Día de muertos (18)

25 de noviembre.

La rutina se estaba asumiendo poco a poco. Las mañanas, después del desayuno, Dexter asumía el rol de profesor, y Esperanza, de alumna. La joven era muy inteligente, pero desconocía mucha información que debía haber aprendido en la escuela. Lo compensaba con su gran capacidad de absorber el conocimiento. Dexter dejaba que la joven se equivocara, para que reconociera los patrones que la llevarían a comprender su mundo de una manera más clara. Más física, diría él.

Estudiaban toda la mañana, y en la tarde, Esperanza continuaba ella sola con sus estudios. Pero no descuidaba tampoco sus otras actividades. Se estaba convirtiendo en la señora de la casa, para sorpresa de Dexter. La casa estaba feliz de tenerla ahí. El jardín se había convertido ya de una selva infranqueable en un pequeño prado bien cuidado. Las habitaciones estaban limpias, la cocina bien abastecida, y Dexter estaba bien alimentado, hasta el punto de avergonzarse de que la muchacha lo cuidara tanto.  Pero ella también estaba mejorando. La figura de la chica, espigada, ahora iba embarneciendo y un par de veces Dexter se la quedó mirando mientras ella trabajaba.

Esa noche estaba revisando el trabajo de la chica cuando escuchó una melodía familiar. Da da da dum. Da da da dum. La reconoció. La Quinta. Recordó la primera vez que la escuchó, y con quién…

10 de diciembre. 11 años antes.

—Hola —le dijo a la joven, morena y bajita, que estaba en el pequeño consultorio.
—Hola —respondió ella, poniéndose de pie—. Pasa, por favor. ¿En qué te puedo ayudar?
—Me envió el coach. He tenido problemas en mi espalda. Creo que tengo un tirón, o algo.
—Quítate la camiseta y recuéstate en la camilla. Déjame revisarte.
—¿Eres estudiante?
—Sí.
—Yo también.
—Eres del equipo de rugby, ¿no?
—Sí. Te he visto en los entrenamientos, creo que de paramédico.
—Sí. ¿Esto duele?
—Aw. Un poco.
—Tienes desviada la columna. Necesitas relajar los músculos. Voy a darte un masaje.
—Lo sé. Pero hoy fue el último día de entrenamiento del semestre. Aw.
—Yo pensé que Supermán no existía. Aquí tengo a un hombre de acero.
—Gracias. Aw. Oye, se siente bien…
—Es parte de mi magia, nene.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Aw.
—Dime.
—Tengo un par de boletos para ir a la orquesta sinfónica, esta noche y no conozco a nadie aquí que quiera ir conmigo. Y bueno, aunque no te conozco, ¿te gustaría ir? No pienses mal, es sólo que no quiero que se desperdicie un boleto. Aw.
—¿Por qué compraste dos, si no ibas a llevar a nadie?
—Me los regalaron hoy en Cultura. Nunca he ido a un concierto de esos. Ni siquiera sé qué se usa.
—Yo tampoco. ¿Te gusta la música clásica?
—En realidad nunca la he escuchado.
—Yo tampoco.
—¿Entonces, te gustaría ir?
—Yo, la verdad es que… Bueno, no lo sé.
—Sí, bueno, sé que no nos conocemos. Pero te puedo dar el boleto, si quieres.
—No, no es eso. O sea, sí, pero…
—Aw.
—Dame un momento para pensarlo, ¿quieres?
—Aw. Lo que gustes.
—¿Cómo te llamas, a todo ésto?
—Tienes razón, mis modales. Si mi abuelo me viera me daría un bastonazo. Soy Dex.
—Yo soy Gris.
—Hola, Gris.
—Hola, Dex. ¿Sabes qué? Te acompañaré al concierto.
—¿De verdad? Bien.
—Pero sólo esta vez.
—Sin compromisos. Aw, eso dolió.
—Perdón…

 

Se vieron a la entrada del teatro media hora antes del inicio. Él iba vestido con lo que pretendía pasar por una especie de traje elegante; un saco blanco con rayas azules, un pantalón oscuro, camisa negra y una corbata blanca. Ella, con un traje de noche negro, con escote palabra de honor y falda un poco por debajo de la rodilla. Dexter se quedó pasmado al verla.
—Ya puedes respirar —le dijo Gris, sonriendo.
—Hay un dios —dijo Dexter en voz baja, cerrando la boca y ofreciéndole el brazo—. Buenas noches, querida. ¿Pasamos?
Se dirigieron a sus asientos un poco nerviosos. Ella, porque nunca había estado en ese teatro, y pensaba que las demás damas la miraban con desprecio; le verdad es que envidiaban su figura. Él, porque nunca había estado acompañado de una mujer tan guapa como ella; podía ver que algunos caballeros lo miraban, y le sonreían de forma aprobatoria. La diferencia de estaturas era evidente: él se sacaba treinta centímetros a la joven, incluso con tacones, pero se veían hechos el uno para el otro.

Los miembros de la orquesta tomaron sus lugares respectivos, y comenzaron a afinar. Dexter trataba desesperadamente de fijarse en el programa para disimular que no podía dejar de ver a la joven; Gris hacía lo mismo para evitar ver la figura atlética del muchacho, en especial porque ya lo había visto con menos ropa y no podía dejar de imaginarse su cuerpo bajo ese traje. Las luces bajaron de intensidad y el director de la sinfónica entró.
—Ese cabrón se siente hecho a mano —escuchó Dexter decir a su vecino de asiento. Contuvo la risa.
De pronto el director levantó la batuta y el teatro quedó en silencio absoluto. La sección de cuerdas miraba expectante al director.

Da da da dum.

Da da da dum,

La Quinta Sinfonía de Ludwig Van Beethoven. Tres corcheas y una blanca con calderón. Media hora en la cual  Dexter se sintió atraído a un mundo nuevo. La música clásica no le había interesado nunca, pero la Quinta era diferente…

Gris, en cambio, no comprendía o que estaba escuchando. Sí, se escuchaba muy bonito, pero no le atraía. Le aburría. Miró a su compañero, embelesado en la música; miró a todos los vecinos que la rodeaban, todos ellos, sin duda, podían escuchar algo que ella no alcanzaba a comprender. Pensó que tal vez eran de clases sociales diferentes; que él era un privilegiado y ella, sencillamente, no era de su misma clase.

Dexter no entendía ni jota. No distinguía un oboe de un chelo, y no le importaba. Pensó que quizá estaba haciendo el ridículo ahí, y miró a la joven a su lado, quien le sonrió. Quizá ella entendiera lo que estaba escuchando. Sin saber muy bien por qué, extendió su mano hasta tocar la de su compañera. Era una mano suave y cálida. La tomó y permaneció así hasta el final, emocionado.

Gris sintió que su compañero tomaba su mano. Se puso nerviosa por un instante, pero se dio cuenta de que el muchacho sólo buscaba compartir lo que sentía. Era una sensación agradable, y devolvió el gesto. Quizá no entendiera lo que estaba escuchando, pero sí podía compartir la emoción del joven. Se sonrojó. No era justo…

El concierto terminó. Como todo un caballero, Dexter se ofreció a llevarla a su casa. No hizo ningún movimiento atrevido. No intentó robarle un beso. No pretendió pasar a su casa. No pretendió que aquello fuera una cita. En  su fuero interno, Gris se sentía decepcionada. Le hubiera gustado entender más lo que el joven quería; pero eran mundos opuestos… Dexter, en cambio, estaba contento. Quizá la próxima vez que se encontrara con la joven podría invitarla a salir. Una cita en serio. De verdad. Gris cerró la puerta de su casa y recibió a la pequeña niña que, abrazada de su abuela, se alegraba de verla. Dexter se alejó por las calles de la ciudad, extrañamente feliz.

20 de noviembre.

El allegro terminaba. Dexter lo escuchaba desde el marco de la puerta. Le tenía especial cariño a esa sinfonía, sólo superado por su amor a la Novena.
—Gris nunca entendió la música clásica. No la culpo. Yo tampoco la entiendo. Me gusta más el rock. Pero la Quinta expandió mis horizontes musicales. Luego vino el jazz.
—¿Puedo preguntar algo?
—Dime.
—¿Te gustaba mamá?
—Sí. No me lo tomes a mal; nunca me imaginé un amanecer junto a ella, pero me gustaba. Gris era una chica triste y misteriosa; disimulaba muy bien quién era en realidad. Me hubiera gustado conocerla mejor. Ni siquiera me habló de ti.
—Casi no la recuerdo.
—Quizá sea mejor así.  La única pieza de música clásica que le gustó a Gris fue el cuarto movimiento de la Novena. La gloriosa Novena.

7 de enero. 11 años antes.

Dexter había insistido tanto en que volvieran a un concierto que Gris terminó cediendo. Esta vez, Dexter llevaba un atuendo más apropiado, mientras que Gris llevaba un vestido largo blanco. Entraron tomados del brazo, partiendo plaza. Gris se dio cuenta de que atraía la envidia de muchas< Dexter, por su parte, se sabía el hombre más afortunado de la sala.

El allegro ma non troppo, un poco maestoso, comenzó a sonar. Dexter seguía sin tener idea de lo que significaba cada pieza, y seguía sin importarle. Sentía los instrumentos como una caricia, un anticipo del paraíso. Gris seguía sin entender qué escuchaba Dexter, pero lo disimulaba mejor, tratando de seguir  los movimientos del director de orquestra. El scherzo le parecía agradable, pero para ella era música de elevador. No fue sino hasta que llegó al cuarto movimiento, la coral, que algo comenzó a comprender. Era alemán. No hablaba alemán, pero entendía el sentimiento. Dexter volvió a tomarla de la mano. Le gustaba la sensación. Se acercó a él. Él le pasó el brazo por el hombro, y la atrajo hacia sí. Ella podía oler su aroma. Estaba seguro que él podía oler su perfume.
El barítono cantó.

O Freunde, nicht diese Töne!
Sondern laßt uns angenehmere anstimmen,
und freudenvollere.
Freude! Freude!

Dexter se giró. Ella lo miró a los ojos. Sus labios estaban tan cerca…

20 de noviembre.

—La gloriosa Novena. Fue la primera y última vez que besé a Gris. Nunca más quiso volver a salir conmigo, por más que insistí. Sé que le gustó la Coral, porque a partir de entonces lo escuchaba cuando estaba sola. A veces me pregunto si las cosas hubieran sido diferentes si ella me hubiera hecho caso. O si yo hubiera insistido más.
Una lágrima rodó por la mejilla izquierda.
Esperanza se acercó.
—No merecía un final como ése.
Dioses, pensó, necesito un trago. Esperanza, quizá presintiendo algo, lo abrazó. Él devolvió el abrazo. Ella lo sintió luchar contra el llanto. La Quinta terminó. Era ya de noche.