Día de Muertos (36)

2 de abril. Hace diecisiete años.

Aquiles estaba detrás de la puerta. Alejado de la puerta.  Atento a cualquier ruido. Podía ver la ventana. Sólo un piso de altura. No se rompería nada si salía por ahí. Podría ser libre. Pero el viejo estaba allá abajo. Y estaba enojado. Las cicatrices aún le dolían. El viejo fumaba puros. ¿Qué haría cuando se enterara que había tomado uno? Cuando se diera cuenta que se lo fumó. El viejo sólo apreciaba sus puros. Cubanos, decía. Sabían igual que los cigarros; sólo más grandes. Podía escuchar los pasos del viejo. Había abierto la puerta con rudeza, y lo primero que había hecho era arrojar las llaves. Venía enojado. Siempre estaba enojado. Más cuando venía bebido, que últimamente era todos los días

Escuchó los pasos subir. Gritó algo. Seguramente a la vieja. Siempre estaban peleándose. Podía escucharlo, detrás de la puerta, en el pasillo. Las cicatrices le dolían. La botella. Aún tenía la botella. Escuchó un golpe. La puerta retumbó; las bisagras se quejaron, pero resistió. Tomó la botella. Su respiración se volvió rápida y superficial. La piel se le erizó. Las cicatrices le dolían. La ventana. No quería ver la ventana; debía concentrarse en la puerta. La puerta. La maldita puerta.

Tenía 16 años. ¿Por qué no obedecía? Baeza, medio calvo, con prominente barriga, tirantes para un desgastado pantalón, camisa llena de grasa, golpeó una vez más la puerta. Una última oportunidad le daría al muchacho de abrirla. ¿Por qué la juventud de ahora tenía que ser tan testaruda? El viejo sólo pedía respeto, y no podía obtenerlo ni de su propia familia. La cena no estaba lista, la casa no estaba ordenada, su vieja ni siquiera había puesto a calentar el agua. No podía permitir semejante falta de respeto. Pateó la puerta. Era fuerte como una mula, e igual de testarudo. Golpeó, golpeó, golpeó. El muchacho aprendería a respetar. Su mujer le gritaba. La hizo volar de un golpe. No vio dónde cayó. Golpeó con todas sus fuerzas.

La puerta cayó. Aquiles observaba en cámara lenta. La silueta del soldador apareció recortada contra la luz del pasillo. El puro rojo soltaba una estela de humo. Le pareció ver que el humo le decía que lo hiciera. Le dijo dónde golpear. Se lanzó hacia adelante, como un tigre. Golpeó en la barriga prominente. Lo hizo retroceder. La botella. Alcanzó la botella. Trazó un semicírculo que golpeó justo en la sien. Nunca había escuchado un sonido similar. Ni siquiera cuando lo tomó del brazo y apretó con tanta fuerza que rompió los huesos como si fueran espaguetis secos. La botella se rompió. Los cristales rompieron el hueso y se introdujeron en la masa gris y roja que había delante. El licor barato corrió por el suelo.

Baeza trastabilló. La conciencia ya lo había abandonado. No pudo interpretar que el barandal estaba cercano; el cerebro sólo trataba de mantener de pie el cuerpo, tratando de procesar el daño. Un paso atrás, la rodilla falló, la espalda se arqueó, la gravedad hizo su trabajo. Todavía alcanzó a ver cómo el muchacho estaba en el marco de la puerta, pero ya no supo procesar lo que veía; el suelo giró y por un par de segundos voló libre. El cuello se dobló en un ángulo poco natural cuando impactó con la mesa de la sala. Su mujer estaba ahí, mirándolo con los ojos abiertos y la conciencia desvaneciéndose. Juntos incluso en la muerte, alcanzó a pensar, mientras todo se ponía negro. Incluso muertos vamos a estar juntos. Qué mala suerte.

El muchacho se quedó ahí, riendo. La risa poco a poco se transformó en llanto, y después, en nada. Había dejado de sentir. Se quedó ahí cuando el detective Zazel entró a la casa. Aquiles lo miró con ojos vacíos. El detective se acuclilló junto al muchacho, la placa colgando del cuello. El servicio médico forense llegó poco después. No necesitó decir ni una palabra. Se limitó a señalar a los cuerpos. Un joven oficial llegó. Intentó tocar al muchacho, ayudarlo a ponerse de pie. La mano de Zazel se lo impidió. Lo llevó a un lado, donde  el muchacho no podía escucharlos, pero sí verlos.
—Hay gente, novato, que vive  con temor a ser tocada. Algunos lo superan. Otros no. Este muchacho acaba de vivir una experiencia tan traumática que no lo superará. Eventualmente tendré que venir por él. Está en el plano general. Pero no hoy. Hoy me tengo que llevar a estos.
—¿Qué hago, entonces? —preguntó Juan.
—Lo averiguarás a su debido tiempo, cuando él te lo pida.
El detective bajó las escaleras. Hacía frío. Se puso la capucha de su sudadera negra y se dirigió a la ambulancia.
—Hoy es un hombre inocente. Mañana no lo será —le dijo a Juan. Subió a la ambulancia y cerró la puerta. La ambulancia se perdió en la noche.

Miedo y odio. Aquiles sentía un profundo miedo y un profundo odio. Pero el odio ya no tenía un objetivo. Los miró. A todos los policías que estaban en la casa. Le habían fallado. ¿Qué falta de respeto era esa? Por fin comprendía a su padre. Sólo podía confiar en él mismo. En nadie más. Le habían fallado. Él les enseñaría lo que era ser un hombre. Se puso de pie y bajó las escaleras, seguido de cerca por Juan. Las cicatrices eran evidentes, aún debajo de la camiseta. Se subió a la patrulla. Aprenderían. Aprenderían cómo se hacían las cosas. Nadie más le fallaría porque no escucharía nunca más a nadie. No podrían mentirle nunca más. Así aprenderían. Su padre tenía razón.

3 de marzo.

Aquiles miraba sin ver. Sabía lo que debía hacer. Esa falta de respeto de su hija… Numa Pompilio sabía qué hacer. Su padre lo sabía. Recordó aquel lejano año en que se lo enseñó. El viejo había tenido razón; sólo que no había podido comunicar la idea. Pero él no era el viejo. Aún era joven, aún era inteligente. Y entonces saldría de ahí, y recogería el dinero, y la pistola que estaba oculta donde sólo él sabía. ¿No era acaso él un hombre inteligente? Sólo él sabía. Sabía ser paciente. Pero la paciencia tiene un límite. Numa Pompilio decía algo. Numa Pompilio era un imbécil. Fillmore, Baggins, Dressing… panda de imbéciles. Grant era el único con cerebro del grupo. Con un cerebro capaz de rivalizar con el suyo. No como el imbécil de Warren. Sólo tenía que manejar en línea recta, pero no, el imbécil no sabía manejar y se desvió. Por eso le dieron un tiro. Pero no a él. A él no lo agarraron, porque era muy listo. Supo defenderse. Ya sabría la chica a lo que se refería. Ya debía tener la edad que tenía él cuando lo aprendió. Ella también aprendería. Igual que se lo había enseñado a su madre. Había sido delicioso enseñarle a su madre lo que era la sabiduría. Y tampoco lo agarraron por eso. Esa era la mejor prueba de que era un hombre inteligente. Siempre lo dejaban libre, porque la gente sabía que tenía la razón. Sólo le debían el respeto que merecía. Ya les enseñaría. Miró al imbécil de Numa Pompilio hacer algo en el baño. Idiota. Moonshine. Que se intoxicara. Él no necesitaba el alcohol para funcionar. Aunque lo hacía más rápido en sus reacciones. Le mejoraba el control. Lo ponía a punto, como un motor bien engrasado, como una rueda bien balanceada. Él sabía de eso. De eso vivía. Él les enseñaría, sí. Aprenderían a la mala si era preciso, pero aprenderían.