Día de Muertos (30)

25 de diciembre.

—Fuiste tú.
—Sí.
—Nunca pude agradecerte.
—Es bueno saber que todo terminó bien.
—No para él.
Quedaron en silencio. Diana rompió el silencio.
—Pero no estamos aquí celebrando cosas tristes. Estamos aquí celebrando cosas alegres, ¿no es verdad?
—Si, eso es —dijo Justin—. Yo diría que es hora de los regalos. de cumpleaños.
—Muy bien —dijo Adriana, poniéndose de pie—. Vamos a ver abrir regalos.

Esperanza, al igual que en la mañana, abrió con sumo cuidado los regalos. Adriana casi la obliga a abrir el suyo primero, así de segura estaba de que le gustaría. Era una preciosa gargantilla en oro, con una perla engastada al frente. La gargantilla destacaba el grácil cuello de la joven.
Anna le obsequió un bolso pequeño.
—Espero que te guste. Nunca te he visto con un bolso.
«Es porque no tenía ninguno» pensó Esperanza. Era un hermoso bolso.
—Es precioso. Lo usaré cuantas veces pueda.
—Yo… no sé qué se regala en estas ocasiones—dijo Chandler—. Pero pensé que, ya que te gusta la música clásica, quizá te gustaría escuchar esto. Es de mis favoritos.
Era una compilación de música a través de los tiempos. Desde Johann Sebastian Bach hasta John Williams.
—Me encanta. Gracias —dijo Esperanza, dándole un beso en la mejilla al joven. Sonrió. Anna lo tomó de la mano mientras Esperanza desenvolvía el siguiente obsequio.
—Sabia virtud de conocer el tiempo —cantó Erwin. Era un brazalete, pequeño y elegante, en oro blanco, con un intrincado grabado. Y había algo más…
—Es un reloj… —dijo Esperanza, sorprendida.
—No fue fácil de conseguir. Sólo se fabricaron unos pocos millones de unidades y ahora eres la afortunada poseedora de uno de ellos —Erwin sonreía, restándole importancia a su regalo.
—Temo que ahora mi regalo quedará opacado —dijo Justin.
Esperanza abrió la cajita. Un par de aretes en forma de gota, de perlas naturales. Esperanza se los colocó enseguida. Se sentían bien; se veían aún mejor. Abrazó con fuerza al hombretón.
—Son bellísimos.
—Me hubiera gustado ser el de la idea, pero en casa es Adriana quien tiene buen gusto.
El timbre sonó. Dexter miró la hora. Las mil ochocientas. ¿Quién sería?
—Rusty —aventuró Erwin—. Dijo que vendría.
—Es cierto. Voy a abrir —dijo Dexter.

Russell entró, acompañado de su esposa y sus dos hijos pequeños.
—Perdona la tardanza. Tuvimos un pequeño inconveniente con uno de los regalos de navidad.
—¿Qué pudo ser tan inconveniente?
—El regalo de navidad decidió comerse el árbol.
Dexter rió.
—¿Un perrito?
—Un cachorro de viejo pastor inglés. ¡Ah, querida! Permíteme presentarte a Esperanza. Realmente le hace honor a su nombre.
—Ciao, bella —dijo Sofía, besando a Esperanza en ambas mejillas—. Creo que hice bien en elegir esto para ti.
Le tendió una caja delgada. Esperanza la abrió; en el interior, una pluma fuente del mismo color y un prendedor en forma de rosa de oro blanco.
—Dios mío, es hermoso.
—Me esmeré mucho para hacerlos con tanta premura.
Colocó el prendedor en el vestido de la joven.
—Sí, no me equivoqué. Oh, pero, espera… Santino, dame la caja.
El niño le dio la caja que estaba resguardando. Sofía sacó una tiara a medio fabricar. La colocó sobre la cabeza de la joven.
—Sí. Perfecto. Si colocamos aquí y acá… un poco más delgado en los extremos y con la punta en otro ángulo… Sí. Se verá preciosa el día de tu boda.
Esperanza se sonrojó.
—Qué puedo decir —dijo Russell—, la experta ha hablado.

 

Era noche cerrada cuando se fueron todos los invitados. Dexter abrazaba a Esperanza por la cintura, resguardándola del frío.
—Aún falta un regalo —le dijo Dexter, mientras veían alejarse las luces de los autos.
—¿De verdad?
—Sí. Vamos, te lo mostraré.
Entraron a la sala. El cuadro seguía cubierto. Dexter se acercó a él.
—Me resistí a deshacerme de este cuadro. Me daba malos recuerdos. Hasta que vi que lo estabas replicando en el jardín.
Quitó la sábana. Era un Guernika.
—Lo pintó Remedios. Era su cuadro favorito. Lo terminó la noche anterior a su muerte. Tardé mucho en darme cuenta que lo importante de este cuadro no era su simbolismo. No soportaba verlo porque me recordaba lo que había perdido.
—Dexter, yo…
—Ahora puedo ver que este cuadro es sólo un cuadro. Que a veces un toro es un toro y un caballo es un caballo. Picasso lo sabía. Remedios lo sabía. Por eso quiero regalarte algo.
Sacó del bolsillo una cajita. La abrió. Era una argolla de oro. Lo deslizó en el dedo anular de la joven.
—Tienes dos años para cambiar de opinión.
Ella lo miró a los ojos.
—No pienso cambiar de opinión.
Lo besó. Lo besó como si no hubiera un mañana.