Día de Muertos (17)

14 de noviembre.

Despertó con dolor de cabeza, con dolor en la mano, y con dolor de espalda. Se sorprendió un poco de verse en el estudio, y más de ver que tenía un libro de texto en la mano. Sacudió la cabeza y observó mejor el libro. También había sacado su tesis, sus notas de varias clases y una tableta. ¿Por qué tenía textos de preparatoria abiertos? Se levantó y se fue a la cocina. Necesitaba café. Necesitaba un trago, pero lo reemplazaría con un café cargado.

―¡Claro! —recordó de pronto, al ver a Esperanza preparando la cafetera —¡Necesitamos completar tu educación!
Ella lo miró, tratando de comprender lo que escuchaba.
—Quiero decir que no has ido a la escuela. Ni siquiera entraste a preparatoria. Un año no te afectará mucho, pero dudo que tus escuelas hayan sido apropiadas, ¿o me equivoco? De cualquier forma es muy tarde para iniciar el semestre y no podremos tramitar tu ingreso mientras no resolvamos los asuntos de la patria potestad, pero no afectará demasiado si estudias conmigo. Necesitamos encontrarte una vocación, porque no me gustaría que terminaras en el último círculo del infierno.
Como respuesta, la joven le dio una taza de café y un panecillo.
—Necesitamos material educativo. Una computadora para ti, quizá una pantalla en 3D, un cosamático… conexión a la red más rápida. Podemos comprar una televisión, porque no todo es estudio. Algo de material de laboratorio; física, química, biología… Papel. Practicaremos tu caligrafía. Esto implica una visita al centro comercial. Sí, hoy me gusta como para ir al centro comercial.
La casa sonrió. El día estaba nublado. Dexter extendió una mano y alborotó la pelambre de la joven. Ella sonrió.
—Porque, si quieres seguir viviendo en mi casa, tendrás qué estudiar. No me importa mucho qué estudies, pero deberás estudiar. Es triste vivir la vida que he llevado. Y sin peros. Iremos con Justin a almorzar, y luego de compras. Hoy mismo vamos a repasar lo que has aprendido para ver qué podemos corregir.
Bebió un sorbo de café y tomó la mano de la joven entre las suyas.
—Tu madre fue una de las mujeres más listas que he conocido. Y sé que tú también. Anda, ponte algo abrigador, y vámonos.
La joven, feliz, le dio un beso en la mejilla y se fue a su habitación. Dexter, sonriente, terminó su taza de café. No recordaba haber pedido panecillos…

Viento. Amenazaba lluvia. Al menos el centro comercial estaba cerca de casa, y estaba cubierto. Dexter pensaba en adquirir un auto, aunque, habituado a no salir de casa, en realidad no lo necesitaba mucho. A bordo del auto de alquiler recordó su tesis. Era la base de su negocio, aunque no lo quisiera admitir. Suponiendo que todavía fuera negocio. Llevaba cinco años limitándose a firmar sólo lo más esencial. En realidad el negocio lo llevaba a cabo otra persona. Era bueno. Lo suyo no era estar al pendiente de cómo trabajaban las cosas; lo suyo, lo que realmente le gustaba, era escribir. E investigar. Esa tesis, se dijo, podría ser un libro de texto realmente bueno. No tiene el mismo mercado que las novelas, pero cualquier idiota podía escribir novelas. Recordó a su amigo Guillermo Ruiz, el que perpetraba novelas en tres semanas y podía sacar doce libros al año por lo menos. Pero un libro de texto requería paciencia, dedicación, y un profundo conocimiento del tema. ¿Qué problema había en escribir una novela de vaqueros, si sólo era describir cómo se baleaban y se peleaban por un rancho perdido en medio del desierto de Texas? No. Debía cambiar su orientación. Le gustaba escribir, y escribiría, pero sobre las cosas que realmente le importaban. Sonrió. Estaba contento. Esperanza lo miraba con curiosidad disimulada.
—Es un buen día, querida. Ya sé qué hacer con mi vida.
Le pasó un brazo por el hombro y la atrajo en un abrazo. Los dos sonreían.

 

El calvo gordo se movía con mal disimulada prisa. Buscaba a alguien desde hacía quince días. A una muchacha. No le importaba en sí la muchacha: le importaba lo que representaba la muchacha para él. La camisa mostraba agujeros, al igual que el pantalón. Mal afeitado; olía a una mezcla de sudor y cerveza. Era evidente que no estaba en su elemento. Hubiera preferido estar en casa bebiendo, pero la maldita muchacha se había escapado y eso no podía permitirlo. Para eso era su padre, ¿no? Para que lo obedecieran. Recorría el centro comercial buscando a la muchacha. Sabía que era una posibilidad lejana, peor debía hacerlo. Sus otros hijos hacían lo mismo: había que encontrar a esa hija descarriada, antes de que perdiera la oportunidad de cobrar la herencia de sus abuelos. Además, no se le había hecho aún con la muchacha, y se veía que sería un platillo muy apetitoso. Disfrutaría con ella y después se quedaría con todas sus cosas, y la echaría a la calle cuando no le sirviera ya, como una perra callejera cualquiera.

Entonces la vio. Sonrió, dejando ver una fila de dientes amarillos y negros. Escupió una maldición y fue hacia ella. ¿Quién sería ese tipo que caminaba junto a ella? Maldita perra, se había encontrado un padrote muy pronto. Pero él era su padre, y en un mes podría cobrar la primera parte de la herencia y pasar a una vida de mayores lujos. Esa casa sería muy buena. Podría sacarle un muy buen precio. Se acercó a la muchacha y la tomó del brazo. Ella gritó. Bien, se dijo, me tiene miedo todavía, como toda buena hija. Y se parece tanto a su madre. Incluso tiene su misma edad. Hoy es el día en que te haré mujer, dijo. El hombre a su lado, en lugar de dejar de meterse en lo que no le importaba, se interpuso entre ellos. ¿Cómo se atrevía? Escupió en su zapato. Así aprenderás, le dijo en voz alta. La muchacha lloraba. Excelente, para que aprenda su lugar. Nos iremos a casa en este instante.

Sintió algo en el estómago. Tardó en reaccionar, porque no podía respirar. Se dio cuenta que era un puño, profundamente enterrado en sus carnes. Sintió una explosión en el vientre. Se fue hacia atrás, tratando de recuperar el terreno alto, pero en su lugar sintió un golpe en la cara. Todo se puso blanco y frío.

Cuando despertó, estaba rodeado de guardias de seguridad y la cabeza le daba vueltas. Un hombre vestido de paisano se acercó. Le dio un par de palmadas en la mejilla. La quijada le dolía. No podía moverla.
—Rota. Bueno, te convendrá no poder comer nada, gordito —dijo Juan—. Vamos, rendirás tu declaración en el hospital. Para lo que te vea a servir, con las grabaciones que tenemos…

 

Las marcas de los dedos en el brazo de Esperanza eran profundas, pero sanarían pronto; más que las heridas psicológicas. Ixchel estaba con ella, tratando de calmar a la joven. A Dexter, en cambio, le estaban inmovilizando la mano. Se había roto un par de huesos.
—Una derecha impresionante, para no haberla ejercitado en mucho tiempo —dijo Juan, revisando la radiografía—. Por ahora no tendrás que temer de ese miserable. Le rompiste la quijada y una costilla. Lamentablemente no podré retenerlo en el tambo mucho tiempo, aunque dudo que se quiera acercar a tí por unos meses. Al menos no mientras tenga que seguir alimentándose con un popote.
El médico ajustaba cuidadosamente los huesos, mientras Dexter pugnaba por no gemir de dolor.
—Eso por su parte, ¿y por la mía?
—Tú estás fuera de sospecha y duda. Las grabaciones de seguridad contaron una historia impresionante. Defensa propia, ayudaste a una chica aterrada e indefensa, etcétera. Nadie te condenaría jamás tras ver el historial de aquella fichita.
—¿Sabes quién es?
—Claro. ¿No te los había dicho antes? Es el padre de tu chica. Si es que podemos llamar padre a esa bazofia. Una auténtica fichita. Violó a la madre hace quince años y ocho meses, si mis cálculos son correctos. Es un pederasta, bebedor compulsivo, drogadicto, falsificador de documentos, y aunque no puedo probarlo, sospecho que quería que tu chica cumpliera los 16 para poder ejecutar una operación de compraventa ilegal y quedarse con el dinero de la herencia de Esperanza.
—No se mueva.
—Lo siento, doc. Duele.
—Como sea, por ahora tenemos suficiente como para meterlo en chirona cuatro meses. Pero no puedo hacer más porque las demás niñas de su casa están reacias a denunciarlo. O más bien, no comprenden de lo que se trata. Este cabrón les ha hecho mucho daño.
—¿Cuántos son?
—Dos. Otras dos niñas. Una de once y una de diez. Lamento no poder hacer más por ellas ahora, pero no puedo mover mis influencias para asignártelas. Necesito más que lo que tengo. Por ahora están en un lugar seguro. Espero.
—Cuatro meses, dices.
—Sí.
—¿Qué pasa si yo muevo mis influencias para que me las asignen?
—Por eso no te preocupes, yo me encargo de que te las asignen, pero no antes de cuatro meses.
—¿Por qué?
—Porque, bueno, digamos que hay tiempos para todo. Lo que sí haré es conseguirte permisos de visita. Más que a ti, a tu chica. Técnicamente son sus hermanas, y tú eres el tutor, así que es obvio quiénes podrán visitarlas…
—¿Por qué cuatro meses?
—No es fácil trabajar en esta ciudad. Hay mucha gente y poco tiempo. Y, bueno, queremos eliminar de nuestra sociedad a ese bastardo, ¿no? Pero no podemos hacerlo como en el Viejo Oeste, eliminando gente a balazos.  No, ahora somos más sofisticados y necesitamos hacer mejor las cosas. Una mejor planeaciòn, si comprendes lo que te quiero decir.
—No; no comprendo.
—Hace cinco años planeé una operación antisecuestro que terminó afectándote gravemente. No me he perdonado eso todavía. Ahora he comprendido que a veces no puedes hacer hoy lo que debes hacer mañana. Un poco de calma es lo que se requiere. Estoy a punto de resolver favorablemente un problema, y como verás, aunque me he tardado… Aunque me he tardado, estoy compensándote por lo que has perdido.
—Si no fuera porque me están enyesando la mano…
—Lo sé, por eso te lo estoy contando ahora. Me temo que incluso tu izquierda es demasiado fuerte para mí. Será mejor que me marche. Te veré en —consultó su reloj— cuatro meses y tres días.