Día de Muertos (13)

5 de Noviembre.

El dolor había disminuido un poco. Sólo un poco. La garganta aún le dolía. La mano, más. Abrió los ojos y se encontró con la Osa Mayor. Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Alioth, Mizar, Alkaid. Parpadeó, y la Osa Mayor se convirtió en Esperanza. Estaba descansando junto a él, sentada en una silla. La habitación es amarilla, se dijo. No es la mía. Al techo le hace falta una mano de pintura. A toda la casa. Los ojos le dolían y los volvió a cerrar. Estoy enfermo, dedujo. No sé cómo llegué aquí. No pudo haberme traído ella. Recordaba una figura encima suyo. No era Esperanza. La había visto antes, en otro lugar. Pero no hace mucho tiempo. ¿Cómo se llamaba? Ixchel. Sí, la había visto antes. Fue cuando llegó Esperanza. Esa misma semana, quizá. Había alguien más. ¿Un policía?Debo ponerme de pie, se dijo. No. Tengo frío y hace calor. Estoy enfermo, repitió.
—Lo siento —dijo.
Esperanza se despertó. Se limpió los ojos con el puño. Se veía bonita.
—Buenos días —le dijo.
—Siento haberte preocupado.
—Está bien.
—¿Qué pasó?
—Estás enfermo.
—Lo siento. No quería preocuparte.
—Duerme —cambió la compresa fría.
Cerró los ojos y durmió sin sueños.

Cuando despertó, Esperanza todavía estaba ahí, leyendo un libro. Miró la portada. Le parecía vagamente familiar…
—¿Es bueno?
Esperanza lo miró, sobresaltada.
—¡Lo siento! ¡Lo siento, lo siento, lo siento!
—Hey, tranquila, los libros son para leerse. Pero ese libro es mío. Recuerdo que me costó mucho escribirlo. ¿Es bueno?
—Me gusta…
—No has leído mucho, entonces. Aunque no debería quejarme. Ese libro ha pagado mis borracheras durante años. Lo siento…
La cara de la joven se había ensombrecido.
—Voy a contarte la historia de cómo conocí a mi esposa.

31 de octubre. Hace 10 años.

—Hola… —dijo el joven. El cabello largo, barba incipiente, pantalones rotos, descuido total de su imagen, sin embargo, cuidadosamente trabajada para aparentar ser algo que no era. El cuaderno lo delataba como estudiante.
La joven, sin embargo, le hizo caso alguno.
—Puedo ver que me escuchaste.
—¿Qué te hace pensar que te quiero hablar?
—De seguro mi figura imponente, mi magnetismo animal y mi atractiva galanura.
Ella entornó los ojos, fastidiada.
—¿Cuál de tus amigos te retó, eh?
—¿Eh?
—No lo conozco. Te puedes ir —. Regresó a su libro de cálculo avanzado.
—Pero si nos acabamos de conocer.
—No estoy interesada en ir a la cama contigo.
—Ah, cámara. Está bien. Yo sólo quería presentarme.
—Preséntate, entonces.
—Dexter Hand.
—Mucho gusto, Dexter. Ya te puedes ir.
—Supongo, entonces, que de salir conmigo ni hablamos.
—Supones bien.
—Bueno. ¿Al menos me dices tu nombre?
—Elizabeth Blackburn. Ya te puedes ir.
—Antes contéstame una última pregunta. ¿Qué se sintió ganar el Nobel?
Ella cerró el libro, fastidiada, y se fue.

 

—Dime, ¿crees en el amor a primera vista o debo esperarme hasta la tercera cita? —dijo el joven, mientras acomodaba su mochila en la mesa de la biblioteca.
—¿Ahora me sigues?
—No. Si observas a tu alrededor, verás que sólo esta silla quedaba disponible.
—Escucha, guapo, no estoy interesada en salir contigo.
—Oye, está bien, puedo comprenderlo. Es sólo que si intentas librarte de mí vas a perderte la clase de cálculo avanzado. Estamos en el mismo grupo.
Ella le lanzó una mirada fulminante, y regresó a su libro.
—A menos, claro, que te cambies de grupo. Pero eso no va a suceder porque ya no se pueden hacer cambios.
—Hey, genio, cállate.
—Lo siento. Es difícil hacer amigos aquí, ¿sabes? En mi país era más sencillo.
—¿Por qué insistes en contarme tu vida?
—Porque me parece que es una manera de conocernos. Al menos, si muero, alguien aquí conocerá mi nombre y podrá devolver mis restos a Inglaterra.
—No eres inglés.
—No parezco inglés.
—Es lo mismo.
—Y tres veces la integral de equis sobre equis cuadrada más cuatro se parece a la integral de tres sobre equis cuadrada más cuatro, pero eso no quiere decir que sea la misma.
Ella dejó su libro.
—Muy bien, Dexter. Admito que tienes los rudimentos de una educación. ¿Por qué yo? Hay otras chicas más bonitas por ahí.
—Pero ninguna tiene la cabeza llena de ideas.
—¿Crees que estoy desesperada por tener novio, o qué?
—No. ¿Lo estás? Yo más bien pensaba ir al cine…
—¿Pensabas que porque soy fea iba a ser más fácil de conquistar, o qué?
—Oye, tranquila, yo sólo quiero hacer amigos, y gastarme un pase doble que tengo.
—No lo estás haciendo muy bien.
—No todos los días me enfrento a un superior intelectual.
Ella apoyó su codo en la mesa, y luego, la barbilla en la mano.
—Si salgo contigo a algún lado, ¿me dejarás en paz?
—Honestamente, lo dudo.
—¿Qué quieres, entonces?
—Ya te lo dije, hacer amigos. No es fácil.
—¿Por qué no lo intentas con las otras chicas, eh?
—Lo he intentado, pero ninguna habla inglés.
Ella se sorprendió un instante.
—¿Qué?
—Llevamos diez minutos discutiendo en inglés. Eres la única que me ha respondido.
Ella recogió sus cosas y se fue.

 

Estaba a punto de comprar el boleto para la función de Dinoshark cuando lo vio. Hizo un mohín de fastidio, y eso bastó para que él la identificara.
—¡Hey! ¡Elizabeth! —saludó.
—Piérdete.
—¿Qué? ¿Y perderme Dinoshark? Ni loco.
—¿Ahora vienes a ver mis películas?
—Hey, hey, hey, tranquila… Pase doble, ¿lo recuerdas? Eres la única en la escuela que leyó el poster de Dinoshark sin burlarse, por eso me acerqué a ti. Bueno, jamás ganará un óscar, pero no la filmaron para eso, ¿no? La filmaron para gente como tú y como yo. ¿Qué dices, vienes? Me sobra un boleto.
—¿Qué le ves a Sharknado?
—¿Qué hay que ver? Es como Buscando a Nemo, pero reemplazando a Nemo por un tiburón, y a Dory por un velocirraptor, y a Marlin por una inmensa sed de sangre, y a la historia por un revoltijo sin pies ni cabeza.
Ella sonrió.
—Te crees muy listo, ¿no es así?
—Bueno, la verdad es que sí lo soy.
—Está bien. Pero quiero un refresco para mí sola.
—No puedo negaros nada, milady.

 

—Así que… ¿Por qué tan sola siempre?
—Me gusta estudiar.
—Debe haber alguna otra cosa.
—No me gusta rodearme de gente estúpida.
—Pero eso no lo puedes evitar. Estadísticamente, al menos la mitad de la gente es estúpida.
—Eres más listo que eso, nene.
—Si soy tan listo, ¿Por qué todavía no sé tu nombre? Puedo pasarme la vida llamándote Elizabeth y hablándote en inglés, pero eso no cambia la realidad de las cosas.
—¿Realmente te llamas Dexter Hand?
—Yeah. A punny name —sacó la billetera y mostró su licencia de conducir.
—Vaya, no mientes.
—¿Y bien?
—Remedios.
—¿Como Remedios la Bella, la de Cien Años de Soledad?
—¿Por qué todo mundo me asocia con un momento, dijiste Cien Años de Soledad?
—Sí. ¿Esperabas que hiciera el chiste fácil de que te llamas Remedios y estudias para química farmacobióloga? Soy más inteligente que eso. No mucho, pero más que eso sí.
—Muy bien. Ahora dime por qué tenías dos boletos.
—Porque mi hermana no pudo venir conmigo.
—Déjame adivinar. Tu hermana se llama Leftie.
—Claro que no. Ella es Consuelo. Consuelo Hand. Mamá ganó el piedra-papel-tijeras esa vez.
Ella sólo movió la cabeza.
—Te veo mañana —dijo la joven, alejándose.
—Hasta mañana —dijo el joven.

 

5 de noviembre.

—No fue precisamente el comienzo más romántico, lo admito.
—Lo cuentas mejor en la novela.
—Podía darme ese lujo. La verdad es que soy mejor escribiendo que hablando.
—¿Cuántos libros has escrito?
—Casi treinta. Aunque sólo publiqué diez y uno jamás lo terminé.
Cerró los ojos.
—Me duele la cabeza.
—Descansa.
—Tengo sed.
—Te traeré algo para beber.
—Si no es molestia, que no tenga alcohol. Algo debo tener por ahí.
Ella sonrió. Ya no había alcohol en la casa, estaba segura… Se había encargado de eso.