Día de Muertos (26)

24 de diciembre.

—Aún no está terminado. ¿Le gusta? —preguntó Esperanza.
—Son sentimientos encontrados. Mi pueblo natal es la noble y leal villa de Guernica y Luno. Naturalmente, ese cuadro me afectó profundamente. Creo que por eso me volví abogado. Tienes una gran visión artística.
—Gracias. Me gustaría ver el cuadro original.
—Algún día.
Ella lo tomó del brazo. Quedaron un instante en silencio, contemplando el mural inconcluso. Él la miró y asintió. Dócil, Erwin se dejó guiar hasta el comedor.

 

El comedor tenía años sin ser usado, pero nadie lo hubiera dicho. El pavo, con un color perfectamente dorado, descansaba al extremo de la mesa, sobre una cama de pequeñas patas fritas, colecitas de Bruselas y zanahorias. Acompañaban al ave un enorme cuenco de sopa de puerros, una charola llena de huevos escoceses y pequeñas salchichas envueltas en hojaldre y tocino, adornada con pequeñas ramitas de perejil, y un platón lleno de ramitas de apio con queso crema y pequeños panecillos que Dexter reconoció como pudín de Yorkshire. Había tazones de salsa de arándano, gravy y crema ácida. Pequeños montones de aceitunas, queso en cubos, galletas de soda y pan tostado. Dos pequeños cuencos con nueces y pasas, otro par mayor con gajos de naranja y manzanas cortadas en octavos, y dos enormes con ensalada Waldorf y puré de papa.
—En nombre de todo lo profano —dijo Erwin—, no entiendo cómo pudiste hacer esto tú sola, hermosa.
Dexter estaba boquiabierto. Nunca había visto, en el tiempo que llevaba viviendo ahí, una mesa tan bien abastecida.
—Voy a servir la sopa. ¿Quieres hacer el favor de trinchar el pavo? —preguntó Esperanza.
Dexter sonrió lentamente.
—Como ordenéis, milady.

 

Concentrada en saborear su comida, Anna extendió su mano para tomar un panecillo. Chandler hizo lo mismo al mismo tiempo. Sus manos se tocaron. Fue como si un rayo los atravesara.
—Ah, ser joven de nuevo… y no es que estemos precisamente viejos, Dex —dijo Erwin, mordiendo una papa.
Dexter lo miró. Él asintió.
—Has estado solo mucho tiempo. Y no le haces mal a nadie…
Dexter miró a Esperanza. Sonrió. Qué diablos, pensó, no le hacemos mal a nadie… Tomó la mano de la joven y sonrió. Ella se sonrojó.
—Condenación e infierno —dijo Erwin en voz baja, sonriendo—. Ahora resulta que soy el único que no tendrá una cita para mañana.
Tomando la botella de vino sin alcohol, que esperaba pacientemente en su cubetera, la destapó y sirvió cinco copas.
—Brindemos —dijo, levantando su copa—. Brindemos porque la vida no siempre va de acuerdo a nuestros planes. Por ejemplo, yo debería estar aquí acompañado por la mujer perfecta, pero ella decidió estar con el hombre perfecto; por eso estoy solo. Aún así, que ninguno de ustedes tenga que pasar una fiesta solo nunca más. Que siempre estén en el lugar indicado en el mometo justo, y que aunque sus planes fallen la fortuna les sonría. ¡Brindemos por un año más de vida de nuestra graciosa anfitriona! За именинницу! С днем рождения! —¡A la cumpleañera! ¡Feliz cumpleaños!
—¡Salud!
Era pasada media noche cuando Erwin, Anna y Chandler se despidieron. Hacía frío.
—Los veré en unas horas —dijo Erwin—. Este cumpleaños merece celebrarse.
—Ustedes también deben regresar —le dijo Esperanza a los dos jóvenes—. Hornearé un pastel.
—No nos lo perderíamos por nada del mundo —dijo Anna. Chandler sonrió. Ella lo tomó de la mano.
—Aquí estaremos.

 

—Vamos, es navidad —dijo Dexter—. Es hora de abrir los regalos.
—No. Los regalos se abren en la mañana de navidad.
—Técnicamente ya es de madrugada.
—No. Es mi primera navidad con regalos y quiero abrirlos cuando se supone que se abren los regalos.
Dexter sonrió y abrazó a la joven.
—Oh, mi dulce niña del invierno…
—No soy una niña —dijo ella, en un tono que Dexter no escuchaba desde, por lo menos, diez años.
La miró a los ojos. Se perdió en esos ojos profundos, algo tristes, pero con una chispa que no había notado antes.
—No soy una niña —repitió Esperanza.
Tenía dieciséis años ya. Hace mucho que no era una niña, se dijo. Le devolvió la mirada a Dexter. Era mayor que ella. Le doblaba la edad. Debería verlo como un anciano, pero no podía. Era sólo mayor que ella. Lo tomó de las solapas y lo atrajo hacia sí. Lo besó. Cerró los ojos. Un beso largo, profundo. Sintió su sorpresa, y sintió cómo la sorpresa daba lugar a algo más, a un sentimiento que todavía no podría describir. La atrapó con sus brazos. Correspondió el beso. Sus labios se abrieron y sus lenguas jugaron tímidamente primero, después con toda intensidad. Tardaron un rato en separarse.
—Te lo dije. No soy una niña.
—Sí, ya no lo eres —dijo Dexter, tomándola en brazos.
Se preguntó si Humbert Humbert estaría de acuerdo. Quizá no; al protagonista de la novela de Navokov no le interesaban las mujeres, sino las nínfulas. Y tenía razón: ella ya no era una niña. Aún no era toda una mujer, pero ya no era una niña. Y sólo faltaban dos años para que los estatutos estuvieran completamente a su favor… Miró la casa. La casa le sonreía. Sintió que Remedios estaba ahí; que Consuelo estaba ahí. Miró a los ojos a Esperanza. Griselda estaba ahí, al fondo de las ventanas de su alma, y le sonreía.

Al diablo las consecuencias, se dijo.