Día de Muertos (28)

25 de diciembre.

El vestido rojo acentuaba su figura cuando entró. El maquillaje, ligero, destacaba sus ojos. Adriana le había cortado el pelo en una cascada que caía hacia la izquierda, contrastando con la constelación a la derecha. Dexter se quedó boquiabierto. Justin dejó de batir la masa del pastel.
—Ya pueden respirar —dijo Esperanza.

Justin hizo un desayuno ligero. Ligero, para sus estándares.
—Quiero desayunar así todos los días —había comentado Esperanza.
—Tendrás que llevarte a correr todos los días a este imbécil —dijo Justin, señalando con el vaso de jugo a Dexter.
Esperanza los miró.
—¿Puedo preguntar por qué se tratan de esa manera?
Dexter rió.
—¿Qué es tan divertido? —preguntó Adriana.
—Es muy simple. Una vez, en Cheshire, los dos nos enamoramos de la misma niña.
—Y cuando decimos niña, lo decimos literal —confirmó Justin—. Teníamos diez años.
—Siendo los dos un par de cerdos miniatura, no se nos ocurrió otra cosa que pelearnos con insultos.
—Tu mamá es tan gorda que imprimieron una foto panorámica de ella y todavía no terminan de imprimirla.
—Tu mamá es tan gorda que cuando termina de ponerse su vestido primaveral ya estamos en otoño.
—Tu mamá es tan gorda que cuando va a la playa Greenpeace la quiere devolver al mar.
—Tu mamá es tan gorda que actuó como la piedra rodante de Indiana Jones.
—Tu mamá es tan gorda que su sombra pesa veinte kilos.
—Tu mamá es tan gorda que se pone el lápiz de labios con rodillo de pintura.
—Tu mamá es tan gorda que una vez brincó al aire y se atoró.
—Por supuesto —dijo Dexter entre risas— la niña jamás nos hizo caso, pero en cambio nos convertimos en los machos alfa de la manada.
—Y cada vez que veíamos a una chica guapa, comenzábamos a insultarnos. Es nuestro equivalente a la danza del apareamiento del pavo real.
—Siempre hemos sido muy buenos amigos, así que si uno de nosotros ligaba y ella soportaba nuestro ritual, sabíamos que era la indicada.
—Y funcionó.
Justin besó a Adriana.
—Se necesita una mujer de carácter para soportar nuestras mañas. Huye ahora que puedes, querida —dijo, sonriendo.
Como respuesta, Esperanza se acercó a Dexter.
—She’s the one.
—Indeed —Dexter le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Ella sonrió.
Esperanza y Justin estaban atareados en la cocina. Adriana y Dexter salieron, para dejarlos trabajar. Fueron a la sala. El cuadro estaba aún ahí, tapado.
—Cuéntame de ella. De tu esposa.
Dexter inclinó la cabeza.
—Fue el amor de mi vida.
—Lo sé. Por eso quiero que me cuentes de ella.
Dexter la miró a los ojos.

 

10 de agosto. Hace ocho años.

—Necesito un trago —dijo la recién casada. El vestido blanco, vaporoso, parecía flotar mientras bailaba con su flamante marido, elegante con su traje negro hecho a la medida.
Eran una bonita pareja. Él, alto, grande y fuerte como un toro e igual de inteligente, según el padrino, bailaba el tango que la orquesta tocaba; sabía que era la única ocasión en que podría mandar a su esposa. Ella, delgada, alta pero no tanto como su esposo; la cara redonda flanqueada por una espesa mata de cabello negro, los pómulos altos, los ojos color aceituna, la piel salpicada de pecas. La novia se movía con la gracia natural de prima ballerina. Un mesero pasó. Sin perder el paso, ella tomó dos flautas de champán y le dio una a su marido.

Dexter los miraba desde detrás de una columna, Junto a él, Remedios, abrazada para no perder el equilibrio.
—He bebido de más —dijo la joven.
—Hemos.
Ella cerró los ojos.
—¿Crees que nuestra boda sea igual de salvaje?
—Eso depende. ¿Me enseñarás a bailar?
Ella le puso el índice en los labios.
—Como si en realidad pudieras caminar sin tropezarte, escritor.
—Oye…
—Vamos a otro lado.
—Somos los padrinos. No nos podemos ir.
—No nos vamos a ir. Sólo tenemos que ir a otro lado.
Lo besó. Sabía a champán.
—Vamos. A menos que quieras que todos nos vean.
Bajó su mano. Ella sabía cómo convencerlo…

—Hey, tórtolos —dijo Consuelo, tocando la puerta de la camioneta—, les recuerdo que para haber luna de miel primero tiene que haber boda.
Una mano escribió en el vapor del vidrio «fuera».
Ella sonrió. Todavía no sabía qué se habían visto, pero estaba contenta de que estuvieran juntos. Regresó a la boda. La orquesta había pasado del tango al swing, y los recién casados bailaban con brío.
Consuelo se sentó en la primera mesa que vio. Había una botella de Grand Marnier. Se sirvió una copa y la vació de un trago.
—Perdone, señorita, pero creo que está usted en mi lugar.
Ella lo miró. No estaba mal el muchacho. No era muy viejo. No pasaba de los treinta. Se veía fuerte. La barba bien cuidada. Iba vestido exactamente lo opuesto de lo que se esperaba en una boda: traje blanco, camisa negra, y corbata de patitos. Con el valor que te da el alcohol en la sangre, lo devoró con la mirada. Se sirvió otro Grand Marnier.
—Ups —dijo. No hizo ningún movimiento para levantarse.
Él, entonces, se sentó en la silla de al lado.
—Joaquín.
—No. Consuelo. Deberías dejar de beber; estás poniéndote borroso.
Él sonrió.
—Consuelo.
—Sí. Es curioso. Tú me conoces y yo no sé tu nombre.
—Oh, perdón. Soy Joaquín.
—Hola, Joaquín.
—Hola, Consuelo.
—Toma un trago conmigo —sirvió otra ración de Grand Marnier. Le acercó el vaso.
—A tu salud.
—Cheerio!

 

—¿Qué tan segura estás de que va a funcionar?
—Le dije a Joaquín que trajera Grand Marnier. Conozco a tu hermana, escritor.
Los cristales de la camioneta seguían empañados.
—¿Y crees que harán buena pareja, o qué?
—Pffft, no. Probablemente acaben escenificando la Guerra de las Rosas.
—¿Y entonces?
Ella recogió su pelo. Él le subió el cierre del vestido.
—No todos los amores son para siempre ni todos los amores son ardientes.
—Ya no estoy seguro. ¿El nuestro lo es? No. El de Justin y Adriana sí. El nuestro es un amor especial.
—¿Qué tan especial?
—Tan especial como para que te ame —dijo ella, besándolo.

Adriana le guiñó un ojo cuando regresaron a la fiesta. Remedios guiñó de vuelta. Se sentaron en la primera mesa vacía que vieron. Ya casi no quedaban invitados y ahora la música provenía de grabaciones, pero los novios seguían bailando.
—Anoche soñé con tu amiguita.
—¿Cuál de todas?
—Esa por la que estabas loco pero no te hizo caso.
—Ah, ya. Nunca me volvió a hablar después de aquella vez en que nos encontramos en el cine.
—Lo siento. Debí decirle que no me interesabas.
—Ustedes las mujeres son animales muy raros. Nosotros los hombres somos animales sencillos.
—Sí, seguro, escritor.
—Es verdad. Ustedes nos han estado domando durante años. Si alguien tiene la culpa de lo que somos son ustedes.
—Sí, claro. Igual, soñé con tu amiguita.
—Muy bien —dijo, sirviéndose un trago de lo primero que vio. Coñac—. ¿Qué soñaste?
—Soñé que tu amiguita se iba en un viaje en tren y me dejaba a su hija. Me pedía que la cuidara porque ella te cuidaría a ti.
—Qué raro.
—¿Tu amiguita tenía hijos?
—No sé. Nunca me dijo.
—¿Te hubieras casado con ella si hubiera tenido hijos?
—No veo por qué no. Papá se casó con mamá cuando ya había nacido Consuelo.
—Sí, pero ellos ya llevaban diez años viviendo juntos.
—Creo que sí…
—Anda, ¿te hubieras casado con ella si hubiera tenido hijos?
—Sí.
—¿Y te casarías conmigo sabiendo que tengo hijos?
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si me lo propones tú o si te lo propongo yo.
Ella lo miró por encima de los anteojos.
—No te entiendo.
—Antes de que se me olvide —dijo Consuelo, asida del brazo de Joaquín—, esto es tuyo, Dex. Nos vemos mañana. O pasado mañana si todo sale bien —sonreía.
Dexter hizo la seña de éxito a Joaquín. Era buen amigo.
—Gracias, querida —dijo Dexter, tomando la cajita.
—¿Qué es eso?
—La curiosidad mató al gato.
—Quiero saber —dijo ella, recostándose en el pecho del joven.
—Está bien.
Abrió la cajita y le mostró el contenido.
—No es mucho, pero lo hice yo mismo. Es una pieza de meteorito.
Lo deslizó en el dedo de la joven.
—¿Te casarías conmigo?
A manera de respuesta, ella lo besó.

 

25 de diciembre.

—La extraño terriblemente.
—¿Qué harías si pudieras cambiar el pasado?
—No lo sé. Quizá nada. Sólo soy una persona, y me da miedo pensar en las ramificaciones de un solo cambio. Si en su boda Joaquín no hubiera llevado Grand Marnier, o si no me hubieran prestado la camioneta del trabajo, o si me hubiera desecho del meteorito que perforó la bodega, o si no hubiera llegado tarde ese día… Si alguien le hubiera dado una mano a Gris, o si Reme no hubiera ido al cine ese día… Si hubiera insistido un día más con Gris, o si Erwin no hubiera necesitado practicar un testamento… Si su profesor no hubiera decidido que era tan buen testamento que aceptó notariarlo sin cobrar… O si no hubiera llegado aquel día con mi primera novela… Son tantas y tantas historias que hubieran sido diferentes. No creo que quisiera cambiar el pasado —tenía los ojos húmedos.
Ella lo miró en silencio. Tomó su mano y le dio una palmada afectuosa.
—Eres un buen hombre.
—Quiero pensar que es así.
—Temo por esa chica. No porque se enamoró de un hombre mayor. Ni siquiera porque se enamoró de ti en particular. Siento que algo va a salir mal en el futuro.
—Lo sé. Mi mundo estaría mejor si supiera lo que va a pasar. Tengo miedo, Adi. Tengo miedo de lo que va a pasar. No por mi.
—Por ella.
—Y por sus hermanas. Todavía no las conozco y ya las extraño…
Trató de contener el temblor de su mano izquierda.
—Tengo miedo. Temo por ellas. ¿Cómo puedo temer por alguien que no conozco? ¿Cómo puedo amar a alguien que no está conmigo?
Adriana lo abrazó. Se quedaron así largo rato.
—Todo saldrá bien. Te lo prometo.