Día de Muertos (6)

1 de noviembre.

Despertó con dolor de cabeza y la boca seca. ¿Dónde estaba? Su casa, claro. Llevaba años sin salir. Noviembre.  Día de Muertos. Un aniversario más. A su derecha, una botella de vodka. Estaba a la mitad. Miró la pila de botellas vacías en el rincón. ¿Cómo un hombre podía beber tanto sin morir? No esperó a tener la respuesta. Tomó la botella de vodka y bebió un largo trago. Sintió un poco de confort cuando el ardiente líquido le bañó la garganta. La extrañaba tanto…

Se puso de pie. Se obligó a ponerse de pie. No buscó los zapatos. El pantalón, sucio, ni siquiera se lo había quitado. No sabía si tenía frío o calor. El vodka se había encargado de arruinarle esa sensación. Optó por ponerse la vieja camisa encima. La cabeza le dolía y la luz le lastimaba los ojos. Bajó a la cocina. No. Debía ir al portón. Todo estaba en el portón.

Apoyó el hombro en la pared mientras bajaba, paso a paso, las escaleras, la botella de vodka en la otra mano. Cerró los ojos. Se movía menos la casa así. Necesitaba comer algo. No quería comer nada, pero necesitaba algo en el estómago. La puerta del estudio estaba abierta.

Se preguntó, por un instante, por qué estaba abierta. Entonces se dio cuenta —o recordó, quizá— que había algo en la mesa. Una carpeta. Unos papeles. Alguien se los había llevado, en persona. ¿No se podrían haber confiado al correo? Quizá no. Lo más seguro es que no los hubiera abierto. Al menos en papel tenía un incentivo para hacerlo. Cada vez se veía menos papel…

Y había dos sillas sin la funda. Y un sillón. No recordaba haber quitado la funda del sillón. Era su sillón favorito. Sonrió tristemente recordándola en ese sillón. «Aquí le contaremos historias a nuestros hijos» le había dicho hacía cinco años. No. seis. Seis años desde que llegó a la casona con un sillón viejo pero muy cómodo. Herencia de alguien. ¿Herencia? O quizá de segunda mano. O ambas cosas, ¿por qué no? Le gustaba tener un pasado de opción múltiple para recordar. Lo hacía menos doloroso.

 

Miró bien el sillón. Algo no estaba bien ahí. Alguien. Había alguien en el sillón. Se acercó, en penumbra. La luz le lastimaba aún los ojos. Se sentó en la silla de enfrente, para analizar con cuidado aquel prodigio. Algo recordaba… poco, pero recordaba algo de anoche. Ella había llegado antes de la tormenta, y se había desplomado en el portón. Luego alguien había llegado tras de ella, y todo se puso húmedo en su mente. «Húmedo» no era la palabra que estaba buscando. Pero no tenía ganas de buscar la palabra adecuada. Lo había intentado con los veinte libros que publicó y jamás encontró la palabra adecuada. Escribir libros no era el trabajo adecuado para él, aunque le gustaban las palabras y amaba aporrear teclas. ¿Por qué estaba ella ahí?

Su vista se fue acostumbrando poco a poco. La miró. El pelo caía, alborotado y descuidado, en una melena por debajo de los hombros. Una raya cruzaba su cara. Una cicatriz, decidió. No era muy profunda; con un poco de suerte no se notaría en unos meses. Había algo curioso en la cara de la chica. Era joven, sin duda, catorce, quizá quince años. Aunque estaba muy delgada; quizá fuera mayor y estuviera desnutrida. Las marcas de su lado izquierdo le recordaban a algo… Sí. Por supuesto. Sin duda. Benetnasch. Mizar. Alioth. Megrez. Pechda. Merak. Dubhe. La Osa Mayor. La chica tenía la Osa Mayor en la cara. Sonrió. No pudo evitar escapar una risita ahogada ante la ironía.

Ella despertó, asustada. Se acurrucó en el sillón, gritando «¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!»
—Espera, espera —dijo Dexter, llevándose una mano a la frente—, no voy a hacerte nada —. Cerró los ojos. El dolor de cabeza seguía ahí.
Esperanza se quedó quieta. Dexter había visto esa expresión antes. En los venados antes de que los embistiera un auto. No. En niños maltratados. Se llevó la mano a la boca y se mesó la barba larga y desgreñada. Quizá no fuera esa la mejor imagen para presentarse ante alguien, se dijo… y luego se preguntó por qué tendría qué presentarse. Porque no nos conocemos, recordó.
—No sé quién seas, pero sé que necesitas un sandwich. Luego decidiré qué hacer. Ven conmigo.
Se puso de pie como pudo.

No había soltado la botella de vodka. Ella vio la botella y su expresión se transformó en pánico. Odiaba el alcohol. El alcohol te transformaba en algo malo. Lo sabía muy bien. En todos los lugares a los que iba, el alcohol transformaba a alguien en un demonio. Pero él dejó la botella en la mesa. Estaba de pie, pero no parecía enojado. Salió por la puerta y se quedó un instante ahí, tallándose los ojos.
—Vamos, tengo hambre, y supongo que tú también —le dijo desde afuera. Ella no se movió de su lugar.
El hombre regresó un rato después. Encendió la luz, le puso algo en las manos y se sentó en su silla, junto a su botella de vodka. Él se puso a comer mientras estudiaba los papeles. Ella se quedó quieta, sin moverse. Pronto la golpearía, estaba segura, por haber entrado a su casa sin permiso. Por haber robado. De seguro ya había llamado a la policía. La llevarían a otro lugar, luego le asignarían otro hogar de custodia temporal, y se repetiría la historia. Estaba segura. Su estómago gruñó, pero no se atrevió a comer nada.
—Es bueno. De verdad. No lo preparo yo, lo compro ya hecho —le dijo el hombre—. Puedes comer con confianza. Hay más.
Él mordió su comida. No había visto nunca algo como eso. Miró el envase. «Panini». En su vida había visto un sandwich como aquel. No lo tocó.
—Esperanza, veo que te llamas —dijo él, leyendo los papeles—. En este momento es tan poco apropiado tu nombre que podría cortarse la ironía con motosierra. Perdón, mal chiste. No debería decir nada. Es sólo que mi señora se llama Remedios y nunca pudo poner bien ni una inyección— sonrió tristemente.
El hombre bebió de su taza. La botella seguía ahí.
—Quince años, ¿eh? Y cumples años en navidad.  Pareces de catorce. Te hace falta ese sandwich. De verdad, cómetelo. Te va a gustar.
Ella no se movió. Sabía que si se movía podía pasarle algo malo.
—Bueno, en vista del éxito obtenido, te dejo sola un rato —se puso de pie con lentitud, tomó los papeles, y salió—. Si necesitas algo, avísame. Soy Dexter.
Ella lo miró a los ojos. Tenía la misma mirada que ella. Una mirada triste y adolorida. Algo malo le había pasado también a él, pero ese algo malo era diferente al de los demás.

Cuando salió, esperó un rato más, hasta escuchar dónde estaba. Luego se dio cuenta de que no conocía la casa. Necesitaba saber a qué se iba a enfrentar esta vez. El estómago le volvió a gruñir. Necesitaba comer…

Desenvolvió el panini cuidadosamente, sin dejar caer una migaja ni hacer basura. Estaba muy bueno. Luego tomó el jugo que le había dado el hombre. Naranja. Sintió que le volvía un poco las fuerzas. El estudio seguía en penumbra, pero entraba suficiente luz como para ver la enorme cantidad de libros. Se preguntó si así sería una biblioteca de verdad. Había más libros que en la escuela… Extrañaba a sus amigos. Aunque sabía que era mejor no volverlos a ver. Porque si los iba a buscar, él también lo haría… y la última vez casi la atrapa. Se tocó la cara. La cicatriz aún le dolía. Se puso de pie y midió mentalmente la habitación. Era muy grande, más que cualquier otro lugar donde hubiera estado antes. Intentó contar los libros. No pudo; eran demasiados. Se limitó a calcular. Seis libreros llenos, cada librero con cinco filas de unos dos metros. Calculó  un promedio de quince libros por metro. Habría al menos 900 libros. También observó la computadora en una esquina, y vio que había, al menos, cinco tabletas electrónicas. Quizá libros de papel electrónico. Se preguntó cuántos libros habría almacenados ahí. La ventana tenía una gruesa cortina. No quiso acercarse. No debía tocar nada más. Debía salir. Había un camino de pisadas. No habría problema si caminaba por encima. Puso, con cuidado, la funda en el sillón y guardó el celofán en el bolsillo de su pantalón. Se llevó el cartón de jugo en la mano; aún quedaba algo.

Salió del estudio. A la luz del día, nunca había visto un lugar como ése.  Se dio cuenta que estaba en una de las primeras habitaciones de la casona. Aquella estancia medía más que la última casa de enlace en la que vivió aquellos cinco miserables meses. El portón estaba enfrente. Estaba cerrado, pero había comida. El hombre —¿Cómo dijo que se llamaba? ¿«Dexter»?— no estaba ahí. A la derecha, el enorme distribuidor daba a una escalera tan grande como un auto y a cuatro, quizá cinco habitaciones.  Arriba había más habitaciones, estaba segura. El polvo no tocaba parte de la escalera. Seguramente el hombre subía por ahí. Quizá viviera arriba. Recordaba haberlo visto en el balcón… no recordaba cuándo. Ni siquiera si era él. El polvo se apartaba sólo por un camino más. Lo recorrió. Pasando la escalera —una escalera curva enorme y alta— estaba una enorme sala. Todos los muebles estaban cubiertos; incluso los cuadros y los candelabros estaban cubiertos. Nunca había visto un candelabro en una casa. El camino de pasos pasaba entre dos columnas —nunca había visto columnas en una casa— y llegaba a un enorme comedor. Todo cubierto y con una gruesa capa de polvo. Más allá, por un arco —nunca había visto un arco en una casa— estaba una enorme cocina a la derecha, y un enorme patio a la izquierda. Todo estaba lleno de polvo, excepto algunas áreas de la cocina. Aquel hombre no limpiaba mucho. Tampoco en las casas donde ella había vivido. Le molestaba el polvo. Miró las alacenas en la cocina. Estaban desacomodadas y semivacías. Había una gran cantidad de basura. Una semana, calculó. Aunque, bueno, una semana en las casas en que había vivido, con diez o quince personas. El hombre vivía solo. Se preguntó cómo podía vivir entre la suciedad.

Regresó a la sala y se quedó mirando el gran cuadro en la pared. No entendía por qué permanecía colgado pero cubierto. Se dirigió a la escalera, cuidándose mucho de no hacer ruido. Arriba, cuatro puertas más. En el distribuidor había una mesita con fotografías. Reconoció al hombre. Se veía joven, alegre. Distinguido. Junto a él, una mujer. Era guapa. Él estaba vestido de negro, ella, de blanco. Se veían felices. Era la única foto que no tenía polvo. El cristal estaba pulido del lado de la mujer.  El hombre la extrañaba. Ahora sabía por qué el hombre tenía la mirada triste, pero no conocía los detalles. Tomó la fotografía sin saber por qué.

Una mano la tomó del hombro. Dejó caer la fotografía en la mesa. Las demás fotografías cayeron.
—¡Lo siento! ¡Lo siento, lo siento, lo siento! —gritó, desesperada. Intentó acomodar las fotografías con manos nerviosas.
—Cálmate. No pasa nada. No es la primera vez que esas fotos se caen y no será la última.
Ella cruzó los brazos y bajó la cabeza, protegiéndose. Cerró los ojos. Podía olerlo. Alcohol. El alcohol era malo y hacía malas a las personas…
—Mi esposa. La perdí hace cinco años. Cinco años ya. Cinco años y un día sin ella. La extraño, ¿sabes?
Ella miró al hombre. Tenía los ojos enrojecidos, pero no era por el alcohol. Era por tristeza. Una profunda melancolía.
—Esa noche de brujas lo perdí todo. Y hoy es día de muertos.
Depositó la fotografía en la mesita y se enjugó una lágrima.
—Y desde hace cinco años intento reunirme con ella, pero no tengo el valor de cruzar al otro lado… porque si lo hago sé que ella no me lo perdonaría jamás. Es absurdo, ¿sabes? Ni siquiera creo que exista un Más Allá. La extraño tanto…

Se quedaron en silencio unos minutos. Fue él quien rompió el silencio.
—Y ahora, ¿qué voy a hacer contigo?