Día de Muertos (27)

25 de diciembre. 

El sol salió, como de costumbre, por el este. Los primeros rayos rebotaron, como de costumbre, por las paredes al oeste. La luz difusa, en cambio, los encontró bajos las frazadas, ella acaparando los cobertores, él abrazándola por la espalda. Él despertó primero. Su conciencia, quizá, no estaba del todo en paz. Pero aspiró el aroma que emanaba del cabello de la joven. Sintió paz. Se sintió en paz consigo mismo. No habían pasado más allá de un manoseo —aún tenía escrúpulos, racionalizó— pero ya sabía que su vida estaba incompleta sin Esperanza.

Ella despertó instantes después. Sintió las manos de Dexter rodear su cintura, y su respiración acompasada. Sintió algo que no había sentido nunca antes. Se sintió amada. ¿Qué importaba la diferencia de edades? A ella, ciertamente, no le importaba. Se giró.
—Hola —dijo.
—Hola —le respondió.
Ella se acomodó junto a él. Ahora ella lo abrazaba.
—Me gustó despertar así.
Él jugó con su cabello un poco.
—Hace años que no lo hacía.
—¿La extrañas?
—Terriblemente. Pero ahora te tengo a ti.
—Y yo te tengo a ti. Y me gusta.
—Temo que sea un sueño.
—Hay una manera de saberlo —dijo. Lo besó—. No, no es un sueño. Te huele la boca.
Él rió.
—Creo que te amo, bella.

 

Salió del baño y se vistió. Ropa deportiva. Era día festivo, después de todo. El árbol estaba iluminado y los cuatro regalos estaban en su lugar. Aunque… Dexter los contó. Cinco. Había uno más. Mientras se preguntaba por qué, llegó Esperanza, aún secándose el pelo. La miró. Se veía joven. Muy joven. Sentimientos encontrados, mariposas en el estómago, Humbert Humbert de seguro aprobaría lo que estaba viendo… Pero mientras Humbert hubiera deseado que el tiempo no pasara, que Lolita permaneciera siempre joven, Dexter no podía esperar a ver lo que el tiempo haría con Esperanza. Apenas dos meses atrás era una chiquilla flaca, sucia y lastimada. Ahora florecía. Se convertiría en algo grande, estaba seguro de ello, y quería estar ahí para verla conquistar el mundo. Quería tenerla a su lado. No era egoísmo; era algo más fuerte, algo más profundo.
—Feliz navidad —le dijo.
La joven Se acercó a él, se paró de puntas y le dio un fugaz beso.
—Feliz navidad.
Dos meses antes, para ella eso hubiera sido impensable. Pero no hoy. Pensó en sus hermanas. Sintió una oleada de tristeza. Dexter la atrajo hacia sí.
—Creo que sé en lo que estás pensando. Por eso guardaremos estas dos cajas. Pero ésta es para ti.
Ella lo miró a los ojos. Volvió a ser una niña por un instante.
—¿De verdad?
—Claro. Nunca dejamos atrás a la familia. Sólo nos hace falta un poco de tiempo. En marzo. Antes de la primavera. Ahora abre tu regalo.

Con inmenso cuidado Esperanza desenvolvió el regalo. El papel hubiera podido usarse de nuevo. Era una enorme caja. Y dentro, una caja más pequeña, también envuelta para regalo. Ella lo miró; él se encogió en hombros. Ella desenvolvió la caja, y dentro, una caja más. Él casi no podía contener la risa. Ella volvió, con sumo cuidado, a desenvolver el regalo. Y adentro, un oso de felpa. Ella lo sacó.
—¿Feroz? ¡Feroz! —comenzó a llorar de alegría— ¡Eres tú, Feroz!
Abrazó al oso, un osito color chocolate vestido con un abrigo de lana amarillo y un sombrero de Panamá. Bailó con él unos instantes y abrazó intensamente a Dexter.
—¿Cómo lo supiste?
—Pensé que te gustaría. Consuelo tenía uno parecido. Eran inseparables. Nunca lo soltaba.
—Yo tenía uno cuando era pequeña. Igual. Me lo dio mamá. Hasta que… hasta esa vez que… —su mirada entristeció.
—Hasta esa noche —dijo él, besando su cabeza.
—No lo volví a ver. Y entonces todo pasó tan deprisa…
—Pero no más.
—Pero no más —se abrazó con más fuerza de Dexter, las lágrimas fluyendo. Se quedaron así largo rato.

 

—Pero qué tonta soy —dijo, por fin, rompiendo el abrazo a regañadientes—. Navidad es para estar alegres. Te tengo un regalo.
Sin soltar al oso, tomó la misteriosa quinta caja y se la dio a Dexter.
—No sabía qué regalarte, así que pensé en darte algo que no te he visto usar. Me tomó mucho tiempo encontrar esto.
Era una cajita pequeña. Se quedó mirando un rato, como si no supiera qué hacer.
—Oh. Cierto —dijo Esperanza.
Aunque Dexter ardía en deseos de romper la envoltura (no pudiendo hacer otra cosa con la mano aún enyesada) quería darle la satisfacción a la joven, quien tomó el regalo y, sin soltar al oso, lo desenvolvió con sumo cuidado. Dexter tomó la caja y la abrió.
Era un reloj. Un hermoso reloj Stührling Aviator, con correa y cuerpo de titanio color cobre, doble carátula, calendario, semanario y cristal inastillable; un modelo limitado que tenía las 24 horas en la carátula. Era una belleza de reloj, y no debía haber sido fácil de conseguir.
—¿Te gusta?
—No sé qué decir… Es… ¿Cuánto… cómo pagaste por ésto?
Se ajustó el  reloj con sumo cuidado. Se sentía como una parte de su cuerpo. Miró a la joven.
—No usabas reloj. Pensé que necesitarías uno.
—No uso reloj desde que murió Remedios. No soportaba ver pasar el tiempo. Pero ahora…
Abrazó a la joven. Ella se acurrucó en él.
—Ahora estoy seguro de que te amo.
Ella fue, en ese instante, la mujer más feliz del mundo.

 

Los interrumpió el sonido del timbre, anunciando insistentemente la presencia de visitas. Por un momento Dexter pensó en dejar que siguieran timbrando, pero Esperanza tenía otras ideas. Aún con el oso en brazos, se dirigió a la puerta. Había algo agradable al verla caminar, se dijo Dexter. Por un momento deseó ser más joven. Pero, qué diablos, se dijo. Aún no soy un viejo; sólo tengo treinta y dos años. La voz que retumbó por el portón devolvió a la realidad a Dexter.
—¿Dónde estás, inmundo animal? ¿Crees que dejaré que mancilles la pureza de esta bella dama con tus sucias garras?
—¡Que me lo diga un tipo que cree que el epítome de la cocina inglesa es el cordero hervido en salsa de menta tiene su gracia! ¡Ven acá y pelea como hombre, bestia del demonio!
Los dos hombres se fundieron en un abrazo.
—Es la segunda vez en cinco años que cierro mi negocio. Más te vale que hagas que valga la pena.
—No se me ocurre mejor razón que celebrar un cumpleaños.
—Y tienes razón. Mira, déjame presentarte a mi esposa. Adriana.
—¿Te casaste con esta bestia peluda? No sabes cuánto lo lamento.
—Por favor —dijo Adriana, sonriendo—, sabes perfectamente que no lo lamentas. La verdad este hombre fue nuestro testigo de bodas —le dijo a Esperanza—. Vamos, querida, dejemos que este par se pongan al día. Tú y yo tenemos que mucho de qué hablar. Y tenemos que hacer algo con tu cabello. Para tu fortuna, soy la persona adecuada para ayudarte. Creo que el regalo que te traje te sentará como un guante…
Dejaron las cajas bajo el árbol. Dexter y Justin ya estaban recordando viejos tiempos, mientras se dirigían a la cocina.

 

Mientras la cafetera hacía su trabajo, Justin examinaba el contenido del refrigerador.
—Muchacho, eres un suertudo. Donde me entere que le haces algo malo a esa chica yo mismo te arrancaré las pelotas con las uñas.
—No eres el único que ha hecho esa amenaza. Y créeme, nada le pasará a Esperanza mientras yo esté vivo.
—Es todavía joven. No le crees falsas expectativas.
—Sé que es joven. Pero no hay forma de resistirse a su encanto. No puedo esperar a que cumpla la mayoría de edad.
—Todavía no, ¿eh? A pesar de todo eres una buena persona.
—Sí, bueno, siempre he creído que soy fundamentalmente decente.
—Ese es mi muchacho. Muy bien. Tomando en cuenta las sobras y los ingredientes que tienes, ¿cuántos invitados más esperas? Ayer tuviste tres, ¿no es verdad?
—Sí, pero… nos faltan dos.
Se sirvió una taza de café. Tras el primer sorbo, comenzó a contarle la historia que conocía. Justin escuchaba atentamente, mientras mezclaba harina, azúcar, leche y huevos. Aún no eran las nueve de la mañana…