Día de Muertos (2)

30 de octubre. Hace 5 años.

—En nombre de todo lo profano… —dijo Juan, mirando el monitor. Mirando, específicamente, un pequeño punto del plano que estaba en el monitor. Volvió a revisar los dos fajos de papeles, y después, volvió a revisar el monitor.
—¿Qué pasa? —replicó Roberto, acercándose con dos tazas de café. Le tendió una a Juan, que la tomó mecánicamente y bebió un sorbo.
—Aquí hay un problema. ¿Puedes conseguirme el plano más actualizado?
Roberto revisó la fecha.
—Éste es. Lo terminé ayer en la mañana y lo autorizó el jefe anoche, después de revisarlo.
—¿Ya se mandó a producción?
—Sí, hoy en la mañana, como siempre.
—Demonios. Mira ésto y dime si ves lo mismo que yo.
Roberto revisó el plano. Las pistas de los circuitos se intersecaban de manera habitual… aunque ese no. Y ese tampoco. Y faltaba una pista entera. A un núcleo le faltaba una conexión.
—Busca qué conexión es la que falta en ese circuito.
Poco a poco Roberto se fue acercando al monitor. Revisó los papeles en el escritorio, realizó algunos cálculos, y llevándose una mano a la boca, masculló:
—Demonios…

 

La oficina se llenó de personal. Nunca antes había entrado tanta gente, pero el caso lo ameritaba. Juan entró con su taza preferida de café: la jarra de la cafetera. Las ojeras delataban el exceso de trabajo, pero ese mediodía había algo más en su mirada.
—Damas, caballeros y entes de sexo indefinido —saludó, mirando a todo su personal—, empezaré por decirles que la cagamos, y bien recio.
Todos quedaron en silencio. Juan nunca hablaba así…
—No nos dimos cuenta. Yo mismo no me dí cuenta si no estornudo mientras le daba una revisión a lo más importante de nuestro plano. Esto no fue notado durante varios ciclos de producción. Ya sabemos que hay fallos, y que nuestros fallos suelen ser mínimos. Nos enfocamos en los problemas más grandes, pero ya sabemos lo que puede desencadenar un circuito que no es resuelto adecuadamente.
Miró las fechas inscritas encima del pizarrón. En especial miró una de ellas. Fakultät für Architektur. Stadt Wien, 1908. Era, sin duda, el peor error de todos los marcados en la habitación. Un circuito que no había sido conectado entre una escuela de arte y una escuela de arquitectura había terminado en la muerte de 85 millones de personas. Aunque se reforzó el protocolo para impedir esos errores, éstos seguían sucediendo. Al menos ya no eran tan graves…
—Este es un error gravísimo, pero no inmediato. Las consecuencias, según mis predicciones, implicarán la muerte de unos 800 millones de personas. Existe una manera de reparar el error, y es relativamente sencilla, por lo cual parcharemos el error antes de que las consecuencias se extiendan. Y, como saben, el señor Kulkán está sumamente interesado en que ya no haya fallas de esta magnitud —señaló la fecha en la pared— en ningún momento de su administración. Ya saben cómo terminó la del señor Gautama. Pero necesitamos hacerlo de la manera más discreta posible. Y no sólo eso: sabemos que un cambio implica un sacrificio en el plan, y todo tiene consecuencias. Necesitamos mitigar las consecuencias antes de que esto se extienda. El parche tiene que estar operativo mañana a más tardar. Les estoy dando instrucciones específicas a cada uno de ustedes. Sólo yo conozco todo el plan, para que ustedes no tengan problemas con la administración central. El patrón lo ve todo, lo sabe todo y lo puede todo, pero no todo al mismo tiempo, así que podremos aprovechar esa circunstancia a nuestro favor. Para demostrar la importancia del compromiso, yo personalmente supervisaré y participaré en la operación. Estudien lo que tengan que hacer, tomen notas de lo importante, y destruyan su archivo. A trabajar.

31 de octubre. Hace 5 años.

Se miró en el espejo. Si todo salía bien, podría resolver el problema sin pérdida de vidas. No le gustaba desperdiciar ninguna vida, y ya bastantes se habían perdido en otros errores. Pero los otros errores no habían sido atajados a tiempo, mucho menos detectados. La administración de Kulkán era  eficiente en eso, si bien había llegado cuando ya era demasiado tarde para ejercer cambios significativos en algunas zonas. Ahora que se presentaba la oportunidad de corregir un error antes de que tuviera consecuencias, Juan estaba nervioso. Nunca antes se había hecho algo de esta magnitud en la compañía. Se puso el saco, ajustó la corbata, verificó una vez más que su arma no se notara demasiado, y miró su decálogo, pegado con cinta en su casillero.

Una puntada a tiempo ahorra el remiendo.

Aspiró profundo y cerró el casillero.
—Vámonos.

 

La policía tenía rodeado el edificio. Los rehenes estaban en fila, hincados en el suelo frente a la ventana. La calma era tensa.
—Juan —dijo el capitán. Cuidando de no tropezar con nadie, y con su arma desenfundada y apuntando al suelo, Juan se acercó al camión.
—¿Cómo está la situación, capi?
—De la chingada. Mataron a cuatro y quedan veinte personas, entre ellas una mujer embarazada. No tiene nada que ver con los demás. Los de allá adentro están muy enojados.
—¿Francotiradores?
—En posición, pero no me atrevo a dar la orden —le pasó unas fotografías—. Uno de esos cabrones les puso a los rehenes collares con algo. No sabemos qué son, exactamente. Los llenó con un polvo que me pareció pólvora. Están todos conectados a algo, que me suena similar a un pedal de hombre muerto. Lo pulsa cada tiempo, pero no a intervalos regulares, y siempre menor de un minuto. Vi uno de esos cuando estaba en Afganistán. No es bonito el resultado.
—¿Y el negociador?
—No ha podido hacer nada.
—¿Las familias?
—Todas alertadas, pero hay un problema. El marido de la mujer embarazada está allá atrás. No lo podemos calmar. No lo culpo. Yo también estaría así.
—Sabes lo importante que es esto, ¿verdad?
—Ni tú ni yo estaríamos aquí si no fuera de vital importancia. Pero no quiero arriesgar más el asunto. Bastante jodido será si tu precioso plano termina con un agujero donde no debería estar.
Juan guardó su arma.
—Voy a entrar.
—No.
—Sí.
—El jefazo se va a enterar.
—Si fallamos se enterará de cualquier manera. Una puntada a tiempo ahorra el remiendo.

Juan entró con paso calmado. Le ofreció a uno de los secuestradores su saco, a otro su arma de cargo. Abrió la camisa, se arremangó, y levantó las perneras del pantalón. Volteó sus bolsillos hacia afuera. Satisfechos, los secuestradores le cedieron el paso. Entró y se acercó a una silla. Hablaron durante lo que pareció una eternidad. Al terminar, se volvió a acomodar la ropa y se puso el saco. Parecía un caballero inglés, y con su lenguaje elegante y sus palabras escogidas se granjeó la suficiente confianza en ellos como para que le devolvieran su arma y su saco. Estrechó la mano del jefe de los secuestradores y salió por la puerta. Esperaba que los términos a los que había llegado fueran satisfactorios para ambas partes.

Con los rehenes rodeando a los secuestradores, el grupo caminó hacia una agencia automotriz cercana. Cada uno de ellos se comprometía a elegir un auto, el que fuera, y a marcharse de ahí. Debían conducir quince minutos, cada uno en una dirección diferente, y abandonar el auto. Les darían 30 minutos antes de comenzar a buscarlos. Tras ello, Juan no podía comprometerse a nada más. Se habían perdido cuatro vidas, pero aún podían salvarse 20. Los cinco secuestradores eligieron un auto, arrancaron y se fueron. No hubo tiempo de colocar rastreadores policiacos, ni siquiera dar de alta los rastreadores de fábrica en el sistema. Pero podrían rastrearlos. Juan sabía que la emoción de la caza haría que los policías los rastrearan y su crimen no quedara impune. Pero en ese instante le importaba más el bienestar de uno de los rehenes, que según el plan debía…

Lo interrumpió el sonido de un trueno.

Día de Muertos (1)

31 de Octubre. Noche.

Como cada semana, desde hacía casi cinco años, el camión del supermercado se detuvo en la puerta de la casona. Ya estaba pagado. Siempre está pagado con ese cliente. El portón se abrió para permitirles pasar a descargar su contenido sin bloquear el tráfico de la calle. En aquella zona casi completamente industrial, concurrida sólo de día pero con tráfico a todas horas, era importante no interrumpir el libre tránsito de personas. El camión se estacionó en el portón. Era amplio, de una de esas casonas viejas que habitualmente, en aquella zona, terminaban convertidas en oficinas; una de las causas por las que, de noche, aquella parte de la ciudad entraba inexorablemente a un proceso de hibernación. No todas las casas de aquella zona, sin embargo, quedaban vacías. Unos cuantos vecinos, reacios a irse, continuaban su vida. Pero de esa calle en particular, sólo aquella casona permanecía aferrada tenazmente al pasado. El camión comenzó a descargar su contenido. No necesitaba acuse de recibido. Nunca lo había necesitado. Se limitó a dejar todo, en el espacio en el que durante cinco años había servido para almacenar la compra. Perecederos de un lado, refrigerados en otro, consumibles más allá, el resto en una esquina. Era, de cierta manera, satisfactorio entregar las compras de esa manera.

El hombre ya estaba instalado en su balcón. Sentado en una vieja banca de concreto, curiosamente cómoda, a la sombra de un árbol que crecía en la acera. Una pequeña mesa con una botella de vodka grande y un vaso mediano. Con mano temblorosa, el hombre tomó la botella, quitó el sello y la tapa y los aventó al montón. Sirvió una generosa porción y la bebió, sintiendo la ardiente caricia del primer trago y recibiendo al alcohol como a un viejo amigo. Lo era. Lo era desde aquella noche de hace cinco años.

La botella se vaciaba lenta e inexorablemente. La noche cayó, temprano, y él seguía ahí. Siempre estaba ahí. Era la única señal de vida en la casa. Eventualmente se metió, tambaleante. Las compras seguían en el portón. A veces dos o tres días. Necesitaba vodka. No recordaba si había pedido vodka. Estaba siempre en la lista, claro, pero no recordaba haberlo pedido. El portón seguía abierto. Todos conocían la historia de aquel hombre, y mantenían una respetuosa distancia. Nadie entraba nunca a su casona. Nadie cerraba el portón. Nadie interactuaba con él. Era mejor así, decían. Quizá si hubiera tenido más vecinos alguien se hubiera preocupado por él, forzarlo a retornar a la sociedad, o por lo menos evitar que siguiera cayendo sin control a su muerte. Pero no los tenía. Era mejor así, decía para sí mismo. Sólo él con su dolor, ese dolor que nunca se iría.

Ella no conocía esa historia. Lo que ella conocía era el hambre. El frío. El miedo. El dolor. Los conocía muy bien. El hambre. Ella tenía hambre. Llegó a aquella zona huyendo de algo, pero el hambre ya la había hecho olvidar de qué huía. Se sentó en un rincón, donde terminaba el estacionamiento de una finca y comenzaba el estacionamiento de otra. Había una llave de agua. Estaba fría, pero era agua. Bebió hasta saciarse. Era un buen lugar. Estaba caliente y nadie la vería al menos hasta la mañana siguiente. Necesitaba descansar. Necesitaba comer. El portón se observaba abierto desde ahí. Las cosas de la compra seguían en su lugar. Nadie entraba. El tráfico disminuía. No había gente en la calle. Podía escuchar, de vez en cuando, a lo lejos, que en las casas iluminadas alguien pedía algo. Halloween. Era Halloween. Quizá podría unirse. Su apariencia no desentonaba con los disfraces, le dijo su reflejo en aquella ventana oscura allá enfrente. Se miró las manos. Había algo rojo ahí. Le dolía la cara. Sí, no necesitaba disfrazarse. Podría pedir dulces y comer algo. Tenía tanta hambre… y los dulces tenían azúcar. Energía. Necesitaba energía. Necesitaba valor.

El portón seguía abierto.  La noche estaba ya cerrada e incluso los camiones de carga dejaban de pasar. Debía ponerse de pie y conseguir esos dulces si quería seguir adelante. Si quería seguir viva. Lo intentó. Estaba mareada. Le dolían las manos, le dolía la cara, le dolía todo el cuerpo. En especial el lado izquierdo. Se tocó la mejilla izquierda y el dolor casi la hace caer. Se obligó a permanecer de pie. El portón seguía abierto. Quizá pudiera entrar y comer algo antes de que lo cerraran. Si lo cerraban. Un pan. Unas galletas. Un jugo. Algo. No había robado. Robar era malo. Pero ella siempre había sido buena y la trataron mal. Quizá podía permitirse robar algo de comer y reponerlo cuando… cuando…

Cuando tuviera un futuro, se dijo. Necesitaba un futuro. La cabeza le dolía. Trató de levantar el brazo izquierdo, pero no pudo. Le dolía demasiado. Arrastrando los pies por el asfalto en mal estado cruzó la calle sin ver. El camión redujo su velocidad para dejarla pasar, sin detenerse. Ella no lo notó. El camionero, en cambio, sí. Llamó a alguien y le informó la posición y lo que había visto. Ella entró al portón, y buscó con la mirada al dueño. No estaba. Nadie. Sólo ella. Se acercó a la comida. Galletas. Sólo había galletas saladas. Pan. Pan de caja. Tomó el paquete. Todo estaba cada vez más oscuro, pero su visión se estaba tornando cada vez más brillante, su mareo cada vez más pronunciado. Apenas sintió cuando la tomaron del hombro. Se asustó.
—No quise hacerlo —intentó decir. De su boca no salió ningún sonido. El cuarto comenzó a girar y todo se puso blanco.

El hombre la depositó cuidadosamente en el suelo del portón. La miró. Catorce años, se dijo. Malnutrida. Alguien ha abusado de ella. ¿Qué te han hecho? se preguntó en silencio. Las luces rojas y azules afuera interrumpieron su tren de pensamientos. No sabía qué le molestaba mas: lo que le habían hecho a la chiquilla, o la intromisión en sus asuntos por parte de aquellos dos patrulleros. Tres, contando al paramédico. Cuatro. El otro llegó vestido de civil y, tras enseñar la charola y una breve conversación, despidió a los patrulleros y cerró el portón.

—Lo siento mucho, amigo mío —le dijo, ayudándolo a levantarse—. No por esto; por esto lo felicito. Lo siento por lo de hace cinco años. Un error sumamente grave de nuestra parte. Confío en que lo que hicimos esta vez compense lo que pasó. Nos tomó mucho trabajo corregir el incidente de hace cinco años. Es apropiado que todo vuelva a iniciar hoy.
—¿De qué está hablando?
—Es cierto, usted no me conoce. Juan Destino, oficina de Asuntos Internos. Mientras mi compañera Ixchel aquí presente hace su trabajo con la señorita, necesito que me acompañe usted a su estudio. Me parece que es el lugar apropiado para hablar.
Lo tomó del hombro, y avanzó con él por las habitaciones polvorientas de la casona. Sin saber muy bien qué hacía, se dejó llevar. Las escasas luces marcaban el camino. Sólo había dos partes donde el polvo no era aún el rey absoluto: la habitación y la escalera que llevaba al balcón. Destino se dirigió al estudio, siguiendo cuidadosamente el camino marcado por el propietario tras cinco años de constante recorrido. La puerta estaba cerrada y el polvo formaba una gruesa capa, pero Destino abrió la puerta y encendió la luz. Quitó dos de las fundas que cubrían las sillas y las depositó, cuidadosamente, en la mesa. Se sentó en una, extendiendo una mano hacia la otra. Entendiendo el gesto, el hombre se sentó.
—Como podrá usted imaginar, esto inició desde hace mucho tiempo, pero para usted las consecuencias tuvieron lugar —miró su reloj, y observó que eran ya las 8 de la noche— hace exactamente cinco años. Permítame explicarle con lujo de detalles. Tenemos tiempo. Hoy, tenemos tiempo.