Día de muertos (23)

23 de diciembre.

Russell no estaba conforme con el desempeño de sus abogados ni de sus contadores. No lo hubiera estado ni siquiera si les hubieran concedido un premio Nobel, a fuer de ser sinceros. Los pobres muchachos, algunos recién graduados, otros en los últimos semestres, estaban devastados y sólo esperaban la llegada de las navidades para poder descansar un poco. La oficina todavía tenía el calor propio del concreto que fraguaba. Los abogados acababan de empezar su día. No les pagaban horas extras; en cambio, les daban jugosos bonos. Muchos de ellos, de ganar el caso, podrían terminar de pagar su educación. Algunos incluso podrían comprar casa.

La señorita Bell estaba, ese día, especialmente irritable. Su cubículo era insuficiente, sentía, aunque era el más grande de todos. Un cubículo de dos por dos metros, con una pequeña ventana que dejaba pasar el aire fresco, pero también el ruido de la manufactura de la concretera, a pesar de estar lo más alejada posible. Sentía que su dolor de cabeza se convertiría en migraña en cualquier instante. Necesitaba salir de ahí si quería conservar su cordura. Se puso de pie, tomó sus archivos más importantes, y se fue a la oficina central de la concretera. Necesitaba hablar con alguien de cualquier cosa que no fuera del caso. Llevaba diez horas revisando estados financieros y tenía una idea de lo que estaba pasando, pero no cómo se había hecho. Necesitaba pensar fuera de la caja.

Antes de entrar a la oficina del director general, entró al baño. Se miró en el espejo y no le gustó lo que vio. Tomó su largo y lacio cabello negro y lo trenzó. Era su manera de relajarse. Una joven entró.
—Oh. Perdón.
—No hay problema. Está libre.
—Oh. Gracias.
Esperanza eligió el cubículo más alejado. Anna terminó de trenzarse el cabello y comenzó a desmaquillarse. Necesitaba relajarse. Necesitaba pensar. Tenía los ojos cerrados cuando Esperanza abrió la llave del agua contigua.
—¿Te sientes bien?
—Sólo un poco cansada.
—Eres una de las abogadas del doctor Nails, ¿cierto?
—Sí —comenzó a secarse la cara. Esperanza retocó un poco su maquillaje.
—¿Puedo preguntar qué haces aquí?
—Tengo que hablar con el director, el señor Hand.
—No creo que esté disponible. Últimamente se la pasa más tiempo en investigación y desarrollo que aquí.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Crees que si voy con su asistente y le explico la situación me pueda atender?
—Depende de la situación.
—Bueno, no sé si tú puedas ayudarme. Necesito revisar la correspondencia entre el señor Fillmore y el señor Hand.
—¿Para qué, si puedo saberlo?
—En algún punto se abrieron varias cuentas bancarias, y al menos una de ellas fue usada para desviar fondos. Tenemos bloqueadas todas las cuentas que encontramos, pero probablemente se nos haya ido alguna. Dado que toda decisión en la empresa tuvo que ser aprobada por el señor Hand, pues el administrador no tenía poderes absolutos, y no se constituyó en sociedad anónima sino hasta dos años después de fundada, sospecho que Fillmore creó una cuenta secreta, pero hizo que el señor Hand diera su visto bueno.
Esperanza miró a la joven. No parecía ser mucho mayor que ella… bueno, aunque seis años de diferencia parecían mucha diferencia. Debía ser una de las recién graduadas de las que habló maravillas Rusty Nails.
—Vamos a mi oficina. Te conseguiré lo que necesitas.
—Gracias. No te conozco, perdón, ¿eres…?
—Esperanza. Soy la asistente personal de Dexter Hand.
Anna intentó disimular como pudo la sorpresa.

 

La oficina era enorme, y la mesa de concreto estaba llena de libros, cuadernos y notas. Cuatro monitores completaban el panorama. Pero mientras que el sillón de Dexter permanecía vacío, Esperanza tenía su propio sillón, más pequeño, del otro lado. Invitó a Anna a sentarse mientras llamaba a Dexter. Miró la altura del sol por la ventana. Pronto oscurecería. Y todavía no habían discutido la cena de navidad. Ni su cumpleaños. Sacó un par de botellas de agua del pequeño frigobar y le dio una a la joven, quien se la llevó a la frente mientras cerraba los ojos.
—¿Puedes venir a la oficina? —fue lo único que dijo. Un instante después, cortó la comunicación.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Dime.
—¿Desde hace cuánto trabajas para el señor Hand? No estás en la nómina.
—Tengo poco con él. Todavía no cumplo dos meses con él.
—Ah, ya. Entonces estás a prueba.
—Podemos decir que sí —dijo Esperanza, tomando un libro y comenzando a tomar notas.
La fachada de asistente ejecutiva era más efectiva si te veían haciendo algo, se decía. Funcionaba. Además así podía estudiar para antes de regresar a la escuela. Si regresaba. Estaba pensando que podría hacer la preparatoria en línea… sería mucho más fácil si había tantas cosas qué hacer en la empresa. Aunque también quería ir a la escuela. Hacer amigos. Extrañaba a sus amigos de la secundaria…
—Dicen que el señor Hand era un recluso en su propia casa, ¿es cierto? No es necesario que me respondas si me entrometo en sus asuntos…
—No, es cierto. Cuando lo conocí llevaba casi cinco años sin salir de su casa. Aunque no era un recluso exactamente. Tenía una depresión muy fuerte.
—Supe que su esposa murió.
—Sí. También su hermana. El mismo día. Y su esposa estaba embarazada.
—Yo también me hubiera deprimido. ¿Crees que por eso se aprovecharon de él?
—No sé, tú dímelo, eres la abogada.
—Pero no lo conozco.
—Sé que es un hombre bueno. No conozco a muchos hombres buenos.
—¿Y su brazo?
—Hace un mes alguien, no me quiero acordar de él, quiso abusar de mí. Dexter lo paró en seco de un puñetazo.
Anna se inclinó hacia la joven, admirada.
—¿De verdad? Ay, no conozco a muchos que hubieran hecho eso por mí…
—Es porque aún eres joven —dijo la voz de Dexter, quitándose el mono lleno de tierra en el marco de la puerta—. Bueno, aquí me tienes. ¿Qué necesitas? Esperanza no me llama si no es particularmente urgente.

En pocas palabras Anna le informó la situación. Dexter escuchaba tranquilo la hipótesis que le planteaba la joven abogada.
—Así que, resumiendo, si encuentro que en alguna parte de la correspondencia se autorizó una cuenta, o un poder para abrir cuentas, y puedo rastrear esa cuenta, podremos armar un caso completo.
—Tú me dices que es una cuestión de redondeo. ¿Cómo lo sabes? Es decir, no dudo de tu palabra, tiene sentido, pero todos los estados de cuenta que recibo tienen centavos. Si se tratara de redondeo no deberían venir centavos, ¿o sí?
—Bueno, es que es un poco la mentalidad de ingeniero que tiene usted. Yo antes de estudiar para abogada quise estudiar economía, pero no me atrajo lo suficiente. Aún así aprendí a usar todas las fórmulas económicas y me han servido mucho para mi trabajo de fiscalista. Hay ocasiones, y estoy segura que aquí se emplea de manera constante, donde para obtener precios unitarios se trabaja con submúltiplos de centavos. No parece mucho, pero supongamos que para la obtención del precio del metro cúbico de vidrio los precios se calculan con seis decimales, que es lo más común. Si se reduce la precisión de seis a cuatro decimales, en cantidades mínimas no se nota ninguna diferencia. Sólo en el volumen. Con cuatro decimales y millones de toneladas de vidrio al año, esos dos decimales acumulados pueden ser cantidades importantes. Aunque sólo fueran, digamos, veinte mil, también podemos acumular esos decimales para los costos de la grava, y de la arena, y del cemento, y de todo lo demás. Pronto tendríamos acumulado un déficit de cien mil, o más…
—Te sigo. Tiene sentido. Nosotros no solemos trabajar con tanta precisión en ingeniería porque no tiene mucha aplicación práctica. No podemos garantizar que nuestras cosas sean homogéneas, así que preferimos errar poniendo más material.
—Lo se. Mi padre es ingeniero civil y siempre nos decía que no podía confiar en que sus trabajadores hicieran exactamente lo que se les pedía que hicieran, así que confiaba en que las tolerancias hicieran su trabajo.
—Exacto. Entonces, me dices que el problema es que pudieron estar rasurando los decimales.
—Sí. Hay un par de ingenieros revisando los programas de contabilidad, y los contadores están auditando todo a mano, pero creo que les facilitaré mucho las cosas si encuentro esa pieza.
Dexter meditó un instante y soltó un suspiro.
—Está bien. Todos los archivos están en mi casa. ¿Cuándo quieres empezar?
—Me gustaría empezar mañana mismo, pero sé que no es posible…
—Mañana es la víspera de navidad.
Anna bostezó.
—Perdón, estoy muy cansada. No voy a regresar a casa para navidad. Nunca lo hago. Ni siquiera para año nuevo. Prefiero trabajar.
—¿Por qué no?
—Es mucho viaje. Bueno, mi pueblo queda muy retirado. Seis horas de viaje por carretera desde la capital. Es estúpido que la gente quiera vivir en plena sierra. Además tengo que regresar pronto. Y estarán todos mis parientes. Prefiero no ir. No tengo nada en común con ellos.
—Bueno, en ese caso, si no tienes planes, ¿por qué no vienes a cenar con nosotros? —preguntó Esperanza.
—No quisiera molestar.
—No es molestia. Tú puedes revisar los archivos mientras yo cocino la cena.
—¿Cómo, también cocinas? —dijo Anna, señalando todo sobre el escritorio— ¿Cómo es que tienes tiempo para todo esto?
—Hey, asistente personal, ¿recuerdas?
Dexter, que se mesaba la barba, dijo al fin.
—Está bien. Me hace falta el descanso. No puedo trabajar tan bien como quisiera con la mano enyesada. Pensándolo bien —miró a los ojos a la abogada— trae a tu compañero, el informático moreno tan eficiente… Lear, me parece.
—¿Chandler? —dijo la joven, sonrojándose.
—Chandler Lear, sí. Me parece que el podrá acceder a mis sistemas. Son ya un tanto… primitivos. ¿Podrías hacerte cargo, querida?
—Claro. Para eso soy tu asistente personal —sonrieron. Esperanza ya realizaba la llamada.