Día de muertos (19)

30 de noviembre. 

Miró el calendario. Miró el reloj. Media noche. No le gustaba esa fecha desde hacía cinco años. El brazo le seguía doliendo, y el hecho de que no se pudiera quedar quieto se lo recordaba constantemente. Se sentía recluido en su casa. Irónico, recordó, tomando en cuenta que se había pasado cinco años sin salir.

Necesitaba beber. Esa sed no se apagaba tan fácil. Necesitaba un trago, para olvidar que era el cumpleaños de su esposa. Esperanza había tirado todo el alcohol de su cava, pero no conocía aún toda la casa, estaba seguro. Bajó las escaleras con cuidado; aquellas escaleras nunca le habían inspirado confianza para apoyarse del lado izquierdo, a pesar de que sabía que eran sólidas y fuertes; quizá los años de bajar apoyado con su hombro derecho le daban esa impresión. La llave seguía ahí, en la cornisa de la columna, colgada en su clavo. El estudio estaba aún iluminado. Esperanza se había quedado dormida sobre un libro. El Baldor. No queriendo despertarla, le puso una frazada y apagó la luz. Tomó la llave de la columna y se dirigió a la habitación central de la casa. Esa donde Remedios y Dexter vivían felices, hace cinco años y un mes.

La cerradura se abrió sin hacer ruido. La penumbra se rehusaba a irse. Estaba completamente sucio. Por un momento le pareció que su esposa estaba con él. ¡La extrañaba tanto! La figura esbelta, la piel cobriza, el cabello negro, ojos color marrón… Le pareció poder oler su aroma, mirar cada uno de sus cabellos, contar cada una de sus pecas. Se acercó al tocador y pasó una mano, acariciando la madera. Miró el lecho nupcial, aún sin hacer tras tanto tiempo. Miró el armario. La caja aún estaba ahí. La botella aún debía estar ahí. Iba a ser una sorpresa, pero cuando se enteraron que Remedios estaba embarazada, Dexter tuvo que cambiar de planes. Se inclinó. Sí. Aún estaba ahí. En caracteres cirílicos, la palabra Nieve. El vodka lo saludó como un viejo amigo. Tomó la botella. Necesitaba olvidar, y aquella sed no se iba…

Cerró con cuidado la puerta. Subió las escaleras y se fue a aquella habitación que era su amiga y su tortura desde hacía cinco años y un mes. Destapar una botella con una sola mano era difícil, pero Dexter sabía cómo hacerlo. El aroma del vodka inundó sus fosas nasales.
Za sbychu mecht —Que los sueños se cumplan…
Y bebió. Bebió un largo trago y se tiró en el suelo a llorar. Recordó cuando le propuso matrimonio. Recordó cuando bailaron por primera vez. Recordó aquella vez bajo la lluvia, cuando se amaron por primera vez siendo ellos mismos y no las máscaras que siempre llevaban…

Bebió. Y bebió. Bebió para olvidar, pero no olvidaba. Los recuerdos llegaban más fuertes. Bebió media botella. Lloró al recordar lo que perdió. Bebió hasta llegar al fondo amargo. Remedios estaba ahí, en el marco de la puerta. Podía ver su cara de preocupación. Se puso de pie, tambaleante. Ella no podía estar ahí. No era Remedios. No era Remedios. Tomó la botella y la azotó contra el piso.
—¡Por qué me haces esto! —gritó, con una voz clara en la oscuridad de la noche— ¡Por qué no puedo olvidarte! ¿Por qué…?
Cayó de rodillas sobre los cristales. Tomó el cuello de la botella y lo puso contra su garganta.
—Por qué…
Aún alcanzó a ver que Remedios se acercaba a él antes de que todo se pusiera negro y rojo.

Despertó.

Estaba en una habitación blanca, sentado en el piso. Era un piso cómodo. Miró a su derecha. Una cascada de cabello blanco. Miró a su izquierda. Una cascada de cabello rojizo. Miró al frente. Una cascada de cabello negro. Se dio cuenta de quiénes eran.
—Están muertas. Las tres.
—Sí. Lo estamos —dijo Griselda.
—Yo también.
—No. Aún no es tu hora —dijo Remedios.
—No hay nada para mí en este mundo.
—Eso es cierto —dijo Consuelo—. Porque este no es tu mundo.
—Las extraño. Terriblemente.
—Nosotras no. ¿Cómo podremos extrañarte si ya hemos muerto?
—Pero están aquí…
—No, no lo estamos. Tú crees que estamos aquí.
—No quiero volver.
—No te has ido aún.
—Debes cuidarla.
—Hazlo por nosotras.
—Ella te ayudará.
Todo se puso negro…

Abrió los ojos. Al techo, pensó, le hace falta una mano de pintura. Le dolían los ojos. Le dolían las manos. Le dolía la cabeza. Le dolían las rodillas, las piernas, la espalda, el pecho. Alguien estaba junto a él. Trató de enfocar la vista. Estaba tendido en su cama, lo sabía, y junto a él había alguien. Una mujer. Una joven. Respiraba lenta y pausadamente. Algo caliente salía de su cuello La miró. Se parecía a Gris. Era Esperanza. Intentó ponerse de pie. La cabeza le daba vueltas. Una sustancia pegajosa manchaba su camisa.
—No te levantes, por favor.
—Esperanza… te fallé.
—Sé que es un día duro para ti.
—Te fallé. Te fallé. Te fallé.
—No me has fallado. Sigues aquí, con vida. Sigues conmigo.
—Las extraño tanto…
Dexter se abrazó de la joven, y sollozó.
—Necesito ayuda —dijo, antes de desmayarse una vez más.

 

Ixchel acomodaba el vendaje en el cuello y trató de olvidar el mal olor.  Dexter estaba bajo una pila de frazadas en su cama. La habitación ya la única que Esperanza no había limpiado aún.
—Vamos a hacer cambios en tu casa. Primero que nada, vamos a sacarte de esta habitación. Segundo, nada de dormir solo. No puedo confiar en que no cometas alguna locura sin que estemos en posibilidad de ayudarte. Tercero, medicación. Te voy a recetar naltrexona, acamprosato y disulfiram. Se acabó el alcohol para ti. Y cuarto, le sacaste un susto enorme a eta muchacha. Medio centímetro más profundo, o a la derecha, y hubieras llegado a la yugular, animal.
—Necesito ayuda…
—Y la vas a tener, quieras o no. No vas a arruinar todo lo que hemos avanzado por culpa de una botella.
—¿Dónde está Esperanza?
—En tu nueva habitación. Dioses, esto apesta…
—Lo siento. Pensé que podía.
—Vas a poder, créeme. Te quedará una cicatriz horrible pero no requieres hospitalización. Te voy a poner antibióticos hasta las cejas. Te podría poner un gato muerto en el cuello y no te pasaría nada. Pero le sacaste un susto de muerte a esa muchacha. ¿Se puede saber qué estabas pensando?
—Ayer vi a mi esposa, a mi hermana, y a la madre de Esperanza.
—Alucinaciones.
—Lo sé. Se veían como ellas, pero no eran ellas. Aunque me dijeron que cuidara a Esperanza.
—Harías bien en hacerle caso a tus alucinaciones. Esa chica te necesita tanto como tú la necesitas a ella.
—Estoy en el punto más bajo de mi vida.
—Ese ya fue. Ahora estás saliendo del agujero.
—No lo parece.
—A veces hay que ir más bajo para alcanzar impulso.
—No entiendo.
—Lo sé. No te preocupes, lo harás bien. Es sólo que nunca he podido entender qué le ven las jovencitas a hombres que se supone deberían ser maduros, como tú.
—No entiendo.
—Ya lo entenderás. Todavía faltan dos años.

 

Cuando los paramédicos se fueron, se dio cuenta que estaba en su habitación. Su verdadera habitación. Esperanza había limpiado concienzudamente todos los rincones. Era de noche, pero Dexter no podía dormir. No quería dormir. Esperanza se sentó en un silón, pendiente del reloj, de su paciente, y de los medicamentos. Dexter trató de evitar su mirada. Se sentía profundamente avergonzado de todo lo que la había hecho pasar…

Miró el libro que la joven estaba leyendo. Ya no era el Baldor. Estaba leyendo su tesis. Necesitaba dejar de pensar para tener tranquilidad, pero no podía. Su tesis. Pensó en su negocio. Necesitaba regresar a su negocio. Miró a la joven a los ojos. Ella le devolvió la mirada.
—Lo siento —dijo, derramando una lágrima.  Cerró los ojos y se obligó a dormir.