De pronto

Escuché que alguien tocaba a la puerta. Miré la hora y me levanté de mi cama, más obligado por mi responsabilidad ante la sociedad, sea lo que eso sea, que por ganas. Las luces de la patrulla iluminaban la escena, recortando su silueta, con cuatro maletas, el pelo alborotado y un olor que no pude definir hasta que me dijo «Mi casa se quemó. ¿Puedo quedarme contigo un tiempo?»

Preparé café. Era una de esas cosas que se discuten mejor con un café, aunque fuera descafeinado.
—Pero… ¿qué pasó? —pregunté, todavía sin poder comprender la gravedad de la situación. Mi reloj marcaba las tres de la mañana. Serví las dos tazas y nos quedamos en la mesita de la cocina. Las preparé al estilo canadiense, double-double: dos de azúcar y dos de crema.
—Pues… se quemó mi casa. En realidad se quemó la casa de al lado, pero la mía no quedó tan bien parada. Y pensé en ti. Tú sabrías qué hacer.
En mí. Me rasqué la cabeza mientras el café hacía efecto. Me quedé mirando su silla. Hace tiempo que nadie se sentaba ahí, no desde… *suspiro* …no desde que me quedé solo.
—Pues por ahora se me ocurre que necesitas descansar. Ya con la luz de día veremos qué hacer. Usa mi cama, yo me quedaré en el sillón.
Ella se me quedó mirando.
—No. Yo me quedaré en el sillón. —Me miró a los ojos. Estaba yo demasiado cansado como para reaccionar. Asentí. Le mostré el armario donde guardaba las sábanas y la dejé.

Desperté con el aroma de algo que se quemaba. Me sorprendí y corrí a la cocina en nada más que mis boxers. Ella estaba ahí, tostando pan y poniendo huevos fritos y tocino en un plato. Me tardé un poco en reaccionar. No sé qué me sorprendió más: que ella estuviera ahí, que ella me sirviera el desayuno, o que yo sabía que ella detestaba los huevos. Ella se sirvió salchichas y tocino de una sartén completamente diferente. Sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Mientras desayunábamos, una rápida búsqueda por las noticias me mostró que, efectivamente, su casa estaba en mal estado. La de su vecino ya no estaba. Se acercaba la hora de ir al trabajo. Ella también debía trabajar. Opté por hacer algo que, quizá, no hubiera hecho por nadie más. No desde aquella noche en que mi corazón murió.
—Llévate unas llaves.

Regresé por la tarde. No había nadie, pero era evidente que alguien que no era yo había estado ahí: no había ni un plato sucio. Miraba yo ese prodigio cuando la escuché entrar. Me sorprendió un poco, debo decir. Me había olvidado por un instante de ella. Me saludó efusivamente, y recordé por qué estaba ella ahí. Preparé algo de cenar mientra ella me contaba sus tribulaciones y su día. Otro prodigio fue que, cuando terminamos de cenar, no había ningún plato sucio.
—No tienes que hacer eso.
—Pero quiero hacerlo. Me molesta el desorden.
Arqueé una ceja.
—Como quieras —miré el reloj—. ¿Quieres hacer algo?
—Podemos ver una película —dijo. Me miró a los ojos.

Otra persona hubiera podido interpretar más en esa mirada. Pero yo no. Yo la tomé justo como lo que decía. Así que fuimos a donde estaba mi pantalla grande y vimos una película. Y otra. Y otra. Eran ya las dos de la mañana cuando decidimos dormir.  Ella se dirigió al sillón… Yo estuve a punto de decir algo, pero no me atreví. Me limité a dejar la puerta abierta…

…Y murmurando, por lo bajo, «infierno y condenación». No sabía qué pensar. Ella estaba ahí, pero no por gusto. Ero era lo que yo creía. No sería yo quien forzara las cosas. Traté de no pensar.

Al día siguiente una vez más me encontré con el desayuno listo y la cocina limpia. Me quedé mirándola.
—No tienes que hacer eso.
—Pero me gusta hacerlo. Es mi manera de corresponder.
Sonreí.

Llegó la noche, y una vez más nos pusimos a ver películas. Yo me quedé embobado. Sentía que abusaba de su confianza si le decía o hacía algo. Había pasado por un evento traumático, después de todo. Así que cuando, sentados en el sillón, ella me dijo que tenía frío, mi primer pensamiento fue ir por una manta. Pero no me dejó ni siquiera articular palabra. Ella se me acercó y se recostó contra mi cuerpo, y pasó mi brazo por encima de su hombro. Yo traté de recordar el protocolo para esas situaciones, pero no pude. Era como tener quince años otra vez.

Y aunque estaba confundido, me sentía muy bien.

Dos de la mañana. Ella tenía sueño. Era tarde. Debíamos trabajar. Debíamos dormir. Así que fuimos a dormir.

No supe qué pasó. Simplemente ella me siguió a mi cama. Y yo, como caballero que soy, dejé que se acostara. Pensé en irme al sillón, con el argumento de que realmente debía estar cansada y que realmente ese sillón no era el más cómodo para ella, pero no pude. Ella me tomó de la mano y me obligó a acostarme junto a ella. Y me quedé ahí.

Despertamos abrazados. Cuando abrí los ojos ella me miraba, sonriendo.
—Buenos días —me dijo.
Yo sonreía como un idiota cuando correspondí a su saludo.

Esa noche ella hizo la cena. Dos comidas separadas, en honor a nuestros distintos gustos y hábitos. Después de nuestra maratónica sesión de películas, nos preparamos para dormir, juntos, en mi cama. Mentiría si dijera que no disfrutaba en volver a tener una cama compartida y a alguien a quién abrazar. Me gustaba la idea de volver a ser feliz. Y ella se me acercó, y me abrazó, y cerró los ojos, mientras yo pensaba una vez más en qué había hecho para que ella estuviera ahí conmigo. La luz de la calle se filtraba por la ventana, apenas lo suficiente como para distinguirla entre las sombras. De pronto ella abrió los ojos.
—¿Qué pasaría si te beso? —me preguntó, nuestros rostros a pocos centímetros.
—No sé —respondí, honestamente—. Deberíamos averiguarlo.
Y me besó. Un beso ardiente y apasionado. Quince años otra vez. En sus brazos volví a tener quince años otra vez.

Nuestra dinámica cambió. Esa noche no vimos películas. Estábamos más ocupados en explorar nuestros cuerpos. Ella no era la más hermosa o la más piadosa, pero era una mujer valiente. Una mujer que sabía lo que quería. Y yo me sentía afortunado de estar cerca de alguien como ella. Todas aquellas largas noches conversando con la que hasta entonces consideré mi mejor amiga habían cobrado un nuevo sentido. Aquellos chistes que no me atrevía a responder por temor a meter la pata… aquellas fotos… aquellas historias. Despertamos, una vez más, abrazados uno del otro. Y ahí supimos que habíamos estado destinados desde el principio uno para el otro. Sólo nos faltó darnos cuenta antes.

Hoy es nuestro aniversario. Sonos viejos, y las canas abundan en nuestro cabello. Pero aún somos quinceañeros cada noche, y aún decimos que nos vamos a dormir temprano… y mentimos, porque lo que menos hacemos es dormir. Me temo que aún eres muy joven para comprender eso.

 

La niña miró a su abuelo, confundida. Los abuelos, en cambio, se habían acercado una vez más y habían comenzado a hacer ruido con sus bocas muy juntas…
—¿Qué hacen mis abuelitos, mami? —volvió a decir la niña— ¿Y por qué no me quiere contar cómo naciste tú?
Miró a su madre, que sólo movía la cabeza y se ponía roja de vergüenza.
—Ya entenderás cuando seas mayor.