Día de Muertos (11)

3 de Noviembre.

Amanecía. Dexter podía verlo, aunque los primeros rayos del sol no entraran nunca por esa ventana. Aún tenía los ojos enrojecidos. Podía sentir una mano que acariciaba su cabello. Esperanza. Sonrió con tristeza.
—Gracias —dijo en voz baja.
Ella sonrió y quitó, una vez más, aquellas hebras de cabello que obstinadamente le caían en la cara al hombre. Había pasado toda la noche con su cabeza en el regazo. Era la primera vez que el alcohol transformaba a alguien así junto a ella.
—Gracias —repitió Dexter.
Se puso en pie, y extendió una mano —la izquierda. Esperanza, con timidez, la tomó.
—Gracias —dijo, abrazándola.
Sintió que volvía a tener ganas de llorar. Ya había llorado demasiado.
—Necesitamos ir a comprar ropa para ti —le dijo al oído—. La que tienes ahora está manchada de sangre.
Miró su reflejo en la ventana. De pronto la barba de cinco años, las uñas quebradas, la ropa de pordiosero y el pelo de ermitaño se hicieron patentes en toda su extensión. Miró su mano herida. La sangre seca le recordó que la vida continuaba. Y habían pasado cinco años.
—Yo también necesito ropa nueva.
Algo flotaba en el aire.
—Y un baño —dijo.
Esperanza no pudo ocultar una sonrisa.

El vapor cubría todas las superficies del baño mientras Dexter trataba, desesperadamente, de recortar una barba de cinco años. Mientras tanto, Esperanza miraba el armario en la habitación amarilla. No había muchas cosas, pero había algo que llamó su atención. Con timidez, acercó la mano y tocó la tela. Estaba suave, tras tantos años, como si la estuviera esperando. Un bello vestido color chocolate en patrón escocés. Lo tomó con cuidado. Era lo más hermoso que había visto en su vida. Se preguntó si sería correcto usarlo. Se miró en el espejo. La ropa estaba rota y manchada; no había una superficie limpia en la tela. La casa estaba limpia; ella estaba contenta. Se sentía rara. Todo estaba pasando muy rápido. Todo era bueno. Y ella sabía que eso no podía durar. Miró el vestido. «Es para ti,» dijo la casa, «te lo regalo.»

Dexter la encontró aún de pie, frente al vestido. Al verlo, la joven se estremeció. Había perdido diez años, por lo menos. El cabello y la barba estaba mal cortados, pero ahora sí representaba la edad que parecía tener, pensó Esperanza. Dexter tomó el vestido. Lo miró un instante, lo giró, y lo puso sobre la chica.
—Parece que te quedará. Interesante. No sabía que Consuelo lo tenía guardado aquí.
—Entonces… ¿puedo usarlo?
—Con una condición: no ahora. No para ir de compras. Ese vestido merece que lo usemos en una ocasión especial. Pero lo usarás, lo juro. Pero primero debemos ir de compras. Necesitas ropa a la altura de ese vestido.
Esperanza sonrió y bajó la cabeza. Dexter se mesó la barba, quizá un poco sorprendido de no tener ya gran cosa para mesar.
—Deberé cambiar mi ropa también. Ni Consuelo ni Remedios me perdonarán si no estoy a la altura de las circunstancias.

 

El auto llegó dos horas después. Esperanza se sentía confundida. No conocía el protocolo para subir a un auto; no, al menos, ese protocolo. Dexter abrió la puerta y le hizo una señal para que subiera, pero ella no supo interpretar el gesto. Se quedó un instante ahí, parada, con las manos cruzadas y la cabeza abajo.
—Adelante, querida —dijo él, extendiendo su mano para que ella la tomara.
Ella comprendió, tomó su mano, y entró al auto. Él subió a continuación. El centro comercial no estaba tan lejos; no era muy grande, ni especialmente lujoso, pero serviría para sus propósitos. Dexter bajó del auto y extendió su mano de nueva cuenta. Esperanza, con más confianza en si misma, tomó la mano y descendió. Dexter tomó la mano de la joven y la colocó en su brazo. Le sonrió.
—Es hora de desayunar, milady. Sé que The Greasy Spoon no es exactamente el Ritz, pero confío en que lo encuentres agradable.

Todos en el pequeño restaurante se giraron al verlos entrar. El cocinero se limpió las manos llenas de grasa, se quitó el gorro y el mandil, y saltó la barra.
—Blimey O’Reilly, after all those years a Dexter Hand is showing up.
—Justin Tyme, you old bastard. It’s good to see you.
Los dos hombres se fundieron en un abrazo.
—Permíteme presentarte a Esperanza.
—Un honor, señorita —dijo Justin, con una inclinación de la cabeza y una floritura—. No te veía desde hace cinco años.
—Sí. Digamos que tenía cosas qué hacer.
—Supongo que esta joven tiene algo que ver.
—Por supuesto. Y sólo hace tres días que la conozco —sonrió—. Hablemos. Necesito ponerme al día.
—Después de que almuercen. My treat. ¡Rosie! Nadie me molesta en una hora, ¿Entendido?

Esperanza jamás había visto un desayuno de ese tamaño. Hasta ese entonces, le era inconcebible. Huevos, tocino, papas, salchichas, champiñones, frijoles estofados, tomates, budín, morcilla… Justin le explicó que cada cosa era preparada al estilo de Ulster, y cómo debía estar apropiadamente cocinado al estilo inglés.
—Aunque, bueno, los ingleses no somos particularmente conocidos por nuestras delicias culinarias. De hecho, la única manera de comer bien en Inglaterra es desayunar tres veces al día.

Mientras la joven almorzaba, Dexter y Justin hablaban en voz baja. Un par de veces Dexter pareció quebrarse, pero Justin, tomándolo del hombro, le dio ánimo. Esperanza sabía que no debía inmiscuirse en una conversación ajena. Todavía tenía la cicatriz de la última vez que opinó sobre algo que no le correspondía; inconscientemente se llevó una mano a la cara. Miró por la ventana del merendero. Pensó ver a alguien vagamente familiar. Pero las ventanas del local hacían difícil ver hacia afuera. Prefirió concentrarse en la música que sonaba en el local. Un ritmo triste, de un instrumento que no conocía. Cerró los ojos y se concentró en la música. Su mano comenzó a moverse, siguiendo el ritmo de la música, como si la conociera desde siempre. Sentía cómo se mezclaban los sonidos con su mente, liberando tensiones con una melodía amable y un ritmo tranquilo.

La música terminó. Abrió los ojos. Dexter y Justin la miraban.
—Tiene un espíritu bello e inocente. Es una lástima que la vida la haya tratado así —comentó Justin.
—Eso fue hermoso — comentó Esperanza. Inconscientemente se llevó la mano a la boca.
—Y tiene buen gusto, además —dijo Justin, mirando a Dexter con aprobación—. Confío en que se haya referido a la música y no a mis habilidades con el lenguaje. No debería correrse la voz de que un cocinero adora la música clásica, o podría cerrar mi negocio.
—¿Cómo se llama esa canción?
—No es una, sino varias. Específicamente, la suite para violonchelo número 1, de Johan Sebastian Bach, ejecutada con maestría por el gran Pablo Casals.
La joven repitió el nombre en voz baja, con intención de aprendérselo.
—Debo tener la grabación de Mischa Maisky en casa —comentó Dexter.
—Bondad graciosa. Es menester que esta hermosa criatura conozca esa joya. Ha sufrido ya demasiado en esta vida y necesita un poco de alegría en su vida. Tú también. Trátala con cuidado.
—Lo haré.
—Espero volver a verte pronto, inmundo animal.
—Mañana, si es necesario, maldita bestia.
Los hombres se fundieron una vez más en un abrazo.

 

Hacía viento. Entraron en la tienda, Esperanza sintiéndose fuera de lugar en aquel enorme establecimiento. Dexter tomó un carrito de supermercado y entraron. A pesar de la ropa vieja, no se veían tan fuera de lugar. Instintivamente Dexter se palpó el bolsillo buscando su billetera. Satisfecho de encontrarla, guió a Esperanza por los pasillos hasta encontrar ropa. Esperanza lo miraba nerviosa. Había de nuevo asumido su posición defensiva, con las manos entrelazadas y la cabeza gacha.
—Vamos, querida. Escoge lo que quieras.
Esperanza lo miró con aprensión.
—Vamos. Lo que quieras. Suficiente para diez días. Quince, si quieres. Poco en casa te quedará de cualquier manera.
La joven no se movió.
—Vamos. Lo que quieras —tomó delicadamente la barbilla de la chica, se inclinó y la miró a los ojos—. Mientras esté contigo nada ni nadie te va a hacer daño. Leí tu archivo. Yo pensé que mi vida había sido difícil hasta que leí la tuya. Escoge lo que quieras. Te ayudaré.
Tomó una blusa de color violeta y la colocó frente a la joven.
—Creo que no te queda —era una blusa para una niña de cinco años.
Esperanza sonrió y se relajó.

El carro se llenó poco a poco de ropa. Al principio, la joven escogía lo más barato, pero la mirada reprobatoria de Dexter la confundía.
—No. De mejor calidad.
Ella comenzó a comprender que el mundo en el que había vivido no era el mundo real. Al menos, no todo el mundo real. Miró la ropa que siempre había deseado tener. Una blusa violeta atrajo su mirada. La tocó. Miró la etiqueta con el precio. Nunca había tenido algo tan caro en su vida. Iba a colocarla de nuevo en su lugar cuando Dexter la tomó.
—Pruébatelo —le dijo—. No importa el costo. No hoy.
Miró de nueva cuenta la blusa. El vaporoso tejido parecía llamarla. La encargada de los probadores se acercó.
—Combina con tus ojos —le dijo.
Esperanza miró a Dexter. Él asintió. La encargada le señaló una puerta. La joven entró con timidez.
—Si no fuera mucha molestia —le dijo Dexter— ayúdela a escoger ropa interior adecuada en lo que yo compro ropa. Y un rastrillo —se mesó la barba.

Con la habilidad propia de un hombre al que no le importa qué viste, compró unas cuantas mudas de ropa interior, un par de camisetas, unas camisas y tres pantalones en menos de diez minutos. Compró también una rasuradora nueva y un par de zapatos deportivos. Cuando terminó, Esperanza salía del probador. Vestía una falda color grafito que le sentaba como un guante, y la blusa lavanda reafirmaba su juventud y la dotaba de una belleza etérea. Por un instante Dexter deseó volver a ser joven. Sonrió, y la joven le devolvió la sonrisa. Todo volvía a estar bien en su mundo.

Solo faltaba regresar a casa.

A casa. Por primera vez en cinco años, Dexter quería regresar a casa.