Día de Muertos (10)

2 de noviembre.

Sintió, de pronto, la boca seca, a pesar del café. Los recuerdos siempre le hacían mal. Más esos recuerdos. Retiró su silla y, sin decir nada, se fue al estudio. La botella seguía ahí. La tomó, quitó la tapa, y bebió un largo trago, el fuego líquido que abrasaba su garganta proporcionándole una sensación que podía soportar. Los recuerdos dejarían de estar ahí pronto. Subió con la botella a su balcón. Nunca se fijó en la mirada de terror de la joven, que lo había seguido. El alcohol le hacía cosas malas a gente buena.

Ella se quedó en la planta baja, mientras que en la parte alta, solo con sus recuerdos, Dexter ahogaba sus penas. No debía haber recordado nada. Maldita sobriedad. La extrañaba tanto… Las extrañaba terriblemente. Se calmó cuando el alcohol comenzó a nublar sus sentidos. Ahí, nada lo preocupaba. El tráfico en la calle semivacía lo relajaba. Lo distraía. El alcohol era su único amigo ahora. El único que nunca lo traicionaba. O eso le gustaba pensar.

Estaba ya agradablemente entumecido, mezcla del frío del aire y del calor del alcohol. Ya no le importaba nada. Bebió otro trago. Casi no quedaba vodka, pero pronto dormiría. Miró el sol ponerse detrás del tejado de enfrente. Si hubiera bajado la vista habría visto al hombre, medio calvo, de prominente barriga, colocar carteles en los postes. Pero de cualquier modo el resultado hubiera sido el mismo. Cerró los ojos. Quería dormir sin soñar.  Sus sueños siempre le recordaban a su esposa.

La casa estaba en silencio. Esperanza tardó un rato en comprender que él no iba a bajar. Estaba tan acostumbrada a que, tras beber, alguien la lastimara de alguna manera, que le costaba pensar que pudiera haber otra forma de ser. Había sido así con su madre, ebria para ocultar su hambre, y violenta cuando se sentía frustrada. Luego, con aquella primera pareja, cuando tenía cinco años, que la trató como si fuera la hija de un demonio, y trataba de expiar sus pecados con violencia. O aquella otro pareja, a los diez, que la trató como una esclava, obligándola a atender a los más pequeños, en aquella casa en la que vivían 30 niños. O ese del que había escapado, que cuando bebía se volvía un cerdo y abusaba de ella…

Escuchó un ruido. Algo allá arriba.  Pero arriba estaba él, y estaba el alcohol… el maldito alcohol… Sintió miedo. Las llaves y la billetera seguían en la mesita de la entrada. Pero no las tomó. Fue como si la casa negara con la cabeza. ¿No podía verla, acaso? Era necesario hacer algo diferente. Se armó de valor y subió la larga escalinata de mármol. Dominando su terror, miró hacia la habitación del hombre. Estaba ahí, en el suelo, de rodillas, con la fotografía de su esposa. Había roto el cristal.  Sangraba de la mano derecha. Ella comenzó a temblar. La violencia… la maldita violencia… Entonces vio que él también temblaba. Aspiró profundo. El aire hedía a viejo, a alcohol, a sucio, a miedo. Se controló. Él sangraba. No podía dejarlo así. Debía ayudar. Se acercó, paso a paso. Él no levantó la mirada. Su mano goteaba sobre la fotografía. Ella se colocó a su lado. Un trozo de vidrio estaba clavado en la mano del hombre. «Ayúdalo,» escuchó decir a la casa, «porque yo no puedo.» Estiró la mano, con timidez. Tomó la mano del hombre entre las suyas.
—Está herido…
Él no la notó.
Ella tomó la decisión de ayudar. Sabía que debía retirar el vidrio y esterilizar la herida… quedaba un poco de vodka en la botella. Quitó la astilla con cuidado. No sangraba tanto ahora. Un poco de vodka para limpiar… apretar la herida… no recordaba qué hacer. Vendajes. Había olvidado los vendajes.

Al sentir el alcohol en la mano, Dexter reaccionó. Miró a la joven que, con mirada de preocupación, sostenía su mano. Sus ojos soltaron un torrente de lágrimas, un torrente contenido desde hacía cinco años…
—La perdí. Se fue y no va a volver. La perdí. La perdí. La perdí…
Comenzó a sollozar y se abrazó con fuerza de la delgada joven frente a él. Los hombres no lloran, le habían dicho tantas veces. No están preparados para hacerlo. Cuando un hombre llora deja de ser un hombre. No le importó. A veces, también los hombres deben llorar. Y él tenía tanta rabia y tanta tristeza acumulada…

Permaneció abrazado de la joven hasta caer en un sopor que le permitió dormir sin soñar. No supo por qué la joven decidió permanecer ahí con él. Nunca sintió cómo la joven le puso la cabeza en el regazo y lo cuidó hasta el amanecer. La botella de vodka, vacía, como único testigo.

31 de octubre. Hace cinco años.

—Llegaré tarde a casa —dijo Remedios— pero te tengo una sorpresa.
—¿Ah, sí? ¿Qué será? ¿Faisán trufado para cenar? ¿O aquella pluma de ganso para caligrafía que tanto quiero?
―Cálmate, escritor. Llego tarde porque hay mucho tráfico.
—¿Sabes que hay algo en el centro? Algún problema. Cerraron varias calles.
—Ah. Con razón hay tanto tráfico.
—Ten cuidado.
—Siempre lo tengo.
Un sonido de alerta.
—Me estoy quedando sin batería. Nos vemos en la casa. Te amo.
—Te amo.
La comunicación se cortó y la terminal quedó sin energía.

Habitualmente, en esa calle había un vendedor de accesorios. Remedios hubiera podido comprar un cargador y saber por qué el motivo del atasco de tráfico. Pero hoy el vendedor estaba entre los mirones que, a unas calles, observaban cómo un secuestro se desarrollaba. De la misma manera, en el buró de su cama se encontraba el cable que siempre se llevaba. Pero hoy, por la emoción, lo había olvidado completamente. Si se hubiera llevado el cable, hubiera podido conectar su terminal y saber el motivo del atasco. En un día normal Remedios no hubiera estado por aquella zona. Pero su médico tenía su oficina en aquel lugar, y necesitaba hablar con ella. Tres meses ya. Ya podría confirmarse el sexo del bebé.  Si hubiera solicitado el día en el trabajo, para ir con su médico, hubiera podido agendar una cita más temprano, pero decidió que quería guardar el día para cuando realmente lo necesitara. Así que agendó la cita tarde. Más tarde de lo habitual, porque su médico también era su amiga. Sandra la esperaría con gusto, pero sólo ese día, porque los demás tenía programadas cirugías. Luego, decidió que aquella noticia merecía celebrar. No podría beber, así que optó por comprar un pastel. Si la pastelera no hubiera querido decorar el pastel para felicitar a Remedios y a Dexter, Remedios hubiera podido librar el atasco de tráfico. O si después de conocer la noticia Remedios le hubiera llamado a Dexter y le hubiera dicho los resultados, no hubiera tenido prisa por llegar a casa.

Así que hubo ocho variables. Con una sola, una, que se hubiera convertido favorablemente en constante, la ecuación de Remedios hubiera podido ser eliminada del plano. Pero no lo fue, porque todo pertenecía a la clase de efectos H que se perdían en el ruido de fondo y se resolvían estadísticamente.

Juan estaba más preocupado por las veintinueve ecuaciones que debía resolver con la mayor precisión posible; las cinco de los secuestradores, y las veinticuatro de los empleados. Las ecuaciones decían, estadísticamente, que se perderían al menos cinco vidas. Ninguna simulación había sido capaz de estabilizar un plano en el que las vidas fueran mayoritariamente de los secuestradores. Se vio obligado a escoger el plano más sencillo posible y estabilizar los efectos posteriormente. La pérdida de vidas era inaceptable. Ya se las arreglaría para estabilizar todo en el futuro cercano. Un poco de tiempo, necesitaba solamente… un lujo que no se podía permitir.

La última simulación corría en el fondo. No es fácil llevar el control de 8.841762e+30 simulaciones, y la supercomputadora había tardado más de lo habitual en procesar una ecuación en particular, la que había sido definida como la de mayor probabilidad en suceder. Como se trataba de una simulación no prioritaria —pues una simulación de alta prioridad hubiera levantado sospechas en la administración central— el resultado se envió en un correo que Juan, cansado como estaba, no supo apreciar. Paralelamente, otra supercomputadora emitía una alerta, basada en la información que ya se tenía. Los dos correos se emitieron al mismo tiempo, pero fue el segundo, resuelto estadísticamente, el que tenía las mejores probabilidades de tener éxito. Entre un evento con altas probabilidades de éxito y un evento con altas probabilidades de suceso que llegaban en forma paralela, Juan, era evidente, debía elegir el éxito.

Si Juan hubiera decidido que ese cambio era lo bastante prioritario como para avisar a la administración central, se hubiera resuelto de manera favorable. Pero Juan, acostumbrado a hacer las cosas con total independencia —lo cual, por otra parte, fue la razón por la cual lo habían contratado para el puesto—, había decidido que ese error no era necesario escalarlo. Era tan obvio y fácil de resolver que lo haría antes de que la burocracia resolviera el problema. Así que, tomada su decisión, no había ya más qué discutir. Si el resultado era favorable, no llegaría nunca a oídos de la gerencia. Si era desfavorable, aún le quedaban muchas formas alternas de resolver el problema.

Consuelo, habitualmente, comía fuera de la oficina. Pero aquel día había tenido un dolor de cabeza y se había quedado en la oficina un poco más, esperando a que disminuyera. No tenía auto, así que sus opciones se reducían al transporte del ayuntamiento, a alquilar un taxi, o a tomar el tren. Ninguno le apetecía a esas horas, con el tráfico del centro de la ciudad desquiciado, como era habitual. Prefirió quedarse. Podría ordenar un poco sus documentos y esperar a que bajara el tráfico. Quizá incluso Joaquín la invitara a cenar. Faltaban unos minutos para que la oficina cerrara, y ella ya había hecho muchas horas extra. Tomó su bolso, y se dirigió a la oficina de su jefe, para despedirse. Salvador siempre se quedaba a trabajar muy tarde. Apenas había tocado a la puerta cuando escuchó un disparo, y de inmediato, otro. Se giró para ver cómo caían despacio dos dos guardias de seguridad en la puerta, y cómo el tercer guardia trataba de desenfundar su arma y recibía un disparo en la pierna. Vio un destello naranja y azul. No alcanzó a ver cómo Salvador recibía un disparo en la frente: la bala que la alcanzó en el corazón se lo impidió.

El auto negro aceleró por la calle vacía. El conductor había decidido en el último segundo que no iba a permitir que lo atraparan vivo. El francotirador lo dedujo al mismo tiempo. Disparó hacia donde sabía que estaría el auto. La bala entró por el parabrisas, golpeó la mano justo cuando ésta daba la orden de girar en contra de los mirones, y estabilizó el auto; la bala desviada entró en el vientre del hombre y destrozó su hígado; continuó su camino y salió por un amasijo de cables en el asiento, provocando un cortocircuito. El auto aceleró, justo cuando un semáforo cambiaba a verde. El autobús avanzó en un sentido; tras un auto que había girado, el pequeño auto gris avanzó en sentido contrario. El auto negro aceleraba cada vez más. El autobús recibiría el impacto en la parte trasera. La conductora del auto gris aceleró más de lo habitual en ella. No escuchó el auto negro; lo vio cuando se estampó contra el autobús, y una pared verde se abalanzó sobre su auto gris. El auto negro estalló en llamas, y ella, lastimada, no pudo salir del auto. La batería del auto gris comenzó a calentarse; en poco tiempo estallaría en llamas. Los pasajeros del autobús comenzaron a bajar: unos pocos intentaron ayudar a la mujer, pero el fuego del otro auto les impidió acercarse. Las sirenas de los bomberos se escuchaban distantes. Ella no pudo escucharlos. Todo se puso negro…

Cuando Juan cotejó los datos empíricos con las simulaciones, supo que había elegido, de entre todas las mejores, la peor solución posible. Había resuelto un problema… y debía solucionar otro más.