Día de Muertos (y 43)

19 de marzo.

—Se realizaron las transferencias tal y como estaba planeado. Lamentablemente, como las cuentas de los receptores fueron congeladas a raíz de los sucesos de hace dos días, los depósitos no fueron realizados —dijo Chandler.
—No nos tomará ya mucho trabajo limpiar los libros. Los programas de contabilidad ya no redondean, el flujo de efectivo es constante, y la auditoría fue exitosa. Sólo nos falta encontrar a los herederos y podremos terminar el caso con éxito —dijo Anna.
—De esta manera, podemos considerar cerrado el caso —dijo Russell.
—Es correcto, señor.
—Muy bien. Creo que se lo han ganado. Los nombraré socios de la firma. En su caso, señor Lear, será la primera vez en la firma que un ingeniero es nuestro socio, pero dudo que enfrentemos un problema.
—Es muy generoso, señor —dijo Anna—, pero el capital…
—El dinero es lo de menos, señorita Bell. Con las bonificaciones que emitiré en su caso tendrán más que suficiente para cubrir la aportación de capital que se requieren.

4 de abril.

Dexter y Francisco fueron dados de alta el mismo día. Habían sobrevivido exitosamente al ricino y se habían recuperado por completo. Ixchel firmó el alta y las dos familias salieron del hospital con una sonrisa en los labios.
—Me tardé un poco, pero te cumplí lo prometido —dijo Juan, estrechando la mano izquierda de Dexter. La derecha volvía a estar en escayola.
—Ojalá te hubieras tardado un poco menos.
—Eso también te lo puedo compensar. Verás, un amigo mío está buscando alguien que pueda dar clases el próximo semestre. Es la escuela de arquitectura. Estructuras, me parece. Prefieren un ingeniero civil, ya sabes, alguien experto. Creo que serías apropiado para el trabajo. Creo que tu asistente personal y tú podrían coordinar sus agendas para que no interfiera mucho con su trabajo en la planta —sonrió, mirando a Esperanza.
—Creo que algo podremos organizar —dijo ella, abrazando a Dexter.
—Cuida a este hombre, por favor. Le gusta meterse en problemas.
—Lo haré —le dio un beso en la mejilla a manera de despedida.
—En cuanto a usted, caballero —dijo, saludando a Francisco—, tengo entendido que le ofrecieron un empleo con nosotros.
—Aún no sé si lo aceptaré.
—No tiene prisa alguna. No se han abierto las vacantes. No mientras Zazel no empiece a pensar en la jubilación. Cuide y disfrute de su familia, ahora que tiene oportunidad. Nos volveremos a ver antes de diez años, se lo aseguro.
—Siendo así, cuente conmigo —se estrecharon la mano.
—En ese caso, mi trabajo aquí está cumplido. Mis muchachos los llevarán a casa.
Los vio alejarse. Ixchel le pasó una mano por la cintura.
—¿Algún problema con ellos?
—Ninguno. Oh, bueno, tendrán un problema para decidir cómo se llamará su primera hija, pero sobrevivirán. Y ahora, ¿irías conmigo a cenar y a tomar una copa?
—Pensé que nunca me lo pedirías.
Juan sacó un reloj de bolsillo. La leontina destellaba al sol.
—Estaba esperando el momento exacto.


1 de noviembre. Dentro de seis años.

Hazel representaba a Hand y Asociados en la ceremonia de apertura. Normalmente el señor Hand estaría ahí; pero ese día tenía un acto infinitamente más importante que esa licitación, aunque esa licitación fuera para la construcción del nuevo museo que hospedaría el frágil Guernica. Un trabajo impresionante, ya que el Guernica no podía ser movido y cualquier vibración fuerte podría acabar con él. Pero la señorita Nutt había sido parte del equipo que había diseñado el procedimiento constructivo por el cual se remodelaría el museo Reina Sofía sin afectar el valioso cuadro. Nadie más podía hacerlo más que su empresa. Escuchó cómo leían el acta. Una mera formalidad. Levantó la cabeza con orgullo cuando escuchó el nombre de los ganadores de la licitación.

 

 

Amparo todavía no cumplía los dos años de edad, y tenía cierta afinidad por golpearse en todas las esquinas. Dexter era igual a su edad. Pero ahora Amparo estaba muy quieta, mirando el mar de gente delante de ella. Caridad la llevaba en brazos. Papá estaba adelante. Mamá también. Milagros tomaba fotografías y más fotografías de ese momento, mientras las cámaras grababan todo el evento. Luego editaría los mejores momentos. Estaban felices: no todos los días asistían a una graduación.

Esperanza estaba en la primera fila. Todos los honores de esa generación de arquitectos recaían en ella: el mejor promedio de la carrera de arquitectura, el mejor proyecto de graduación, el mejor examen profesional, incluso el tiempo de graduación más corto. Miró al frente. Dexter estaba en la mesa de honor. Fue elegido, unánimemente, como el padrino de la generación. Esperanza había hecho lo imposible por no tomar clases con él; sólo para evitar un posible conflicto de intereses. Ya saben, la vieja historia, profesor joven, alumna bonita, una sonrisa aquí, un guiño por allá… Ni pensar lo que pasaría cuando se enteraran de que estaban casados. Pero no había mejor profesor de diseño estructural en toda la universidad; en eso todos sus compañeros habían estado de acuerdo.

La banda cesó de tocar y el maestro de ceremonias comenzó el discurso inaugural.

 

 

Quintín Kulkán recibió en su despacho a Juan Destino.
—Seré rápido —dijo Kulkán, sirviendo un par de copas de xtabentún—. He revisado su trabajo, y me ha gustado bastante lo que ha hecho. Se ha ganado un ascenso y he querido ser yo quien se lo anuncie —bebió.
Juan hizo lo mismo. El licor le dejó un familiar calor en la garganta. Kulkán rellenó las copas.
—Me convenció su desempeño de hace seis años. Ese que corrigió el error de hace once.
—No hubiera podido hacerlo si usted no hubiera intervenido, señor.
—¿Intervenido? ¿Cómo intervine?
—El Guernika, señor. Si no hubiera usted elegido ese Guernika coloreado para colgar en esa sala, me hubiera costado mucho más trabajo.
Kulkán se sentó en el escritorio.
—Muy bien, joven.
—Todo es parte del plano. Era cuestión de llevar a la práctica el diseño y activar los circuitos apropiados en el momento justo.
—Excelente. No me equivoqué cuando lo escogí. Zurvan me dice que es usted el candidato natural para sucederlo.
—Es un gran honor.
—Empezará a trabajar el próximo lunes directamente con él.
—Claro que sí. Oh, perdón, el lunes no puedo.
—¿Qué? ¿Por qué?
Destino sacó un sobre lacrado del bolsillo interior del abrigo.
—Es el día de nuestra boda, señor. De Ixchel y mía. Confío que pueda asistir con tan corta notificación.
—Creo que podré hacerme tiempo para asistir —Kulkán sonrió. Brindaron con las copas de xtabentún—. Así lo ha dispuesto el Destino.