Día de Muertos (12)

4 de Noviembre.

Las viejas costumbres tardan en morir. Y la noche anterior, después de la cena, Dexter se había ido a su balcón. Su rutina se apoderó de él, y pronto abrió una botella de vodka y comenzó a beber.

La luz de la mañana se filtraba por los ventanales dejaba ver la cara de preocupación —de miedo— de Esperanza, desde el marco de la puerta de la habitación amarilla. Se sorprendió de verse en la base de la escalinata de mármol. La botella aún estaba en su mano, casi vacía. Movió la cabeza y rodó la botella lejos de él. Cerró los ojos. Quería llorar. Sabía que la había defraudado. Se quedó ahí por largas horas; podía escuchar el paso de los camiones por la calle, y salvo eso, el silencio. Comenzó a golpear la pared con el puño derecho. Le dolía. No le importaba.

Había soñado con ella. Cerró los ojos, los abrió, y ahí estaba Remedios. Se le acercó, en el balcón, y le sonrió. Le tocó la mejilla, y se alejó flotando sobre las luces amarillas de la ciudad. Despertó. La sed estaba ahí. Esa sed que no podía apagarse más que con alcohol, porque las viejas costumbres tardan en morir. No era justo.
Golpeó el muro. Una gota de sangre quedó marcada.
No era justo.
Golpeó. La mancha se hizo más grande.
Golpeó.
Golpeó.
Golpeó.
Golpeó hasta que la sangre en la pared pareció mirarlo.
Era Remedios, estaba seguro. Era Remedios.
Golpeó.
—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste solo? ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ?
Golpeó, golpeó, golpeó. La mano estaba en carne viva. Remedios lo miró a los ojos, mirándolo desde la mancha de sangre.
—Por qué tú… —sollozó.
«No fue mi culpa, escritor,» le dijo Remedios, dos gruesas lágrimas rojas cayendo de los ojos de sangre en la pared, «no fue tu culpa, no fue culpa nuestra.»
—Me dejaste solo cuando más te necesitaba…
«Lo sé. Teníamos una vida plena por delante.»
—Te extraño.
«Terriblemente.»
Se quedó mirando al ventanal, con los ojos abiertos. La sangre manaba de la mano derecha.
—Lo siento, Esperanza… te fallé —dijo con un último hilo de voz. Se derrumbó.

Hacía frío. Estaba en un lugar de paredes blancas, bajo un cielo del color de la plata bruñida. Cerró los ojos. No sentía nada. No había nada. Ni dolor, ni miedo, ni esperanza.
Tenía calor. Mucho calor. No se podía mover. Sintió frío. Frío y calor. Le ardía la cara. Vaya, pensó, aún tengo cara. Sintió que algo —alguien— respiraba junto a él. La mano le dolía.
—Lo siento —dijo, con un hilo de voz.
Abrió los ojos. La Osa Mayor, le pareció ver. Cerró los ojos.
—Descansa —dijo la voz. Le parecía familiar.
Sintió algo fresco en la boca. Estaba frío. Sentía la boca hinchada. Le dolía la mano. Se preguntó por qué. Estaba entumido.
—Lo siento —repitió.
La respiración se acercó y se alejó. Estaba haciéndole algo. Sentía frío y calor. Estaba acostado, dedujo. Quiso abrir los ojos. Todo se puso negro.

Abrió los ojos. Tenía frío, pero también calor. El cielo estaba rojo. Quiso girar la cabeza. Le dolía horriblemente.
—No te muevas.
—Lo siento —repitió.
Los ojos le ardían.
—¿Dónde estoy?
—En casa.
—No tengo casa.
—La tienes.
—No desde que murió.
—Vas a estar bien.
—Quiero morir.
—No vas a morir.
—Quiero estar con ella.
—No puedes.
—¿Qué hay más allá?
—Nada hay al otro lado.
—No tengo a nadie.
—Me tienes a mí.
—Nadie me necesita.
—Yo te necesito.
—¿Quién eres?
—Me conoces.
—Deliro.
—A ella la conoces también.
—Dime, ¿niño o niña?
—Niña. Teníamos grandes esperanzas en ella.
—¿Quién eres?
—Tu casa.
—Mi casa.
—Sí. Me conoces.
Todo se puso negro.

Despertó de repente. Estaba en una cama. La luz estaba apagada, y había cortinas en la habitación. Un tenue brillo venía de algún lado. Lo suficiente como para ver. ¿Dónde estaba? Una habitación, se repitió. Se parecía a la suya. Quizá lo fuera. No. Esa habitación era amarilla. La suya era blanca. Giró la cabeza. ¿Consuelo? No. Demasiado delgada. La altura era correcta, pero no podía ser Consuelo. Le dolía la cabeza. Quiso levantarse. No pudo reprimir un gemido. La mano derecha le dolía.
—No te muevas —dijo una voz. No la reconoció.
—Lo siento.
—Descansa.
—Te fallé.
—No. Descansa.

Cuando despertó, Ixchel todavía estaba ahí. Esperanza también. Estaba confortablemente entumecido, aunque tenía calor. Mucho calor.
—Dale estos medicamentos cada seis horas —dijo Ixchel—. Si su condición empeora, llámame, de día o de noche. Deberá recuperarse en menos de cinco días. Me temo que te enfermarás tú también. Quid pro quo.
—¿Estará bien?
—El síndrome de abstinencia será lo más desagradable. Deberás tirar todo el alcohol.
—Odio el alcohol.
—No te culpo. Por ahora déjalo descansar. Cambiaré estas compresas antes de irme…

Tenía sed. Necesitaba un trago. Le dolían los ojos y la garganta. Sintió algo helado en la boca. Le gustaba. Volvió a dormir.