Día de Muertos (40)

17 de marzo.

—Esto son los tribunales —dijo David.
—Eso es cierto —confirmó Juan.
Bajaron del auto. El hombre de la sudadera se bajó la capucha y apagó el cigarrillo.
—Los estábamos esperando. Creo que encontrarán más agradable el clima adentro que afuera.
—Hola, Juan. ¿Quienes son tus amigos? No se ven muy bien, parecen demasiado pálidos —comentó Ixchel en la puerta—. Cualquiera diría que vieron un cadáver.
—Debe ser la luz —dijo Juan—. ¿Te vas?
—Buscaré algo de almorzar y regreso. Soy testigo en un juicio dentro de media hora.
—Ah, mira. Qué casualidad, ellos también.

 

Rusty estaba junto con Chandler. Aquello serviría, sí… siempre y cuando tuvieran un caso. Lo preocupaba más el caso de Erwin.
—¿Pruebas?
—Estados de cuenta, contratos, transferencias, y el código relevante insertado en el sistema de contabilidad a plena vista. Tan obvio que por eso nadie se dio cuenta.
—¿Estás completamente seguro?
—Total, completa y absolutamente seguro. No tengo duda. El mejor amigo del hombre no es el perro: es el chivo expiatorio.
Rusty caminó por la pequeña sala.  Estaba nervioso.
—Y la única manera de impedir que se cometa un fraude monumental es…
—No hacer nada —completó Chandler—. Un cien por ciento de nada.
Rusty se secó el sudor con un pañuelo.
—Un cien por ciento de nada —repitió.

 

Erwin y Dexter terminaban la preparación antes de entrar a la sala.
—Ya lo practicamos muchas veces. Ellos tratarán de desacreditarte. Pueden lograrlo. Pero tú y yo los vamos a vencer porque tenemos la razón y nos asiste el derecho, si no la ley. Mantén fija la mirada en los jueces. Responde sin evasivas pero sin explayarte mucho. Si se puede contestar con un monosílabo, mejor: que ellos se esfuercen. No pierdas el control. Como en el rugby. Que te acorralen cerca del in goal, para después pasar el balón y descolgarte por banda.
—¿Y Esperanza?
—Estará bien, muchacho. No has hecho nada de qué avergonzarte.
—Estaría más tranquilo sabiendo que pueden condenarme por estupro antes que por pederastia.
—Nadie te va a condenar, muchacho. Esto es un juicio de patria potestad, y no es como si tu chica estuviera embarazada, ¿verdad?
—No.
—Tenemos pruebas abrumadoras a favor, prácticamente nada en contra. Todo muy casto. Relación entre un hombre joven y su eficiente asistente personal. Alégrate, muchacho. Ellos tienen un caso difícil. Más si las niñas están aquí. Los jueces lo verán y nos marcharemos a casa como una familia contenta.
Dexter tenía los codos apoyados en las rodillas, las manos apoyadas en la boca. Estaba nervioso.
—¿Qué es lo peor que puede pasar?
—Que en este momento caiga un meteorito y barra por completo el tribunal.
—Sabes a lo que me refiero.
—Mírame a los ojos. Sé que preferirías hacerte el mártir. Sé que pasarías la vida en la cárcel si supieras que con eso Esperanza sería una mujer feliz. Es tu decisión, y la respeto. Pero eso no va a pasar hoy. Hoy lo que va a pasar, póntelo muy en claro, es que vamos a ganar la custodia de las chicas. Custodia. Diferente a patria potestad. vamos a anular una patria potestad. Serás un tutor. Y en año y medio, se extingue la responsabilidad de tutor que tienes sobre la mujer a la que amas. Entonces podrás ser un hombre completo, no la piltrafa humana que eres ahora. Mírate. ¿Qué diría Remedios si te viera? Puedo escucharla como si fuera ayer. Eres un buen hombre, Dexter, y eres un hombre bueno. Eres un hombre inocente. No tienes ni la más puta idea de lo difícil que es representar a un hombre inocente.

 

Entró por la puerta del fondo y se dirigió al segundo escritorio de la derecha, tercer asiento. Era la víctima; era su lugar. Estaba ansioso. ¿No tenía derecho a estarlo? Era evidente que iba a ganar. Era un hombre inteligente. Claro que iba a ganar. Se marcharía con sus hijas. Esa misma noche aprenderían a respetarlo. Las tres. Sí, las tres. Y se marcharían al día siguiente, a un lugar que sólo él conocía. No tendría qué salir del país ni siquiera. Y presentaría a la mayor como a su esposa, y lo respetarían. Miró las cámaras. Sonrió. Así podría pasar a la posteridad como un hombre respetable, claro. Rocco se sentó a su lado. No lo necesitaría más. No le pagaría, tampoco. Al contrario, él le debía. Había soportado  a ese asqueroso bribón de Numa Pompilio. Le recordaba a su padre. Él no era como su padre. Él sí era un hombre inteligente. Se palpó el saco. Ahí estaba su seguro de vida. Había sido tan fácil. Y la había armado en el baño. Con los ojos cerrados. Nada era imposible para un hombre tan inteligente como él.

 

Miró la imagen detrás de los jueces. Aquello estaba mal. Era inadmisible. El toro tenía la cabeza roja, no blanca. La mujer es rubia. El niño lo miraba. El niño estaba muerto; no podía mirarlo, ¿o sí? El cielo es de color madera. La luz de la lámpara es amarilla, un amarillo aceitoso, iluminando al caballo, que no es blanco sino alazán. En el suelo el hombre descuartizado tiene galones y estrellas de soldado, es azul, y rosa y negro y verde y rojo. La espada es de color oro, la flor, roja. La mujer de la ventana es morena, la lámpara ilumina con aceite color azul. La mujer envuelta en llamas es de color rojo y oro y plata. Lo hicieron a propósito. Lo hicieron a propósito. Malditos bastardos, lo hicieron a propósito para desconcentrarlo…

17 de agosto. Hace un año.

El señor Kulkán visitaba el edificio. A veces debía visitar el suelo para poder apreciar el cielo en toda su magnitud.
—Quintín. Qué gusto verte por aquí —dijo Nubis.
—Arthur. un gusto.
—Llegas justo a tiempo para dirimir una cuestión de vital importancia. Recordarás el concurso que hicimos hace unos meses, para que los niños en edad escolar iluminaran un Guernica. No podemos decidir al ganador.
—Pensé que eso ya estaba premiado.
—Oh, por supuesto. A lo que me refiero es que tenemos los cuadros listos para ser colgados en las salas de juicios orales, y no podemos decidir cuál colgar en cada una.
—Oh, bueno, siendo así, estaré contento de resolver ese caso —sonrió. Ojalá todo fuera tan fácil.

Lo sabía desde antes de ver los cuadros. La versión con las figuras en color piel, más moderno, iría en la Sala A. El otro, un poco menos policromático, más egipcio, en la sala B. Él mismo cortó el listón que inauguraba las salas. Miró el cuadro. En exactamente 213 días ese cuadro desempeñaría un papel radical, y ni siquiera podían imaginarse las repercusiones. ¡Ah, qué malvado era el mundo que inducía al hombre a pecar! ¡Qué difícil era mantener el buen camino!