Día de muertos (42)

17 de marzo.

—¿Cuánto vivirá? —preguntó Zazel, subiendo en la ambulancia. Encendió un cigarrillo.
—Lo suficiente —dijo Ixchel. La puerta se cerró y se pusieron en marcha.
—Ricino —dijo, entregándole la bolsita con la bala. En el pico encontrarían lo mismo. También en el cuchillo. La herida tenía un feo aspecto.
—Casi toda la cera está ahí.
—Le dolerá un rato. Pero no morirá.
—Ninguno morirá. No hoy.
—Me apetecía trabajar con éste.
—Tendrás tu oportunidad mañana. Lo dijo Juan.
—Son cosas del Destino, ¿verdad?
—Sí.
—No sé qué le ves.
—Es impredecible. Eso me gusta. Me gustó también lo que hiciste allá adentro.
—Haremos un poco de papeleo, pero funciona. Era necesario el revuelo.
—¿Por qué no detectaron las armas?
—¿Quién dice que no las detectaron? Fue un simple error que alguien hubiera estado volteando para el otro lado, o que le hubieran hecho una pregunta a destiempo al guardia. Nada grave…
—Tres murieron.
—Me lo debían. Se escaparon hace cinco años, cuatro meses y dieciséis días, y en cambio, tuve que llevarme a seis que no debían estar ahí. Siete, si contamos a la pequeña. Me falta uno para cerrar el expediente.
—Sólo un día más.
—Soy un hombre paciente. Siempre lo he sido. Por eso soy tan bueno en lo que hago.
Se caló la capucha y se reclinó en el asiento, el humo cubriéndole la cara. Ixchel lo miró. En la oscuridad, para cualquier persona cuerda aquella imagen debía ser aterradora.

 

Dolía. Ardía. Francisco pasaría algunos días más en la cama del hospital. El personal estaba atento; el envenenamiento por ricino no era común, pero tampoco desconocido. Electrolitos intravenosos, medicamentos para controlar la presión arterial, anticonvulsivos… Y Mariana junto a él. Se lo debía. Se lo habíá prometido. No moriría. No hoy. Miró al hombre de la capucha con el cigarrillo en la boca, sin encender. Hizo una caravana de despedida, casi imperceptiblemente. Zazel le dejó un paquete antes de retirarse.
—Ábrelo, amor —dijo Francisco. Mariana lo abrió.
Ella sacó un chaquetón de piel con una capucha. Lo extendió. Le quedaría bien, decidió.
—Te protegerá del frío y de la lluvia cuando regrese el invierno. Me gusta.
—Sí. Creo que lo usaré.
Una parka. Apropiado. Sobreviviría. Se lo había dicho Armando Zazel en persona. Y tenía un trabajo para él en su departamento. Era un elemento valioso, paciente, que conservaba la calma y pensaba rápido. Sería muy bueno en su sección. No tenía que aceptar de inmediato. Geráis tendría mucho tiempo para pensarlo y podría ver crecer a sus hijos. Mariana lo tomó de la mano. La herida ardía, pero se pondría bien.

 

Dexter abrió los ojos y miró un techo desconocido. El hombro le dolía horrores. Ningún hueso roto en el hombro, suponía. Conocía el dolor de un hueso roto. La mano estaba rota otra vez, lo sabía. Pero el hombro dolía horrores. Siempre el brazo derecho. Es curioso, se dijo. Había una gran cantidad de líquidos entrando por sus brazos. Parpadeó. Quiso girar un poco la cabeza. El cuerpo entero le dolía. Miró el cielo. Debía ser de noche. Las constelaciones estaban ahí: Casiopeia, Cisne, la Osa Mayor. No. No eran constelaciones. Eran Milagros, Caridad y Esperanza. Quiso hablar. El hombro le dolía y tenía una inmensa sed.

Esperanza despertó. Se acercó presurosa. Él pareció reconocerla.
—Me diste un susto de muerte.
—Nunca más. Te lo prometo.
— Hablé con los médicos. Te pondrás bien.
—¿Y el juicio?
—Ni siquiera comenzó.
—Duele.
—Lo sé. Pero pronto iremos a casa.
Miró su hombro.
—Se supone que yo soy quien debe cuidarlas a ustedes.
—Lo hiciste. Mejor que nadie —comenzó a llorar en silencio.
—¿Y tu padre?
—No lo sé y no me importa. Me importas tú.
Esperanza miró la habitación. Miró a sus hermanas. Miró al hombre que amaba. Tomó una decisión. No se separaría de él bajo ninguna circunstancia. Lo había visto tan claro como su estuviera dibujado en un plano.

Dexter cerró los ojos un instante. Él también había tomado una decisión. Le dolería, pero ya estaba acostumbrado. Abrió los ojos y se apoyó en el brazo derecho. Con el brazo izquierdo atrajo a la joven hacia sí. La besó apasionadamente.
—Deberías correr lejos de mí. Eres muy joven. No eres una mujer sino una bebé. Deberías estar con tu madre.
—Claro que sí, anciano —dijo ella, riendo—. Sólo me llevas 16 años y de cualquier manera quiero un noviazgo de dos años, ¿te enteras?
—Te amo —dijo, cerrando los ojos.
Ella subió a la cama y se acurrucó en su lado izquierdo.
Era un hombre bueno y un hombre inocente. ¿Qué más podía pedir?

 

Despertó. No tenía ni idea de dónde estaba. No era la primera vez que eso pasaba. Había algo mal. Un hombre inteligente como él sabía reconocer cuando algo estaba mal. Levantó el brazo derecho. Faltaba algo…
—Tuvieron que retirar tu mano. De todos modos no la ibas a utilizar más —dijo Zazel.
La capucha de la sudadera ocultaba la cara macilenta, las cortinas echadas ponían todo en penumbra. Había un cigarrillo encendido, y el humo se acumulaba frente a él.
Sintió miedo. Miedo como aquella noche de abril…
—Podemos hacer las cosas fáciles o difíciles. A partir de mañana eres mío, cabrón.
Miró el muñón.
—Te ayudaría. Te hace falta una buena mano. Pero no. Mañana te trasladan al hospital de la cárcel. Un buen amigo tienes ahí, ¿no? Numa Pompilio Baeza, me parece que se llama. Creo recordar que es tu tío. Un tipazo, como tu padre. Y ya sabes, la manzana suele no caer muy lejos del árbol. Me pregunto qué dirá cuando sepa lo que hiciste en el juicio. Te cargaste a tres, ¿sabes? Sólo queda un nombre en mi lista de aquel primero de noviembre de hace 5 años, cuatro meses y… veamos, en diez minutos más, diecisiete días, ya.
Sonrió, la sonrisa mostrando unos dientes blancos y rectos, los ojos hundidos, la nariz chata, la piel macilenta. Se fijó en el nombre de la placa que colgaba de su cuello. A. Zazel.
—Mira nada más la hora que es. Casi es medianoche. Debo marcharme. No hagas locuras; está muy alta la ventana y nadie te vería caer. Te veré en media hora.

 

Cerró la puerta al salir. El guardia apostado estaba en la silla, dormitando. Dio vuelta al seguro. Era inteligente tener el seguro por fuera en esas habitaciones; imposibilitaban que el sospechoso saliera en secreto.

Bajó por la escalera. Tenía tiempo. Miró la escalera de emergencia, y se sentó en los primeros escalones, cerca de la zona marcada como punto de encuentro. Se apoyó en el barandal y encendió un cigarrillo. Fumó tranquilo, sin que nadie lo molestara. Miró su reloj. Aún quedaban unos minutos. Ya lo había dicho el ingeniero que revisó ese hospital: descolgarse por la ventana de la habitación más alejada para alcanzar la salida de emergencia era peligroso; se necesitaban dos buenas manos para asirse y no resbalar. Había que hacer cambios para ajustar ese falla. Un accidente, nada más. Se retiró la manga izquierda, dio la última calada al cigarro y lo apagó en la vieja cicatriz junto al xoloitzcuintle, ese que siempre acompañaba a los muertos en el viaje al Mictlán.

Si gritó, no lo escuchó. Sintió la vibración en el suelo. Se puso de pie y caminó hacia el punto de encuentro. La mirada vacía de Aquiles era casi como la suya.
—Hora de la muerte, veinte minutos pasada la medianoche, 18 de marzo. Al forense no le va a gustar el cagadero que dejaste, muchacho.