Día de Muertos (35)

3 de marzo.

Rocco Mountaineer, Doctor en Derecho, estaba detrás de su enorme escritorio de madera pulida, con el codo izquierdo apoyado en el descansabrazos y la mano en la barbilla. Frente a él, David Fillmore y Jonathan Baggins. Los dos hombres lo miraban fijamente. Sin hacer nada.
Un cien por ciento de nada es mucha nada. Mountaineer había llegado a esa conclusión dos semanas antes. Los había sacado de prisión por un tecnicismo legal, pero el caso estaba perdido. El único movimiento válido era no hacer nada y esperar que la fiscalía no hiciera nada.
—Te lo dije antes. Te lo digo ahora. No vamos a hacer nada. Nada de nada.
—No te pago por no hacer nada.
—Te recuerdo que el no hacer nada significó que estás libre.
—Traigo un brazalete de rastreo. No soy exactamente libre.
—Supongo que prefieres estar adentro, con Aquiles.
—Dioses, no.
—Entonces no te quejes.
Continuaron en silencio. Un desesperante silencio.
—Me voy de aquí —dijo Baggins, poniéndose de pie.
—No. Te vas a quedar —dijo Mountaineer.
—Es obvio que no va a venir.
—Y se vería muy bonito en tu trazado que te fueras mientras tu coacusado se queda con su abogado.
—Todo lo que digo es que César no va a venir.
—Me importa un carajo si César viene o no viene. Te vas a quedar aquí y ya.
La puerta se abrió. Un agitado hombre medio calvo y gordo entró y tomó asiento sin decir nada.
—Me siguen —dijo Dressing, al fin.
—Seguro que sí. ¿Qué esperabas? No puedo repetir milagros como el de hace cinco años.
Dressing bufó.
—No se suponía que eso pasara.
—Pero pasó —Mountaineer levantó la voz.
—¡Haz algo!
—NO VAMOS A HACER NADA —tronó Mountaineer—. Ustedes, trío de imbéciles, eligieron a quien no debían de socio para un negocio arriesgado e ilegal, y sabían que podían ser atrapados. Los atraparon, y están libres porque la fiscalía no hizo nada. Nada. Pero ahora su caso se complica, y todos ustedes tienen antecedentes. Si creen que mover las aguas los va a ayudar, están que brillan de pendejos con la fuerza de un millón de supernovas. No. Vamos. A. Hacer. Nada. Sólo necesitan quedarse quietos y ser buenos ciudadanos durante dos semanas más. Dos. Putas. Semanas. Entonces les quitarán los brazaletes y podrán escurrirse como los cerdos grasosos que son. Mientras tanto, NO. HARÁN. NADA. Non faranno nulla. Hai capito?
Los tres hombres se quedaron en su lugar, con odio y desesperación en la mirada.
—Sí —dijo, finalmente, Fillmore.
Mountaneer se puso de pie y fue a la pequeña cantina que tenía en el librero. Sirvió cuatro whiskys con soda y los puso en el escritorio. Tomó uno y bebió un largo trago. Los otros tres hombres hicieron lo mismo.
—Ahora quiero que entiendan por qué no vamos a hacer nada.

 

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí.
—No. ¿De verdad sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí. Sólo te pido que no hagas nada.
—Tengo en esa misma celda a dos bestias. A una la condenaron a quince años. Lleva siete, y no se ha corregido. No lo hará. La otra acaba de entrar, y es más sádico aún. No sabes lo que me pides.
—Créeme —insistió Juan—, lo sé muy bien.
—Si este cabrón sale lo primero que hará es buscar a su hija, y esta vez no va a detenerse por algo tan sencillo como un puño. Ese cabrón está loco.
—¿Alguna vez has visto lo que hacemos allá, en mi sección?
Juan se paró junto a la ventana de la oficina. Se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, pero abrió un poco la persiana. Que se viera el interior.
—Nosotros somos los que seguimos a esta escoria. Somos los que nos aseguramos de que hagan el menor daño posible. Pero a veces no podemos evitar que lo hagan. A veces, para evitar que sigan haciendo daño, debemos dejarlos libres y entonces cazarlos.
—Ley fuga, ¿eh? No sabes lo que me estás pidiendo.
—No tienes qué hacer nada fuera de lo normal. Eso es la belleza de este caso. Sólo tienes que archivar todo. Con un código ligeramente equivocado. A cualquiera se le va un dígito. Y en mi sección encontraremos el error, agregaremos el dígito, y lo corregiremos, un poco tarde, pero lo corregiremos, y entonces esa bestia irá a donde pertenece y no va a regresar.
—¿Y por qué estás tan seguro, eh?
—Porque hace cinco años, cuatro meses y dos días que estoy persiguiéndolo. Porque ya tengo el plan perfecto para atraparlo. Porque sé qué movimientos va a hacer. Porque lo tenemos todo trazado hasta el último centímetro del circuito de acuerdo al plano general que tenemos en mi sección, y porque lo único que necesitamos para ganar es que los hombres buenos no hagan nada para detener a los malos. Así de simple.
—No. La decisión está tomada. No.
—Está bien. En tu conciencia pesará, no en la mía.
Tocaron en la puerta de cristal. Juan abrió.
—Capitán, lo buscan de la fiscalía.
—Te dejo trabajar. De cualquier modo —consultó su reloj— ya es muy tarde.
Salió bajo la mirada de Ruy, quien tecleaba su contraseña para bloquear su terminal.  No se dio cuenta, pero en ese momento el sistema solicitaba su código para actualizar el software…
…sin guardar los archivos en los que estaba trabajando. Un error que hubiera cometido cualquiera.