Mensaje

Tía, perdóname.

Vas a recibir este mensaje cuando ya no puedas hacer nada. Me he asegurado de ello. Aunque, por como te conozco, sé que de cualquier manera no harías nada, pero he preferido hacerlo así y tener certeza de algo por primera vez en muchos años. Aunque de cualquier manera creo que mereces saber por qué, porque has sido para mí la madre que perdí, aún con todas tus fallas.

Me hubiera gustado haber podido saber cuándo inició todo. Podría decirse que fue cuando nací, pero no, no fue eso. Tampoco fue cuando mamá y papá murieron en aquel accidente. No fue, tampoco, cuando decidiste llevarme contigo al convento primero, y al internado después. Sé que, a tu manera, hiciste lo que consideraste era lo mejor para mí, y te lo agradezco. No sabes cómo te lo agradezco. Pero era claro desde el principio que esa no era la vida que yo quería tener. Tampoco pudo ser el momento en que tuvimos contacto con los centurianos. Seguramente fue cuando los conocí.

Lo sé, tía, y perdóneme. Fui una tonta, pero ¿qué otra cosa hubiera podido hacer? Yo debía estar ahí en esa fecha, en ese día, porque todo estaba predestinado. Sé que usted no lo hubiera aprobado. Pero lo hice, y mi destino se definió haciendo algo que ninguna de las hermanas del convento aprobarían; mucho menos las hermanas del internado. ¡Perdóneme, tía!

Fue cuando salí del internado. Por primera vez era yo una chica libre. ¡Era tan grande el mundo! Ahora era yo una señorita hecha y derecha, tía, tras salir de la escuela preparatoria. Pronto podría iniciar mi licenciatura, o quizá —supongo que eso era lo que usted quería— tomar los hábitos. Pero no pude. Tenía yo un problema, ¿sabe? Tenía yo sed de conocimientos, y en el internado mi sed siempre quedó sin apagarse. ¡Perdóneme, tía, pero es la verdad! Recuerdo cómo las hermanas evitaban mis preguntas cuando supimos de la llegada de los centurianos. ¡Ay, cómo sufrí, tratando de entender a esa nueva raza! ¿Los recuerda usted, tía? ¿Los ha visto? Yo decidí que tenía qué conocerlos. Decidí que eran los únicos que podrían apagar mi sed de saber. ¡Oh, de haberlo sabido antes quizá esto no hubiera pasado, tía! Una nueva raza, que nos había contactado en el espacio exterior y había resultado ser lo bastante similar a nosotros como para poder vivir aquí, y nosotros con ellos. Sus pieles, ligeramente rojas; sus ojos, con pupilas de gato; sus oídos, agudos y terminados en punta; sus manos, suaves y con cuatro dedos…

Y sus cuerpos. Oh, sus cuerpos. ¡Perdóneme, tía, pero no puedo olvidar la primera vez que vi sus cuerpos! Fue el seis de agosto del año pasado, en el Enclave Trece. El enclave que queda más cerca del internado, tía. Ahí conocí a Fahim y a Farah. Ahí fue cuando me ofrecieron un empleo en el enclave, y la oportunidad de estudiar en la universidad. Y yo, tía, no pude resistirme. Seguro usted sí, pero sus convicciones y su moral siempre fueron más fuertes que las mías. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Fui con Marie al Enclave. Marie, quien usted siempre dijo que era una mala influencia para mí. Ay, tía, qué razón tenía… pero por los motivos equivocados.

Marie me invitó al Enclave y fuimos ahí. No me advirtió qué debía llevar, y yo no conocía nada del Enclave, tía, porque al internado apenas y nos llegaban noticias del exterior. Así que cuando llegamos, y vimos la inmensa playa, y ella me dijo que debíamos ponernos el traje de baño,  yo no iba preparada, tía. Estoy segura que Marie lo sabía, porque me prestó uno, un bikini blanco, tía. ¡Ay, tía, nunca pensé pasar tanta pena como entonces! Usted y las monjas me habían enseñado que mostrar el cuerpo era inmoral, tía, y por un momento pensé en que tenían razón, pero entonces vi a Fahim y a Farah, y sentí como si un rayo me hubiera alcanzado, tía. Me miraron, con sus ojos de gato, y sonrieron. Y Marie los miró, y los saludó, y ellos se acercaron.

¡Y me saludaron, tía! Yo estaba cohibida. Eran los hombres más bellos que hubiera visto yo jamás, y no es que tuviera yo mucha experiencia, pero no sabía qué pasaría conmigo en ese momento. Fahim y Farah se nos acercaron, y nos dieron un beso en la mejilla, y yo sentí cómo la piel se me erizaba. Y aspiré su aroma, tía, y me embriagué. ¡Qué iba yo a saber de feromonas, tía, si nunca nos dijeron nada en el internado! Pero ellos no se aprovecharon de ello, tía, no, para nada.

Se presentaron, primero Fahim, el más alto de la pareja. No había una gota de grasa en ese cuerpo, tía, ni una sola. Fuerte, musculoso, casi dos metros… ¡Medio metro más que yo, tía, con los ojos azules más hermosos que haya visto nadie y el pelo rojo como el carbón encendido! Y luego Farah, tía, una mujer bella, veinte centímetros menor que su compañero, pero aún así 30 centímetros más alta que yo. Ojos amarillos, pelo azul, y un cuerpo de modelo, tía, favorecido por un traje de noche que resaltaba sus curvas. ¡Y me felicitó por cómo me veía yo, tía! Dijo que era yo la humana más bella que hubiera conocido. Yo, que con mi metro y medio y mis cuarenta y cinco kilos  apenas me hubiera podido defender de ellos, si me hubieran querido atacar, ¡yo era la mujer más bella que ella hubiera conocido! Me sonrojé, tía, y estoy segura que sonreí, y Marie me miró con ojos de envidia, tía. ¡Y apenas llevaba puesto un traje de baño!

Y nos invitaron a comer. Marie pronto se fue, buscando otras cosas que nosotros no podíamos darle. Pero Fahim y Farah sí podían darme lo que yo quería. Me contaron cómo era su país, en su planeta. Me contaron que estaban aquí en un intercambio cultural, que eran solteros —¡solteros, tía!— y me comenzaron a contar sobre su vida mientras bebíamos. Una bebida deliciosa, tía, que seguro usted no hubiera aprobado nunca porque contiene alcohol. Y me embriagué, tía, con ellos. Pero no lo suficiente como para no poder saber lo que hacía. Y me ofrecieron entrar a estudiar en la universidad, porque era yo la clase de chica que buscaban, tía. ¡Oh, si hubiera sabido a lo que se referían en ese entonces!

Fue una noche inolvidable, tía. En menos de diez horas había aprendido yo más que todo lo que había aprendido en el internado. ¡E ignoraba tanto, tía! Tras esa noche no hubiera podido entrar a un convento nunca más. ¡Adoraba la física! ¡Sabía dónde estaba mi futuro! ¡En las estrellas! ¡Las estrellas, tía! Ay, de haberlo sabido… quizá nada hubiera sido lo mismo, tía, de haber sabido lo que pasaría.

Pero me consiguieron una beca de intercambio en la universidad para estudiar astrofísica, y se comprometieron a ayudarme a nivelarme antes de entrar. Me consiguieron también un empleo, tía, y me invitaron a vivir en su casa. ¡Sé la cara que está haciendo, tía, la puedo ver! No pude resistirme. Me había enamorado de Fahim a primera vista, tía, ¡y al diablo las consecuencias! ¡Qué iba a saber yo, tía, si las clases de biología fueron tan elementales, y las de sexualidad, inexistentes! Y poco a poco caímos en una rutina que apagaba mi sed de conocimientos y aumentaba mi fuego interior. Me contaron de sus familias, tía, de como Farah tenía 20 hermanos, y Fahim 18, y de lo grandes que son las familias centurianas, a pesar de la escasa población de su planeta. Hasta esa noche. Cuando me dí cuenta que era yo una mujer enamorada, tía. Esa noche estuvimos ahí, juntos todos, y con la excusa de que entendiera yo la música de los grandes artistas centurianos…

Aún quedan en mí rastros de la moral que me inculcó, tía. Pero debo decirle que fue Fahim quien me acercó una copa de brandy centuriano y me besó en los labios, con dulzura. Y entonces pude sentir cómo Farah me quitaba la ropa, tía. Yo estaba confundida. No sabía… no sabía qué decir No sabía qué hacer. No estaba preparada. Casi grito, quería salir corriendo, pero no podía… porque ahí estaba el hombre que amaba en secreto… amándome… y también estaba la mujer que veía como mi rival, amándome… Pero las manos de Fahim y de Farah eran tan hábiles, que olvidé mis prejuicios y me concentré en los sentimientos.

Yo no sabía, tía, nada de la biología centuriana. Siempre pensé que Fahim era un hombre, y Farah una mujer. Y a su manera lo eran, pero no como pensé. Cuando vi sus penes… ¡Sí, tía, perdón por escandalizarla de esta manera! Porque Fahim tenía un pene, y Farah también. Porque nosotros tenemos dos sexos y múltiples géneros, tía. Pero ellos tiene tres sexos. Yo pensaba que ambos eran solteros, pero la soltería en Próxima Centauri es distinta a la nuestra, tía. Porque Fahim era un hombre centuriano, sí, igual que un hombre humano. Pero Farah no era una mujer centuriana. O sí. ¡No puedo explicarlo, tía, no en palabras que usted entienda! Farah es una hembra, como usted y como yo, pero en lugar de tener una vagina tiene un pene, como un hombre; y en lugar de producir esperma produce óvulos, como una mujer. Es una amazona, tía, porque es así el término con el que se refieren a las mujeres como ella. Y falta un tercer sexo, tía, un tercer sexo, que es genéticamente neutro, que nace sin gónadas, pero que es importantísimo. Porque es ese tercer sexo, genéticamente neutro, pero auténticamente mujer, quien lleva la carga de gestar a sus crías, tía. Una mujer más mujer, por así decirlo, que una hembra. Y yo lo era! ¡Para ellos, yo lo era, tía! Yo era la mujer que les daría hijos, que tendría una enorme familia con ellos, la razón de su existir! ¡Ellos, que habían viajado 1.3 parsecs, habían encontrado a su hembra!

Estoy embarazada, tía.

Y mi hijo no es mío, tía, pero soy su madre. Soy una hembra casada, tía. Me casé con mi hombre y con mi mujer.  Con mi esposo y con mi esposa. Habremos emprendido el vuelo a casa. A mi auténtica casa. A esa casa que no conozco pero que sé que me hará feliz. Me graduaré durante el vuelo, tía. Seré la primera astrofísica humana en graduarse en el espacio. Tengo la anuencia de las autoridades terrestres y de las autoridades centurianas. Seré la madre de una nueva generación, tía, y seré la embajadora que traerá paz y armonía entre nuestras sociedades. Porque en Próxima Centauri lo más escaso que hay son hembras, hembras como yo, tía, que puedan permitir que una amazona y un hombre puedan tener descendencia, porque ese tercer sexo es el más escaso. Y porque es muy difícil que tres personas se amen, tía, en eso podemos estar de acuerdo. ¡Y mire, que mi esposa y mi marido hayan tenido que viajar tanto para encontrarme!

Y cuando envíe esta carta, tía, yo estaré abordando la nave en el Enclave 13 que me llevará a casa. Y cuando la reciba, yo ya estaré lejos y seré feliz.

Adiós, querida tía.