Día de Muertos (21)

2 de Diciembre.

—La película es muy buena —comentó Esperanza mientras desayunaban— pero me está gustando más el libro.
—Y es curioso, porque al autor no le gustaba. Menos después de que le mutilaran el último capítulo.
—Bueno, a mí también me hubiera enojado. Dicen que es necesario haber vivido algo para poder escribir sobre ello. ¿Es cierto?
—No. Mira mis libros: yo no como mariscos pero mis personajes se regodean comiendo camarones y langosta. Mis libros están bien documentados (y quizá por eso no se vendieron tan bien) pero nunca he hecho ni la mitad de las cosas que he escrito. Excepto en uno.
—Ese que no publicaste.
—Sí.
—Deberías volver a escribir.
—No creas que no lo he intentado. Es sólo que no quiero volver a escribir novelas. Quiero hacer algo más duradero.
—¿Como por ejemplo?
—Libros de texto. Generaciones y generaciones educadas gracias a mi esfuerzo. Bueno, puedo soñar —dijo, mirando a la joven.
—Está bien. Me gusta la idea.
Observando la cocina, Dexter pareció descubrir algo diferente.
—¿Qué le estás haciendo a mi casa?
—Decorando para navidad. ¿Te molesta?
—No, todo lo contrario. Eran Remedios y Consuelo las que decoraban. A mí nunca me ha gustado decorar.
—Entonces… ¿Puedo utilizar las cosas que están en la segunda habitación?
—¿Hay cosas en la segunda habitación?
—Tomaré eso como un sí.
—No me lo tomes a mal, pero en lo que a mí respecta el ama de casa eres tú.
—Okey.
—Todavía no tengo idea de por qué llegaste a mi vida pero lo agradezco.
—Y yo a ti.
Se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Ahora desayuna. Se va a enfriar.

Al contrario de otras ocasiones, esta vez Dexter revisó los archivos completos que le enviaron de su negocio. Las cifras estaban en negro, como siempre, pero había un par de archivos que le interesaron. Del área de investigación y desarrollo había llegado un par de memorandos y una solicitud para hablar con el jefe —o sea, Dexter— pero el administrador había denegado la solicitud. Se preguntó de qué se trataba. Llamó a su compañía y pidió que lo comunicaran con I+D. Nadie lo reconoció —¿cómo podrían, si no había ido en 5 años? — y se tardaron en comunicarlo. Pero su esfuerzo valió la pena.
—Investigación y Desarrollo.
—Muy buen día, joven. Tengo aquí unos memos en donde solicitan que el director de la compañía apruebe unos proyectos. ¿Sería tan amable de informarme de qué van esos proyectos?
—Pero fueron denegados.
—Y yo tengo línea directa con el patrón. ¿De qué van esos proyectos?
—Bueno, en principio estamos trabajando en un sistema de impresión tridimensional de módulos constructivos, pero necesitamos modificar parte de la infraestructura existente para hacer las pruebas…
—Muy bien, me gusta la idea hasta ahora, ¿Qué más?
—El problema es que las impresoras constructivas no trabajan todavía con armadura de acero, y queremos probar que es posible que la misma impresora, en conjunto con un robot soldador, fabrique toda una habitación de manera modular. Dado que nuestro concreto…
—Precisamente, permítame la interrupción. He notado que hay una cierta variación en la calidad del concreto, que no entiendo por qué está dando una menor resistencia a la esperada. Aún así es mejor que el concreto normal pero poco a poco está descendiendo. ¿Por qué?
—A eso iba. Nuestro concreto está ahora en la escala gruesa de los agregados finos, lo que lo vuelve muy abrasivo. Le hemos explicado eso a la administración pero no nos hacen caso. Y como el concreto ya es muy abrasivo necesitamos máquinas mejoradas, y la impresión en tres dimensiones requiere…
—Otra vez permítame. ¿Por qué es más abrasivo el concreto? Se supone que la granulometría de inertes finos debe estar lo más posible en el centro de la escala, y complementar los áridos finos.
—Es cuestión de costo, señor. Se ha descuidado la calidad para mantener bajo el costo.
—¿Quién dio esa orden, lo sabe?
—El administrador nos dijo que el dueño quiere maximizar los beneficios…
—Interesante. Aquí tengo que los beneficios se han mantenido constantes a pesar de vender más. ¿Han recibido ustedes bonos de productividad?
—No, señor.
—En ese caso, joven, recibirá usted la visita del propietario de la empresa esta misma tarde. Necesitamos discutir esto en persona.
—Muy bien, señor. ¿Con quién tuve el gusto?
—Hand. Dexter Hand. Lo veré esta tarde.
Cortó la comunicación. Del otro lado de la línea su interlocutor se había quedado pasmado.

 

Entraron a las oficinas con una coreografía cuidadosamente planeada para parecer espontánea. Vestido con un traje color gris, con guantes, gabardina de cuero, bufanda y anteojos oscuros, Dexter entró empujando la puerta derecha. Con una falda de lápiz y chaqueta color grafito, una blusa entallada color negro y un abrigo de cuero gris, Esperanza entró por la puerta derecha quitándose los anteojos negros. Miró directamente a la recepcionista.
—El doctor Dexter Hand ha llegado. Tenga la bondad de avisar de nuestra presencia.
Como esperaban, la recepcionista y el personal de seguridad se pusieron a trabajar de inmediato, mientras Dexter y Esperanza se dirigían al ascensor.
—¡No pueden entrar así!
—Claro que podemos —dijo Esperanza, sacando del maletín la identificación de su jefe—, porque es SU empresa.
El guardia de seguridad examinó el documento, tragó saliva, y dijo, humilde:
—Lo siento, señor. No lo reconocí.
—No hay problema —dijo Dexter—, pero que no vuelva a suceder. Ahora llévanos con el señor Fillmore.
El guardia asintió, insertó una tarjeta en el ascensor, y presionó el botón.

 

David Fillmore estaba ocupado hablando, con los pies encima del escritorio, cuando Esperanza abrió la puerta. Entró y de inmediato colocó el maletín sobre el escritorio, mientras Dexter se sentaba. El guardia de seguridad se quedó en la puerta, por instrucciones de Esperanza. La delgada joven, cuando endurecía el rostro, era temible.
—Te llamaré después —dijo Fillmore, cortando la comunicación.
—Le contarás una triste historia, seguro —dijo Dexter, sacando una cigarrera del abrigo.
—No se puede fumar aquí.
—Puedo hacer lo que se me pegue mi chingada gana —dijo Dexter, quien, por cierto, no fumaba— porque es mi empresa. Ahora quiero que me expliques por qué el producto que estás vendiendo bajo mi nombre no cumple con las especificaciones mínimas. No me salgas conque sí lo hace porque sé que no es verdad.
—Estoy haciendo lo que hago mejor. Administro tu negocio. Tú deberías hacer lo que haces mejor: encerrarte en tu casa y dejarme hacer mi trabajo.
—Muy bien —encendió el cigarrillo—. en ese caso estás despedido. Y no se necesitarán ya los servicios de tu firma legal —se volvió al guardia de seguridad—. Estimado Antonio, hágame el favor de cerrar las puertas de toda la empresa, suspender actividades y convocar a una reunión general en el auditorio para dentro de exactamente una hora. Fillmore, te vas a quedar aquí hasta que anuncie lo que está pasando. Si encuentro que has estado malversando mis fondos, yo personalmente te voy a arrear un derechazo en la quijada que te dejará sorbiendo alimentos con popote por seis meses.

La empresa no era muy grande, pero ya estaba prácticamente en el tope de la definición de mediana empresa, siendo una industria con 230 empleados. El auditorio, que era en realidad el comedor industrial, estaba abarrotado. Dexter subió a una mesa y se hizo el silencio.
—Buenas tardes, jóvenes. Sé que no me conocen de vista, pero sin duda han escuchado hablar de mí —su voz sonaba firme y clara—. Soy el dueño del changarro, Dexter Hand. Estoy aquí porque he decidido volver a involucrarme en las operaciones diarias de mi empresa, merced a que he notado una cierta baja en la calidad de nuestros productos. Por ello he tomado la drástica y dramática decisión de remover al administrador general, David Fillmore, y su equipo inmediato de trabajo. Esta empresa volverá a la filosofía original bajo la cual la fundé hace siete años, y espero que todos mis empleados estén tan comprometidos como lo estoy yo con mi proyecto. Quienes no crean poder cumplir el decálogo de trabajo que me impuse cuando comenzamos, es libre de irse. Si no, los espero mañana a primera hora para comenzar a mejorar esta empresa y llevarla a la cima. Su primera misión, si deciden aceptarla, es informarme sobre las cosas que deberían mejorarse y presentarme un plan para hacerlo. Ninguna queja sin solución. ¿Estamos?
Sin esperar respuesta, bajó de la mesa. Los gerentes se le acercaron. Unos cuantos se dirigieron a la puerta. Esperanza los interceptó.
—Quiero sus renuncias por escrito a más tardar en veinte minutos.
—¿Quién te crees que eres, niña? —dijo un hombre gordo y medio calvo.
—La nueva directora de personal —dijo Esperanza, fijando sus penetrantes ojos negros en los del hombre.
—Tendrás mi renuncia el día que me muera —dijo el gordo, tomando a Esperanza por la solapa de la chaqueta.
—Eso podemos arreglarlo —dijo Antonio, el guardia, tomando la mano del gordo y apretando.
El gordo abrió la mano y soltó a la joven.
—Te vas a arrepentir.
—Ya me estoy arrepintiendo. Pero hay demasiada gente.
—Diecinueve minutos —informó Esperanza. El gordo se sacudió la mano y se alejó por el pasillo, echando chispas.
Antonio mandó instrucciones por radio. Esperanza escuchaba satisfecha. Ahora entendía que se sentía estar en una posición de poder. Era, al mismo tiempo, aterrador y emocionante.

De los gerentes y administrativos sólo cinco se fueron. El resto se quedó en la oficina de Dexter, que había estado vacía por años, pero seguía ahí. La Historia Universal seguía ahí: una pequeña botella y ocho vasos ocultos en la enciclopedia para las ocasiones especiales. Se preguntó si todavía estaría bueno el coñac que había dejado en su interior, pero no quiso abrirla para comprobarlo, no mientras Esperanza estuviera ahí. Se sentó en el sillón. Aún a pesar de los años, continuaba siendo un sillón bastante cómodo. Sería bueno descansar ahí después de un largo día de investigación y desarrollo, se dijo Dexter. El escritorio continuaba igual que el día que lo dejó. Debería felicitar a los empleados del aseo. Colocó las manos en el escritorio, y miró a su derecha e izquierda. Toda la cúpula estaba ahí.
—Muy bien. Muchos de ustedes me conocen. Yo los contraté.
Varias cabezas asintieron.
—Quiero felicitarlos por el trabajo que han estado haciendo. Sólo podemos mejorar. Ahora, libres de la influencia de Fillmore, quien según veo estaba haciéndose millonario a costa de la calidad, y sin mi permiso, vamos a desarrollar esta empresa hasta convertirla en la mejor del mundo. PEEEEEERO —dijo, haciendo especial énfasis— quiero también decirles que yo no estaré dedicado a estas actividades administrativas. Tampoco mi asistente ejecutiva personal, Esperanza —señaló a la joven a su lado— estará aquí permanentemente. No vamos a meternos en cómo trabaja la empresa. Yo estaré más bien en investigación y desarrollo. Espero que ustedes me mantengan informado de todo lo que sucede y me consulten cuando haya cambios radicales, mas no estorbaré en sus decisiones. Todo lo que sea necesario hacerme llegar deberá pasar por las manos de nuestro nuevo administrador general, y si él o ella pueden resolverlo sin consultarme, mejor para mí. Espero, entonces, que me informen qué es lo que está pasando, y tomaré una decisión sobre quién será el nuevo director general hoy mismo. Y mañana —dijo mirando a los jóvenes de I+D— comenzaremos a trabajar en el proyecto de la impresora que tienen ustedes en mente, después de comenzar a corregir la granulometría de los inertes que usaremos.

 

Cuando cerraron la puerta de la oficina y quedaron solos, Dexter dejó escapar un suspiro de alivio. Abrazó a la joven junto a él; pudo notar que estaba también temblando de emoción.
—Hacemos buena pareja, niña —le dijo.
Ella intensificó el abrazo. Dexter pudo oler el delicado perfume de la chica. Chanel número 5. Pudo sentir su cuerpo cálido y firme; se preguntó cómo una chica de quince años —casi dieciséis— podía actuar como toda una adulta madura y sabia. Se sentía feliz.
—Sí. Buena pareja —dijo Esperanza. Lo miró a los ojos. Sus labios estaban tan cercanos…