Día de Muertos (41)

17 de marzo.

Zazel terminó de fumarse el cigarrillo. Se levantó la manga izquierda de la sudadera y se tocó el viejo tatuaje en forma de xoloitzcuintle. La cicatriz seguía doliendo tras tantos años. Era un buen recordatorio de su trabajo. Miró el reloj, apagó la colilla en la vieja cicatriz y se caló la capucha. Era hora de trabajar y todos los sabían. Se dirigió a la sala de juicios orales. Nadie lo interrumpió en su camino. Era como si no estuviera ahí.

Con la experiencia de los años, Zazel entró sin hacer ruido por la puerta de los jueces. Pudo observar a la izquierda a Dexter, Erwin, Esperanza, Caridad y Milagros. Estaba también el guardia de seguridad, Francisco. Un buen elemento. Quizá lo reclutara en un futuro. A la derecha, Rocco, David, Jonathan y César. Evidentemente, nerviosos. No era fácil estar con aquel hombre. Aquiles estaba apenas tomando asiento. Lo miró. Calvo, gordo, traje barato, una corbata vulgar, la mirada de quien sabe que el mundo lo desea muerto. El área de reporteros estaba vacía. Nadie más atestiguaba el juicio. Mejor. Le gustaba cuando su trabajo era mucho más sencillo. Melchor, Gaspar y Basaltar en el estrado de jueces. Ruy e Ixchel en el estrado de testigo. Juan estaba junto a la puerta, de pie, junto al policía. Zazel lo miró a los ojos, con la mirada vacía característica de su trabajo.

Juan asintió.

Para otra persona hubiera sucedido muy rápido. Incluso con las cámaras grabando aquello requeriría una profunda concentración para observar lo que pasaría. Zazel observó desapasionadamente. Un trabajo sencillo. Había visto miles de esos a lo largo de los años. Todavía estaba en facultades. Kulkán lo sabía, Nubis lo sabía, Akarana lo sabía, Lúgh lo sabía. Lo sabía Ixchel y el Destino también. Era su trabajo y nadie era mejor que él en eso. Su único orgullo, y no era nada para sentirse orgulloso.

Exhaló. El aire se tornaba frío cada segundo que pasaba. Avanzó. El Guernika de colores contrastaba con la gris atmósfera general. Sólo había una salida, y el Destino la bloqueaba. Ahora sólo había que esperar. Era bueno haciendo eso.

 

Rocco se puso de pie. Se veía imponente, como una montaña. Sólo debía decir que la otra parte no había presentado los documentos relevantes del caso y ganaría. No había modo de perder, a menos que Aquiles cometiera un error. Ya bastante enojado estaba, y enojado aquel hombre era incapaz de pensar. Terminaría rápido y se iría de ahí. No volvería a tomar un caso para esos hombres. Nada valía tanto. Había llegado a su límite. Se sentía asqueado. Miró a los jueces, ajustó el micrófono, e intentó agradecer el uso de la palabra. Sus labios se separaron…

Aquiles se puso de pie. ¿Qué clase de broma de mal gusto era aquella? Golpeó con las manos el escritorio. Lanzó un golpe a la izquierda. Era culpa de su abogado. Cayó como una avalancha, rompiendo las patas de la silla en el proceso. Golpeó a la derecha. El agente del ministerio público no supo por qué todo se puso rojo de repente y se encontró en el piso de mármol. Aquello era inadmisible. Lo habían planeado todo. Le habían tendido una trampa. Se giró. Ahí estaban esos desgraciados. David. Jonathan. Cesar. Debió haber acabado con ellos cuando tuvo oportunidad. Debió darles C4 en lugar de plastilina. Sacó su arma. Recién impresa. Balas de plástico endurecido con carga de ricino. Mortal a corta distancia. Ningún detector de metales podría detectarla. No lo hizo hoy, no lo haría nunca. Disparó una, dos, tres, cuatro veces. David recibió la bala en medio de la frente. Jonathan, en la boca. César, en el cuello. La cuarta bala pegó a centímetros de la oreja de Rocco. Quedaban cuatro. Era un hombre inteligente, ¿no era verdad? El diseño era para cuatro balas. Él lo había modificado para ocho. Subió el arma y dio un paso. Sabía dónde estaría Dexter. Se había pasado la noche practicando todos los movimientos necesarios; era un hombre previsor. La mueca que hacía las veces de sonrisa dejó ver unos dientes amarillos y torcidos. Disparó. Pum, Dexter. Pum, Esperanza. Pum. Caridad. Pum. Milagros. Pudo ver cómo la bala viajaba en el aire, y pudo ver cómo Dexter se lanzaba hacia adelante. La bala se desvió. No importaba. Las otras tres pegarían y todavía tenía un as bajo la manga.

 

Francisco se puso en acción en cuanto vio que Baeza se levantaba. No le importaba la vieja herida de la pierna, la del ejército. Sus reflejos eran igual de rápidos que antes. Se lanzó sobre las chicas y las cubrió con su cuerpo. Se lo había pedido su jefe, pero no necesitaba decirlo. Les dolería. Sintió tres ráfagas pasar por encima suyo. Las escuchó. La bala que te preocupa nunca es la que escuchas; esa ya está demasiado lejos para hacerte daño. Deseó haber traído su arma…

 

Dexter sintió el impacto en el hombro derecho. No se giró para mirar. No iba a permitir que aquel hijo de mil putas hiciera más daño. Tiró la mesa al frente y saltó por encima. No tenía más ojos que para Aquiles. No tenía más preocupación que Esperanza. Sintió que alguien lo tomaba de la pierna y lo hacía trastabillar…

 

…Sin duda, él hubiera hecho lo mismo de estar del otro lado. Francisco supo lo que Baeza iba a hacer. Un as bajo la manga, claro. El pico, cuidadosamente balanceado para ser lanzado, del tamaño y del peso ideal. Quizá cubierto con algún veneno. Él lo hubiera hecho. Entrenó para eso en Operaciones Especiales. Sólo tenía una oportunidad. Él también lo hubiera hecho. Pasó la mano por debajo del barandal. Sólo necesitaba hacerlo perder el equilibrio. Que bajara su centro de gravedad. Después podría hacer lo que quisiera. Intentó tomar la pierna del pantalón, pero encontró el tobillo. Empujó con todas sus fuerzas…

 

¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo era posible que fallaran tantos elementos de seguridad? Los jueces estaban demasiado atónitos como para reaccionar. Baltazar vio pasar el pico y encajarse en el respaldo del asiento. Melchor vio caer a los tres hombres detrás del agraviado. Gaspar alcanzó a observar cómo el hombre del traje barato se lanzaba contra las tres jóvenes. Ninguno alcanzó a observar más que un borrón negro entre el caos.

 

Soy un hombre inocente, se repetía Aquiles. Un hombre inocente. Merezco respeto. Sacó el cuchillo. Aquello terminaría mano a mano. Se llevaría a las mujeres con él, porque eso terminaría aquí y ahora. Empuñó el cuchillo como había aprendido con Numa Pompilio. Era lo único bueno que había aprendido de ese asqueroso bastardo. Mataría primero a ese inmundo animal que se estaba cogiendo a su hija. Sólo él tenía derecho a hacerlo. Era suya. Gritó. Sintió que algo le quemaba la mano, sintió que algo lo golpeaba en el vientre, sintió que el piso cambiaba de posición, sintió que el pecho le ardía, sintió el dolor en la cabeza, sintió confusión; aquello no sentía sentido. No era eso lo que había planeado. No estaban respetando sus planes. No lo estaban respetando. Un chorro rojo cubrió sus ojos, intentó parpadear para aclararse la vista. Escuchó un chasquido y un rayo de dolor recorrió su cuerpo. Vio un puño rojo desenfocado, pero ya no sintió nada. Giró la cabeza y alcanzó a mirar el Guernica de colores. Ah, se dijo. Ahora lo entiendo. La vida no es en blanco y negro. El Guernica se volvió monocromático. Luego todo se puso negro.

 

Alfredo Mata reaccionó al escuchar el primer disparo, pero no pudo hacer su trabajo sino hasta un par de segundos después, cuando quitó el seguro de la funda, sacó el revólver y dirigió la punta del cañón hacia el frente. No tuvo tiempo de apuntar; pero sabía a dónde debía apuntar. Confió no en sus sentidos sino en su entrenamiento. Como si una mano guiara su bala. Apretó el gatillo. Pudo ver el trazo de fósforo blanco incandescente dirigirse a donde sabía que debía dirigirlo. La bala golpeó la muñeca del atacante. El chorro de sangre, huesos y tendones lo confirmó. El cuchillo cayó. Con el arma al frente, se dirigió al frente de la sala. Si se preguntó por qué aquello no era un caos, no lo externó. Sólo hacía su trabajo. Para eso había entrenado. El hombre estaba en el suelo. Perdía sangre; el otro estaba sobre él, tomándose el hombro derecho. El hombre de la capucha negra se acercó.

 

Miró, satisfecho, el trabajo. En otras circunstancias estaría muy alegre de llevárselos a todos en ese mismo instante. Miró a Juan, aún en la puerta. Movió la cabeza en sentido negativo. Juan asintió. Puso la bota en el brazo derecho del gordo. Había que detener el flujo de sangre. No se lo llevaría hoy. Pero se lo llevaría.
—Eres mío, hijo de mil putas —dijo Zazel por lo bajo. El gordo no podía escucharlo, pero le gustaba oír su voz. Era lo único que hacía tolerable su trabajo.

 

Ixchel tenía prioridades. Baggins primero, Dressing después, Fillmore en tercer lugar. No hubo oportunidad. Baggins se ahogaba en su propia sangre; Dressing trató de contener el chorro con la mano, hasta que perdió las fuerzas; Fillmore miraba el techo con los ojos muy abiertos. Nada qué hacer. Miró a Baeza. Mientras Zazel hiciera presión, tendría tiempo. Francisco trataba de ponerse de pie. Lo obligó a recostarse en el piso y rompió el traje. Una bala había rozado la piel pero no se había alojado. Sospechaba de la bala. Limpió la herida lo mejor que pudo con el kit que siempre llevaba consigo. Necesitaba que el pinche gordo cabrón continuara vivo para interrogarlo. Las chicas estaban sanas. Se preguntó si lo habrían visto todo. Los paramédicos aún estaban a cinco minutos de llegar; los policías llegarían en cualquier momento si el Destino no los detenía. Lo miró. Estaba en la puerta. No se movió. Bien. Se concentró en Dexter. Se cubrió la mano con alcohol y arrancó la tela en el hombro. Hurgó metódicamente en la herida con los largos y afilados dedos, y sacó una pequeña bolita, aún cubierta de cera. Zazel le alargó una bolsita. La revisaría después, pero ya sabía lo que tenía. Era sólo cuestión de saber cuánto había entrado en el sistema. Colocó una compresa. Vio que esperanza se acercaba. Sí, serviría. Tomó la mano de la joven y la colocó sobre la compresa. Sólo mantén presión, le dijo, en lo que terminamos. El pinche gordo cabrón sangraba, pero viviría lo suficiente. No necesitaría esa mano. No con lo que le quedaba de vida. Aguja e hilo. Calculó la longitud. Cortó. Lo había aprendido de Nona, Laquesis, y Aisa. No necesitaba mucho. Completó el trabajo, y puso una compresa en la cabeza, para detener el sangrado. Asintió.

Zazel quitó la bota.

Juan abrió la puerta.

En segundos aquello fue un pandemonio.