Día de Muertos (33)

6 de enero.

Las despertó el olor del desayuno. Las dos niñas se levantaron, aún sin tener muy en claro dónde estaban. Dexter las observó recorrer con timidez el pasillo de la casona, mientras se lavaba los dientes. Dioses, necesitaba un trago. Diez y once años, le dijeron. La más joven parecía tener siete: la mayor, nueve. Malnutrición rayana en la desnutrición. Miró la cara de Milagros, la menor: Caph, Schedar, Cih, Ruchbab y Segin, en marcas de cigarrillo. Casiopea. Dioses, cómo necesitaba un trago ahora. Caridad tenía a Deneb, Rukh, Sadr, Gienah y Albireo. Cisne. Se necesitaba ser una clase especial de desalmado para hacerle eso a unas niñas inocentes. Recordó a Numa Pompilio. La pasta de dientes tenía un sabor acre. Necesitaba escupir.

Esperanza tenía preparado el desayuno. Dexter la miró. Estaba vestida con la ropa de ejercicio que le había regalado. El cabello caía en dos cascadas frente a su cara, la figura juvenil acentuada por la ropa. Aún sin maquillaje estaba hermosa, y los ojos… esos ojos… Ella le sonrió mientras servía los huevos y el pan tostado para las niñas.
Sin saber muy bien por qué, pensó «será una buena madre».

Las niñas quedaron en silencio y bajaron las manos cuando Dexter entró. Reconocía el gesto. Él les hizo una caricia en la cabeza.
—No se detengan por mí. Nosotros ya desayunamos.
Estaba cansado. Hurgó en el refrigerador y sacó una botella de agua de soda. Necesitaba un trago… No podía permitírselo, pero necesitaba un trago.
Le dolían los músculos. Hacía mucho que no los utilizaba. Pero cuando Esperanza le dijo, a las seis de la mañana, que irían a correr, esos ojos lo convencieron. Le dolían los músculos. Tenía años sin correr. No entendía cómo es que había logrado terminar los cinco kilómetros sin desfallecer, mientras Esperanza parecía tan fresca. Oh, bueno, no hay nada de malo en salir a correr temprano acompañado, y necesitaba el ejercicio.

Esperanza estaba agotada, y hacía su mejor esfuerzo para que Dexter no lo notara. Después de todo, era mucho más pequeña que él. No alcanzaba todavía el metro y medio de estatura, comparado con su metro ochenta y cinco. Su zancada era mayor. Le costó mucho trabajo seguir su paso. ¿Cómo es que se veía tan fresco? Al menos la dieta estaba dando resultado. Tanto para él como para ella. Podía ver las diferencias. Quizá ella lograra alcanzar el metro sesenta antes de dejar de crecer. Y él se veía tan guapo corriendo…

Él se dejó caer en el sillón de la sala en lo que las niñas se cambiaban de ropa para ir a la escuela.
—Estoy devastado. Me duelen músculos que no recordaba tener.
Esperanza rió a carcajadas.
—¿Qué es tan gracioso?
—Nada, cosas mías —dijo ella, sentándose en su pierna. Él la abrazó.
—¿Llegaron los reyes?
—¿Quiénes?
—¡REGALOS! —dijeron las niñas a coro en ese instante. Salieron de la habitación y se quedaron quietas al ver a Dexter.
—No muerdo, de verdad. Abran sus regalos. Hay uno también para ti, querida.
—¿Para mí?
—Has sido una niña buena, ¿no es verdad? —sonrió.
Abrieron los regalos, todas al unísono. La envoltura hubiera podido ser usada nuevamente. Milagros y Caridad miraron su terminal nueva, pequeña y resistente, lista para comenzar a trabajar. Esperanza miró la suya, de mayor tamaño, una terminal ejecutiva de alto desempeño.
—No tenías qué hacerlo.
—Tienes que parecer una mujer ocupada, ¿no es cierto? Hoy inicias tus estudios y no queremos que la gente se entere que mi asistente ejecutiva, tan eficiente ella, hace todo su trabajo en mi oficina porque no puede trabajar remotamente.
—Te amo.
—Lo sé. Aún puedes arrepentirte.
—Nunca —lo besó.

Las niñas entraron a la escuela y Esperanza las despidió desde la ventanilla del auto. La última vez que lo había hecho, tenía hambre y miedo, y había ido con ellas a pie. Estaba preocupada. Miró en los alrededores buscando a alguien que no estaba ahí, y no quedó tranquila mientras no vio a las niñas entrar a su salón de clases. Dexter también estaba preocupado, pero no lo externó. Después de todo, detrás de ellos estaba Francisco y dos de sus muchachos. Nada les pasaría a las niñas. Al menos, no ese día. No si podía evitarlo.
—Jóvenes —dijo Dexter, al entrar a Investigación y Desarrollo—, vamos a trabajar en un proyecto interesante.
Manipuló algunas imágenes en la pantalla. La resolución no era la óptima, y el ángulo no era el apropiado, pero se veía razonablemente bien lo que quería mostrar.
—Vamos a suponer, sin conceder, que nos encontramos esto. En lo personal, si tuviera el dinero y el derecho, derribaba esta cosa y la construía de nuevo. Pero no tengo ni una cosa ni la otra, al menos por el momento. Lo que vamos a hacer ahora es imaginar una manera de tomar nuestros prototipos y convertir esta construcción en una instalación decente. Recordemos, esto es puramente teórico. Quiero que se imaginen que van a comenzar desde cero, que van a imprimir los cubículos necesarios, y que van a mantener unas dimensiones mínimas decentes. Quiero un grupo trabajando en técnicas de demolición rápida, dos grupos de diseño, y tres grupos de impresión y ensamble. Los grupos de impresión deben reportarme qué mezcla de concreto consideran adecuada; yo trabajaré en el grupo de diseño de mezclas. Si bien estamos trabajando con un objetivo puramente teórico, lo que aquí salga lo utilizaremos en obras posteriores. Ah, y dado que nuestro presupuesto es limitado —dio un sorbo a su café— en tanto no descongelemos las cuentas y no termine la auditoría, nos concentraremos en obtener los costos más bajos para nuestro trabajo, ¿entendido? Quiero una lista de quién estará en cada grupo en mi escritorio —miró su reloj— a las mil cien en punto. Si no estoy en mi oficina mi asistente sabrá cómo encontrarme.
—Enterado, señor —dijo Hazel, la jefa de ingeniería—. Ya escucharon. A trabajar.

 

La celda medía cuatro metros por dos setenta.  Menos de once miserables metros cuadrados. Fillmore y Baggins compartían la celda. Frente a ellos, Numa Pompilio compartía la celda con el imbécil de Aquiles. Fillmore se había arrepentido de tener a Aquiles en nómina desde el primer momento, pero dependía de él. Necesitaba a alguien que fuera lo bastante codicioso y lo bastante idiota como para poder manipularlo y que se llevara la culpa de todo.
—Recuérdame cómo llegamos a esto —dijo Fillmore, mirando por la puerta a Aquiles. Gordo, calvo, sucio… eso se podía soportar. Lo que no se podía soportar era su afición a las niñas. Y a lastimar a las niñas. Y menos a sus propias hijas.
—Por culpa de Corona.
—Pinche Corona.
—¿Quién iba a pensar que ese imbécil iba a perder la cabeza?
—Yo lo dije.
—Y aún así no te hicimos ningún pinche caso. Somos unos pendejos, cabrón, unos pendejos.
—Al menos ya lo admiten.
—Se supone que no nos iban a encontrar. Nos dijiste que no nos iban a encontrar.
—Y no nos hubieran encontrado de no ser por culpa de Aquiles y sus puterías.
Baggins se sentó en la cama. Miró a través de la puerta. Aquiles estaba dormido en su litera. Numa Pompilio leía una revista. De seguro estaba haciéndose una chaqueta, pensó.
—Ese par de cabrones son dos caras de la misma moneda. Rocco dice que a los dos los entambaron por lo mismo.
—Rocco debería habernos sacado ya de aquí.
—Dicen que alguien de arriba nos tiene encerrados.
—Me conformaría con que me cambiaran de celda. Estar junto a Aquiles me da asco.
—Todavía lo necesitamos.
—Puto plan de mierda. Sé que no encontrarán lo que buscan. No soy tan imbécil. Saldremos de aquí y usaremos a ese cabrón para sacar el dinero que necesitamos. Y después lo haremos desaparecer de nuestra vida, si sabes a lo que me refiero.
—Conozco a la gente apropiada.

 

—Doctor —dijo la secretaria por el intercomunicador—, lo busca una persona.
—Di instrucciones expresas de que no quería ver a nadie hoy.
—Lo sé, doctor, pero… creo que le interesará lo que trae.
Rocco Mountaineer, doctor en derecho, decía la placa en la entrada. Sus casos eran pocos, pero muy especializados, y sus honorarios, considerables. Se había arrepentido de ese caso muy pronto. Él, que había defendido lo indefendible. Y valía cada centavo que cobraba.
—No lo quiero ver.
—Se trata de Baeza, abogado —dijo una voz—. Voy a regalarle el caso. Y ni siquiera tiene que hacer nada.