Día de Muertos (37)

10 de marzo.

Francisco no hacía nada. No era necesariamente cierto, de alguna forma. Vigilaba. Esperanza se lo había pedido, y Dexter no se había negado. Le hubiera gustado tener un arma de fuego, pero no estaba autorizado. Era demasiado embrollo. No estaba enteramente indefenso. Tenía un buen taser, una buena linterna, y su confiable pistola de aire comprimido. Era completamente legal. No mataba. No si no quería hacerlo. Una pequeña cápsula de ricino era todo lo que se necesitaba; pero Francisco era demasiado inteligente como para caer tan bajo. Sólo debía resistir lo suficiente como para que las verdaderas autoridades hicieran su trabajo. Él era únicamente un guardia industrial.

La escuela estaba tranquila. Nada pasaría mientras las dos niñas estuvieran dentro. Él sólo debía vigilar durante la entrada y recoger a las niñas a la salida. La entrada era fácil. Era el caos de la salida lo que lo preocupaba. Él también tenía una hija. No quería que le pasara nada. Su hija era mucho más joven. Aún no iba a la escuela. Cuando su amigo en la policía le dijo que aquel cerdo probablemente saliera libre, se preocupó. No dudaría en matarlo si le hiciera algo a su hija. Se preguntó si haría lo mismo si atacara a las dos niñas que esperaba.

Estaba atento. No se había tomado la molestia de quitarse el uniforme. Mejor. Que se enteraran que aquella zona estaba protegida. Sería mejor si no hacía nada, le había dicho Juan. Sólo tenía que estar atento. Vigilante. Si el calvo gordo llegaba, debía reportarlo y vigilarlo. No detenerlo. Ningún movimiento, excepto si las ataca, le había dicho Juan. Incluso si se las lleva sólo debes vigilarlo y seguirlo. Reporta cada movimiento. No hará nada si te ve. Eso es suficiente.

Las niñas llegaron. Eran unas niñas raras. Se parecían a Esperanza. Se veían de menor edad de la que realmente tenían. Les abrió la puerta, vigilante. Entrecerró los ojos. Le parecía haber visto a alguien conocido. Cerró la puerta y se llevó la mano, inconscientemente, al bolsillo en el que tenía el taser. El corredor de la sudadera gris y negra pasó sin hacer ruido. Era policía, se veía a lo lejos. Sólo un policía podía llevar ese ritmo y llevar puesta la capucha negra en un día soleado como ése. El tipo al que creyó ver ya no estaba. Bien. Podría regresar con las niñas sin incidentes.  Se preguntó si debía reportar lo que vio. Quizá no. Hay muchos calvos gordos. Subió al auto.

 

14 de marzo.

Esperanza estaba cada día más nerviosa. Dexter lo sabía. Toda la noche estuvo inquieta. Podía sentirlo. Él también se ponía nervioso. Por ella. Las niñas continuaban todo lo normales que podían ser. El miedo se les estaba quitando. Pronto entrarían a la adolescencia…

Esperanza parecía una espiga de trigo recortada contra el sol de la ventana.
—¿En qué piensas?
—En él.
—No tienes nada qué temer.
—Eso quiero creer. No puedo.
—Sé que quieres protegerlas. Yo también. Y a ti. No voy a permitir que nada les pase mientras yo esté vivo —intentó abrazarla. Ella se retiró, adoptando inconscientemente su postura defensiva. Tenía meses sin adoptar la postura defensiva.
—Te creo —pero no lo creía.
El fin de semana se acercaba. Quizá si se fueran de la ciudad… sería fácil. Sólo tomar sus cosas y marcharse. Ya lo había hecho antes.
—Sé lo que piensas. Sé que no quieres escuchar lo que te tengo que decir. No lo hagas. El lunes todo terminará.
Ella lo miró. La mirada húmeda. No podía creerle… Quería, pero no podía creerle… Los hombres le habían dicho tantas mentiras antes… Quería creer que él era diferente. Pero sabía que estaba sólo a un trago de convertirse en lo que más odiaba…
—Vamos a salir de esto. Es hora de irnos. Tus hermanas ya están listas.
Ella tomó su bolso. Caminó en silencio, en postura defensiva todo el camino. Tenía miedo.

 

—No lo encuentran —dijo Erwin, el whisky con soda en la mano. Dioses, necesitaba un trago.
—Se suponía que no lo iban a perder de vista.
—Pero lo hicieron. Salió porque su expediente quedó mal integrado y se violó el debido proceso. A veces odio mi profesión.
—¿Y qué hacemos?
—Nada —dio un trago largo—. Absolutamente nada. No si no queremos que la investigación se vuelque en tu contra.
—¿Por qué?
—Porque, no sé si lo has notado, pero tu novia, con la que estás viviendo en concubinato, sigue siendo menor de edad. Lo tuyo pudiera entrar como estupro, pero también pueden procesarte por pederastia si el juez es lo bastante conservador. Estás con ella por un tecnicismo legal que, en este momento, ya no se sostiene. Por ley debe estar con su padre. El padre es un cerdo, pero es el padre, y es inocente en tanto que no podamos probar lo contrario. Y nadie ha podido probar lo contrario en 17 años que ha estado entrando y saliendo del sistema.
El vaso estaba cerca. La botella también. Un trago. Sólo un trago, y todo estaría bien en su mundo…
Pensó en Esperanza. No podía hacerle eso. Era un hombre inocente.
—Entonces no podemos hacer nada.
—Absolutamente nada —vació el vaso de un trago.
Erwin tomó la botella y se sirvió otra ración. Se dio cuenta de la desesperación de Dexter. Colocó la botella en la cantina y le puso una botella de agua tónica enfrente.
—Lo siento. No es justo. Ni para tí ni para ella. Ella no tiene la culpa de haberse enamorado de un hombre mayor. Ustedes dos son inocentes.
Dexter bebió. Bebió un largo trago. Faltaba el fuego, pero el sabor astringente estaba ahí. Era un hombre inocente…
—Gracias.

 

Esperanza estaba alejada de la puerta, de pie, en postura defensiva, vigilando a sus hermanas. Dexter podía ver que estaba tratando de protegerse. Que estaba pensando en ese alguien que la había lastimado tanto. Estaba atenta a cada sonido detrás de la puerta, como si temiera que en cualquier momento Baeza entraría por la puerta y se las llevaría con alas de murciélago. Tenía miedo incluso de ser tocada. Sabía que no escucharía a nadie, porque así nadie podría mentirle. Nadie podría engañarla nunca si no escuchaba a nadie. Lo sabía porque él había vivido lo mismo hace muchos años. Había huído de sus problemas una vez. Nunca más.

No podía concentrarse tampoco. Ni siquiera porque Francisco y sus hombres montaban guardia. Se preguntó si debía decirles que los necesitaba en casa. Pero estaba seguro que no pasaría nada en casa. No era terreno conocido. Si atacaba, sería en un terreno donde él tuviera la ventaja. Él se protegería, claro estaba. Así como Esperanza protegía a Caridad y a Milagros, así como él protegía a Esperanza. Sólo esperaba que alguien lo protegiera a él.  Se preguntó si todo estaba ya definido. Quiso ser en ese momento un hombre religioso y tener la tranquilidad de quien sabe.

Se veía tan vulnerable…

Pero no podía hacer nada. Era mejor no hacer nada. Limitarse a protegerla. Ayudarla a protegerse. Sería un fin de semana largo. ¿Cómo podía dejar de pensar en ese alguien?

No podía. Si él no podía, ella menos.

 

Chandler estaba muy ocupado trazando circuitos. No sabía muy bien por qué, pero el diagramar lo que sabía le ayudaba a encontrar patrones. Y si él podía encontrar patrones, otros podrían. Así había encontrado las cuentas de Fillmore, pero le faltaba algo. No había movimientos en esas cuentas desde hacía años; no tenía ningún sentido.  Y alguno debía tenerlo. La auditoría estaba por terminar y no habían encontrado nada que permitiera ligar a Fillmore con el desfalco. No había pruebas. El desfalco estaba ahí, pero no había pruebas. Algo debía haber. O alguien.

Era ya tarde. Miró la hora. Era tarde, pero no podía terminar en ese instante; era demasiado temprano para terminar. Se puso de pie y fue al enfriador de agua. Necesitaba un trago. Anna salió de su oficina, con el rostro desencajado. Tanto tiempo desperdiciado…

No. No había sido un desperdicio de tiempo. Sabía que sólo debía encontrar aquella pieza que le hacía falta. El plano general estaba armado; lo que faltaba podría deducirse. Le faltaba algo. Miró a Anna. Ella lo miró. Lo supo. Tiempo. Necesitaba tiempo. No había tomado en cuenta el tiempo. Cuarta dimensión. ¡Era tan obvio! Tiempo. Sonrió. Se acercó a la joven abogada y sin decir ni una palabra, la besó con pasión.
—Lo tengo. No son medidas desesperadas. Es tiempo. Sólo es tiempo. Sólo necesito ver todo a través de los ojos de un viejo.
—¿De qué hablas? No encontramos nada.
—No hay nada qué encontrar. ¿No lo ves? Estamos buscando a un hombre inocente. Por eso no aparece nada. Porque buscamos a un culpable, no a un hombre inocente. Es sólo cuestión de tiempo…
Anna lo miró boquiabierta.

Un hombre inocente. Jamás se le hubiera ocurrido.