Día de muertos (7)

1 de noviembre.

—Puedo… puedo irme —dijo Esperanza, con un tono de voz que claramente demostraba terror.
—¿Y a dónde irías?
—Yo…
—No tienes a dónde ir. Lo dice tu archivo. Y no permitiría que te fueras, de cualquier manera. Está lloviendo. No. Te quedarás. Eso no se discute.
—No quiero molestar.
—¿Molestar? Por favor, eres la primera persona en esta casa, en cinco años, que no me molesta —Le tomó la cara para mirar bien la cicatriz y aquella constelación. Ella tembló pero no se retiró—. Por lo que veo, a quien han molestado es a ti. Y mucho. Y supongo que de maneras que incluso los criminales encontrarán reprobables.  Bueno, corregiremos eso de inmediato. Elige una habitación. La que quieras. La que más te guste. Quita las cubiertas. Te ayudaré a limpiar cuando la elijas. Hay ropa en algunos cuartos. Quizá sea de tu talla. Mi esposa no era muy alta, aunque sin duda era mayor que tú. O tú, más bien, estás demasiado flaca. Necesitas comer mejor. Más bien, necesitas comer.
—Será mejor que me vaya.
—¿Y a dónde irás? No. Te quedarás hasta que sepamos qué hacer contigo. Y digo sepamos porque en quince días vendrán a revisar cómo estás, y la verdad, yo tampoco tengo mucha idea de qué hacer contigo. Voy a seguir estudiando tu ficha. Si me necesitas, estaré en el balcón —señaló una puerta—. Siéntete en libertad de hacer lo que quieras en la casa. Después de todo, al menos por quince días vas a vivir aquí.
Acarició por última vez el retrato de su boda y se retiró. Ella se quedó ahí, confundida y temerosa.

Finalmente se movió. Cuatro puertas. La primera estaba abierta. Se asomó, temerosa. Una cama enorme, la única señal de vida en ese piso. Seguramente él vivía ahí. El hedor era, sin embargo, menor al que estaba acostumbrada. No pasaba mucho tiempo ahí. Sólo dormía. El resto del tiempo la pasaba en su balcón. Una pequeña puerta. Dos. Por una se podía ver que la lluvia seguía cayendo. Eso era el balcón, sin duda. Por la otra podía ver azulejo. Un baño. No se atrevió a entrar. Las otras puertas estaban cerradas. Los pomos estaban llenos de polvo. Aunque quería, no se atrevió a entrar. Era mejor marcharse.

La escalera era empinada. Se sorprendió a sí misma asiéndose del barandal. Era frío. Mármol, supuso. Aquella casa debía ser muy antigua, y debió pertenecer a alguien con mucho dinero. Se miró la mano. Mucho polvo. Podía escuchar seis tonos diferentes —podía ver seis caras diferentes— dándole la orden de que limpiara. Cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, no había nada. Sólo el polvo y ella, en la casona vacía de vida. El silencio le habló. «Te necesito,» le dijo, «llegaste aquí para que lo ayudes.» Era la voz de una mujer. No había nadie, pero la había escuchado con claridad. Nunca nadie le había pedido ayuda. Su vida, desde que recordaba, había sido obedecer órdenes.

Cuatro habitaciones en la planta baja. No, cinco. Una era más pequeña que las otras. Y había algo debajo de la escalera. El polvo invadía todo. Se preguntó si habría arañas. No se atrevía a entrar en ninguna. Sintió miedo, y buscó instintivamente la salida. El portón estaba cerrado, pero la comida seguía ahí. Sintió una punzada de hambre. Se sorprendió de ver que todavía tenía el jugo en la mano. «Te necesito,» volvió a decir la voz, «te necesito porque yo no puedo ayudarlo.» Miró aquel lugar. Era una casa triste, como su dueño. Necesitaba ayuda. Y ella podía ayudarlo. Tomó una decisión.

 

Encontró una escoba en un rincón de la cocina. Aquella cocina era enorme. Y alta. Aquellos muros debían medir al menos cuatro metros. Tomó la escoba. No le había ordenado nadie que la usara. Era simple: ella quería usarla. Se sorprendió un poco. Comenzó a limpiar el polvo en la alacena. Nadie le había ordenado que lo hiciera, pero aquella casona le había pedido ayuda. Y quería ayudar. Estaba en su naturaleza ayudar. Encontró un jabón viejo debajo del fregadero; sintió una calidez que la abrazaba cuando lo usó para limpiar aquella montaña de platos abandonados. Limpió la estufa, el refrigerador, el horno, las ventanas. Afuera, un jardín abandonado crecía bajo la lluvia.  Se sorprendió poco después acomodando la comida del portón en la alacena. El enorme refrigerador, casi vacío, volvió a estar lleno. Satisfecha, tocó las paredes de la cocina. Se sentía bien. Se sentía cálida. Se sentía como un hogar. O, al menos, como ella imaginaba que debía sentirse un hogar. Era un sentimiento raro. Lo iba a extrañar cuando se fuera…

Cuando se dio cuenta, ya estaba oscureciendo. Se dio cuenta porque su estómago empezó a gruñir. No quería tomar nada; no era suyo. De alguna manera, la casa le dijo que estaba bien. Que se lo merecía. Recordó lo que había guardado en la alacena. Galletas. ¡Tenía tanto tiempo sin comer galletas! Sin saber por qué, miró hacia atrás suyo, hacia la ventana que daba al jardín. Sintió que la ventana la invitaba a que comiera. «Te lo ganaste.» Sólo un paquetito, se dijo. Pero no se las comió. Las guardó en su bolsillo, junto al celofán de la mañana. No quería que se las quitaran. Se sintió como boba por un instante. Ahí no había nadie más que ella… y que él. Debía irse, se dijo. Pero la casa le volvió a pedir ayuda. No. No debía irse… no todavía.

La luz se iba rápidamente. Cuatro habitaciones. Cinco. Abrió todas. Las cuatro mayores olían a humedad. La quinta, la más pequeña, olía fresco. No había mucho. Una cama. Un buró. Un armario. Era la habitación de una joven, congelada en el tiempo. Hacía un poco de frío. Se dio cuenta que la ventana estaba entreabierta. Encendió la luz. Las paredes alguna vez fueron amarillas. Quitó cuidadosamente la cubierta de la cama. La casa volvió a hablar. «¿Te gusta?» preguntó. Ella tocó las paredes. Sí. Le gustaba. «La cuidé para ti. Te tengo preparado algo mejor,» dijo la casa,  «pero no aún.» Ella abrió cuidadosamente el armario. Frazadas, cobijas, sábanas. Unas pocas aún estaban empacadas. Todo estaba pasado de moda, pero no era tan viejo. Había un escritorio. No, un tocador. Un espejo, y en el espejo, una chica la miraba. Tardó un poco en darse cuenta que era ella misma. Una puerta. La abrió. Un pequeño baño. Cerró la puerta y se encontró con el hombre. Se asustó.

—¡Lo siento! ¡Lo siento, no quise molestar! ¡Lo siento, lo siento, lo siento!
—Niña, no molestas. Al contrario, creo que elegiste bien.
Ella lo miró con una mezcla de miedo y confusión.
—Hace mucho tiempo, cuando heredé esta casa y Remedios se mudó conmigo, reservamos esta habitación para mi hermana Consuelo. Ella y Remedios eran las mejores amigas; de hecho ella nos presentó. Por supuesto, el destino levantó su fea cabeza… —una lágrima brotó en su ojo izquierdo.
—Yo… Lo siento.
—De cierta forma era como tú, y a la vez era todo lo opuesto, por lo que veo. Vi que limpiaste la cocina. Ven. Vamos a cenar. Y no admito un no como respuesta.

Tal vez fue el tono. Era, al mismo tiempo, familiar y aterrador, pero también cálido y desconocido. Él caminó por la casa oscura y ella, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas, lo siguió dócilmente. Él abrió el refrigerador, un tanto sorprendido de encontrar todo organizado. Sacó un par de cenas preparadas.
—Yo… podría cocinar —dijo ella.
Dexter la miró.
—¿Sabes cocinar?
—Un poco…
—¿Qué podrías preparar con lo que tenemos?
—Puedo preparar espaguetis. Tengo todos los ingredientes.
—Un momento… ¿Compré espagueti?
Ella lo miró de reojo.
—Sí. Son espaguetis con queso, pero puedo reservar el queso y preparar una salsa. Hay tomates frescos…
—¿Compré tomates?
Ella levantó la mirada. ¿Era en serio?
—Sí… Si tuviera carne podría preparar salsa boloñesa, pero puedo preparar salsa pomodoro…
—Mis habilidades culinarias se limitan a meter comida al microondas —dijo Dexter, tomando asiento en una de las sillas del antecomedor—. Me gustaría ver cómo preparas comida de verdad.
Ella se quedó quieta, sin saber qué hacer. Fue la casa la que le dijo, una vez más, «Hazlo. Necesita ayuda.» Miró por la ventana. Una cara de mujer le devolvió la mirada. Tardó unos segundos en darse cuenta que era ella misma. Aspiró profundamente y se dirigió a la alacena donde había guardado la olla. Podía sentir que la casa le sonreía. Y ella se sentía contenta en la cocina. No. Se sentía contenta de ser útil. Sí. Eso sí.