Día de Muertos (38)

5 de abril. Hace diecisiete años.

Aquiles estaba afuera. Abrió la puerta. Sabía por lo que había pasado; el muchacho sólo necesitaba una mano amiga, se dijo Griselda.
Aquiles entró, la mirada vacía, desprovista de emoción.
—¿Estás bien?
—Soy un hombre inocente —dijo.
—Si quieres hablar de lo que pasó…
—No. No. No necesito hablar. Te necesito a ti. Eres la única que me puede comprender.
—Aquiles…
—Vamos a celebrar. Porque soy un hombre inocente.
La tomó de la mano y la sacó de la casa. La subió casi a la fuerza al viejo auto.
Los padres de Griselda no estaban, y tardarían en darse cuenta de su ausencia…

15 de marzo.

El único sonido de fondo era de las trituradoras de vidrio. Chandler tecleaba furiosamente mientras Anna miraba asombrada la cantidad de datos que iba obteniendo.
—¿Un hombre inocente? —preguntó Russell.
—Un hombre inocente. Chandler cree que Fillmore está echandole la culpa a alguien más. Es decir, no es un hombre inocente por sí mismo, sólo es inocente de este caso en particular.
—No tiene sentido. Nada de eso tiene sentido.
—Creo que empieza a tenerlo. Parece que es un caso que se remonta a cinco años atrás. Todos los involucrados en ese caso fueron declarados no culpables, excepto el autor material. Todos coincidieron en que el verdadero autor material fue muerto esa noche, pero hubo ciertos indicios, que no se siguieron, de que en realidad seguían las instrucciones de otra persona.
—¿En qué te basas para decir eso?
—En que quien se suponía planeó todo no sabía manejar, a pesar de lo cual huyó en un auto. ¿Eso tiene sentido?
—Un momento. ¿Qué caso?
—Creo que ya puede usted adivinarlo.

 

6 de abril. Hace diecisiete años.

La aterrada chica fue encontrada al día siguiente en las afueras de la ciudad. Temblaba. Se negó a prestar declaración. Sólo quería que la dejaran en paz.
—Dejen a Aquiles en paz. Él es inocente. Es un hombre inocente…
Juan miró al detective Zazel. No creía en coincidencias. Zazel asintió, bajándose la capucha de la sudadera.
—Un hombre inocente. ¿Cómo podremos atrapar a un hombre inocente?
La ambulancia se llevó a la aterrada joven. Quince años,  a punto de cumplir dieciséis. No era justo.
—Algo debemos hacer. Podemos corregir el error.
Zazel tomó a Juan por el hombro.
—Mi trabajo no es ese. Pero el tuyo sí. Ven conmigo.

La habitación parecía enorme, aunque era la más pequeña de todas. Era sólo que la computadora ahí en realidad no estaba ahí. Sólo la terminal. El sistema no era fácil de ver. Ni siquiera de comprender.
—Armando —dijo una voz.
—Zurvan. Él es quien te conté.
—¿Lo sabe?
—Lo dedujo.
Akarana miró al joven.
—¿Qué tanto sabes?
—He tenido tiempo para aprender.
—¿Cómo te llamas?
—Destino. Juan Destino.
—¿Sabes lo que pasará?
—No. Pero sé que puedo modificarlo. Me han faltado los medios para saber si mi intervención es buena o no. Años y años.
—¿Desde cuándo?
—Desde que vi a un hombre de cincuenta años ser baleado en un Gräf & Stift Double Phaeton en Sarajevo, en 1914, y saber que, si alguien hubiera llevado unas tijeras, se hubieran evitado al menos 16 millones de muertes. Quizá 39.
—Te lo dije. Es nuestro muchacho.
—Toma asiento. A partir de ahora estás bajo mi mando.
—Saluda a Kulkán de mi parte.
—Debiste traer a dos.
—Ella vendrá después. Por otro medio.
Akarana asintió. Cerró la puerta.
—Lo primero que debes saber es que buscamos el bien mayor, aunque para ello a veces tengan que sufrir inocentes.
16 de marzo.

Anna dormía, con la cabeza apoyada en las piernas de Chandler, quien seguía tecleando furiosamente. Estaba a punto de descubrirlo, estaba completamente seguro. Revisó una vez más los datos. Revisó el programa. Compiló. Corrió la simulación. Era, sin duda, su mejor trabajo. La noche había caído. Miró la hora. 56 horas. Los datos comenzaron a aparecer en la pantalla. Estaba listo. Necesitaba descansar. Mañana temprano ya tendría los datos. Le apartó el pelo de la cara a la joven. Se veía hermosa. Si tenía razón le propondría matrimonio. Eran un buen equipo. Se reclinó en el asiento y cerró los ojos un instante…

 

Esperanza no podía dormir. Dexter tampoco. Ella miraba la puerta. Él la miraba a ella. Hay personas, se dijo Dexter, que nunca podrán creer en nada. Que sólo la oscuridad les dice la verdad; una verdad que no quieren oír porque ya han escuchado esa verdad antes, pero la confundieron con una mentira. Él conocía bien a la noche. La había abrazado como a una amante cruel durante cinco años; cuando en lugar de ir a dormir se había quedado oteando el horizonte sin más compañía que una botella de vodka. Necesitaba un trago. Necesitaba desesperadamente un trago, a pesar de que odiaba el alcohol. Es más fácil odiar que esperar. Es tan difícil no hacer nada. La espera. La maldita espera. Es más fácil dormir solo que sufrir porque quien está contigo te puede lastimar en un millón de formas. Lo sabía bien. Vaya si lo sabía bien. Lo había sabido bien desde hacía diez años, cuando llegó huyendo de un pasado que no quería buscando un futuro que no necesitaba.

No dijo nada. Necesitaba desesperadamente abrazarla y decirle que todo estaría bien. Pero no podía. No lo estaba. Nada estaría bien si no tenía la certeza de que había terminado todo. Miró una vez más a la joven. Aún en la penumbra era hermosa, como una espiga de trigo ante la luna. Escuchaba la respiración rítmica de la joven. Se preguntó si tenía el derecho de hacer lo que le estaba haciendo. Si no hubiera sido más fácil alejarla de todo y de todos. Sabía que no. Sabía que tenía que enfrentar todos sus temores. Los de él y los de ella. Extrañaba a Remedios. Ella hubiera sabido qué hacer. Extrañaba a Consuelo. Ella también hubiera sabido qué hacer.

El reloj inició la cuenta en ceros. Había pasado ya la media noche.

 

17 de marzo.

Hay gente que huye de una pelea. Él no era de esos. Había calculado todo tan bien. Tan preciso. Tan meticuloso. ¿No era acaso un hombre inteligente? Había cultivado una imagen de un perfecto idiota, pero sabía muy bien cómo obtener lo que deseaba. Se había tragado la falta de respeto de todos. No más. Ese día sabrían quién era él.

Aquiles se vistió con calma y meticulosidad. Su mejor ropa. Se cuidó mucho de que el regalito que tenía para su hija no se notara demasiado. Haría sonar el detector de metales, claro. No el regalo; era demasiado inteligente para eso. Pero sí el reloj y la hebilla. Lo revisarían rápidamente, y lo dejarían pasar. Siempre lo hacían. Conocía hasta el último rincón de aquel lugar. Ya lo había hecho antes. Y no lo habían agarrado nunca. Era demasiado inteligente para eso.

Fillmore debía estar tomando ya su taza de café habitual. Era tan predecible. Seguramente usaría la misma taza de cada día. Sería una lástima que esta vez usara el café del lote contaminado. Un hombre solo hace rituales; por eso él había mantenido cerca a sus hijas, para que el caos le impidiera caer en una rutina tan predecible. Le enseñaría a sus hijas como les había enseñado a sus madres. ¿No había sido siempre un hombre inocente? Justo ahora Baggins debía estar entrando a su auto. Siempre iba al mismo lado a la misma hora a desayunar. Hoy tendría un pequeño problema con una rueda. Quizá lo extrañaran por un par de semanas antes de olvidar que había existido. Dressing. En el gimnasio, seguramente. César siempre se había cuidado. Sería una lástima que ahora su máquina habitual tuviera un pequeño accidente. Simple mecánica de materiales. Fatiga de elementos. Sintió un poco de lastima por la gente que vería afectada su rutina porque el gimnasio se vería obligado a cerrar.

Pronto recuperaría a su hija. También se transferirían unos cuantos millones a esa cuenta que había abierto a su nombre con el seguro de vida de su madre. Pensó en lo cercano que estuvo de perderlo, cuando esa maldita vieja se enamoró del muchacho ese. Pero él era un hombre inteligente. Le hizo una visita esa noche. En el tren. Lo calculó todo tan meticulosamente que su belleza no se vio afectada. Y había salido libre porque era un hombre inocente. No la había empujado. Se había limitado a mirarla. No fue su culpa que ella se tropezara, ¿verdad? Era inocente. Sonrió. Era sólo un hombre inocente. Y podría ahora adquirir lo que era suyo. No era un martir. No lo sería nunca. Pero tendría respeto. Aunque tuviera que hacerle un hijo a esa muchacha. Se humedeció los labios. Le había enseñado respeto a la madre. Lo haría también con la hija.

 

Y nadie sospecharía de él.

Era un hombre inocente.

Todos lo decían.

Un hombre inocente.