Día de Muertos (31)

31 de diciembre.

Eran las cuatro de la tarde. Estaba en su oficina, con los pies encima del escritorio y el sillón reclinado. La luz entraba por el ventanal de concreto translúcido. La planta estaba en silencio. Se habían suspendido las labores desde navidad y no volvería a operar sino hasta después de año nuevo; así lo había dispuesto Dexter, y así lo habían acatado los empleados, contentos de pasar tiempo con su familia.

Sin embargo, la planta no estaba vacía. Los abogados y contadores seguían ahí. Es cierto que, en teoría, no eran empleados de la planta sino de las firmas que revisaban la transición, pero a Dexter le molestaba profundamente que tuvieran que trabajar en esas fechas. Ni siquiera mitigaba su malestar el hecho de que habían descubierto tantas cuentas bancarias y tantos bienes desfalcados que la única manera de que los culpables quedaran en libertad era que un meteorito de buen tamaño cayera sobre la ciudad.

Esperanza estaba estudiando un enorme libro de mecánica de sólidos. Tenía quince años ese libro; ya era viejo de la época en que Dexter y Remedios habían comenzado a elaborar ladrillos mecanizados con su fórmula de concreto vítreo. Para todos en la planta Esperanza era la asistente ejecutiva —algunos sospechaban que era más que eso— y desempeñaba ese puesto sin falta; pero aspiraba a algo más. Necesitaba dejar una huella en el mundo. Pero aún no decidía qué tipo de huella.

Dexter, en cambio, trataba de decidir algo más inmediato. En su mano derecha tenía un cubo de concreto traslúcido. En la izquierda, un cubo de concreto vítreo, lustroso pero opaco. El concreto traslúcido no terminaba de satisfacerlo. No era tan resistente como quería. Ni siquiera el que estaba detrás, en el ventanal, era satisfactorio. Era una serie de fibras de vidrio en el concreto. No había grava ahí. No era concreto sin grava, se decía. Le parecía preferible el concreto vítreo. Finos cristales de sílice, calcio y sodio mezclados en forma de arena. Elegante solución a los desechos que era caro separar mecánicamente, un diseño sostenible y ecológico, resistente para aplicaciones arquitectónicas y estructurales bajo ciertas condiciones.

Miró el reloj. Todavía no eran las cuatro y media. Las mil seiscientas treinta horas. Esperanza seguía calculando la torsión en un asta bandera sometida a una fuerza de 30 kilonewtons en su extremo libre. Le costaba mucho trabajo resolver el sistema de ecuaciones. Dexter lo sabía. A los únicos ingenieros que no les costaba trabajo era a los ingenieros que jamás salían de gabinete. Y ellos jamás se habían ensuciado las manos en obra, y no podían comprender a carta cabal lo que se sentía trabajar en algo de lo que dependería la vida de tanta gente.

—No entiendo —dijo Esperanza, al fin.
—Está bien. Necesitas practicar un poco más los capítulos previos.
—¿Cómo puedes calcular esto así? Es horrible.
—La ingeniería civil es un arte. Y el arte mancha —hizo girar el cubo en su mano izquierda.
—Todo lo que ustedes calculan es cuadrado. ¿Por qué?
—Es la forma más sencilla de calcular algo.
—Le falta vida a lo que hacen los ingenieros civiles. Le falta arte.
—Para objetos artísticos tenemos a los arquitectos.
—¿Qué harías si estudio arquitectura?
—Regañarte cuando pongas un muro de carga lejos de un elemento estructural.
Dejó el cubo de concreto vítreo y tomó el de concreto translúcido. Le faltaba grava. Se veía más bonito, no tenía duda, pero le faltaba grava. No era concreto sin grava. Era mortero.
—Quizá es que la arquitectura ya no es lo que era —dijo Dexter—. Hace siglos que los arquitectos no realizan los cálculos en sus obras. Y los ingenieros nos especializamos demasiado.
—Los arquitectos también se especializan.
—No tanto como los ingenieros. Yo soy caminero. Remedios era geotécnica. No entiendo por qué terminamos metidos en construcción.
—Tiene sentido si tu concreto se usa en la construcción de carreteras.
—Quizá.
Le disgustaban las resinas en el concreto. Si quisiera usar resinas epóxicas para construir una pared, usaría directamente las resinas. Dejó la muestra de concreto traslúcido en el escritorio. Se miró la mano derecha. Yeso, pensó. Pero hace mucho que no se usa yeso en medicina. Su mano estaba inmovilizada  por una escayola de bioplásico. Comparada con el concreto —con el mismo yeso— la escayola no era muy resistente, pero no tenía por qué serlo. Su función era inmovilizar los huesos. Su fuerza venía de su forma. Era una armadura tridimensional. una armadura como las que habían aprendido a calcular incontables generaciones de ingenieros, pero en una pequeña escala. Miró su mano. Miró a la joven.
—Debe existir una forma de entrenar a un arquitecto para que emplee elementos estructuralmente fuertes en formas estéticamente agradables.
Esperanza levantó la mirada. Dexter miraba su escayola, el brazo levantado hacia la luz. Las formas en la escayola semejaban triángulos. Geometría.
—Puedo descomponer cualquier figura en triángulos —dijo Esperanza—. Y puedo formar celosías con ellos.
—¿Qué tan fuerte será?
—Podríamos intentar calcularlo.

 

Dieron las cinco. Dexter apagó y encendió cinco veces seguidas la luz de las oficinas. Los abogados y contadores supieron que debían terminar sus actividades del día. Nadie le replicaba al jefe. No en víspera de año nuevo. Los últimos en salir fueron Anna y Chandler. Se los veía agotados.
—No tienes buena cara —le dijo Esperanza al joven ingeniero.
Y no la tenía. Profundas ojeras surcaban su rostro. Un ligero temblor en las manos indicaba exceso de cafeína.
—Tú tampoco —le dijo a la abogada. Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Chandler.
—Estoy cansada.
—Muy bien. Vendrán con nosotros a casa.
Ella se talló los ojos, queriendo despertar.
—No, de verdad. No quiero molestar.
—Me molesta más saber que están ustedes trabajando de más —dijo ella, cruzada de brazos. Parecía mayor de lo que era—. Vendrán con nosotros a casa. Celebraremos año nuevo y nos iremos a descansar temprano.
—Aún faltan siete horas para el año nuevo.
—Claro que no. Ya casi es media noche en Greenwich.
La planta quedó vacía, excepto por el personal de seguridad.
—Francisco, ven un momento —le dijo Dexter al jefe de seguridad.
—Dígame, señor.
—Envía a uno de tus muchachos a que compre una botella de champán. Celebren por mí. Sólo no celebren demasiado.
—Lo haremos, señor. Lo veré el próximo año.

 

Cuando llegaron a la casa, Chandler y Anna se miraron, ligeramente asombrados.
—¿Por qué estamos aquí?
—Por órdenes de tu jefe —dijo Dexter—. Cenaremos algo ligero, celebraremos el fin de año, brindaremos por el día con una buena taza de té, y nos iremos a descansar. Se lo han ganado.
—Preferiría continuar trabajando.
—Eso hubiera tenido sentido si no hubieras venido dormido en el auto —replicó Esperanza.

Hubiera preferido una celebración mayor, pero sabía que no tenía mucho sentido. Todos estaban cansados. Incluso ella. Pero había sido admitida para iniciar el curso escolar en enero, y debía asegurarse de estar al día en todas sus materias. Iba adelantada, pero no estaba segura de su progreso. Estaba nerviosa y cansada. Le había costado mucho decidirse por la educación a distancia, pero era la única manera de continuar como asistente ejecutiva. Sonrió para sí. Asistente ejecutiva. Si tan sólo supieran…

Anna estaba cayendo de sueño en la mesa del antecomedor. Chandler tenía la mirada en blanco, y sus dedos hacían movimientos que a Esperanza le recordaban un rápido tecleo. Con ayuda de Dexter preparó una cena ligera —sólo unos emparedados de roast beef y tomate— y una taza de té Earl Grey para cada uno. Cenaron en silencio, brindaron por un año nuevo lleno de éxitos, y Esperanza guió a Chandler y a Anna a una de las habitaciones de invitados. Anna se recostó e la cama y se quedó dormida casi de inmediato. Chandler alcanzó a quitarse el saco y los zapatos. Dexter se encogió en hombros. Esperanza suspiró. Le quitó los zapatos a la joven y cubrió a la pareja con una frazada.
—Al menos así no podrán arrepentirse de nada —observó Dexter.
Esperanza sonrió. Se miró en el espejo. Dos meses habían pasado desde que llegara a esa casa, hambrienta y cansada. No podía reconocerse, y sin embargo, era la misma. Dexter la tomó por la cintura.
—Me siento orgulloso de ti, ¿sabes?
—¿Por qué?
—Sabes tomar buenas decisiones. Y acabas de hacer muy feliz a un hombre, aunque todavía no lo sepa.
—¿Sí? ¿A quién? —Lo acercó hacia ella. Le gustaba sentir su cabello entre sus dedos.
—A Chandler. Ese pobre muchacho no se entera de nada. Me recuerda a mí cuando tenía su edad. Yo también era un completo imbécil con las mujeres. Lo sigo siendo.
Ella sonrió, se giró y lo besó.
—Tienes razón.
Apagó la luz.
La casa sonreía.