Día de Muertos (24)

24 de diciembre.

Víspera de Navidad. Esperanza no pudo dormir de la emoción. Sí, su nuevo papel como asistente ejecutiva le impedía hacer chiquilladas, pero a eso ya estaba acostumbrada. Pero Dexter le había prometido que podría hacer la cena y ahora tenía a dos invitados. ¡Quizá incluso regalos! Había trabajado en la empresa y todos sabían que estaba haciendo un buen trabajo; incluso el jefe de recursos humanos insistía en contratarla, pero Dexter había bloqueado la decisión. No aún, no mientras no tuviera edad legal para trabajar… no mientras pudieran mantener ese secreto. Aún así, el jefe de contabilidad le había dado una cuenta de nómina, asociada a la de Dexter, después de que convenciera a Dexter que necesitaba hacerlo para que pudiera pagar los gastos emergentes. En eso tenía razón, había aceptado Dexter, en especial porque sería más complicado para la auditoría trazar los movimientos combinados del propietario y su asistente. Pero Dexter hizo algo más. Le dio también una cuenta adicional mancomunada a su cuenta personal. Mientras no se resuelva el embrollo de las cuentas, dijo Dexter, nada de dinero de la compañía se toca. Los administradores habían aceptado, porque con el capital circulante y las ventas —y una nueva cuenta, abierta específicamente para la ocasión— podrían solventar todos los gastos mientras completaban la auditoría. Así que ahora Esperanza contaba con un poco de dinero, producto de su trabajo, y se sentía productiva. No era una inútil, como se lo habían repetido tantas y tantas veces a lo largo de los años. Realmente era alguien productivo. Se sentía feliz. Se sentía realizada.

El día apenas acababa de empezar. Era día festivo para la empresa. Dexter no quería que nadie trabajara ni la víspera, ni la navidad, ni la víspera de año nuevo, ni año nuevo. Esperanza, en cambio, necesitaba trabajar. No en la empresa, que bastante complicado era ya simular que sí sabía administrar recursos humanos; necesitaba trabajar en la casa. En su casa. Su casa. Aún no cumplía dos meses ahí y sabía cuál era su lugar; dónde pertenecía. La casa lo sabía, y le sonreía. Presa de la emoción, se cambió con ropa de calle cómoda —sin dejar de parecerle curioso que la ropa de Consuelo fuera toda de su talla, aunque cada día parecía quedarle un poco mejor— y fue al supermercado.

No le importaba lo que Dexter dijera, tendrían pavo. Pronto sería su cumpleaños, después de todo. Y quería pavo. Hace dos meses, hubiera obedecido con la cabeza baja y sin decir palabra, porque lo que quería no hubiera sido tomado en cuenta. O peor, le hubiera ganado una paliza. O peor. Se llevó inconscientemente la mano a la cara. Ya no dolían, pero las cicatrices le recordaban la vez que había pedido, tímidamente, un pastel de cumpleaños. Pero había cambiado. Ella había cambiado tanto que no era la misma Esperanza. Tendría su pastel, tendría su pavo… Tendría un día feliz.

Justin la miró por la ventana de su merendero. Por poco no la reconoce. Con una enorme sonrisa, tiró el gorro de cocinero al piso y saltó por encima de la barra.
—Miss Hand! Miss Hand! —gritó.
Esperanza tardó un poco en darse cuenta que se refería a ella, pero no quedó ninguna duda cuando recibió el enorme abrazo de oso.
—Feliz navidad, Miss Hand.
—Señor Tyme —dijo ella, medio sofocada contra el pecho del hombretón.
—Ha cambiado usted mucho en este mes. Es usted la viva imagen de la elegancia. Envidio al cabrón de Dexter. ¿Está aquí ese inmundo animal?
—No, he venido sola. Vengo a hacer las compras de la cena de navidad.
—Fabuloso. Fabuloso. ¿Puedo inquirir qué platillos degustarán? Quizá pueda ayudarla para encontrar la receta adecuada.
—Planeo preparar un pavo y un pastel. Tengo la lista de ingredientes que me pide un libro de cocina que estaba en casa…
—¿Un pastel? ¿A qué debemos la ocasión del pastel?
—Mañana es mi cumpleaños…
—¡Bondad graciosa! ¿Eso es cierto? Eso merece una celebración por todo lo alto. ¿Tendrá invitados, verdad?
—Sólo dos.
Justin se mesó el bigote.
—Hoy no podré acompañarles, pero cuente conmigo para mañana. Claro que sí. ¡ADRIANA, TE ENCARGO LA COCINA! ¡VUELVO EN MEDIA HORA! Shall we?
Le ofreció el brazo a Esperanza, quien, con una sonrisa radiante, lo tomó.

Entraron al supermercado y de inmediato fueron reconocidos por los empleados. Justin, evidentemente, se comportaba como el dueño del lugar. Apuntaba y daba órdenes, y los empleados acataban todo lo que les decía. Esperanza en su vida había visto un pavo más grande, o tomates tan rojos, o ejotes tan verdes… Sin necesidad de ver absolutamente nada de su menú, Justin ordenó lo suficiente para dos comidas, una de cuatro personas para esa misma tarde, y una de seis para el día siguiente.
—Iré, si no tienes inconveniente, con mi esposa. Y los tres cocinaremos ese día. Hoy prepararás una cena tradicional, y mañana comeremos como en Inglaterra, y verás que a Dexter se le alegra el corazón y se le ahogan los ojos de la nostalgia.

Compró los ingredientes para preparar sopa de puerros, un enorme pavo con patatas, cerdito envuelto, coles de bruselas, salsa de pan y jalea de arándano, pastel de fruta con mazapán y un vino sin alcohol —conocedor de lo que Dexter era capaz de hacer con un poco de etanol en la sangre— para poder brindar.
—No es una celebración si no brindamos. Y esto funcionará sin que recorramos ese camino una vez más. Mañana te contaré la historia. Y yo llevaré los ingredientes, querida, no te preocupes por eso. Ahora, mientras empacan todo, vamos a mi cocina para enseñarte lo que debes hacer…

Una hora después, Dexter la miró entrar con una impresionante cantidad de bolsas. Su corazón dio un vuelco; su preocupación se había desvanecido y se relajó. Se dio cuenta de que necesitaba a la muchacha en su vida. Había pasado demasiado tiempo solo… Y entonces se movió para ayudar a la joven a llevar las bolsas a la cocina.
—Tendremos invitados —le recordó Esperanza, dándole un beso fugaz y una palmada en el pecho—. Báñate y recórtate la barba.
Agradablemente sorprendido —¿qué le había pasado a la chiquilla tímida y asustada que conoció hace dos meses?— Dexter sonrió e hizo una reverencia.
—Como gustéis, milady.

 

Anna y Chandler llegaron con pocos minutos de diferencia. Dexter los recibió, dado que Esperanza estaba muy ocupada cocinando. Por cortesía, los recién llegados fueron a saludarla. Anna no pudo reprimirse y preguntó:
—¿Cómo? ¿Además cocinas?
—Asistente personal, ¿recuerdas?
—Y, bueno, desde que enviudé soy un inútil para eso. Ya lo era antes… —dijo Dexter, sonriendo.
Instantes después, Chandler estaba revisando los buzones de correo de Dexter.
—No puedo creer que tenga tanto tiempo sin actualizarlos, señor.
—No tengo excusa.
—Es peor que eso… es que pudieron haber entrado a su buzón desde afuera y utilizar su firma… Evidencia forense. Necesito evidencia forense… debo trabajar desconectado de la red. Ahora, si revisamos por aquí…
—Los dejo trabajar. Si me necesitan estaré en el estudio, revisando algunos datos.

Anna iba ensamblando la historia conforme revisaba la correspondencia. El primer año no tenía nada de especial. La empresa marchaba por sí misma. El segundo, ahí empezaron a notarse cambios, cuando se hizo evidente que Dexter no regresaría a la empresa. Se contrató a un despacho externo, Fillmore y Asociados, para administrar la empresa. Fillmore comenzó a hacer cambios. A Dexter no le importaba —después de todo, estaba borracho la mayor parte del tiempo, tratando de olvidar— así que Fillmore comenzó a redactar los memorandos con una terminología legal cada vez más compleja, y adoptó la práctica de enviar un resumen en lenguaje simple… un resumen que estaba apegado al contenido, pero no realmente exacto. No parecía haber muchas discrepancias, —un aumento de 1% en los bonos de los empleados de alto nivel por aquí, una mayor iguala para Fillmore por allá— y de manera individual no se notaría la manipulación. Además, le serviría para probar si Dexter en realidad estaba prestando atención. Al final del segundo año se realizaron cuatro contrataciones por parte de Fillmore, pero que en realidad estaban en la nómina de Dexter. Y en el tercer año se realizó la apertura de cuatro cuentas de ahorros, supuestamente para administrar ahí un ahorro voluntario para los empleados…

…y no se notificó a los empleados de la existencia de una de ellas. Chandler revisaba furiosamente para tratar de localizar el código que el programa de contabilidad interno empleaba para depositar dinero en esa cuenta.
—Debe estar por aquí… Y es una cuenta segura pero con código predecible. Es código ofuscado, no tengo duda de ello.
—¿Estás seguro?
—Si encuentro el código, podemos entrar a la cuenta y descargar los estados de cuenta… si no, podremos encontrar otras maneras de hacerlo. La cuenta tiene la autorización del jefe, pero también de los otros. Si la cuenta la querían para acceso rápido, hay dos modos de entrar a ella. La primera es por un generador de códigos de un solo uso por software, y la otra es un generador de códigos por hardware. Los tres generadores que tenemos son de hardware, pero esta no lo sé. Si es por hardware, no podremos romperlo y esa cuenta estará vacía. Pero si es por software hay una pequeña esperanza. Soy buen criptógrafo…
—No te entiendo nada.
—Concéntrate en saber si a esa cuenta se le hicieron más movimientos. Un cambio de firmas, o cambio de seguridad, o si se requería la firma del jefe, o algo… te voy a encontrar, desgraciada, te voy a encontrar…
Tomó un sorbo de la taza de café. Si se le hizo raro tener una taza de café en la mesa, no dijo nada. Anna miró a su lado. Ella también tenía una taza de café. No había escuchado entrar a nadie…

En el estudio, y aún con la jarra de café recién hecho en la mano, estaba Esperanza. Comenzó a servirle el café a Dexter, con dos de crema y dos de azúcar. Double-double, lo llamaba Justin.
—¿Puedes ayudarme?
—Claro, ¿qué necesitas?
—Partirle el esternón al pavo.
Dexter inclinó la cabeza y sonrió, más por confusión que por otra cosa.
—¿Partirle qué a quién?

El pavo era un animal rotundo en todos los sentidos, pesando casi los diez kilogramos. Pero Esperanza era una joven que apenas pesaba 42 kilogramos —y eso que, pensaba Dexter, ha subido de peso desde que llegó— y no podía ejercer aún mucha fuerza física, aunque su objeto de violencia fuera un pobre pavo que pesara la cuarta parte que ella. El pavo estaba ya casi preparado. La joven había cortado carne aquí, carne allá, y tenía los aliños alineados en la mesa de preparación. El pavo estaba ahí, sobre la charola, esperando.
—¿Por qué quieres romperle el esternón?
—Para que tarde menos en cocinarse.
—Para que tarde menos… No entiendo…
—Estuve estudiando termodinámica anoche. El calor se transmite por convección, y tarda más en entrar si la superficie se parece a una esfera. Y el pavo es muy redondo. Se me ocurrió que si aplasto el pavo por el centro para aplanarlo entonces podré cocinarlo en menos tiempo, porque el calor se distribuirá mejor. Así que tendré más superficie exterior, y aunque no estará relleno, eso lo puedo compensar…
—Tiene sentido. Nunca se me hubiera ocurrido.
—Entonces, por favor, rómpele el esternón. Aplástalo por el centro.
Dexter pesaba 90 kilogramos. Ya no era precisamente el atleta que antes fue, pero aún se conservaba lo bastante fuerte como para que, apoyando su mano izquierda sobre el pavo, rompiera las costillas del animal.
—Vaya —dijo Dexter— tienes razón. Quedó plano.
—Gracias. Ahora vete a trabajar. En un momento les llevaré algo de almorzar.
—No tienes qué hacerlo.
—Es mi cocina, son mis reglas. Cuando cocines tú tú pondrás tus reglas.
Dexter miró a la joven a los ojos. Hablaba en serio. Le gustaba que hablara en serio.
—Como gustéis, milady —dijo, finalmente.
—Anda, vete ya —dijo Esperanza, dándole otro fugaz beso.
Dexter salió de ahí, sonriendo como un idiota.