Día de Muertos (29)

25 de diciembre.

El timbre sonó. De un vistazo Dexter vio la hora: las mil trescientas. Sonrió. Dejó el vaso de soda con limón en la mesa y fue a abrir. De la cocina llegaba un aroma delicioso…

—Eso huele que alimenta —dijo Chandler, aspirando el aroma. Roast beef, decidió. Dejó el paquete en la mesa, pero no el ramo de rosas.
—¿Dónde está tu novia? —preguntó Dexter, con una sonrisa.
Ante el silencio del muchacho, Dexter le dio una palmada en el hombro.
—Lo harás bien. No te preocupes. Si supieras cómo conocí a mi esposa…
—¿Quién llegó? —preguntó Esperanza desde la cocina.
—Me hago cargo —dijo Adriana. Tomó un jarrón de la sala, lo revisó y, satisfecha, acomodó las rosas de Chandler.
—Un buen detalle —dijo. El joven se sonrojó — ¿Puedo ofrecerte algo de beber?

Esperanza y Justin terminaban los últimos detalles del pastel cuando sonó el timbre una vez más. «El secreto está en el movimiento de la muñeca,» le decía Justin, «y es importante mantener siempre el mismo ritmo.»
—Pasa, querida —dijo Dexter. Anna venía informal, pero aún así elegante. Tiene el porte de una modelo, se dijo Dexter.
—Gracias, señor Hand.
—Dexter. Fuera de la oficina soy Dexter —tomó la caja de regalo y la colocó con los demás, en la pequeña mesa de la entrada.
—Espero no llegar tarde.
—Es un buen día para llegar tarde, no te preocupes —miró el reloj una vez más. Las mil cuatrocientas—. Permíteme presentarte a Adriana. Ya conoces a Chandler, un buen muchacho de la oficina.
Anna se sonrojó.
Adriana y Dexter se miraron a los ojos con complicidad.
—Les ha pegado el rayo siciliano.

 

Erwin llegó unos instantes después, acompañado de una mujer de aspecto distinguido.
—Erwin, muchacho —dijo Dexter—, de haber sabido que vendrías así de elegante me hubiera puesto algo más formal.
Erwin sonrió. Iba en pantalones deportivos de color indefinido y sudadera gris con capucha.
—Permíteme presentarte a Diana.
—Señorita —dijo Dexter, inclinándose para besar la mano de la dama, quien también vestía ropa deportiva. A Dexter le pareció extrañamente conocida.
—Diana es una buena amiga mía.
—Amigos solamente, ¿eh? No puedo culparla por no querer salir contigo.
—Nunca debes salir con alguien de tu círculo profesional —dijo Diana—, por si las cosas no marchan bien.
—Sabia decisión. Aunque debo decir que mi esposa y yo fundamos nuestra empresa juntos.
—¿De verdad? ¿Y cómo ha ido su matrimonio?
—Dexter es viudo.
—Oh. Lo siento.
—No te preocupes. No tenías forma de saberlo. Pasa, por favor, siéntete como en tu casa.

La casa estaba feliz. Había ruido y alegría por todos lados. Esperanza y Justin habían preparado una comida tradicional inglesa. Roast beef, papas, zanahorias, nabos y coles de bruselas rostizados, pudín de Yorkshire…
—Brindemos —dijo Erwin, poniéndose de pie y levantando el vaso de limonada. Todos siguieron su ejemplo—. Mi abuelo, que era un hombre sabio, me dijo una vez «Hijo, tengo ganas de comprar una casa, pero no tengo los medios. Tengo los medios para comprar una cabra, pero no tengo ganas.» ¡Así que bebamos para que nuestras ganas sean siempre compatibles con nuestros medios!
—¡Salud!
Comenzaron a comer. Saboreando todo como si nunca hubiera comido algo más delicioso, Diana felicitó a los cocineros.
—No sé quién les ha enseñado a cocinar. Debió ser un ángel.
Esperanza se sonrojó.
—Pecando de falsa modestia —dijo Justin—, diré que el secreto de una buena comida es un buen apetito. Y de mi receta secreta, claro está.
Todos rieron. Charlaron brindaron y rieron hasta que la última col de Bruselas y la última gota de salsa gravy desapareció.
—Confío en que aún haya espacio para el pastel —dijo Justin, mientras colocaba una preciosa tartaleta de fresa al centro de la mesa. Suspiró—. Me va a dar pena comérmela. Es tan maravillosa como nuestra gentil anfitriona e igual de dulce.
Esperanza se sonrojó y bajó la mirada. Dexter la tomó de la mano.
—Vamos. Pide un deseo —Adriana colocó una vela y la encendió.
Esperanza cerró los ojos un instante y se concentró. Sopló y apagó la flama.
La casa sonreía.

Diana se acercó a la joven. Examinó la cara con interés clínico.
—Eso son marcas de cigarrillo, ¿cierto?
—Diana —dijo Erwin—. Por favor.
—No lo tomen a mal. Es sólo que ya conozco a alguien más con esa clase de quemaduras. Las tuyas son exactamente la Osa Mayor.
—No le des ideas.
—No, no, me malinterpretan. Mira —se retiró el cabello de la espalda— Yo  tengo a Orión.
—Heh. Ya sé de dónde te conozco —dijo Dexter.

4 de julio. Hace nueve años.

Cuando llegó a su departamento, las luces estaban apagadas. Suspiró. Otra vez se robaron las lámparas, se dijo. Al menos conocía el camino. Subió los dos pisos. Las escaleras se le hacían más pesadas que de costumbre; la práctica de rugby lo había dejado exhausto. Escuchó entonces el gemido apagado. La casa del vecino. ¿Cómo se llamaba? Pompeo. Pompeyo. Algo así. El gemido llegó otra vez más. Alguien lloraba. Se concentró en escuchar. El tono era calmado, pero no podía distinguir lo que decía. Estaba todo oscuro. Abrió su departamento sin hacer ruido y fue a la ventana de atrás. Los departamentos fueron construidos en espejo; su habitación colindaba con la habitación del otro departamento. Los sollozos eran más pronunciados. La conversación, más inteligible. Un monólogo. Pompilio. Numa Pompilio. Podía escuchar lo que decía con claridad. Estaba castigando a su hija. Conocía a la chica. Un par de años menor que él, bonita, pero casi no salía; Numa Pompilio se lo tenía estrictamente prohibido. Era un hombre profundamente conservador y religioso; rayano en lo fanático desde que su esposa lo abandonó. Dexter recordaba esa pelea. Decidió espiar con un espejo. No era fácil, pero pudo observar a la chica maniatada y amordazada. En la oscuridad, una brasa roja variaba de intensidad. La brasa roja se perdía cuando Numa Pompilio la apagaba en la piel de la joven, que gemía de dolor.
Dexter tomó una decisión.

Haciendo acopio de toda su fuerza, golpeó la puerta, que gimió en respuesta mientras se despegaba de los goznes. Numa Pompilio tomó la botella de la que había estado bebiendo y se dirigió a la entrada, con intención de matar al intruso. La luz se encendió, cegándolo momentáneamente. No vio venir el golpe; Dexter lo tacleó por la cintura, derribándolo. La botella voló por los aires, derramando su contenido. Numa Pompilio se golpeó la cabeza al caer al suelo, y Dexter se puso de pie y corrió hacia la chica. La tomó en brazos y se la llevó a su departamento. Numa Pompilio intentó ponerse de pie. Dexter lo pateó en el estómago una vez más, y otra vez en la cara. Quedó tendido en el suelo.

La policía llegó eventualmente. La chica, temblorosa y asustada, se fue en la ambulancia. Dexter no podía olvidar las marcas en su espalda. Saiph. Rigel. Alnitak. Alnilam. Mintaka. Bellatrix. Meissa. Betelgeuse. La constelación de Orión. Las puertas de la ambulancia se cerraron. La chica lo miró mientras se alejaba.
—Godspeed, Diana —dijo Dexter.
—Necesito que me acompañe para tomar su declaración, joven —dijo el policía. Roberto Santos, leyó Dexter en la placa.
—¿Puede esperar un instante? Quisiera asegurarme de una cosa.
El oficial asintió. Dexter caminó hasta la patrulla. Numa Pompilio estaba ahí. sonriendo con los dientes negros y el aliento alcohólico. Dexter descargó un recto a la quijada. Un chorro de sangre brotó de los labios del hombre, y escupió un par de piezas.
—Listo, oficial —dijo, sobándose la mano—. Ya estoy listo para declarar.