Día de Muertos (32)

1 de enero.

Estaba sumamente cómodo. Abrió los ojos poco a poco, deseando que ese sueño no terminara nunca. Parpadeó para aclararse la vista. Estaba cómodo, tendido en su lado izquierdo. Las manos en el pecho. Las cuatro.

¿Las cuatro?

Abrió los ojos cuanto pudo. No era su habitación. No la recordaba. Sintió una respiración rítmica en su espalda, y algo —alguien— detrás suyo. Miró las manos que estaba sujetando con las suyas. Eran manos femeninas. Estaban dentro de su camisa, estaban tibias, y le parecían conocidas…

No quiso voltear. Podría despertarla, y ya sabía lo peligrosa que era una mujer a quien despiertas sin que te lo pida. Además, le gustaba la sensación. Se relajó. Volvió a cerrar los ojos. Si era un sueño, no quería despertar tan pronto.

 

Estaba sumamente cómoda. Soñaba que estaba abrazando a un oso de felpa gigante. Podía sentir su pelo en la nariz. Olía a oso, claro, pero también a algo más. ¿Almizcle? No. Perfume. ¿Colonia? ¿Qué usan los osos como desodorante? Se acomodó más cerca del oso. Entonces el oso tomó sus manos y las entrelazó con las suyas. ¿Los osos de felpa tienen manos? También deberían tener más pelo, ¿no? Movió las manos por debajo de la camisa. Sí, ahí estaba el pelo. Subió más, a la cabeza del oso. Raspaba. ¿Desde cuándo los osos de felpa raspaban? Abrió los ojos. No era un oso de felpa.
—¡Uy! —dejó escapar un grito.
No era un oso. Para nada. Era Chandler.

Comiendo cereal de un platón cuadrado, Esperanza los miraba desde la puerta.
—No es el inicio más prometedor de una relación. Barbara Cartland jamás hubiera iniciado una novela así.
Anna estaba tan sonrojada como un tomate y se cubría bajo las sábanas. Chandler se había retirado a un rincón de la habitación, tratando de desaparecer, ligeramente avergonzado.
—No pasó nada, pimpollos —dijo la joven—. En primer lugar son adultos y pueden acostarse o dejar de acostarse con quien se les dé la gana. En segundo estaban tan cansados anoche que ni siquiera alcanzaron a quitarse la ropa. Y en tercer lugar, vayan a lavarse un poco. ¿Qué quieren desayunar?

 

Dexter entró a la cocina y saludó a la joven con un beso rápido.
—Bienvenidos a un nuevo año, muchachos —dijo Dexter, saludando de mano a Chandler y con un beso en la mejilla a Anna—. Por lo que veo durmieron muy bien. Porque durmieron, ¿verdad?
Esperanza rió.
—Debiste verlos. Parecían un par de pollitos asustados.
—Uy, y durmieron juntos en la casa de su jefe tras una fiesta de año nuevo. Creo que alguien tendrá mucho qué explicar…
—No seré yo.
Anna se ocultaba la cara con las manos. Chandler sólo agitaba la cabeza.
—Hey, su secreto está a salvo con nosotros.
—Y ahora, ¿cómo quieren sus huevos?

 

Erwin llegó a las mil horas, según vio Dexter en su reloj. Le encantaba ese reloj. Traía aún un traje de gala, aunque la corbata estaba desanudada.
—¡Feliz año nuevo! Les traje un regalito. Vodka tonic sin alcohol para tí —le dio a Dexter una botella de agua tónica—, la mejor limonada para tí —le dio una botella a Esperanza—, y para ustedes, agua mineral vegana, artesanal, libre de gluten y proveniente de un rancho sin cercas —les dio dos botellas a Chandler y a Anna. Tomó una quinta y la destapó.
—Brindemos por el éxito conseguido.
—¿De qué hablas? —preguntó Dexter.
—El año pasado, o anoche, como quieras verlo, fui a una pequeña fiesta. Qué fiesta, qué barbaridad. No sabía que se podían hacer esas cosas sobre caballos. Pero divago. La cosa es que Diana conoce a un amigo que conoce a un amigo, y ese amigo me conoce, y yo te conozco a ti, y deberías dejar de beber, estás poniéndote borroso.
—Alerta —dijo Dexter, chasqueando los dedos.
—No importa. Traigo chofer. La cosa es que ese amigo del amigo que es mi amigo ya es tu amigo, por asociación, así que con eso agilizamos los procedimientos más tardados.
—Erwin…
—De esta manera, mañana se enviarán las órdenes correspondientes y el tres de enero podrás traer a Milagros y a Caridad. Técnicamente el nombramiento será oficial hasta el 17 de marzo, y ese sí que no lo puedo modificar…
—Erwin, para tu carro. ¿Cuál nombramiento?
—Que no te enteras, alma de cántaro. Logré que te asignaran la custodia de las hermanas de tu novia, atarantado.

 

3 de enero.

Acompañados de Anna y Chandler, Dexter y Esperanza llegaron a la casa hogar. No era tan horrible como esperaba, pero definitivamente no era un lugar adecuado. Las paredes mostraban evidentes marcas de deterioro por humedad. y había más espacio en algunas celdas de cárcel que en las habitaciones de los niños. La directora los recibió en su oficina, un deprimente cubículo de dos por dos metros. Una botella de jerez estaba sobre el escritorio, abierta. Apenas eran las nueve de la mañana. Esperanza sintió que odiaba esa botella. La directora tenía evidentes ojeras. Un altero de papeles apilados, un montón de correos sin contestar, la computadora atrasada casi oculta por fichas bibliográficas.
—Perdone el tiradero. Maldita burocracia —se sirvió una copita de jerez. No le ofreció a nadie.
Revisó entre los archivos y apartó dos fichas. Las fotografías de Milagros y Caridad. estaban en la portadilla.
—Necesito ver su identificación.
Dexter la sacó de la billetera y la puso en el escritorio. La botella se veía tan deliciosa…
—Dexter Hand —observó la directora. Miró la identificación y la puso en el lector óptico. No se validó.
—Genial. No tengo conexión a la red.
—Permítame —dijo Chandler. Movió algunas cosas, sacó una pequeña terminal y la conectó al sistema. La red regresó de inmediato. La validación fue casi instantánea.
—No sé cómo lo logró, pero gracias.
—Para servirle. Quédesela, no la necesito.
—Qué bueno que se llevan a esas niñas. Este no es un lugar adecuado. Necesito las identificaciones de los testigos.
Chandler y Anna las sacaron casi de inmediato. La directora las escaneó también.
—Debe traerlas el 17 de marzo. Ese mismo día se las volverá a llevar. Maldita burocracia.
—Supongo que las cosas no marchan bien por aquí.
—Demasiados niños, muy poco espacio. Este no es lugar para presos, mucho menos para los niños. Maldita burocracia. ¿Sabe que tengo tres años solicitando presupuesto para reparar las paredes? Tengo cerraduras descompuestas. La red va y viene. APenas tengo presupuesto para darles de comer algo que no sea engrudo.
—¿Cuántos niños tiene? —preguntó Esperanza.
—Casi cien. Tengo espacio para cincuenta.
Esperanza miró a Dexter, quien se acercó a la botella de jerez. Se contuvo y la retiró con el dorso de la mano.
—Suponga que quiero hacer una donación. ¿Cuánto requiere para mejorar las condiciones aquí?
—No puedo aceptar donaciones. Por ley. Maldita burocracia.
—Suponga que una cuadrilla de albañiles e ingenieros quiere comenzar a hacer trabajos, se equivocan de dirección y no aceptan un no por respuesta…
—Mire, no sé qué se propone, pero no puedo aceptarlo. Por ley. Maldita burocracia. Sólo llévese a esas niñas. Ya bastante han sufrido aquí y allá.
—Si nos atenemos al espíritu de la ley podremos hacer algo —comentó Anna.
—Sólo haga que cierren esto y que se lleven a mis niños a un buen lugar. Haga eso y yo podré vivir mi jubilación en paz. Maldita burocracia.
Se puso de pie.
—Vengan. vamos por las niñas. Disculpen el olor. La cañería está rota y no tengo dinero para repararla. Maldita burocracia, mil veces maldita…

 

Juan revisaba una vez más el plano. Debía entrar a producción el primero de enero, pero lo detuvo para hacer unos ajustes. Ixchel lo encontró con los codos en la mesa y la cara en las manos. Comenzó a masajearle el cuello.
—¿Qué pasa ahora, Superman?
—¿Superman?
—Estás tan tenso que podrías ser el hombre de acero.
—Yo tenía todo planeado para resolver las cosas de una manera sencilla y resulta que no puedo.
—¿Por qué?
—Por iniciativa de alguien más. Por la física cuántica. Por algo. No sé. La cosa es que mis modificaciones no funcionaron como quería. Sí, obtengo el resultado general esperado, pero no es exactamente lo que quiero.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—Nada.  Eso es lo que más me molesta. Que no puedo hacer nada. No debo.
—¿Entonces por qué te quejas?
—Hace cinco años alguien no tenía que hacer nada, y lo hizo. Así empezamos con este problema. Son las pequeñas cosas, lo que no podemos controlar, el pequeño movimiento browniano de la humanidad, lo que arruina todos los planos tan cuidadosamente planeados. Ahora tengo que vigilar que nadie haga nada. ¿Cómo te imaginas el infierno? Para mí, el infierno es una inmensa planicie con nada más que arena, en la que no hay nada qué hacer. ¿Sabes lo difícil que es no hacer nada en una playa? Imagínatelo a escala mundial. Alguien, por puro aburrimiento, hará algo. Eso es lo que me temo.