Día de muertos (25)

24 de diciembre.

Esperanza terminaba de acomodar algunas cajas debajo del árbol de navidad cuando un grito desesperado la asustó, casi provocando que tirara dos regalos.
—¡LO TENGO! ¡LO TENGO! —gritó Chandler, lanzando la silla y dando saltos. La taza de café había volado por los aires.
Chandler buscó alrededor suyo algo, desesperadamente. Tomó un cuaderno y un lápiz y garabateó algo. Siempre le resultaba más fácil garabatear algo para recordarlo, en lugar de transcribirlo directamente a código. Abrió la calculadora, revisó la hora, y tecleó una larga secuencia de números. Unos instantes después, se abrió el estado de cuenta más reciente.
—Gotcha.
En la cuenta había casi ochocientos millones, y todos los días se estaban transfiriendo a otras cuentas casi un millón. Veinte días habían hecho una mella de poco menos de 18 millones en la cuenta, pero ahora podría rastrear los movimientos.
Anna miraba por encima de su hombro.
—Con esto los tenemos. ¿Puedes congelar la cuenta?
—No. Pero puedo cambiar la contraseña de acceso, con lo cual efectivamente impediré la transferencia de dinero. Si logro tener acceso a la cuenta de este cabrón para eliminar los códigos de seguridad que piden… Momento. ¿A nombre de quién está su teléfono? Si todavía lo pagamos nosotros puedo cancelar el número y reasignarlo a otro, con lo cual puedo solicitar el cambio de contraseña y tomar control de la cuenta por llamada de seguridad…
—Espero que sí —dijo Anna, revisando sus notas—. Al diablo las consecuencias, que se enteren que los tenemos agarrados por los huevos…
—Podría besarte, Bell —dijo Lear, sonriendo.
Comenzó a teclear furiosamente mientras Anna hacía unas cuantas llamadas…

 

 
—No importa —decía Fillmore—. Estoy a punto de abordar. Podremos vivir sin preocupaciones con lo que tengo y aún tendremos más.
Su interlocutor quedó en silencio. Fillmore miró su terminal. Volvió a llevárselo al oído. Quizá por el bullicio del aeropuerto no escuchaba bien…
—¿Sigues ahí?
Silencio. Volvió a ver su terminal. De pronto la pantalla se puso negra completamente.
—Oh, mierda —alcanzó a decir. Los cuatro oficiales vestidos de paisano estaban ya junto a él.
—No se preocupe —dijo Juan—. Sus amigos y usted podrán pasar la navidad juntos. De hecho, les serviremos pavo para la cena. Y su amiga (es su amiga, ¿verdad?) pasará año nuevo con usted, aunque quizá no en esa cabaña que le compró. Es una lástima, Whistler es precioso en esta época del año…

 

Erwin y Russell llegaron. Revisaron el trabajo de Chandler y Anna, y los felicitaron por la rapidez con la que actuaron, aunque estuviera en un área más bien gris. Los jueces lo aceptarían, seguramente. Esperanza estaba encantada de tener a tanta gente. Insistió en que se quedaran a cenar para celebrar la victoria. De la cocina emanaba un olor delicioso… Erwin, soltero, aceptó. Russell, casado y con hijos pequeños, declinó la oferta, aunque al enterarse de que al día siguiente sería el cumpleaños de Esperanza, aceptó regresar para celebrar.  Esperanza no tenía ninguna duda de que Chandler se quedaría a la cena, tomando en cuenta que todavía tecleaba furiosamente. Al menos su taza no se había roto, aunque la alfombra debería ser lavada. Anna, que también escribía, trazaba, y acomodaba pruebas, se quedaría a cenar. Con base en la primera evidencia sólida tenía ya todo un caso de abuso de confianza y fraude contra Fillmore. No habría poder humano, se dijo, que los liberara. Ningún poder humano.

 

La noche cayó. Dexter dormitaba en su sillón, tras revisar todas las granulometrías que producían las nuevas trituradoras de vidrio. La mejor granulometría al menor costo de producción era deseable, pero para él era preferible una buena granulometría a un costo mínimo. Los muchachos de investigación y desarrollo habían hecho un gran trabajo. Anna dormitaba sobre la mesa del estudio, mentalmente exhausta. Chandler seguía tecleando, trazando el destino de todas y cada una de las cuentas en las que se había depositado el dinero que Fillmore había estando desfalcando. Pero a pesar del café —o, más bien, a causa del mismo— ya estaba cometiendo pequeños errores de tecleo. Se daba cuenta de que el número de errores iba en aumento, y quizá pronto no podría detectarlos; además, ya estaba un tanto hambriento. La bandeja de sandwiches de pastrami que Esperanza había colocado ya estaba vacía, y cuando se puso de pie, se dio cuenta de que no estaba ni en su casa ni en su oficina.
Confundido, se quedó ahí, de pie, hasta recordar dónde estaba. Verdad es que fue el delicioso aroma que llegaba desde la cocina. Esperanza llegó en ese momento.
—¿Hambriento? —preguntó.
—Un poco. Te noto diferente…
—Un incidente con la salsa de arándanos. Ven, despierta a tu novia y vamos a cenar.
—Pero no es mi novia.
—No lo será si nunca se lo pides…

Dexter despertó con un beso en la mejilla.
—Arriba, corazón. Es hora de cenar.
Dexter trató tres veces de ver quién lo había despertado. Miró primero a Remedios, luego a Consuelo, luego a Griselda. Sacudió la cabeza y enfocó. Era Esperanza, vestida para matar, con ese conjunto color chocolate en patrón escocés que había atraído su mirada hacía cincuenta días. Cincuenta días, se dijo, y de aquella chiquilla maltratada y esmirriada ya no quedaba mucho.
—Bueno, eso merece que me cambie de ropa.
—Te dejé tu traje en tu cama. Apresúrate, sirvo la comida en quince minutos.

Anna retocaba su maquillaje. Estaba nerviosa. No sólo porque iba a cenar con el dueño de la compañía para la que trabajaba ahora, sino porque cenaría junto con Chandler. Le gustaba Chandler, pero siempre había puesto por delante su trabajo antes que su vida amorosa. No tenía tiempo para el amor, así que, ¿por qué sentía mariposas en el estómago?
—Porque no te tienes que casar con él mañana mismo—dijo Esperanza, poniéndose un poco de perfume—. Sólo necesitas una cita de vez en cuando. No pierdes nada. Y es  guapo…
Anna la miró. Esa chica no era normal.
—Me pone nerviosa sólo con verlo.
—Es guapo, ¿verdad? Hacen buen equipo. Y se ven muy bien juntos —salió de la habitación, sonriendo.
Anna se sonrojó.

Dexter le dio un par de palmadas a Chandler en los hombros.
—Erguido, muchacho. No quiero ver a gente triste en mi casa.
—No es eso, señor…
—Chico, déjame decirte una cosa. Cuando yo tenía tu edad, y era joven y bello y sin barba, un día me acerqué a una chica con la que pensé que no tenía ninguna oportunidad de ligar. Tampoco lo intenté. Me limité a invitarla a ver una película conmigo porque me sobraba una entrada. Sin embargo, terminé casado con ella y no me arrepiento para nada de esa decisión.
—Pero si… O sea… ¿Y si me dice que no…?
—Pues te dijo que no y ya. Tarde o temprano encontrarás a alguien. O alguien te encontrará. Ahora erguido, muchacho, erguido, que se note que eres homo sapiens sapiens y no australopithecus, y vamos a cenar.

Erwin admiraba el jardín. No exactamente el jardín, sino lo que Esperanza había hecho en el jardín. Podía ver que en la pared del fondo había trazado un cierto número de líneas que le recordaban a algo. Evidentemente estaba inconcluso, pero aún así podía distinguir algo de lo que la joven intentaba hacer. Se trataba de una habitación, sin duda. Un sótano, probablemente. Una lámpara iluminaba la escena. ¿Un toro? Quizá un caballo. Una mujer llora sobre un niño…
Entonces lo supo.
—Guernica…