Día de Muertos (5)

30 de octubre. Hace cinco años.

Se talló los ojos, con intención de aclararse la vista. Nunca pudo quitarse ese hábito. Ixchel entró a la oficina de Juan, en silencio. Le dio una pastilla.
—Te hará bien —dijo. Luego le pasó una taza de café.
—Lo que menos necesito en este momento es cafeína.
—Si quieres terminar, la necesitas. Pero lo que te dí no es cafeína —comenzó a darle un masaje en el cuello. La tensión era evidente.
—En cinco años necesitaré tus servicios. Bueno, no yo.
—¿Quiero saberlo?
—No. Querrás hacer el trabajo ahora, y no se puede. Aunque me duela. Después de todo, las personas sólo son gente —era otro de los puntos de su decálogo.
—Te dejo trabajar.
—¿Qué fue lo que me diste?
—Lo que le doy a todos últimamente. Paracetamol.

La noche cayó sin que se diera cuenta. Corrió todas las simulaciones que pudo antes de separar el plan en archivos individuales. Eligió cuidadosamente a los miembros del equipo a quienes encargaría la labor. Evidentemente, todo debía hacerse sin que el señor Kulkán sospechara. Hace muchos años, cuando su antecesor y el entonces administrador, el señor Lúgh, estaban ahogados en burocracia, la falta de un impulso de clase H desencadenó un efecto de clase A: por no haber unas tijeras a mano se perdieron 39 millones de vidas a lo largo de 4 años. Fue, en efecto, un error fatal oculto por el ruido de fondo, que, aunque no hubiera evitado una catástrofe, la hubiera mitigado. Juan descubrió el efecto cuando ingresó a la corporación, mientras archivaba versiones viejas del plano, y se lo comentó a su superior, el señor Kulkán. Por eso estaba ahí ahora. Kulkán confiaba en él para evitar problemas, pero no había necesidad, aún, de hacerle saber la magnitud de un problema que aún podía evitarse.

Ya no había tiempo para más. Miró la última simulación. Ya estaba en producción el plano. En cualquier momento, con la luz de la mañana, se pondría en marcha el procedimiento. Era demasiado tarde para evitarlo —cinco años muy tarde— pero los efectos no se eliminarían sino hasta cinco años después. Siempre y cuando limitara el número de víctimas. Tenía cinco archivos almacenados, recordatorio de los problemas de los efectos. Cuatro inocentes, un culpable. Salió de la oficina. Miró su bandeja de correo. Siempre lo hacía. Pero esta vez, con el cansancio, aunque vio el mensaje marcado como «posible error de ejecución: tipo incorrecto» decidió que no era relevante para su caso. Ni siquiera estaba en intersección con sus planes. Era un error no crítico, que no afectaba el plan. Lo dejó pasar. Había cientos de esos todos los días.

Repartió la parte del plan correspondiente a cada miembro de su equipo, que en realidad no era un miembro de su equipo. No había equipo, para efectos prácticos. Era muy importante que nadie más que Juan tuviera la culpa de lo que pudiera suceder. No dijo nada. Eran instrucciones normales, que de cualquier manera debían ejecutarse. Sólo cambios menores: estar a cinco metros de donde se debería estar, por ejemplo. Estar pendiente del clima en una escala un poco más precisa. Solicitar más concreto en una obra. Cambiar la música de una estación de radio, colocar una ventana más pronto, acelerar un poco un autobús y hacer que alguien se tropezara con alguien más, para obligar a que un tercero tomara un taxi… por sí mismos, los pasos eran simplemente efectos de clase G. Incluso de clase H. La clase de impulsos que nadie toma en cuenta excepto los agentes… e incluso ellos mismos saben que muchos de esos efectos están ahí sólo para que se justifique su trabajo.

Necesitaba descansar. Un poco de descanso, nada más, y podría comenzar. Miró su reloj. Terminaba el horario de verano. Una hora más de descanso le vendría bien a muchos. Se sentó en la banca del cuarto de lockers y se acomodó. Necesitaba descansar un poco. Miró el reloj una vez más. Le parecía que las manecillas avanzaban en sentido contrario. Faltaban dos horas. Descansaría un poco antes de ponerse a trabajar.

31 de octubre. Hace 5 años.

Lo despertó el aroma del café. Ixchel le ofrecía una taza. Lo bebió. Cargado, negro, con azúcar. Tomó la pastilla que Ixchel le ofrecía. Era una diosa en su trabajo, sin duda. Tomó la pastilla con otro sorbo de café. El dolor disminuyó casi de inmediato. Él le dio sus órdenes. Ella se despidió y lo dejó para que se cambiara. Abrió su locker. El Decálogo estaba ahí, junto al espejo. Miró la primera regla.

Nunca dejes para ayer lo que puedes hacer mañana.

Era tiempo de ejecutar el plan. No necesitaba decírselo a nadie. De eso se encargaría el tiempo mismo. Siempre y cuando todo saliera de acuerdo a lo previsto.

Se reunió con su núcleo de colaboradores y contó las partes relevantes. Lo que se observaba en el plano, y cómo se repararía. Lo que debía hacerse en los siguientes días para que la producción continuara sin mayor problema. Todos estuvieron de acuerdo.

Antes de marcharse de la oficina, Juan volvió a mirar su bandeja de correo. Nada marcado urgente. Ni siquiera el error del día anterior había vuelto a aparecer. Algo le molestaba, sin embargo. Esos errores, pequeños, podían arruinar el plan todavía. Pero, como siempre, lo urgente no dejaba tiempo para lo importante. Era ya tiempo de marcharse. Ya le echaría un vistazo a esos errores al día siguiente.