Día de Muertos (39)

17 de abril.

Se vistió lenta y meticulosamente. Su mejor traje. La corbata negra y azul a rayas era el único elemento que lo distinguiría en la uniformidad de la sala de juicios orales. Eso y su posición. Miró a Esperanza. Ella también estaba vistiéndose lenta y meticulosamente. No le dijo nada.

Se había puesto el traje color chocolate. Ahora sí le sentaba como un guante. Una cascada de pelo a la derecha, al frente. Otra a la izquierda, atrás. La Osa Mayor destacaba. Estaba hermosa. La protegería hasta el final. Se lo había prometido a Griselda, a Remedios, y a Consuelo. Se lo había prometido a Milagros y a Caridad. Se lo había prometido a Esperanza. Y se lo había prometido a sí mismo. Y nunca había dejado de cumplir una promesa.

Caridad y Milagros se vistieron lo mejor que pudieron. Esperanza les retocó un poco el peinado. Parece su madre, se dijo Dexter. Todos estaban inusualmente en silencio. La casa también. Como si los hubiera abandonado.

Pero no. Él lo sabía. No debía hacer nada. La casa no los distraería. Salieron. Francisco ya los esperaba en la puerta. La camioneta estaba lista. Sus mejores elementos. Miró a Esperanza antes de salir. Ella luchaba por no temblar. Necesitaba un apoyo, pero no sabía cómo darle apoyo.

O sí sabía. La casa se lo dijo. Hacer mucho sin hacer nada. Extendió la mano.

 

Esperanza lo miró. Lo necesitaba tanto, pero todos los hombres le habían hecho daño. No. No todos. No podía ser injusta. No podía generalizar. Sólo los hombres malos le habían hecho daño.

Él no lo era. En el fondo, lo sabía. Sólo era un hombre lastimado. Quería creer en él. Quería tanto creer en él. Había quien corría de una posible pelea. Ella era una de esas personas. Pensaba que no podía ganar nunca. Había aprendido a callar y obedecer. Pero lo conoció y supo que podía haber algo más que dolor y desgracia. Él lo sabía. Sabía que era una pelea que podía perder y a pesar de todo estaba ahí. No tenía por qué hacerlo. O sí: por amor. Supo que era injusto lo que le pedía que hiciera desde el mismo momento en que pronunció las palabras, pero a él no le había importado. Había mantenido sus promesas. Él, realmente, era un hombre inocente.

Sabía que podía herirlo por puro despecho. Había hecho tanto por ella y no se lo había agradecido nunca lo suficiente. Recordó aquella noche en que llegó a su casa. No la conocía. No tenía ningún modo de conocerla. Pudo haberla sacado de ahí, pero no lo hizo. Pudo desentenderse de ella, pero no lo hizo. Le dio lo que nadie le había dado antes. Respeto. Cariño. Y lo hizo porque quiso. Pudo tomar millones de decisiones, pero eligió una. Amor. Estaba segura que eso era amor.

Él extendió la mano. Ella sabía perfectamente lo que debía hacer. Estaba claro. La casa lo sabía. Ella lo sabía. Lo tomó de la mano y sonrió.

 

 

Fillmore tomó la taza de café bajo la cafetera. Introdujo la cápsula con espresso y encendió la máquina. La última gota cayó cuando alguien tocó a la puerta.
—Buen día, David —dijo Juan, tirando la taza en el suelo—. Ups. Ven conmigo. Te compensaré por ese café que te tiré.

 

Baggins tenía hambre. Subió al auto y se encaminó al mismo lugar a donde iba siempre a desayunar. Necesitaba su bagel con queso crema y salmón como otros necesitan alcohol o café. Habitualmente después llegaría a su oficina, llenaría algunos informes, y vería por la ventana cómo molían vidrio y lo mezclaban para hacer el concreto. No ahora. No desde que Hand había regresado. Alguien tocó la ventanilla. Le hizo una seña hacia su llanta delantera. Baggins detuvo la marcha y bajó. La llanta se veía rara. Como si tuviera un tumor, ¿no era cierto? Entonces la llanta explotó. ¿Cómo podía explotar una llanta? Se dio cuenta de que, si hubiera estado circulando, hubiera podido matarse: adelante estaba el puente y si hubiera perdido el control…
—¿Problemas, Jonathan? —dijo la voz de Juan, descendiendo del auto.
—Un neumático reventado.
—Bueno, lo menos que puedo hacer es darte un aventón. Iba a buscarte a donde vas a desayunar todos los días. Sube. Le harás compañía a David.
—¿Estoy detenido?
—Dioses, no. Es una feliz coincidencia que vayamos todos al mismo lugar hoy, ¿no? Tengo entendido que el espresso es muy bueno, y los bagels también.

 

César Dressing era un hombre medio calvo y gordo. Pero podía levantar doscientos kilogramos sin problemas. Le gustaba disimular su fuerza, porque hacía que la gente lo tomara menos en serio, y eso podía significar que bajaban su guardia. Ajustó la pesa. Cien kilogramos de peso para iniciar. Se tendió en el banquillo. Nunca había necesitado a alguien que lo ayudara; no iba a empezar ahora. Cuando llegara a los doscientos quizá. Siempre se corría el riesgo de que al levantar no se pudiera sostener bien el peso. ¿Pero cien kilos? Pfft, ni siquiera necesitaba desayunar para eso.
—Siempre lo olvido. ¿Son libras o kilogramos lo que levantas? —preguntó Juan.
Dejó la pesa en su lugar y se puso de pie.
—Kilogramos. Levantar libras es para mariquitas.
—Así que por eso vas a levantar doscientos kilogramos hoy.
—Doscientos treinta.
—Esa barra no resiste los doscientos kilos. Ni tú —intentó levantar un peso del suelo. Apenas logró moverlo unos centímetros.
—Quita —dijo Dressing.
Colocó la pesa en la barra. El seguro se venció y cayó justo donde debería estar su cuello.
Juan miró a Dressing con ojos desapasionados.
—Te lo dije. Es conveniente que vayamos hoy a los tribunales. Podrías poner una demanda en contra del fabricante. O del gimnasio. O ellos podrían ponerte una por sobrepasar el límite permitido. Aún así es conveniente que vengas con nosotros. David y Jonathan te tienen un batido de proteína, sólo date un baño antes. Hay que estar presentable.

 

—Gaspar, Melchor y Baltazar son los Reyes Magos de la ilusión —cantaba Erwin por lo bajo—; ellos vienen del lejano Oriente a la adoración del Niño Dios.
—¿De qué hablas?
—Son los jueces que revisarán nuestro caso. Gaspar Álvarez, Melchor Bravo y Baltazar Cárdenas.  Fueron compañeros míos en la facultad.
—Temo que vayas a salir con alguna cosa.
—Hey, no pienso hacer nada. Absolutamente nada.
—Eso me tiene más preocupado aún —dijo Russell.
—Mira, estaremos bien. Me preocupa más tu caso que el mío.
—No tengo pruebas de nada.
—¿No? Qué raro. Juraría que te había llegado una copia de esto.
Le tendió el folio. Rusty lo leyó.
—No me ha llegado.
—Quizá deberías estar más al pendiente. Al menos tus muchachos vienen para acá.

 

—Quiero despedir a mi abogado —dijo Aquiles frente al juez de instrucción—. No está defendiéndome como debería.
—En esta etapa del juicio debo recomendarle directamente que no lo haga.
—Quiero defenderme a mí mismo.
—Eso es imposible directamente.
—Conozco mis derechos. Quiero defenderme yo mismo.
—Señor juez, comprendo que el señor Baeza crea que no he hecho lo suficiente. Sin embargo, si observa usted el expediente podrá constatar mi trabajo…
—Que no ha sido suficiente, abogado —dijo Aquiles, mirando directamente a Mountaineer—. No sólo fui injustamente encarcelado, siendo yo un hombre inocente, sino que además el abogado hizo todo lo posible por mantenerme encerrado al no presentar la documentación que me exoneraría, y bloquear directamente mi demanda contra Hand por haberme roto la quijada. Todavía no puedo consumir alimentos sólidos sin dolor.
—Señor Baeza, comprendo lo que dice. Pero necesita ser usted abogado para poder desempeñar cualquier actividad en este tribunal. Lo que sí puedo ofrecerle es que el doctor Mountaineer lo asesore.
—¿Podré presentar yo mismo mi alegato a la corte?
Mountaineer miró al juez y asintió casi imperceptiblemente.
—No veo por qué no habría de hacerlo. Está en su derecho.

 

—Primero será el juicio de patria potestad —explicaba Anna—. El otro caso, por el momento, es secundario.
—¿Qué pasa si ganamos?
—Lo mismo que hasta ahora. Toman sus cosas y se van a casa.
—¿Y si perdemos?
—Eso es más complicado…
—Dímelo.
—La patria potestad recae en el padre. Las pruebas de ADN demuestran que es tu padre. Técnicamente las niñas deberían regresar con él…
—Sabes a lo que me refiero.
—Si el abogado utiliza el alegato de seducción, podemos enfrentarnos a un caso de pederastia. Alegaremos estupro.
—Todo esto fue un error.
—No. Tenemos grandes posibilidades de ganar. Sólo debemos convencer a dos de tres jueces.
—Tengo miedo.
—No pasará nada. Te doy mi palabra.
—Quiero creerte.
Asumió, inconscientemente, su postura defensiva. Tenía tanto miedo…

 

—¿Todo listo? —preguntó Ixchel.
—Sólo faltamos nosotros —dijo Juan.
Le echó una última mirada al plano general. Todo parecía correcto. Armando Zazel los esperaba en la puerta. Seguía como siempre: la sudadera gris y capucha negra, muy delgado y de cara macilenta, la placa dorada colgando sobre el pecho, las manos en los bolsillos.
—Hace mucho que no trabajábamos juntos.
—Departamentos diferentes.
—Siempre lo hemos estado. No nos había impedido trabajar juntos.
—Sí, bueno, ya sabes… corregir errores requiere mucha burocracia o ajustes muy sutiles.
—Lo sé.