Ella se quitó la cachucha e hizo una reverencia, sonriéndoles.
—Ese lanzamiento lo he visto antes —dijo Polo.
—Esa coach que tienen es una inútil, pero Katy aprende rápido. Ya quiero que alcance los 16 años y pueda entrar a jugar en la selección nacional. Tres años, nada más, tres años…
—¿Desde cuándo le dicen Kate? —preguntó Farid.
—Desde que está en secundaria, шут —dijo Ivanka.
—Realmente necesitas tomar aire fresco más seguido, hermano —dijo Polo. Leyli hizo gorgoritos.
—¿Pero qué tal batea? —preguntó Lucía.
—Lo averiguaremos en un momento —dijo Ivanka. Ekaterina era la cuarta al bat.
La pitcher de las Olas de Atlantis tomó su lugar. Se veía enojada. Su color de piel iba enrojeciendo cuando la primera bateadora anotó hit; la segunda, base por bolas; la tercera recibió un pelotazo y avanzó automáticamente. Miró con un odio profundo a la porra de las Furias; Ada le dedicó una seña e hizo que los muchachos gritaran otra vez.
—¡KATE! ¡KATE! ¡KATE!
Ada silenció a los muchachos y se giró para ver la jugada. Su prima no era precisamente la mejor bateadora, pero siempre podía haber un golpe de suerte.
La pitcher lanzó su bola más rápida. Ekaterina giró el bate como si estuviera bailando y golpeó la pelota con todas sus fuerzas. No necesitó correr: había sido homerun. La porra estalló en júbilo; Ada saltaba como nunca; Kate sonreía de oreja a oreja desde el plato de home.
—Eso también lo he visto antes —dijo Polo.
Ivanka le guiñó el ojo.

El tercer juego coincidió con rugby de Ada y softbol de Kate. Uno a continuación del otro, en campos adyacentes. La familia podía moverse de uno a otro simplemente dando la vuelta a la tribuna. Conspiró con Rompecabezas para decir, en la entrevista final, que se había vuelto a hacer cargo del equipo, pero que prefería no estar en el banquillo para no exponer demasiado sus articulaciones, que todavía no se recuperaban, así que había visto el partido desde un palco. Ni siquiera escuchó el partido: se limitó a revisar de tanto en tanto el marcador. Luego se enteró de que los comentaristas dijeron que se notaba otra vez su huella en el equipo, a pesar de que el marcador había sido el menos abultado.
Ada había decidido seguir el ejemplo de Kate y se había pintado dos rayos con los colores de su equipo en el pelo. Su labor como capitana la ejecutaba a la perfección en silbo gomero. Al finalizar el primer tiempo las Salvajes iban perdiendo por tres tries y dos conversioens contra las Amazonas, pero eso no iba a dejar que Ada perdiera la confianza. Kate se acercó con la diadema y la pizarra: era mucho más fácil y rápido explicar así los movimientos. Les sonrió a sus compañeras y les señaló a su padre.
—Es el entrenador de la selección nacional y está aquí viéndonos en lugar de estar en el estadio con su equipo. ¿Creen que quiero que nos vea perder? No. Y tampoco nos va a ver perder. Sally, por la banda de la derecha. No sueltes el balón. Bere, al centro. Si te toca un tiro libre, lo pateas hacia nuestro lado. Lisa, cruce por la izquierda detrás de Bere. Karo, cuando te pase el balón corres como desesperada y te le estampas a quien veas enfrente. Fichas, en lugar de taclear trata de interceptar pases; cuando lo hagas, corres hacia la banda pero en diagonal. Sólo pateamos en el sexto tacle si no estamos a menos de veinte metros del área de gol y podemos hacer un drop; si no, golpeamos para ganar terreno. ¿Entendido?
—¡Sí! —gritaron las ocho niñas. Kate se llevó la diadema y la pizarra.
El árbitro silbó. Las Salvajes hicieron caso de las indicaciones de su capitana y comenzaron a trabajar. Ada recibió la patada de despeje, corrió por el centro y se llevó a la defensa cuarenta metros antes de ser tacleada; jugó el balón, y Karo corrió otros treinta metros, para lanzarse al área de goal. Ella misma cobró la conversión y acertó.
—¡Las estamos poniendo nerviosas! —silbó Ada.
El balón se puso en movimiento. Errores en el manejo de ambos equipos provocaron un scrum. Ada se veía calmada. El balón entró y salió, y Ada tacleó a la receptora del otro equipo. Se jugó el balón, y la chica intentó un pase largo; Fichas interceptó el balón, pero en lugar de correr en diagonal se fue al frente.
—¡Diagonal! —silbó Ada, justo a tiempo; Fichas se movió hacia la derecha y la otra chica se comió un trozo de pasto. Aún así, cinco metros más adelante Fichas fue tacleada. Ada llegó corriendo; silbó un «bien hecho» y Fichas jugó el balón. Ada le pasó el balón a Karo, que gritó y bajó la cabeza, arrollando a dos amazonas, y siguió corriendo. Una amazona logró colgársele de la pierna y provocar el tacle, pero ya estaban en la línea de 20 metros. Se necesitaron dos tacles más para avanzar a la línea de 10, y Bere se encargó de ver un hueco en el cual anotar. Otra conversión exitosa de Karo y la diferencia era de apenas cuatro puntos. Faltaban 20 minutos y las Amazonas empezaban a desesperarse. Ada sonreía; el bucal con los dientes de vampiro era una muestra más de su manera de intimidar a sus rivales. Silbó más instrucciones.
Sally recibió el balón y se fue corriendo por la banda; una tras otra las amazonas intentaron taclearla, y una tras otra las amazonas fallaron. Sally anotó un try fácil, y Karo, de nueva cuenta, convirtió. Ahora estaban arriba en el marcador. Faltaban 10 minutos. El partido estaba cerrado; las amazonas se estaban concentrando en la defensa y evitaban que las salvajes se acercaran a su área de try. Ada vio una oportunidad por la banda de la izquierda y corrió al hueco; una amazona observó su jugada y la detuvo, sacándola de la cancha. Ada se levantó, y notó que estaba sangrando por la nariz. Las asistencias médicas llegaron, y Polo utilizó la mano derecha para mantener sentado a Farid.
—También te hace falta hacer deporte, debilucho —le dijo.
Las asistencias le pusieron algodón en las narices a Ada, que regresó a la cancha casi de inmediato con la mirada encendida.
—Ada salió igual que su padre —dijo Polo—. Donde lo encuentre al desgraciado lo mato…
Ada volvió a silbar instrucciones. Faltaban cinco minutos. Eventualmente Ada recibió el balón y corrió por la banda de la izquierda, otra vez. La misma jugadora venía otra vez a taclearla, pero Ada, con gracia, giró sobre su eje y cambió su dirección. La amazona salió de la cancha, y Ada se acercó al gol para anotar al centro. Escupió el bucal, levantó los brazos y se dejó caer al suelo. Había anotado el try ganador, sin duda. Las asistencias llegaron. Si Karo convertía…
Y convirtió. Ada hizo la seña de cambio; estaba exhausta. Las asistencias le quitaron el algodón de la nariz y la revisaron a conciencia; sólo cuando el árbitro silbó el final del encuentro Ada se permitió relajarse. Fue a hacer el pasillo con sus compañeras y a gritar los nombres de los equipos. Buscó a su padre y le dirigió una seña. Otra a sus tíos. Y otra a Lucía.

Kate estaba calentando cuando escuchó el alboroto. Ada llegaba en brazos de sus compañeras de equipo, todas recién salidas de los vestuarios; la chica sonrió. Los aficionados del rugby, que normalmente se iban después del juego, se quedaron para ver el softbol.
—No puedo creer la presión que sentirá la pitcher —comentaba un padre de familia—sabiendo que tiene que estar a la altura de su prima.
—Bah —le dijo Ivanka—, le aseguro que es la prima la que está buscando sentirse a la altura de la pitcher. Ivanka se había pintado el pelo con los mismos colores que su sobrina. Lucía jugaba con Leyli, Polo y Farid discutían sobre su mutuo estado de salud; Ada ya había tomado los pompones azul y oro y estaba organizando a la porra, a pesar de lo cansada que estaba.
Quienes tenían la presión para jugar eran las Lobas. Las Furias jugaron un juego perfecto, y en dos entradas cedieron el turno de bateo tras anotar cinco carreras.
—Siento que alguien ha estado entrenando mejor a las chicas —comentó Polo.
—No se me ocurre quién —dijo Ivanka. No creo que haya sido porque su entrenadora haya tomado un curso en la federación a cargo de la seleccionadora nacional. No se me ocurre que eso haya pasado.
—No lo creo —dijo Polo—. Se notaría en el marcador si eso hubiera sucedido.
El partido estaba tan disparejo que Kate comenzó a lanzar más lento de manera intencional, sólo para darle un poco de sabor al juego.
—Siento que Katy es como el gato que juega con la presa antes de comérsela —comentó Lucía al ver que la chica había permitido un par de homeruns.
—Este partido es fácil. Tiene apoyo. Ya veremos el siguiente.

Ella (13)

Capítulo 13

El techo era blanco, completamente. La iluminación difuminada no lastimaba sus ojos. Farid hizo una seña y una joven aplicó el anestésico.
—Necesito que cantes 99 botellas de cerveza en la pared, por favor.
—Noventa y nueve botellas de cerveza en el bar, noventa y nueve botellas, destapa una y pásala, noventa y ocho botellas de chela en el bar —comenzó a cantar Polo.
El techo era blanco, pero al llegar a la botella número noventa todo se puso negro.

El techo era blanco, completamente, pero no le importó. Tenía cosas más importantes en qué pensar.
—Puja… respira… puja… —dijo la joven.
Lucía gritó, una mezcla de dolor, agotamiento, frustración y algo más.
—Ya asoma la cabeza… Un poco más…
Lucía volvió a gritar.

En el quirófano adjunto, Farid se estremeció un poco.
—Debí haber programado la cirugía desde mucho antes —murmuró el médico.
Se concentró en su tarea: debía reemplazar toda la articulación de la rodilla y la del codo. No era tan difícil, se dijo, ya lo había hecho antes… y el resultado de esa operación estaba en la sala de espera, con su prima y su tía, esperando pacientemente los resultados…

Ada no se podía quedar quieta. Caminaba de un lado para otro en la salita de espera, manipulando entre los dedos su diadema. No emitía sonido alguno, pero se le notaba lo nerviosa que estaba. Iba a nacer su hermanita, lo sabía, pero hasta ese entonces no le había entrado la idea en la cabeza. Lucía ya no podía seguir siendo Lucía si era la mamá de su hermanita, ¿verdad? Pero no podía ser «mamá». Sólo tenía una madre. Pero Lucía había sido tan buena con ella… Quizá sí podía ser «mamá», después de todo… no, pero eso sería faltar el respeto a la memoria de su madre… «Mom,» pensó, «es ligeramente diferente. Lucía es ligeramente diferente.» En inglés, la seña para «mom» era la mano bien abierta y el pulgar tocando ligeramente el mentón . En español, «mamá» era formar la letra m, los dedos índice, corazón y anular al frente, el meñíque y el pulgar detrás de ellos, tocándose los labios con el dorso dos veces. Funcionaría. «No será mi mamá, pero puedo dejar que sea mom. Sí, eso haré.»

Ivanka pensaba que era una lástima que no se pudiera fumar. ¿Cómo se podía ocultar el nerviosismo si no era envenenándose un poco con nicotina y alquitrán? Comenzó a trenzarse el cabello. Más preocupante era el hecho de que era el primer embarazo de Lucía y la bebé había decidido que con ocho meses en el útero era más que suficiente. Lucía podía ser 10 años más joven que su marido, pero ya tenía 35 años y eso era más riesgoso para una primeriza. Ivanka suspiró y decidió que lo mejor era realizar su rutina de estiramiento. Le había funcionado antes de un partido importante; le funcionaría ahora. Se puso de pie y comenzó la rutina.

Ekaterina, con el cabello recogido en un moño, estaba sentada rígidamente, las manos sobre la falda, vestida íntegramente en rosa, con una bolsa de costura a su lado izquierdo. Cada día que pasaba se parecía menos a Ivanka y más a Charlie, excepto en el color de la piel y del cabello. La única manera que tenía la gente de saber que estaba nerviosa era el pequeño e insignificante hábito de alisarse la falda. Ada odiaba las faldas; Ekaterina no quería usar otra cosa; eso sí, siempre modelos recatados por debajo de la rodilla. Dejó su costura y alisó una vez más la falda. Quería que la ropa de su nueva prima estuviera lista antes de que naciera, pero se había adelantado mucho. Suspiró. y continuó tejiendo.

La niña soltó un berrido impresionante.
—Pulmones de cantante de ópera —pensó Farid, concentrado en terminar de asir el tendón al hueso.
La rodilla había requerido mucho más trabajo que el codo, pero esa rodilla no iba a volver a fallar. Pero el codo había sido un trabajo mucho más extenso, mucho más fino, pensó. Si hubiera podido hacer esto hace 10 años Polo hubiera podido jugar otros cinco. Terminó de asir el tendón, irrigó, y revisó su trabajo. Perfecto. Salvo la cicatriz que quedaría en la piel, nadie hubiera dicho que esa rodilla era íntegramente artificial. Cerró todo y dejó que sus asistentes terminaran. Se cambió la ropa quirúrgica antes de entrar al quirófano de al lado.
—Diez horas yo, diez horas ella. Pudo ser peor.
Lucía estaba completamente agotada, pero no le importó. Estaba amamantando a la bebé, que parecía feliz de estar afuera; dos kilos y medio, le dijo la obstetra, cuarenta y cinco centímetros, sin mayores complicaciones.
—¿Has pensado ya cómo llamarla? —preguntó Farid.
—Lo discutimos desde hace mucho. Nunca nos pusimos de acuerdo, así que decidimos que seríá su padrino quien la llamara.
—¿Quién es el padrino?
—No sé si lo conozcas. Estaba operando a mi marido hace unos momentos.
Lucía sonrió y le acarició la cabeza a la bebé.
—Oh. ¡Oh! Gracias, pero…
—Pero nada. Elígelo.
Lo pensó un rato. La bebé terminó de comer y se durmió.
—Lo tengo. Leyli. En árabe significa «Nacida al Atardecer»; en hebreo, «Noche», en sikh, «Amada»; en sami, «Sagrada». Y si lo escribes «Layla» es también una canción y un poema.
—Leyli Montes Catania. Me agrada.
A Polo le agradaría también.
Y a Ada.

Cuando despertó, Lucía todavía estaba ahí. Leyli reposaba en su brazo izquierdo, plácidamente dormida.
—Hola, bellota —dijo Polo. Se quejó un poco: tenía inmovilizados la pierna y el brazo.
—Hola, guapote —dijo Lucía. Le dio un beso en los labios —. Te apesta la boca.
—Es culpa de mi médico. Hueles a leche y a bebé.
—Te presento a Leyli
—Te quedó bien, para haberla hecho tan de prisa.
—Por lo menos de ella sabré dónde está durante los próximos 12 años.
—¿Qué hora es?
—Las seis. Pero han pasado dos días desde que te dormiste, Rip Van Winkle.
—Siento que me cambiaron el lado derecho completo.
—Pues, a juzgar por todas las vendas que traes, eso hizo tu hermano.
—Pensé que me dolería más. Me dolió más cuando me reventé la primera vez ante los Venados.
—Eres incorregible.
—Soy un rugbier. Tengo que confesarte algo, ¿sabes? Me acabo de enamorar de una mujer mucho más joven que tú.
Extendió el brazo izquierdo. Lucía colocó con cuidado a Leyli. Ella abrió los ojos, bostezó, se acomodó y volvió a dormirse.
—Creo que ella también te ama.
—¿Y las chicas?
—Allá afuera, montando guardia. Katy ha completado ya todo el guardarropa de Leyli. Varias veces. Ivanka ya organizó a toda la calle para trasladarte a casa. Y Ada… bueno, Ada se fue a jugar rugby.
—La semifinal, ¿verdad? Yo también lo hubiera hecho. De hecho, lo estaba haciendo cuando ella nacía.
—La historia se repite —sonrió Lucía, y lo besó otra vez.

Ivanka llegó con dos maletas al día siguiente, justo cuando iban metiendo a Polo a su habitación.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —preguntó Polo, temiendo la respuesta.
—¿Crees que voy a dejar que tu esposa cargue con la responsabilidad de cuidar a dos bebés sola, en especial cuando uno de ellos mide casi dos metros? ¿Qué clase de tía crees que soy?
—¿Y la federación de softbol?
—Está muy contenta con mi desempeño, claro.

El primer juego de calificación de la selección lo vio desde la sala de su casa, un mes después. Nada mal, pero pudo ser más cerrado. Se enojó cuando los comentaristas dijeron que el entrenador interino Armando Máximo no había sabido continuar con la esencia de su trabajo en la selección.
—Qué van a saber esos animales —dijo, enojado. Leyli gruñó también.
Lo que más lo encabritaba era que Villalobos ni siquiera había tenido la decencia de anunciar que se había retirado.
«El coach Montes está convaleciente de una operación, y además acaba de tener a su segunda hija. Necesitaba un poco de tiempo libre, así que le deseamos una pronta recuperación.»
—Yo te voy a dar una pronta recuperación… —dijo Polo, haciendo ejercicios isométricos para no perder el tono muscular. El dolor había pasado hacía tanto tiempo que no se acordaba que lo habían operado hacía menos de un mes.
Ada pasó corriendo, con la camiseta de entrenamiento todavía puesta. Leyli se estremeció un poco, pero se volvió a dormir. Ada volvió a pasar corriendo, ahora en sentido contrario, cargando su libreta. Farid, Ivanka y Lucía entraron.
—Juraría que vi estudiar a Ada —dijo Ivanka.
—Sí. Si no aprueba física se puede olvidar de jugar rugby el próximo semestre. Nadie quiere que suceda eso, en especial su entrenador y su novio.
—No pareces preocupado.
—Jamie es un buen chico. No se calla más que cuando juega, y eso a veces, pero es un buen chico. Y es buen profesor.
—Bueno. Nos vamos a llevar a Leyli. Los dejo trabajar.
—Hueles agrio.
—Tu hermana me tiene quemando la pancita de bebé. No pensé que el softbol fuera tan cansado.
—Que no se entere Farid, porque querrá que Katy deje de entrenar.
—Acepto mi derrota, hermano. Vamos a ver cómo han evolucionado las cicatrices.

Ella (12)

Capítulo 12.

—No quiero mentirte —dijo Farid, jugando con una cajita blanca encima del escritorio también blanco—. Mi idea original era realizar una nueva laringe, una con todo el aparato vocalizador, y trasplantarla. Como sería tu mismo tejido, la compatibilidad estaba asegurada. El código genético parecía correcto. De hecho, la laringe, por sí misma, creció bien y responde a todas las órdenes. Pero no es viable para ti.
—¿Por qué? —preguntó Ada, con el vocalizador.
Lucía, Polo y Katy estaban cerca, pero no junto a ella. Farid le mostraba una serie de diagramas.
—Porque recordé que nunca habías podido hablar. Las estructuras de tu cerebro relacionadas con el lenguaje están perfectamente desarrolladas, pero las relacionadas con el habla no. El cerebro las reasignó a otras labores. Si trasplanto la laringe, además de los riesgos de la cirugía, lo más probable que de cualquier modo no puedas hablar: no sabrás cómo. Y la reeducación del cerebro conlleva un sacrificio. Tienes doce años, eso es verdad, pero me temo que es demasiado tarde para que puedas aprender a hablar correctamente, si es que puedes. Ekaterina es muestra de que aunque las estructuras estén perfectamente, puede haber algo más que impida el habla. Pero entonces se me ocurrió algo más. No es necesario que te trasplante una laringe nueva para que puedas hablar. Se me ocurrió cuando te escuché hablar silbo gomero.
—No entiendo. Si no tengo nada con qué poder emitir sonidos, excepto un silbido, y mi cerebro no sabe emitir otro sonido, ¿cómo puedo hablar?
—Puedes hablar en lengua de señas, puedes hablar en silbo gomero, luego entonces sabes usar el lenguaje natural. Me apuesto lo que quieras a que cuando piensas lo haces como si hablaras; tienes una voz propia que no es la misma voz que tendrías si emitieras sonidos. ¿Qué pasa si leo esos pensamientos y los transformo en voces? Un vocalizador que puede leer la mente.
—¿Puede hacer eso, tío?
—No solo puedo. Ya lo hice. Ayer fue tu cumpleaños y no alcancé a terminarlo, pero hoy sí. Este es el prototipo, pero funciona.
Abrió la cajita. Una diadema en color negro con un intrincado grabado en color bronce. Se la pasó a Ada.
—Parece una diadema, y para todo propósito normal, es una diadema. Pero esta tiene una función adicional: ésto es el activador —señaló un área ligeramente despejada—. Colócatela en la cabeza, recogiendo tu cabello, igual a las que usas. Ahora busca el activador. Sentirás una pequeña molestia, pero pasará rápido.
Ada se encogió al sentir un pinchazo en la cabeza, pero pronto desapareció la sensación.
—Eso dolió —dijo una voz de soprano.
El vocalizador estaba en el escritorio; Ada no lo había usado.
—Un momento… ¿Esa voz de quién es? ¿Soy yo?
—Es la voz de Charlie —dijo Polo.
—Sí. No he terminado de ajustar el sistema, y la batería sólo dura dos horas, pero cuando termine los ajustes y encontremos todos los problemas, podrás comunicarte con cualquier persona sin necesidad de recurrir al vocalizador, al lenguaje de señas o al silbo gomero.
—Es el regalo más raro que me han hecho, tío —dijo Ada, usando la voz de Charlie—. Me gusta mucho. ¿Pero podríamos cambiarle la voz?
—Claro. El timbre es ajustable; los matices también. Necesitará un poco de entrenamiento. ¿Sabes ya qué tipo de voz quieres?
—Sí. Quiero una voz propia. Y una pregunta más. ¿Por qué no le hiciste esto a Katy?
—Lo hice, pero no funcionó. Es su gargantilla.
—¿Quieres decir que si me pongo su gargantilla funcionaría?
—No. El diseño de la gargantilla reemplaza las cuerdas vocales, pero requiere que su usuario desee hablar. Es un diseño pasivo; si Ekaterina intentara hablar, sus cuerdas vocales no responderían, pero la gargantilla interceptaría los impulsos nerviosos y crearía un sonido en respuesta. Pero Ekaterina no puede hacerlo funcionar. O no quiere. He notado que a veces intenta hablar, pero no sale ningún sonido, ni de su boca ni de la gargantilla. Funcionó con otras personas, pero no con ella. Sospecho que el daño neuronal fue mayor de lo que esperaba.
—¿Funcionaría mi diadema con ella?
—Sí, creo que sí. Pero no creo que ella acepte ponérsela.
Ada se giró, y sin decir nada se quedó mirando a su prima.
Katy le devolvió la mirada, y articuló un «No» enérgico tanto con la boca como con lenguaje de señas. La gargantilla brilló un instante, pero no emitió ningún sonido.
—Lo vas a hacer —dijo la voz de Charlie— porque soy tu madre y me tienes que obedecer mientras vivas bajo mi techo —Ada sonrió, apagó la diadema, y se puso de pie.
Katy había cambiado su lenguaje corporal; había reconocido el tono y el timbre de la voz de su madre y había actuado en consecuencia, por puro instinto. Ada se puso frente a su prima, se quitó la diadema y se la colocó. La larga cabellera plateada apenas se movió cuando ajustó la diadema y la encendió.
—Ow… —articuló Katy, sin emitir sonido alguno, cuando la diadema bajó los electrodos. La gargantilla no emitió ningún sonido.
—¿Y bien? —preguntó Ada en lenguaje de señas.
—Eso dolió —dijo la voz de Charlie, dos veces; una desde la diadema y otra desde la gargantilla. Katy no movió los labios.
—Ah… —dijo Farid, apoyando los codos en el escritorio y la boca en el puente que formaban sus manos—, eso nunca se me ocurrió.

El ingreso a la escuela secundaria no fue tan traumático como sus padres esperaban, pero Katy y Ada se negaban a utilizar su diadema y su gargantilla para hablar.
—No lo entiendo. Pensé que les agradaría —había dicho alguna vez Farid, tomando un aperitivo antes de cenar.
Ivanka y Lucía se miraron a los ojos y sonrieron.
—Perdónalo, es hombre —dijo Lucía.
—¿Qué tiene eso qué ver?
—Ustedes los hombres son animales simples. Debe ser la testosterona.
—Katy y Ada disfrutan más en silencio. Ada no necesita hablar para hacerse entender; Katy es la chica misteriosa y retraída —dijo Ivanka.
—Me compadezco de lo que van a hacer sufrir a los chicos cuando les pidan la primera cita.
—Los chicos van a disfrutar intensamente de la experiencia —dijo Lucía.
—¿Cómo están tan seguras, eh? —preguntó Farid.
Las dos mujeres lo miraron. Lucía se acarició el vientre de siete meses. Un auto se detuvo en silencio afuera de la casa.
—Llámalo intuición femenina.
—Por cierto, hermano, ¿Ya supiste lo que se hizo Katy en el pelo?
—No. No la he visto.
—Katy es prácticamente albina, pero ese tono de pelo le sienta maravillosamente bien. Y con lo que hizo le sienta mejor todavía.
—No entiendo.
—Lo vas a entender ahora que lleguen.
En ese momento, Polo, Ada y Katy entraron. Katy traía la larga melena blanca trenzada, pero con dos grandes hilos en color rosa y azul cielo, y aún vestida con el uniforme del equipo de softbol.
Farid se quedó con la boca abierta.
—La viva imagen de Charlie, ¿no? Si fuera morena no la podrías distinguir.
—Al·lāhu-àkbar —dijo Farid.

—No voy a dirigirlos, Carlos —dijo Polo.
Estaban en la oficina de Villalobos, copa de coñac en la mano. Polo bebió con la mano izquierda; la derecha permanecía apoyada en el bastón.
—No es porque no quiera continuar. Y menos en la antesala de un mundial. Pero no puedo seguir así; me duele demasiado el cuerpo. Necesito operarme.
—Es sólo un año. Después de que termine el mundial…
—No. No puedo. Ayer intenté explicarle a los chicos un movimiento y sentí que talló hueso con hueso en mi rodilla. Hoy intenté abrir la puerta del auto y casi se me bota el codo. No hay remedio. Ya agendé la operación.
—¿Tienes ya fecha?
—Fecha y refacciones. Quiero que lo anuncies antes del proceso de selección. Doy un paso de costado y que otro siga. Ponme en un trabajo de escritorio, si quieres, pero no puedo ser el seleccionador nacional otro año. Ya ni siquiera puedo conducir; no sé qué haría sin Lucía.
—Por favor, Polo, es importante.
—Sé que es importante. Pero tengo prioridades. Mi saludo ya ha estado mucho tiempo en espera. No puedo hacer nada, Carlos, entiende; estoy a milímetros de convertirme en un inválido y un inválido no puede ser seleccionador nacional.
—Es imposible. Necesitamos ganar el mundial…
—Podemos ganarlo. No hay modo de que los muchachos bajen de nivel tan rápido. Además, puedo ayudar a mi reemplazo. Si falla, tienes la excusa perfecta para pedirme que regrese, después de mi operación, no antes. Si gana, demostraremos que el equipo es el más grande de todos los tiempos. En cualquier caso ganas.
—Necesitamos ese campeonato.
—Necesito poder moverme.
—El bien de muchos está por encima del bien de uno.
—La manada sólo puede correr tan rápido como su ejemplar más débil. Está decidido, Carlos.
—Al menos ayúdame a elegir a tu reemplazo.
Apuró el contenido de la copa.
—Te tengo al candidato perfecto.

Máximo, se apellidaba. Armando «Rompecabezas» Máximo. Comparado con el entrenador y la mayoría de los jugadores, Máximo era más bien lo opuesto a su apellido: un metro setenta de estatura y 75 kilos de peso, pero podía correr los cien metros en diez segundos. Era, además, un tacleador excelente. Polo lo había visto en una competencia de judo, y aunque el muchacho era bueno, no era su deporte. Lo atrajo al rugby, primero como fullback, pero luego lo colocó como medio scrum. El joven compensaba su escaso tamaño con una gran habilidad y una velocidad excepcional. En su primer juego se las había arreglado para hacer cuatro tries y haber embarrado en el suelo a todos los jugadores del equipo contrario. Se ganó el apodo de «Rompecabezas» cuando logró que dos rivales se estamparan entre sí con el simple procedimiento de saltarles por encima para evitar el tacle.
—Es el capitán del equipo. Será un buen coach. No recuerdo una situación como éstas en el rugby desde… veamos… desde que entrené a los Black and Blues, modestia aparte.
—Es muy joven para hacerse cargo de la selección.
—Tiene veinte años y dos campeonatos profesionales.
—Ni siquiera está certificado.
—Los putos cursos de certificación están sobrevalorados. Los puede ir tomando conforme se vayan dando.
—Polo, entiendo que quieras que el muchacho te suceda, pero no es el momento.
—No has estado escuchando, ¿verdad? Te lo vuelvo a repetir. Me. Van. A. Operar.
—Necesito que seas tú.
—Carlos, carajo, escúchame. Si queremos ganar el mundial de rugby league tenemos que tener al mejor equipo. Ya tenemos al mejor equipo. ¿Quieres al mejor coach o me quieres a mí? Pase lo que pase volveré a tomar el equipo si con eso te callas. Pero si no es él, todo el trabajo que hemos hecho se va a ir por el caño. ¿Sí, o no? Igual me voy a ir.
—Polo, tu muchacho no me puede garantizar resultados.
—Por favor, Carlos, no porque seas directivo vas a dejar de usar el cerebro. Hace dos meses que no me presento al entrenamiento. Estuve en el partido pasado sólo como requisito. Todos los movimientos los hizo Rompecabezas. Yo sólo presenté mi linda cara.

Ella (11)

Capítulo 11.

De la cocina emanaba un olor delicioso. Ada bajó con la melena alborotada y su camiseta de Pink Floyd hecha nudo, directa a su lugar en la mesa; Katy bajó perfectamente peinada, y la pijama tan lisa como recién planchada. Farid tenían el aspecto de haber dormido en el sillón; parecía cansado. Polo entró desde la cocina con la loza; repartió platos, tazas y vasos, y sirvió jugo y café. Ivanka entró cargando una pila enorme de hotcakes, que colocó en el centro de la mesa. Ivanka se sentó entre Katy y Ada; era curioso ver que Ivanka estaba ahí, repetida, con Katy su copia idéntica pero 30 años menor. Lucía entró con huevos, jamón, tocino y queso. Sin esperar nada, Ada atiborró su plato; Katy esperó paciente, con las manos sobre las piernas.
—¿Siempre es tan formal mi sobrina? —preguntó Ivanka, abrazando a Katy con cariño.
—Siempre ha sido una pequeña dama. Cada vez menos pequeña —dijo Farid.
—¿Sobrina? —preguntó Ada en lenguaje de señas.
—Sí, sobrina —dijo Polo, removiendo su café—. Farid es hermano de Ivanka, e Ivanka es mi hermana, así que eso vuelve a Farid mi hermano, y por tanto, si Katy es su hija, y tú eres mi hija, eso las vuelve a ustedes primas.
—¿Todos ustedes son hermanos? —preguntó Ada con los ojos muy abiertos. Se arrepentía de no haber traído su vocalizador.
—Sí. Es sólo que tu tío Farid quería vivir separado de su familia, pero como verás, la familia siempre termina por encontrarte.
—No entiendo lo que dices pero estoy de acuerdo con tu padre —dijo Ivanka.
Katy bajó la cabeza y sonrió.
—¿De qué te ríes? —preguntó Ada.
Su prima respondió en lenguaje de señas.
—Ayer sólo tenía un papá. Ahora tengo toda una familia. Y vivía con mi familia antes de saber que lo era. Y tú querías una familia grande y resulta que ya la tienes. ¿no es gracioso?
Ada también sonrió.
Si hubieran podido emitir sonidos, estarían riendo a carcajadas.

—Entonces, Ekaterina fue aceptada en el equipo de softbol.
—Sí. Y me dicen que hace un trabajo formidable.
—Creo que es muy joven para el deporte.
—Va a cumplir 12 años.
—Nadie es tan bueno en el deporte a esa edad.
—Ejem… —dijo Ivanka.
Ella había sido seleccionada rusa de softbol desde los 4 años, la jugadora más joven en llegar a un mundial de ligas menores, y la jugadora profesional más joven jamás contratada, además de tener montones de récords.
—Créeme que lo es —dijo Polo.
—Y es la viva imagen de su tía —dijo Lucía, sonriendo.
—Buenos genes —dijo Ivanka.
Farid se hubiera sonrojado de haber sido capaz.
—Puedo creer que no quisiera jugar rugby, o futbol, o basquetbol, o voleibol —dijo Polo—, y creo que en voleibol también habría hecho un gran trabajo aunque no me la imagino jugando. pero dudo que haya otro deporte en el que pueda encajar mejor.
—Pero todavía no se recupera por completo.
—El softbol le hará mucho bien. No se lastimará; al contrario, le hará bien. Y si no quieres aceptarlo, la adopto yo. Creo que me quedaría bien el papel de madre para variar.
—No es eso…
—¿Me adoptarías? —preguntó Katy en lenguaje de señas. Ada tradujo con el vocalizador.
—Eres la hija de mi hermana. Claro que te adoptaría. Sin dudarlo.
—No tengo alternativa, ¿verdad?
—Ninguna, hermano. Y merecido te lo tienes por mentirme hace tres semanas y mantener en secreto la existencia de mi sobrina
—dijo Polo, pasándole las formas que debía firmar.
—Míralo de esta manera —dijo Lucía—. Con lo que te vas a ahorrar gracias a la beca, podrás pagarle lo que va a necesitar a partir del próximo año escolar.
—¿Qué va a necesitar?
—Creo que sí te hace falta una madre, sobrina —dijo Ivanka—. Tu padre es hombre y no entiende de estas cosas.
—No entiendo.
—Exacto.
Polo sonreía.
—Déjame explicártelo con abejas y florecitas, hermano: Katy va a dejar de ser una niña en cualquier momento.
—¡Pero sólo tiene once años!
—Disfrútalo. Quizá le salga la vena rebelde. Su madre también tenía buenos genes.

—Escúchame, Farid, con un carajo. No te estoy diciendo que quiero quedarme con tu hija; te estoy diciendo que lo que tú necesitas es tiempo para trabajar —el despacho de Farid era austero, como si casi no pasara tiempo ahí. No había decoraciones, no había nada que no fuera indispensable: una computadora, un par de sillas, un escritorio. Nada más.
—En nombre de todo lo profano —dijo Polo—, no entiendo como un hombre tan genial como tú es un cabeza dura tan grande. Ni tú ni yo estamos capacitados para criar una hija. Es más, probablemente seamos los menos indicados para hacerlo. Sandra y Charlie tenían instinto maternal, y si acaso lo que tenemos Ivanka, tú y yo es un sentido de responsabilidad, nada más. Pero te la pasas más tiempo fuera que en casa. Tus obligaciones no te dan tiempo de nada. Katy se la pasa más tiempo en mi casa que en la tuya, y Ada y ella son uña y mugre. Me recuerdan a Charlie y a Ivanka cuando eran chicas, aunque con los papeles al revés.
—Ekaterina no…
—Katy. Acéptalo de una buena vez. Es Katy. Puedes presentarte como su padre, e incluso ella ha aceptado que interpretes ese papel, pero no puedes engañarnos y engañarte por tanto tiempo. Cumpliste con tu labor, y le salvaste la vida, y eres su padre por un tecnicismo, y Charlie y tú jugaron a clonar personas, y el resultado es que por magia, ciencia o como quieras llamarlo, nació Katy. Pero Katy tiene de hija tuya lo que Ada tiene de Lucía. La adoras porque te recuerda a Charlie y porque te recuerda a Ivanka. Pero lo sabes tan bien como yo.
—No…
—Farid, acéptalo. Ni tú ni yo estamos haciendo bien las cosas. Llega un momento en la vida en que tienes que aceptar que sirves a un propósito más grande. El tuyo es el propósito más grande de todos. Tienes que hacer que funcione. Si para ello es necesario sacrificar un peón, debes hacerlo. Pero te recuerdo que no estás sacrificando a un peón. Esto no es ajedrez. La vida real no es ajedrez. En la vida real a nosotros no nos importa que seas raro o normal, te queremos. Te alejaste de nosotros, y te volvimos a encontrar cuando más lo necesitabas. Pero quien lo necesitaba no eras tú: es Katy. Perdió a su madre, no sabe quién es su padre de verdad, y no le importa, y lo único que quiere es ser feliz.
»Sabemos que Katy tendrá problemas de salud, y que probablemente necesitará más operaciones, y tampoco es una niña normal y nunca lo será. Y no nos importa. Charlie lo sabía, por eso dejó de trabajar cuando ella nació. Pero tú no. Tú no puedes dejar de trabajar porque no quieres hacer otra cosa mas que recuperar a la hermana que perdiste. No te culpo. Es tu hermana de sangre. Pero se fue. No va a volver. Está muerta. Se acabó. Aunque intentes clonarla, el clon no será ella. Aunque intentes crear un embrión nuevo, no será ella. Así como Katy no es la Ekaterina que tú quieres que sea, tú no eres el hombre que quieres ser. No sabes hacer otra cosa más que trabajar. Mírate, por las barbas de Perseo, es tu privado en la universidad más prestigiosa de todo el país, y estoy sentado en un cubículo menos personalizado que un camión de pasajeros nuevo.
»Necesitas tiempo. Necesitas terminar lo que tienes qué hacer. Vives para trabajar, porque tu trabajo es lo único que tienes para eliminar ese sentimiento de culpa que te queda. Se lo debes a Charlie, y se lo debes a Katy, y en cierta manera nos lo debes a Sandra, y a Lucía, y a Ivanka, y a Ada y a mí. En el juego que jugamos la mano ganadora se decidirá por la vuelta de una carta amable. A nadie le importa lo que pasó hace veinticinco años. A nadie le importa que te hayas enamorado de tu hermana y que tu hermana se hubiera enamorado de ti. No te juzgamos. Pero se lo debes.
—¿Cómo lo…?
—¿Cómo lo sé? ¿Crees que soy el único que sabe guardar un secreto? ¿O crees que porque juego rugby soy una bestia sin cerebro? También tengo ojos y oídos, y sangro cuando me cortan. Me lo dijo Charlie cuando la llevé al hospital aquella vez.
—¿Quién más lo sabe?
—Sólo tú, yo, y estas cuatro paredes. Este no es lugar para criar a una hija.
—¿Qué quieres…?
—Que hagas lo correcto, hermano, sólo eso.

No fue tanto una mudanza como una tácita aceptación de la realidad. Casi todo lo que poseía Katy ya estaba en la habitación de Ada, después de todo. Esa primera noche, Katy había abrazado a su padre y le había dicho en lenguaje de señas «Gracias, papá.» Farid la abrazó, le besó la frente, y se echó a llorar.
Con la mudanza, y de manera oficial, la clínica de fertilidad asistida «Charlie Bhatt Memorial» abrió sus puertas. A partir de la inauguración, no había día en que Farid e Ivanka no pasaran a cenar a casa de Polo y Lucía.
—Cualquiera diría que somos una familia normal —dijo Ivanka una noche húmeda de julio.
—Una familia de muchos colores —dijo Lucía, sonriente, mientras guardaba su abrigo en el pequeño armario de la entrada. Adentro había un gran bullicio; Ada era el alma de la fiesta, pero Katy era el corazón.
—A ti te pasa algo —dijo Ivanka, mirando a Lucía.
—¿A mí?
—Oh, sí.
—Es el cumpleaños de Katy y está rodeada de amigos. Claro que estoy contenta.
—No, no es el cumpleaños. Te pasa algo —abrió los ojos—. Ах, боже мой… ¿Lo sabe mi hermano?
—Todavía no… —las dos mujeres se abrazaron, Ivanka más emocionada que nunca al saber que iba a ser tía.
Farid llegó un poco más tarde, con una cajita.
—Perdón por la tardanza. Tuve que esperar a que estuviera terminado.
—Llegas a tiempo, cuñado. Katy está por allá.
Se abrió paso entre los jóvenes, y llamó a su hija.
—Ekaterina, querida, ven…
Obediente, la joven —ya no se veía como una niña— se acercó a su padre.
Farid le quitó la mascada que le cubría la cicatriz de la garganta y le puso una gargantilla dorada que le quedaba como un guante, con un diseño simple pero elegante, y adornado al centro con un intrincado grabado abstracto pero simétrico.
Sonrió. Ivanka se acercó a mirarlo, y lo aprobó.
—Un gran trabajo, hermano.
—Gracias, hermana.
—Gracias, papá —dijo Katy en lenguaje de señas.
—¡Que continúe la fiesta!
El bullicio reinició.

Ella (10)

Capítulo 10.

—Esto explica muchas cosas. Le añade una capa de complejidad mayor, pero explica muchas cosas —dijo Polo, mientras se mesaba la barba.
—Sí, explica mucho sobre Katy, pero a mí me hace falta una pieza fundamental de información —dijo Lucía, poniéndose de pie para estirarse—. Dos, de hecho: ¿quién es Charlie y cómo es que ustedes se conocen?
—Fuimos juntos a la preparatoria —respondió Polo.
—Charlie, Farid, Polo e Ivanka, los raros de la escuela. Los cuatro alumnos de intercambio que se quedaron a vivir en el país. Pero Charlie lo tuvo más difícil.
—Charlie, mi hermana, tuvo un, digamos, desliz con un muchacho de la escuela cuando tenía 16 años. Se asustó mucho cuando la regla no llegó.
—Déjenme adivinar. No quería que nadie se enterara, y en lugar de acudir a una clínica, se hizo algo.
—Usó un gancho de ropa. Cogió una septicemia, y perdió el útero. Tuvimos que llevarla a una clínica antes de que muriera. Temí lo peor cuando mis padres se enteraron. Repudiaron directamente a Charlie. Ella estaba destrozada cuando se enteró.
—Y un apuesto caballero llegó al rescate —Lucía miró a su marido.
—Claro que no. Tenía yo 16 años, era todo menos responsable.
—Fueron nuestros padres de acogida
—dijo Ivanka.
—Ellos decidieron que, si no podíamos contar con nuestros padres, entonces nuestros padres no nos merecían. Charlie no quiso regresar a casa nunca más; yo regresé una última vez, en vacaciones. Mis padres se habían amargado, diciendo algo sobre la honra de la familia. Se habían vuelto la clase de persona que uno no quiere tener como vecinos; mucho menos vivir en la misma casa. Decidí regresar. Era mucho más feliz aquí que allá. Nuestros padres de acogida nos apoyaron en todo lo que pudieron, incluso en el proceso de naturalización.
—Charlie, supongo, no se llamaba Charlie en un principio.
—Así es. Charlie nació Chandni Bhatt, y así continuó. Pero yo repudiar a mis padres, y cambié mis apellidos por los de mi familia de acogida. Farid Bhatt se volvió Farid Olmedo Goldman.
—Supongo que algo hicieron tus padres que no te gustó.
—Digamos que no les gustó que despreciara a la novia que habían elegido para mí.
—Supongo que ese incidente les marcó la vida a ustedes, pero…
—¿Por qué nos quedamos Ivanka y yo?
—Sí.
—Nos ofrecieron becas deportivas. Polo era jugador de rugby desde hacía años. Conoció a Sandra cuando estaba haciendo los cursos propedéuticos; ella estaba loca por tu marido. Charlie, Farid y Sandra terminaron siendo elegidos para medicina; yo elegí educación física y deporte, y Polo… bueno, a Polo siempre le gustaron los retos. Eligió la carrera más difícil que le propuso Sandra: ingeniería civil.
—Sandra nunca quiso que Polo jugara rugby. Polo le llevaba la contraria sólo por diversión. No entiendo cómo fue que terminaron casados —dijo Farid.
—Creo que fue mi magnetismo animal. O síndrome de Estocolmo. Quizá lo segundo. Supe que nos casaríamos después de que ganáramos nuestro primer campeonato universitario.
Ivanka se recostó en las piernas de Farid.
—No recuerdo esa historia.
—Ha sido, hasta la fecha, mi momento más brillante.

Nuestro primer torneo —dijo Polo— fue un fracaso. Apenas completábamos el equipo y no teníamos recursos. Marcadores escandalosos de 89 a 3, 74 a 6, 87 a 7. Nuestro partido más cerrado fue un 21 a 22. La verdad, llegué a pensar que había cometido un error al entrar al equipo. Pero entonces llegó un entrenador que nos puso en orden. El coach, que era motivador mas que entrenador, se encargó de colocarnos en nuestras posiciones, y nos dejaba hacer lo que quisiéramos en la cancha durante un partido. Yo pasé de ser número 5 a número 13, porque hacía mejor el trabajo de pilar. De hecho, delegó en una mujer la tarea de entrenarnos físicamente. Nosotros nunca habíamos tenido problemas para desobedecer a un hombre, pero a ella era imposible. Sus entrenamientos eran rayanos en el abuso de fuerza. El coach nos dejaba uno que otro ejercicio, pero su trabajo era hacernos ver dónde estaban los puntos débiles de nuestros rivales. Se notó inmediatamente la diferencia. Así que comenzamos a empatar juegos, y luego a ganarlos. En mi tercer torneo arrasamos completamente la copa y destrozamos a todos, excepto a uno de nuestros más acérrimos rivales. Parecía que la copa estaba diseñada para que nos enfrentáramos por última vez en la final.

Fue una masacre, y no me refiero al marcador. Es, quizá, el partido más cerrado en el que haya jugado alguna vez. Entramos 19 jugadores al campo, pero sanos sólo salieron 12. Yo no fui uno de ellos. La jugada la recuerdo como si hubiera sido ayer. Corría yo por la banda. Los pilares no corremos por la banda, pero yo lo estaba haciendo. Había hecho que tragara pasto un jugador más grande que yo, había interceptado un balón, había anotado un try y había provocado que nuestros rivales perdieran su sexto tacle varias veces. En esa jugada me había apoderado del balón y me encargué correr hacia el área de try, con un monstruo siguiéndome a corta distancia. Recuerdo cómo sentí que me tacleó por las piernas, un tacle francés fantástico, pero me estiré en el aire y aplasté el balón justo en la línea de gol. También me reventé la nariz.

Debes entender que Sandra y yo llevábamos saliendo varios meses, pero ese era su primer partido en la línea de asistencia, como parte del entrenamiento médico universitario. Charlie y Farid también estaban ahí, pero ellos no me importaban en lo más mínimo. Recuerdo que me levanté y caminé hacia la banda mientras uno de mis compañeros pateaba el balón y anotaba dos puntos adicionales. Nuestra victoria era ya segura; íbamos tres puntos arriba y faltaban menos de dos minutos en el cronómetro.
—¿Qué te pasa, Montes? ¿Se hizo daño la nena? —me gritó mi rival.
Aquello me encendió. Hice que Sandra me rellenara la nariz con algodón y regresé al campo de juego para una última jugada. El árbitro iba contando los tacles, pero los metros se los comían nuestros rivales con rapidez. Era el cuarto tacle y mi rival recibió el balón. La única respuesta, como en tantas ocasiones, es la violencia. Corrí como si me viniera persiguiendo una bala, y me impacté contra mi rival con el hombro primero. Caímos como fardos. Escuché un crack. Pensé que me había roto algo, pero no me dolía; supuse entonces que le había roto algo a mi rival. La nariz. Pero había provocado el quinto tacle y el tiempo estaba terminando: era ahora o nunca para ellos; necesitaban el try porque ningún otro marcador les servía. Para mi rival y para mí, el juego había terminado. El quinto tacle siguió a un sexto, y terminó a un metro de la línea. El árbitro hizo sonar el silbato y ganamos el campeonato.

Mi rival y yo nos pusimos de pie como pudimos. Charlie lo atendió a él; Sandra me volvió a atender a mí. Mi rival extendió la mano para saludarme.
—Qué pinche buen putazo me metiste, cabrón —fueron sus palabras exactas.
—Tienes suerte de que tenga yo menor tamaño que tú —le respondí, estrechándole la mano. Ni él ni yo fuimos al tercer tiempo: terminamos en el hospital. Nada grave, decidieron los médicos, así que yo salí primero. Sandra me acompañó. Camino a mi departamento, sentí calambres. Había olvidado estirarme. Sandra me dijo que, cuando llegáramos a casa, me daría un masaje para relajarme. Apenas entrar a casa, me tiré sobre la cama. Ya no aguantaba. Sandra me ayudó a quitarme la ropa sucia y comenzó a manipular mis adoloridos músculos.
—¿Tienes aceite? —me preguntó.
—Debajo del fregadero de la cocina —le respondí.
—Aquí sólo hay aceite WD-40 —me dijo, acercándose con la lata.
—Es lo que usamos los hombres de verdad, nena.
Ella se rió y movió la cabeza de lado a lado. Y me roció la espalda con aceite para darme el masaje prometido.

—Ahí supe que íbamos a terminar juntos —terminó Polo—. Lo que no supe ver fue cuándo debí pedirle matrimonio.
—En ese mismo instante —dijo Lucía.
—Llegué a pensar eso, pero primero quería terminar la carrera.
—Seguramente tuviste más oportunidades.
—Claro que sí, pero ninguna tan épica. Las demás veces estaba yo lesionado.
Ivanka cabeceó; Farid intentó reprimir un bostezo.
—Fueron buenos tiempos.
—Deberíamos dormir.
—No tengo sueño —dijo Ivanka, enroscándose en el sillón.
Del interior de un taburete Lucía sacó unas sábanas y una almohada. Cubrió a Ivanka, le quitó los zapatos, y le acomodó la almohada. Ivanka sonrió y murmuró un «gracias».
—De nada —dijo Lucía.
—Debería irme.
—Hace frío. Y el otro sillón también es amplio. Quédate; desayunaremos mañana y decidiremos qué hacer con las niñas.
—¿A qué te refieres?
—A la beca deportiva, claro. Te explicaré por la mañana.
Farid bostezó e intentó ponerse de pie.
—Vivo enfrente.
—Dije que te vas a quedar —dijo Polo, sentando a Farid con una mano.
Lucía le acomodó la almohada y le pasó la sábana.
—Anda, a dormir.
—Pero…
—Sin peros. Si es necesario, este puño te hará dormir, y probablemente estés menos cómodo por la mañana. ¿Estamos?
—Está bien —aceptó Farid, quitándose los zapatos.
Lucía apagó la luz y cerró la persiana.

—¿Cómo era Charlie? —preguntó Lucía, mientras se acomodaba el cabello para dormir.
—Mira.
Le mostró la fotografía que guardaba en el buró. «Han pasado veinte años,» pensó Polo, «y dos de nosotros ya murieron.»
El más parecido era Polo, que era todo músculo, con patillas, barba y bigote, presumiendo musculatura en un traje de hombre fuerte. Sandra estaba sentada en su hombro izquierdo, riendo, un pedacito de gente comparada con Polo, vestida de enfermera. Farid se veía como una estrella de Bollywood, moreno, con turbante, grueso y con la barba cerrada pero no muy poblada, con dos chicas a su lado: Charlie a su derecha, morena y con el cabello en un complicado peinado, envuelta en un sari rojo y dorado que resaltaba sus curvas; Ivanka a su izquierda, como Marilyn Monroe, con la cabellera hasta los pies en una cascada de oro, bella como una estatua de hielo pero capaz de derretirte con una mirada. El Farid que dormía abajo no era ni la mitad del hombre que el Farid de la fotografía; Ivanka, en cambio, no parecía haber envejecido ni un minuto.
Polo miró con nostalgia la fotografía.
—La fiesta de graduación de la preparatoria. No sé qué nos pasó —acarició las imágenes de Sandra y Charlie.
—Quisieron cambiar al mundo, pero fue el mundo quien los cambió a ustedes.
—Las extraño —dijo, dejando la fotografía en el buró.
—Lo sé —lo besó. Él le devolvió el beso y la cargó en hombros. Ella rió.
—Por eso te amo.
Se metieron entre las sábanas.

Ella (9)

Capítulo 9.

—Сколько лет, сколько зим! —Cuántos veranos, cuántos inviernos…
Ivanka tomó de la mano a Olmedo y no le quitó la vista de encima.
Dos veces Polo intentó decir algo, y dos veces lo pensó mejor. A la tercera vez se decidió. La pequeña estancia estaba cerrada, y las niñas estaban fuera. Quizá intentaran escuchar; Ada seguro lo estaría intentando.
—Yo te conozco —dijo Polo, señalando a Olmedo—. Ivanka tiene razón, ya no te pareces en nada. Pero los ojos son los mismos. No te preocupes, no diremos nada que no quieras que tu hija sepa.
—Gracias —dijo Olmedo.
—Pero nos tienes que contar la historia completa —dijo Ivanka—. Me tomó mucho trabajo reconocerte.
—Siempre fuiste buena reconociendo personas —reconoció Olmedo.
—¿Y bien? —dijo Polo, volviendo a llenar el vaso.
—Ya no hay remedio, ¿verdad?
—Lo que se diga en esta habitación se quedará en esta habitación, a menos que quieras que lo divulguemos.
—No es un secreto. Es… privacidad.
—Seguro que Ada está intentando escuchar.
—Me gustaría que Ekaterina también lo supiera. Pero todavía no.
—Basta de darle vueltas, tovarishch. ¿De quién es hija Ekaterina?
—De Charlie.
—¿Y el padre?
—Técnicamente… Genéticamente, quiero decir… bueno, técnicamente Ekaterina tiene dos madres. La otra eres tú, Ivanka.
—No creo que así funcionen las cosas, tovarishch.
—Mis técnicas de investigación más avanzadas van encaminadas a reemplazar órganos perdidos. No me refiero únicamente a imprimir plantillas y hacer crecer células madre en ellos; hablo de un reemplazo total y completo con órganos que no tienen el mismo origen que el anfitrión. Las células con las que trabajamos son células completamente limpias, sin fallos genéticos. Preparar cada banco nos toma semanas, pero los resultados son excepcionales. Órganos que son, para todo efecto práctico, mejores que los que reemplazan. Charlie y yo trabajábamos en ello, y llegamos a un punto en el que podíamos utilizar células de prácticamente cualquier origen. Decidimos que teníamos que probarlo con alguien a quien considerábamos casi un ejemplar perfecto de la raza.
—¿Eugenesia? —intervino Lucía.
—No. Más allá. Voy a omitir todas las partes técnicas; de cualquier modo no están ustedes capacitados para entenderlas. No buscábamos criar ejemplares superiores, sino curar enfermedades genéticas y darle, de cierta manera, una segunda oportunidad a algunas personas. Recuerdan ustedes a Izzie Griffin.
—Sí.
—La enfermedad de Izzie era, evidentemente, incurable. Pero era una buena persona; era genial con los niños, amable, y cariñosa… prácticamente perfecta, excepto su apariencia. Y lo queramos o no, la apariencia cuenta. Alguien modificó sus fotos para darle una apariencia más normal y nos dimos cuenta que la pobre muchacha hubiera sido despampanante. Pero había algo más; la enfermedad de Izzie era de una rareza tal que hacía la investigación al respecto prohibitiva. Así que intentamos hacer algo completamente diferente. ¿Qué hubiera pasado si tomáramos su genoma, y por simple intercambio con un genoma sano ya conocido, hubiéramos formado un tercer genoma sano? Clonación, pero con un motivo superior.
—A ver si entiendo —dijo Lucía—. Por su enfermedad, Izzie no podía tener hijos, pero tenía características que la hacían una adición deseable a la pila genética.
—Sí. Pensamos que una niña sería la solución. Tomaríamos todo lo que la evolución había hecho durante generaciones, y eliminaríamos los errores de transcripción del último capítulo. Bum, un ser humano deseable y una segunda oportunidad para Izzie. Tomaríamos su genoma, y reemplazaríamos exclusivamente lo que el síndrome de Wiedemann-Rautenstrauch había dañado. Nada más. Para todo efecto práctico, sería una hija de Izzie.
»Pero no podíamos intentarlo así nada más. Necesitábamos hacer antes pruebas completas. Guardamos muestras de tejido de Izzie y secuenciamos la totalidad de su genoma, pero era un caos. Siempre pensamos que era un caso de síndrome progeroide neonatal, pero iba más allá que eso. Así que primero decidimos probar nuestras técnicas en un paciente que tuviera únicamente defectos menores. Charlie se ofreció a llevar el producto. Siempre fue impulsiva, y siempre quiso ser madre, pero, bueno, sabemos los problemas de Charlie, ¿verdad? Hicimos los mismos pasos, pero nos faltaba un donante. Al principio usamos mi genoma, y al cuerno con las implicaciones morales… pero no funcionó. Todas las pruebas lo han indicado a lo largo de nuestra historia como humanidad: los varones son tan frágiles al momento de la concepción que es un milagro que nos podamos haber reproducido en cantidades suficientes. Necesitábamos dos copias del cromosoma X, no el par XY, al menos en la etapa inicial. Por fortuna, teníamos el cromosoma ideal almacenado. Una plantilla perfecta.
»Fue un éxito, Ivanka. Un éxito total, completo y absoluto. En varios campos. No sólo pudimos formar un embrión y probar las técnicas que usaríamos con Izzie; también formamos un útero nuevo, y ovarios nuevos. Y los trasplantamos a Charlie. Y funcionaron, sin rechazo, tan bien como —no, mejor aún que— los originales. Un mes pasó, y llegó la menstruación, y supimos que habíamos tenido éxito. Dejamos pasar un par de meses, e implanté el embrión en Charlie. Y el embrión se implantó, y comenzó a crecer, y fue llevado a término.
»Y nació Ekaterina. Una niña sana, una niña perfecta en todos los sentidos. Los bebés recién nacidos suelen ser tan feos, pero Ekaterina era una bolita bella. Cuando la tomé en mis brazos por primera vez, Ekaterina quedó en silencio, y se durmió. Nunca lloró de más, nunca se comportó de manera distinta a lo que una pequeña daba debía ser. Tenía dos años, y era una princesa de cuento. Pero no pudimos repetir el proceso de creación de embriones con el genoma de Izzie. Era demasiado caótico. Debíamos trabajar más, pero Charlie no estaba interesada en continuar. No la culpo, estaba muy ocupada criando a Ekaterina. Más de alguna vez nos dijeron que la niña debía ser autística, pero todas las pruebas eran negativas. El jefe de psiquiatría pediátrica de la universidad, James Maybrick, nos dijo que el problema con la niña es que no había encontrado aún nada de qué quejarse.
—Puedo entender por qué —comentó Polo.
—Eventualmente Ekaterina alcanzó la edad escolar y Charlie se vio resignada a continuar con nuestras investigaciones. La Universidad Medfield seguía financiando nuestras investigaciones, pero cada vez era más difícil enfrentarse a los comités de ética. Yo me mudé aquí por esa época. Bueno, si «mudarse» significa «tener una habitación para dormir en una casa que funciona como bodega». Fue más o menos por esa época en que decidí que, si no podíamos continuar en Medfield, podríamos montar un laboratorio aquí para, por lo menos, no dejar que la tecnología se perdiera. Saben perfectamente lo difícil que es ser punta de lanza en territorios nuevos. Eventualmente descubrí cuál era el problema con el genoma de Izzie y convencí a Charlie para que viniera a vivir conmigo, y pudiéramos continuar nuestras investigaciones. Sería otra vez un proyecto secreto, así que ensamblé una pequeña clínica, para poder efectuar pruebas. El gobierno nos autorizó a hacerlo; no era nada fuera de lo normal, les aseguré, sólo una pequeña clínica privada que trabajaría con fertilización in vitro. La misma tarde que obtuve la autorización para trabajar, un siete de septiembre…
Bajó la cabeza. Los ojos se le habían enrojecido. Lucía tenía la mano sobre la boca. Ivanka asió la mano de Olmedo con fuerza, para que no temblara. Fue Polo quien rompió el incómodo silencio.
—El siete de septiembre fue la tarde en que Sandra se rompió y se atravesó una avenida.

Olmedo vació el vaso de vodka de un trago. Aspiró profundamente, y continuó su historia.
—Fue el mismo día, sí, pero no fue el mismo accidente. Charlie y Ekaterina viajaban en la autopista, detrás del camión de la mudanza que traía sus cosas. Pero nadie pensó que reventarían dos llantas del camión al mismo tiempo, o que por intentar esquivarlo el auto saltara la barrera de contención, y mucho menos que un camión viniera justo por el carril contrario. El accidente mató instantáneamente a Charlie, y Ekaterina sobrevivió, pero por muy poco. Fue ya cerca de la ciudad, así que la transportaron al hospital más cercano.
»Me enteré al día siguiente, cuando por fin alguien trató de contactar a la madre de Ekaterina, sin encontrarla. Supongo que en el servicio médico forense ya están acostumbrados a escuchar el sonido del teléfono. El siguiente contacto era yo, pero lo hicieron hasta que se enteraron que Charlie había muerto. Nunca he manejado tan rápido y con tan poco respeto por las reglas. Las multas que llegaron después me costaron la licencia de conducir. No apelé la decisión de manera inmediata: comprenderán ustedes que tenía cosas más importantes qué hacer. En el hospital habían estabilizado a Ekaterina, pero su estado físico era lamentable. Sencillamente sus heridas no eran compatibles con la vida. Pero Ekaterina es lo único que me quedaba de mi familia; era la hija de Charlie. Decidí que le debía a su madre, a mi hermana, salvar la vida de su hija. Al menos la mitad de sus genes eran idénticos a los míos. Se lo debía también a Ekaterina. Puse manos a la obra. Estoy seguro que se debe al síndrome del superviviente; no soy tan arrogante como para suponer lo contrario.
»Moví todas mis influencias y cobré todos mis favores para sacar a Ekaterina del hospital. Estaba dispuesto a transgredir la ley si era necesario, pero sólo había un lugar donde podía realizar las operaciones que necesitaba para salvarle la vida: mi clínica. Mis amigos, y los amigos de Charlie, estaban dispuestos a ayudarme, pero quizá por única ocasión. Deben entender que lo que estábamos haciendo era no tanto amoral como ilegal. Eran procedimientos experimentales. Un trasplante con nuestras técnicas quizá mejoraría una vida, quizá incluso la salvara, y eso si no había complicaciones; realizar dos en la misma persona era éticamente reprobable en estado experimental, nos habían dicho todos los comités de ética, porque el riesgo se elevaba de manera exponencial. Y yo quería realizar cerca de 12 trasplantes en una niña que todavía no cumplía los 10 años, incluyendo uno que no se había probado nunca.
»Realizamos las operaciones. Desde que recibí la noticia del accidente de Ekaterina hasta que terminamos de operar pasaron casi ochenta horas. Fui el único que se mantuvo despierto todo ese tiempo. Mi trabajo era el más importante de todos; yo era el único neurocirujano, y Ekaterina tenía extenso daño cerebral. No se pueden imaginar el nivel de complejidad de mi trabajo. Tampoco quiero imaginar lo que habría pasado si una sola cosa hubiera salido mal, una sola. Hybris, Atë. Pero terminamos. Me gustaría que todo hubiera terminado mejor.
»Mis amigos se marcharon. Dejaron de contestar mis llamadas, y debí asumir todas las funciones que ellos me ayudaron a desempeñar. Estuvieron ahí cuando más los necesitaba Ekaterina, pero me dejaron solo en el momento en que más los necesitaba. La única manera que tuve de conservarme cuerdo fue volverme recluso por necesidad: la vida de Ekaterina estaba antes que nada. No fue sino por casualidad, mi último contacto con el mundo real, que el rector de Medfield accedió a visitarme. Era una noche de diciembre, antes de año nuevo. Le pedí que viniera a vernos; le dije que, si lo que pasara esa noche indicaba que mis investigaciones habían sido en vano, yo personalmente renunciaría al cargo y devolvería todo el dinero que la universidad me había pagado, sin condiciones. Pero que tenía éxito, él podría aparecer como uno de los coautores de los artículos que se publicarían a partir de ese momento, con todas las técnicas. Hybris, Atë. Aceptó.
»Habían pasado ya tres meses y medio desde el accidente, y era tiempo de saber si lo que tendría era éxito o fracaso. El rector llegó, y le indiqué que pasara. Hice que se pusiera un traje quirúrgico y pasamos a la habitación de recuperación. Ekaterina estaba ahí, todavía conectada a los aparatos de soporte vital. «Lo que voy a hacer es muy simple,» le dije al decano, «y si fallo, quiero que llame usted a la policía y me denuncie por asesinato y por poner en riesgo a una menor.» Usé esas palabras exactas. «Si me equivoco, la vida de la hija de mi hermana se extinguirá. Pero si tengo la razón, abriremos un nuevo campo de la medicina, un campo donde estaremos un paso más cerca de conquistar a la muerte.» Hybris, Atë. Némesis y las Furias me esperaban afuera, esperando que cometiera un error, uno solo.
»Apagué una a una las máquinas de soporte vital. Retiré uno a uno los cables y las sondas. Contuve la respiración; el rector también. Ekaterina seguía respirando por sí misma; juro que podía escuchar su corazón latir. Tomé entonces la jeringa donde tenía preparado ya el antídoto para los medicamentos con los que mantenía a la niña en coma artificial. Inserté la aguja, inyecté, y esperé, temiendo lo peor.

Olmedo temblaba. Ivanka lo abrazó hasta que recuperó un poco la compostura. Aún así no lo soltó.
—Fueron los cinco minutos más largos de toda mi vida. Pero entonces Ekaterina abrió los ojos. Parpadeó, desacostumbrada a hacerlo, y entonces nos miró. La tomé de la mano, y me dio el apretón más dulce del mundo. Volvió a cerrar los ojos. Su respiración se volvió acompasada; supe que se había dormido. Le dí un beso en la frente, y me deslicé hasta el suelo, sollozando. No recuerdo nada más de esa noche; sólo que al amanecer el rector aún estaba ahí, y que Ekaterina había vuelto a despertar.
»El rector me envió personal de enfermería para auxiliarme. La recuperación de Ekaterina se realizó en un tiempo tan corto que no parecía que hubiera estado tan cerca del Hades. Salvo unas pocas cicatrices, y la pérdida de tono muscular, Ekaterina realizó una recuperación casi completa. De todo, excepto de una cosa.
»No puede hablar.
»Y no sé por qué.

Ella (8)

Capítulo 8.

Ada podía ser persuasiva si quería, así que el doctor Olmedo terminó cediendo a su plan original y Katy pasó tres semanas en casa de los Montes. Verdad es que no tenía otro remedio. Katy entró a la casa detrás de Ada, en silencio, con su maleta en la mano, mientras Olmedo le daba a Lucía y a Polo instrucciones sobre los requerimientos médicos de su hija. Pronto se estableció una jerarquía en casa y Polo comenzó a preguntarse qué hubiera pasado si Sandra hubiera estado viva y enfrentándose a esa situación. Claro que, para que eso hubiera sucedido, la cadena de eventos hubiera tenido que ser radicalmente diferente. Era auténticamente impensable.

Lucía se acercó a las niñas y les dijo que iba a tomarles medidas. Era nutrióloga, y aunque Polo se había ofrecido a conseguirle un puesto en la asociación o en la federación de rugby, pero ella no quería aprovecharse de la posición de su marido. Así que su consulta se limitaba a su familia. Obtener las medidas de Ada era fácil; lo había hecho ya tanto tiempo y llevaba tan bien su control que conocía perfectamente el estado de salud de la chiquilla. En cambio, las medidas de Katy no tenían sentido.
—Pesa demasiado para su estatura —le comentó a Polo, después de cenar— pero es más delgada de lo que debería.
—¿No te habrás equivocado en algo?
—Sugerir que me equivoqué en eso es como decir que Ada es anoréxica. Los números están bien, o la báscula no sirve. Puede fallar en uno o dos kilos, pero no en veinte.
—No entiendo.
—Tiene once años. Mide 1.50 metros. Debería pesar menos de 50 kilos; 45 para ser precisa. Pesa 65.
—No puede ser.
—Te lo digo yo, no puede ser. Pero espera, hay más. Su índice de masa corporal, calculado sólo con esos datos, es de casi 29 kilos por metro cuadrado. Pero si uso los datos de tallas, está entre 18 y 22 kilos, que es lo normal. Y su talla de ropa está en el rango más chico. Si acaso, está demasiado delgada. ¿Cómo es que pesa tanto?
Polo se mesó la barba. Lo hacía cuando pensaba.
—Y además están las cicatrices. Está llena de cicatrices la niña. Sé que son restos del accidente, pero a Katy no le gusta mostrar su cuerpo.
—Ada dice que Ekaterina estuvo con ella en el accidente de su madre. Se me ocurre algo: si la niña en realidad estuvo lo mal que me dijo Ada, se me ocurre que quizá, en un acto de locura, Olmedo hizo lo que cualquier padre haría si pudiera, y él seguro que pudo: salvarle la vida. Y se me ocurre que ha estado probando nuevas prótesis. Huesos de metal. Articulaciones artificiales. Sólo lo mejor para la niña…
—¿Ella es su conejillo de indias?
—Más que eso. Es su hija. Pero antes no lo era… No antes del accidente.
—No me digas que…
—Es una idea loca. No nos miente: no era su hija antes… pero lo es ahora.
—¿Adopción?
—No, más que eso. Síndrome del Superviviente.
—No te entiendo.
—Ada salió del accidente relativamente sin heridas, pero con trastorno de estrés postraumático. Ekaterina, seguro que lo mismo, pero con heridas graves. Me apuesto lo que quieras a que sus padres biológicos están muertos. Por lo menos su madre, que fue la mujer que estuvo involucrada en el accidente. Lo más cercano a una familia era Olmedo. Y Olmedo, con su forma de ser, le hizo algo a la mujer unos días antes del accidente. Si Sandra no hubiera perdido la cabeza, no hubiera pasado nada. Pero la perdió, y el resultado fue que una mujer murió, y un casi recluso adicto al trabajo que no sabe nada de cuidar a una hija desea desesperadamente recuperar a una mujer en especial. Si todos lo hijos se parecen a sus padres, y Ekaterina se parece lo que nosotros los especialistas denominamos «un chingo» a Ivanka Tereshkova. No sé nada de Ivanka desde que regresó a Rusia para un congreso, y mira que fuimos muy unidos cuando éramos jóvenes.
—No. No. Sé lo que tienes en mente, pero no es posible.
—No creo que se haya muerto ella tampoco. Creo que Ekaterina es la hija de Ivanka, y creo que Olmedo es el hermano de Ivanka, y creo que Ivanka está en la clínica de Olmedo, pacientemente siendo reconstruida por su hermano.
—Leopoldo, te amo y todo eso, pero esa es la hipótesis más estúpida que he escuchado en mi vida. Ni siquiera ese amigo tuyo escritor que tanto te gusta leer, ¿cómo se llama? ¿Ruiz? Ni siquiera él hubiera sido capaz de perpetrar una historia tan ridículamente estúpida, y eso que se supera con cada libro.
—¿Es cierto eso?
—Sí, lo he leído.
—No, lo de Guillermo no, lo de que me amas.
Lucía sonrió, le dio un beso en los labios, y le acarició la barba.
—Sí, eso sí es verdad.
—Quizá mañana se me ocurra algo mejor.
—Respirando espero —dijo Lucía, cerrando sus archivos.

—¿Recuerdas tu hipótesis de trabajo sobre Ivanka? —dijo Lucía una mañana mientras desayunaban.
—¿La fumada esa que te dije hace quince días?
—Sí.
—La recuerdo.
—Mira —dijo Lucía, pasándole las noticias.
«Ivanka Tereskhova nueva directora de softbol nacional». «La mejor softbolista rusa sustituye a Karla Bagatello como encargada de todas las selecciones nacionales de la especialidad, justo al celebrar su nacionalización. “Es una gran responsabilidad pero creo que puedo ofrecerle algo al país que me ha dado todo lo que tengo,” dijo en entrevista exclusiva.»
—Era demasiado bueno para ser verdad.
—Era demasiado estúpido, amor.
Ada y Katy los miraron en silencio. La niña modelo comía como una auténtica dama; Ada, en cambio, comía como un demonio de Tazmania hambriento.
—Sigue comiendo, querida, se te va a enfriar…
—¿De quién hablan? —sonó el vocalizador de Ada.
—Una amiga de tu papá, amor.
—¿Pero quién?
—Ivanka Tereshkova, querida. Tu madrina.
—¿La conozco?
—Ella te conoce a tí. Quizá sea tiempo de que vuelvas a conocerla.
—¿Puedo conocerla yo también? —sonó un segundo vocalizador.
Katy miraba alternativamente a Polo y a Lucía. Ellos se miraron, y miraron a Ada. Ada miró a Katy. Katy le devolvió la mirada, y volvió a Polo.
—No veo por qué no. Así se me quitará también la duda sobre si eres o no su hija perdida.

El timbre de la puerta sonó mientras Lucía, Leopoldo y Ekaterina terminaban de poner la mesa. Ada dejó las cosas en la mesa y fue corriendo a abrir la puerta. La mujer que estaba afuera era la versión adulta de Ekaterina, una mujer alta, rubia, blanca y delgada de un metro ochenta de estatura, con el cabello suelto llegándole hasta la cintura.
—Ах, как ты вырос, Ада —dijo la mujer, abriendo los ojos azul cielo e inclinándose para abrazar a Ada con fuerza.
—Ada no habla ruso, Ivanka querida —dijo Polo, dejando todo a medio terminar y avanzando a grandes zancadas hacia la mujer, con los brazos abiertos.
—Maldito bastardo —dijo ella, abrazándolo como si quisiera reventarlo—, prometiste que ibas a tener seiscientos hijos y todos me iban a decir tía.
—Teníamos 15 años, hermana, así que mis cálculos estuvieron un poco equivocados. Pero aquí está tu sobrina Ada.
—Es la viva imagen de Sandra y tuya.
—Un poco más de sandra que de mí, espero.
—El pelo es tuyo.
—Ahora me explico a dónde se ha estado yendo —dijo Polo, pasándose una mano por la cabeza.
Ivanka tomó a su ahijada por los hombros y se dejó guiar a la sala.
Déjame presentarte a toda la familia. A Ada ya la conoces. Es jugadora de rugby, como su padre. Donde lo encuentre lo mato al desgraciado…
Ivanka rió y miró a su sobrina a los ojos.
—Se ve que eres buena.
—Lo hizo por hacer enojar a Sandra. Pero le gustó. Ella es mi esposa, Lucía. Vamos a cumplir dos años de casados el próximo mes.
—Mis condolencias —dijo Ivanka, sonriendo—. Sé que puede ser muy persuasivo; espero que no te haya obligado por la fuerza a casarte con ella— la abrazó con fuerza y la saludó al estilo ruso.
—No tienes ni idea. No sabía que ustedes se conocieran.
—Él es mi hermano de intercambio. Cuando vine aquí me asignaron a su casa. Aprendí con él y sus padres el idioma y las costumbres, y me quedé en lugar de regresar a Rusia.
—Y ella es tu otra sobrina. Ekaterina.
—Pero si tiene la misma edad que mi ahijada… ¿Qué hiciste?
—Nada, yo nada, soy inocente. Es la hija de mi vecino. También juega softbol. Y se parece mucho a ti en uniforme.
—Me da gusto que no practiques un deporte de bárbaros como este hombre y mi sobrina. Sólo faltaría que tu también juegues rugby, hermana —le dijo a Lucía.
—No, yo soy toda una dama. Practicaba voleibol, pero nunca destaqué. Soy nutrióloga.
—Me hace falta una buena nutrióloga en la selección. Se ve que has estado haciendo buen trabajo —le apretó una mejilla a Ada.
—Ya bastantes cosas tengo por hacer…
—Nada de excusas. Si yo encontré tiempo para nacionalizarme tú tienes tiempo de ayudarme con el equipo.
—Quizá pudiera aceptar un cargo de consultora de medio tiempo.
—Suficiente para mí. Ekaterina, Ты говоришь по-русски?
Katy dijo algo lenguaje de señas.
—Dice que lo entiende pero no lo habla —dijo Ada, a través del vocalizador. Ivanka le miró la mascada de la garganta y notó la cicatriz.
—Ay, pobrecilla. No te preocupes, conozco a la persona adecuada. Es un buen amigo mío. Cuéntame qué te pasó.
—Es una larga historia —interrumpió Lucía—. ¿Por qué no pasamos a la sala?
—Ven, hermana. Tengo un vodka tan bueno que Vladimir Putin tiene una botella en la mesa de noche.

El timbre volvió a sonar un rato después; Katy y Ada fueron las únicas que lo escucharon, mientras los adultos reían y se contaban historias de su juventud. Ada volvió a abrir la puerta, y sonrió al ver que afuera estaba el doctor Olmedo. Lo tomó de la mano, sin decir nada, y lo llevó hasta la sala. Ivanka lo miró, y Olmedo la miró, con la boca abierta.
—Моё судно на воздушной подушке полно угрей. Pero si es el mismísimo diablo en persona —dijo Ivanka, poniéndose de pie.
Si Olmedo intentó retirarse, lo pensó mejor cuando Ada se puso en postura defensiva. Era mejor ahorrarse el ridículo de ser tacleado por una niña de once años.
Ivanka avanzó con largas zancadas, con esa gracia que sólo los gatos finos y algunas mujeres poseen. Lo abrazó, lo besó tres veces, y lo volvió a abrazar. Ada notó que Olmedo estaba temblando.
—Tengo quince años sin verte. Vaya si has cambiado. No queda nada de quien eras antes, ¿verdad?
—¿Se conocen? —preguntó Lucía.
—Que si nos conocemos. Claro que nos conocemos. Mira cómo estás; ven, te hace falta un buen vaso de vodka.

Ella (7)

Capítulo 7.

—He escuchado algo de usted —dijo Polo, mientras le servía al doctor Olmedo una copa de coñac.
De alguna manera Ada había convencido al doctor Olmedo de que su padre quería conocerlo, y además, tomando en cuenta que vivían en la casa de enfrente, Ada y Katy podían hacer la tarea juntas. Ada podía ser muy persuasiva cuando quería. El doctor Olmedo se había negado un tiempo, pero había terminado cediendo ante la insistencia de la niña. No sólo había cedido en eso; Katy también estaba ya jugando con el equipo de softbol.
—Se dice que es usted el líder investigación de prótesis biomédicas, ¿es cierto eso?
—Se dicen muchas cosas de mí. La mayoría son exageraciones.
—No lo dudo, pero no tanto como en el deporte. En el rugby, por ejemplo, hay quien dice que soy el mejor entrenador nacional que haya existido, sólo porque quedé en tercer lugar en un mundial. La verdad es que los muchachos podían hacerlo sin mí.
—Yo también investigué un poco sobre usted. Se retiró a una edad no muy avanzada para un deportista profesional.
—Treinta y cinco años, con una rodilla destrozada, y una articulación propensa a salirse de su lugar. Creo que me retiré a tiempo.
—Hace diez años no era posible, pero ahora podría restaurar su rodilla con mis nuevas técnicas. No tendría usted una rodilla nueva, pero sería por lo menos comparable a la que le quedó sana. Podemos hacerlo.
—Mi primera esposa intentó hacerlo, y el resultado es que puedo caminar. Con eso me conformo.
—¿Se divorció usted?
—Enviudé. Mi mujer tenía un tumor en el cerebro.
—Lo lamento.
«Yo lo lamento más» pensó Polo.
—Gracias, pero… creo que yo soy el que debería disculparse. Fue mi esposa (bueno, ex-esposa) la que chocó contra su esposa, si lo que dice Ada es verdad.
—Nunca me casé. No tuve tiempo. Ekaterina es mi hija, pero no biológica. Es verdad que estuvo involucrada en un accidente, pero no creo que hablemos del mismo caso.
—Eso al mismo tiempo me causa alivio y pesar. Pero olvidemos eso. Me comentaba Ada que permitió usted que su hija juegue softbol. Parece que el deporte le ha ayudado mucho. Pero también me dijo que necesitaba usted un favor.
—Sí. Bueno, le comento. Debo marcharme tres semanas del país. En otras circunstancias me llevaría a Ekaterina conmigo, pero voy a un centro de investigación al cual no es conveniente llevarla. Su hija, Ada, es muy observadora, y dedujo que estaba yo en un dilema. También me sugirió la respuesta. Sé que realmente no hemos sido vecinos; me la paso más tiempo en mi oficina que en casa. Ekaterina… bueno, quisiera decir que soy el padre de mi hija, pero no lo soy.
—Lo comprendo, créame. Mi segunda esposa es igual con Ada. A veces hasta parece que la hubiera parido, si sabe a lo que me refiero.
—Bueno, la cuestión es que me haría usted un gran favor si cuidara de Ekaterina estas tres semanas. Por supuesto puedo compensar su amabilidad.
—No se preocupe, no será molestia.
—Insisto. No pretendo ofenderlo ofreciéndole una enorme suma de dinero, pero… bueno, a cambio de su ayuda, me gustaría ofrecerle una plaza en las pruebas de un dispositivo en el que estoy trabajando. He notado que Ada no sólo es muda, sino que carece de cuerdas vocales…
—Así es.
—Mi dispositivo, al que llamo laringe electrónica, es un implante subdermal que puede leer ciertos impulsos nerviosos y traducir esos impulsos en sonido. Pero va más allá: mi dispositivo puede repetir el patrón del habla de una persona y proyectarlo de manera casi natural. Hay dos variantes: una laringe electrónica interna, que probaré a su debido tiempo con mi hija, y una laringe externa, que me gustaría probar con la suya.
—Bueno, entiendo que necesite mi autorización, pero creo que es Ada la que debe decidir.
—Lo entiendo, créame que lo entiendo. De hecho, quizá en este momento sea mi hija la que esté convenciendo a la suya para que acepte.

No era eso lo que estaba pasando. En la habitación de Ada, en total silencio, Katy estaba sentada en la cama mientras Ada le trenzaba la larga cabellera color miel. Katy aún vestía el uniforme escolar, pero Ada ya se había cambiado a ropa más cómoda. Una vez que la trenza estuvo terminada, Ada le dio el cepillo a su amiga y se sentó en la cama. Katy tardó un instante en decidirse, pero subió por fin al colchón y comenzó a cepillar el corto pelo negro como ala de cuervo de su compañera, hasta hacerlo brillar, y al finalizar, le hizo un par de coletas. Ada se miró en el espejo, satisfecha con los resultados, y atrajo a Katy hasta su closet. Observó atentamente a su amiga, observó el contenido de su armario, otra vez a su amiga, hasta que se decidió por un par de piezas, que parecían de su tamaño. Se las dio, cruzó los brazos. Katy miró a su amiga, miró a la ropa, y negó con la cabeza. Ada, en cambio, se limitó a cambiar un poco de postura y a hacer un gesto que, no cabía duda, era el equivalente a decir «Oh, sí, claro que te lo vas a poner.»

Katy hizo el movimiento de devolver la ropa, pero Ada se limitó a golpetear rítmicamente el suelo con el pie derecho. Katy dejó la ropa en la cama, entonces, pero su anfitriona no cambió su posición. Señaló la ropa y señaló a su amiga, en un claro gesto. La niña modelo terminó admitiendo que no podía ganar. Bajó los hombros, como admitiendo su derrota, y se quitó el uniforme. Ada se acercó a ayudarle. La niña modelo retrocedió, pero Ada no se iba a dejar intimidar por su compañera, aunque le sacara 10 centímetros de estatura. La tomó del brazo, y la hizo quitarse el uniforme. Tomó las piezas, las dobló con cuidado, y las depositó en la cama, mientras que Katy se ponía la nueva ropa. Nada mal, pensó Ada cuando la niña modelo terminó de vestirse. Le acomodó la larga trenza alrededor de la garganta, tapando la cicatriz, le puso una gorra de béisbol, y la hizo mirarse en el espejo. Luego le mostró una fotografía. Tocaron a la puerta, y Ada fue a abrir. Eran su padre y el doctor Olmedo, a quien casi le dio un ataque cardiaco al ver a su hija vestida de aquella forma.
—Por vida del rey Clarión —dijo Polo, al ver a Katy—, no puedo creerlo… ¡Pero si eres igualita a Ivanka Tereshkova!
—¿Conoce usted a Ivanka?
—Que si la conozco… Es la madrina de Ada, la esposa de uno de mis mejores amigos, y una de las mejores jugadoras de softbol que ha dado Rusia.
—Eh… Tenemos que irnos, Ekaterina. Ahora. Gracias por su hospitalidad…
—Fue un placer…
Ada depositó el montoncito de ropa pulcramente doblada encima de las cosas de la escuela de su amiga, y le puso todo en las manos.
—Te regalo la ropa —le dijo, en lenguaje de señas. Katy sólo pudo asentir con la cabeza, mientras su padre la tomaba del brazo para apurarla.
Polo de dedicó una mirada a su hija. Ella le devolvió el gesto. Los dos sabían que había pasado algo raro… pero no dijeron nada y los acompañaron hasta la puerta.
Justo al salir se toparon con Lucía, que venía de la universidad. Olmedo musitó una disculpa poco convincente sobre la hora y las molestias, y salieron.
—Cualquiera diría que son de azúcar y tienen miedo a derretirse con la lluvia —dijo Lucía, mientras dejaba sus cosas en la mesita del recibidor.