Día de Muertos (9)

2 de Noviembre.

Cuando despertó ya era medio día. Por primera vez en muchos años despertó sin resaca. Era una sensación rara. Le dolía el cuerpo, eso sí. Se dio cuenta de que se había quedado dormido en el estudio. La fotografía con su hermana y su esposa todavía estaba en su mano. El ambiente olía a polvo viejo. Necesitaba comer algo. Sentía que olvidaba algo…

La billetera. Las llaves. ¿Dónde estaban? Se puso de pie de un salto. Pero, apenas asomarse al pasillo, encontró las llaves y la billetera en la mesita junto a la entrada. La mesita estaba limpia. De hecho, todo el pasillo estaba limpio. ¿Qué prodigio era eso? Era una sensación rara. Como si la casa le dijera «¿Lo ves? Sólo necesitábamos un poco de cariño.» Escuchaba una escoba. La niña. ¿Niña? Casi tenía 16 años. No era una niña. Una chica. Una joven. Él tampoco era un joven, pero definitivamente no era viejo; 30 años. Era lo bastante maduro como para saber que existen cosas que no deben hacerse; también era lo bastante joven como para hacerlas de cualquier modo. ¿Por qué había una joven de 16 años en su casa? Trataba desesperadamente de recordar las cosas cuando la vio. Estaba quieta, con la escoba en la mano. Podía ver el miedo en su mirada. Pero también podía ver algo más. Era casi, pero no del todo, completamente diferente a su esposa y a su hermana. Se mesó la barba. Cinco años de barba. Debía verse como un ermitaño.  Seguramente lo era.  La joven continuaba en el marco de la puerta, mirándolo. ¿Cómo se llamaba? ¿Esperanza? Sí, Esperanza. Apropiado, sin duda. Vamos a ver, se dijo. Algo acaba de pasar aquí y, como siempre, soy el último en enterarse.

—¿Por qué estás limpiando?
—¡Lo siento! —dijo Esperanza— ¡Lo siento, lo siento!
—¿Por qué tendrías que sentirlo? No te estoy regañando. Es simple curiosidad.
La joven se quedó callada, con la cabeza gacha. Siempre tomaba esa posición protectora. Su vida anterior debió ser muy triste, se dijo Dexter.
—Tomaste mi billetera y mis llaves. Te pudiste haber ido. Pero no lo hiciste. En lugar de eso, te pusiste a limpiar mi casa. ¿Por qué?
—No lo sé… Sólo debía hacerlo —dijo la joven, con un hilo de voz.
Dexter se acercó. Miró cuidadosamente su casa. Ella había estado limpiando todo con mucho cuidado. Ya había limpiado la cocina. El comedor. La sala. Su habitación. Esa no era una chica normal. Se preguntó qué le habían hecho en donde quiera que hubiera vivido antes.
—Escucha —le dijo—. No tienes que trabajar si no quieres.
—Yo… Quiero hacerlo. Debo hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque… porque… —no podía decirle que la casa se lo había pedido. La casa no le había dicho nada. Dexter se la quedó mirando.
—Es sólo que si la casa está sucia…
—¿Te preocupa lo que digan de servicio social? A mí no.
—Pero si me obligan a irme…
—Ah… ya. Es demasiado temprano para mí. Necesito algo de beber.
—¿Café? —preguntó la joven, con un tono de voz que delataba, al mismo tiempo, temor y esperanza.
—¿Café? —repitió Dexter. Era una palabra que no había escuchado en mucho tiempo —. No recuerdo haber comprado café en años.
La joven bajó la cabeza una vez más.
—Yo… compré café. Y huevos. Y tocino. Y carne molida.
—¿Con qué dinero? —preguntó Dexter, genuinamente sorprendido.
—¡Lo siento, lo siento, lo siento! —volvió a gimotear la joven.
La billetera y las llaves, dedujo Dexter directamente. Claro. Pensó en escapar, pero se arrepintió. Quizá pensó que su castigo sería más duro si escapaba.
—No lo sientas —interrumpió Dexter—. Tiene sentido. No se me hubiera ocurrido. Y un café me sentaría bien. Sonrió.
Con timidez, la joven lo miró, y sonrió también.

La cocina olía a huevos revueltos con tocino y a café. A Dexter se le hizo agua la boca. Llevaba años sin comer algo que no fuera comida de microondas. Se le quedó mirando a la chica. Había algo en ella que le molestaba…
—¿Cuándo fue la última vez que te cambiaste de ropa? —era una pregunta tonta. Podía imaginarse la respuesta.
—Yo…
—Sí, tú. Necesitamos comprarte algo nuevo. No puedes pasarte otras dos semanas con eso. Ni siquiera te queda.
Era cierto. Estaba muy delgada. No parecía que tuviera casi dieciséis años. Parecía, si acaso, de catorce. Y la ropa que traía le quedaba holgada, y tenía agujeros por todos lados. Parches mal remendados, sobre todo. Aunque, bueno, tenía cinco años si salir a la calle. Quizá fuera la moda, pero lo dudaba.
Ella sirvió un plato rebosante de huevos con tocino y pan tostado al centro de la mesa, y puso un plato más pequeño, para él. Le puso una servilleta, cuchillo y tenedor. Le sirvió una taza de café, le acercó azúcar y crema, y se sentó frente a él, en silencio. Para ella no puso nada. Dexter lo notó.
—No pusiste nada para ti.
—Yo… comeré hasta el final.
—No. Mi casa, mis reglas. Vas a comer conmigo. Es más, vas a comer primero que yo. No eres mi sirvienta.
—Pero…
—Sin peros. Ve por tu plato, anda. Se va a enfriar.
Y ella obedeció. Puso su servicio frente a ella, pero se quedó quieta, con las manos en el regazo.
—Muy bien, en vista del éxito obtenido… —dijo Dexter. Tomó una generosa porción de huevos revueltos y otra generosa porción de tocino, y la puso en su plato. Luego intercambió platos con la joven y se sirvió el resto.
—A comer. Vamos, no has comido más que un paquete de galletas.
Ella lo miró. ¿Cómo lo sabía?
—No me hagas esa cara. Ayer traías un paquete de galletas en el bolsillo de tu pantalón. Hoy, ya no está, pero puedo ver que traes algo guardado. Apuesto a que es la envoltura. Remedios hacía lo mismo —sonrió.
Sin saber por qué, ella también sonrió. Comenzó a comer con avidez.

Dexter probó su almuerzo. Sintió una oleada de nostalgia. Sabía a aquel desayuno que Remedios le había preparado la primera vez que pasaron una noche juntos.
—Va a ser difícil acostumbrarme a tus pequeñas manías, escritor —le dijo esa noche de noviembre de hacía diez años.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, entre otras cosas, porque estoy un poquito enamorada de ti, y tú estás completamente enamorado de mí, y se nota.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo supe cuando vi la manera en que te comiste mis huevos revueltos sin hacer gestos.