Día de muertos (34)

2 de febrero.

—A ver si entendí bien —dijo el juez de instrucción, exasperado—, ¿usted, abogado, me dice que no tiene preparado el caso porque la fiscalía no le ha notificado la acusación?
—Así es, señor juez.
—Y usted, señor fiscal, ¿me dice que no ha preparado el caso porque no ha sido ratificado por la parte actora?
—En pocas palabras, sí, señor juez.
—Puedo comprender que el abogado de la defensa no haya preparado el caso. De hecho, le concederé tiempo adicional para prepararse adecuadamente. Pero de la fiscalía no lo comprendo.
—Tecnologías de la Información me informó que, por un error en el sistema, varios casos no fueron notificados a mi oficina, señor juez. Es un error que tratamos de corregir en cuanto supimos, pero este caso en particular se empantanó muy pronto —dijo Juan Destino—. Ya despaché a un grupo de investigadores para destrabar el caso.
El juez de instrucción se quitó los anteojos de la nariz y los limpió. Sentía que un dolor de cabeza llegaría pronto.
—¿Cuánto tiempo necesita para preparar el caso?
—Tres meses, señor juez.
—¿Qué tiene que decir, abogado?
—Señor juez, es evidente que la fiscalía está actuando con dolo en este caso. Cualquier persona le dirá que sólo entorpecen la investigación porque no encuentran indicios contra mis defendidos.
—Señor juez, el problema es que los acusados están involucrados en otro caso que considerábamos aparte, y hay serias irregularidades en un proceso de patria potestad.
—Explíquese.
—Si me permite, señor juez —dijo Rocco—, supongo que el caso se refiere a que dos de las hijas de mi cliente fueron sustraídas de la casa hogar en que se encontraban para ir a vivir con su hermana, quien está viviendo con el demandante del caso que nos atañe. Quien autorizó esa transferencia fue la hija del compañero de celda de mi defendido.
—¿En qué quedamos, abogado? ¿Conocía el caso o no?
—Acabo de atar cabos, señor juez. Ese es un caso que estoy llevando pro bono.
—Muy bien. Le otorgo a la fiscalía un plazo de cuatro semanas para desenmarañar este caso. Si no logran armar un caso mínimamente coherente para entonces, los defendidos quedarán en libertad sin posibilidad de apelación. En cuanto a su caso, abogado, si en dos semanas me puede probar que los casos son completamente independientes, dejaré a sus defendidos en libertad provisional con las reservas de ley. Y ni una palabra más. Fuera.
Cuando los dos hombres salieron, el juez hizo una seña a su secretario. Sacó del cajón del escritorio un frasco con analgésicos. Tomó dos y se quedó con un tercero entre los dedos.
—¿Qué sigue?
—No me lo va a creer, señor juez. Los siguientes cuatro casos son con los mismos caballeros que acaban de salir.
El juez se talló el puente de la nariz con los dedos y se tomó la tercera pastilla.
—A este paso no vamos a avanzar nada.

17 de febrero.

—¿Completamente seguros, señorita Nutt?
Dexter miraba los prototipos. Con trece metros cuadrados de espacio habitable, no era mucho más grande que una celda, pero definitivamente era mucho mas agradable. Las dimensiones eran suficientes como para que cuatro niños o dos adultos habitaran ahí. Un pequeño cuarto de baño con ducha de plato era lo único que tenían en común los diseños. Un área de trabajo, y dos pares de literas para los niños; Dos escritorios, cama en la parte superior, un pequeño armario, espacio de cocina, muebles multiusos para los adultos.
—No podemos estar más seguros. Es lo bastante agradable como para que yo quiera vivir ahí.
—¿Y el costo?
—La unidad se paga a los doce meses de construida, suponiendo  que el propietario sólo gane el salario mínimo y reserve sólo la quinta parte para pagar la unidad.
—¿Modularidad?
—Si lo colocamos con armadura de acero podemos hacer un edificio de departamentos usando la misma grúa de construcción.
—Muy bien, me gusta el proyecto. ¿Pueden hacer un par de prototipos a escala real, para probarlos?
—Justo íbamos a pedirle su autorización, señor —Hazel miró a Dexter. «Diga que sí. Diga que sí. Diga que sí» repetía en silencio.
Dexter escuchó algunos pasos detrás de él. Los reconoció como los de Esperanza. Se giró para verla. La joven señaló su terminal y movió la cabeza casi imperceptiblemente.
—Lo pensaré. Les daré la respuesta mañana. Quiero antes un reporte completo.
—Muy bien, señor —dijo Hazel, dócil.
Le costaba asimilar el fracaso, pero aún tenía esperanzas. Sabía tan bien como todos que la auditoría aún no terminaba y los fondos eran limitados, pero creía que ese proyecto revitalizaría la empresa. Vió cómo Esperanza y Dexter se alejaban. Ella parecía preocupada; se preguntó por qué.
—Ya escucharon al jefe. A trabajar.

 

—¿Estás segura?
Estaban en la oficina. El ventanal de concreto translúcido dejaba pasar apenas una mínima cantidad de luz. Era un día nublado de febrero y Dexter lo sabía.
—Sí. Erwin me lo confirmó.
—¿Y Russell?
—Viene para acá. Anna me mantiene informada.
—Llámale a Francisco.
—Ya lo sabe.
Se dejó caer en el sillón. Se llevó la mano aún en escayola a la boca. Estaba preocupado.
—¿Qué sugieres que hagamos?
—Nada —dijo una voz femenina—. Un cien por ciento de nada mientras no tengas todos los datos.
—Ixchel.
—Dexter. Es tiempo de retirar tu escayola. Y respecto a tu caso, no te preocupes. El secreto siempre es no hacer nada. Las cosas se resolverán por su propio medio.
Esperanza la miró a los ojos.
—Créeme, bonita. Una puntada a tiempo ahorra un remiendo, pero nunca dejes para ayer lo que puedes hacer mañana.
—Es un error capital el teorizar antes de poseer datos. Insensiblemente, uno comienza a deformar los hechos para hacerlos encajar en las teorías en lugar de encajar las teorías en los hechos. Tienes razón. Sherlock Holmes tenía razón y era un personaje de ficción.
—Así es. Ahora, si me permites, quieta esa mano. Esto te va a doler más a ti que a mí.
—No habíamos agendado una cita hoy.
—Es cierto. No agendaste nada. ¿Pensaste que la escayola iba a ser permanente, o qué?
—Estoy tan acostumbrado a ella que la olvidé.
—Tiene sentido, creo. En otros asuntos, has hecho un buen trabajo, querida. Este hombre se ve sano en todos los sentidos. Y tú has crecido. Necesito revisar a tus hermanas, por cierto. ¿Ya se acostumbraron a su nueva vida?
—Les ha tomado un poco de trabajo —dijo Esperanza—. Pero sí.
—¿Y sus cicatrices?
Esperanza se llevó la mano a la cara, inconscientemente.
—Sanaron bien.
—Quizá podamos removerlas. Si quieren. O disfrazarlas. Mira.
Se levantó un poco la blusa. Un tatuaje colorido de una mujer y un conejo disimulaba una cicatriz en forma de media luna.
—Es Ixchel, la diosa maya del amor, de la gestación, de los trabajos textiles, de la luna y la medicina. Básicamente soy yo.
—No creo que haga falta.
—Quizá. Pero siempre es bueno tener opciones. Un plan B. Quieto, te digo.
—Para ser la diosa de la medicina haces que duela mucho.
—Una de mis manifestaciones es la de una vieja que riega los cántaros de la cólera por el mundo. Ahora quédate quieto si no quieres que me enoje.
Empleó la presión justa en las pinzas para separar el plástico con lentitud. Cortó así todas y cada una de las tiras que daban forma a la escayola.
—Ahora cierra los dedos de la mano lo más que puedas.
Se escuchó un chasquido.
—Ow.
—Es normal. Un tendón demasiado rígido. Necesitas hacer un plan de ejercicios para restaurar la movilidad en esa mano. Al menos has estado haciendo ejercicio. Si no fuera porque está tu chica aquí te sabroseaba con la mirada.
Esperanza frunció el ceño.
—Tranquila, gatita. Es todo tuyo. Pero deberás estar atenta. Todo este mes, por lo menos.
Le tocó el hombro a Dexter.
—No vayas a cometer el error de entrenar box en este momento. Aún así, temo a quien se atreva a ponerse delante de este puño. Cuídalo, gatita. Que siga este plan de ejercicios. Este es para tí. Y este para tus hermanas. Ah, y haz una cita para que las pueda ver la próxima semana. Supongo que están muy mejoradas. Ojalá pronto podamos hacer lo mismo por los demás chicos.
Le dio un beso en la mejilla a Dexter.
—Juan te manda saludar. El beso es mío. Nos vemos.
Se alejó ante la mirada fulminante de Esperanza. Dexter la miró de reojo.
—¿Celos? Vaya. Lo que hay que ver.