Día de muertos (8)

2 de Noviembre. Hace 5 años.

La mano derecha sosteniendo el puente de la nariz. El codo derecho sobre la muñeca izquierda. El antebrazo izquierdo sobre el escritorio. Los ojos cerrados. El plano abierto. Juan se preguntaba por qué, contra todos sus instintos, no había abierto aquel archivo antes. Un efecto de clase G solía provocar una reacción de clase G, y generalmente nada tenía relevancia… pero estaba empleando efectos G para provocar reacciones A. Debió darse cuenta antes, se repitió. Ixchel lo encontró así en su escritorio.
—¿Quiero saberlo? —preguntó, masajeándole el cuello.
—Un problema menor, dadas las circunstancias. Me equivoqué al calcular una constante. Irónicamente un bache hubiera arreglado todo.
—¿Y tiene relevancia para tu caso?
—Bueno, técnicamente resolvimos el problema. Esto es una molestia menor, comparativamente hablando. ¿Cinco contra ochocientos cincuenta millones? Básicamente eso da cero. Pero le arruiné la vida a un hombre y eso tendrá una pequeña repercusión en el futuro.
—¿Qué tanta repercusión? Ya sabemos que, en este negocio, a veces necesitamos que alguien sufra daño para salvar a una mayoría. A final de cuentas, si tienes éxito, no vuelvas a intentarlo.
Juan odiaba esa línea de su decálogo.
—Mi predecesor —dijo Juan, acomodándose para disfrutar el masaje— me comentó que su predecesor hablaba de Beethoven. Decía que no sabía bien qué hubiera pasado si Beethoven no se hubiera caído aquella vez. Nunca pudo definir bien si su sordera fue culpa de aquella caída o de alguna enfermedad, y se lamentaba que no podía saber, con precisión, qué hubiera pasado si el compositor no hubiera perdido el oído. Las simulaciones no eran tan avanzadas como ahora, y de cualquier modo, las ecuaciones todavía no estaban lo bastante maduras como para aplicarse a una persona. Todavía no lo están. Le preocupaba que, si aquella caída no se hubiera producido en ese momento, quizá no hubiéramos tenido la gloriosa Novena. Y le preocupaba que la causa de aquella caída hubiera tenido que ver con un efecto de clase F. Cuando me gradué de la academia, estudiamos ese caso. Resultó ser un efecto de clase H. Impredecible en aquel tiempo. Y las ecuaciones daban dos resultados: una reacción de clase A para la humanidad, pero apenas una reacción de clase D para Beethoven.
»Ahora, con todo lo que hemos avanzado desde aquel entonces, podemos calcular reacciones de clase H y nos preocupamos por tratar de predecir reacciones de clase J que, en esencia, son más sutiles que el ruido de fondo. Ayer yo sabía que se iba a producir un efecto de clase A en la humanidad, y supuse que se perderían cuatro vidas. Pero no. Fueron cinco. No fue por un error, sino que quedó fuera de mis cálculos. Me descuidé porque el error no es relevante para la reacción de clase A. Pero sí provocó una reacción. Clase D. Y esa reacción provocará un efecto clase C que desemboca en la ausencia de una reacción clase B.
—¿Qué tipo de reacción?
—Si Beethoven no hubiera compuesto la Novena el mundo no sería muy diferente, pero sería un poco menos alegre. Richard Wagner no hubiera compuesto la Cabalgata de las Valkirias. La Séptima Sinfonía de Anton Bruckner no se hubiera compuesto. Quizá eso hubiera provocado que un joven en 1908 solicitara inscribirse a una escuela de arquitectura en lugar de alejarse, resentido, de la escuela de arte. O quizá, si un perro llamado Foxl no hubiera elegido seguir ciegamente a ese joven, la muerte de más de ochenta millones de personas no hubiera tenido lugar. Durante mucho tiempo creí que el plano tenía todo calculado. Que no había margen para el error. Creía en la predestinación. Y entonces miré lo que había cambiado en el plano tras nuestra manipulación, y observé que, dentro de diez años, no se activará un circuito. Un circuito insignificante, parece. Igual que es insignificante un bit en una imagen. Y así como ese bit erróneo no afecta cómo vemos una imagen de alta resolución, pero sí afecta la verificación de redundancia cíclica, la ausencia de un edificio no afectará, de inmediato, el destino del mundo, pero percibiremos sus efectos muchos años después.
—Me temo que no te entiendo.
—En un futuro alguien debe diseñar un museo. Si ese museo no se realiza, no se podrá trasladar una pintura. Si esa pintura no se traslada antes de 10 años, se perderá para siempre porque no puede conservarse en su museo actual. La quinta persona, la que murió sin preverlo, sería quien inspirara ese museo, o quizá quien lo diseñó; las ecuaciones no son claras, y dos personas podían activar ese circuito en el plano. Ese museo estaría dedicado a la memoria de una de las cuatro personas que tuve que sacrificar para evitar el desastre. Sin ellas, ese museo no se realizará. Lo reemplazarán otros, pero para entonces ya será demasiado tarde. Un error que no podremos corregir, porque su ausencia desactivará algunos circuitos y activarán otros, pero los beneficios de su presencia sobrepasan a los de su ausencia.
»Y sería una pena perder el Guernica.

 

2 de Noviembre.

Amanece. En la pequeña habitación amarilla la luz del sol entra con timidez. Las formas del enorme cuadro rectangular, tapado aún con su manta protectora, la saludan. Ella despierta con la primera luz, confundida. ¿Dónde estaba? Se sobresalta antes de recordar lo que pasó la noche anterior. Hace un repaso mental. Espaguetis. Salsas. Platos sucios. Dos. Los lavó antes de salir de la cocina. Él. ¿Cómo se llamaba? Dexter. Habían terminado de cenar y él le había deseado buenas noches. Lo escuchó entrar al estudio; supo que había ido a terminar la botella de vodka. El alcohol le daba miedo. Había apoyado la silla en la puerta. Pero no había escuchado nada en toda la noche. Se levantó con cuidado, sin hacer ruido. No quería despertar a la bestia. Necesitaba irse de ahí. Pero no sabía a dónde.

Quitó la silla con cuidado, sin hacer ruido. Tenía hambre. Aún tenía las galletas de la noche anterior. Las palpó en el bolsillo, pero no las sacó. Esperaría. Abrió con cuidado la puerta. La casa estaba en silencio. Se movió como los gatos, dirigiéndose a la puerta. Él estaba ahí, en el estudio, dormido. Tenía una fotografía en la mano. No pudo evitar mirar la fotografía. Estaba él ahí, hace muchos años, joven. Estaba la mujer de blanco. Y había otra mujer. Era como la versión femenina del hombre. Sin duda, la hermana a la que había pertenecido la habitación amarilla. Miró la expresión del hombre. Conocía muy bien esa expresión. Sopesó con cuidado todas las opciones, y observó la botella de vodka. Seguía a la mitad. La casa le imploró, sin palabras, que se quedara. «Él te necesita,» le dijo, «aunque no quiera admitirlo.» Ella observó que, en la mesa, estaba la gastada billetera del hombre y las llaves del portón. Miró una vez más el estudio, lleno de libros. Tomó una decisión.

Sin hacer ruido, se llevó la billetera y las llaves. Afuera ya no llovía.