Día de Muertos (15)

7 de noviembre.

Aquella sed que no se iba. Necesitaba algo fuerte. Fue a la cocina. No necesitaba café; necesitaba alcohol, pero no cualquier clase de alcohol. Necesitaba vodka. La mano derecha aún le dolía desde la última vez que, en su desesperación, había golpeado la pared. No era la primera. Entró a la cocina y, para su sorpresa, se encontró con Esperanza.
—Es increíble cómo puedo olvidar que estás aquí viviendo conmigo.
—Oh.
—Necesito algo de beber.
—Puedo preparar café.
—No. Necesito algo fuerte para olvidar que necesito alcohol.
Abrió la alacena.
—Hey, no hay cerveza de raíz ni ginger ale.
—La doctora me dijo que tirara todo el alcohol.
—Eso no tiene alcohol. Son mezcladores. También tiraste la granadina. Bueno, esa nunca me gustó mucho.
—¡Lo siento!
—No te preocupes. Siempre puedo comprar más —se sirvió un vaso de refresco de cola—. Necesitaré ese café. Fuerte. Muy cargado. Un café turco me vendría bien. O un espresso en las rocas.
Ella lo miró preocupada.
—A partir de este momento te comisiono para que evites que haga una idiotez y compre alcohol. Y recuérdame comprar una máquina de espresso. También recuérdame no excederme de ocho tazas al día.
Le dio un largo trago a su refresco. La sensación en su garganta no era la misma, pero al menos era una sensación. Además, tenían que salir en un par de horas a ver a su abogado.

 

La oficina era pequeña, pero bien cuidada. Estaba saturada de reconocimientos, cuidadosamente colocados para que los mas importantes estuvieran a la altura de los ojos de los visitantes. Afuera no había ninguna señal de que aquello fuera una oficina. Técnicamente, era una casa habitación. De suyo, el abogado vivía ahí. Una pequeña táctica por la cual siempre lo podían localizar los clientes… al menos, los clientes que quería que lo localizara.
—El doctor Jiménez los recibirá en un momento —dijo la secretaria.
—Gracias —replicó Dexter.
Erwin Jiménez. Un viejo compañero de equipo de Dexter, quien durante años había pretendido a Consuelo en la facultad. Dexter y Erwin habían sido uña y mugre en el equipo de rugby de la universidad, a pesar de estar en escuelas diferentes. Claro, Erwin lo hacía para impresionar a Consuelo, pero ella jamás mostró interés en el desgarbado fullback. Ni en el rugby, a todo esto.
La puerta se abrió. Erwin salió a despedir al último cliente, y se le quedó mirando al hombre vestido de oscuro acompañado por una joven vestida de falda negra y blusa blanca.
—Dexter. Qué pinche gordo estás, cabrón.
Dexter se limitó a inclinar brevemente la mirada hacia la cintura de su amigo.
Los dos rieron con una estruendosa carcajada y se dieron un abrazo como en los viejos tiempos.
—Adelante, adelante. ¿Quién es esta bella jovencita? Me recuerda a alguien, aunque no estoy completamente seguro de quién…
La puerta se cerró detrás de ellos.

 

Erwin Anfayer Jiménez Pérez, decía el título colgado detrás del abogado. Sus padres eran muy aficionados a la música de los setentas, evidentemente, y él tenía toda la discografía del grupo. No podía culparlos por aquel nombre, y, después de todo, le había servido como rompehielos en innumerables ocasiones.
Erwin leía todo el archivo que Dexter le había llevado.
—No encuentro ningún error. De hecho, me siento  por tener un cliente que no tiene  con su papeleo.
—Debe haber alguno. Quiero decir, ella y yo no estamos emparentados bajo ninguna circunstancia.
—Bueno, técnicamente sí lo están. Aunque no puedo culparte por olvidarlo. Es una tenue conexión, y de estar en el otro lado yo mismo la hubiera peleado, pero de este lado no tengo  y la defenderé con uñas y dientes de ser necesario.
—Güey, no te entiendo.
—Ves pero no prestas atención.
Se puso de pie y caminó hasta una estantería. Sacó un balón de rugby y lo lanzó. Dexter lo atrapó como un experto; como si no hubieran pasado 10 años desde la última vez que tomó uno.
—¿Qué nombre no debería estar ahí?
Dexter leyó las firmas. La final universitaria, claro. Habían perdido ese juego por dos puntos.
—Gris. ¿Qué hace la firma de Gris aquí? No está en mi balón.
—Ella no quiso firmar tu balón. No me atrevo a suponer por qué, pero sé la razón. Está, de hecho, sentada junto a ti.
—¿Uh?
—Gris estaba enamorada de ti, pero tú estabas enamorado como becerro de Remedios.
—Güey, nunca me hizo caso. Y lo intenté. Gris me gustaba un chingo. Me cansé de perseguirla y me concentré en estudiar.
—Pero estabas saliendo con Remedios.
—Yo empecé a salir con ella al siguiente año de que nos graduamos.
—¿De verdad? Pero si iban juntos a todos lados…
—Estábamos en las mismas clases. Es obvio que íbamos juntos a todos lados. Y yo seguí tratando de salir con Gris hasta que dejó de ir a la escuela.
—Supongo que Griselda pensó que no tenía oportunidad contigo. Ahora que lo pienso, no la tuvo. Le fue muy mal en la vida. Ser madre soltera nunca ha sido fácil, y menos cuando a los veinte años tienes una hija de cinco qué criar.
—Pero dejé de verla poco después de ese juego…
—En nombre de todo lo profano, no me digas que no te enteraste…
—¿Enterarme de qué?
Erwin se llevó las manos a la boca y reclinó su sillón.
—Realmente no lo sabes… Y eso explica muchas cosas de este archivo.
—¿De qué estás hablando?
—Griselda Vargas Jiménez, nuestra fisioterapeuta, la que hubiera dado todo por ti, se suicidó arrojándose a las vías del metro, dejando una niña pequeña sola. La niña sería criada por sus abuelos, pero el albacea en su testamento era un tal Dexter Hand. Y Gris no hubiera hecho un testamento si yo no hubiera necesitado hacer prácticas de derecho notarial…
—Oh, dioses…
—Pero antes de que alguien se pusiera en contacto contigo, los abuelos de la niña murieron, y supongo que a partir de ahí comenzó su paso por un montón de hogares sustitutos, hasta que…
—Hasta que, por casualidad, llegó a mi casa.
—Sólo si crees en casualidades. En mi negocio, hace mucho que dejé de hacerlo.

 

—Entonces… ¿Qué somos? —preguntó Esperanza.
—Por ahora —respondió Erwin— guardián y protegida. Nada más.
—¿Me aseguras que no habrá problemas?
—Sabes la respuesta tan bien como yo, chico.
—Pero no es la respuesta que queremos escuchar.
—Si llegaras a tener un problema, llámame. Yo me haré cargo.
—No puedo creer que Gris se suicidara.
—Toma en cuenta cómo te pusiste cuando murió Remedios y fue para mejor.
—Fue duro perder a mi esposa. Y a mi hermana. Y ahora saber que Gris —comenzó a temblar—… Necesito un trago.
Erwin se puso de pie y se dirigió al librero. Abrió una historia y sacó una botella de whiskey. Sirvió dos vasos. Puso uno frente a su cliente.
—No —dijo Esperanza.
Dexter acercó la mano al vaso.
—No —repitió Esperanza.
Dexter tomó el vaso y se lo acercó a la boca. Podía sentir el aroma.
—¡NO! —gritó Esperanza, lanzando el vaso antes de que Dexter probara una sola gota de whiskey.
Erwin miró la trayectoria del vaso. Miró a la joven, y miró a su compañero.
—¡Lo siento! —dijo Esperanza, adoptando su postura defensiva— ¡Lo siento, lo siento, lo siento!
—No. Yo lo siento —dijo Erwin, recogiendo el vaso—. Debí haberlo adivinado.
—No hiciste nada malo, querida. Sólo lo que te pedí. Gracias…
—No… ¿no están enojados conmigo?
—No. ¿Qué clase de personas crees que somos?
—Tienes muchos demonios qué exorcizar, Dex.
—Sí. Al menos ahora tengo un ángel de mi lado.

 

Gruesos nubarrones se cernían en el cielo cuando llegaron al cementerio. Tardaron poco en encontrar la tumba donde descansaban los restos de Remedios y Consuelo. Limpiaron la tumba, depositaron flores, y permanecieron un rato en silencio. Dexter parecía estar al borde del llanto. Sentía todavía esa sed abrumadora. Necesitaba regresar a casa. Se retiraron, mientras la noche caía.

Una lámpara se encendió e iluminó un ángel de granito. Una tumba vieja, parecía. Esperanza leyó el nombre.
—¡Mamá!
Corrió a la tumba. Su madre y sus abuelos estaban ahí. Quería llorar.
—Gris… —dijo Dexter en voz baja.
Cayó de rodillas.
—Si lo hubiera sabido… Si me hubieras dicho… ¿Por qué no me dijiste nada?
Comenzaron a llorar. Se abrazaron.
—Siempre me evitabas… Debí haber insistido… Todo sería diferente si lo hubiera sabido.
—Si lo hubiera sabido no hubiera cambiado nada —dijo una voz, al tiempo que una mano se apoyaba sobre sus hombros.
—¿Quién…?
—No pensé encontrarlos aquí. Supongo que era inevitable. Ella fue uno de mis primeros casos —dijo Juan. Siempre eran sus primeros casos.
—¿La conocía? —preguntó Esperanza.
—No con vida. No me gusta hablar de algunos casos. Aunque ella dejó un cadáver hermoso, tomando en cuenta las circunstancias. Parecía dormida cuando la recogimos de las vías. No debería hablar más.
—¿Sufrió?
—No. La muerte fue misericordiosa y se la llevó en un instante. Deberían irse ya. Lloverá pronto. Los veré la próxima semana.
Empezaron a caer gotas enormes. Esperanza y Dexter se pusieron de pie.
—Lamento lo de su mano derecha.
Juan se alejó por el camino, sin esperar una respuesta, deteniéndose de vez en cuando frente a alguna tumba. Dexter y Esperanza subieron al auto de alquiler.
Ixchel abrió el paraguas mientras Juan observaba las flores en la tumba.
—Ese hombre tiene una derecha impresionante.
—Debiste ver el agujero que dejó en la pared —comentó Ixchel.
—Si no supiera quién será el próximo, me daría lástima que alguien se atravesara en el camino de ese puño.