Día de Muertos (16)

8 de noviembre.

Dexter se levantó, como era habitual en él, tarde. Todavía no estaba completamente recuperado de su enfermedad, y la mano le seguía doliendo terriblemente. Bajó a la cocina. Notó algo que era diferente. Había café recién hecho, pero sólo porque la cafetera estaba programada. No recordaba tener una cafetera programable. «Claro,» se dijo, «ayer la compramos. Esta y una de espresso.» Pero algo no estaba bien ahí.

La casa se lo dijo. «¿Qué es distinto? ¿Qué pasó anoche?» La lluvia. Se habían empapado la noche anterior. Para él había sido refrescante; la fiebre había cedido pero su temperatura aún era alta. Pero Esperanza siempre tenía frío. Esperanza no estaba ahí.

Fue a su habitación. La pequeña habitación amarilla estaba cerrada, pero no tenía seguro. Tocó. No hubo respuesta. Tocó más fuerte. Escuchó movimiento adentro. La puerta se abrió, Esperanza se veía completamente devastada. Se desvaneció sin decir palabra. Dexter la sostuvo: estaba ardiendo en fiebre. La llevó a la cama y la acostó. Trataba desesperadamente de recordar qué hacer. Un antipirético, antes que nada. Uno seguro. Paracetamol. Y un paño frío. Siempre funcionaban los paños fríos, se dijo, sin estar convencido por completo.

La obligó a beber un poco de agua y a tragar el paracetamol, pero el paño frío parecía hervir en cuanto lo aplicaba. Hielo, decidió. Hielo en lo que llega un médico. Necesitaba uno… pero no conocía a ninguno, ¿o sí? ¿Quién lo había atendido a él cuando cayó enfermo? Esperanza lo había cuidado, pero no siquiera había comenzado la escuela preparatoria, así que no podía ser ella. Los papeles, recordó de pronto, tenían teléfonos de contacto. Casi corriendo fue al estudio. Estaban en la mesa de la entrada. Los abrió y buscó el teléfono de emergencias. Fue el primer número que vio: Ixchel Chak Chel. Contacto médico. No lo pensó más y llamó.

 

Media hora más tarde, Ixchel cambiaba el vendaje de su mano, mientras le daba una larga lista de instrucciones a Dexter.
—No es grave, pero no puedes descuidarte. Es influenza. Necesito que estés muy atento si la fiebre aumenta de 39 grados: llámame inmediatamente. También si tiene problemas para respirar. Está aún muy malnutrida, pero veo que ha aumentado un poco de peso. Eso le beneficiará. Puede presentar un cuadro similar a alucinaciones, producto de la fiebre. Baja la fiebre con paracetamol y comrpesas heladas. Confío en que no presente retención urinaria; al contrario, probablemente tenga diarrea o vómitos. Si es la cepa de costumbre, no habrá moco, pero esa tos la dejará exhausta. Será una semana dura para ti, pero creo que la soportarás. Quid pro quo, como diría Juan.
—Entonces va a recuperarse.
—No será difícil. He visto peores casos. Pero te advierto que será insoportable para ti. Ustedes los hombres son unos quejicas cuando se enferman, y las mujeres son más resistentes, pero ella ha sufrido demasiado y probablemente ahora se descontrolará. Es bueno que esté en un ambiente seguro.
Dio una última revisión al vendaje, y sonrió, satisfecha.
—Lo siento un poco grueso.
—Así te será de utilidad en unos días, confía en mí.
—¿Cómo puedo agradecerte?
—Sólo no vayas a romper su corazón —le dio un par de palmadas afectuosas en la mejilla—. Sé lo que duele perder a un ser querido, y ella los ha perdido a todos. Recuerdo a su madre, de verdad. Ese fue el primer caso en que Juan y yo trabajamos juntos, cuando me asignaron al servicio médico forense. Era una chica muy bonita, pero tenía la mirada triste. La conocí antes de que… bueno, ya sabes. Estuvimos a punto de reclutarla, pero la burocracia acá es muy lenta. Toma eternidades —suspiró—. Dejó un bonito cadáver, es verdad. El tren la golpeó pero no le pasó por encima. Quizá por lo pequeña que era —verificó la temperatura de la joven—. Me pregunto quién será el padre. Supongo que no importa ya. Al menos no eres tú.
—¿Por qué?
—Divago. Quiero decir que es mejor que no seas el padre. Todos quienes han sido padres para ella la han hecho sufrir —acarició la constelación en la mejilla de la joven—, en especial ese infeliz que le hizo estas marcas. Cigarrillos. O aquel desgraciado que no toleraba equivocaciones y tenía siempre a la mano un cable eléctrico. Todavía tiene las marcas en la espalda. Pero el peor ha sido, sin duda, el último. El cerdo del que huyó. Esta cicatriz —trazó con el dedo la línea cada vez más tenue— fue producto de una borrachera. Hasta donde tengo entendido, ese cerdo quiso abusar de ella. No lo hemos encontrado, y en la casa de acogida nadie quiere denunciarlo. No tenemos pruebas directas que lo incriminen. Ojalá que alguien le diera una paliza…
Dexter permaneció en silencio, pero tomó la mano de la joven. Ella la apretó e intentó abrir los ojos.
—Descansa —le dijo. Ella tuvo un ataque de tos.
—Ese cerdo ha querido cobrar la herencia de Esperanza. Ha estado a punto de lograrlo tres veces, pero no ha podido. Cuando ella cumpla 16 años podrá recibir un anticipo, si es que su albacea lo permite. Y aquel cerdo es muy bueno falsificando documentos… He hablado de más y debo irme. Llámame si algo sale mal. Te veré en una semana en la oficina.
—Gracias por todo.
—Un placer. No te molestes en acompañarme, conozco la salida. Cuídala y cuídate.
—Lo haré.

 

13 de noviembre.

Estaba devastado. Completamente agotado. Al menos había dejado de pensar en el alcohol. Se había pasado a la cerveza de raíz y a la limonada embotellada. Necesitaba aún el sabor astringente, pero no podía darse el lujo, no ahora, de perder el control. No mientras Esperanza estuviera enferma.

Y vaya que había sido problemática. Todo lo tranquila y retraída que era se le había olvidado, y se la pasaba quejando cuando deliraba (en lo que los antipiréticos hacían su efecto) y se negaba a comer algunas cosas que no le gustaban, a veces con violencia —y pronto Dexter aprendió cuáles eran. Pero la fiebre había desaparecido y poco a poco las cosas regresaban a la normalidad. Ese día ya no había fiebre ni tos. Aún le dolía todo el cuerpo —a Dexter aún le dolía la mano— pero ya era todo lo normal que podía ser.

Para celebrar, porque, por primera vez en cinco años, Dexter estaba harto de estar en su casa —aunque la casa le sonriera—, decidió que al día siguiente irían a desayunar a The Greasy Spoon. Quizá Justin podría enseñarle a cocinar; durante su convalecencia, Esperanza no quería comer nada más que un desayuno inglés; aunque Dexter se las arregló para que comiera cosas diferentes.

Apenas habían pasado catorce días desde que la muchacha había llegado a su vida y la revolución que había representado para él era drástica. Se sorprendió al darse cuenta que el dolor por la pérdida de su esposa y de su hermana había disminuido a niveles más tolerables. Y también había meditado mucho en lo que había representado él para con Gris. Griselda. Jamás le gustó su nombre, y mucho menos que su cabello se lo recordara. Mientras desayunaban, Esperanza aún con lentitud y quejándose del dolor en el pecho, Dexter recordaba a Gris. Era una muchachita menuda, no más de metro y medio de altura. Su piel era morena, su figura, de modelo. El cabello, largo y perpetuamente lacio, era de un tono plateado que ella odiaba, así que lo pintaba de colores; sin embargo, siempre era Gris. Recordó la primera vez que la había invitado a salir. La chica se negó porque tenía un compromiso previo, y siempre que la invitaba, debía asistir a algún lado. Una única vez ella aceptó salir con él, a ver The Tank Whom Wouldn’t Die, y allá se encontraron con Remedios. Ella se les unió, y Gris nunca más aceptó salir con él. Por más que él insistía.

Y luego, después del último torneo, él la había saludado desde el centro de la cancha, pero quienes le devolvieron el saludo fueron Consuelo y Remedios, en la primera fila. Su fisioterapeuta trató por última vez las heridas del juego, y nunca más la volvió a ver. Se preguntó quién le habría ocultado el desenlace. Se preguntó también por qué la chica jamás le dijo que tenía una hija. Como si fuera algo malo. Diez años habían pasado y había preguntas que ya no podían responderse.

Se quedó pensativo, con la taza de café en la mano izquierda. Extendió la mano derecha, aún vendada, y tomó la de la joven.
—Gracias —le dijo.
Ella sonrió.
Para Dexter, fue como si el sol sonriera.