Día de Muertos (22)

3 de diciembre.

Erwin bajó del auto con un maletín de apariencia sólida.  No podían verse más distintos. Al contrario del día anterior, Dexter llegó con ropa de trabajo; Esperanza, en cambio, seguía tan elegante como el día anterior. Le había costado trabajo decidir qué ropa usar; se decidió por otro conjunto sobrio en pantalón negro, blusa gris y chaquetilla grafito, que había pertenecido a Consuelo. Erwin la miró; era, sin duda, como ver a Consuelo, pero con la cara de Griselda. Sintió una oleada de nostalgia; sin duda, Dexter sentía lo mismo. O más.

Antonio les abrió la puerta y los condujo a la oficina. Esperanza, conteniendo los nervios, se encargaría de revisar los currículos de los empleados, separándolos para que Dexter pudiera elegir a quienes ocuparían las vacantes. Dexter, en cambio, iría a investigación y desarrollo y visitaría toda la línea de producción.
—Estarás bien —le dijo Dexter, antes de salir—. Sólo no dejes que nadie se entere que aún no has empezado la preparatoria —le indicó a Erwin.
Le dio un beso en la mejilla y un abrazo, y la dejó con la pila de archivos. Esperanza no sabía dónde empezar…

 

Dexter se sentía en su elemento entre máquinas y mugre. Con el desparpajo propio de quien escribió la teoría y la puso en la práctica, llegó a hacer chuza con la gente de I+D, algunos de los cuales lo miraban como si fuera un dios bajado de los cielos. Pronto Dexter se puso a trabajar. Los técnicos lo miraron sorprendidos; los ingenieros, asombrados. Tomó un puño de arena de vidrio y la pasó entre los dedos.
—Esto es inaceptable —dijo—. Siento que en cualquier momento me voy a cortar. La arena no debe ser perfectamente redonda, pero tampoco debe estar tan lajada. Esto es inaceptable. Quiero una arena que se sienta como arena de río.
—Pero no usamos arena de río, señor.
—¿Qué? ¿Usan sólo arena de banco?
—Usamos arena de grava, señor.
—¿Y con qué muelen la grava?
—Con la máquina para moler vidrio, señor.
—No me extraña que no siga mis especificaciones. A ver, quiero que comiencen un plan para poner en funcionamiento dos máquinas nuevas. Una para moler la grava y otra para moler el vidrio, siempre separadas. Esta máquina la vamos a dar de baja porque lo digo yo. Y vamos a traer arena de banco. No quiero que mi granulometría se aparte de la norma ideal ni en un dos por ciento. Cuando lleguemos a eso, vamos a trabajar en la abrasión del concreto. Esa impresión modular tiene que realizarse de manera tal que el ensamble sea mínimo. Trabajaremos en un prototipo perfectamente funcional. Vamos a mudar toda la planta a otro sitio, más alejado de la ciudad. Y como vamos a comer nuestra propia comida de perro, vamos a diseñar una ciudad fuera de la ciudad para nosotros.
—Pero, señor, ¿y esta planta?
—Será nuestro centro de distribución, por supuesto, pero no fabricaremos ya concreto aquí. Ah, y tampoco crean que este plan lo ejecutaremos de un día para otro. Lo haremos en diez años.
—Muy bien, señor, pero, ¿y quién va a supervisar la obra?
—Yo. Ya va siendo tiempo que asuma mis responsabilidades.

 

Esperanza leía los archivos, y separaba los que ella veía más prometedores. Erwin revisaba todos los asuntos legales. Todo parecía estar en regla; pero sólo lo parecía. Lo suyo no era el derecho fiscal, pero algo lo hacía sospechar. Hizo una llamada.
—Con Russell Nails, por favor. Erwin Jiménez.

10 de diciembre.

—¿Estás completamente seguro, Rusty? —preguntó Dexter. Su mono de trabajo estaba aún cubierto por una fina capa de polvo de vidrio, y aún no se lo había quitado del todo. Tampoco le importaba ensuciar todo en su oficina; era su oficina, después de todo. La aspiradora se encargaría de limpiar.
—Sin duda, Dex. Fue bueno que congelaras las cuentas el mismo día que asumiste otra vez el control.
—Que di el autogolpe de estado.
—Como quieras decirle.
—Pero, ¿tanto dinero?
—Tanto.
—Haciendo una extrapolación rápida, en tres años estos cabrones hubieran matado a la gallina de los huevos de oro.
—Dos. Y todavía no encuentro dónde están los pasivos faltantes. Tengo a todo mi despacho trabajando en este caso.
—¿Erwin?
—Sabes mi opinión.
—Sí, pero quiero oírla.
—Si Rusty puede encontrar pruebas suficientes de aquí a marzo, yo me encargaré de lo demás.
—¿Y del otro caso?
—Pan comido. Curioso, déjame ver… Sí, también sería en marzo.
—Muy bien. Quiero contratar sus servicios en exclusiva de aquí a marzo.
—Sabes tan bien como yo que eso no es posible. Pero te pondré como cliente preferente si estás dispuesto a pagar un bono extra para que contrate becarios nuevos.
—¿Esclavitud moderna? —sonrió Erwin.
—Prefiero el término «ofrecer experiencia».
Dexter se sentó en el viejo y confortable sillón. Puso los codos sobre el escritorio de concreto pulido y las manos frente a la boca. La luz se reflejaba en los anteojos de seguridad, las mangas del mono de trabajo tocando el piso.
—¿Qué más sabemos de esos traidores?
—Yo lo sé —interrumpió Esperanza, entrando con una tableta en la mano, agitada.
Todos se giraron a verla.
—Fue por casualidad. Estaba revisando la ortografía de un nombre y me encontré ésto —le pasó la tableta a Dexter. Miró a la joven a los ojos: estaba pálida.

 

Dexter miraba fijamente la Historia Universal. Necesitaba un trago. Aquello era algo que no podía procesar sin un trago. Que su empresa hubiera contratado a aquellos hombres… La crónica decía que sólo quien había disparado el gatillo había sido procesado con todo el peso de la ley. Los tres cómplices sobrevivientes habían recibido penas menores porque se habían entregado. El cuarto había muerto por el disparo del francotirador y se había llevado con él a Remedios. Que los otros tres se hubieran entregado cuando supieron que al asesino lo habían acribillado por resistirse a la autoridad —y por idiota, pues se requiere ser especialmente denso para enfrentarse con una glock con 5 tiros útiles  a un camión con veinte policías con armadura y rifles de alto calibre— no minimizaba el hecho de que habían sido parte del grupo. Siempre había creído que había que darle una segunda oportunidad a las personas…

…Pero aquello era más de lo que podía soportar.

El silencio era tan denso que podía cortarse con motosierra, pensó Erwin. Estaba preocupado. Y si él estaba preocupado, Dexter estaría hecho pedazos. Miró a Rusty. Habían sido compañeros desde la escuela secundaria, y se habían vuelto abogados juntos. Se conocían bien. Russell sabía muy bien lo que estaba pensando Erwin.
—Alguien tuvo que estar detrás de eso. Ellos no pudieron haberlo planeado solos. Y la única persona que se me ocurre…
—Fillmore.
—Sí. Fillmore fue contratado y trajo a sus colaboradores más cercanos. Una manera de limpiar sus currículos.
—Pero no tiene sentido —dijo Esperanza—. Ellos entraron mucho después que Fillmore.
—Pero para entonces Fillmore ya sabía que Dexter no iba a regresar. Aprovechó la coincidencia.
—Es demasiada coincidencia.
Dexter se puso de pie. Caminó hasta la historia universal.
—Sólo si crees en coincidencias. Yo creo en un plan que se puede modificar.
Abrió la historia universal. Ahí estaba la botella de coñac, vacía; los vasos, sucios. Pero había algo más.
—Quiero a ese cabrón pudriéndose en la cárcel. Apuesto el huevo derecho a que el cabrón guardó aquí los datos de sus cuentas secretas. A nadie se le hubiera ocurrido buscar en mi oficina, y menos si siempre estaba vacía.
Le pasó la caja a Russell. Adentro, generadores de contraseñas y un diario de contabilidad.
—No tendrás a mi firma en exclusiva, pero a mí sí. Necesitaré un par de oficinas para que mis abogados trabajen aquí.
—Te construiremos tres junto a las canchas. Esperanza, encárgate de que todos sepan lo que se viene. Que Antonio y Carlos vayan a verme a I+D. voy con los muchachos. Necesito un trago, carajo, necesito un trago y no pienso dejarme dominar…
—Me hago cargo —dijo Esperanza.
Se sentía abrumada por la tarea. Por la responsabilidad. En un instante pasó de ser una niña asustada en un lugar extraño a ser una mujer de negocios. Aún no cumplía los 16 años y ese no era su mundo…
Miró a Erwin.
—Lo harás bien.
—No es eso… Es que a esos hombres los he visto antes.
—¿Dónde?
—En la casa de mi… de mi…
—Ya. No te reconocieron.
—No. Me veo muy diferente con maquillaje.
Erwin adoptó la postura del Pensador de Rodin.
—Necesito hacer unas llamadas. Sospecho que para estas horas ya se reunieron todos. Podemos tener un problema… y temo por tus hermanas.