Día de muertos (20)

1 de diciembre.

Cuando despertó, Esperanza todavía estaba ahí, abrazada de él. Tardó un rato en asimilar que él se encontraba debajo de las frazadas y ella encima, y que la luz que se filtraba por la ventana era la luz del amanecer. El cuerpo le dolía, y su brazo derecho estaba desagradablemente entumido. Intentó no moverse, para no despertar a la joven, pero ella lo sintió y se puso de pie con rapidez. Antes de que pudiera reaccionar, le dio un vaso de agua y unas cápsulas y lo obligó a consumir su medicación. No podía decir nada. La garganta le dolía. No era la sensación familiar de la resaca: era un dolor agudo y constante. Claro, se dijo, como que ayer me abrí el cuello con una botella de vodka. Nunca más.

Esperanza lo ayudó a levantarse y lo guió hasta el cuarto de baño. Había olvidado que tenía una tina. Ella le quitó la ropa y lo guió hasta una pequeña silla bajo la ducha. El agua cálida comenzó a correr, y ella comenzó a lavarlo. Cerró los ojos. Se sentía tan bien…

Se abandonó a la sensación. El jabón se llevaba con él los malos recuerdos; el aroma lo hacía recordar sólo aquellas cosas buenas… Dos manos lavaban su espalda. El calor del agua y el calor de las manos lo hicieron recordar aquella vez bajo la lluvia de verano. Sólo podía escuchar la caída del agua. Sintió cómo dos delicadas manos empezaron a afeitarlo, con cuidado para no abrir de nueva cuenta la herida del cuello. Sintió cómo el agua cesaba de correr y las manos lo secaban con amor y cariño. No se había sentido así desde aquel día…

5 de septiembre. Hace 7 años.

Llovía. El auto se había detenido en el camino. A lo lejos, las luces de un pequeño pueblo. Cuatro kilómetros, juzgó Dexter, tomando en cuenta que acababan de pasar un anuncio que decía que el pueblo estaba a cinco kilómetros, antes de que el auto se quedara sin energía. No debían quedarse en el camino, y aquella lluvia duraría toda la noche, estaba seguro. Remedios había tomado la iniciativa y con sus cosas en una bolsa caminaba rumbo al pueblo. Dexter, resignado, la seguía. En un momento dado Remedios cayó a un charco y se lastimó el tobillo; Dexter tuvo que llevarla hasta el poblado. Tuvieron suerte: el único hotel del pueblo contaba con un temazcal. La dueña del hotel casi los mete a la fuerza. Los obligó a quitarse la ropa y la llevó a lavar, mientras ellos se limpiaban y calentaban en el agua caliente. Dexter limpió concienzudamente a su novia, y Remedios hizo lo propio con su novio. Eran perfectos el uno para el otro. Sus labios se unieron, sus manos exploraban sus cuerpos. Ya no les importaba nada; en el mundo sólo existían Dexter y Remedios…

—Te amo —dijo Dexter, mientras yacían en el suelo del temazcal, exhaustos.
—Te amo —dijo Remedios, acariciándole el cabello.
—¿Te casarías conmigo?
—Nada me haría más feliz.
Sus bocas volvieron a unirse en un beso largo y profundo.

1 de diciembre. 

Sintió que una mano se deslizaba por su bajo vientre. Tomó entonces conciencia de dónde estaba y con quién estaba. Detuvo la mano.
—No…
—Sí.
—No sabes lo que haces.
—Lo sé muy bien. Y quiero hacerlo.
—No. Eres muy joven para entenderlo.
—En veinte días cumpliré 16 años. No soy tan joven como para ignorarlo.
—No sabes lo que quieres.
—Lo sé muy bien. Déjame hacerlo. No es la primera vez.
—No. No…
Pero estaba débil y adolorido y dejó que ella hiciera con él lo que quisiera. El cuerpo le dolía…

 

Cuando recobró la conciencia, estaba de nueva cuenta en su cama, bajo las sábanas. Los analgésicos habían ya perdido su efecto. Esperanza estaba sirviendo un vaso de agua.
—Despertaste…
—Sí.
—Ten.
Los analgésicos. Necesitaba los analgésicos. Y algo para dormir. Tomó las pastillas y bebió toda el agua. Había algo más. La cena. No parecía gran cosa, pero se le antojó lo más apetecible del mundo. Pastel de carne, puré de papa y ejotes. Se sentó en la cama para comer, pero Esperanza lo obligó a recostarse.
—No soy un inválido.
—No me importa. Te vas a recostar.
Fue Esmeralda quien le dio de comer, pequeños bocados. De pronto se dio cuenta de que estaba escuchando la Novena. La Gloriosa Novena. No pudo evitar reírse.
—Es tan apropiado…
—¿De qué hablas?
—Soy Alex.
—No entiendo.
—Querida, ¿te apetecería ver una película conmigo? La Naranja Mecánica. Estamos justo en las últimas escenas. No sería justo contarte el final.