Día de Muertos (14)

6 de noviembre. 

Despertó. No se sentía más diferente que otros días. Solo otra vez. El techo, se dijo, sigue necesitando esa mano de pintura. Con los ojos cerrados para combatir el mareo, se puso de pie y buscó la puerta. Lento, para no caer. Encontró el marco y el pomo. Hazlo lento, se dijo, para no caer como las otras veces. Abrió y salió. Encontraba cierto confort en la familiaridad de la rutina. Usando el marco como pivote, intentó girar a la derecha. La mano le dolía terriblemente. Adelante, se dijo, está la escalera. Tres pasos desde el marco, y siente dónde empieza el primer escalón. El barandal está a la izquierda. Extendió la mano, y se sorprendió de no encontrar nada. Abrió los ojos. La escalera no estaba ahí.

¿Dónde estaba? Tardó un rato en reconocer ese lugar. La casa le sonreía. Había algo diferente… La cabeza le dolía. Los ojos le dolían. La luz. Había mucha luz. ¿Qué hora sería? ¿Por qué ya nada estaba gris? El polvo. Alguien se ha llevado mi polvo. La casa seguía sonriendo. ¿Qué prodigio era ese? ¿Y por qué estaba en la planta baja? No le gustaba estar en la planta baja. Ahí estaban todos sus recuerdos. Fue al estudio. Algo había en el estudio, se dijo, algo que había olvidado terminar. El dolor en los ojos disminuía a niveles soportables. La mano aún le dolía. Luz. ¿Necesitaba luz? ¿Era poca o mucha? Las cortinas en el estudio siempre estaban corridas. Abiertas le recordaban los momentos que había vivido ahí con Remedios.

6 de noviembre. Hace 9 años.

—No puedo creer que tengas casa propia —le dijo la joven, mientras entraban por el gran portón.
Era una casa vieja en una zona que, muchos años atrás, había sido residencial, y ahora, poco a poco, estaba llenándose de industrias.
—Es la razón por la cual me mudé aquí. Esta casa era de mi abuelo materno. Nos la heredó a mi hermana y a mí, y, bueno, hubiera sido estúpido dejarla caer sin utilizarla al menos una vez antes de venderla. Y entonces supe que podía estudiar en la universidad pagando mucho menos que en casa.
—¿No sale muy caro para los extranjeros?
—Sí, pero yo no lo soy. No nací aquí, pero soy ciudadano. Mamá nació aquí, después de todo. Bueno, no exactamente aquí. En la ciudad, quiero decir. Nació en un hospital, como la gente normal.
—No es necesario que te expliques tanto, escritor.
—¿Y te gustó el cuento, a todo esto?
—Eres excesivamente meloso. Se te quitará con el tiempo.
—¿Pero tengo oportunidades de ganar?
—No. ¿Pero qué importa? Hay más oportunidades en el futuro.
—Awwww…
Ella le sonrió.
—Quizá escribir cuentos y novelas no sea lo tuyo.
—Pero me gusta escribir.
—Se puede escribir de muchas formas.Oye, esto está enorme.
—Lo sé. Ocho habitaciones. Creo.
—¿Cómo que crees?
—Una de ellas no era habitación cuando nos mudamos —dijo otra voz femenina.

Las dos mujeres se quedaron mirando. El joven se hizo ligeramente hacia atrás, como disfrutando lo que vendría.
—Consuelo. Soy la hermana de este patán.
—Remedios. Soy amiga de este imbécil.
Muy bien, se dijo Dexter, al mismo tiempo fue mejor y peor de lo que pensé.
—¿A qué te refieres con que una habitación no era habitación?
—Es donde vivo. No era habitación; era una especie de bodega. Pero tenía un baño privado completo, así que la convertí en mi habitación. Este inútil vive allá adelante, en lo que yo quería que fuera el estudio.
—¿Y allá arriba qué hay?
—Un basurero. Bueno, cosas viejas de mis abuelos que no hemos terminado de catalogar.
—Eres más joven que esta bestia.
—Claro. Más joven y más bella. Y más lista también, yo soy abogada.
—Por favor, bonita. Cualquiera puede ser abogado. Sólo necesitas no morirte.
—Supongo que tu carrera es más difícil.
—Por supuesto. De lo que yo aprenda depende la vida de miles de personas. ¿Cómo te sentirías si supieras que el ingeniero civil que construyó esta casa se durmió en Análisis Estructural? No me digas, supongo que querrías demandarlo.
El joven se apoyó en la pared. Ahora sí que todo estaba saliendo como esperaba…

6 de noviembre.

Ella estaba dormida en el sillón. Un montón de hojas sueltas estaban sobre la mesita. Él sonrió. Reconocía aquellas cosas. Sus primeros cuentos. Tomó uno al azar. Eran horribles. El único motivo para reconocer su autoría era su amor propio. Miró a la chica. Sólo había visto a una mujer antes descansar de esa manera…

20 de noviembre. Hace 9 años.

—No puedo creer que me convencieras de hacerle caso a mi hermana.
Consuelo dormía a pierna suelta en los sillones que alguna vez fueron los de la sala. Los enormes libreros estaban ya llenos de libros, algunos muy viejos, pero todos catalogados como en una biblioteca.
—Tiene razón, escritor.
—Tampoco puedo creer que me tocara a mí hacer todo el trabajo —le dolía la espalda de tanto mover muebles.
—Te lo compensaré mañana.
—Pero me gustaba vivir en mi cuarto.
—Eso no era un cuarto. Era un estudio.
—Pero era grande.
—De todos modos no tienes nada.
—Se llama «minimalismo.»
—En mi rancho le decimos de otra forma.
—Oye, si a mi hermana le gusta vivir apretada, yo no tengo por qué…
—Oh, cállate ya —dijo, tomándolo por las mejillas y dándole un beso.

Era ya noche cerrada. Comenzó a caer un diluvio.
—Deberías esperar a que baje la lluvia si quieres ir a tu casa.
—Estás loco si crees que me voy a ir a casa así.
—Por eso lo dije.
—Además tengo frío —dijo, poniéndole las manos en el cuello.
—AW. Estás helada.
—Vamos a tu cuarto. Necesito calentarme.
—Oye, mi hermana está aquí.
—¿Es que sólo piensas en sexo?
—Y en comer, pensé que lo sabías.
—No seas bestia. Adentro tienes cobijas.
—Bueno, sí…
—Bueno, pues vamos, que tengo frío.

Consuelo despertó y fue a la cocina por un tentempié. Sonrió al imaginar la escena en la nueva habitación de su hermano…
—No puedo creer que necesites cinco cobijas. Ni siquiera en Cheshire necesité cinco cobijas para dormir.
—Es porque eres un anormal.
—No es normal que estés tan helada.
—Para mí lo es.
—Y yo te digo que no.
—¿Crees que sabes más que mi médico?
—Confío que el médico haya aprobado endocrinología…
Como réplica, la chica empujó la espalda del joven con los pies desnudos.
—AW.
—Veñ —dijo ella, extendiendo los brazos bajo las frazadas.
—Estás loca si crees que me voy a meter ahí debajo contigo…
Ella sonrió.
—Completamente loca. Y yo también por admitir que la estrategia funcionó…

6 de Noviembre.

Le quitó los cuentos y los colocó en la carpeta. Le quitó también una hebra de cabello de la cara. Ella se acomodó en el sillón. La penumbra le gustaba. Siempre le había gustado la oscuridad. Todas las cosas buenas en su vida habían pasado de noche. Sólo cosas malas le habían pasado de día. Excepto esa noche de hace cinco años… por eso se la pasaba en su balcón, esperando que Remedios llegara a casa… y nunca llegaba.

Ella despertó. Él leía sus cuentos en la penumbra.
—Son horribles.
—Me gustaron.
—Necesitas leer más, querida. Por fortuna, tengo muchos libros.
Ella sonrió.
—Ven. Vamos a desayunar.

 

—¿Qué has hecho con mi casa, eh?
—Yo… sólo la limpié. Excepto el cuarto de en medio. Tiene llave.
—Lo sé. Yo la puse.
—Oh.
—¿Por qué limpias mi casa? No tienes qué hacerlo.
—Debo limpiar todos los días.
—No, no debes. El que debería limpiar soy yo, después de todo. Soy quien vive aquí.
—Tienes otras cosas en qué pensar.
—En realidad, no quiero pensar. Sólo puedo pensar en ese día. Todavía duele, aunque han pasado cinco años.
—Oh.
—Veo que te mueres por hacer preguntas, pero no te atreves a hacerlas. No me molesta que preguntes cosas.
—Pero puedo preguntar cosas que no quieres responder…
—Podré soportarlas.
Miró su mano.
—Bueno. La mayor parte.
—No me gusta meterme en los asuntos de los demás,
—Si vas a vivir aquí, deberás conocer mi historia. Yo debería conocer la tuya, después de todo.
—Aún no sabes si voy a vivir aquí.
—Por lo que veo, no tienes muchas opciones.
—Quiero decir, no eres de mi familia. No deberían haberme asignado a tu casa.
—Pero lo hicieron. Un problema que puede tardarse un par de años en resolverse si lo hago de manera apropiada. Y para entonces, ya no hay necesidad de que se resuelva. Serás mayor de edad.
Ella lo miró.
—¿Lo dices en serio?
—Conozco un abogado que me debe un favor. Quizá deberíamos verlo mañana.